lunes, febrero 06, 2012

El ¿fin? del chaconato

El destino de las formaciones ecuménicas es tener que lidiar con las corrientes. Para una formación política que pretenda tener el suficiente número de votos como para poder aspirar al poder, aunque sea como partido minoritario, la inexistencia de tendencias o banderías es mala noticia. Quien no tiene tendencias apunta sólo a un tipo de votante, y con un tipo de votante no se llega a ninguna casa coloreada, sea su color el blanco, el rosado o cualquier otro. Para llegar a gobernar hay que poner los pies por lo menos encima de dos hombros distintos.

La formación más ecuménica de la política española es la tradicionalmente más votada: el Partido Socialista Obrero Español. Ya en sus inicios tenía corrientes en su seno, aunque quedaron bastante desdibujadas bajo el liderazgo de Pablo Iglesias, que era un liderazgo de hierro porque tenía muy sólidos principios ideológicos. Pablo Iglesias no creía en la colaboración con los políticos burgueses porque, en su espontánea lógica marxista, sabía bien que su aspiración respecto de esos mismos políticos burgueses era mandarlos a tomar por culo; razón por la cual, en su sincero simplismo, el tipógrafo prefería no colaborar con ellos.

Todo esto cambió tras la Semana Trágica de Barcelona, que enseñó a las fuerzas de izquierdas la posibilidad de conseguir cosas uniéndose a las izquierdas burguesas, aprovechando que éstas abandonaban el turnismo canovista para ponerse frente a la personalidad de Antonio Maura, el líder conservador. El famoso «¡Maura, no!» se parece al No a la Guerra como una gota de agua a otra, y el nivel de galvanización ejercido en las izquierdas, muy parecido. En 1909, Iglesias era ya, además, el Abuelo Cebolleta del socialismo patrio, que adivinaba estrategias y ambiciones mucho más allá de tener concejalitos en los ayuntamientos más grandes; así pues a don Iglesias, poco a poco, lo fueron dejando pensar en sus cosas en su mesa camilla de la calle Ferraz, mientras otros líderes más jóvenes se aprestaban a asaltar el poder estatal, primero (1917); controlarlo por la vía de los votos, después (1931);  y volver a asaltarlo, de nuevo, por la fuerza violenta (1934).

El PSOE, es teoría que no escribo por primera vez, ha tenido siempre tres tendencias. Las citaremos por su calificativo histórico.

Existe el largocaballerismo, que es una forma de hacer PSOE basada en la confluencia, ideológica, de mensaje e incluso de estrategia, con las izquierdas más a la izquierda del propio partido. Para el largocaballerismo, hacer socialismo es construir, en cada momento, una sociedad en cierto sentido nueva; cuando menos, significativamente distinta a lo que hay. El largocaballerista, por lo tanto, se siente con altura moral para decirle a la sociedad española cómo debe ser, y hacia dónde debe evolucionar. De alguna manera, es un estilo político de avanzada que, como el leninismo, acepta la existencia de una vanguardia (nótese la cantidad de formaciones de izquierdas que, hoy como en el pasado, se llaman o llamaban Vanguardia + algo) que es la que sabe, y que avanza movimientos sociales. No es, por lo tanto, un movimiento que acepta, o da carta de naturaleza a, los cambios; los crea, porque tal considera que es su función.

Existe el prietismo, que es, de hecho, el modo de hacer socialismo más habitual. El prietismo tiene sus convicciones ideológicas, más bien moderadas (hoy diríamos socialdemócratas). Tiene capacidad de interlocución con los adversarios ideológicos del partido pero, eso sí, su principal característica es el accidentalismo. El principal político prietista es Bruce Lee: be water, my friend. Si la botella se convierte en una coalición de derechas, el agua se convierte en una coalición de derechas; si la botella se convierte en una alianza de izquierdas, el agua se convierte en una coalición de izquierdas.

Existe, por último, el besteirismo que, desde unos presupuestos ideológicos incluso radicales, tiene, sin embargo, un compromiso con la estabilidad institucional y política del país que le impide dejarse llevar por esos mismos presupuestos para echarse al monte o nada parecido. El besteirismo es un socialismo práctico que, por definición, y puesto que su obsesión es la gobernabilidad o, si se prefiere, el orden, evita los extremos en la práctica.

Lo que se ha vivido el sábado pasado en Sevilla es un enfrentamiento entre el PSOE largocaballerista y el besteirista, por incomparecencia del moderno prietismo, que salió escaldado de la última elección a la secretaría general del partido y ha considerado, a mi juicio con enorme acierto, que no es el presente el momento procesal oportuno para dar el paso al frente. El besteirismo socialista de toda la vida, representado por un Felipe González transmutado ahora en político entrado en años y con amplia experiencia, ha maniobrado para eliminar del panorama a esa suerte de nuevo largocaballerismo que llamamos zapaterismo. Así las cosas, debiéramos encontrarnos ahora con un PSOE que haga lo que hizo en los últimos años de la UCD, esto es una oposición sistemática y exigente pero escasamente demagógica, buscando recuperar el poder sobre bases sólidas.

