Primera toma
Segunda toma
En el momento en que escribo estas notas, uno de los grandes puntos calientes de la actualidad y del debate social es un acto celebrado en Madrid por dos miembros de partidos de izquierda, con la confesada intención de servir de revulsivo para un movimiento generalizado de unión y coordinación entre las diferentes fuerzas de izquierda. No es mi intención comentar estos hechos, aunque sí que diré que les deseo suerte en su cruzada contra lo que algunos conocen como la Ley de Lula da Silva, enunciada por el político brasileño, que se formula así: “toda fuerza de izquierdas es siempre divisible por dos”. Pero, como digo, no es mi intención hablar de este asunto. Eso queda para los blogs de dentro de medio siglo, si es que se acuerdan. Yo lo que quiero hacer hoy es acordarme de otra convocatoria multitudinaria más o menos del mismo jaez, aunque su significado superficial pueda ser algo distinto: el discurso de Sánchez Guerra. Porque, hoy olvidado, no estuvo exento de importancia, os lo quiero recordar aquí.
Hablamos de febrero de 1930. Un mes en el que España
estrenaba no-dictadura, puesto que el mando del general Miguel Primo de Rivera
acababa de caer. El 1 de febrero el gobierno del general cubano Dámaso Berenguer Fusté juró sus
cargos. Fue tan precipitado ese gobierno, y a la vez tan exento de candidatos,
que hubo de reunirse una primera vez sin el concurso de uno de sus ministros:
Pedro Sangro y Ros de Olano, marqués de Guad-el-Jelú, quien no había tenido
tiempo de regresar del extranjero. Este dato, por lo demás, también nos aporta otra información: la iniciativa del conde de Xauen iba corta de banquillo.
Este gobierno conoció de un informe elaborado todavía por la
dictadura, más que probablemente iluminado por Severiano Martínez Anido, en el
que se llamaba la atención sobre la pujanza de las organizaciones proletarias,
y se venía a decir que la Unión Patriótica (la formación política del
riverismo) y el PSOE eran las dos únicas formaciones con capacidad de
movilización social en el país. El informe dice, entre otras cosas: “la
actuación socialista durante los últimos seis años [la dictadura] ha sido decididamente
gubernamental”. Palabras que hoy, probablemente, no quiere recordar nadie.
Viene a decir dicho informe que, a cambio de la dominación de la vertiente
obrera de los comités paritarios creados por la Dictadura, los socialistas se
han resistido “a cooperar en repetidas ocasiones en los movimientos de revuelta
y agitación política”. Por todo ello, los últimos gestores de la seguridad
pública de Primo de Rivera consideran que los socialistas, lejos de ser un
problema para el orden público, “son una garantía de él”.
Da la sensación, pues, de que uno de los activos con los que creía contar el gobierno Berenguer era la ayuda solidaria del PSOE. La principal oferta que Berenguer y el rey Alfonso XIII querían hacer a los españoles tras las caída del general Primo de Rivera era la estabilidad: precios estables, trabajo estable, instituciones estables. En ese momento, es importante entender eso porque el conocimiento de los sucesos de meses después puede distorsionar la visión; en ese momento, digo, la preocupación no era la producción de un movimiento revolucionario republicano; todavía queda medio año para el pacto de San Sebastián que, por otra parte, está bastante endiosadito. En ese momento, lo que preocupa al gobierno, y al trono, es la agitación obrera. Y no hay que culparles, pues no hace muchos años que han podido comprobar lo mucho que se puede joder ese ambiente.
Toda una lección para la Historia (nunca desprecies a tu
enemigo) es la displicencia con la que el DAO del momento (yo creo que el
amanuense real de las páginas que leyó el gobierno debió de ser el general
Federico Bertodano y O'Ryan, pero no puedo poner la mano en el fuego) se
despliega con los comunistas. De ellos dice que son pocos, que su dirección ni
siquiera está en España sino en París, y que están siempre intentando hacerse
un Rufián y refundarse, sin conseguirlo. Como ya os he dicho, es claro que lo que verdaderamente le preocupa al
autor del informe es que la CNT ha abandonado, o piensa abandonar, su postura
totalmente frentista respecto del régimen, y pretende ganar la legalidad y
tomar su representatividad en los comités paritarios; posibilidad que es vista
como una catástrofe pues, los hechos como son, en aquel entonces la UGT no podía ni soñar con competir con la CNT en términos de representatividad obrera.
