viernes, mayo 27, 2011
La «normalidad» del 36: epílogo
miércoles, mayo 25, 2011
La «normalidad» del 36: coda
En la calle Velázquez buscan a Gil Robles en su casa, pero no lo encuentran porque no está (otros testimonios dicen que la visita fallida a Robles la hace otra camioneta). Entonces siguen unas manzanas más arriba, hasta el chaflán del número 89 donde vive otro diputado de las derechas, José Calvo Sotelo. Entran en su casa de madrugada. Le informan de que debe acompañarlos para ser interrogado en la Dirección General de Seguridad. Calvo Sotelo protesta. Su mujer entra en un ataque de nervios. Los policías realizan una especie de registro en el despacho del diputado, en el curso de la cual se cargan una banderita de España que tenía encima de la mesa. Calvo Sotelo dice que va a llamar a la DGS. Victoriano Cuenca, que es por cierto un civil y no tiene autoridad para hacer algo así, arranca el teléfono para que no pueda hacerlo. La situación es tensa pero, cuando Condés le informa a Sotelo de que es miembro de la Benemérita, el diputado se aviene a ir con él. Sale al balcón y pregunta a los escoltas, que están en el portal, si la camioneta y sus ocupantes son de verdad agentes del orden. Finalmente, y frente a la oposición firme de su mujer, se aviene a ir con ellos. Tranquiliza a su esposa. Le dice que no se preocupe, que la llamará pronto, «a no ser», añade lúgubremente, «que estos señores me maten».
Muy probablemente, Calvo Sotelo sabía que iban a matarlo. Fernando Condés tuvo que identificarse como guardia civil, puesto que iba de paisano; pero Condés no tenía el carné reglamentario, pues había sido rehabilitado días atrás y aún no se lo habían dado. Así pues, toda la identificación que pudo enseñarle a Calvo Sotelo fue una copia del boletín oficial con su nombramiento; por lo tanto, es prácticamente imposible que el diputado del Bloque Nacional no fuese consciente de que Condés era uno de los guardias civiles revolucionarios, apartados del cuerpo por su participación en el golpe revolucionario del 34 y rehabilitados tras la victoria del Frente Popular.
Hay testimonios de que en la camioneta 17, sentado en la fila de asientos de enmedio entre dos policías, Sotelo no paraba de hablar y quejarse del atropello del que estaba siendo objeto; la actitud típica del hombre desesperado. Quizá se imaginó a sí mismo contra la tapia del cementerio, recibiendo una ensalada de tiros. Pero no hay nada de eso. Victoriano Cuenca, que está sentado detrás de él, y cuando la camioneta está aún en la calle Velázquez, le dispara dos tiros en la nuca, mortales de necesidad.
Pero eso es lo que se sabe. Son más las cosas que no se saben. La principal de ellas: ¿fue la muerte de Calvo Sotelo una muerte organizada?
Hay argumentos para todos los gustos. En primer lugar, porque no era el primer objetivo. En segundo lugar, porque uno de los indicios manejados por algunos historiadores, el extraño cambio de su escolta días antes del atentado, tampoco cuadra del todo. Es cierto que, días antes del asesinato, se cambió la escolta del ministro, ante lo cual él protestó airadamente, y que tras la llegada del franquismo se afirmó que esos escoltas suplentes habían sido conminados a cargarse a Calvo Sotelo o colaborar en su asesinato. Si eso fuese cierto, ¿cómo es posible que uno de esos dos escoltas, Rodolfo Serrano de la Parte, tuviese simpatías por las derechas?
Otros testimonios, como el del guardia de Asalto Aniceto Castro Piñeiro, que fue de la partida, nos dicen que la camioneta 17 partió de Pontejos después de unas y antes que otras; que sus integrantes fueron designados al azar; y que se les entregó una orden escrita. Lo que pasa es que dicho testimonio bien puede ser exculpatorio. Si Castro participó en una acción para cargarse a un diputado, es lógico que, a toro pasado, y puesto que no pocos de los protagonistas de la movida murieron poco tiempo después que Calvo Sotelo, al principio de la guerra, declarase que si estaba allí era por sorteo, y que todo se hizo legal. Además, aún siendo cierto lo que cuenta, aún cabe la posibilidad de que no todos los integrantes de la camioneta estuviesen en el secreto de lo que iban a hacer. Una vez hecho, a los demás les habría sido muy difícil oponerse, o denunciarlos. Pero, de todas formas, es un hecho que en la noche del 12 al 13 de julio, de Pontejos salieron varias camionetas con órdenes para practicar detenciones.
Otro elemento inquietante de la historia es la presencia de Condés. Teniente de la guardia civil, en 1934 decide algo tan increíble como alzarse contra su propio cuerpo, de modo y forma que es el alma del plan para atacar el Parque de Automovilismo del cuerpo en Madrid, donde de hecho estaba destinado. Como el golpe de Estado revolucionario del 34 fue un fracaso total en Madrid, tuvo que esconderse, pero el 16 de octubre, para sorpresa de todos que lo suponían huyendo, se entrega y arrostra las consecuencias de su acción revolucionaria. En febrero de 1935, es condenado por un consejo de guerra a cadena perpetua en el castillo de San Julián, en Cartagena.
El 23 de febrero del 36, tras la victoria del Frente Popular, sale libre por la puerta del castillo tras lo cual, de forma quizá un tanto inexplicable, remueve Roma con Santiago para recuperar su empleo en la Guardia Civil. El 1 de julio fue readmitido, y el 2 ascendido a capitán. Los historiadores de la guardia civil destacan el hecho inusual de que el preceptivo informe del mando, previo a nombramiento y ascenso, fue redactado el mismo día del segundo y que, de hecho, el general Pozas lo revisó cuando la decisión ya había sido tomada y publicada. Había, pues, mucha prisa por volver a vestir a Condés de verde.
No existe ningún trazo, entre el 2 y el 12 de julio, de que Condés ingresase en ningún servicio concreto. Lo cual quiere decir que la noche del 12 es un capitán sin mando que, sin embargo, y con la extraña aquiescencia del oficial que está controlando la salida de las camionetas de Pontejos, teniente Andrés León Lupión, todo el mundo en el vehículo 17 asuma que él es el jefe. Es decir: teóricamente, nos encontramos ante algo tan normal como que un cuerpo policial es convocado para hacer unos servicios rutinarios (detenciones, registros...); pero, sin embargo, uno de estos grupos es colocado bajo el mando de un capitán de otro cuerpo que, además, no tiene destino, es un capitán sin mando. ¿Algún policía o guardia civil entre el público que nos pueda decir si esto es normal?
Más aún: ¿y Cuenca? Victoriano Cuenca, panadero de profesión, se había ganado la vida de guardaespaldas del presidente cubano Machado y, en aquel momento, lo era de Indalecio Prieto. No era ni policía, ni guardia civil, ni leche que le fundara. ¿Quién lo colocó detrás de Calvo Sotelo? ¿Hacia dónde estaban mirando sus compañeros de asiento que le dejaron hacer, no uno, sino dos disparos en su nuca? ¿No nos dice este detalle que, de alguna manera, Cuenca ostentaba algún tipo de autoridad, algún tipo de mando, sobre los agentes? ¿Acaso el hecho de que fuese una de las tres personas que subió a casa del diputado a hacer el registro no abona esta tesis? Pero si es así, ¿qué tipo de autoridad, y quién se la había otorgado?
