Cuando Harry encontró a Frankie
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Marruecos como problema
Fuera de Marruecos
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¿Democracia?
La ultraizquierda en la Casa Blanca, y el tenaz grupo de pecadores en el exilio
Ya no somos tan amigos
Quiero la Luna
Un jarro de agua fría
Si hay que romper, se rompe
… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones
Martín Artajo diseñó su propio plan. Según el mismo, el Consejo de Seguridad de la ONU debía dar entrada en la organización a todos aquellos candidatos que cumplieran con las condiciones de tener integridad territorial y soberanía. A continuación votaría la Asamblea, que daría entrada únicamente a los que consiguieran el suficiente número de votos positivos. Estados Unidos, según esta visión, todavía podía dejar clara su posición respecto de los países satélite de la URSS absteniéndose en la votación; Franco, de esta manera, entraría en la ONU de la mano de sus amigos hispanoamericanos, capaces de construir una minoría sólida. Este plan fue básicamente el que se llevó finalmente a cabo y que llevó a Franco a entrar en la ONU el 14 de diciembre de 1955, aproximadamente diez años después de iniciarse la operación de acoso y derribo de su régimen. El 14 de diciembre de 1955 que el día en que murió la II República española; un régimen del que bien se puede decir que entre todos la mataron, y ella sola se murió.
En los años siguientes, España iría, siempre de la mano de los
Estados Unidos, ingresando en los principales organismos multilaterales. En 1955,
España vio garantizado el estatus de observador en la Organización para la Cooperación
y el Desarrollo Económicos (OCDE); en 1958 fue declarado miembro asociado, y al
año siguiente miembro de pleno derecho. En marzo de 1955, España ingresó en la Organización
Internacional del Trabajo como observador; en 1958 ingresó en el Fondo Monetario
Internacional y el Banco Mundial.
Por otra parte, aunque el régimen español, a mediados de los
años cincuenta, había abandonado, incluso formalmente, sus reticencias a formar
parte de la OTAN con el argumento de que no quería compartir mesa con regímenes
políticos que le eran abiertamente hostiles, la cuestión de entrar en la Alianza
siguió enquistada. En realidad, los estrategas de El Pardo estaban a otra cosa.
En efecto, el gobierno español estaba, en ese momento, fuertemente
influido por los puntos de vista de una las estrellas emergentes del régimen: el
diplomático José María de Areilza, quien, como os he dicho, era embajador en Washington.
Areilza, vasco y maniobrero como él solo, tan vasco y tan maniobrero que no tengo ninguna duda que en democracia habría presidido el Euskadil Buru Batzar, tenía una visión muy concreta de las cosas. Una visión que viene
a demostrar que, sobre ser maniobrero, muy listo, no era. Según él, el mundo avanzaba hacia una cierta
distensión. Areilza, en ese sentido, temía una cierta cohabitación entre
los Estados Unidos y la URSS, ahora que en Moscú mandaba Nikita Khruschev. Como
digo, pensar que el mundo estaba a las puertas de una distensión, cuando en realidad
estaba a una década más o menos del estallido de la guerra de Viet Nam, es una buena
demostración de que Areilza, como le suele pasar a todas las personas que tienden
a considerarse la Polla de Montoya, no era muy fino analista.
Lo fuera o no, lo que está claro es que el análisis de Areilza
llevaba a la conclusión de que el tiempo jugaba en contra de España. El acojone
ante un ataque de la URSS en Europa era la clave de bóveda del interés estadounidense
en España; y ese interés, en la cabeza del conde de Motrico, podía desaparecer. Por esa razón, Areilza era partidario
de replantear todo el negocio. España tenía que seguir recibiendo pasta, eso estaba
claro. Pero lo que quería Areilza era desvincular esa ayuda de la cuestión de las
bases, pues consideraba que podía llegar el día en que Washington le dijese a Madrid
que ya no le interesaba ocuparlas.
El esquema de Areilza pasaba por una menor vinculación de España
con Estados Unidos, y más con la defensa occidental como conceto. Por esta razón,
en febrero de 1955 las autoridades españolas le expresaron a las estadounidenses
su interés en ingresar en la Alianza. Visto que la lata no se abría, el general
Vigón propuso que, al menos, España pudiera enviar un observador permanente al Cuartel
General Aliado en Europa. Eso sí, Franco quería entrar a lo grande, porque Artajo
informaba de que la petición de ingreso debería ser unánime de los miembros de la
OTAN.
Washington no recibió estas ilusiones con optimismo. Estados
Unidos, dijo la Casa Blanca, quiere mantener una estrecha amistad con España; pero
poner la carne en el asador para que entre en la OTAN sería incluso contraproducente,
ya que podría aflorar disensiones entre los aliados. Hasta que las relaciones entre
el país y los aliados fuesen mejores, vinieron a decir los funcionarios estadounidenses,
el tema no debe plantearse.
