viernes, marzo 06, 2026

El discurso de Sánchez Guerra (y 2)

Primera toma
Segunda toma 


Como ya he apuntado, Berenguer tuvo desde el principio la idea de tener un sólido gobierno económico. Y, de hecho, los tres ministros del dinero (Hacienda, Fomento y Economía) fueron tres conmilitones de Bugallal que contaban con un importante prestigio. De Petisú Montero actúa Manuel Argüelles; de Óscar Puente, Leopoldo Matos; y de Carlos Cuerpo, Julio Wais.


En cuanto estos tres ministros ponen los pies en el PIB, se dan cuenta de que está hecho unos zorros y de que el descontrol de las cuentas públicas tiene la culpa. Por eso, colocan un palo importante en las ruedas del berenguerismo al exigir el parón de las obras públicas. El 18 de febrero, el gobierno decide dar de baja del presupuesto todas las obras nuevas previstas. Se ordena a las confederaciones hidrográficas que no realicen más obras que las que ya tienen comenzadas. Asimismo, se habilitó al ministro de Hacienda para, una vez recibidos informes de todas las obras públicas en curso, decidir sobre su utilidad y continuidad. El ministro Argüelles declara a los periodistas que estas medidas se han tomado para evitar “un quebranto irreparable”. Vino a decir el ministro que lo importante de un gasto público no es que sea virtuoso ni necesario, sino que haya dinero en la caja. Curiosamente, en el momento de pronunciar esas palabras ya estaba formulada la crisis del 29, que lanzó Bretton Woods y, al fin y a la postre, la era de barra libre para el gasto público.

Las medidas del gobierno Berenguer llegaron tarde. Fueron inútiles para parar el impacto que la crisis mundial empezaba a tener en la economía española; y, para colmo, intensificando el paro obrero, pues miles de tajos se cerraron, hizo imposible el gran objetivo del conde de Xauen, en el sentido de conseguir paz social.

En este ambiente, el 18 de febrero, el gobierno Berenguer aborda la labor de dar por cerrada la dictadura, generando su particular distanciamiento de la misma. Hasta ese momento todo es política de gestos; pero no se ha producido todavía un acto político que advere el cambio de régimen.

El documento, sin embargo, deja a la mayor parte de los españoles con la cabeza caliente y los pies fríos. Se parece bastante a un programa electoral moderno. Establece principios generales muy acertados y virtuosos, sobre todos ellos la restitución en España del imperio de la ley; pero ni dice cómo lo va a hacer ni, cosa más importante, fija plazos. Es un “fíate de mí”. Más en concreto, o más bien inconcreto, se dice que el gobierno tiene la intención de “ir preparando la reorganización definitiva de los poderes del Estado sobre la  base representativa”; es decir, donde la gente esperaba que se les dijera cuándo y de qué forma se iba a restituir el voto libre, el gobierno les dice que todo lo que está haciendo es “ir preparándolo”.

El problema para Berenguer es que no puede negar que el modelo lo tiene bien claro. Como rápidamente recordarán las fuerzas más democráticas, el asunto es tan sencillo como reinstaurar la legalidad de la Constitución de 1876; en un solo acto, en efecto, los españoles recuperarían sus derechos. El mero hecho de que el gobierno diga que lo quiere hacer pero no lo haga, en plan Delcy Rodríguez con sus presos, deja claro para muchos que no hay intención. En realidad, el problema no es que no haya intención. El problema es que Berenguer quiere controlar el proceso; y en ese momento procesal, en el que, salvo el Partido Conservador, nadie apoya fehacientemente su gobierno, teme que si abre la mano el país se conviera en un cafarnaún.

A pesar de esta lógica cautela, el gobierno es consciente de que tiene que responder con actos al cambio de tono que pretende introducir tras su declaración. Por ello, y aunque la censura de Prensa de la dictadura todavía está vigente y las restricciones a las intervenciones públicas son legales, Berenguer decide permitir que, con cuentagotas, diversos miembros de la clase política puedan comenzar a posicionarse.

