No es nada personal, son negocios
Los primeros pasos
El nacimiento de Perhimpunan Indonesia
Mano dura
Japón, esa nación herida
¡Es el petróleo, estúpidos!
En dos días, seré comida para los peces
¿Amigo o enemigo?
Las semillas del odio
Le odio, pero no quiere decir que te ame
Independientes por la gracia de Nos
Que vienen los británicos
La espiral violenta
La batalla de Surabaya
Negociemos
Linggadjati
Raymond Westerling, el franquista de las Célebes
Los malos acuerdos generan malas soluciones
La invasión
Negociación de buenos oficios
Madiun
Yo no voy a ser Salvador Allende
Julianos aislados
... y Sukarno comenzó su meccano
La invención de un líder mundial
La misa-romería de Bandung
El tema indonesio parecía colocado sobre carriles. Pero sólo lo parecía. A finales de 1950, según los plazos que se habían fijado en el pacto, el tema de Nueva Guinea tenía que estar discutido. Sin embargo, por parte de La Haya no parecía existir mucha voluntad para ello. La metrópoli, en los meses anteriores, había nombrado un gobernador, había elaborado un presupuesto trienal, e incluso había introducido una nueva moneda. Sukarno respondió cambiándole el nombre a la isla, a la que comenzó a llamar Irian, y poniéndose crecientemente cabrón con el tema.
La unión con los Países Bajos nunca funcionó. En primer lugar, el modelo para el montaje no era tanto la Commonwealth británica, que estaba consiguiendo consolidarse; como la Unión Francesa con la que París esperaba resolver el problema indochino, y que no funcionó. Los sucesos en Viet Nam eran todo un modelo para los indonesios; por no mencionar el pequeño detalle de que la torpeza neerlandesa ya se ocupó de que, en realidad, no percibiesen beneficio alguno en la unión. La jugada inteligente habría sido petar el archipiélago de bienes de equipo y de consumo obtenidos para el país a muy bajo coste arancelario gracias a la protección otorgada por la Unión Neerlandesa. De haber percibido los indonesios que la Unión traía un pan debajo del brazo, les habría sido mucho más sencillo entenderla y apoyarla. La Haya, sin embargo, o no quiso, o no pudo, llevar a cabo esa estrategia. Permitió que, para los indonesios, la Unión tuviese un significado muy pequeño; lo que cebó la actitud de la República, que era de total indiferencia. De las reuniones interministeriales previstas, apenas se celebraron un par hasta que, en 1956, Indonesia decidió romper la baraja unilateralmente. Hay que decir, en todo caso, que lo hicieron en el peor momento posible, cuando los Países Bajos, además de estar integrados en el Benelux, comenzaban la aventura de la coordinación económica europea (por no mencionar que todavía quedaban dos años hasta que naciese la Von der Mierden).
Las dificultades inherentes a la coordinación entre una pasada potencia colonial que nunca se caracterizó por el respeto hacia sus colonizados y un nuevo gobierno local al que no le faltaban dosis de ceguera y estupidez provocaron no pocos exilios. En 1951, La Haya decidió llevarse a Europa a unas 12.000 personas, que eran los viejos veteranos moluqueños del KNIL y sus familias. Aunque la revolución indonesia tenía un tono pro Tercer Mundo y pro indigenista y tal, lo cierto es que los republicanos indonesios nunca perdonaron a los amboneses su fidelidad hacia la causa neerlandesa. Por lo tanto, para todos era claro que no tenían sitio en la República, así que iniciaron un viaje a ninguna parte que habría de provocarle bastantes problemas a la metrópoli con los años.
Por supuesto, los holandeses y los indoeuropeos también se hubieron de marchar de la que era su casa en la mayoría de los casos. Tras la firma del acuerdo, eran unos 225.000. Siete años después eran ya unos 85.000.
Indonesia le debía su independencia a los Estados Unidos. En efecto: Países Bajos nunca la habría aceptado por sí mismo, y la diplomacia británica está siempre demasiado centrada en sí misma, es por lo tanto demasiado proclive a olvidar sus obligaciones multilaterales, como para poder ser útil en un proceso como éste. Fue el cambio de opinión de la Administración americana, básicamente fundado en la idea de que los Países Bajos estaban cogidos por los huevos con el Plan Marshall y la pertenencia a la OTAN y, por lo tanto, podían ser empujados a la independencia; fue este cambio de opinión, digo, el que colocó a Sukarno en el elenco de gobernantes legítimos del mundo.
