lunes, marzo 02, 2026

Indonesia (24): ... y Sukarno comenzó su meccano


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... y Sukarno comenzó su meccano
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La misa-romería de Bandung

 

Inmediatamente después de llegar a Yogyakarta, Sukarno comenzó a tejer con paciencia una tela con la que pretendía atrapar a los neerlandeses. Aprovechando que el doctor Anak Agung se había vuelto de los suyos, aceptó la invitación de éste para celebrar, no la mesa redonda en que pensaban los neerlandeses, sino una “conferencia inter indonesia” en la que los Estados indonesios se reunirían entre ellos.

Esta conferencia reveló hasta qué punto la evolución de la posguerra mundial, la actitud de La Haya, y el cambio estratégico respecto del problema en Estados Unidos, habían puesto las cosas fáciles para un proyecto descolonizador común. Lo cierto, sin embargo, es que, cuando menos en mi opinión, en realidad no se pusieron de acuerdo; hicieron como que se ponían de acuerdo, pero no lo hicieron. Encima de la mesa estaban dos posiciones encontradas: la de los que querían un Estado unitario, y la de los que querían un Estado federal. Sucintamente, los participantes acordaron no estar de acuerdo en eso, y acordar todo lo demás. Por eso, se declararon de acuerdo con un proyecto unitario federal (sí: unitario, y a la vez federal). Estaban de acuerdo en los términos básicos de una Constitución, en el nombre de la nación, en su idioma oficial (y eso que albergaban, literalmente, cientos de idiomas distintos; o, quizás, precisamente por eso), una bandera y un himno. Querían un Estado federal parlamentario. El país se llamaría República de Indonesia Serikat, o sea, República de los Estados Unidos de Indonesia, que es un nombre que parece que se lo ha inventado Pedro Sánchez porque, si os paráis a pensarlo, viene a decir una cosa y la contraria en la misma definición. En la práctica, pues, el archipiélago adoptaba los símbolos e instrumentos de la República javanesa-sumatrana.

Algunas semanas después, en julio, el gobierno de los Países Bajos costeó un viaje a Indonesia de un grupo de periodistas estadounidenses, con el objetivo de demostrarles, y demostrarle al mundo, que en Indonesia todo era cascada de colores, mágico mundo de colores. La jugada estaba clara. La Haya tenía ahora en contra a todos los gobiernos autónomos indonesios, que habían sido atraídos por el turbión javanés-sumatrano. Así que su única salida era que Estados Unidos se convenciese de que necesitaba que Países Bajos garantizase el sesgo prooccidental del archipiélago. Eso, sin embargo, no era posible si no se sacudían la caspa de cabrones fascistas. El viaje les funcionó bastante bien, dado que la mayoría de los periodistas presentes, la mayoría de ellos vacas sagradas de su profesión en Estados Unidos, acabaron comprando la mercancía de que Sukarno no era muy de fiar (si habéis visto o vais a ver The year of living dangerously, peli que si no me equivoco dirigió Peter Weir y encumbró a Mel Gibson, podréis ver que esta idea la siguen pensando, en buena medida, los corresponsales extranjeros que aparecen en el metraje) y de que Estados Unidos debería refinar su estrategia indonesia, para hacerla más pro neerlandesa.

La Haya, pues, había conseguido consolidar un backbone de influencers de la época que, en los siguientes meses, estaba llamado a haber presionado, desde sus columnas de periódico, al gobierno estadounidense, en el sentido de que se había hecho un Bin Laden, por así decirlo, y estaba apoyando a unos políticos indonesios que eran mucho menos pro occidentales de lo que Washington había calculado. La jugada, sin embargo, salió mal; el avión se estrelló, todos sus ocupantes perecieron, y toda esa corriente de opinión pública se paró en seco.

A principios de agosto comenzaron los encuentros para preparar la conferencia neerlandesa, por llamarla de alguna manera. Aquel día se acordó un alto el fuego que entró en vigor dos días después, algo más tarde en Sumatra. Los indonesios designados salieron hacia La Haya y, el 23 de agosto, comenzaron las reuniones en el Ridderzaal del Binnenhof, es decir, el edificio de los Estados Generales Vodafone. Estuvieron sentados (bueno, es un decir simbólico) hasta el 2 de noviembre.

Los principales activos de cada delegación eran: por los julianos Vodafone, Johannes Henricus van Maarseveen, ministro de Ultramar; por la República, Hatta; por los Estados Federados, el sultán Hamid de Kalimantan occidental, a quien ya conocemos. Todo ello con la presencia de Merle Cochran. Aunque eran tres partes a negociar, como ya os he explicado, en realidad dos de ellas llegaron a La Haya en completa sintonía opinativa, como si fuesen reporteros de programas diferentes de La Sexta.