El informe no oculta que, como dice, “sea por convicción o
por error”, la CNT tiene tras de sí a toda la clase obrera catalana. Eso sí, ve
un dato positivo en que la Federación Anarquista Ibérica o FAI está encontrando
dificultades para hacerse grande. En Madrid, dice, prácticamente ha
desaparecido.
Más allá del movimiento obrero, los últimos hombres de la
dictadura consideraban, hace ahora casi cien años, que los políticos externos a
la Unión Patriótica tenían escasísimo predicamento. Las formaciones políticas
de la Restauración, viene a decir el informe, una vez que perdieron el soporte
del turnismo caciquil, han descubierto que la gente no las apoya. Pero es que,
además, viene a considerar que las nuevas formaciones tampoco tienen la
capacidad de ilusionar a alguien. Cita como ejemplos más sólidos la Alianza
Republicana de Alejandro Lerroux y el Partido Radical Socialista de Álvaro de
Albornoz y Marcelino Domingo; en enero de 1930, la policía ya sabe, además, que
Miguel Maura pretende crear un partido republicano de derechas, aunque
considera que se va a dar un buen hostión. En unas líneas que serían
proféticas, el autor del informe dice que ninguno de estos movimientos, por sí
solo, tiene valor o potencia. Pero que sí podrían “unirse en una acción común,
sin perjuicio de destrozarse inmediatamente una vez conseguido el objetivo de
su actuación”. Mejor descripción del Frente Popular no se puede encontrar.
El fondo de todas estas cuitas es el seguimiento que desde la
Dictadura se hizo ya de los movimientos republicanos. El informe, de hecho,
distingue dos tendencias diferentes. Una es la que propugna el abogado y
periodista José Sánchez Guerra, aunque su cabeza social más visible era Miguel
Villanueva. Radicado sobre todo en Andalucía, tenía importantes apoyos en el
Cuerpo de Artillería, viejo enemigo del dictador. El otro movimiento es el
Partido Republicano Radical Socialista, especialmente establecido en Levante, y
trata de aglutinar a militares, burgueses e incluso obreros, sobre todo en
Alcoy, donde un político que llegaría a ministro en la II República, Juan
Botella Asensi, tenía especial relevancia.
El informe liga el movimiento de Sánchez Guerra con el
movimiento militar que parecía preparado para el 31 de enero; movimiento que
provocó la consulta de Primo de Rivera a los mandos militares y, al fin y a la
postre, su retirada. De alguna manera, pues, viene a decir que cuando menos una
parte de quienes, con su actitud, provocaron la caída de la dictadura, ya no lo
hacían por lograr un nuevo proceso constituyente dentro de la monarquía, sino
para traer la república.
El gobierno, sin embargo, consideró que la marcha de Primo
del poder resolvía, por así decirlo, ese flanco. En otras palabras, venía a
considerar, con unas dosis excesivas de optimismo en mi opinión, que la pulsión
pro republicana había terminado de perder su momento. En ese momento, lo que le
preocupa a Berenguer y a sus ministros es la agitación obrera; una agitación
que no contemplan, en modo alguno, ligada al proyecto republicano (y es que no lo está).
La acción del gobierno está claramente dirigida a mostrar
buen rollo. Todos los estudiantes que han sido detenidos en los gravísimos
disturbios universitarios son liberados. Todos los profesores y catedráticos
que abandonaron sus puestos, o fueron cesados, por solidarizarse con los
estudiantes, son repuestos. Antonio María Sbert, líder estudiantil (que acabará en la Esquerra), y una serie
de mandos artilleros que protestaron, regresan de su destierro en Palma de
Mallorca. Los colegios de abogados, la Academia General de Jurisprudencia y el
Ateneo de Madrid recuperan su plena operatividad. Se anuncia el diseño de una
amnistía. Aún así, Berenguer comenzará a ser criticado por nenaza y por tomar
decisiones con demasiada lentitud.