Se dice que Casares se entrevistó, aquella noche, con destacados policías marxistas, como Condés. Es difícil de creer, teniendo en cuenta que estaba en una recepción diplomática. Sí parece, sin embargo, que Condés estuvo, junto con el también marxista teniente Moreno y José del Rey, guardia de Asalto de la misma cuerda que sobreviviviría a la guerra y acabaría declarando sobre este asunto (y en esos momentos guardaespaldas de Margarita Nelken), en el despacho de Alonso Mallol, director general de Seguridad. Fueron, lógicamente, calentitos con la noticia del asesinato de Castillo, cuyo cadáver, aquella noche, aún estaba caliente. Fue Mallol, probablemente, el que ordenó la redada a la cual salieron las camionetas.
Al domicilio de Calvo Sotelo sólo subirán tres integrantes de la partida: Condés, Cuenca y Del Rey. Los tres más significados políticamente, pues, y dos de ellos (Condés y Cuenca) técnicamente carentes de toda autoridad, máxime si han de hacerla ejercer frente a un aforado.
Existen varios testimonios de que, ya en la calle, cuando el diputado sube a la camioneta, Condés duda en hacerlo, ante lo cual Calvo Sotelo protesta, afirmando que si el guardia civil no le acompaña «me tienen ustedes que matar aquí mismo». Como digo, que esto ocurrió es casi incontrovertible, y este detalle abona la teoría de que no hubo premeditación en la acción. Si Condés no quiere ir en la camioneta es porque ha terminado su misión; pero si su misión ha terminado, ésta sólo puede ser detener a Calvo Sotelo, no matarlo.
Ni Fernando Condés, capitán de madera sin mando en plaza; ni Victoriano Cuenca, pistolero de fortuna al servicio de la revolución, fueron jamás detenidos, ni siquiera un minuto de sus vidas, por la muerte del diputado de la nación José Calvo Sotelo.
Prieto contó, a finales de los cincuenta, que Fernando Condés le confesó que sus órdenes (¿de quién?) eran practicar la detención de Calvo Sotelo, que no sabía que lo iban a matar, y que iba a suicidarse por el deshonor en el que había incurrido, pero que el político socialista le convenció de no hacerlo. Esta versión cuadraría con la pronta muerte de Condés nada más empezar la guerra. Pero no cuadra con otras cosas. Si tan alto concepto del honor tenía, ¿por qué no, simple y llanamente, confesó, aunque sólo fuese por escrito y ante la posteridad? Más claro aún. Supongamos que el asesinato es un calentón de Cuenca, como hemos dicho. Si tan respetuoso era Condés de los acendrados valores de la disciplina castrense y policial, y puesto que parece fuera de toda duda que tenía mando en aquella camioneta, ¿por qué no llega Victoriano Cuenca detenido a Pontejos? ¿Acaso no le habría sido más fácil a Condés, amén de más coherente con su supuesto honor, subir a Cuenca esposado al despacho de Burillo y dejarle a él el marrón de liberarlo si quería?
Se anuncia también el nombramiento de dos jueces y la práctica de muchas detenciones; la verdad del asunto es, más bien, que a esas horas del día, medio Madrid sabe ya hasta la marca de gayumbos que llevaban los ocupantes de la camioneta 17, algunos de los cuales, sin embargo, proseguirán limpios de polvo y paja tras esa supuesta ola de detenciones.
El mismo día 13 por la tarde, socialistas, comunistas y dirigentes de la JSU se reúnen y deciden armarse para contrarrestar la reacción esperable, además de pedir al gobierno la ilegalización de los partidos derechistas; propuesta, ésta última, que es, como poco, curiosa. La ETA mata a un general del Ejército de Tierra y, por lo visto, la reacción lógica es... disolver el Ejército de Tierra. Indalecio Prieto, que antes de que el gallo cante tres veces llenará en México páginas y páginas tratando de demostrar que Calimero nunca ha roto un plato y que siempre fue más bueno que las pesetas, preside la comisión que se va a ver al ministro para proponerle estas exigencias intolerables para el momento.
Las Cortes suspenden sus sesiones dada la crispación existente. Pero el 15 la Comisión Permanente debe reunirse para prorrogar el estado de alarma, que lleva vigente, ojo al dato, desde las elecciones de febrero.
Triste coincidencia. Los días 15 y 16 de julio de 1936, por primera vez en mucho tiempo, nadie muere en España como consecuencia de atentados políticos o sindicales. Como dicen en mi tierra: tarde piaches.
El pastor alavés
Enhorabuena a los premiados, pues.
martes, mayo 24, 2011
Ejercicio de agudeza visual
Debo pedir perdón por la mala calidad de esta foto. Está tomada con el móvil.
La imagen proviene de un libro que a finales del siglo XIX estaba presente en muchas casas pudientes francesas. Se trata de La Tierra a vuelo de pájaro, una encliclopedia en un tomo, descriptiva de los diferentes lugares y pueblos del mundo, que escribió el famoso geógrafo Eliseo Reclus. El libro aún no tiene fotografías puesto que presenta grabados; aunque algunos de estos grabados, según nos dicen los pies de las ilustraciones, están ya tomados de fotos.
Uno de los grabadores que colaboraron con la publicación fue Gustave Doré, buen conocido de España por haberla visitado personalmente, y que está estrechamente ligado a El Quijote de
Cervantes. Doré, en efecto, realizó diversas obras de ambiente español.
El grabado de la foto figura en la introducción del libro, y en el pie de foto se nos dice que Doré reprodujo en el mismo a dos pastores españoles, padre e hijo. Es, pues, una foto de nuestro remoto abuelo.
La pregunta que os dejo es: ¿seríais capaces de adivinar en qué provincia de España tomó Doré este retrato? Es una lotería, lo sé. Pero, bueno, lo mismo entretiene un rato pensar en ello.
lunes, mayo 23, 2011
Las encrucijadas del 22-M
La encrucijada de Zapatero. El presidente del Gobierno tiene su propia encrucijada, que no es, necesariamente, la del partido. Ahora, Zapatero tiene, teóricamente, dos caminos posibles. Puede escuchar el clamor de sus votantes, que claramente lo han castigado por ser poco de izquierdas. O puede escuchar los consejos, sino algo peor, por parte de los grandes gobiernos del mundo y sobre todo de Europa, que le están reclamando, cada vez más, una profundización en las reformas de la economía española, mucho más ambiciosas que las hasta ahora iniciadas o anunciadas.
