martes, febrero 07, 2012

Confesiones de un empollón

Mi nota media en el bachillerato fue de 9,8. Perdí dos décimas por el inglés. Tengo colgado de la pared de mi despacho el diploma por el que la Universidad de Cambridge me acredita como Certificate of Proficiency in English, y jamás he recibido ni un minuto de clase de inglés fuera de los términos municipales de Madrid o de La Coruña. El día que Franco murió, 20 de noviembre de 1975, me puse muy contento; ganaba tres días para terminar un trabajo que tenía que entregar sobre Dante Alighieri, que todavía conservo y que tiene 36 páginas escritas a máquina. Tenía 13 años.

El ministro de Educación y Cultura, José Ignacio Wert, ha dicho hace poco, al parecer, que el problema de España empezó el día que en clase nos empezamos a cachondear del empollón. La verdad, en sentido estricto no puedo apoyarle. Durante mis años colegiales, yo no me sentí discriminado ni apartado. Nací con ambliopía y con un ojo izquierdo que no servía ni para partir nueces y que, de aquella, en los primeros años de mi vida, estaba pegado a la nariz, como si en la napia hubiese un imán. Sufrí muchísimo más por ser bizco que por ser estudioso. Y eso sólo pasó, además, en los primeros años de colegio.

Yo no tengo conciencia de que alguien haya pasado de mí por ser empollón. Sí tenía la sensación, que los años adultos han confirmado, de que algunos de mis compañeros de colegio se retraían de hablarme porque pensaban que yo era algo raro. Y no se equivocaban, porque es cierto que los empollones somos algo raros; en mi defensa diré que yo también pensaba de ellos que eran raros, pues me parecía, y me sigue pareciendo, que alguien que se sabe de memoria las características de varias decenas de modelos de motos, muy normal no es. Pero, en todo caso, los empollones somos raros. O muy raros, como los de Big Bang. Ahora que lo pienso, Sheldon también es un fanático de los videojuegos. Vete a saber si es un síntoma.

Pero hay una parte del discurso de Wert que sí que es verdad. El español medio puede que no pase de los empollones o puede que, simplememente, se deje llevar por una inercia doble (él pasa del empollón y/o el empollón pasa de él). Pero pasa, definitivamente, de intentar ser un empollón.

Desde mi punto de vista empollón, el gran problema del español, y supongo que será un problema bastante universal, es el «yo no sirvo para estudiar». Uno puede decir que no sirve para hacer rappel porque tiene un vértigo que te cagas; es un obstáculo objetivo y, doy fe, insalvable. Pero uno no puede decir que no sirve para estudiar si nunca lo ha intentado, o nunca se ha cruzado con alguien que verdaderamente lo motive a hacerlo, o si vive en un hogar donde los progenitores valoran más la capacidad de tocar veinte veces con el pie un balón sin que se caiga que la capacidad de memorizar las coaliciones antinapoleónicas.

El problema de intentar ser empollón es que requiere sacrificio. Por eso la mayoría de los empollones lo son por diferentes grados de obligación; en mi caso, por ejemplo, tenía que ganar una beca, y las consecuencias de no ganarla eran altamente indeseables. La mayoría de los empollones que he conocido en mi vida (que son bastantes pues, como dice el refrán castellano, culos conocidos, de lejos se dan silbos) hubieran deseado poder estudiar menos, pero había causas diversas que se lo impedían o les aconsejaban la autocensura. Empollar es sacrificar una parte de la vida, y eso es algo que sólo se empieza a hacer si hay alguien, o algo, que te obliga. Así pues, el primer problema de la falta de empollones en España no está en los estudiantes, sino, first and foremost, en sus padres.

Mi experiencia me dice que hay, o había, dos tipos de padres enfrascados en la labor de enderezar a sus hijos como estudiantes, a hostia limpia si hacía falta. Una categoría eran los padres altamente exitosos, con elevados niveles de vida que, sin embargo, no se debían a abultadas herencias sino a su valía personal. Aquí caben empresarios y, sobre todo, profesionales liberales: abogados, arquitectos. Muchos de ellos, conscientes de que si su hijo se relajaba se exponía a un descenso brutal en su nivel de vida, los atizaban para que estudiasen como habían estudiado ellos.

La otra categoría de padres motivadores estaba formada por los extremadamente humildes, a menudo de escasa educación, que veían en la formación de su hijo, que de forma más o menos cómoda ellos podían pagar, una puerta para el ascenso o la consolidación social.