Las conversaciones, visto que los Países Bajos no habían conseguido que Cochran se hubiese presentado en Países Bajos con instrucciones diferentes, tuvieron que aceptar que desembocasen en una clara victoria política de Sukarno. Se declaró que el Estado indonesio sería soberano. Estaría, sí, unido a los Países Bajos, pero por una solidaridad prácticamente sólo formal, que obligaba apenas a celebrar un par de conferencias ministeriales al año. El ejército del país sería el TNI, no el KNIL. Dos años de transición.

La trinchera en la que se encastilló Maarseveen fue la económica. Exigió que todas las licencias y concesiones a favor de empresas neerlandesas siguiesen vigentes; asimismo, presionó para otra cláusula importante, que era la asunción por parte del nuevo Estado de la deuda acumulada (pues todo Estado que se escinde siempre aspira a independizarse sobre base cero, es decir, encontrando a un soplapollas que pague los platos rotos de antes). Esta cláusula puso placas de plomo en el cuerpo del nuevo Estado por valor de 6.300 millones de florines, una cantidad astronómica que no podía pagar. La República se negó a pagar la parte de la factura correspondiente a los gastos militares, es decir, los gastos incurridos para reprimir a su población. El tema quedó en 4.300 millones. En suma, los Países Bajos se irían de Indonesia cobrando de los Estados Unidos, de la propia Indonesia y, a través de la Agencia Tributaria, de las empresas neerlandesas que siguiesen teniendo negocios en el archipiélago. Se ha calculado que, por lo tanto, Indonesia fue “vendida” por un precio equivalente al 8% del Producto Interior Bruto local. De hecho, a los indonesios les gusta recordar que, en realidad, ellos fueron mucho más importantes en los Países Bajos que el Plan Marshall. Lo cual es verdad a medias, porque el Plan Marshall fue una subvención pura y dura; mientras que los pagos indonesios venían a ser, cuando menos en parte, una retribución por las políticas de desarrollo implantadas allí por los neerlandeses.

El gran tema que se encasquilló en la conferencia fue Nueva Guinea. Buena parte de la opinión pública neerlandesa, refugiada en los partidos más a la derecha, consideraba que ceder la independencia era un ultraje. La única forma de hacerles tragar la píldora era venderles la idea de que Países Bajos, en realidad, no se iba a marchar de las Indias Neerlandesas, porque algo se iba a quedar. Ese algo tenía que ser Nueva Guinea. La Haya, además, era consciente de que, en la nueva Indonesia, los indoeuropeos tendrían un futuro muy difícil; y quería tener un patio donde alojarlos. Para los indonesios, sin embargo, dejar fuera de su Estado a esta isla equivalía a traicionarla. El tema se emputeció de tal manera que Cochran terminó por proponer dejarlo fuera del acuerdo y abordarlo un año más tarde.

El 28 de diciembre, Sukarno era presidente de Indonesia.

A pesar de que los indonesios no las tenían todas consigo, Países Bajos cumplió su palabra. Al fin y al cabo, estaba atada por la importancia de los acuerdos económicos a los que se había llegado en La Haya; tenía intereses que conservar. La República, por otra parte, se preocupó muy mucho de comenzar honrando religiosamente los pagos comprometidos, para que no se pudiera decir que era por ella que los acuerdos capotaban. En un año aproximadamente, Países Bajos sacó de Indonesia unos 125.000 efectivos militares.

Hubo, sin embargo, sucesos. El 23 de enero de 1950, de forma inesperada, reapareció el capitán Westerling. Al frente de unos 300 soldados que formaban una especie de milicia propia, tomó el cuartel general de la principal división del ejército indonesio en Bandung. Su intención era lanzar un golpe de Estado colonial. La acción provocó unos cien muertos; Westerling huyó a Singapur, probablemente ayudado por militares neerlandeses.

Los indonesios, por otra parte, tenían sus propias dinámicas. El furor anticolonial, las cosas como son, es bastante incompatible con el federalismo. El federalismo no deja de ser la voluntad de resaltar las diferencias, aun haciéndolas compatibles con cierto nivel de unión; y cuando se lucha contra un enemigo común, las diferencias tienden a desdibujarse. Esto Sukarno lo sabía. La opinión pública indonesia era, en este sentido, hostil a una estructura federal. Y Sukarno lo era todavía más. En 1950, tenía un modelo en el que mirarse: Mao Tse Tung. Independientemente de convergencias o divergencias ideológicas, la llegada de Mao al poder en China había cambiado completamente las reglas de juego en Asia. Un continente que había estado básicamente colonizado por terceros comenzaba a sacudirse ese poder, y a desarrollar la figura de hombres de poder locales, casi todos ellos con ínfulas de convertirse en mucho más que eso: en héroes trasnacionales, capaces de unir a un continente en una labor común. Sukarno, pronto lo veremos, quería jugar ese juego; pero no podía jugarlo si, a cada movimiento que se plantease, resulta que tuviera que ir a consultar a sus compañeros federales si podía o no podía. Él quería un Estado centralizado. En realidad, y debo dejaros claro que ésta es mi opinión y no tenéis por qué compartirla, el Estado federal era la forma de Estado adecuada, más que adecuada plenamente lógica, para una nación como Indonesia. Si nos parecen profundas las diferencias existentes entre un catalán y un gallego, deberíamos fijarnos en el hecho de que un ambonés y un javanés comparten muchas cosas, pero también son enormemente diferentes entre ellos. Sus culturas, sus idiomas, su forma de ver la vida, son muy diferentes. Por lo demás, las islas que componen el archipiélago indonesio son muy variadas y diferentes; casuísticas muy dispares que aconsejan administraciones locales, todo lo coordinadas que se quiera, pero locales.