Quizá lo único que tenga claro, o que tendría yo de ser él, es la decisión de no adelantar las elecciones. Un adelanto electoral sería catastrófico para él. Hoy por hoy, el PSOE puede alcanzar en unas generales un resultado que haría pasar a Zapatero como el líder más nefasto de su Historia; y esto es algo que alguien como el presidente, que siempre ha soñado con pasar a la Historia (como, por ejemplo, el hombre acabó con ETA), no podría soportar. Además, un adelanto electoral hoy se las pondría al PP como a Fernando VII: en los cien primeros días de gobierno se monta un plan de austeridad de la pitri mitri y se le echa la culpa al que acaba de irse. Quien piense que Zapatero puede irse ahora y dejarle «el marrón» de la economía al PP, que se fije en la actitud del gobierno Mas en la Generalitat.
La pregunta es: la primera opción, es decir recuperar el tono de izquierdas, ¿existe realmente? ¿O quizás, dejó de existir en mayo del año pasado, cuando el señor Jintao llamó a Zapatero y le dijo tu pone olden tu economía o yo polculizo a ti con miemblo de bisonte?
La encrucijada del PSOE. Para bien o para mal, el PSOE ha seguido a su líder en este viaje, con el agravante de que dar ahora marcha atrás y dárselas de progre le va a ser especialmente difícil por causa del movimiento 15-M que es, claramente, mucho más atractivo para quienes se sienten progresistas. Por eso, creo que lo primero que va a intentar el PSOE en las próximas semanas va a ser hacerle una OPA al 15-M, ofrecerle una fusión por absorción aprovechando que, hermano, ambos hemos salido de la misma matriz proletaria.
Se van a multiplicar los guiños a la Puerta del Sol, en la calle y aquí en la red. El próximo argumentario del PSOE, ya lo apuntó Zapatero en su creo que última entrevista en la SER antes de las votaciones, será: sí, he dicho lo contrario hasta ahora para no acojonar, pero estamos al borde de la intervención. Me lo ha dicho Merkel, y el moreno, y el Jintao, y su repostera madre también me lo ha dicho. Estamos al borde del abismo y yo, colegas, estoy haciendo lo posible para que no caigamos definitivamente en el Lado Oscuro Liberal. Sauron nos vigila y no veais lo que tira; pero yo sigo llevando el anillo. Eso sí, es carga pesada, y tenéis que ayudarme. ¿Apestamos los socialistas? Como nos caigamos en el barro del FMI, ya vais a ver lo que es apestar, machos.
Y de todo esto, por cierto, la culpa la tienen los orcos.
Joaquín Almunia trató de huir hacia adelante cuando vio que Ansar iba a llevarse las elecciones metiendo menos de medio glande, y pactó una entente con Izquierda Unida. Ahora, probablemente, el PSOE intentará lo mismo, lo que pasa es que intentará puentear a IU (cuyos resultados ayer no son como para pensar que sea un partner con demasiadas madalenas en el zurrón) para pactar con los que ahora mismo molan.
Otra encrucijada importante para el PSOE es aprender a vivir, cuanto antes, con la idea de que no tiene suelo. Aquí siempre se ha hablado del techo de la derecha. Por dos veces (años 2000 y 2011), el PP ha demostrado que ese techo lo tenía Fraga, no la derecha. Ahora, en el 2011, se ha demostrado que el PSOE, contra lo que siempre se había pensado, no tiene suelo; que puede caer más bajo de lo imaginado. Ahora el PSOE tiene por delante la labor de demostrar que ese no-suelo no es cosa suya, sino de Zapatero.
La encrucijada del PP. Los populares tienen que saber que lo que ha pasado el 22-M es que el PP tiró un penalty, chutó demasiado a la derecha de la portería pero, inexplicablemente, el portero, camarada Zapatero, se lanzó hacia ese lado, atrapó la bola en el aire, y luego la empujó dentro de la portería. Poco ha conseguido el PP ayer en términos de votos nuevos; lo que pasa es que como el PSOE se ha quedado con dos de pipas, parece lo que no es.
No tiene el PP que saber administrar su victoria. Tiene que entender, más bien, que no ha ganado tanto como parece. Esto ha sido así por razones tres: una, porque la estrategia de Rajoy de no dar ni los buenos días durante dos años ha tenido, claro, la consecuencia de que nadie le pueda reprochar ninguna mala idea (ni buena); dos, porque uno de los dos grandes hechos de la campaña, Bildu, le ha favorecido claramente ante su electorado fiel e indeciso (y le va a seguir favoreciendo); tres, porque el otro hecho, el 15-M, es inocuo para ellos. Es una guerra en la que los populares no tienen nada que ver... de momento (véase la encrucijada del PSOE).
Ahora, el PP gobierna en la mayor parte de España. Está, pues, en la encrucijada de qué hacer en materia económica, pues una parte no desdeñable de la política económica, sobre todo la de gasto, está en sus manos. Una de sus posibles estrategias es la que podríamos denominar estrategia Mas, puesto que es la que se ha aplicado en el Gobierno catalán: aplicarle a la ciudadanía a toda hostia la purga de Benito para poder echarle la culpa al anterior. Todo el mundo sabe que de todo lo malo ocurrido en los cien primeros días de gobierno tiene la culpa el gobernante anterior. A partir del día 101, sin embargo, el nuevo gobernante ha de asumir que las culpas son suyas. Así pues, el PP debería sacar a pasear las miserias de los presupuestos que gestiona por primera vez. Pero eso, ojo, es incompatible con la estrategia de low profile que el partido se ha dado al máximo nivel. ¿Cuál de las dos ganará?
La encrucijada del movimiento 15-M. Si los de la DRY quieren sobrevivir, tendrán que aprender a hacer política. Ayer salieron sobradamente derrotados ante la ciudadanía, por mucho que ahora se hagan cuentas en las que sumando abstencionistas, votos en blanco, nulos, peras, manzanas y escubidubidúas, se nos pretenda convencer de que el peso del 15-M fue abrumador en las municipales. Tener peso en unas elecciones es mucho más que cuadrar una hoja de cálculo. Es un problema de sensaciones, y ayer fueron cienes y cienes los colegios electorales sobre los cuales el 15-M sobrevoló más o menos lo mismo que el miedo a los vampiros.
Cometió el movimiento el mismo error que Franco. Franco también llenó una plaza, la de Oriente, de apasionados partidarios, en los albores del otoño de 1975; y creyó, y con él todo el Régimen, que todo el monte era orgasmo. La manifestación del millón, la llamó la prensa afecta, haciéndose la ilusión vana de que en la plaza de Oriente cupiese un millón de personas. El pasado viernes en la noche, a pesar de ser día grande para la captación de visitantes más o menos mediopensionistas y de mediar la teórica amenaza de disolución policial, sólo el PP, y sólo en el Palacio de los Deportes, juntó tanta o más gente que la acampada de Sol.
Hace una semana del inicio, y sigue sin haber un programa estatuido, coherente, jerarquizado (esto irrenunciable, esto posible, esto bla) y ampliamente conocido. En mi caso, confieso que hace ya tiempo que he pasado de buscarlo; a mí, que me lo traigan, porque no tengo porque darle un tratamiento especial a nadie; y los demás me lo traen. El movimiento se ha masturbado en asamblearismos utópicos (España no es la Atenas ática; para bien, y para mal), portavoces de sí mismos, el pecado de la negación (en política, además de decir no, hay que decir sí) y un romanticismo que quedará bien para las fotos que algún día verán los nietos de los acampados (si es que les interesa verlas, claro), pero es ineficiente para un movimiento que pretende cambiar las cosas.
