miércoles, febrero 08, 2012

Los hechos puntuales



Vaya por delante un asunto: en mi ajurídica opinión, el juez Baltasar Garzón no debería ser condenado por prevaricación en el caso relacionado con su pretensión de investigar los crímenes del franquismo. Yo a Garzón lo veo culpable, eso sí desde hace muchos años, de ser un juez con unos conocimientos procesales cuestionables (no es la primera vez que la instrucción de un sumario se le atasca) y demasiado ideologizado. Pero, como digo, un prevaricador no es alguien torpe; es alguien hábil y listo que utiliza esa habilidad, y esa inteligencia, para llevarse el gato al agua y tomar decisiones que sabe no debe tomar.

Pero una cosa es considerar que un tipo no es culpable de lo que se le acusa, y otra muy distinta es que quien le apoya pueda decir chorradas.

Dicen las noticias publicadas por ahí que el fiscal José Navajas, durante su intervención en la sesión final del juicio por lo que se ha dado en llamar la Causa General del Franquismo, ha afirmado que el suceso de Paracuellos fue «un episodio puntual de saca de presos»; que los investigadores de hoy en día cuestionan que hubiese personas de la República implicadas, en directa referencia a Santiago Carrillo, superstite de aquellos tiempos.

Con la venia, esto es muy, pero que muy, cuestionable.

Hombre, lo mismo tiene razón, puesto que, al fin y al cabo, no hay ninguna regla inmanente que nos diga cuál ha de ser el significado que hemos de dar a la expresión «episodio puntual». Lo mismo cabe considerar que 85.000 personas apiñadas en las gradas del estadio Santiago Bernabéu un domingo de fútbol son «un episodio puntual de ocupación de unas instalaciones deportivas». Sugiero a los adúlteros y adúlteras que, cuando sean pillados por su cónyuge llamando al móvil a la churri seis o siete veces al día, aduzcan que se trata de meros «episodios puntuales».

Durante las primeras semanas de la guerra civil, y durante meses, las sacas de presos, y los intentos de hacer presos a civiles desarmados, estuvieron lejos de ser puntuales; a menos que nos queramos referir a que, normalmente, se producían, con puntualidad, al caer la tarde. Paracuellos no es un hecho aislado. Está el Tren de la Muerte. O el Túnel de Usera, más tarde. O los siete religiosos de Ciempozuelos. Y está, sobre todo, la matanza de la cárcel Modelo, donde hasta diputados de la nación, como Melquiades Álvarez, murieron masacrados como perros, en el mismo patio, sin juicio y, por supuesto, sin la defensa a la que les daba derecho la Constitución de la República.

Acudo aquí a las memorias de Aurelio Núñez Morgado, embajador de Chile y decano del cuerpo diplomático entonces destacado en España, quien, en calidad de tal, hubo de coordinar las negociaciones con el gobierno español para conseguir que respetase el derecho de asilo de personas, una vez más civiles, que se habían refugiado en las embajadas para que no se los llevasen a las checas. Morgado cuenta en su libro, con pelos y señales, el caso del marqués de Veragua, descendiente de Cristóbal Colón, hombre para entonces ya provecto y carente de notación política, quien desapareció de su casa, generando con ello, por razón de su ilustre tatarabuelo, la reacción inmediata de los embajadores latinoamericanos. Relata en el libro cómo el gobierno les daba garantías de que lo mirarían, de que lo buscarían; pero sólo logró encontrarlo fiambre, en una cuneta de las afueras de Madrid; ello a pesar de que los embajadores tenían noticias ciertas de que estaba en la checa de Velázquez.

Pero fue, claro, un «caso puntual»; más que nada, porque no había más descendientes de Colón que apiolarse por allí.

Es importante que el lector sepa,  y si no lo ha imaginado se lo digo yo, que el autor de este blog es tonto, pero no gilipollas. Quiero decir que critico el desconocimiento de los hechos de la guerra civil, pero soy perfectamente consciente de que me estoy situando en el best scenario; puesto que es más que probable que la verdad sea peor y, en realidad, se digan estas cosas porque se quieren decir, y porque hay toda una corriente que, además de permitirlo, lo alienta.

La historiografía republicana lleva setenta años intentando orillar los sucesos de Madrid, de Barcelona, de Valencia, tras el estallido de la guerra civil, así pues es bastante probable que ya, con los años que lleva, jamás se baje ya de la burra.

