lunes, febrero 13, 2012

El marxista naïf (9)


En coherencia con lo que acabo de escribir, en realidad el golpe de Pinochet empezó semanas, si no meses, atrás. La derecha había presionado en el Congreso para lograr sacar adelante la Ley 17.798 de Control de Armas, a la que Allende no se supo oponer. Ordenó una actitud contemporizadora durante la fase parlamentaria que no le sirvió de nada y, cuando finalmente fue aprobada, en un gesto como poco inelegante, decidió vetarla. Sin embargo, ni eso le sirvió, pues el veto llegó al Congreso fuera de plazo y tan plagado de errores formales y legales que no pudo ser admitido a trámite. La anécdota quizás ilustra el intensísimo debate que se produjo en el Palacio de la Moneda; y la más que probable tesis de que Allende se resistió hasta el último minuto a dar su veto a torcer. No se olvide, a este respecto, que el médico de Valparaíso vivía básicamente convencido de que su actitud respecto de los militares le había granjeado su apoyo; lo que lo convertía en un moderno Casares Quiroga, convencido de que no habría golpe.

Esta ley daba amplias potestades a los militares para reprimir la posesión de armas por particulares, potestades que éstos utilizaron en toda su amplitud. Es por eso que en Chile hay muertos del golpe de Estado antes del golpe de Estado.

El 4 de agosto, un trabajador de la Industria Lanera Austral, Manuel González Bustamante, de 27 años, cae muerto por una ráfaga de ametralladora en el curso de un allanamiento practicado por fuerzas militares en aplicación de la ley de control. La peor noticia para la izquierda es que la operación fue coordinada por el general Manuel Torres Ruiz quien, apenas unas semanas antes, era hostigado en las calles de Santiago por los ultraderechistas a causa de su comprensión hacia el gobierno de la Unidad Popular. El día 5, mientras González fallecía en el hospital, moría en el Hospital Regional de Temuco Robinson Gutiérrez, obrero ferroviario, que había sido hallado malherido dos días antes. Gutiérrez formaba parte de una guardia obrera que vigilaba el puente recién reconstruido, pues había sido volado días antes por elementos ultraderechistas que apoyaban el paro de camioneros.

La ultraderecha tuvo en esos días la humorada de distribuir por las calles de Santiago un folleto que advertía de la inminente producción de un «golpe de Estado comunista con la ayuda de las Fuerzas Armadas».

El 25 de julio, en un clima casi de guerra civil, los camioneros van de nuevo a la huelga. El 17 de junio ha renunciado el general del Aire César Ruiz Danyau, ministro de Transportes, ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo. El gobierno reacciona a la movilización nombrando algo así como comisionado para la huelga al subsecretario del departamento, Jaime Faivovich, que comienza por requisar los camiones de los huelguistas. Sólo en la granja de Hugo Gálvez, un ex ministro de Alessandri, aparecen 760 vehículos escondidos.

El 9 de agosto, Allende forma lo que llamó «gabinete de seguridad nacional» y Ruiz Danyau vuelve a Transportes. Otra prueba de que el presidente no ve de qué manera están evolucionando los militares. El ministro limpia su ministerio de civiles y pone trabas a las requisas de camiones, así como a la ocupación estatal de las distribuidoras de combustible. Lejos del plan del gobierno, que incluía escoltar a los camioneros para protegerlos de los frecuentes atentados, el ministro se reúne con los líderes gremiales en su propia casa. Los camioneros reclaman: sobre todo, el cese de Faivovich. El 18 de agosto, el general dimite de nuevo.

Salvador Allende y el general César Ruiz se tuteaban.

El 18 de agosto hay un conato de golpe militar, pero los generales detienen los movimientos de los aviones que se dirigen de Santiago a Concepción: no quieren dar el golpe hasta que el general Prats esté completamente apartado, para no dar la oportunidad a militar alguno de elegir el bando contrario.




El 21 de agosto, una multitudinaria manifestación de mujeres, esposas de militares de diversas graduaciones con inclusión de las más altas, se agolpa frente a la casa del general Prats, exigiéndole que dimita. Un solo militar se presentará después a pedirle perdón al general por la actitud de su esposa; gesto que no le impedirá, semanas después, ser ministro de Pinochet.

