miércoles, marzo 04, 2026

Indonesia (y 26): La misa-romería de Bandung

 


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La misa-romería de Bandung

  


La conferencia de Bandung se celebró en abril de 1955 y fue, aunque su promotor pretendiese todo lo contrario, uno de los actos fundacionales de la Guerra Fría. Ciertamente, otros historiadores y opinadores consideran que esta conferencia fue un hito histórico; pero si buscas rastrear argumentos a favor de este punto de vista, creo que lo honrado es que te advierta en este punto de que éste no es tu blog.

El concepto nuclear de la conferencia de Bandung era el principio acuñado por diversos pensadores y adoptado por Sukarno: el concepto de país no alineado. Así, de principio, debo decirte que el concepto está bien y es, además, cierto. En un mundo estrictamente polarizado entre romanos y cartagineses, entre musulmanes y cristianos, entre tirios y troyanos, entre hunos y hotros, es posible una tercera vía. Es posible estar en medio o, mejor, fuera de la regla. Es posible no ser ni pro occidental, ni pro comunista, porque hay una bandera que trasciende esa división, que es la lucha del pobre, del otrora colonizado, del subdesarrollado, que reclama su lugar en el mundo. Bandung sacraliza los conceptos de Tercer Mundo y de países no alienados.

Lo que ocurre es que, como casi siempre es el caso en política y siempre en el de la política marxista, una cosa es la teoría, y otra la praxis. Porque la praxis pronto dejaría claro que la equidistancia entre los polos no era tal.

Cuando la idea brotó de las meninges de Sukarno, rápidamente se la contó a un socio que sabía que tenía que ser de la partida para poder ganar peso: Pandit Nehru. El presidente indio, efectivamente, era una pieza fundamental. Nehru había sido el padre del principio multilateral “vive y deja vivir” que imperaba en las relaciones intra asiáticas; y su prestigio era fundamental para sacar adelante la convocatoria. El presidente indio, de salida, consideró, sin embargo, que el proyecto no era posible. Por otra parte, cuando Sukarno le explicó el mojo a su primer ministro, Ali Sastroamidjojo, éste le dijo que no le parecía mal; pero más bien como una conferencia pequeñita entre países del área indonesia. Sukarno, sin embargo, decidió agarrar el canasto de las chufas, y en relativamente poco tiempo, logró que la propia India, Pakistán, Ceilán y Birmania dijesen que sí que irían. Implicar a India y Pakistán fue un éxito personal del indonesio, ya que uno de los problemas que presentaba la conferencia era, precisamente, meter en la misma gatera a esos dos felinos, que estaban (y están) deseando sacarse los ojos.

El gran paso, y no fue un paso fácil, lo dio Sukarno cuando decidió que la conferencia sería una conferencia de naciones, no de Estados. Esto quiere decir que quería, y debía, invitar a naciones aun no existentes y no reconocidas por las Naciones Unidas. Su gesto, por lo tanto, de invitar a lo que hoy conocemos como Ghana, y que entonces todavía se llamaba Costa de Oro, le provocó un serio incidente diplomático con los británicos, quienes todavía la gobernaban. Había, eso sí, un régimen transitorio en el que estaba asumiendo cuotas crecientes de poder el presidente Kwame Nkrumah; pero Londres seguía considerando que discutir el futuro de Ghana o su posición geopolítica mundial seguía siendo un asunto interno de la Commonwealth. Gran Bretaña seguía administrando media África negra, y no quería a Nkrumah hablándole al mundo más o menos en nombre de esos territorios.

El problema se reprodujo con París. Los organizadores de Bandung asumieron con lógica que si naciones como Ghana eran invitadas también debían serlo Marruecos, Túnez o Argelia; a pesar de que eran tema francés. Para cuando se convocó Bandung, los franceses llevaban un año en guerra en Argelia, por lo que la convocatoria de la conferencia estuvo muy lejos de ser para ellos un acto no alineado. Las presiones, de hecho, se hicieron sentir en el hecho de que de gran parte del África negra francófona, así como la de dominación belga o portuguesa, no acudió nadie. Por supuesto, que yo sepa Guinea Ecuatorial tampoco fue.