Estados Unidos, sin embargo, nunca hace nada gratis et amore. El suyo era un objetivo muy claro. En oriente extremo, los referentes estaban claros. Cada día que pasaba, podía contar más con la solidaridad de Japón hacia la Guerra Fría. Sin embargo, la caída de China del lado comunista (una caída que Washington no había sabido impedir y que, desde diversos puntos de vista, incluso fomentó y alentó) había cambiado todo el teatro. Ahora, la segunda pieza del meccano pro occidental de la zona: Indochina, ya no estaba tan clara. Corea, que llegaría a ser una pieza fundamental del tablero, no estaba en condiciones de serlo en ese momento. Así las cosas, para construir la barrera de coral pro occidental, Estados Unidos necesitaba que Indonesia se decantase de su lado. Sin embargo, había cosas que no terminaban de estar del todo claras. En el parlamento provisional que se creó en 1950, con 233 asientos, a los comunistas les tocaron 13. No eran muchos; pero eran muchos más que los que los estadounidenses estaban dispuestos a asumir. Por lo demás, el comunismo indonesio post Madiun, por así decirlo, pasaba por un momento definido por la presencia de unos dirigentes quizás menos cachoburros pero, al cambio, más listos.
Dipa Nusantara Aidit, el nuevo dirigente del PKI, había sido machihembrado como comunista por los soviéticos, que le habían enseñado bien las tácticas estalinistas. Aidit, por ello, había comprendido que, para hacer el comunismo más atractivo, sobre todo a la juventud, debía mezclarlo con el nacionalismo. Fue, por lo tanto, Aidit uno de los primeros dirigentes comunistas que entendió que el futuro del comunismo residía en olvidar sus veleidades internacionalistas y convertirlo en un comunismo indonesio, un comunismo vasco, un comunismo español, un comunismo de Marinaleda. Y hay que decir que en aquellos tiempos esa fórmula le estaba funcionando más que de coña; y en Washington lo sabían.
En 1953, llegó al poder en Estados Unidos el general Dwight Eisenhower. Su responsable diplomático, John Foster Dulles, comenzó a armar las piezas de la Guerra Fría y, entre ellas, inició los trabajos para crear la SEATO, la OTAN del sudeste asiático. Se trataba de un montaje para frenar a China en el área. Es muy probable que los estadounidenses, siempre bien informados, supieran que ya el propio Stalin estaba frenando las intenciones de Mao de ser el referente comunista asiático. Stalin quería dominar ese proceso, el proceso de una Komintern asiática para que nos entendamos, porque sabía que Mao era un belicista convencido y temía que, si no lo controlaba, acabase por producirse lo único que no quería, que era una guerra directa con Estados Unidos. Dicho esto, sin embargo, por mucho que supieran eso en Washington, no podían fiarse ni de Stalin ni, una vez que falleció, de sus sucesores. Así que movieron fichas. Patrocinaron rápidamente la creación de la METO, la NATO de Oriente Medio (EEUU esperaba, así, poder jugar, al teto en el área musulmana: tú te agachas hacia La Meca, y yo te la METO).
En este esquema de gran barrera de coral, sin embargo, había dos huecos: en una alianza a la que sí se apuntaron Turquía, Irán, Irak, Pakistán, Tailandia, Viet Nam, Filipinas, Australia y Nueva Zelanda, faltaban India e Indonesia.
¿Por qué Sukarno no fue de la partida? Yo creo que fue una combinación de temas. En primer lugar, estaba el sentimiento primario de resistencia hacia los “montajes” de las potencias occidentales (sentimiento que es un poco la sopa de Oparin del movimiento no alineado). En segundo lugar, estaba el hecho de que los comunistas estaban creciendo muy rápidamente en el país, y de hecho pronto se convirtieron en el tercer partido comunista más nutrido del mundo, después del ruso y el chino. Y, en tercer lugar, las propias ambiciones de Sukarno. El presidente indonesio gobernaba sobre una nación muy variada y con muchas sensibilidades políticas. Sentía, como he dicho, el aliento del comunismo cada vez más cerca; pero también era lo suficientemente listo como para darse cuenta de que el islamismo militante acabaría por ser una pieza fundamental de la maquinaria de su país. Para poder prevalecer en ese entorno con un poder personal, necesitaba tener las manos libres. Obviamente, Sukarno sabía que la preocupación en Washington por la situación en Indonesia tendía a ser extrema. Eisenhower, muy presionado por la situación en Corea, no podía permitir brechas en la barrera de coral, y llegó a estar dispuesto a taparlas con tropas propias. El presidente indonesio era consciente de que existía un riesgo en permanecer independiente; pero no hacerlo tampoco era ningún chollo, porque en ese caso, de decidir finalmente la Casa Blanca enviar tropas a la zona, no podía evitar albergarlas, lo que lo significaría en exceso.
La opción que tomó el presidente indonesio, en ese entorno, fue intentar un acercamiento suave, un sí es no es, con China. Es decir: quedarse en la zona gris de la Guerra Fría, pero con más cuerpo apoyado de un lado, que del otro. En 1954, Indonesia y China firmaron el llamado acuerdo de Panchseel, un acuerdo diplomático con diversos intercambios económicos y culturales. Sukarno, copiando en esto a Pandit Nehru, trataba de generar una diplomacia indonesia que se basase en el respeto mutuo entre los países asiáticos, la no agresión, la no interferencia en asuntos internos, el mutuo beneficio y la coexistencia pacífica. ¿Sabía Sukarno que estaba firmando un pacto con un tipo como Mao Tse Tung, al que todos, y todos son todos, esos principios generales le importaban una mierda? Ésa, en realidad, es la gran pregunta que hay que hacerse a la hora de juzgar la figura histórica del presidente de Indonesia. Y no tiene una respuesta fácil.