La burra porta, fundamentalmente, dos alforjas.

La alforja uno es el argumento que el propio Navajas, según las noticias, ha sacado a pasear en su discurso: es cuestionable que dirigentes republicanos estuviesen implicados en lo de Paracuellos.

La alforja dos, íntimamente ligada a la uno, sostiene que, si bien las violencias del bando franquista, durante y después de la guerra, fueron perpetradas por sus responsables, las violencias republicanas fueron perpetradas por una masa ignota de incontrolados sin nombre, que no se sabe ni a qué líderes ni a qué ideas daban servicio. Todo lo malo que pasó en la República, desde la quema de iglesias del 10 de mayo de 1931, hasta las checas y los paseos, fue cosa de incontrolados.

Y, la verdad, lo mismo tiene razón; para desgracia de los republicanos. Yo, la verdad, no sé cómo los memoriohistóricos no se dan cuenta de que defender estos argumentos es poner a la República en el peor lugar ante la Historia.

Si verdaderamente la matanza de Paracuellos se produjo sin la intervención de ningún miembro del gobierno, o de la Administración, o de las Fuerzas de Seguridad de la República, entonces lo que tenemos no es, desde luego, un caso de cooperación para el asesinato; tenemos un caso de dejación de las funciones de gobierno, que es muchísimo más grave. ¿Acaso alguien, hoy, en Madrid, puede coger a 2.000 pavos, meterlos en camiones, llevarlos a las afueras del aeropuerto de Barajas y matarlos a tiros, impunemente? Si alguien intentase cosa tal, ¿acaso no irían la policía, la guardia civil y la BRIPAC, en fila de a siete, a impedir tal desafuero? ¿Cuántos nanosegundos tardaría el ministro del Interior, o el delegado del Gobierno, fuese del partido que fuese, en dar la orden de movilización?

Morgado cuenta en su libro un episodio, citando de las actas de las reuniones del cuerpo diplomático, que muestra a las claras la escasa implicación de los mandos republicanos en las cosas que pasaban en Madrid más o menos en los tiempos en los que Paracuellos parecía el metro de Callao. Conviene reproducir los párrafos (con mis cursivas):

«En la sesión de 19 de noviembre [de 1936], el decano da lectura a un telegrama del Ministerio de Estado, de Valencia [el cuerpo diplomático había acordado no seguir al Gobierno en su traslado], en el que le dice que le concede un plazo de 24 horas para que se desalojen los locales que ocupaban en Madrid las embajadas de Alemania e Italia (...)

»El decano expresa que, apenas recibió la comunicación del Ministerio de Estado, se dirigió al General Jefe de la Plaza [José Miaja Menant] en petición de garantías para hacer salir a la gente que allí se hallaba refugiada, y que consta de unos 20 alemanes y 45 españoles. Se complace declarando que el general Miaja, que también había recibido copia del mismo telegrama, le prometió el envío de las fuerzas necesarias para el momento que se le indicara.


»Se trató extensamente del modus operandi para sacar de la embajada alemana a las personas que allí se encuentran y que sin nuestra ayuda correrían peligro de muerte [sigue la descripción de la distribución de los civiles entre las embajadas]. A fin de no atraer la atención de las milicias [ya se ve lo mucho que confiaba el cuerpo diplomático en Miaja] se acordó proceder a las ocho en punto de la mañana, para lo cual los coches debían ser muy precisos [entiendo que quiere decir puntuales]. Así se le comunicó al Jefe de la Plaza [general José Miaja Menant].

»En la sesión del día 20 se dio cuenta de los graves incidentes producidos en la mañana de ese día con motivo de la evacuación de la embajada alemana. Contrariamente con lo ofrecido por el general Miaja, las guardias militares brillaron por su ausencia; en cambio, había varios centenares de milicianos armados que entorpecieron hasta el punto de impedir la salida de la mayor parte de los refugiados. Las balas disparadas contra los coches de los diplomáticos no causaron más daño que la rotura de algún neumático y la perforación de una carrocería. Este asunto era ya de preverlo. Ayer tarde, dice el decano [Morgado], el representante de Suiza me vino a avisar que en la terraza inmediata a la embajada, y en cuyo edificio Suiza tiene su cancillería, habían colocado dos ametralladoras enfocadas hacia el jardín de entrada de la embajada con claros propósitos de impedir todo acceso a dicho local. Inmediatamente me puse al habla con los ayudantes del general Miaja, en ausencia de éste, y prometieron hacer retirar ese armamento, como, en realidad, a la entrada de la noche, lo realizaron».

