miércoles, junio 17, 2026

Franco y los EEUU (10): ¡Ah, la canallesca!




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El Lequerica Team
Estar, pero no estar
La cabeza caliente y los pies fríos
¿Qué somos: lyons, or huevons?
Franco se apunta un tanto
Política en revisión
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¡Ah, la canallesca!
El engaño
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Fuera de Marruecos
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¿Democracia?
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Quiero la Luna
Un jarro de agua fría
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… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones


Además de la carta de Franco, Martín Artajo le explicó el mojo en abril de 1956, tanto a John Foster Dulles como a su secretario adjunto, Robert D. Murphy. El ministro expresó los temores españoles de que en Tánger pudiera producirse una intervención más o menos impulsada por los soviéticos con anterioridad a 1957, fecha en la que estaba previsto revisar el estatus de la población; motivo por el cual recomendaba abordar dicha revisión en el corto plazo. Vendió a España como un gestor mucho más racional del dosier marroquí de lo que había sido Francia (asunto en el que cuando menos yo tiendo a estar de acuerdo con él); y dejó claro que Madrid no iba a moverse ni un ápice en el tema de Ceuta y Melilla; ciudades, recordó, españolas antes que marroquíes, que nunca habían formado parte de, protectorado que ahora se desmontaba y, en ese momento, aplastantemente pobladas de españoles.

Estados Unidos permaneció cerca pero lejos. Llovía sobre mojado pues poco antes, en 1954, cuando la reina de Inglaterra había visitado Gibraltar y la Falange la había liado parda, también se había colocado de perfil. Lequerica, poco antes de cesar como embajador, había advertido a Madrid no sólo de que Washington no iba a apoyar los planteamientos marroquíes de España; sino que era contraproducente tirar de esa cuerda, puesto que podría acabar dando alas a las fuerzas políticas estadounidenses que querían cuestionar los acuerdos con España, y que en el concepto “¿no estaremos fortaleciendo a España para que vaya a la guerra en el norte de África?” podían encontrar un cierto apoyo.

El departamento de Estado le dejó claro a Franco que no permitiría salidas de pata de banco españolas en la política frente a cualquiera de los dos grandes aliados europeos: Francia e Inglaterra. La situación se puso tan sobaco de grillo que la diplomacia estadounidense aplazó sine die visitas ya programas del ministro Arburúa y de otros ministros militares españoles, que tenían que ir para ajustar el plan de ayuda bilateral.

En la práctica, estamos hablando de un error de cálculo de Franco. El general consideraba que tendría más margen en su política antifrancesa en el norte de África porque contaba con que Estados Unidos mantuviese las reticencias hacia los galos que había tenido nada más terminar la guerra, cuando los comunistas habían mostrado una importante fuerza social y política. Lo cierto, sin embargo, es que al comunismo francés le sentó la muerte de Stalin incluso peor que al soviético, y que por lo tanto los sucesivos jefes de gobierno franchutes no lo tuvieron nada difícil para conseguir de los estadounidenses la chapita de “luchador contra el comunismo”. Algo parecido consiguieron los italianos una vez que consiguieron enquistar a la Democracia Cristiana al frente de los sucesivos gobiernos. Este tipo de cambios o consolidaciones de opinión en Washington hicieron que España perdiese su categoría de “aldea gala” resistente.

Aquel año de 1956, el 25 de julio, el trasatlántico Andrea Doria colisionó con el barco sueco Stockholm, yéndose a pique y causando la muerte de una parte importante del pasaje. Entre los fallecidos se encontraba un estadounidense de ascendencia italiana, Camille Maximilian Cianfarra. Su hija de 8 años, Joan, también murió en el naufragio.

Camille había trabajado como periodista en El Vaticano, entre 1935 y 1942. De aquella experiencia sacó el material para su mejor trabajo, que es el libro The Vatican and the war, editado en Nueva York en 1944. Tras la guerra, Cianfarra fue enviado de corresponsal de su periódico de toda la vida, el New York Times, a Madrid.

El 4 de enero de 1956, cuando aunque él no lo sabía quedaba medio año para su desgraciada muerte, Cianfarra publicó en el periódico una crónica en la que se hacía eco de una encuesta que había hecho poco tiempo antes el Instituto de Opinión Pública. El IOP del franquismo era más o menos como el CIS actual; sin embargo, las artes manipulatorias de sus trabajos eran más sutiles, y en ocasiones de menor intensidad, que bajo la batuta de grandes demócratas como Félix Tezanos. Por eso, da la impresión de que, a veces, sobre todo cuando la cosa no tenía que ver ni con la figura de Franco ni con los principios generales del Movimiento, en el Instituto se tomaban en serio eso de hacer encuestas.

