Cuando Harry encontró a Frankie
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¿Qué somos: lyons, or huevons?
Franco se apunta un tanto
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¡Ah, la canallesca!
El engaño
Esto hay que mejorarlo
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Marruecos como problema
Fuera de Marruecos
¿Oposición? ¿Qué oposición?
Un artículo
¿Democracia?
La ultraizquierda en la Casa Blanca, y el tenaz grupo de pecadores en el exilio
Ya no somos tan amigos
Quiero la Luna
Un jarro de agua fría
Si hay que romper, se rompe
… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones
Además de la carta de Franco, Martín Artajo le explicó el mojo en abril de 1956, tanto a John Foster Dulles como a su secretario adjunto, Robert D. Murphy. El ministro expresó los temores españoles de que en Tánger pudiera producirse una intervención más o menos impulsada por los soviéticos con anterioridad a 1957, fecha en la que estaba previsto revisar el estatus de la población; motivo por el cual recomendaba abordar dicha revisión en el corto plazo. Vendió a España como un gestor mucho más racional del dosier marroquí de lo que había sido Francia (asunto en el que cuando menos yo tiendo a estar de acuerdo con él); y dejó claro que Madrid no iba a moverse ni un ápice en el tema de Ceuta y Melilla; ciudades, recordó, españolas antes que marroquíes, que nunca habían formado parte de, protectorado que ahora se desmontaba y, en ese momento, aplastantemente pobladas de españoles.
Estados Unidos permaneció cerca pero lejos. Llovía sobre mojado
pues poco antes, en 1954, cuando la reina de Inglaterra había visitado Gibraltar
y la Falange la había liado parda, también se había colocado de perfil. Lequerica,
poco antes de cesar como embajador, había advertido a Madrid no sólo de que Washington
no iba a apoyar los planteamientos marroquíes de España; sino que era contraproducente
tirar de esa cuerda, puesto que podría acabar dando alas a las fuerzas políticas
estadounidenses que querían cuestionar los acuerdos con España, y que en el concepto
“¿no estaremos fortaleciendo a España para que vaya a la guerra en el norte de África?”
podían encontrar un cierto apoyo.
El departamento de Estado le dejó claro a Franco que no permitiría
salidas de pata de banco españolas en la política frente a cualquiera de los dos
grandes aliados europeos: Francia e Inglaterra. La situación se puso tan sobaco
de grillo que la diplomacia estadounidense aplazó sine die visitas ya programas
del ministro Arburúa y de otros ministros militares españoles, que tenían que ir
para ajustar el plan de ayuda bilateral.
En la práctica, estamos hablando de un error de cálculo de Franco.
El general consideraba que tendría más margen en su política antifrancesa en el
norte de África porque contaba con que Estados Unidos mantuviese las reticencias
hacia los galos que había tenido nada más terminar la guerra, cuando los comunistas
habían mostrado una importante fuerza social y política. Lo cierto, sin embargo,
es que al comunismo francés le sentó la muerte de Stalin incluso peor que al soviético,
y que por lo tanto los sucesivos jefes de gobierno franchutes no lo tuvieron nada
difícil para conseguir de los estadounidenses la chapita de “luchador contra el
comunismo”. Algo parecido consiguieron los italianos una vez que consiguieron enquistar
a la Democracia Cristiana al frente de los sucesivos gobiernos. Este tipo de cambios
o consolidaciones de opinión en Washington hicieron que España perdiese su categoría
de “aldea gala” resistente.
Aquel año de 1956, el 25 de julio, el trasatlántico Andrea
Doria colisionó con el barco sueco Stockholm, yéndose a pique y causando
la muerte de una parte importante del pasaje. Entre los fallecidos se encontraba
un estadounidense de ascendencia italiana, Camille Maximilian Cianfarra. Su hija
de 8 años, Joan, también murió en el naufragio.
Camille
había trabajado como periodista en El Vaticano, entre 1935 y 1942. De aquella experiencia
sacó el material para su mejor trabajo, que es el libro The Vatican and the war,
editado en Nueva York en 1944. Tras la guerra, Cianfarra fue enviado de corresponsal
de su periódico de toda la vida, el New York Times, a Madrid.
El 4
de enero de 1956, cuando aunque él no lo sabía quedaba medio año para su desgraciada
muerte, Cianfarra publicó en el periódico una crónica en la que se hacía eco de
una encuesta que había hecho poco tiempo antes el Instituto de Opinión Pública.
El IOP del franquismo era más o menos como el CIS actual; sin embargo, las artes
manipulatorias de sus trabajos eran más sutiles, y en ocasiones de menor intensidad,
que bajo la batuta de grandes demócratas como Félix Tezanos. Por eso, da la impresión
de que, a veces, sobre todo cuando la cosa no tenía que ver ni con la figura de
Franco ni con los principios generales del Movimiento, en el Instituto se tomaban
en serio eso de hacer encuestas.
