miércoles, abril 29, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (30): Mein Kampf

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Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over


En Mein Kampf, Hitler ya ha consolidado los dos conceptos fundamentales que soportarán su ideología: los conceptos de raza, y de espacio vital. El mundo, tal y como se formula en el libro, está dividido en tres grandes grupos: los arios, entendidos como todo el conjunto de razas que crearon culturas avanzadas; las razas incapaces de desarrollar culturas propias, pero con capacidad de asumir y copiar las creaciones arias; y las personas inferiores, definidas obviamente por su incapacidad, tanto para crear como para absorber culturas sofisticadas.

Siguiendo en gran medida teorías que estaban ya plenamente desarrolladas entre diversos pensadores centroeuropeos incluso un siglo antes que Hitler, el autor de Mein Kampf concluye que el proceso de contacto y mezcla entre tipologías acaba por beneficiar a las inferiores. En otras palabras: por mucho que los inferiores contacten con arios, éstos no les van a instilar su sabiduría. Muy al contrario, son los seres inferiores los que, sobre todo a través del jinca/frota que genera elementos mestizos, acaban arrastrando a los arios a la depravación intelectual. Como consecuencia, el objetivo fundamental es crear una comunidad de arios alemanes puros, la Volksgemeinschaft, término éste que es central en la obra.

Mein Kampf, además de un argumento antropológico, es también un argumento sociológico. Igual que desarrolla el argumento de la raza aberrada por el contacto con otras razas, Hitler también desarrolla la aberración esencial del hombre urbano, capturado, por así decirlo, por la modernidad. Las ideas de un mundo capitalista frío y egoísta en el que la persona es ya sólo un engranaje, ideas explotadas por otros como Charlie Chaplin en Tiempos modernos, también están en Hitler, como una consecuencia casi lógica de la reivindicación de la pureza original de la raza aria.

En un entorno así, Hitler viene a llegar, obviamente por un camino distinto, a la misma conclusión que Lenin. El tracto argumental puede resumirse de la siguiente manera: hay unos seres perfectos que son agredidos por una serie de factores (razas imperfectas, modernidad, vicios, etc.) En un entorno de contacto entre buenos y malos, por así decirlo, no se produce un proceso por el cual los buenos hacen buenos a los malos, sino que los malos consiguen que los buenos desaparezcan. Ésta es una situación que la democracia nunca resolverá. Primero, porque la democracia es resultado de este estado imperfecto de las cosas. Y, segundo, porque la democracia, al ser un juego de mayorías, siempre juega a favor de la mayoría que, como se ha definido antes, está formada por los imperfectos. En consecuencia, Hitler le “retira” a los imperfectos el derecho a formar parte del gobierno social; de forma bastante parecida, como digo, a como hacen Marx y Lenin con esa parte “imperfecta” de la sociedad humana llamada burguesía. La dictadura del proletariado es, aquí, la dictadura de los perfectos. En ambos casos, Hitler y Lenin llegan a la conclusión de que un sistema perfectamente organizado se estructura mediante un mando único, una obediencia única, una única referencia de poder. Hitler lo llama Führer; Lenin, Vanguardia Revolucionaria. Por eso, nacionalsocialismo y comunismo son, ambas, formas de fascismo.

Hitler, como buen antimarxista, se aparta del marxismo en un punto fundamental: niega la necesidad de promover la igualdad (por mucho que esa promoción, en el propio marxismo, sea más teórica que práctica); y la limita a la igualdad de oportunidades, que no es lo mismo. En el hitlerismo, todo aquél que tenga la capacidad de ser elite aria, debe tener la oportunidad de conseguirlo. De esta manera se podrá crear el grupo de arios perfectos, el Herrenvolk de Mein Kampf.