El primero de ellos es un político que en la dictadura apenas fue concejal del Ayuntamiento de Madrid y diputado por Pego, Alicante; pero que, sin embargo, es un político de hondas resonancias: Miguel Maura Gamazo. Hijo del histórico Antonio Maura,  fallecido en 1925. Hombre lógicamente  bruñido para la política en las juventudes mauristas (qué mayor juventud maurista que él), sus enfrentamientos con el poder han ido alejándolo de la monarquía. Gracias a sus contactos familiares (su hermano Honorio, autor de teatro de cierto éxito, es amigo personal de Alfonso de  Borbón) tuvo el raro privilegio de poder anunciarle su republicanismo al rey en su cara.

El republicanismo de Maura, si hemos de creerle a él mismo, tenía sobre todo una gran vena pragmática. Consideraba que el cierre diseñado para la dictadura era deficiente, y que dejaba todo el proyecto republicano, e incluso el constitucionalista, en manos de las izquierdas. Por eso, razonaba, lo lógico era que prohombres de las derechas también hiciesen profesión de fe republicana. Siempre según Maura, Alfonso Felpudo, cuando él le explicó esto, se echó a reír y le dijo que nada de eso hacía falta, porque mientras él estuviese, la monarquía no corría peligro. Aunque las memorias personales siempre hay que cogerlas con pinzas, lo cierto es que esa actitud tiene cierta credibilidad, por típicamente borbo-felpúdica.

El 20 de febrero, en el Ateneo de San Sebastián, Maura pronuncia una conferencia en la que anuncia su conversión a la fe republicana. En esa conferencia incluso se muestra en contra de la simple resurrección de la Constitución de 1876, que considera ya obsoleta.

Maura acabaría quejándose amargamente, en su vejez, de que en aquellas horas tensas para él, en realidad no pasara nada. Él, que como buen Maura no carecía de encofrado narcisista y por lo tanto estaba convencido de que su opinión era algo que media España estaba deseando conocer, se quedó pijarriba, en las últimas  jornadas de febrero, cuando comprobó que su pública confesión de fe republicana ni movía a los republicanos a la solidaridad, ni a los monárquicos al rechazo. Maura iba derechito a su destino, que se produciría ya en mayo de 1931: enfrentarse al doloroso hecho de que era un mismundi político. Aquellas jornadas de finales de febrero de 1930 comenzaron a enseñarle la verdad: él no era personaje de referencia en las derechas españolas, ni lo sería.

Pero quien sí lo era, era José Sánchez Guerra. Sánchez Guerra, de hecho, es la persona en la que todos se estaban fijando en febrero de 1930. Antiguo jefe de filas del Partido Conservador, primer ministro y ministro, era, además, un hombre que, diríamos hoy, tenía buena imagen. Imagen de austero, de profesional, de justo. Toda su  vida un monárquico convencido, sin embargo, en 1923 hubo de elegir entre el rey y la Constitución; y eligió lo segundo.

Durante la dictadura, participó abiertamente en una conspiración contra el régimen; en 1926, dirigió una carta personal al rey, que convirtió, al año siguiente, en una proclama al país entero. En 1929, en Valencia, de nuevo participó en un golpe contra la dictadura, y se negó a huir cuando fracasó. Estuvo varios meses en prisión, aunque finalmente el consejo de guerra que lo juzgó lo absolvió.

En los últimos días de febrero, se anuncia, para el día 27, un acto en el madrileño Teatro de la Zarzuela, en el que hablará el político conservador.

Todo comienza en una entrevista que sabemos por Berenguer que tuvo el primer ministro con Sánchez (Guerra), dentro de su ronda de entrevistas para lograr aquiescencias burguesas, por así decirlo, para su proyecto político. En dicha entrevista, Guerra no sólo no le hizo pandán; sino que le vino a exigir que le permitiese celebrar un acto público para expresar su opinión al país.

Berenguer no oculta que dudó. Tenía claro que Sánchez no se había convertido en un republicano; pero aún así temía lo que pudiera decir, porque su hostilidad teórica hacia la solución seudo continuista que se le había dado a la dictadura era bastante manifiesta. El conde de Xauen argumentó que esas cosas había que hacerlas pudiendo controlar las calles adecuadamente; y, por ello, le arrancó a Guerra el compromiso de no hacer nada hasta que la nueva tupida red de nuevos gobernadores civiles no estuviese en sus puestos.

Cuando los gobernadores estuvieron nombrados, Sánchez Guerra retornó en su exigencia. Berenguer aceptó, aunque negándose a que el discurso pudiera radiarse. Lo justifica sin tapujos en sus memorias: “la radio es instrumento insuperable de propaganda cuando sólo dispone de ella el poder, en la ventajosa posición de un régimen restringido de libertad”.