Entre ambos; entre el profesional brillante y el hombre sin educación pero con ambiciones, se sitúa una amplia masa gris de la sociedad española que es eso mismo: gris. Y no le importa legarle a sus hijos sus grisáceos puntos de vista, según los cuales no es la vida la que se acomoda al esfuerzo, sino el esfuerzo el que se acomoda a la vida. Se trata de padres, y madres claro, que se dicen y se repiten que trabajan muchas horas (sus padres, por lo visto, se tocaban los cojones a dos manos; y no digamos sus madres, amas de casa 18 horas al día, 365 días por año) y que por eso no pueden estar detrás de sus hijos. Se acomodan en eso de que hoy en día los maestros no motivan y no tienen ni puta idea (hecho que, demasiadas veces, es, además, verdad) y entran en una especie de espiral inercial, un «no se puede hacer nada» que, en realidad, quiere decir «no me sale de los huevos hacer algo». Los más sinceros de entre ellos dicen: «yo no pegaba ni sellos y no me ha ido tan mal»; que es como decir: «yo estuve una vez cerca de un león y no me atacó»: Ya, machiño; pero los leones muerden. Las más de las veces.

Luego está, claro, la personalidad del propio estudiante. El adolescente es un animal grupal; hasta tal punto que casi se le podría educar con sólo ver los deuvedés de El encantador de perros. La adolescencia es una etapa de la vida tristemente magnificada por quienes, hace cosa de 40 años, descubrieron el enorme filón de consumo (propio e inducido) que suponen los adolescentes y, por el camino de incitarlos a comprar de todo, los mitificaron a ellos y a su etapa de la vida. Hace algunos siglos, un adolescente no era nadie. Sus padres no les consultaban para nada, hasta el punto de que si tu padre decía que te harías aprendiz de carpintero y resulta que no eras hábil con las manos, lo que te tocaba era ajo y agua. El hombre en formación era considerado alguien sin albedrío y cuya función principal era obedecer. Aquello, desde luego, no estaba bien. Pero la vuelta de la tortilla, por la cual seres que no distinguen el Marca del Fedón deciden sobre más del 90% de su vida por sí mismos, no está mucho mejor.

Al adolescente grupal lo que más le preocupa es ser aceptado por el grupo. Y en el seno del grupo, lo importante es no distanciarse. El adolescente (hombre) fuma si los otros fuman, bebe porque los demás beben, pronuncia constantemente palabras como polla, chocho, polvo, mamada o encular porque sabe que de él se espera tal cosa, y estudiaría si los demás estudiasen. Lo que pasa es que el mundo no es El Club de los Poetas Muertos. Basta que uno solo de los miembros del grupo haya decidido que no vale para estudiar (léase que no quiere intentarlo) para que el resto de la manada vire a sotavento y adopte dicha actitud como su aptitud. A partir de ese momento, cada medio punto por encima de 6 se paga caro. El grupo ha apostado por una de las más seculares engañifas del alma española: mal de muchos, consuelo de tontos.

Hay una parte de esta filosofía que es lógica. Un ser humano de 14 años ha vivido unos 160 meses de vida, de los cuales se ha enterado a medias de unos 50. Así pues, hundir un mes de su vida en el fango de no salir y quedarse a estudiar en casa porque hay exámenes supone tirar a la basura un 1% de su vida. Eso es como pedirme a mí que me encierre a estudiar seis meses enteros y, la verdad, mucho me costaría, sobre todo si fuese un esfuerzo gratis et amore, como de hecho los estudiantes de colegio e instituto conciben el suyo. Otra vez, nos cruzamos con la importante, eterna, figura del padre. A él, a ella, le compete virar esa visión, explicar que las cosas no son así; y, al fin y a la postre, si aun así el cabestro no comprende y se obstina en amurcar contra la puerta de casa para irse de botellón, imponerle el esfuerzo que no está dispuesto a arrostrar por convicción. Son los padres los que deben ejercer esta labor porque el maestro no puede; cuanto más procure el maestro destacar al alumno para retribuirlo, más hará para perderlo, porque más lo apartará del grupo.

Los empollones son una amenaza porque el estudiante preuniversitario es un profesional cuyo oficio consiste en aprobar exámenes; no en aprender: en aprobar exámenes. El empollón es una clara amenaza porque, con su actitud, demuestra que se puede hacer mucho más que aprobar exámenes. Altius, citius, fortius. El empollón llega más lejos y, éste es el temor de la masa grupal, le demuestra al maestro que puede pedir más (reflexión estúpida donde las haya; si hay alguien que conoce bien las posibilidades de una mente púber, ése es el maestro). Y es en este punto en el que la moderna pedagogía, egalitaria e integradora, le ha puesto las cosas muy complicadas a los estudiosos. El profesor acomodaticio, que por las razones que sean llega a la escuela como Pedro Picapiedra, fichando al entrar y empezando inmediatamente a soñar con el momento en que fichará la salida, yabba dabba du, se alía, lo quiera o no, lo perciba o no, lo pretenda o no, con el enorme grupo gris. De una forma más o menos denotada, comienza a destilar pasotismo hacia el empollón; comienza, primero a permitir, después, directamente, a celebrar, las bromas contra el empollón, porque en el fondo son las suyas. Quizá es que él, también, cuando era joven, entendía que la vida hay que buscarla en el fondo de una botella marrón de zumo de lúpulo. O quizá es que, simplemente, está desmotivado, y la visión de un estudiante motivado, de una forma u otra, le jode.

