El huevo Káiser
Las veleidades del serranismo
El príncipe se pone burro en Viena
Los Borbones parias
Francia, siempre Francia
La variante inglesa
Enredados en la sotana
Manifiesto y grito
La reconciliación con el monspensierismo
El convenio de Cannes, y su fracaso
La alternativa carlista
La Gorda como problema
Un imbécil destapa la Gürtel de la reina
Las tribulaciones económicas de la no-Corona
De Salamanca a Cuba
El enigma Serrano
La monarquía española, en riesgo de olvido
La solución, militar, por supuesto
La jugada de Salamanca era puto sibilina. Él decía haberle pagado los millones de reales a Antonio Ramos de Meneses; ya sabéis, el asesor de Francisco de Asís raro, raro, raro, que pudo incluso terminar amancebado con una cigarrera. Isabel, venciendo su repugnancia, se puso en contacto con su consorte, quien le vino a contestar: anda que si ese tipo me hubiese pagado a mí ese pastón, estaría yo cenando judías verdes redondas. En enero de 1874, Salamanca, acorralado por Salaverría y José Velasco Dueñas, otro financiero del entorno isabelino, acabó por reconocer que aquella deuda seguía viva; pero que las muertas eran sus finanzas, así pues no podía pagar. El hombre que introdujo en España el crédito hipotecario ahora estaba engullido por los acreedores hipotecarios, que, como todo abogado listo sabe, son los acreedores más despiadados del mundo, porque saben de dónde pueden cobrar.