La que le había llamado la atención a Cianfarra se había hecho entre la población estudiantil; es decir, entre los españoles que empezaban a poblar las calles y para los cuales la guerra era una referencia literaria. La crónica contaba que un profesor de Sicología, José María Pinillos (sic; yo creo que quiso escribir José Luis Pinillos, quien efectivamente era miembro del Departamento de Sicología Experimental del CSIC desde 1950), había elaborado el informe del estudio, que de lo brutal que era había quedado sin publicar, aunque había sido discretamente distribuido entre los altos eslabones del poder.

Y es que los resultados eran la leche: tres de cada cuatro encuestados consideraban que los gobernantes eran seres ignorantes que no valían para sus puestos. El 85% los consideraba unos inmorales, es decir, corruptos. El 90% considera que los altos mandos militares eran igualmente tuercebotas. El 52% consideraba que los curas eran ambiciosos e inmorales. El 65% consideraba que a la Iglesia, la clase trabajadora española le importaba un cojón.

Esta encuesta provocó una reacción del rector de la Complutense, el líquido intelectual Pedro Laín Entralgo, en la que se venía a denunciar el estado de postración moral en que se encontraba el país, y que se veía en resultados así. Cianfarra le hizo de caja de resonancia.

La inmediata de Franco fue preguntar quién era el pollo aquél que había escrito esas mierdas, y, cuando se enteró, ordenar que se le retirase la autorización de corresponsal. Cuando se enteró en Washington, Areilza entró en pánico. El embajador sabía bien que ésa no era la mejor de las reacciones posible; que lo que se iba a ganar, se iba a perder, y con creces. Areilza sabía que una pieza muy importante de aquella situación era James Campbell Hagerty, él mismo periodista del New York Times, compañero pues de Cianfarra, y que era el secretario de Prensa del presidente Eisenhower. En esos momentos, la diplomacia española estaba preparando una visita de Martín Artajo a Washington, y Areilza temía, con razón, que los enemigos de la amistad hispano-estadounidense aprovechasen la expulsión de facto de Cianfarra de España para liarda parda.

En ese ambiente fue cuando se produjeron los gravísimos incidentes estudiantiles de 1956, cuando unos estudiantes destrozaron una placa en honor de los caídos (de un lado) en la facultad de San Bernardo; y la cosa terminó en una manifestación delante del Colegio de Areneros (de casada ICADE); movida en la que un joven falangista de 16 años, Miguel Álvarez, recibió un tiro en la cabeza cuya autoría siempre ha sido más que sospechosa. Franco reaccionó fulminando al ministro de Educación, Joaquín Ruiz-Jiménez, ya que todo había empezado porque había dado alas a los estudiantes para crear un movimiento diferente del SEU oficialista; y al ministro secretario general del Movimiento, Raimundo Fernández Cuesta, porque le venía bien y le salió de los cojones, porque, las cosas como son, cuando todo el mojo ocurrió, Raimundo estaba en Brasil.

El franquismo sostuvo desde el primer momento que en la manifestación de Areneros habían participado elementos comunistas y que, consecuentemente, eran ellos los que habían disparado contra Álvarez. Cianfarra, sin embargo, publicó una crónica en la que venía a decir que aquello era una ful; y es más que probable que fuese el autor intelectual del editorial que publicó el periódico, que vertía duras críticas contra Franco. Venía a decir aquel texto que en España ya nadie respetaba a Falange; expresaba dudas de que los comunistas tuviesen fuerza para estar detrás de los movimientos estudiantiles; y venía a decir, con más deseo que convicción en mi opinión, que aquellas manifestaciones podían ser el principio del fin del régimen franquista. A principios de febrero, un grupo de falangistas, haciendo uso de su sempiterna capacidad de cagarla sin necesidad, asaltaron y provocaron destrozos en la sede del colegio de Boston en Madrid. Diversas publicaciones religiosas estadounidenses se hicieron eco del latrocinio.

El 16 de febrero, era otro periodista estadounidense quien lanzaba su andanada, esta vez desde el Washington Post. Hablamos de Drew Pearson, un conocidísimo columnista en su época, enemigo del macartismo. Pearson opinó en el periódico que las inversiones estadounidenses en España estaban en peligro por tres factores fundamentales: una, Franco ya iba viejo; otra, la desintegración del bloque político franquista; y, tres, el surgimiento de las protestas estudiantiles y obreras. Pearson decía que el gran problema de Franco era designar sucesor, ya que, si se decidiría finalmente por la monarquía, ello desencadenaría una revolución.

Pearson era un escritor ácido. Pero también muy imaginativo y, la verdad de las cosas, al contrario que Cianfarra, escribía de oído, modelo opinador average de X, y sabía de España poco más que estaba al sur del Ártico. No sólo no tenía ni puta idea en el tema de la sucesión. Es que, además, estaba convencido… ¡de que Franco estaba confluyendo con la Unión Soviética! Su argumento: que España, en el fondo, no tenía intereses comunes con los países de la Europa occidental, mientras que compartía con la URSS la voluntad de extenderse por el norte de África.

Hemos de suponer que, cuando Franco leyó eso, le debió de dar una tromboflebitis del huevo izquierdo.

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