Tiene tres destinos posibles el 15-M: el primero, una alianza estratégica política, en la cual todo lo que puede hacer es perder, desaparecer, diluirse en la escisión de la escisión de la escisión. El segundo, avanzar en la definición de sí mismo y dejar claro qué es lo que considera que debe cambiar, y cómo; punto éste en el que no todo lo que se ha visto merece la pena, como ocurre con la propuesta de expropiar las viviendas que no se venden (y, ¿por qué no expropiar los yogures que no se venden, y los coches que no se venden, y los libros que no se leen?). Tercero, seguir como está hasta que, dentro de n días, sólo queden en Sol veinte irreductibles que, el día que sean desalojados, merecerán dos o tres líneas en algún que otro periódico, y un puñado de twitteos. Haga lo que haga, ya tarda. Ha llegado la hora de dejar de caer simpático, y empezar a resultar interesante. Sigo diciendo que el 15-M del martes o miércoles pasado era un movimiento muy interesante, porque pedía muy pocas cosas pero a las pocas cosas que pedía les otorgaba un tono de irrenunciabilidad que hacía pensar en un cambio. Luego, a mi modo de ver, se perdió marxistamente, es decir contaminado por sus propias contradicciones. Ahora mismo, para el futuro de DRY, cada minuto cuenta.
sábado, mayo 21, 2011
Antiguos velos
jueves, mayo 19, 2011
15-M y M-68
Razón 1: Contra lo que pueda parecer, el Mayo del 68 no es recordado por las famosas consignas, entre geniales y lerdas, de aquel movimiento. Todo aquello de «prohibido prohibir» (que anda que los herederos del 68 le han hecho mucho caso) o «seamos realistas, pidamos lo imposible», y bla. Mayo del 68 se recuerda porque fue un órdago en toda regla al estatus político vigente en aquel momento (que siguió vigente después, y lo sigue ahora en gran parte). Pero ese órdago no lo plantearon los estudiantes con sus eslóganes hippies y cantando Blowing in the wind, sino líderes y grupos de izquierda absolutamente organizados (especialmente el trotskismo que orbitaba alrededor de Alain Krivine); y, sobre todo, se produjo desde el momento en que el movimiento estudiantil se convirtió en un movimiento estudiantil-sindical.
Si Mayo del 68 fue tan importante no fue por parar las clases en Nanterre, sino por parar la Renault. Esto es bastante evidente por el hecho de que, desde el momento en que los sindicatos llegan a un acuerdo con el gobierno (a espaldas de los estudiantes), el globito se pincha a marchas aceleradas.
¿Puede devenir el 15-M en un movimiento sindico-estudiantil? Hombre, como poder, puede; pero para que sea así, antes las asambleas de la Puerta del Sol tienen que decidir exactamente lo contrario de lo que defienden ahora mismo, en el punto y hora que los sindicatos (que, que yo sepa, no han aparecido por Sol; todo un síntoma) son, para los acampados, parte del problema que denuncian. En este aspecto, pues, Mayo del 68 y el 15-M se parecen, al menos de momento, como un huevo a una castaña.
Razón 2: Mayo del 68 tenía una ideología. Es posible que no la tuviese en su inicio, que son los momentos en los que más se parecen a lo vivido hasta ahora en España. La movida parisina comienza por la formación de un grupo contra la guerra de Vietnam (ambos movimientos comparten, pues, la tendencia pacifista) y reivindicaciones puramente estudiantiles. Cuando el ministro de Educación francés visita, creo recordar que en marzo, una de las facultades donde el M-68 está comenzando a fraguarse, y se encuentra con un portavoz de los estudiantes llamado Daniel Cohn-Bendit, éste le espeta, como principal reivindicación, una que no tiene nada que ver ni con la pobreza, ni con la democracia, ni con casi nada: los estudiantes están cabreados porque en los colegios mayores no se pueden llevar personas del otro sexo a la habitación.
Pero eso fue en marzo y Mayo del 68, como su propio nombre indica, ocurrió en mayo. En esos dos meses, el movimiento se impregna de una decidida ideología de alternativa al modo de vida, y al modo político, burgués. Es, mal que le pese a Cohn-Bendit, un movimiento de hondas raíces marxistas (lo cual no quiere decir soviéticas; si a algún comunismo «oficial» se parece M-68, es al maoísmo).
Así pues, el movimiento del 68 tenía una ideología, mientras que el 15-M pretende, creo yo, no tenerla. Ayer ví en la tele como tres o cuatro entrevistas con portavoces del movimiento. Todos ellos dijeron, más o menos: «Lo que yo reivindico es Bla y Bla y Blabla. Pero hay otra gente». Valientes portavoces que sólo hablan de lo que quieren ellos mismos, pero, en fin, es lo que hay. Mis amigos más cercanos al movimiento me insisten: la plantaforma reivindicativa más o menos unificada llegará. Yo siento disentir con ellos. A mí me parece que las plataformas reivindicativas deben ser previas a la movilización. En esto, sí es verdad, 15-M y M-68 se parecen un poco. Lo cual, a mi modo de ver, no es ninguna buena noticia, porque viene a decir que el 15-M es una revolución altamente manipulable, como lo fue, de hecho, la parisina.
Tener una ideología le permitió a M-68 poder convertirse en un conflicto obrero, es decir presentar reivindicaciones concretas en el ámbito económico (aunque esto también fue su perdición: una vez resueltas estas reivindicaciones, a tomar por saco el movimiento). El sustrato del pensamiento económico del 15-M, si no me he liado con las [por cierto, escasísimas] declaraciones que he visto, es el movimiento antiglobalización. Los antiglobi llevan años montándola acá y acullá, con diferentes grados de violencia, pero nunca, que yo sepa, han expresado qué es lo que harían si mañana llegase la ONU y les regalase un país para que lo gobernasen. Yo, cuando menos, sé lo que no quieren, pero no sé lo que quieren. Por ejemplo, eliminar el principal eje de la globalización, que es el libre movimiento de capitales, ahogaría la financiación de muchos países en desarrollo, que no pueden aspirar a financiarse en su propia moneda. De momento, aún no he conseguido averiguar cómo se formula en la teoría antiglobalización una solución para este problema.
Razón 3: Mayo del 68 tenía un enemigo. Un enemigo que ocupaba el palacio del Elíseo. El 15-M dice que tiene mil enemigos (todos los políticos, los medios de comunicación, los herederos de Torrebruno...) y, si algún día llega a escoger uno, visto el perfil ideológico de la mayoría de sus activos participantes, elegiría al Partido Popular. O sea, problema, porque es que resulta que, en este caso, De Gaulle no está en el Elíseo, sino en la oposición.
