lunes, junio 15, 2026

Franco y los EEUU (8): Amigos sí, pero no tanto




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… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones


A lo largo de los años 1954 y 1955, las diferentes agencias estadounidenses implicadas en la cooperación con España fueron elaborando informes cuyo tono era crecientemente positivo. El programa militar conjunto avanzaba bien, y a buen ritmo. Eso sí, lo que no terminaba de carburar era la economía.

En 1954, la inflación en España fue del 3%. Era una tasa demasiado elevada y, sin embargo, era un regalo, porque la masa monetaria creció en el mismo periodo un 11%; es decir, se dieron las circunstancias objetivas para que los precios creciesen más todavía. Si no lo hicieron, fue por lo tieso que estaba el personal. Los analistas económicos de Washington temían que la ayuda económica operase de gasolina para la hoguera inflacionaria; especialmente, añadían, si el país tenía la mala suerte de experimentar alguna sequía. Obviamente, para los estadounidenses la prioridad no era que las dificultades económicas pudieran comprometer la supervivencia de las personas, sino que pudieran poner en peligro el funcionamiento de las bases que habían ocupado.

A pesar de este panorama un tanto sombrío, como ya os he dicho, lo cierto es que la cooperación iba bien y, lo más importante, podía ir mejor. John Davis Lodge, el nuevo embajador estadounidense en Madrid, era persona para entonces muy bien recibida en los coloquios y cenas del Ibex del momento. Los banqueros y empresarios españoles, que no estaban demasiado contentos con el planteamiento autárquico con que Franco había identificado su régimen, pensaron, en muchos casos, que la capacidad de influencia de los grandes hombres de Estado estadounidenses era la única que podía obligar a Franco a cambiar de opinión; y es, cuando menos, mi opinión que fue así, exactamente.

Lodge, como digo, era un hombre que conocía muy bien los pasillos del poder en España; y también las fincas del poder económico. Pronto se convirtió en un decidido partisano de la idea de que el convenio hispano-estadounidense, convenientemente revisado, podía reportar pingües beneficios para los intereses estadounidenses; máxime teniendo en cuenta que la renuencia de los países europeos occidentales a colaborar con España les dejaba mucho campo libre. Lodge, por lo tanto, quería una revisión expansiva del convenio.

Los hechos, además, conspiraban para convencer a la Casa Blanca de que España podía dejar de ser, rápidamente ese amigo incómodo, con muy mala imagen, cuya amistad prefieres no tener que pregonar; para pasar a ser tu más fiel baluarte. Por aquel entonces Francia, en parque malquista por lo poco o nada de que le había servido la OTAN en sus problemas norteafricanos, en parte porque, como bien cuenta el cuento, en la naturaleza del escorpión está picar y en la del francés dar por culo, había decidido reducir su presencia en la Alianza. Varios países miembros de la OTAN, por otra parte, comenzaron a acostumbrarse a reducir sus propios presupuestos de defensa, confiando en el esfuerzo estadounidense; un conflicto que quedaría larvado hasta la segunda llegada de Donald Trump al poder. Por otra parte, el enfrentamiento entre Grecia y Turquía no mostraba tintes de reducirse, causándole un problema a los esquemas geopolíticos estadounidenses. Alemania, como es lógico, apenas realizaba tenues esfuerzos de rearme. Y, para colmo, en Francia y en Italia los dos partidos comunistas cada vez tenían más peso social.

En estas circunstancias, prácticamente las únicas dos plazas en las que Estados Unidos podía esperar encontrar a políticos total y sinceramente apuntados a su cruzada contra el comunismo, eran España y Portugal. Cada vez adquiría más cuerpo la idea de que la colaboración militar se tenía que profundizar. Pero Lodge era bien consciente de que esa eventual profundización, que desde luego no sonaba nada mal en España, tenía que tener, en la visión de los españoles, sus contraprestaciones. La posición española se resumía en la frase común de las prostitutas: "eso, señor mío, es otro precio".

En diciembre de 1955, Lodge viajó a Washington para mantener diversas reuniones con departamentos de la Administración USA, y tratar de convencerlos. Sus objetivos de corto plazo eran conseguir la liberación definitiva de los 50 millones de dólares de ayuda económica previstos para el año siguiente; asimismo, llegaba aleccionado por los militares españoles en el sentido de que Franco quería que a España se le otorgase un papel en la defensa occidental.

En puridad, hay que decir que, desde el punto de vista de Madrid, aquellos 50 millones de dólares se quedaban muy cortos; la petición española elevaba la ayuda a 85 millones. Lodge consideraba que esa cantidad se podía alcanzar, bien vinculándola a la ayuda militar, bien utilizando la conocida como Ley Pública 480. La Ley Pública 480 era un instrumento jurídico que fue promulgado el 10 de julio de 1954 y que, en esencia, lo que venía a intentar era estructurar la venta de excedentes agrícolas estadounidenses como ayuda exterior vinculada al apoyo a los objetivos de política exterior.

Lodge removió conciencias. Pocos días después, ya en enero de 1956, John Foster Dulles envió un telegrama a su embajada en Madrid en el que pedía un informe detallado con las razones por las que se consideraba que NSC 5418/1 tenía que ser revisado. Sin embargo, los hechos demostrarían que la ampliación ambiciosa de objetivos no se produjo.

Todo parece indicar que los hombres de la Casa Blanca se encontraron entre dos polos: por un lado, dar la razón a las personas que, en Estados Unidos y España, apoyaban las ideas de Lodge en el sentido de que la cooperación podía profundizarse en gran beneficio para los intereses estadounidenses; y, por otra parte, la prudencia, que todavía tenía un gran peso en la Administración norteamericana, en el sentido de que una ayuda excesiva que, asimismo, robusteciese en exceso a la economía española, no pudiera suponer un rearme efectivo del país que, finalmente, le fuese reprochado a Washington. Por decirlo de alguna manera, elevar la capacidad militar de España hasta los niveles que una ayuda ambiciosa hubiera conseguido sólo era compatible con una entrada del país en la OTAN; algo que estaba totalmente descartado.

Si bien Estados Unidos era plenamente consciente de que no podía convencer a sus socios de la Alianza Atlántica para que aceptasen a España en el club, el tema de las Naciones Unidas ya era otro cantar. Estados Unidos, consciente de que la Unión Soviética tenía una política activa por la que estaba intentando la incorporación de países satélite a la asamblea de naciones, quería tener también sus propios peones situados. Y, de nuevo, pocos peones presentaban un perfil tan claramente identificado con los objetivos estadounidenses, como España.

El gobierno español, espoleado por este apoyo que sabía que tendría, presentó en el verano de 1955 su solicitud de ingreso. Sin embargo, Moscú supo contraprogramar este tema con eficiencia. La Unión Soviética retrucó a la intención española reclamando la entrada en la ONU de varias de sus naciones satélite y, muy en particular, exigieron que se le reconociese a la República Popular China el derecho a ocupar el puteal en el Consejo de Seguridad que hasta entonces habían tenido los formosanos. Moscú sabía bien que Eisenhower no podía asumir estas condiciones. Una gran parte de la campaña de 1952, por parte republicana, se había centrado en lo que entonces se conoció como la doctrina del roll back, es decir, el compromiso republicano de “liberar” a la Europa oriental.

En esas circunstancias, conforme los calores de la canícula de 1955 comenzaban a ceder en Madrid, los inquilinos de El Pardo cada vez temían más que Washington y Moscú se embarcasen en un cruce de vetos que dejase a España con la cabeza caliente y los pies fríos. La situación, desde luego, no aconsejaba la simple retirada de la petición española, dado que ésta no se habría podido producir con suficientes dosis de discreción. Por esta razón, Madrid trató de convencer a Washington para que alcanzase algún pacto.

España, en este sentido, dio muestras de una visión pragmática, alejada de la ciega exaltación que casi siempre se le supone a Franco; aunque también es cierto que fue un pragmatismo casi totalmente ocultado a los ojos de los mortales. En los mentideros diplomáticos españoles fue tomando cuerpo una expresión un tanto cínica: la de “doble amnistía”; es decir, que la solución para desatascar el monumental atasco que parecía haber en Naciones Unidas era que ambos bloques, de alguna manera, amnistiasen al otro: los comunistas, aceptando que Franco había dejado de ser un peligroso fascista; y los estadounidenses, admitiendo cosas como que la China de Mao era también un socio presentable. Como digo, este tipo de ideas se daban de hostias con las convicciones ideológicas del régimen; pero esto no sirve para otra cosa que para demostrar que el régimen era, en realidad, más flexible de lo que lo que se suele considerar. En agosto de 1954, el eterno Lequerica había dimitido como embajador en los Estados Unidos, siendo sustituido, en absoluta ausencia de alharaca, por José María de Areilza. Se dijo, no sé con qué base, que Franco cesó a Lequerica porque no había conseguido introducir en los temas del acuerdo hispano-estadounidense un apoyo explícito a la reivindicación de Gibraltar. Como digo, esto se dijo, pero yo no lo creo. Yo creo que el gesto de Franco de cesar a Lequerica fue uno más de los que hizo durante esa década; el más evidente de todos, abandonar el saludo brazo en alto.

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