Conforme fue escribiendo el segundo tomo de su obra, cosa que hizo cuando ya no estaba en Landsberg, da la impresión de que Hitler se fue dando cuenta de los puntos de su teoría en los que se tocaba con la formulación teórica socialista; aunque para poder precisar mejor estas cosas, los investigadores deberían tener algo que hasta donde yo sé no tienen, que es la obra de Hitler ordenada no como se publicó, sino por el orden en que fue escrita. Lo que sí es evidente es que sus intentos de distanciar socialismo y nacionalsocialismo son evidentes. El principal argumento que maneja Hitler en el libro es que la comunidad que él propugna es “una dictadura de toda la comunidad”; es decir, no es una dictadura de una sola clase social. En su visión, lo que hay que robustecer es el Estado y la nación, en mayor medida que los intereses y necesidades de una clase social.

Sin ningún lugar a dudas, el punto en el que el fascismo nacional (de derechas) y el fascismo de clase (de izquierdas) se apartan en la obra de Hitler son todos los fundamentos relacionados con la raza. A lo largo de su experiencia vital, y sin ninguna duda a través de las conversaciones en la cárcel con Hess en las que seguro que salió el tema de las teorías de Haushofer, Hitler fue desarrollando una auténtica obsesión con la idea de que la persona aberrada, imperfecta, es como una manzana podrida que, si se la deja en el cesto, arruina el cesto completo. Sabemos que en Landsberg leyó varias obras dedicadas a justificar la esterilización y aún la eutanasia de las personas consideradas humanamente inhábiles, como borrachos, drogadictos, retrasados o enfermos mentales. Una obra importantísima de la época sobre este tema fue Die Freigabe der Vernichtung Lebensurwerten Lebens, es decir, algo así como En favor de la destrucción de la vida que no merece serlo, obra de Karl Binding y Alfred Hoch. Este libro es un manifiesto científico en favor de la eutanasia programada por razones sociales. Sabemos que Hitler leyó este libro en Lansfeld, como es probable que también leyese materiales del profesor bávaro Fritz Gottlieb Karl Lenz, padre de la teoría de la existencia de Untermenschen, algo así como hombres de baja calidad humana, y el derecho del hombre completo a masacrarlos (pour en savoir plus, la Biblia eugenésica nazi: Gundriss der Menschsliche Erblichkeitslehre und Rassenhygiene, escrita por Eugen Fischer (cómo se habría de llamar, sino Eugen...) y Erwin Baur, es decir, teoría de la herencia humana y la higiene racial).

De forma como he dicho un tanto confusa, estas teorías antropológico-políticas se mezclan en el libro con formulaciones sobre geopolítica. Hitler se posiciona contra el tratado de Versalles y se marca como objetivo restaurar las fronteras alemanas de 1914, lo cual le lleva a considerar que es inevitable una nueva guerra. Inicialmente, la lógica dicta que se trata de una guerra en Europa occidental, es decir, un enfrentamiento entre Francia y Alemania. Sin embargo, esto cambia por la introducción de las ideas sobre el Lebensraun, el espacio vital al que Alemania tiene derecho en sus fronteras orientales. Aquí Hitler está directamente influido por Haushofer y por otro teórico: Friedich Ratzel. Su objetivo: crear un Gran Reich Alemán, con 250 millones de habitantes de raza pura, autosuficiente tanto en materia de alimentación como de materias primas.

El futuro Führer de Alemania diseña en su libro una estrategia por pasos que, básicamente, cumplió a rajatabla. El primer paso es incorporar a los hablantes alemanes de Austria, Checoslovaquia y Polonia al Reich. Aunque no lo dice así, Hitler asume que Francia no permitirá estos movimientos, por lo que será imposible evitar una guerra con el país. Sin embargo, en el libro no se resigna a un mantenimiento del statu quo geopolítico europeo que era contemporáneo de sus páginas, puesto que piensa que existe mucho campo para lograr una concertación alemana con Reino Unido y con Italia. Dado que las páginas escritas por Hitler fueron primero conversaciones con Hess, es muy posible que en Landsberg ambos nacionalsocialistas discutiesen a fondo estas posibilidades; discusiones que tal vez alimentaron el extraño optimismo de Hess cuando decidió irse a Reino Unido para tratar de convencer al país de que cambiase de bando en la guerra.