En el fondo de la cuestión hay dos cosas. La primera, muy obvia,
era la voluntad de Estados Unidos de mantener una relación bilateral. La Casa Blanca
era consciente de que las grandes potencias europeas, sobre todo Francia, eran muy
susceptibles de acabar, nunca mejor dicho, haciendo la guerra por su cuenta; y,
en ese entorno, valoraba en gran medida la situación que tenía ahora, en la cual
la eficacia de las fuerzas armadas españolas dependía de una relación bilateral
que lógicamente podía manejar. Cambiar eso por una relación multilateral habría
sido bastante poco racional.
La segunda razón tiene que ver con las reticencias de Francia
hacia un fortalecimiento militar español. París, obviamente, quería ser el elemento
principal de su teatro geográfico de actuación; una modernización de las fuerzas
armadas españolas no era ninguna buena noticia para los franceses.
En el año 1956, sin embargo, todo cambió. Se produjo la rebelión
en Hungría, un hecho de primera magnitud para la geopolítica mundial; pero, sobre
todo, en lo que se refiere a la organización de la alianza, se produjo la acción
franco-británica-israelí en Suez. La acción de Suez tiene una importancia capital,
y esto es algo que espero poder analizar en otra serie de este blog, por lo que
supuso de impedir a Truman actuar en el asunto de Hungría como tal vez le habría
gustado. Pero para la pequeña historia que aquí estamos contando, tuvo la gran virtud
de poner en manos de los españoles el ejemplo de que Estados Unidos no podía fiarse
de la OTAN mientras siguiese siendo una organización básicamente franco-británica.
En noviembre de 1956, aprovechando su estancia en la Asamblea general de la ONU,
Martín Artajo se fue a ver a los funcionarios del Departamento de Estado. Echó toda
la sal en la herida que pudo. Habló de cómo la acción de Suez, de la que Estados
Unidos no había estado informado, había quebrado la confianza interna en el seno
de la OTAN. Y le tiró una zanahoria a la Casa Blanca contándole una verdad; una
verdad que algún día merecería un análisis más pormenorizado: la relación “especial”
de la España de Franco con algunos países árabes.
Artajo incluso se apuntó el tanto de que Franco, con su política respecto de Marruecos, que verdaderamente estaba muy lejos de mostrar hostilidad, estaba dando pasos para convertirse en una especie de socio confiable de los países árabes. Con ese peso específico, argumentaba, lo lógico es que a España se le deje el paso, ejem, franco a la OTAN. Artajo incluso presentó una propuesta para una especie de pacto económico-político de los países de ambas orillas del Mediterráneo, patrocinado por los Estados Unidos, que buscaba aprovechar que la OTAN estuviese atravesando horas bajas. Pero es un hecho que en ese momento la España franquista, aprovechando el gesto de los franceses, no muy meditado, de deponer al sultán en 1953, trataba de jugar ante los países árabes el papel de país europeo defensor de los derechos marroquíes.
Ni Artajo ni
Franco, sin embargo, supieron valorar adecuadamente el hecho de que Estados Unidos
no podía permitirse la enemiga de Francia en ese momento. Washington siempre actuó
buscando que París no tuviese que contar más daños por aquel tema. Así las cosas,
Mohamed V regresó al país del exilio, se formó el gobierno nacionalista de Si Bekkai
(diciembre de 1955); hechos éstos que dejaron a Madrid sin argumentos. En realidad,
todo aquello no hizo sino aflorar las contradicciones intrínsecas de la posición
española, ya que Franco no tenía ninguna intención de ceder en el régimen de protectorado.
Por ello, cuando en enero de 1956 fue conminado por los marroquíes a reconocer el
gobierno Bekkai, El Pardo se negó. En marzo, Marruecos consiguió la independencia
respecto de Francia. El alto comisario español en Marruecos, Rafael García Valiño,
respondió tratando de independizar el califato de Tetuán, cosa que le salió como
la rana. A partir de ahí, la suerte del Marruecos español estaba echada.
La independencia de Marruecos, que tantos disgustos personales
le generó sin duda a un militar africanista como el general Franco, tuvo, sin embargo,
su utilidad a la hora de apuntalar la tentativa española de conseguir tener un peso
específico propio dentro de los planes generales de seguridad controlados por los
Estados Unidos. En la primavera de 1956. Franco le escribió una carta al presidente
Eisenhower en la que pintaba con tintes preocupantes la situación en el norte de
África para concluir, cosa en la que decía verdad, que en buena medida la seguridad
del Mediterráneo venía a depender de lo que ocurriese en la otra orilla; una orilla,
además, en la que la influencia comunista era creciente. En opinión del caudillo,
todo eso hacía aconsejable la presencia de elementos estabilizadores en la zona.
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