Aurelio Núñez Morgado: Los sucesos de España, vistos por un diplomático. Buenos Aires: Talleres Gráficos Argentinos L. J. Rosso, 1941. Páginas 244 y 245.

Cuenta más cosas curiosas. Por ejemplo, en el acta de la primera reunión del cuerpo diplomático, el 24 de julio de 1936, se da cuenta de que (cursivas mías) «días antes había pretendido asaltar la embajada de Chile una masa de 87 milicianos». Probablemente la «moderna historiografía», que como hace poco se cachondeaba el proboscídeo Tiburcio está a un cortacabeza de demostrar que la guerra la ganó la República, será capaz de demostrar que ningún responsable republicano formaba parte de aquella patota de 87 pollos armados; pero la pregunta es: un gobierno bajo cuyo sobaco pueden ir 87 tíos armados por Madrid como si tal cosa y asaltar una embajada... ¿está cumpliendo con su deber de gobernar?

Recapitulemos: mientras en Paracuellos se producía el «hecho puntual», hemos de entender que inusual y aislado, de que centenares de personas fuesen fusiladas contra las tapias, casi un centenar de milicianos asaltaban la embajada de Chile, y varios centenares se congregaban misteriosamente a primera hora de la mañana en la puerta de la embajada de Alemania (informados... ¿por quién?) para impedir la salida de unos refugiados; acción en la que no les duelen prendas de disparar contra vehículos en los que van diplomáticos, que es una cosa que en cualquier país es un delito que te cagas; en tiempo de paz, y en tiempo de guerra. Suceso, el traslado de la embajada, para el cual, en un edificio cercano, se habían colocado dos ametralladoras que batían el jardín de entrada; y que fueron obviamente colocadas por la autoridad republicana en Madrid, puesto que es ley de vida que quien retira, es porque puede retirar. Y si puede retirar, es porque ha puesto. Además, mientras se producía este hecho puntual, en la cárcel Modelo de Moncloa entraban unos cuantos incontrolados que se llevaban por delante, sin juicio ni hostias, a quien les pareció que debían. Siendo esta actuación tan evidente para todo el mundo que las actas del cuerpo diplomático las recogen; son varios los libros de memorias que cuentan cómo el anarquista Melchor Rodríguez, en nombrado responsable de prisiones, tuvo que impedir una saca de presos pistola en mano; y hasta el franquismo, cuando montó su Causa General, encontró innúmeras fotos de los muertos. Que hemos de suponer pertenecerían a la colección privada de algún incontrolado.

En paralelo, diversas organizaciones políticas okupan edificios emblemáticos de Madrid, como el Círculo de Bellas Artes, y montan allí cárceles paralelas a las del Estado, donde detienen a quien se les pone en la punta del rabo (por ejemplo, el descendiente del Almirante de la Mar Océana) y se los llevan por delante comme il faut. La situación es tan desconocida, tan clandestina, tan incontrolada, que los gestores de esas checas emiten vales que circulan por la ciudad, y siguen circulando, al parecer sin que el gobierno se entere, puesto que nunca actuó contra ellos. Vales como el que preside este post. Que, por cierto, ya que estamos aquí, os propongo una adivinanza. ¿Qué diríais que ocupa el envés del vale?

a) Un retrato de Durruti.
b) Un consejo alimenticio.
c) Una consigna anarquista.
d) Una llamada al alistamiento.

Quien quiera más datos sobre las sacas, que sepa que en este blog ya hemos escrito sobre ello.



Como decía, yo no aprecio nada malo, todo lo contrario, en defender a Garzón. Pero no hay por qué retorcerle el brazo a la Historia para hacerlo. Sin embargo, hasta cierto punto es lógico, pues todos estos posicionamientos, probablemente, son el resultado de un movimiento, el de la memoria histórica, que se basa un poco en esto. Se basa en imponer una interpretación historiográfica que en parte está por hacer (por eso el fiscal dice eso de que la actual investigación duda de esto o de aquello). La reacción del fiscal es, literalmente, el producto de lo que hay.