Hitler culmina su obra confesando que había aprendido mucho del golpe de la cervecería. Aquella movida, dice, le sirvió para darse cuenta de que la república de Weimar era un régimen que no se podía derribar desde fuera, como había intentado él. Así pues, a partir de ese momento lo intentaría desde dentro, aprovechando los resortes donados por el sistema parlamentario.

En el verano de 1924, mientras Hitler iba poniendo orden en todas estas ideas, se acordaron los últimos flecos del Plan Dawes. Del 16 de julio al 16 de agosto se celebró en Londres una conferencia específica dedicada a la aplicación del plan. Allí estuvieron Ramsay MacDonald, Édouard Herriot, Alberto de Stefani (ministro italiano de Finanzas) y Georges Theunis, por los europeos. Y Owen Young, por los estadounidenses. Además, había diplomáticos japoneses, portugueses, rumanos y del Reino de los Eslavos, Croatas y Serbios. Según los procedimientos de la conferencia, una vez que los aliados se pusieran de acuerdo sobre el modo de desplegar el Plan, Alemania sería invitada a la mesa.

Ramsay MacDonald, obvio presidente de la conferencia, dejó claro, desde su primer discurso, que consideraba llegada la hora de alcanzar una reconciliación con Alemania. Herriot, por su parte, no negaba ese principio, pero era más cauto y exigía salvaguardias.

Tras un primer debate, se decidió mantener el empoderamiento de la comisión para decidir la imposición de sanciones si lo consideraba necesario; sin embargo, como antídoto ante las decisiones, digamos, precipitadas, se acordó que a la comisión se uniese un representante de los Estados Unidos. Los incumplimientos flagrantes por parte de Alemania deberían ser definidos como tales por una Corte de Arbitraje formada por tres representantes neutrales presididos por Estados Unidos.

A partir de ahí, los reunidos en Londres comenzaron a trabajar en la recuperación de la economía alemana. Para recuperar la unidad económica, la comisión abogó por la retirada de las medidas administrativas y comerciales especiales que los franceses y belgas habían impuesto en Renania.

Los representantes alemanes llegaron a Londres el 1 de agosto. Los verdaderamente importantes: Marx, Stresemann y el ministro de Economía Hans Luther, llegaron el 5. Marx pronunció un discurso en el que dijo que Alemania pondría todos sus esfuerzos en cumplir el Plan Dawes tan pronto como la normalidad se hubiese establecido en el Ruhr.

El día 8 de agosto, Stresemann y Herriot se entrevistaron cara a cara. El alemán le dijo al francés qué hay de lo mío; y el francés, muy francés él, le contestó: tienes toda la razón, macho; nosotros nos tenemos que ir del Ruhr. Pero es que tengo diferencias de criterio en mi gobierno, así que no te puedo decir cuándo voy a poder hacerlo. De hecho, tras filtrarse la información de la entrevista Herriot-Stresemann, y más o menos su contenido, el gobierno francés llamó con urgencia a su primer ministro a París. Herriot se fue a la capital de Francia, luego regresó a Londres, y el 11 de agosto se reunió de nuevo con Stresemann. Ya tenía las ideas más claras: si es por mí, Gustavo, yo me iría del Ruhr mañana por la tarde; pero mi gabinete sólo acepta el compromiso de hacerlo en algún momento de los próximos 12 meses. Eso sí, dijo que, en cuanto las actas de la reunión de Londres estuviesen firmadas, Francia retiraría unas tropas que tenía en Dortmund.

La incapacidad francesa de comprometer una retirada del Ruhr en el corto plazo se cargó la conferencia de Londres, y colocó al minoritario gobierno Marx en una situación desabrida. El 13 de agosto, cuando los alemanes fueron a una nueva ronda de negociaciones con los franceses, se encontraron a un Herriot que ya había asumido como propia la idea de que la evacuación tenía que ser en 12 meses. Y cualquier persona que sepa algo de Historia tiene que saber que, igual que cuando una mujer te dice que no, lo mismo te está diciendo que sí, cuando un francés dice en 12 meses, lo más probable es que esté diciendo cuando me salga de los cojones.