El ambiente, sin embargo, es exultante. Miguel de Unamuno
regresa de seis años de exilio en Francia. En Irún, lo llevan en volandas a un
frontón donde tiene que dar un discurso improvisado a miles de personas que lo
esperan. Aquello sólo fue el preludio de una lenta peregrinación hasta
Salamanca, con parada en todas las grandes ciudades para recibir el calor de la
gente.
El 3 de febrero, Berenguer nombra ministro de Economía a
Julio Wais. Wais llega el ministerio horas después de que se haya dictaminado
el restablecimiento de la Ley de Contabilidad de la Hacienda; un texto legal
farragoso y técnico que, sin embargo, era, en aquellos tiempos en que no había
UE ni Von der Mierden, la única garantía de que el gobierno respetase una
disciplina a la hora de gastar y endeudarse. El gobierno, pues, trata de
prometer disciplina en el gasto público; eran tiempos en los que esto se valoraba.
El 6 de febrero, aprovechando el primer aniversario de la
muerte de la reina María Cristina, se promulga la esperada amnistía. Se trata
de un borrado de delitos, con liberación y restitución a sus puestos, de todos
aquéllos que hayan realizado actos contra la dictadura. Esto beneficia, sobre
todo, a oficiales del cuerpo de Artillería, frontalmente enfrentados a Primo,
no pocos de los cuales han terminado por ello en un castillo militar y
desposeídos de su mando.
La amnistía, sin embargo, tiene un “pero”: se deja fuera los
llamados “delitos sociales”. Como es fácil de concluir del informe de la
Dirección General de Seguridad, en este tema el gobierno tiene la idea de
apoyarse tácticamente en el PSOE y en la UGT; y, consiguientemente, no siente
la necesidad de ser comprensivo con otras formaciones.
La táctica, aquí, operó, cuando menos en mi opinión, de forma tóxica. Berenguer no supo, o no quiso, entender que la amnistía debía tener como principal objetivo restablecer la popularidad del rey Alfonso; volver a convertirlo, pues, en el amable rey de todos los españoles. Que determinadas personas encarceladas siguiesen en el maco sin salir provocó que la acogida de la amnistía fuese fría y desapasionada. Berenguer, en sus memorias, se quita la culpa de en medio aduciendo que el problema de la amnistía fue que “llegó un año tarde”. No creo que fuese así. El problema fue que era demasiado corta. Tanto es así que, el 14 de abril, tuvo que completarla con un indulto.
Primo de Rivera, tras haberse bajado del poder, era un hombre muy mayor y
acabado. Ésta es, cuando menos, la imagen que a menudo transmite la Historia
del general una vez que su dictadura cayó. Sin embargo, para poder entender el
ambiente de aquel febrero de 1930 es importante introducir en el esquema el
dato de que esa percepción no era la que se tenía. O no necesariamente.
Primo de Rivera estuvo el 8 de febrero en Madrid, acompañando
a una comisión de combatientes heridos en África que fue recibida por el rey.
El 11, salió hacia Barcelona, camino de París, donde vivía en situación de semi
exilio. Trazando el mapa, se hace obvio que había que pasar por Barcelona. Y
aquí está la merdé del asunto.
Emilio Mola, que en esos momentos estaba tomando los mandos
de la Dirección General de Seguridad, nos cuenta en sus memorias de tal
servicio que a Primo de Rivera la designación de Berenguer le había sentado a
cuerno quemado. El conde de Xauen nunca le fue partisano y, de hecho, durante
la dictadura Primo lo reprimió. Primo de Rivera, cuando vio que se tenía que
marchar, dio en pensar que el rey aceptaría un régimen dirigido por un primer
ministro que, de alguna manera, lo obedeciese a él. Dicho en términos actuales,
soñaba con ser el José Luis Rodríguez Zapatero del nuevo régimen. Por eso, en
Barcelona, mantuvo diversas entrevistas (como el general Emilio Barrera y el
también general Joaquín Milans del Bosch, abuelo del que se alzaría el 23-F).
No obstante, parece que no consiguió gran cosa, y el 12 salió de España.
El postrer fracaso de Primo dejó las manos libres a
Berenguer. El nuevo hombre fuerte de Alfonso XIII basaba su estrategia en dos
elementos: en primer lugar, declarar que no renunciaba a los elementos
positivos de la dictadura, su plan de obras públicas y los comités paritarios;
y, en segundo lugar, lograr cuantos más apoyos mejor para la “nueva monarquía”.