En mi modesta opinión, Sukarno, quien lanzó su Revolusi y su proceso de descolonización de forma totalmente sincera y adecuada, luego lo fue convirtiendo en un proyecto de poder personal. Si hubiera mirado por el interés de Indonesia, que es lo que él decía que hacía, habría impulsado el Estado nacido de los acuerdos de La Haya recargando su mitad federal y desdibujando la unitaria. Pero eso, como digo, no era lo que él quería desde el punto de vista personal. Una indonesia unitaria era genial para sus planes de convertirse en uno de los grandes líderes mundiales. Sukarno, como Mao, se veía, por así decirlo, sentado en las reuniones del G7 representando a los-países-que-no-son-G7. Pero para eso necesitaba una Indonesia detrás de él todos a una, como en Fuenteovejuna.

Como digo, había una parte de la opinión pública indonesia que, lógicamente, vinculaba el federalismo con el intento neerlandés de homeopatizar la fuerza de los indonesios, y no lo quería. Apoyándose en esas ideologías, y ocupándose desde la presidencia de enervar las voluntades, Sukarno consiguió que el principio del año 1950 se convirtiese en un rosario de manifestaciones en contra del Estado federal y en favor de la Proklamasi, que ahora se convertía en la principal llamada al unitarismo, cuando no necesariamente era así. Así las cosas, ya a mediados de agosto de 1950, el flamante presidente pudo declarar el final de los Estados Unidos de Indonesia.

Quien más quien menos, en términos generales, aceptó los hechos consumados. Pero no los amboneses. En Ambón, una isla donde había un porcentaje relevante de población cristiana que miraba con desconfianza al gorrito negro del presidente, el personal no era partidario de formar parte de un proyecto que veía como lo que realmente era: un proyecto javanés; pues la isla de Java, salvando las distancias, es aquí un poco la Castilla de Indonesia.

Así las cosas, ya el 24 de abril los amboneses se habían inventado Ambón-Herria. Como no sabían euskera, la llamaron Republik Maluku Selatan, es decir, República de las Molucas del Sur. Esta declaración estuvo apoyada por las fuerzas armadas locales, que no es que se identificasen mucho con el TNL (de hecho, la inmensa mayoría de los 300 soldados de Westerling en su última acción armada eran amboneses).

La declaración de la RMS fue recibida con alharacas en la tierra de los julianos Vodafone. Ambón había sido siempre el territorio más pro neerlandés de Indonesia, por así decirlo. Pero poco pudieron hacer. Habían sacado las tropas del archipiélago; por no mencionar que EEUU nunca habría permitido que una nación ya integrada en la NATO iniciase una Tercera Acción Policial. La consecuencia de todo ello fue que Sukarno, ese demócrata, entró en Ambón con sus tropas y se llevó por delante a todo el que se tuvo que llevar para convencer a la población local de que se olvidase de sus sueños propios, y comenzase a soñar los suyos.

La República de las Molucas del Sur fue aplastada por las tropas del TNL que, llegado a un punto, alcanzaron todos sus objetivos y vieron a su enemigo cautivo y desarmado. Pero no dejó de existir. Como la II República española, la RMS se fue al exilio en los Países Bajos, y allí sigue después de setenta años de exilio. En este tiempo, ha tenido cuatro presidentes: Chris Soumokil (antes del exilio), Johan Manusama, Frans Tutuhatunewa y el actual, John Watilette. ¿A que no lo sabías? ¿A que no tenías ninguna, y ninguna es ninguna, información de que las Molucas del Sur crearon un gobierno republicano, que fue sofocado por acciones militares, y cuyos responsables se hubieron de exiliar para formar una serie de gobiernos en el exilio que han durado siete décadas? 

Pues, entonces, si no sabías nada de esto, ¿por qué asumes, con la facilidad de un licenciado en Historia, que en los años cuarenta, cincuenta y sesenta del siglo XX, todo el mundo en la Tierra sabía que había un gobierno republicano español en el exilio?

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