Razón 4: Mayo del 68 es un movimiento que respira Guerra Fría. Sin ese componente en el aire, habría muerto. El sustrato de la revolución parisina, habilísimamente utilizado por las organizaciones a la izquierda del PCF y por supuesto del socialismo, es la existencia de una alternativa y de un enemigo en términos ideológicos, que es el sistema liberal capitalista. El 15-M parece tener claro el mismo enemigo, y escribo parece tener porque, de momento y en mi nivel de información, peca del mismo pecado que su sustrato antiglobalización, esto es carecer de una alternativa como tal estatuida y, paradójicamente, se limita a manejar como propios argumentos construidos precisamente por ésos contra los que va, es decir los políticos. Pues, que yo sepa, el mantra ése de que la culpa de todo la tienen los mercados no se inventó en la biblioteca de un cotolengo carmelita.
Otra comparación que ha surgido es la comparación con las revueltas en el mundo musulmán. Ésta segunda me parece, sinceramente, repugnante, y si yo tuviese algún poder de opinión, recomendaría a todo aquél que sienta la tentación de echar mano de ella que se lo pensase dos veces.
Un español de veinte años que abre su portátil y se conecta a Facebook hoy, puede cagarse en la madre de cualquier miembro del Gobierno. Puede redactar un escrito solicitando del presidente del Congreso que expulse del hemiciclo a los diputados del partido que no le guste, y presentarlo en el registro del Congreso. Puede salir a la calle y gritar que Zapatero debe dimitir, o que debe seguir. Y, sobre todo, puede votar.
Un sirio de veinte años que va a una manifa se está jugando que le revienten la cabeza con munición de guerra.
Ésos son los términos de la comparación.
Con todo, a mí lo que más me atrae o ilusiona del movimiento es la posibilidad de que abra un portín a las reformas del sistema que lo hagan más participativo. Creo que el 15-M estaría plenamente justificado con sólo conseguir una reforma del sistema electoral, que en mi opinión debería migrar a un sistema a la americana, es decir distritos electorales pequeños, listas abiertas, y el personal a votar a un candidato, no a 37. O una reforma de la financiación de los partidos políticos. O una reforma del reglamento del Congreso que impida que el control al gobierno sea un control teledirigido y que, sobre todo, el Gobierno conoce con antelación.
Habrá que esperar, en todo caso, a esa plataforma reivindicativa que, según me dicen quienes saben de esto, va a llegar.
Y una coda: por muy atractivas que sean las movidas, por muy excitante que sea la perspectiva de pasar una noche al raso con los colegas en el kilómetro cero, hay una cosa que comparten los activistas del 15-M, los estomatólogos licenciados en Zaragoza, los blogueros que escriben sin acentos y el cardenal Rouco Varela: todos ellos, por muy distintos que sean unos de otros, están sometidos al imperio de la ley. No se puede ir por la vida pidiendo democracia efectiva y acto seguido vulnerar la ley en nombre de dicho principio, pues en ese caso se está negando lo que se defiende.
España tiene una ley democrática, votada por los españoles, que dice que las 24 horas antes de unas elecciones no se pueden celebrar actos de índole política. Así pues, el sábado, a casa. La profundización de la democracia no puede comenzar por socavar los principios que informan la que ya existe.
martes, mayo 17, 2011
La "normalidad" del 36 (15: ¿que narices puedo poner para ser original?)
El mismo día 16 que se celebra el debate parlamentario, hay 100.000 trabajadores en huelga sólo en Madrid. En varias provincias agrícolas, la quema de cosechas ha acabado con la práctica totalidad de ellas. En Cádiz se declara la huelga general y el pan debe ser elaborado por el Ejército. El día 18, la CNT llama a una huelga de dependientes de comercio que deja los mostradores de toda España sin servir. Ese mismo día dos falangistas, José Luis Obregón Siurana y Luis Cabañes Abarca, son asesinados. Más muertos de junio: uno en Valladolid, otro en Albacete, otro en Orihuela (Alicante), y un último en Sevilla, en el curso del asalto a un almacén de cereales. El día veinte estallan en Madrid once bombas. Once.
Se muere el comandante Pedro Romero, instructor de las milicias izquierdistas. A su entierro va al presidente del Gobierno, cuatro ministros y varios generales; frente al féretro desfilan las milicias comunistas, en un acto castrentoide bastante extraño a los ojos del presente.
Jesús Hernández, en el congreso del Partido Comunista madrileño, perpetra esta perla: «Bien cerca de nuestros Pirineos, en la Francia de 1879, los trabajadores franceses cargaban carretas de nobles para llevarlos a la guillotina. Hay que deplorar que la República española no haya cargado todavía ninguna carreta de nobles». Años después, cuando se cayese del guindo estalinista, Hernández engrosaría la fila de plañideras que escribirían páginas y páginas sobre sus burradas como dando la impresión de que quien las había cometido fue otra persona. La verdad es que Hernández, por mucho que se arrepintiese después, fue un dedicado recadero moscovita. Él mismo confiesa en sus memorias que estuvo a punto de matar a Prieto, antes de la llegada de la República. Su momento dulce llegó con la guerra civil, cuando, junto con Vicente Uribe, copó la cuota comunista en los gobiernos republicanos y, desde allí, se dedicó a trabajar por la dirección comunista de la guerra. Suyo es el discurso de Valencia en el que desgranó un florilegio de dicterios contra Largo Caballero, que sirvieron para echarlo del gobierno cuando se enfrentó con los comunistas (echó al embajador soviético en España, Rosemberg, de su despacho). Luego, como digo, le daría por hacer repaso crítico de su pasado; una benicarlada más.
El 23 de junio, es cosa archisabida, Franco le dirige su famosa carta al presidente Casares. La carta de Franco es, antes que cualquier otra cosa y dijese lo que dijese la propaganda franquista, una carta corporativa. Lo primero de lo que se queja Franco en la misiva es de la reincorporación al Ejército de militares implicados en la chorrada del 34 en Cataluña, la eliminación de la antigüedad como elemento para el ascenso y su sustitución por dosis crecientes de arbitrio ministerial. Cierto es que los políticos se quedan solos cuando se trata de nombrar ejecutivos, sean ellos magistrados del Tribunal Contitucional, consejeros de RTVE o lo que se tercie; pero, la verdad, yo nunca he entendido muy bien la prelación de la antigüedad en el Ejército. Un idiota de la vida de 55 años no deja de ser bastante más idiota que él mismo con 30 años. Pero aquí lo importante, a mi modo de ver, es que lo primero de lo que Franco quiere hablarle al presidente no es del caos, sino de la falta de orden en los ascensos. También protesta, justo es reconocerlo, por conflictos como el de Alcalá de Henares; pero lo hace en un segundo plano.
Hace la carta profesión de respeto constitucional castrense pero, acto seguido, y como buen gallego, plantea las cosas de modo y forma que lo primero dicho no tenga, en realidad, importancia alguna: «La falta de dignidad y justicia de los poderes públicos en la Administración del Ejército en 1917 hizo surgir las Juntas Militares de Defensa. Hoy podría decirse, virtualmente, que las Juntas Militares están formadas». Una vez más, no nos encontramos con un discurso basado en el clima de violencia, sino en la ausencia de una adecuada administración de lo militar. Una vez más, pues, el mensaje es corporativo.