Durante este juicio hemos asistido a una extraña confusión de conceptos. Al menos por lo que yo he podido oír en la radio más que ver en la tele, parece que al juicio han ido testigos que son parientes de personas asesinadas en la guerra o durante el franquismo que reclaman poder desenterrar a sus muertos y darles adecuada sepultura. Lo que pasa es que, cuando menos en mi conocimiento, lo que pretendía Garzón era investigar los crímenes, esto es, derivar un culpable, y castigarlo. A mi modo de ver, son dos cosas distintas. Están relacionadas, pero no son la misma cosa. Si una persona sabe por la razón que sea que su abuelo fue injustamente fusilado en Rusia estando con la División Azul, tiene lógica que intente, en la medida que pueda, encontrar su tumba; pero que se dirija a Vladimir Putin exigiéndole que persiga a los que apretaron el gatillo, como digo, es otra cosa.

El fondo de la cuestión, tal y como yo lo veo, es la amnistía del 77. Una amnistía que no le gustó a nadie, pero que plugo a todos. Los libros son muchos. Por recomendar uno, voy a recomendar el de Francisco Candel, Un charnego en el Senado: Esplugas de Llobregat, Plaza y Janés, 1980; que tiene un capítulo entero dedicado a la amnistía. En uno de los párrafos, cuenta cómo un parlamentario socialista se levanta para recordar que, si votan a favor, estarán amnistiando a quienes han cometido desafueros sobre aquéllos que les perdonan; y un parlamentario de derechas, almirante para más señas, apostilla desde una bancada escondida: «Y Paracuellos»... Ante este panorama, Candel, que no era precisamente un facha (senador de la Entesa del Progrés, con personajes como Mosén Xirinachs), afirma (página 98) que «yo, al final, ya solamente deseo el borrón y cuenta nueva a todos los niveles, y a recomenzar de nuevo con unos esquemas justos y racionales».

En foros de internet, y teta a teta, le he dicho varias veces a quienes, desde la juventud, defienden la iniciativa de Garzón, si no les parece que es una falta de respeto a esas personas. Al senador Prats, a Justo Martínez Amutio, también senador; a Justino de Azcárate. A las personas que ocuparon sitial en aquellas primeras Cortes democráticas habiendo sufrido en sus carnes el mordisco de la represión o del exilio y, aun así, decidieron transar para lograr un futuro. Muchas de las personas que ahora declaran apoyando a Garzón para que pueda aclarar las circunstancias del asesinato de sus parientes tuvieron edad para votar a todos estos representantes parlamentarios que votaron la amnistía; algunos de ellos, con seguridad, les votaron.

Al paso del tiempo, lo importante de las guerras es no repetirlas, porque las guerras son sucesos tan dramáticos, tan jodidos, que jamás se puede aspirar a la reparación de todos sus daños. El otro día leía en un foro de Historia estadounidense que el arqueo que hace la historiografía de los combatientes estadounidenses cuya existencia se disolvió tras las líneas rusas y de los que nunca se volvió a saber nada, es espeluznante. ¿Sería justo buscar a los responsables de sus muertes, que cabe adivinar atroces? Por supuesto. ¿Es practicable? La verdad es que no.

Si ponemos el contador de las culpas a cero, Franco saldrá perdiendo; y, desde luego, bien que se lo merece, porque el franquismo es, mutatis mutandis, el conjunto de unas 350.000 cabronadas de la peor laya. Pero quienes tanto ambicionan ese proceso deberían pensar que, tal vez, su amada II República se puede dejar más de dos, y más de tres, plumas en el proceso. Porque algún día, cuando se vayan repasando las víctimas, se acabará llegando, un suponer, a la persona de Agapito García Atadell (un señor al que un falangista peligroso -por lo visto- como el cineasta Luis Buñuel acusa, negro sobre blanco, de violar a las mujeres de los hombres que paseaba). O de los asesinos de Palenciana. O del Cojo de Málaga (bueno, éste no, que lo mataron los republicanos...). Y a ver quién es el guapo que pide reparación moral para estos hijos de la gran puta.

Y, de paso, nos convence de que sus acciones fueron «hechos puntuales».