La gran decisión que tenía que tomar Sukarno, y que en mi opinión embarró la conferencia for good, fue la decisión de invitar a la República Popular China. En primer lugar, lo que no podía evitar Sukarno era que esa decisión fuese una decisión muy lejos del no alineamiento. La RPC era cualquier cosa menos un país no alineado; y, lo que es más importante, invitar a Mao suponía, de consuno, no invitar a Taiwan, ya que ninguna de las dos Chinas estaría sentada en una mesa con la otra. En segundo lugar, invitar a China era colocarse radicalmente en contra de los Estados Unidos; es decir, era girar muchos grados el gobernalle de la conferencia, para convertirla en una cosa diferente de la que pretendía ser. En tercer lugar, invitar a China suponía invitar a un actor que no estaba acostumbrado a hacer el papel de segundo en la prevalencia. Bueno, para ser más exactos: la China de Mao había tenido que asumir durante muchos años, incluso después de su victoria sobre el Kuomintang, un papel meramente secundario en el orbe comunista mundial, ya que el liderazgo era ostentado sólo por la Unión Soviética. Pero ahora estábamos en el ámbito de los países subdesarrollados, un ámbito en el que la URSS quería estar como colega pero no miembro; y, por lo tanto, había llegado el momento de sacar los espolones y engallarse en consecuencia. 

Invitar a China, por lo tanto, suponía, en gran medida, perder el control sobre la conferencia de Bandung y sus resultados. En mi opinión Sukarno, que como le pasaba a casi todos los gobernantes mundiales apenas conocía a Mao y mucho menos lo entendía, sobrevaloró su propia capacidad a la hora de pastorear al líder chino y llevarlo a su redil. En términos actuales, pues, se hizo, más o menos, un Yolanda Díaz.

La reticencia de los Estados Unidos hacia el papel que China iba a jugar en Bandung es lo que explica que Japón, Pakistán, Turquía, Iraq y Filipinas, en ese momento todos países integrantes del bando occidental, acudiesen a la conferencia. Su misión era, por así decirlo, minimizar los daños.

El tono y resultados de la conferencia de Bandung quedaban bastante claros con el detalle de que, cuando se inauguró, el camarada secretario general del PCUS, Nikita Khruschev, envió un telegrama de felicitación a los asistentes; y el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Dwight Eisenhower, no. El tema estaba bastante jodido, y más que jodió cuando el avión donde viajaba la delegación china a la conferencia se estrelló, en un accidente del que sólo sobrevivieron tres ocupantes. Pekín, inmediatamente, acusó a los Estados Unidos del derribo del avión, y Washington contestó que no mamasen. Investigaciones posteriores apuntaron hacia Taiwan, que habría pretendido con el atentado matar a Chou En Lai; quien, sin embargo, no había tomado aquel avión.

Los debates en Bandung, por lo general, fueron bastante menos buen rollito de lo que parece que finalmente se ha traslucido. En esto, a Bandung le pasa un poco como le pasa en España al Contubernio de Munich, que se tiene por el principio de la unión de la oposición antifranquista, cuando en realidad, además de eso, fue una reunión en la que las diferentes sensibilidades políticas españolas presentes se dijeron cosas muy gordas y, en casos, incluso se negaron a sentarse juntas en el mismo coloquio. Aquí ocurre un poco lo mismo, y el problema tiene que ver con que Bandung era una conferencia travestida. Teóricamente, su tema era lo que entonces se conocía como el conflicto norte-sur, es decir: la relación entre las naciones ricas, viejos Estados coloniales, y las naciones pobres y antiguas o presentes colonias; con el debate sobre la descolonización como gran elemento catalizador.