Cabe preguntarse por qué escribió Franco a Casares aquella carta. Cuando el general era el jefe del Estado, y puesto que la historiografía oficial iba de demostrar que sus pedos olían a rosas, se trató esta carta como un signo de fidelidad constitucional hasta el último segundo que, lamentablemente, fue traicionada por la deriva de la República y, sobre todo, por el asesinato de Calvo Sotelo. Una teoría bastante endeble, pues a finales de junio ya está Mola dándose de cabezazos contra el difícil muro tradicionalista y, por lo demás, lleva ya muy adelantados los planes para el alzamiento, que de hecho tiene ya fechas tentativas.
Desde un punto de vista antifranquista, por otro lado, se puede pensar que la carta de Franco es la típica carta nenaza del que quiere ponerle una vela a Dios y otra al Diablo. De quien sabe que es pieza fundamental en el golpe de Estado, que su prestigio militar le es muy necesario a los conspiradores; pero que, al mismo tiempo, quiere quedar bien con el gobierno de la República por si acaba siendo el vencedor de la movida, como de hecho lo fue, puesto que si los nacionales ganaron la guerra civil, el ganador del golpe de Estado del 18 de julio es, sin duda alguna, el Gobierno. Franco, que algo sabía de estrategia, bien podría tener la mosca detrás de la oreja.
Yo, personalmente, me decanto por otra teoría. Una teoría que creo consistente con la personalidad de Franco, un tipo que tenía muchos defectos, pero que contaba con una de las principales virtudes de los líderes políticos: un sentido especialmente desarrollado para la gestión de los tiempos. Esto es algo que pretendo explicar en la próxima serie que quisiera escribir, dedicada a cómo escaló Franco hasta el poder omnímodo en la España nacional, y cómo lo conservó; pero baste con formular hoy que esta maestría en la gestión de los tiempos es un cornerstone de su estrategia. En junio de 1936, es mi teoría, Franco sabe que van a pasar muchas cosas, y muy deprisa. A mi modo de ver, y esto es algo desde luego muy discutible porque son muchos los que lo discuten, las fidelidades del general están absolutamente claras. Franco piensa, probablemente mucho antes de junio del 36, probablemente ya desde las desilusionantes respuestas que le da Portela Valladares a sus admoniciones, que ya sólo hay una salida para la situación. A mi modo de ver, la carta a Casares es una pequeña cortina de humo.
¿Sabe Franco, en el momento de escribir esta carta, que más o menos desde mediados de abril, cuando muchos de los militares obrantes en el entierro del alférez De los Reyes comenzaron a ser trasladados, el general Mola controla la Unión Militar Española y cuenta con una actitud, si no comprensiva, al menos no abiertamente contraria, de Falange? Sería difícil decir que no. Y hay otro factor importante. La propuesta que yo le hago a mis lectores es que lean la carta de Franco a Casares colocándola junto a las admoniciones remitidas a Portela meses antes. Si las neuronas del lector emiten en la misma onda que las mías, observará algo que no tiene mucho sentido. En febrero del 36, la obsesión de Franco es convencer al presidente del gobierno de que hay un intento comunista por hacerse con el poder, que la calle es un caos, y que hay que hacer algo para defender el orden. Cuatro meses después, su obsesión es el desorden interno en el ejército, la resurrección de las Juntas Militares a través de la UME, y los desplantes sociales al Ejército. De haber una lógica en ambas argumentaciones, debieran haber ido en orden inverso. Si en febrero del 36 había un peligro en la calle, en junio, después de centenares de muertos, incendios, asaltos, etc., ese peligro se había multiplicado por sí mismo. A mi modo de ver, pues, la carta de Franco tiene un punto absurdo que hace que haya que pensar que fue redactada por motivos más o menos laberínticos.
¿Qué pretende Franco con la carta? ¿Ir de acusica? Sostener esa teoría es propio de un guionista histórico de televisión; con ello quiero decir que es una chorrada. Cuando uno le quiere contar al presidente del Gobierno que la Brunete va a bombardear la Cibeles mañana por la mañana, no le manda una carta. Franco, a mi modo de ver pues, no quería ganar puntos ante el Gobierno; más bien creo que quería añadir presión a su manera, extremadamente prudencial. Mi teoría es que Franco, en junio del 36, no es que no esté decidido a unirse al golpe, como se ha dicho y escrito alguna que otra vez; de lo que no está convencido es de que el golpe vaya a tener éxito. Pero, estratégicamente hablando, está comprometido con el movimiento y, por ello, le escribe la carta a Casares Quiroga.
Porque yo le veo una utilidad a la carta: desviar el punto de mira de Casares. Meticulosamente estudiada para no hacerla aparecer como una amenaza relacionada con el clima de violencia en la calle, quizá hizo que el primer ministro retirase parte de su mirada del capitán general de Canarias. Por dos veces en los dos últimos meses antes del golpe de Estado llamó Casares al teniente coronel Yagüe a Madrid, probablemente para pulsar lo que más le preocupaba: el ambiente en el ejército africano. Por este detalle podemos apuntar la idea de que, tal vez, Casares se equivocó. Recordad el consejo de Michael Corleone: ten cerca a tus amigos, pero más cerca aún a tus enemigos. Si Casares quería tener cerca a Yagüe, al que, como teniente coronel que era, podía haber enviado sin problema de agregado militar a la embajada de España en Indonesia, es porque le temía. Si esto es cierto, entonces hemos de concluir que si no llamó a Franco, es porque no le temía.
Probablemente, Casares pensaba que controlando a Yagüe, controlaba al ejército de África. No se dio cuenta de que quien, realmente, mecía la cuna de las harkas era el enano de Canarias; el tipo que le había escrito aquella carta. Si a eso unimos el famoso episodio de la visita de Alonso Mallol a Pamplona, con la intención de pillar a Mola, y que éste conocía de antemano por un comisario local (haber sido director general de Seguridad tiene estas gavelas), podemos entender por qué a Casares le montaron un golpe de Estado en sus mismas narices, un golpe del que muchos le avisaron, sin que él lo creyese nunca. Bueno, claro, hay un tercer factor, para qué negarlo. Casares, como Azaña, sólo se escuchaba a sí mismo.
El 1 de julio, un socialista llamado Diego Robledo sale de la Casa del Pueblo de Huelva cuando es acribillado hasta morir. En La Coruña, en esos días, los izquierdistas paran un autobús, obligan a todos los viajeros a bajar, localizan a los hermanos derechistas José y Francisco Freire Caamaño, y los matan a tiros. De paso que disparan, ya van y se cargan a una señora que estaba por ahí, demasiado cerca de los cerdos fascistas.
En el Congreso, Calvo Sotelo califica los partidos políticos de «cofradías cloróticas de contertulios». Se informa a los señores lectores de que por cloróticas quiso decir, probablemente, anémicas.
Bilbao y Burgos se unen a la huelga de la construcción. Dos falangistas, Claudio Fernández y Juan Martínez Pichardo, son asesinados; uno en Ciudad Real, y el otro en Villanueva de San Juan. En Villarrubia de los Ojos, Ciudad Real, la guardia municipal se dirige a la casa de un falangista local para deternerlo, pero no lo encuentran. Discuten con el padre y, como el viejo se pone bravo, se lo apiolan. Es lo que tiene no darle la razón a los municipales.
