viernes, febrero 10, 2012

El marxista naïf (8)


El entonces director de L’Humanité, y por lo tanto comunista de libro, Etienne Fajon, visitó por aquel tiempo Chile y dejó escritos los que, en su opinión, eran los errores de la izquierda chilena (léase del Partido Socialista, de los grupos minoritarios, del mirismo extragubernamental, y del presidente que se obstinaba en no ver riesgos en todo ello). Leída la lista, no parece que haga falta buscar diagnósticos muy derechosos para criticar el proceso que llevó al debilitamiento de la Unidad Popular:

1)      La toma de empresas por parte de los trabajadores más allá de los sectores y  las individualidades en sus inicios considerados críticos, para extenderse hacia industrias de mediano tamaño, en no pocas ocasiones propiedad de empresarios que habrían apoyado el cambio socialista.

2)      La política salarial, pretendiendo primero poner más dinero en manos de todos para que hubiese más consumo (lo que empobreció más absolutamente a todos); y, después, basándose en una teórica política distributiva, por la cual a todos los chilenos bien pagados se les negaba el pan y la sal, como si eso no fuese a tener consecuencias, por ejemplo, en la productividad. 

3)      El nulo interés del gobierno por atacar las fallas de la productividad en el país, arrastrado por ese buenismo universal marxista, según el cual el obrero es el compendio de todo bien y jamás es vago, ineficiente o venal.

4)      El uso, dentro y fuera de la Unidad Popular y del gobierno, de un lenguaje encendidamente revolucionario, que negaba toda posibilidad de mando a quien no fuese obrero, que incluso incitó a los soldados a desobedecer a sus mandos, lo que dio alas a los sentimientos reaccionarios. La izquierda mirista, del PCR (maoísta) o de la Vanguardia Organizada del Pueblo, hablaba de cerrar el Congreso a leche limpia, de instaurar tribunales populares y de prohibir la prensa opositora, sin que la Unidad Popular hiciese otra cosa que aseverar que ésa no era su política, pero sin actuar propiamente contra unas fuerzas sobre las que, justo es decirlo, pocas herramientas de control tenía, pues no estaban en la coalición de gobierno.

En las últimas semanas antes del golpe, Allende pareció despertar de su hipnotismo revolucionario y, escuchando probablemente a los más razonables de los comunistas chilenos, decidió negociar con la Democracia Cristiana. Llamó a Patricio Aylwin para ello..., pero el centro-derecha ya no se dejó cortejar. ¿Para qué? Las derechas, de tiempo atrás, incluso antes de las elecciones, pedían un golpe de Estado. Había batallas campales en las calles. La teoría de Frei en  el seno de la DC, el llamado «golpe blanco» (obligar a Allende a abandonar, esto es, echarlo pero sin salir del sistema democrático) se daba por la única posible. El Partido Nacional ganaba adeptos cada día entre aquéllos para los cuales Chile se había convertido en un país que los trataba como apestosos burgueses y buscaba su lenta desaparición. Si tenía buena información, sabría, para entonces, que el ejército perdía a marchas forzadas su perfil constitucionalista y que en Washington, de tiempo atrás se había tomado la decisión de provocar en el país un golpe de Estado que pusiera las cosas en su sitio de nuevo.

Aylwin contestó con la más lógica contestación: yo sólo quiero escuchar de sus labios, presidente, el anuncio de su renuncia. Y Allende, que hacía ya más de un año que había vaticinado que de La Moneda saldría con los pies por delante, le contestó que y un huevo.

El 23 de marzo de 1973, el general Carlos Prats González renuncia al ministerio del Interior, y tras de él, como a la voz de ¡ar!, otros ministros militares dimiten. Prats es un militar sincero, constitucionalista, que ha dado el paso adelante de colaborar con el gobierno Allende porque cree en su mensaje contra los monopolios y el capitalismo salvaje, no así del socialismo revolucionario; porque siente que es su función amansar las cosas en un país donde han pasado cosas como el asesinato del general Schneider, de Pérez Zujovic y el paro gremial; y porque considera que es posible un pacto de la Unidad Popular con la Democracia Cristiana.

Otra cosa que piensa Carlos Prats es que el general Augusto Pinochet, cada vez con más peso en los cuartos de banderas, es un constitucionalista convencido.

En todo, o casi todo, se equivoca Prats. La Unidad Popular no quiere frenar las ínfulas del gran capitalismo, sino borrarlo de Chile. Y el pacto con la DC es imposible, porque Allende se lo niega, no sé muy bien si porque no lo quiere (que lo dudo) o porque lo reputa imposible teniendo en cuenta que el contrario ya sólo aceptará que él se vaya.

El 29 de junio de 1973, el golpe de Chile tendrá un ensayo general en el llamado tancazo (juego de palabras que proviene del tacnazo, golpe contra Frei organizado en su día por Roberto Viaux, estando al mando del regimiento Tacna): la sublevación, al mando del coronel Roberto Souper, del regimiento Segundo de Blindados. Como el propio Allende recordaría en alocución radiada tras el intento, había sido recibido a la puerta de la Moneda, en el momento en que se estaba reprimiendo el golpe, por el general Prats, el director general de Carabineros… y el general Augusto Pinochet. 

Fue entonces, en realidad un poco antes (tras las elecciones de marzo), cuando las izquierdas chilenas, dentro y fuera de la Unidad Popular, comenzaron a preocuparse por la tendencia del ejército hacia el golpismo. Eso es tardísimo. En realidad, el golpismo chileno se forjó ya en 1972, sobre todo por la acción de oficiales muy jóvenes, y pudo haber estallado en septiembre del 72, de haber cuajado los planes del general de infantería Alfredo Canales, apartado de mando inopinadamente por el entonces ministro Tohá.

Pero no fue la izquierda la única que se equivocó. También se equivocaron los militares más proclives al allendismo, y al frente de ellos, Prats. Los militares gubernamentales creían que nunca habría golpe porque un golpe rompería el ejército en dos mitades. Como militares que eran, podrían haber entendido que Chile, aquel Chile de los setenta, era un país que, si no estaba en guerra, no podía bajar las manos, pues tenía conflictos serios, con Bolivia, con Perú y con Argentina; no sé si hará falta recordar que con la última casi llegó a las manos por el canal de Beagle.

El análisis de Prats era erróneo. El ejército, si se veía impelido a tomar una decisión, la tomaría binaria: o blanco, o negro. O rojo, o azul. Y no podía ser rojo porque la oficialidad joven se negaría en redondo a avalar la lucha de clases.

Los militares constitucionalistas, por lo tanto, pecaron de maulas. Según se publicó en Estados Unidos tras el golpe, la decisión de la oficialidad de derribar a Allende mediante un golpe de Estado data de noviembre de 1972, momento tras el cual los golpistas contactaron con dirigentes empresariales adictos a la derecha para recibir apoyo en forma de movilizaciones.  Al principiar agosto de 1973, cualquier solución legalista a la situación estaba ya descartada: a los golpistas ni siquiera les valía la deposición del presidente.