El 22 de agosto, patotas ultraizquierdistas y ultraderechistas combaten en la calle, tapizada con pasquines exigiéndole a Allende que renuncie o que se pegue un tiro.

El 23 de agosto, desde muchos puntos de vista, cae Allende: el general Carlos Prats dimite. Eñ 28 de agosto, dimite el gobierno en pleno.

El 4 de septiembre, el centro de Santiago es testigo de una imponente manifestación allendista. Es el tercer aniversario del triunfo de la Unidad Popular.  Esa misma noche, el ejército allana más de una decena de fábricas, en busca de armas. El día 5, a duras penas consigue Allende convencer al almirante Raúl Montero que permanezca como comandante en jefe de la Marina; el estamento militar le presiona para que renuncie y deje su lugar al almirante José Toribio Merino.

El 6 de septiembre, el general Pinochet hace pública una nota en la que advierte a la población que no realice provocaciones al ejército «ya que tales actos podrían tener graves consecuencias en virtud de las órdenes dadas a la tropa».

El 7 de septiembre (¡el 7 de septiembre!) Allende informa a sus colaboradores más cercanos de que el ejército está contra él (el ejército que, en ese momento, hace diez meses que ha ordenado deponerlo). Los líderes de izquierdas todavía creen en la existencia de un golpe, apoyado por el Ejército de Tierra, para imponer a Eduardo Frei en la presidencia, pero sin acabar con el régimen democrático. Según ellos, Marina y Aire son los sostenes del golpe fascista y antidemocrático.

El 8 de septiembre (¡el 8 de septiembre!), esto es tres años y cuatro días después de haber ganado las elecciones a la presidencia, Allende plantea a su equipo la posibilidad de convocar un plebiscito sobre la transición al socialismo. Esta iniciativa, de haberse llevado a cabo, habría abierto un boquete en la Historia (el comunismo ha llegado al poder a través de la guerra o el golpismo; nunca ha sido impuesto por un referendo), pero es de suponer que hasta Allende, nada más ver la composición del Congreso, nada más ver los resultados de las elecciones de marzo, las mejores de toda su vida, se daría cuenta de que tal consulta la perdería. A mayor abundamiento, ese mismo día Eduardo Frei hace unas declaraciones en la prensa internacional en las que afirma que Chile está en peligro de guerra civil, porque «quienes controlan el poder están decididos a pasar por encima de cualquier consideración para imponer sus ideas, aunque la mayoría del país las rechace». Frase muy, muy importante, medida. Obsérvese que en ella no figura la expresión gobierno, ni Unidad Popular, ni siquiera presidente Allende. Enigmáticamente, Frei se refiere a los que controlan el poder, en plural.

El 9 de septiembre, la DC propone la renuncia de Allende, simultánea a la de todos los parlamentarios, y convocatoria de elecciones. El movimiento se interpreta como una intentona de la democracia cristiana más izquierdista, buscando evitar la pura reivindicación de su derecha (que Allende se vaya) y proponiendo, de alguna manera, el plebiscito del presidente, pero de una forma más ordenada y legal. Ciertamente, si esas elecciones se hubiesen celebrado, todo el mundo las habría considerado un plebiscito al allendismo.

La policía gubernamental informa al presidente de que el golpe de Estado será el lunes. Allende se reúne en su casa de la calle Tomás Moro (premonitorio) con Carlos Altamirano, el portavoz de la izquierda irredenta. Se ha escrito que la discusión acabó con unos berridos que harían imposible escuchar a los tres tenores que estuviesen cantando en la habitación de al lado. Tengo por mí que Allende, sin tener personalmente deseos de transar con los militares, estaba dispuesto a tragarse ese sapo. En la sostenella y no enmendalla del gobierno, Allende se lleva más de una torta que debería impactar en el metafórico rostro de Carlos Altamirano, el Luis Araquistain de la tragedia chilena.

El día 10, desde el Palacio de la Moneda, se filtra la idea plebiscitaria de Allende. La Democracia Cristiana anuncia una macromanifestación ese fin de semana para reclamar aumentos de salarios del 100%, para equilibrar el coste de la vida, desbocado. Una manifestación de mujeres, frente al Ministerio de Defensa, corea: «Fuerzas Armadas al poder, te lo pide la mujer…»

Ya es demasiado tarde. El resto está contado en otro sitio.