El día 3, el Gobierno dicta un laudo para terminar con la huelga de la construcción en Madrid: cuarenta horas semanales, aumento de salarios y vacaciones pagadas. La UGT responde que sí. La CNT responde haciendo estallar cuatro bombas en las conducciones de agua de la ciudad.
En Atarfe, Granada, un cachondo mental hace una lista con todos los izquierdistas importantes del pueblo y los suscribe a El Ideal de Granada, periódico católico. A la recepción de los primeros ejemplares, se celebra una asamblea que decreta la huelga general. Las fábricas quedan desiertas, la siega se para en seco y el pueblo se queda sin pan ni alimentos.
En la calle Torrijos de Madrid, dos militantes del SEU falangista, Miguel Ariola y Jacobo Galán, toman sus colaciones en la terraza, cuando son tiroteados y muertos. Al día siguiente, un coche sigue a un grupo de izquierdistas que pasea por la calle Gravina y les saluda a balazos. Dos muertos y varios heridos. Horas después, en la madrugada, en la carretera de Carabanchel aparece el cadáver de Justo Serna Enamorado, teniente y militante de Falange, con setenta y tres puñaladas.
5 de julio. En Castrillón, Asturias, tirios y troyanos se encuentran, con resultado de dos muertos. En Madrid, un centenar de falangistas rodea el coche oficial del director general de Seguridad y saluda brazo en alto. Según denuncian los derechistas en las Cortes, para ese momento uno de cada dos trabajadores de Madrid está en huelga.
En Montalvo, Cuenca, una chica joven ve pasar a unos marxistas dando vivas a Rusia. Ella da un viva al fascio. Clin clin, negocio para la funeraria.
El 11 de julio alguien vuela el puente que une las provincias de Pontevedra y La Coruña (se ignora si la razón era que se trataba de un puente de derechas, o de izquierdas). En Valencia, cuatro falangistas asaltan, pistola en mano, la sede de Unión Radio, toman el micrófono y lanzan un saludo nacionalsindicalista a las ondas. El alcalde se presenta en la emisora y da una arenga. Se monta una manifa, durante la cual se destroza una cafetería. Los manifestantes tratan de asaltar un periódico de derechas, pero son repelidos por la guardia civil. Se desfogan quemando el centro patronal.
El 12 de julio son las famosas maniobras de Llano Amarillo. Me han contado mil veces la escena de Azaña presente en estas maniobras, repentinamente rodeado de militares gritando: «¡Café, café, cafë!» Sin embargo, Azaña no estuvo allí, que yo sepa. Pero algo hay. El general Gómez Maroto, comandante general de las fuerzas de África, anda mirando el cielo; es posible que alguien medio le contase que Franco iba a venir desde Canarias (como de hecho acabó yendo). Y está lo del café, que no es exactamente como muchas veces se cuenta. Por lo que yo he podido leer, durante el almuerzo terminadas las maniobras, muchos militares pedían café constantemente a los camareros, en medio de los platos, a destiempo. Obviamente, ese «¡café!» quería decir «Camarada, Arriba Falange Española». Pedir café en aquella comida, pues, equivalía a declarar: yo me sublevaré.
«Pues ya estamos para que nos fusilen», dicen que dijo, más o menos por esas fechas, don Manuel Azaña. Pero se equivocaba. Toda situación es susceptible de empeorar.
Faltaba, aun, la coda final.
domingo, mayo 15, 2011
La "normalidad" del 36 (14: ... y Calvo Sotelo)
El líder del Bloque Nacional no se muerde la lengua. Nada más comenzar su perorata, brama hacia los escaños del gobierno y de la izquierda: «Vosotros, vuestros partidos o vuestra propaganda insensata, han provocado el sesenta por ciento del promedio del desorden público, y de ahí que carezcáis de autoridad». En las últimas semanas, continúa más adelante, ha ocurrido además que el Frente Popular se ha roto, refiríendose a la postura de la CNT. A pesar de ser contestado por diputados de izquierda en el sentido de que la CNT nunca formó parte del Frente Popular, Calvo Sotelo insiste en que el millón de votos aportado por los anarquistas en febrero fue el que dio la victoria a las izquierdas; y, consecuentemente, puesto que ahora la CNT se ha separado de la coalición, ésta tiene apenas una representación minoritaria.
«Aquí», continúa el diputado, «hay diputados republicanos elegidos con votos marxistas. Diputados marxistas partidarios de la dictadura del proletariado y apóstoles del comunismo libertario; aquí y allí hay diputados con votos de gentes pertenecientes a la pequeña burguesía y a las profesionales liberales que a estas horas están arrepentidos de haberse equivocado el 16 de febrero al dar a sus votos el camino de perdición por donde nos lleva a todos el Frente Popular». Como se ve, la opción estratégica de Sotelo aquel 16 de junio es tratar de arrastrar a los políticos no obreristas fuera del Frente Popular, explotando la sensación de ahogo que sabe que sienten. Apenas unos días después de este debate, según recuerda Sánchez Albornoz, el propio Azaña apostilla un informe que le acaban de presentar sobre los conflictos de la calle con un lúgubre: «pues ya estamos listos para que nos fusilen». «Nos», sin duda, se refiere a los republicanos burgueses.
Distinguió en su discurso Calvo Sotelo dos tipos de desorden: el económico y el militar. El primero era causado, según él, por la lucha de clases, y el segundo por «la generación de un concepto democrático que arruina todo sentido de autoridad nacional». A su modo, un tanto simbólico, Calvo Sotelo elaboró en este punto del discurso una advertencia que parece bastante clara a la luz de los hechos: la inexistencia de autoridad es el fulminante que hará que los cuartos de banderas se alcen.
Frente al caos económico, Calvo Sotelo defiende un Estado integrador, administrador, dice, de justicia económica, sin capitalismo abusivo, sin salarios de hambre, sin «libertad anárquica» ni «destrucción criminal». Y, una vez que ha horneado el pastel, le pone la guinda: «a este Estado le llaman muchos Estado fascista. Pues si ese es el Estado fascista, yo, que participo de la idea de este Estado, yo que creo en él, me declaro fascista».
Contra lo que pueda parecer, la reacción que registra el diario de sesiones es más bien tibia. Los diputados de la izquierda, de hecho, se limitan a comentar, jocosamente, que la confesión del diputado no es ninguna novedad. Impertérrito, Calvo Sotelo continúa desarrollando su discurso, hablando ahora del principio de autoridad y del Ejército, contra el cuál, añade, se han producido recientemente ejemplos de desprecio intolerable. En un momento de su intervención realmente polémico, Calvo Sotelo afirma que no cree sinceramente que en España haya un solo militar dispuesto a alzarse a favor de la monarquía; pero la misma convicción guarda también para la idea de que «sería un loco el militar que no estuviera dispuesto a sublevarse a favor de España y en contra de la anarquía, si ésta se produjera». Esta frase provocó un broncón en las bancadas de la izquierda y una admonición del presidente: «no haga su señoría invitaciones que fuera de aquí puedan ser mal traducidas».