Desde el momento en que se anuncia la reunión, los organizadores reciben una avalancha de peticiones para conseguir entradas. Por todo Madrid y lo que no es Madrid, las personas movilizan amistades, compromisos, cobro de viejos favores, para hacerse al menos con una entrada al teatro ese día. Las entradas no cuestan nada; pero eso, precisamente, hace que la pasión por estar en la sala sea todavía mayor. 

El interés del acto de hace cien años fue muchísimo más intenso que el de Rufián. Entre otras cosas, existía un acicate para aquél que no existió en éste: el desconocimiento en torno a lo que fuese a decir el conferenciante. Algunos esperaban que, aún sin abandonar un tono crítico, Sánchez Guerra acabase por ser fiel a la figura del rey, y lo avalase. Otros, sin embargo, cuchichean que lo que quiere hacer el viejo político es hacer profesión de fe republicana. El conferenciante, cuando es intimado por sus parciales a soltar prenda, se limita a decir que su discurso no gustará a nadie.

El 27 de febrero de 1930 fue jueves. En sus ediciones de la mañana, los periódicos no esconden el hecho de que las opiniones de Sánchez Guerra, al contrario que las de otros como Maura, sí tienen la virtualidad de influir en los destinos de España.

Jueves es día laborable. El acto se ha agendado para las cuatro de la tarde. Aquel día, en Madrid, todo el mundo teletrabaja desde las doce o así. Los alrededores del teatro están bloqueados por la gente desde la una y pico de la tarde; como en las finales de la Champions, para muchas personas no tener entrada no es obstáculo alguno para presentarse allí; Madrid es pequeño y manejable, y cualquiera tiene el teatro de la Zarzuela a tiro de lapo. 

A la apertura de las puertas del teatro, la multitud entra inmediatamente y ocupa sus localidades. Al mismo tiempo, por lo civil, militar o eclesiástico, entra mucha gente que no tiene entrada hasta que llena los pasillos y otras áreas, y allí permanece de pie, como en la estación de Aluche a las siete de la mañana, sudando pero sin ceder ni un ápice del espacio ganado. Finalmente, la policía tendrá que colocar un cordón de protección para evitar que la multitud tire las puertas. A las tres y media, el teatro está completamente petado; pero también lo están las calles Jovellanos, Madrazo, Floridablanca, Zorrilla. Los retenes policiales colocados por Emilio Mola llegan incluso a la plaza de Castelar, en la Castellana.

La entrada de Sánchez Guerra en el escenario es recibida con un atronador aplauso de varios minutos. El ex primer ministro espera, conmovido, a que termine esa expresión de cariño y solidaridad. Finalmente, se hace el silencio para que pueda hablar. Dice: “si estos aplausos, que resuenan en el fondo de mi alma, representan vuestro asentimiento, vuestra aprobación a mis actos durante un largo periodo de tiempo, en España y fuera de España, no sólo los agradezco, sino que los recojo y los acepto, porque, en conciencia, creo merecerlos”.

Tras la ovación con que se reciben sus palabras, continúa:

“Sí, por el contrario, significan una esperanza, un anticipado aplauso y lo que suponéis que yo voy a deciros, entonces, repitiendo e imitando la conducta de muchos autores que pasaron por este escenario o por otros, yo tendría que decir: “El autor ruega al público que reserve su juicio hasta el final de la obra”.

Nuevo aplauso, y al lío.

Sánchez Guerra explica que la mayor dificultad para un político es saber ver, en cada momento, qué deber ha de cumplir. Sus palabras, pues, conectan con la situación de inestabilidad del país. Sin embargo, él ha llegado allí para proveer estabilidad: deja claro que, esta vez, él sí tiene muy claro cuál es su deber, y que lo cumplirá en el discurso. Un discurso, dice, que no gustará a muchos; pero que es el discurso que muchos de esos muchos harían de estar en su lugar.

Continúa con una digresión histórica. Recuerda los difíciles comienzos de la Restauración, cuando la reina María Cristina hubo de conseguir el apoyo de la clase política monárquica para poder sostener un régimen que se había visto violentado por la pérdida inesperada del rey Alfonso el listo, sin haber siquiera nacido aún el rey Alfonso el tonto. Guerra agradece la lealtad constitucional de muchos grupos políticos, incluso republicanos, que supieron valorar la gravedad de la hora y colaborar en la estabilidad del régimen.

Ahora, sin embargo, dice, ocurre lo contrario. Ahora no son prohombres republicanos los que se hacen monárquicos, sino monárquicos los que se hacen republicanos. ¿Por qué ha ocurrido esto?, se pregunta. Y se contesta: “Pues ha pasado, aparte de muchas cosas que sería muy largo enumerar, que muchos o todos las habéis vivido, que ha pasado una dictadura, una dictadura de la que muchas veces he oído decir que no ha sido sanguinaria y, es verdad, no lo ha sido; pero ha sido cruel”. Y se explica con un párrafo que a mí me parece de especial belleza retórica: “¿Verdad que es raro y hasta antagónico esto que digo? Porque, ¿qué concepto tienen de la vida, y qué aprecio hacen de la vida los que creen que con respetarla ya han sido correctos, ya han sido generosos? ¿Es generoso o cruel aquél que respeta la vida y condena a aquellos hombres cuya vida respeta a vivir sin honor? Eso no es ser sanguinario, pero es ser cruel; y de eso tenemos muchos, muchísimos casos en España”.

No quiere Sánchez Guerra, dice, ensañarse con los hombres de la dictadura, hoy vencidos, pues “ a mí me repugnan más los valientes de hoy que los cobardes de ayer, que además muchas veces son los mismos”. Pero que conserve el respeto personal y la consideración no le exime de exigirles responsabilidades. “Porque pensar que España hubiese contemplado todo lo que hubo de contemplar y después, cuando llega un momento de éstos, no hubiese más que decir esa frase tan manoseada, que ha aparecido también en los labios de otros oradores: “Borrón y cuenta nueva” No. Eso no será; eso no puede ser. Antes de ir a la cuenta nueva, hay que examinar y analizar químicamente el borrón”.

Pasó Sánchez Guerra a hablar de la responsabilidad de las gravísimas críticas que durante la dictadura cayeron sobre los políticos anteriores (entre otros, él); normalmente motejados por Primo de Rivera y sus parciales de inútiles y corruptos, sin que pudieran defenderse. Y aquí es donde el discurso comienza a coger altura, a volverse ríspido; el momento en que el conferenciante, sin tratar de negar los errores de los políticos de la Restauración, recuerda que, en no pocas ocasiones, dichos errores se cometieron “por asumir responsabilidades que no les correspondían”, por asumir gallardamente responsabilidades personales para equilibrar la irresponsabilidad constitucional de la corona.

Y continúa:

“La dictadura vino... ya sabéis cómo vino; yo, dándome cuenta de lo que digo y diciendo lo que pienso, digo que a la dictadura y al modo de venir la dictadura se le podría bien aplicar, para decirlo con todos los respetos he de refugiarme en mis aficiones literarias, con el solo cambio de una palabra, aquella décima famosa que atribuyeron muchos a Góngora al hablar de la muerte del conde de Villamediana:

 [En mayúsculas, la palabra cambiada. Las negritas, obviamente, son mías, aunque me apostaría una mesa de comedor a que Sánchez Guerra se detuvo parsimoniosamente en ese último verso] 

Mentidero de Madrid
decidme, ¿quién mató al conde?
Ni se sabe ni se esconde.
Sin discurso discurrid.
Dicen que le mató el Cid,
por ser el conde lozano.
¡Dispara chabacano!
La verdad del caso ha sido
que el
DICTADOR fue Bellido
y el impulso soberano.”

 

En la décima original, Bellido es apelado “matador” (asesino del conde). Obviamente, Sánchez Guerra utilizó la referencia literaria para indicar la connivencia del rey en la llegada de la dictadura.

Como quiera que en aquella sala, en aquel Madrid, había muchísima gente que había leído a Góngora (hoy en día, en todo el Congreso y el Senado no habrá ni tres), todo el mundo entendió. Entendió el sentido de la décima, que ya en su día fue compuesta para culpar al rey de ser el autor intelectual de un asesinato; y entendió la pertinencia con el asunto que el conferenciante estaba analizando. Así que sus palabras fueron interrumpidas por el atronador aplauso de un pueblo de Madrid que, gracias a que no había pasado por la LOMLOE, lo entendió todo.

Totalmente capturada la audiencia, Sánchez Guerra continúa. Le produce mucha pena decir las cosas que está diciendo; pero él se debe a la verdad. No cabe hablar de responsabilidades constitucionales en los errores de la política de España; muchas veces ya, recuerda, ha dicho y ha escrito que un rey constitucional puede ser muchas cosas, pero lo que no puede ser, es beligerante. “Las normas constitucionales no se pueden desdeñar ni escarnecer; y, después de haberlas desdeñado, escarnecido, humillado y atropellado, pretender ampararse en la irresponsabilidad constitucional”.

En la continuación de su discurso, Sánchez Guerra predata a Torcuato Fernández Miranda. Es inútil, dice, discutir sobre si las próximas Cortes serán ordinarias o constitucionales, porque van a ser lo segundo por la vía de los hechos. Y eso es lo importante, porque es importante llegar a donde todos queremos llegar sin algaradas, sin violencias. Para salir de la ilegalidad, no hay más camino que la legalidad.

En ese momento, Sánchez Guerra se posiciona. Yo, dice, no soy republicano; pero reconozco el derecho de España a ser una república si lo desea. Negar esa posibilidad es “una insensatez y un agravio a la inteligencia y capacidad del pueblo español”.

Continúa. Él, que ha sido dos veces jefe de gobierno, sabe bien que “el que acepta la jefatura de un gobierno  compromete ante el trono al jurar, yo doy gran importancia al juramento, su lealtad, su probidad, su honor; pero, en un pacto táctico que allí se establece, recibe, además, en cambio la seguridad de la lealtad de quien recibe el juramento. Y resulta allí comprometida la probidad y el honor, y es ello un intercambio de confianzas. Y yo os digo hoy que he perdido la confianza en la confianza”.

El punto más elevado del discurso. Intelectual y retóricamente. Porque no hay cosa más estúpida y falaz que el concepto que la Ilustración nos ha dejado del poder real absoluto. Empeñada en defender sus postulados (y en hacer olvidar algún que otro episodio en el que el culo les huele a mierda), los ilustrados quisieron convertir el poder real anterior a la revolución francesa en un poder absoluto que se ejercía sin cortapisas. Pero no es así, y Sánchez Guerra lo sabía. El poder real siempre ha sido un contrato, y en un contrato ambas partes ponen cosas. El pueblo pone la obediencia; pero el rey pone su probidad, y el compromiso con el bienestar común. Desde Juan de Salisbury existen teóricos que consideran perfectamente legítimo acabar con un rey que no cumpla con su parte del contrato. Y éste es el mensaje postrer de Sánchez Guerra: este felpudo ha dejado de servirnos.

Sus palabras son interrumpidas por un aplauso cerrado. Cuando puede seguir, Sánchez Guerra dice: “yo quiero aclarar y fijar de un modo definitivo mi postural personal. Quiero seguir guardando todos los respetos que toman su origen en mi propio respeto. Y refugiándome, como antes, en la literatura, afición mía incurable, voy a expresarla, primero, trayendo a vuestra memoria el famoso cuadro de Moreno Carbonero La conversión del duque de Gandía y la postura del protagonista;  y, luego, expresando en este mismo trance, con palabras de mi paisano el duque de Rivas, en uno de sus hermosos romances, las que él puso en manos del duque al contemplar el cadáver de doña Isabel:

 

No más abrasar el alma
en sol que apagarse puede;
no más servir a señores
que en gusanos se convierten.

 

La cita de Sánchez Guerra, con la que terminó su discurso, supongo que habrá que explicarla. Francisco de Borja, duque de Gandía, hubo de asumir en Granada la labor de reconocer el cadáver de Isabel de Portugal, esposa de Carlos I, antes de su enterramiento. Las crónicas dicen que, impresionado al ver cómo se había deshecho el rostro y el cuerpo de una mujer bellísima, Borja se dio cuenta de lo fungible de las cosas del mundo, y decidió dedicarse a la vida religiosa. El cuadro de Moreno Carbonero es una obra maestra y muestra el momento de dicha conversión. Literalmente, pues, hablamos de un hombre que adquiere la visión de la importancia de lo metafísico. Pero es obvio que Sánchez Guerra le quiso dar otro sentido a los versos no más servir a señores/que en gusanos se convierten. En corto: estaba mandando a tomar por culo a los Borbones.

Y todo el mundo lo entendió.

El conferenciante abandona el teatro, mientras la gente sigue aplaudiendo. Luego, van saliendo y se encuentran con la gente de la calle. Allí comienza el boca a boca. El personal se calienta. Se dan vivas a la república. Durante tres horas, hasta las ocho, seguirá la policía a caballo cargando en diversas calles y en el Paseo del Prado. Incluso se produce una manifestación delante del mismo Ministerio de la Gobernación.

Mola cuenta en sus memorias que garantizó una conexión telefónica con el teatro a través de la cual varios ministros escucharon en directo el discurso. Dice, también, que el rey no lo hizo; pero a mí eso siempre me ha parecido excusatio non petita. Por lo demás, no oculta su consideración de que, aquella tarde, Sánchez Guerra le dio a la monarquía “un golpe fatal y, a mi juicio, definitivo”.

La profecía de Sánchez Guerra, por lo demás, se cumplió. Su discurso no gustó a los monárquicos; pero tampoco a los republicanos, que hubieran esperado una defección del campo monárquico por su parte, a lo Maura.

El gobierno hace pública una nota ya en la noche. Viene a decir que no es verdad que la monarquía esté por encima del bien y del mal, pues siempre hay un responsable legal de los actos de la corona. Y se queja por lo que considera un gesto en el que ellos le han dado a Sánchez Guerra la mano, y él les ha cogido el hombro, por así decirlo. Viene a decir que Sánchez Guerra se ha apuntado al bando no de los que quieren construir, sino demoler; y que toma nota. Y amenaza veladamente con retrasar el retorno de la normalidad, escudándose en los conflictos que se han producido en las calles.

El gobierno, de hecho, cerró el grifo de las intervenciones públicas. Una conferencia de Lerroux que estaba prevista perdió su autorización; y lo mismo le pasó a Melquiades Álvarez.

 

 

El discurso de Sánchez Guerra fue un fenómeno social al lado del cual la misa-romería de Gabriel Rufián en la sala Galileo parece un partido de balón prisionero entre dos colegios diezmados. Pero, bueno, hay ciertas afinidades que me han llevado a redactar estas notas, entre otras cosas porque siempre he querido resucitar a la luz, digamos, pública, estos hechos hoy olvidados. Mi ilusión es que algún día algún profesor de Historia utilice estas notas, o las suyas propias, para dedicarle a este asunto algún ratillo en su clase, si es que se plantea abordar el análisis de los influencers del pasado.

¿Tuvo consecuencias el discurso? Sin duda. El tono como herido que utiliza el gobierno esa misma noche en su nota de prensa deja bien claro que el discurso de Sánchez Guerra había conseguido lo que el conferenciante pretendía y, tal vez, temía al mismo tiempo. Aquellas palabras hirieron de muerte el proyecto del general Berenguer. Porque la dictablanda de Berenguer lo que pretendía era prolongar un régimen sin libertades, aunque permisivo en algunas de sus esquinas. Un régimen que prometiese una normalización que nunca llegaría para, así, estratégicamente hablando, perpetuarse. Pero para dicha perpetuación, lo que necesitaba Berenguer era que fuese cierto lo que, chulescamente, le dijo Alfonso de Borbón a Maura, o Maura dice que le dijo: aquí, pase lo que pase, siempre estaré yo, porque a mí nadie me va a poner en solfa.

El discurso de Sánchez Guerra tuvo el mismo efecto de esos episodios de Juego de tronos en los que de repente un protagonista las espicha: a partir de ese momento, ya te cagas porque no sabes quién puede sobrevivir. Señaló al rey, y dijo: él también es responsable; él también debe ser virtuoso, y no lo es; él no merece la fidelidad de los españoles. Digamos que no metió el gol; pero formuló la táctica.

Eso sí, el episodio también tiene, creo yo, una enseñanza para Rufián. A la llegada de la II República, Sánchez Guerra estaba viejo y enfermo y, aunque fue elegido diputado en 1931, se retiró pronto. Murió en 1935, sin haber tenido un papel relevante en el nuevo régimen. Que no lo tuvo, como digo, porque estaba enfermo. Pero también es cierto que nadie se lo hubiera dado.

 

Y ésa es la enseñanza. Gabriel: podrás hacer mucho ruido. Pero, al final, al fin y a la postre, la gente vota al PSOE.

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