Ocurre que, siendo los participantes en Bandung los que eran, esos debates apenas ocuparon espacio y mucho menos polémica. Si allí no estaban las potencias coloniales, ¿con quién se discutiría? Rápidamente, pues, la discusión de Bandung se convirtió en lo que muchos de sus participantes (y de sus más o menos oscuros promotores) buscaban: un debate sobre las relaciones este-oeste; es decir, sobre la Guerra Fría.

A través de algunas de sus terminales, Estados Unidos trató de fibrilar a la conferencia la idea (por otra parte, cierta) de que los tiempos contemporáneos (contemporáneos de los años cincuenta, se entiende) habían alumbrado un nuevo imperialismo y un nuevo colonialismo, que era el soviético. Que el comunismo, en consecuencia, no era una ideología que estuviese ahí, como prometía, para liberar a los pueblos; sino para someterlos. En este sentimiento tenía mucho que ver la presencia de China en la conferencia, y la creciente debilidad de Francia en el teatro indochino. Los dos factores llevaban a las naciones del área, como Laos, Camboya o Tailandia, a temer que, algún día, se podían convertir en los países bálticos de Asia, entrando, por lo tanto, en la órbita satélite de China “voluntariamente”. 

Chou En Lai, el recadero de Mao, el hombre que se comió durante décadas todos los marrones habidos y por haber y que mintió por él en todos los foros internacionales, mintió en Bandung como en cualquier otro lugar, y declaró que China no tenía intención de derrocar a los gobiernos de sus países vecinos (noniná) y que no debía ser vista como “una Rusia asiática” (ibidem).

Los esfuerzos de los Estados Unidos no lograron evitar que el comunicado final de Bandung capotase claramente de un lado; algo que algunas veces olvidan quienes se acercan a este “hecho histórico” para valorarlo. Bandung tuvo palabras muy duras para Países Bajos y Francia por mantener en su poder Nueva Guinea y Argelia; pero calló como una meretriz en lo tocante a la dominación de la URSS en sus países satélite europeos, o la dominación del Tibet por China. De hecho, de alguna manera ya el propio gesto de haber invitado a la conferencia a un Estado, la RPC, que ostentaba un control militar sobre un pueblo que se consideraba nación independiente, ya había dejado claro el tipo de mercancía averiada intelectual que estaba detrás de la conferencia. El comunicado, finalmente, venía a decir que los nuevos países que iban a surgir en el mundo no tenían por qué elegir entre papá y mamá. Que podían optar por lo que Nehru llamó “neutralidad positiva”; que es una cosa que atufa a la no beligerancia de Franco que tira p'a atrás.

Los resultados de Bandung son algo sobre lo que podemos discutir interminablemente. Los que creen que estamos ante un hecho histórico que marcó un antes y un después en la Historia del mundo suelen argumentar que Bandung alumbró el movimiento no alineado, y que el movimiento no alineado llegó a ser la organización multilateral más importante del mundo después de las Naciones Unidas. Este argumento merece, desde mi punto de vista, varios comentarios.

El primero de los comentarios es que basar la importancia de uno a base de compararse con las Naciones Unidas yo creo que ya deja bastante claro las aspiraciones de uno en materia de eficacia e importancia real en el ámbito internacional. Quiero decir: si tu argumento es que hueles mejor que un cubo de basura, lo mismo es que tampoco hueles tan bien.

En estricta consonancia con este primer comentario, está el hecho de que el movimiento no alineado nunca fue un movimiento como tal. Nunca votó como un solo hombre en la ONU, nunca generó cascos azules, nunca logró puestos relevantes en las organizaciones multilaterales. En ese sentido, para mí fue más bien un movimiento más en la imaginación de sus promotores, de los periodistas que los entrevistaban, y de los Miguel Ángel Revilla de la época.