Sukarno buscaba otra cosa con el acercamiento a China. Buscaba poder convocar la conferencia de Bandung. Su gran obra internacional. El momento de su ápex vital. La razón de las cosas para la que, de alguna manera, había estado trabajando toda su vida. Una reunión de cartón piedra que, sin embargo, dentro de su cabeza le iba a convertir en un referente mundial.
Por expresarlo de una manera rápida: Sukarno es el típico político que, a lo largo de su vida, pasa del idealismo de la juventud a la megalomanía del poder. Situado al frente de una de las naciones más grandes del mundo, obviamente respetado en los foros a los que acudía, sobre todo asiáticos, dado que estaba muy lejos de ser el gobernadorcillo de alguna islita perdida en un océano imponente, Sukarno llegó a ese punto al que llegan la mayoría de los políticos; ese momento en el que se dicen “ya he llegado”; y, sobre todo, “me lo merezco”.
El sudeste asiático, tras la segunda guerra mundial, había quedado sin dueño, por así decirlo; razón por la cual fue, junto con África, el principal teatro de la Guerra Fría cada vez que se recalentaba. Allí había una lucha de poder que jugar. Las cosas como son, los estrategas ultranacionalistas japoneses que diseñaron, antes de la guerra, la estrategia de dominación japonesa de la zona, no eran ningunos estúpidos. Sus teorías tenían mucho de base; pero se fueron al carajo por elegir mal el enemigo y, sobre todo, por haberse dejado cegar por su odio secular hacia lo chino, lo que les llevó a a atacar Manchuria cuando a quien deberían haber atacado era a la URSS.
Sea como sea, la existencia de un referente japonés para el Asia extrema desapareció con su derrota; lo que le enseñó al mundo que ese cubo de Rubik había varias formas de resolverlo. El primer candidato que tuvo ese liderazgo fue Mao Tse Tung. Mao, sin embargo, era un personaje extremadamente torpe en materias multilaterales y, sobre todo, era demasiado belicista. Tenía la guerra floja porque no le importaban las bajas que las batallas le pudieran causar (literalmente, tenía chinos a punta pala); y carecía de la inteligencia necesaria para darse cuenta de que el belicismo tiene otras consecuencias que van más allá de los muertos y heridos en las batallas. Con Japón tocando la trompeta con sordina, el trombón más grande de Asia, sin duda, lo tenía China. Pero, como digo, la actitud de Mao, que le daba miedo a propios y extraños (es decir, mosqueaba tanto a sus enemigos como a sus propios amigos), le ponía al chino plomo en las alas. Desde 1953, cuando muere Stalin y las relaciones sino-soviéticas terminan por irse a la puta mierda, ya el tema se pone peor.
Esta situación era oro molido para Sukarno. A partir, sobre todo, de 1953, cuando a Stalin le da el apechusque y, como digo, las cosas entre Moscú y la Capital del Norte (o sea, Bei Jing) se empiezan a poner jodidas, para el indonesio la situación se empieza a parecer a la de ese corredor de Fórmula 1 que va tercero, pero como a diez segundos de los dos primeros, y de repente ve cómo esos dos primeros se rozan, comienzan a dar trompos, y se salen de la pista. Entonces dices, “ésta es la mía” y, antes de que salga el seifticar, te pones primero.
Ésta era la jugada de Sukarno. Una jugada que tenía, sin embargo, sus problemas; porque no era el único que iba en el grupetto perseguidor. De hecho, ni siquiera era el suyo el bólido más prometedor. El presidente indonesio tenía un problema que se llamaba Gamal Abdel Nasser. Un gobernante situado bastante al oeste, esto es cierto; pero cuyo mensaje rabiosamente nacionalista, teñido de sentimientos religiosos (mayoritarios en Indonesia) era extremadamente atractivo. Nasser, además, tenía la ventaja de que había encontrado algo fundamental para llevarse a la opinión pública de calle: había encontrado un enemigo a quien echarle la culpa de todo; primero, en Gran Bretaña, y después en el Estado de Israel. Si a eso unimos sus relaciones perfectibles, pero en modo alguno malas, con la URSS, el corolario que tenemos es: un líder de orbe mundial mucho más sólido de lo que lo podría ser Sukarno.
Nasser tenía un solo punto débil: no era propiamente hablando asiático. Era más africano que asiático. Esto hacía que su cama elástica, por así decirlo, fuese menos elástica que la de Sukarno. El presidente de Indonesia podía saltar bastante más alto, porque tenía más impulso. La jugada, pues, era desplazar el teatro de este enfrentamiento por la influencia mundial hacia Asia. Crear la sensación de que el origen de todo ese movimiento era Asia, para así concluir que lo lógico era que el líder de dicho movimiento fuese, también asiático. De ahí que la conferencia tuviese que ser en Bandung, en casa de Sukarno. En el hogar de la Revolusi.
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