Si las aulas se llenan, como yo me temo que se han llenado, de maestros acomodaticios, o de maestros que realmente creen que no hay que destacar al brillante porque eso sería como tratar de retrasados a los demás, el empollón pierde apoyo por el último flanco que lo esperaría. Es como si un día te cruzaras con el Papa y el tipo fuese y te abriese la cabeza golpeándote con un cáliz.

De todas formas, yo no sé, cuando Wert dice lo que dice, en qué momento está pensando; pero lo cierto es que lo que denuncia es un defecto secular. Yo siempre he pensado, y algún que otro soplamocos me he ganado por decirlo en voz alta, que España tiene la desgracia, repito, la desgracia, de ser la cuna de la literatura picaresca. Sí, ya sé que las novelas picarescas son la leche de bonitas, auténticas joyas literarias. Pero es obvio que la picaresca sólo puede nacer en una sociedad que la tenga asumida, que la tenga embebida en su forma de ser. Y que una sociedad permita, ampare, protega y celebre al pícaro es una muy mala noticia.

Seamos claros: el pícaro, las más de las veces, es un hijo de puta. Un tipo que acaba obteniendo un beneficio para el que ni ha trabajado ni ha hecho el más mínimo mérito. Es más: lo más normal es que haya caminado, y mucho, en la dirección exactamente contraria.

La literatura picaresca, por lo tanto, consiste en disfrutar, en reírse, en celebrar el espectáculo de un hijo de puta siendo un hijo de puta. 

Hace mucho tiempo que no veo cine español; pero cuando lo veía, veía comedias, porque la experiencia me dice que los directores de cine españoles, ejem, no conciben el drama como yo lo concibo (por ejemplo: para muchos directores españoles, las palabras drama y ritmo son antónimos). En esas comedias, sistemáticamente, aparecía siempre un personaje, algún personaje, que representaba al pícaro. El típico pollo que es un jeta y un vago, pero que a base de labia y de algún que otro subterfugio, acaba llevándose el gato al agua. Llevamos así 600 años. Llevamos 600 años presuponiendo que el pollo que trabaja, que se esfuerza, que incluso se encierra en una vida monótona y complicada (el hombre que, en palabras de Santos Discépolo, labura/día a día como un buey), es un hombre mezquino, miserable, avaro, probablemente machista y meapilas que, consecuentemente, merece ser embargado en todo o parte de lo que consigue por ese héroe anti-héroe tan español que es el pavo que no trabaja o trabaja lo justo, que trapichea, que se escaquea, que engaña y que tima. ¿Cómo no vamos a burlarnos de los empollones, si ése es el concepto que tenemos de la Spanish way of life?

Philip Roth, uno de los mejores escritores vivos en mi opinión, escribió una novela, la Pastoral Americana, reivindicando esta figura. La figura del burgués que llega a los cincuenta y tantos con el espinazo doblado de tanto cargar fardos, el ojo del culo como la boca del metro de Sol de tanto aguantar mamonadas, y la garganta insensibilizada a base de desayunarse sapos. Una parte importante de la vida es eso: trabajo de muladar, penetraciones anales no queridas y deglución de batracios. Pero el alma española siempre está buscando atajos que le eviten eso; y cada uno que lo consigue, aunque sea a base de engañar y meterle a otros el codo en el ojo, es sacado en hombros de la plaza y celebrado como un héroe.

Todo se reduce, ni más, ni menos, a una discusión sobre qué modelo queremos presentarle a los españoles por hacer. Los mensajes subliminales siguen siendo, hoy, los mismos que en los tiempos del Lazarillo. Uno se sienta delante del televisor a ver Aida y aprende que los empollones son humanos cercanos a la definición de extraterrestre, o mariquitas bienintencionados; y que la definición de tener éxito es entrar en la casa de Gran Hermano.

Pero que nadie se preocupe, que estamos ante la generación mejor preparada de la Historia de España. Cosa que volveremos a decir en la siguiente generación; en realidad, diremos lo que haya que decir, con tal de no tener que reconocer dos cosas: una, que hay un problema; dos, que ese problema, simple y llanamente, somos nosotros.