Esto es así por dos razones: la primera, que la importancia es matizable. Si sumamos países y habitantes, el movimiento alineado fue la leche. Si sumamos PIB, ya la cosa se matiza bastante. Y, la segunda, y me he dejado para el final lo más importante, si Bandung, ya en sí, fue una conferencia en la que la equidistancia quedó bastante comprometida, los hechos posteriores ya la destrozaron por completo. Que durante años hayamos visto cómo el concepto Tercer Mundo y no alineamiento tenía portavoces como Gadafi, yo creo que lo dice todo.

Ésta que os he expresado, en cualquier caso, no era la opinión de Sukarno. Sukarno salió de Bandung convencido de que era la Polla de Montoya. De que había dibujado un nuevo orden mundial (aunque, en realidad, lo que estaba pasando era que el orden mundial le estaba dibujando a él). En 1956, se hizo un Wojtyla y se fue de gira por el mundo. Convertido en un Rolling Stone del orden mundial, se reunió en Washington con Eisenhower y con su vicepresidente, Richard Milhouse Nixon. Luego fue a Canadá, Italia (donde paró para ver al cura Ariel), la República Federal de Alemania, Austria y Suiza. Y algunas semanas después, en otro viaje, Rusia, Yugoslavia, Checoslovaquia, China y Mongolia. Todo cuidadosamente preparado para dar esa impresión de tipo que se reúne absolutamente con todo el mundo y puede hablar con todo el mundo. Ya me gustaría que algún día, alguien investigase en el archivo del Ministerio de Exteriores si Sukarno se planteó pasar por España (que lo mismo no, ojo); y cómo analizó la diplomacia franquista la movida. Quizás sea interesante, porque en 1956 Madrid estaba en un tira y afloja con Washington por el acuerdo militar bilateral, y Franco podría haber usado al de la flanera en la cabeza para dar un poco por culo.

Que Sukarno era capaz de hablar con todos era, en todo caso, la opinión de Sujarno; no la de los Estados Unidos, porque en EEUU la doctrina Dulles, que personalmente considero bastante acertada, propugnaba que, cuando el mundo tienes un bando que tiene libertades civiles y otro que no las tiene, colocarte en el exacto medio entre los dos, en realidad, equivale a avalar al segundo de ellos. Algo así como que si buscas la equidistancia entre un violador y su víctima, lo que estás haciéndole es un favor al violador.

Hay un país que Sukarno no visitó (aparte la España de Franco): el país de los julianos. Ni el presidente indonesio quiso ir a los Países Bajos, ni los Países Bajos le invitaron. Para entonces, ya todos en la partida sabían que Sukarno preparaba para dicho año la disolución de la unión neerlandesa y la cesación en los pagos comprometidos de la deuda. Al año siguiente, Sukarno embargó los buques mercantes holandeses surtos en Indonesia y le retiró los slots de vuelo a la KLM. En 1958 confiscó las últimas empresas que estaban en manos neerlandesas. En 1960, a causa del tema de Nueva Guinea, incluso rompió relaciones con La Haya.

En Bandung, por lo demás, además de sobre temas elevados y grandes conceptos, también se habló, entre bambalinas, de temas más prosaicos. Muy fundamentalmente, a Bandung había ido Gamal Abdel Nasser a buscar armas. En aquel punto procesal, Nasser todavía no había llegado al enfrentamiento con la ex metrópoli británica, pero estaba a punto. Ambas partes (aunque los egipcios lo tenían bastante más claro que los británicos) eran conscientes de que los planes de Nasser de dirigir un movimiento nacionalista islámico serían muy difíciles de compaginar con una posición prooccidental. Por esta razón, Nasser fue a Bandung para mantener discretos encuentros con Chou En Lai, para ver si conseguía armas de los chinos.

Bueno, seamos precisos. Nasser sabía que los chinos, en ese momento, apenas fabricaban armas pesadas. Lo que quería de Chou era que le hiciese de recadero ante los soviéticos. Como ya he contado en otro punto deeste blog, Mao le hizo a Nasser una oferta muy generosa, que el egipcio rechazó porque le servía de poco, y porque lo hubiera colocado en el disparadero, y todavía no quería llevar las cosas al punto de ebullición. Sin embargo, lo que sí aceptó fue el envío de arma checoslovacas patrocinado por la URSS.