Se ve con distintos prohombres de las formaciones monárquicas e, incluso, otros
menos identificados con la figura del rey, como Sánchez Guerra o Melquiades
Álvarez. Por supuesto, también acude a una cena, apadrinada por el duque de
Alba, con el eterno Françesc Cambó.
Berenguer, sin embargo, está, básicamente, solo. Todos esos
hombres viejos inquilinos del poder español, los Bugallal, Romanones, La
Cierva, Sánchez de Toca, le dicen y le repiten al primer ministro que lo que
está haciendo tiene mucho mérito; que es admirable su esfuerzo y que su
objetivo es extremadamente virtuoso. Pero ninguno de ellos da el paso de
ofrecer su imagen, su esfuerzo y su compromiso en el éxito de esos objetivos
tan elevados y virtuosos. Todo el mundo dice que lo que hay que hacer es restablecer
la seguridad jurídica y la estabilidad y, una vez conseguido eso, realizar
elecciones a unas Cortes constituyentes que diseñen una especie de monarquía
3.0 (1.0, Restauración; 2.0, Dictadura); con una Constitución estable. La idea,
pues, es adelantar el reloj de España aproximadamente medio siglo (y así, de paso ahorrarnos al general
Franco).
Sin embargo, con las mismas que los políticos dicen lo que
hay que hacer, añaden, de continuo, que no se puede hacer. Todo el mundo sabe
que no tiene sentido tratar una herida si previamente no se desinfecta; y la
desinfección de la herida española aparece como misión imposible. La agitación
social no va a parar y, lo que es más importante, casi todos esos hombres que
hablan con Berenguer (incluso los de tendencias más democráticas) son productos
de la Restauración; eso quiere decir que son políticos que ni siquiera conciben
el lanzamiento de un proceso político como unas elecciones sin antes tener
claro que lo van a controlar; que las van a ganar, pues. El problema, más que
evidente para todos y para Berenguer el primero, es que el movimiento
monárquico ha quedado laminado por la Dictadura y su empeño de sustituirlo por
un meconio: la Unión Patriótica, que se disuelve por días, pues era como la
Falange de Franco: un movimiento cuya argamasa no eran las ideas, sino el
poder. Nadie, pues, tiene claro que sea buena idea hacer lo que hay que hacer, puesto que no está claro que
vaya a resultar lo que quieren que resulte.
Una cosa es importante decir: en ese momento, cuando apenas
quedan trece meses para la llegada de la II República, nadie siente que el régimen esté en peligro. De hecho,
testimonios del ámbito republicano, como los de Joaquín Pérez Madrigal, indican
claramente que, en ese momento, los prohombres del movimiento republicano
consideran que la llegada de república tomaría años. Esta sensación es
importante, porque generaba en los hombres políticos conservadores la sensación
de que el régimen tenía margen para mejorar y hacerse amiguito de los
españoles.
Lo realmente importante, empero, es que casi todos esos políticos miran para otro lado cuando se les sugiere una implicación más directa en el régimen. En ese entorno, Berenguer sólo tiene el compromiso del Partido Conservador, que el 10 de febrero ha elegido como líder al gallego Gabino Bugallal y Araújo, segundo conde de Bugallal.
El 14 de febrero se publica el real decreto por el que son removidos los puestos designados a dedo en ayuntamientos y diputaciones por la Dictadura; un proceso que generó sucesos tan chuscos como la designación de un alcalde en Barcelona por ir bien vestido. Hasta la celebración de elecciones, se hace necesario optar por un método medio electivo, medio no, para designar a los alcaldes y concejales. Una mitad de éstos estará constituida por los mayores contribuyentes, y la otra mitad por los concejales que hubiesen logrado más votos en las elecciones entre 1917 y 1923. Las diputaciones se componen con una mitad de diputados designados por entidades profesionales y económicas, y la otra mitad por antiguos diputados que hubieran obtenido más votos. La mayoría de la gente vio esto como una cacicada monárquica pues, efectivamente, los más ricos de cada ciudad, normalmente, muy socialistas no eran (claro que eso pasaba antes de inventar al Gran Wyoming...)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario