Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over
El 30 de agosto se celebró la ceremonia de firma del Plan Dawes en Londres, aunque allí no estuvieron los Estados Unidos, que preferían mantener un estatus de invitado en las negociaciones. Nada más producirse la firma, Francia procedió a una teatral retirada de tropas de una sección del Ruhr. Dos días después, el pago previsto en el Plan de 20.000 millones de marcos fue religiosamente atendido por los alemanes. Se comenzó a hablar de que los aliados querían sellar todo aquel buen rollito aceptando la entrada de Alemania en la Liga de las Naciones.
Alemania, sin embargo, tenía
condiciones. En primer lugar, querían asiento permanente en el Consejo de la
Liga, es decir, más o menos el Consejo de Seguridad de la ONU actual. En
segundo lugar, tenían reticencias frente al artículo 16 de la Liga, que establecía
sanciones para todo país implicado en una guerra agresiva. Argumentando que el
país no tenía capacidad de responder a este tipo de sanciones, reclamaban que
se les otorgase un estatus neutral.
El 29 de septiembre, Alemania puso
negro sobre blanco en una nota diplomática sus puntos de vista. El Consejo de
la Liga aceptó que Alemania fuese miembro del mismo, pero con condiciones, y
rechazó la posibilidad de que fuese considerada nación neutral, por considerar
que calificar de neutral a unos tipos que tenían la mano tan floja venía a
debilitar el compromiso de la Liga con la paz. La Liga de las Naciones, como se
ve, inspirada como estaba por Woodrow Wilson y no por Roosevelt, alias Mr. Liquid, tenía unos pruritos que la
ONU no tiene, pues hoy en día es bastante común ver cómo países que aplastan en
la plaza pública los cojones de los ciudadanos que no les gustan van y presiden
comités de Derechos Humanos y esas vainas.
Por lo demás, la Unión Soviética
no quería a Alemania en el club internacional ni en pintura. Moscú, en este
sentido, consideraba que esa membresía debilitaría el acuerdo bilateral de
Rapallo entre ambas naciones. Así las cosas, Stresemann decidió que no era
momento de que los alemanes presentasen la solicitud para el club.
Otro tema que se convirtió en
batallón, y nunca mejor dicho, tras la conferencia de Londres, fueron los
poderes aliados de auditoría militar. Bajo el tratado de Versalles, los
ganadores de la guerra tenían el derecho de presentarse en el cuartel alemán que
les saliese del pingo, para comprobar la situación de sus efectivos y sus
medios, y chequear si eran dimensiones compatibles con el tratado. El gobierno
alemán, que como acabamos de ver recién había conseguido pasar el test de las
reformas constitucionales que exigía el Plan Dawes, lo había hecho a base de
comprometerse con las derechas en que sería duro en los temas más humillantes
para la soberanía alemana. Ya el 9 de enero, el gobierno germano había
propuesto que, puesto que el ejército ya había alcanzado las cotas de desarme
exigidas, la Comisión Interaliada cesase en sus competencias en favor de la
Liga de las Naciones. Tanto París como Londres, sin embargo, le dijeron a los
alemanes que dejasen el schnapps, que
les estaba sentando muy mal.
La razón de que los aliados no
quisieran abrir la mano con que apretaban los testículos de Alemania era que no
estaban nada convencidos con el temita de las organizaciones paramilitares que,
para qué nos vamos a engañar, crecían como levadura. El 22 de junio, MacDonald
y Herriot le habían enviado una nota confidencial a Marx inquiriéndole acerca
de muchos rumores existentes sobre la intensificación de la acción paramilitar
en el país. Marx contestó que no había ningún rearme secreto en el país (no
mentía, pues no era exactamente eso). El 30 de junio, under mounting pressure, el gobierno alemán decidió aceptar una
inspección especial de británicos y franceses. Así las cosas, la Comisión
Interaliada de Inspección de Control, presidida por el mariscal Foch, estuvo en
otoño en Alemania; y publicó, el 22 de diciembre de 1924, un informe
extremadamente crítico en el que acusaba a Alemania de no estar haciendo nada
para parar a las unidades paramilitares. Entre otras cosas, la comisión fue
capaz de encontrar importantes polvorines clandestinos que, por lo tanto, muy clandestinos no eran.
El tema del “rearme oculto” tuvo
la “virtud” de encabronar el tema de la salida de tropas aliadas de Alemania,
que era justo lo que el gobierno alemán no necesitaba, teniendo en cuenta que
acababa de sacar adelante sus mierdas gracias al apoyo de las derechas. El
informe Foch provocó que la siguiente etapa en la des-invasión marcada en el
tratado de Versalles, que era la retirada de las tropas situadas en Colonia (10
de enero de 1925) fuese felizmente (para los franceses) aplazada.
El otoño de 1924, además de
verificarse la inspección de la comisión Foch, fue el momento en que se
introdujo el Reichsmark como parte del Plan Dawes. Se emitieron billetes de 5,
10, 20, 50, 100 y 1.000 RM, cada marco dividido, como siempre, en 100 Reichpfennings.
El RM se demostró un éxito, aunque hay que reconocer que buena parte del
trabajo sucio ya lo había hecho el Rentenmark. De hecho, el RM permanecería
razonablemente estable hasta su sustitución por el DM, o Deutsche Mark, el 22
de junio de 1948; moneda que, mucho más longeva aún, sobrevivió hasta el 2002,
cuando fue sustituida por el puto euro.
La experiencia de finales de
agosto, cuando Marx había llegado a una situación en la que incluso se llegó a
hablar de legislar a espaldas del parlamento, le convenció al canciller de que
necesitaba buscar apoyos más sólidos; y eso pasaba por hacer una crisis de
gobierno. Contactó con el SPD y con el DNVP; pero ambos partidos se mostraron
totalmente contrarios a entrar en una coalición en la que estuviese presente el
otro; algo de lo que, teniendo en cuenta su perfil ideológico, no creo que se
se les pueda reprochar nada. Pero la cosa fue peor: cuando el DDP se encontró
con que Marx estaba manejando la posibilidad de meter al DNVP sobre la moqueta,
montó el cólera.
Así las cosas, Wilhelm Marx se fue
a ver al presidente Ebert, para intentar convencerlo de que disolviese el
Reichstag y celebrase unas nuevas elecciones. Las segundas en un solo año.
La idea de Marx era una carambola
un tanto compleja. En su visión, el pueblo alemán estaría percibiendo la
estabilización generada por el Plan Dawes y, sobre todo, la entrada en juego
del RM; y, consecuentemente, lo que había era que darle la oportunidad de votar
en una especie de segunda vuelta de las elecciones de mayo; segunda vuelta en
la que mayoritariamente huiría de las opciones ultras.
Ésta, sin embargo, era su visión.
El SPD, después del descalabro de mayo, pensaba que los tiempos no le eran muy
favorables; así que interpretó el movimiento como un intento de girar todavía
más el parlamento hacia la derecha y cambiar el color político de la república
de Weimar. Y, de alguna manera, era verdad. Pero, en gran parte, era por culpa
del propio SPD.
El elemento fundamental que estaba
detrás de todas estas formulaciones era Stresemann. El ministro de Asuntos
Exteriores era un hombre criado a los pechos de la clase empresarial; esa misma
clase empresarial que había puesto toda la carne en el asador para convencer al
DNVP, o al menos a 48 de sus miembros, de que no podían votar en contra del
Plan Dawes. Stresemann veía un patrón en todo eso; y, sobre todo, apreciaba las
virtudes de una política exterior alemana que se pudiera ver avalada también
por el DNVP; y eso, como digo, en buena parte era culpa del propio SPD; un
partido que, a base de estar todo el día bailando la yenka (ahora colindo,
ahora no colindo), había terminado por convencer a Stresemann de que no podía
ser un socio fiable. Y es que no podía, menos aún ahora que tenía a más de dos
tercios del viejo USPD en su seno.
En estas circunstancias, los
alemanes fueron llamados a las urnas, por segunda vez en el año 1924, el 7 de
diciembre. Y hay que decir, para empezar, que los negros presagios del SPD no
se cumplieron. Los socialdemócratas se apuntaron 131 diputados, 31 más, con un
26% de voto, 7,88 millones de papelas; una subida, en menos de un año, de cinco
puntos y medio. El DVP de Stresemann consiguió 51 diputados, con 3 millones de
votos (10,1%). Zentrum obtuvo 69 diputados, un 13,6%, es decir 4,1 millones de
votos. El DDP ganó 32 escaños, con un 6,3% u 1,9 millones de votos. Los
partidos de centro, pues, se quedaron más o menos como Quevedo.
La idea de que el DNVP se iba a
debilitar, sin embargo, no llegó. Con 103 diputados, 20,5% del voto y 6,2
millones de papelas, el partido de la derecha recogía la cosecha de una
posición crítica, pero al final comprensiva.
Marx, sin embargo, no había
fallado en sus impresiones. Se ve que su Tezanos sí que era listo. Los
comunistas del KPD se sacaron 45 escaños, o sea que perdieron algo menos de un
tercio de lo que tenían, con un 8,9% del voto y 2,7 millones de votos. Por su
parte, el Partido Nacionalsocialista de la Libertad cobró 14 escaños, es decir
perdió más de la mitad de los que tenía, con un 3% del voto y 907.242 votos. El
partido que pretendía recoger las aspiraciones del votante nacionalsocialista,
pues, no consiguió ni un puto millón de likes.
Las segundas elecciones de 1924,
aunque son habitualmente vendidas por algún que otro esforzado historiador (“el
fascismo se desplomó”), no fueron ningún
Umstülpung, por decirlo en términos
hegeliano-marxistas. No podían serlo, porque en medio año las cosas no cambian
tanto. De hecho, si hacemos las cuentas por bloques (izquierda, centro,
derecha), el cambio fue muy pequeño: la ganancia de la izquierda no llegó a dos
puntos, la del centro también fue de punto y pico, y los consecuentes dos
puntos largos de pérdida los puso la derecha. Las derechas apenas perdieron
760.000 votos. Lo que sí hubo fueron reasignaciones internas dentro de cada
grupo, puesto que el SPD le robó la merienda al KPD, y el DNVP dejó a
Ludendorff como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando.
El 15 de diciembre, Marx dimitió
como canciller. Inmediatamente, el presidente Ebert le conminó a formar un
nuevo gabinete. En puridad, había dos posibilidades que podía pulsar: o la
tradicional gran coalición virada a la izquierda; o la coalición de nuevo cuño,
bautizada “coalición burguesa”, con la presencia del DNVP. Sin embargo, ninguna
de las dos combinaciones salió bien. Ante el fracaso del canciller, Ebert pasó
a pedirle que siguiera en el puesto mientras él pensaba algo.
En medio de estos cabildeos, el 20
de diciembre, a las doce y cuarto de la mañana, Adolf Hitler salía de la
prisión de Landsberg, convertido una vez más en hombre libre. A la salida lo
esperaban Adolf Müller, el hombre cuya imprenta utilizaba la Eher Verlag para
publicar los libros del NSDAP; y Heinrich Hoffmann, el fotógrafo personal de
Hitler. Preguntado por sus íntimos, el líder del NSDAP rehusó aclarar si iba a
volver a la política activa.
Tres días después se publicó la
sentencia de un juicio muy movido. Se trataba de la acusación levantada contra
un editor llamado Erwin Rothart. Rothart había publicado en un periódico, el Mitteldeutsche Zeitung, una carta de un
nacionalista bávaro en la que acusaba al presidente Friedrich Ebert de traidor.
El juicio provocó la inmediata puesta en escena de la acusación que el artículo
hacía sobre el presidente de la república. El 9 de diciembre, Ebert había leído
una declaración ante los jueces en la que decía que se había opuesto a la
denominada “huelga de municiones” de 1918; que si se había unido a dicha huelga
(que obviamente obstaculizó la actuación del ejército) había sido para tratar
de acabar con el problema. El 12 de diciembre, Philipp Scheidemann corroboró
este testimonio. El 14 de diciembre, en un ambiente cada vez más enrarecido,
Ebert presentó como prueba una carta del mariscal Hindenburg en la que éste le
calificaba de “verdadero patriota”.