Obviamente, Washington acabó por conocer dichos envíos, y Dulles se puso como el puma de Baracoa. En ese punto procesal, para los americanos todavía se reputaba posible la integración de Egipto en la METO. Nasser, en cambio, inició un camino rápido de des-occidentalización, que culminó con el follón del canal de Suez, cuando anunció que lo expropiaba. El 29 de octubre de 1956, Israel atacó Egipto, y dos días después Estados Unidos y Gran Bretaña habían hecho lo propio. Por el camino, en un gesto previo, tanto Washington como Londres retiraron su apoyo financiero a un gran proyecto de infraestructuras egipcio: la presa de Asuán. Hay que decir que varias naciones occidentales consideraron que la necesidad de dicha presa, que irrigaría amplias zonas del país, estaba por encima de la geopolítica, y mantuvieron su apoyo. Una de esas naciones fue España; y fue en agradecimiento por ello que Egipto le regaló a Franco el templo de Debod, que hoy se puede admirar en Madrid (para desgracia de los franquistas valencianos, que lo querían, no sin razón, en la capital del Turia o algún otro lugar de Levante).

Militarmente, la campaña contra Egipto fue un éxito. Desde el punto de vista de la opinión pública, fue un desastre. De hecho, a la URSS le vino aquello de coña, porque le sirvió para armar un discurso (que, por supuesto, los cejudos compraron acríticamente en todo occidente) sobre lo aleve de la agresión imperialista occidental en Egipto; cuando ellos se lo estaban montando igual o peor en Hungría. El asunto envió a paro al primer ministro Anthony Eden y obligó a refundar la República en Francia. Y Nasser (para cabreo de Sukarno) tuvo lo que quería, es decir, el liderazgo del mundo musulmán.

Aquel mismo año de 1955, cuando fue la conferencia de Bandung, hubo elecciones en Indonesia. En dichas elecciones corrió el dinero estadounidense por las calles; Eisenhower quería parar como fuese la marea comunista. El apoyo para imprimir flyers electorales estaba bien, pero en Washington eran conscientes de que tenían que ir bastante más allá. En 1958, la CIA comenzó a financiar un movimiento armado en Sumatra; aunque el tema no le salió bien. De todas formas, la principal apuesta de los estadounidenses fue aprender de los soviéticos. Uno de los pilares fundamentales de la estrategia a largo plazo de Stalin para conseguir una China comunista había sido la academia militar de Whampoa, donde había formado primero a los mandos del Kuomintang y, después, a la elite uniformada del Ejército Rojo. EEUU decidió hacer algo parecido. Asumió la formación de muchos militares indonesios, a los que instiló una filosofía abiertamente anticomunista. De hecho, esta forma de actuar se suele conocer como “Método Yakarta”, y se aplicó en otros muchos puntos del mundo. Pero el otro lado tampoco se estuvo quieto. Aparte de implicarse en guerras y países, de Viet Nam a Angola, una de las cosas que hizo el bloque comunista fue terminar de emponzoñar la famosa conferencia de países no alineados. En 1966, cuando se celebrase la llamada Conferencia Tricontinental, una conferencia que reivindicaba el espíritu de Bandung como propio, lo hizo en La Habana y, por supuesto, con un discurso de apertura de Fidel Castro.

Un poco antes, en 1965, la estrategia de polarización que, en el fondo, Bandung había alimentado (o, cuando menos, no se había preocupado por parar) dio sus frutos en la propia Indonesia. En 1965, los militares indonesios aplastaron un supuesto golpe de Estado de las izquierdas. Provocaron uno de los mayores de baños de sangre de las últimas décadas, con decenas, si no centenares, de miles de muertos, casi todos comunistas. Depusieron a Sukarno en favor del general Suharto, que iniciaría una dictadura de 32 años.

Pero ésa ya es, literalmente, otra historia.


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