La que
le había llamado la atención a Cianfarra se había hecho entre la población estudiantil;
es decir, entre los españoles que empezaban a poblar las calles y para los cuales
la guerra era una referencia literaria. La crónica contaba que un profesor de Sicología,
José María Pinillos (sic; yo creo que quiso escribir José Luis Pinillos, quien efectivamente
era miembro del Departamento de Sicología Experimental del CSIC desde 1950), había
elaborado el informe del estudio, que de lo brutal que era había quedado sin publicar,
aunque había sido discretamente distribuido entre los altos eslabones del poder.
Y es
que los resultados eran la leche: tres de cada cuatro encuestados consideraban que
los gobernantes eran seres ignorantes que no valían para sus puestos. El 85% los
consideraba unos inmorales, es decir, corruptos. El 90% considera que los altos
mandos militares eran igualmente tuercebotas. El 52% consideraba que los curas eran
ambiciosos e inmorales. El 65% consideraba que a la Iglesia, la clase trabajadora
española le importaba un cojón.
Esta
encuesta provocó una reacción del rector de la Complutense, el líquido intelectual
Pedro Laín Entralgo, en la que se venía a denunciar el estado de postración moral
en que se encontraba el país, y que se veía en resultados así. Cianfarra le hizo
de caja de resonancia.
La inmediata
de Franco fue preguntar quién era el pollo aquél que había escrito esas mierdas,
y, cuando se enteró, ordenar que se le retirase la autorización de corresponsal.
Cuando se enteró en Washington, Areilza entró en pánico. El embajador sabía bien
que ésa no era la mejor de las reacciones posible; que lo que se iba a ganar, se
iba a perder, y con creces. Areilza sabía que una pieza muy importante de aquella
situación era James Campbell Hagerty, él mismo periodista del New York Times,
compañero pues de Cianfarra, y que era el secretario de Prensa del presidente Eisenhower.
En esos momentos, la diplomacia española estaba preparando una visita de Martín
Artajo a Washington, y Areilza temía, con razón, que los enemigos de la amistad
hispano-estadounidense aprovechasen la expulsión de facto de Cianfarra de
España para liarda parda.
En ese
ambiente fue cuando se produjeron los gravísimos incidentes estudiantiles de 1956,
cuando unos estudiantes destrozaron una placa en honor de los caídos (de un lado)
en la facultad de San Bernardo; y la cosa terminó en una manifestación delante del
Colegio de Areneros (de casada ICADE); movida en la que un joven falangista de 16
años, Miguel Álvarez, recibió un tiro en la cabeza cuya autoría siempre ha sido
más que sospechosa. Franco reaccionó fulminando al ministro de Educación, Joaquín
Ruiz-Jiménez, ya que todo había empezado porque había dado alas a los estudiantes
para crear un movimiento diferente del SEU oficialista; y al ministro secretario
general del Movimiento, Raimundo Fernández Cuesta, porque le venía bien y le salió
de los cojones, porque, las cosas como son, cuando todo el mojo ocurrió, Raimundo
estaba en Brasil.
El franquismo
sostuvo desde el primer momento que en la manifestación de Areneros habían participado
elementos comunistas y que, consecuentemente, eran ellos los que habían disparado
contra Álvarez. Cianfarra, sin embargo, publicó una crónica en la que venía a decir
que aquello era una ful; y es más que probable que fuese el autor intelectual del
editorial que publicó el periódico, que vertía duras críticas contra Franco. Venía
a decir aquel texto que en España ya nadie respetaba a Falange; expresaba dudas
de que los comunistas tuviesen fuerza para estar detrás de los movimientos estudiantiles;
y venía a decir, con más deseo que convicción en mi opinión, que aquellas manifestaciones
podían ser el principio del fin del régimen franquista. A principios de febrero,
un grupo de falangistas, haciendo uso de su sempiterna capacidad de cagarla sin
necesidad, asaltaron y provocaron destrozos en la sede del colegio de Boston en
Madrid. Diversas publicaciones religiosas estadounidenses se hicieron eco del latrocinio.
El 16
de febrero, era otro periodista estadounidense quien lanzaba su andanada, esta vez
desde el Washington Post. Hablamos de Drew Pearson, un conocidísimo columnista
en su época, enemigo del macartismo. Pearson opinó en el periódico que las inversiones
estadounidenses en España estaban en peligro por tres factores fundamentales: una,
Franco ya iba viejo; otra, la desintegración del bloque político franquista; y,
tres, el surgimiento de las protestas estudiantiles y obreras. Pearson decía que
el gran problema de Franco era designar sucesor, ya que, si se decidiría finalmente
por la monarquía, ello desencadenaría una revolución.
Pearson
era un escritor ácido. Pero también muy imaginativo y, la verdad de las cosas, al
contrario que Cianfarra, escribía de oído, modelo opinador average de X, y sabía de España poco más que estaba
al sur del Ártico. No sólo no tenía ni puta idea en el tema de la sucesión. Es que,
además, estaba convencido… ¡de que Franco estaba confluyendo con la Unión Soviética!
Su argumento: que España, en el fondo, no tenía intereses comunes con los países
de la Europa occidental, mientras que compartía con la URSS la voluntad de extenderse
por el norte de África.
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