No obstante lo dicho, si algo se aprende estudiando Historia es que las historias nunca se repiten. Dicho de otra manera: uno nunca se baña dos veces en el mismo spa. Entre el proceso teórico y el real hay tantas diferencias que, para desgracia de los promotores de la movida, las posibilidades de que las cosas salgan de otra manera son muy elevadas.

Hay, como digo, una serie de factores que yo veo fundamentales:


1) La personalidad del arquitecto del proceso. Alfredo Pérez Rubalcaba ha cometido muchos errores en los últimos años. El mayor de ellos, aceptar la vicepresidencia de un gobierno presidido por un señor en el que no creía, y al que, de hecho, llegó para cortar las alas. Fue un error porque cuando Rubalcaba aceptó la vicepresidencia del gobierno hasta un tonto podía imaginarse que la crisis económica iba a llevar a España del ronzal hasta las elecciones, fuesen cuando fuesen; y que, consecuentemente, a él no sólo no le iba a quedar espacio para desplegar el estilo de gobierno que quería montar, sino que, más aun, se vería obligado a defender lo indefendible. Como de hecho le ocurrió; la reacción rubalcabiana a la reforma exprés de la Constitución es un buen ejemplo de lo que aquí digo.

También fue un error esa decisión porque, como sabe todo el mundo que haya jugado dos minutos al Call of Duty, o que en su defecto haya hecho la carrera militar, cuando la cosa va de darse tiros, disponer de una posición elevada siempre es una ventaja. Y no creo que nadie dude de que ser el presidente de un vicepresidente es lo más parecido que se puede imaginar a un nido de ametralladoras en alto. Así pues, Zapatero le arreó los cebollazos que quiso mientras trataba de quedar au dessus de la melée, y hoy es el día que la debacle de los 110 diputados es la debacle de Rubalcaba.

También Largo Caballero laminó a Prieto desde la altura. En abril del 36, por poner una fecha, Indalecio Prieto era la polla de Montoya. El tipo que había diseñado el cinturón ferroviario de Madrid. El tipo al que Gil-Robles temía en las Cortes (mientras se corría cada vez que el que se levantaba era Largo, de ídem peor orador). El hombre al que hasta Calvo-Sotelo, que era un tipo bastante infatuado que no respetaba demasiado a nadie, prodigaba en amabilidades. Era la niña bonita de Azaña. El que iba a ser presidente del Gobierno. El alma de la República. En abril del 37, apenas un año después, no era nadie. Un ministro teóricamente encomendado de la dirección de la guerra, que no dirigía nada, a quien los asesores soviéticos ninguneaban, a quien el presidente del Consejo de Ministros trataba como una braga sucia y que, algunas semanas después, iniciaría una existencia de zombie político por medio mundo. Una vez recuperado su tessssoro, el Anillo de Poder en el Partido, Prieto se desquitaría de todas estas humillaciones echando de la formación a Juan Negrín.

2) Hay herencias del zapaterismo que los nuevos mandantes en el partido van a poder negar, si quieren, y otras que no. La obsesión de Zapatero por la igualdad, por la memoria histórica o por la laicidad son cosas en las que, si los nuevos dirigentes del partido dejan de insistir machaconamente, no les va a pasar gran cosa. Cuentan con la indudable ventaja de que son cosas en las que difícilmente el PP les va a merendar el electorado; y, dado que IU parece dispuesta a seguir masturbándose con su papel de maquis del parlamentarismo español, tampoco por su izquierda le van a hacer demasiada sombra.

Pero hay una herencia que les costará negar, y que es la peor: la relación con los nacionalismos.

Ha dicho en las últimas horas el PSC que no se siente representado por la nueva Ejecutiva; y lleva razón. La nueva Ejecutiva no parece demasiado preocupada con el objetivo de profundizar la autonomía catalana; que era un objetivo al menos de boquilla asumido por el zapaterismo. El  nuevo largocaballerismo, de una forma que el personaje tomado para bautizar la tendencia jamás pudo siquiera imaginar, ha consolidado la nacionalización del socialismo catalán, que ya no se entiende sin la reivindicación del hecho diferencial, la balanza fiscal, y resto de versiones del solo, fané y descangallao, sólo que con seny.