El tribunal, finalmente, condenó a
Rothart por libelo (tres meses de prisión). Pero, al mismo tiempo, dictaminó
que Ebert había cometido traición, y que no importaban las razones por las que
lo hubiera hecho. Fue, pues, una victoria pírrica.
En el momento en que se celebraron
las sesiones del juicio, Ebert ya estaba enfermo. Tenía enormes molestias
estomacales, y los doctores que lo habían reconocido ya le habían aconsejado
que se tomase la vida con Relaxul. Ebert, sin embargo, rehusó tratarse.
No hay que extrañarse, por lo
demás, de que el presidente de la república anduviese jodido del estómago. El
primer sapo que tenía que comerse era que, después de las elecciones, Alemania
seguía sin nuevo gobierno. El 9 de enero de 1925, después de las fiestas, le
pidió al ministro de Finanzas, Hans Luther, que lo intentase. Acosado por la
situación y un tanto desesperado, le vino a decir que formase un gobierno de
personalidades de derechas, pero que no se preocupase mucho de las fidelidades
partidarias. De nuevo, pues, se quería ensayar el portelismo (de Portela
Valladares; es decir, la decisión de formar un gobierno sin apoyos
parlamentarios claros).
El gobierno Luther se formó el 15
de enero. Presentó la novedad de que cada uno de los cuatro partidos que
aceptaron estar dentro nombraron un representante o Vertrauensmann. El DNVP, que era la novedad del pastel, era
representado por su líder, Martin Schiele, que tomaba la cartera de Interior.
Le acompañaban Otto von Schlieben, ministro de Finanzas, y Albert Neuhaus,
titular de Asuntos Económicos. El representante del DVP, y más que obvio,
necesario ministro de Exteriores, era Stresemann; lo acompañaba Rudolf Krone,
titular de Transportes. Por Zentrum estaba Heinrich Brauns en Trabajo y Josef
Frenken (Territorios Ocupados). Asimismo, Karl Stingl (BVP) entró en el gabinete
como ministro de Correos. El resto de los miembros del gabinete eran teóricos
independientes. En realidad, el único que realmente no tenía filiación política
era Gerhard von Kranitz, que permaneció en Alimentación y Agricultura. El otro
era Otto Gessler, titular de Defensa; un ministro que gustaba de decir de sí
que era independiente; pero apestaba a DDP por todos sus costados.
En otras palabras: el giro a la
derecha era un hecho. Las segundas elecciones de 1924 no habían cambiado nada
en la dinámica de bloques. Sólo habían servido para que el SPD se impusiera
sobre el KPD, y el DNVP sobre el Partido Nacionalsocialista de Hacendado que
liderada Ludendorff.
La gran pregunta que nos queda es:
¿podría haber optado Alemania por un giro a la izquierda? La respuesta es: sí.
Aritméticamente hablando, sin duda. Con el SPD en el barco, máxime ahora que
había laminado a los comunistas, los números salían. El presidente de la
república, él mismo socialdemócrata, probablemente no habría deseado otra cosa.
Pero el problema estaba en la actitud.
El SPD no quería gobernar. Sabía
que Alemania tenía por delante unos años delicados en los que debía intentar
desmontar cautelosamente y pieza a pieza el edificio de Versalles; pero eso no
sería posible sin concesiones al pie de las cuales los socialistas no querían
firmar. Con esa capacidad tan común entre los humanos de no darse cuenta de que
los hechos tienen consecuencias, el SPD no tuvo problema en permitir que se
enquistase el portelismo alemán. La república de Weimar se había convertido en
un régimen que sobrevivía a base de gobiernos en minoría que, más que gobernar,
chantajeaban a la clase política con la amenaza del caos. La actitud distante
del SPD acostumbró a los alemanes a vivir en un mundo en el que los gobiernos
carecían de mayorías y, en consecuencia, carecían de la capacidad de ser
auténticos gobiernos.
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