El 14 de agosto, Stresemann perdió pie cuando le fue a llorar a MacDonald. El primer ministro británico le dijo que comprendía el cabreo alemán; pero también le dijo que entendía el enroque francés. Así las cosas, al día siguiente, 15, al gobierno Marx no le quedó otra que aprobar completamente el Plan Dawes, aunque eso supusiera asumir la humillante condición de que los franceses se quedarían en el Ruhr cosa de un año. O más.

Como consecuencia de todo esto, el gobierno alemán llevó, a finales de agosto, al Reichstag, todo un conjunto de iniciativas legales destinado a concretar la aceptación del Plan Dawes. Estas normas regulaban la creación del banco nacional de emisión, la emisión de bonos del sistema ferroviario y las industrias, la liquidación del Rentenmark y su reemplazo por el Reichsmark, y la aceptación del nuevo calendario de pagos. El ambiente estaba tan jodido que el 25 de agosto el canciller Marx le dijo a los diputados que el gobierno alemán iba a aceptar los términos del Plan Dawes: con el apoyo del Reichstag si se lo daban; o usando los poderes especiales presidenciales del artículo 48 de la Constitución, si no se lo daban.

El tema más jodido era el cambio legislativo relativo al Reichsbahn, el sistema ferroviario; exigía un cambio de la Constitución, así pues necesitaba un voto reforzado de dos tercios. La iniciativa tenía el apoyo seguro del SPD, Zentrum, DDP y  DVP; pero con eso no le llegaba. Le hacía falta, más o menos, que dos tercios de los derechistas del DNVP le votasen también. La ley se votó dos veces; por dos veces regresó al corral. El presidente Ebert, cuyas convicciones democráticas, para qué nos vamos a engañar, nunca fueron su fuerte, amenazó con disolver el Reichstag; el famoso estos son mis principios, y si no le gustan, no se preocupe porque tengo otros, de Groucho Marx. Marx (ahora hablamos del canciller), más listo que su jefe y bastante más demócrata, trató de convencer a los derechistas afirmando que en momento alguno el gobierno alemán abandonaría el objetivo de combatir la cláusula de responsabilidad única del tratado de Versalles. Finalmente llegó un punto en el que Oskar Hergt, el líder del DNVP, anunció que daba libertad de voto a sus diputados. Esto lanzó las presiones que sobre los mismos ejercían grandes industriales alemanes, partidarios del Plan Dawes. Finalmente, pues, 48 diputados derechistas le dieron al gobierno los votos que necesitaba.

La aplicación del Plan Dawes se había salvado. Pero, en realidad, lo que había pasado era que se había dado un paso más hacia la elección de Adolf Hitler como canciller.

El pueblo alemán se había mostrado en las elecciones de mayo de 1924 seriamente descontento con las izquierdas. Y, ahora, comenzó a dudar de algunas derechas o, más concretamente, de las derechas, digamos, oficiales y parlamentarias. Erich Ludendorff, que no se olvide en ese momento era representante en el Reichstag de la ultraderecha, calificó la votación del Reichsbahn como “el Tannenberg judío”. Difícilmente pudo buscar una identificación más rasposa y con más mala leche. La batalla de Tannenberg, definida en las propias memorias de Ludendorff como “el momento en que conseguimos salvar la tierra alemana de la dominación rusa”, fue una heroica victoria de Ludendorff. La retórica del general venía a decir que todo aquello ya no servía para nada; Alemania había sido entregada al Soros de turno, a los Bildenberg que, secretamente, manejaban los hilos del Plan Dawes. Y con la connivencia de las derechas.

Si las cosas no salían bien pronto, el giro se intensificaría.

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