La bomba de relojería que le ha dejado Zapatero al PSOE es el hecho de que, guste o no, el socialismo ya no se entiende sin un catalanismo a la remanguillé. Para colmo, en una elección que en modo alguno es casual, había elegido a una catalana para sucederle. El tiempo dirá si Rubalcaba va a tener los huevos de hacer con el PSC y con Karma Chacón (qué nombre tan relajante) lo que hizo Aznar con el PP catalán y Alejo Vidal-Quadras; sólo que esta vez las tropas invasoras, en lugar de llegar del flanco izquierdo, tendrán que llegar desde el derecho. Mi apuesta es que o no se atreverá, o no será capaz, por inexistencia de un candidato alternativo sólido.

Por lo que se refiere al nacionalismo vasco, más le vale a Rubalcaba decir la verdad cuando asevera que no hay nada raro en las negociaciones con ETA.

3) La recuperación del discurso. El largocaballerismo siempre se ha caracterizado por ser enormemente atractivo, porque ha hecho uso de cuantas dosis de demagogia le han sido necesarias para llevarse el gato al agua. Largo Caballero era en 1935 el Lenin Español, a pesar del pequeño detalle de que en 15 años no habían surgido nuevos Lenin, lo que llevaba a pensar que tal vez fuese irrepetible; y Zapatero iba a cambiar la política mundial con su Alianza de Civilizaciones y su confluencia planetaria con un señor al que no le ha temblado la mano a la hora de mantener la prisión de Guantánamo.

Lo malo de que alguien use de la demagogia industrial es que, cuando llegas tú, te deja sin discurso. Largo era un demagogo revolucionario porque cada vez que veía que la CNT le pasaba por la izquierda le entraban los siete males. Su loca carrera dialéctico-armamentística (pues mientras declamaba discursos guardaba cajas de armas en hotelitos de Moncloa) provocó que, tras la mal llamada Revolución de Asturias, que al microscopio aparece claramente como lo que es: un golpe de Estado revolucionario; tras la dita Revolución, digo, el PSOE no tuviese más discurso que el patibulario y violento. Discurso que le costó décadas superar.

Rubalcaba ha comenzado su andadura como nuevo lìder de la izquierda comentando que hay que cambiar el Concordato con el papado. El dato es un síntoma bastante claro de que el nuevo secretario general del PSOE carece de discurso propio, y tiene que vivir, aún, de las teclas sensibleras inventadas por ese antecesor al que pretende hacer olvidar.

El nuevo PSOE tendrá que decidir si quiere estar indignado o parecerse a la socialdemocracia alemana de los setenta. Si quiere sostener un otanismo sin complejos o se va a echar al monte de las causas perdidas (y no exentas de violencia). Si prefiere que Chávez le llame amigo o asesino.  Y lo tiene jodido. porque todos los demagogos dejan tras de sí un gran recuerdo.

4) Chacón ha salido viva del embroque. También salió Bono, incluso más, de su enfrentamiento con Zapatero, cierto. Pero, sinceramente, esperemos que ya nadie, ni dentro ni fuera de la política española, se encuentre con las circunstancias con que se encontró Zapatero para labrar en acero su liderazgo; porque son unas circunstancias que causaron más de 200 muertos.

El zapaterismo está, hoy, en su mejor situación de los últimos tres años. Vale que si hubiese ganado habría sido aun mejor; pero eso no quita que todo lo que hay en los 1.000 días anteriores al presente sea peor que lo que hay ahora.

El zapaterismo tiene una aldea gala donde refugiarse. Que los galos juren por San Jordi, en lugar de por Tutatis, es apenas un matiz. Una aldea gala donde no va haber examen parcial en tres años; eso son dos años, como poco, prometiendo sin tener la necesidad de dar. El rubalcabismo, en cambio, se va a retratar en las vascas, entre otras cosas porque, probablemente, el rubalcabismo es lopezismo; no se olvide que Patxi López es, a día de hoy, el único socialista políticamente vivo que se ha entendido con el PP.

El zapaterismo tiene un líder que difícilmente se va a quedar en León dialogando con el viento. En el momento en que sienta o piense que se ha hecho perdonar los peores de sus errores, le va a jugar al felipismo avant la lettre el mismo juego sucio que el felipismo le jugó a él en su momento. También podríamos llamarlo aznarismo, pues en la derecha el efecto también se da: el antiguo líder, por encima del bien y del mal, dando conferencias en los que lo ve muy claro, y da la sensación de pensar que lo que pasa es que su sucesor no se entera de nada, o no tiene la sensibilidad que hay que tener.

En suma, el largocaballerismo zapaterista, que domina a la perfección las herramientas de la demagogia (no en vano está petado de especialistas en comunicación pública), está donde quería estar para poder disparar cuando le plazca. Al otro lado le queda el desgaste, y la necesidad de Rubalcaba de ir a más de una federación socialista con el cuchillo de capar entre los dientes si quiere que el aparato le responda. En esta vida hay victorias que son, verdaderamente, para echarse a llorar.

No tendremos chaconato, pues. Tan sólo de momento.

O, tal vez, al final llegará Prieto, y se llevará el momio.