En una estrategia que no puede ser espontánea, Calvo Sotelo va de menos a más. Comienza con anécdotas de poca monta, como un problema surgido en Toledo con unos militares que asistían a un curso de gimnasia. Luego saca a pasear el asunto de Alcalá de Henares, que ya hemos visto terminó con el traslado de dos regimientos y un caso de grave insubordinación por parte de los mandos, y que provoca protestas mil entre los diputados del Frente Popular por lo que suponen las palabras de Sotelo de amparo parlamentario a un delito; y, finalmente, llega el diputado del Bloque Nacional al caso de Palenciana, donde un guardia civil, brama, «fue decapitado con una navaja cabritera».
Ahí se monta la mundial. Los diputados del FP se levantan de sus asientos y fremen. Acusan a Calvo Sotelo de mentiroso y aseveran que esa acusación es falsa. Entonces, Calvo Sotelo dice: «¿Que no es cierto que el guardia civil fue internado en la Casa del Pueblo y decapitado? El que niegue eso es....».
Las actas del pleno no recogen la expresión concreta, así pues tuvo que ser de hijo de puta para arriba. Por supuesto, el presidente le insta a retirar esas palabras, a lo que Calvo Sotelo se niega porque dice que sólo son su respuesta a una afirmación dicha por el diputado Carrillo (Santiago) de que su acusación había sido una canallada. En medio de un follón de mis demonios, Martínez Barrio da por retirados lo insultos de Calvo Sotelo, ante lo cual los diputados de la derecha exigen a gritos que se retiren los de Carrillo (el cual, por cierto, responde con más insultos). No es hasta que Martínez Barrio le reconviene al dirigente de las JSU su lenguage y da también por retirados sus insultos, que la cosa puede continuar.
Como puede verse, el mito es cierto: las Cortes republicanas son un dechado de prístina habilidad retórica y cortesía parlamentaria.
Termina Calvo Sotelo dirigiéndose directamente al presidente del Consejo de Ministros, Casares Quiroga. Ante las contestaciones de éste, un tanto sobradas, Calvo Sotelo se refiere al «estilo de improperio propio del antiguo señorito de La Coruña», lo cual inicia otro sub-debate en torno a la condición proletaria o altoburguesa del presidente del Gobierno.
Este rifirrafe final, con seguridad, influyó en la decisión de Casares, quien cambió de idea y, en lugar de esperar a la intervención de otros oradores como era su primera intención, decidió levantarse para contestar a Calvo Sotelo inmediatamente. Negó haber tomado medidas por imposición del Frente Popular, afirmación que queda elegante pero es poco creíble, porque no fueron, desde luego, las necesidades tácticas del Ejército español las que forzaron el traslado de los dos regimientos alcalaínos. Y después pronunció la que puede considerarse La Frase. La gran frase que ha pasado a la Historia, y que se produjo comentando las insinuaciones de golpismo realizadas anteriormente por el diputado de las derechas:
«Yo no quiero incidir en la falta que cometía su señoría, pero sí me es lícito decir que, después de lo que ha dicho su señoría ante el Parlamento, de cualquier cosa que pudiera ocurrir, que no ocurrirá, haré responsable ante el país a su señoría».
Después, el discurso de Casares se dedicó a quitarle importancia a los disturbios de la calle y a echar mano de un recurso bien conocido y, como decía anteriormente, en parte cierto: echarle la culpa al gobierno anterior, de otro color. Para Casares, lo que hacían las derechas criticando la anarquía de la calle era «examinar su propia obra»; más aún, culpó a los patronos de los excesos de los obreros.
En otras palabras: Calvo Sotelo, que en mi opinión algo sabía de los movimientos en los cuartos de banderas (pero no todo; de haber estado bien informado, sus asesinos no le habrían encontrado en casa y en bata, sino que se habría ausentado de su domicilio, como Gil Robles o Goicoechea), hizo un discurso destinado a enervar a los bancos de la izquierda y dirigido a quienes no estaban en el Parlamento. Calvo Sotelo intentó que su voz llegase hasta los cuarteles pues, probablemente, el 16 de junio ya estaba convencido de que la única salida a la situación era la iniciada el 18 de julio.
Por su parte, Casares Quiroga hizo algo que es bastante habitual en las izquierdas gobernantes, que es tratar de actuar como si fuesen oposición. Se olvidó de que, cuando uno es el que gobierna, en realidad el origen de los disturbios da igual; lo importante es que demuestre que está haciendo todo lo posible por sofocarlos y, en este sentido, su discurso se quedó retóricamente cojo (cosa que no debe extrañarnos, teniendo en cuenta la rampante mediocridad de su autor).
Después de Casares habló Dolores Ibárruri, como siempre sustantivando un compromiso de hierro con la verdad de las cosas. Habló, cómo no, de Asturias, y citó casos de revolucionarios que habían visto extirpados sus testículos, o de mujeres colgadas vivas, niños fusilados, madres obligadas a contemplar las sesiones de tortura en la persona de sus hijos, y hasta niños a los que se les habían saltado los ojos. Pasionaria, como digo, siempre en su mundo. Que yo sepa, jamás pidió la menor disculpa, ni la han pedido sus herederos, por soltar una sarta de mentiras tan grave en sede parlamentaria.
Entre las varias réplicas habló Calvo Sotelo de nuevo. Y lo hizo, entre otras cosas, para contestar a la apelación de Casares, con palabras multrirrepetidas en los libros de Historia:
«Yo tengo, señor Casares Quiroga, anchas espaldas. Su señoría es hombre fácil y pronto para el gesto de reto y las palabras de amenaza. Le he oído tres o cuatro discursos en mi vida, los tres o cuatro desde el banco azul, y en todos ha habido siempre la nota amenazadora. Pues bien, señor Casares Quiroga. Me doy por notificado de la amenaza de su señoría. Me ha convertido su señoría en sujeto y, por tanto, no sólo activo, sino pasivo, de las responsabilidades que pueden nacer de no sé qué hechos. Bien, señor Casares Quiroga. Lo repito: mis espaldas son anchas; yo acepto con gusto y no desdeño ni una de las responsabilidades que se puedan derivar de actos que yo realice, y las responsabilidades ajenas, si son para bien de mi patria y para gloria de España, las acepto también. ¡Pues no faltaba más!»
Mientras continuaba el debate, diputados de izquierdas redactaron una proposición incidental que fue la que finalmente se aprobó. En la misma se decía que no había lugar a votar la proposición presentada por las derechas (esto es: ni siquiera la derrotaron, sino que la dieron por no presentada) y añadían un voto de confianza en el Gobierno «para la realización del programa del Frente Popular».
La sesión de 16 de junio del 36 es histórica, aunque no por los motivos que habitualmente se han manejado. Teóricamente, es el momento, el franquismo dixit, en el que el gobierno del Frente Popular anunció su presunta intención de acabar con la vida de Calvo Sotelo. Es una teoría poco creíble. En primer lugar, en un parlamento en el que se habían escuchado amenazas de muerte tan simples como directas (así, la de José Díaz hacia Gil Robles), las palabras de Casares Quiroga se han querido intepretar como una amenaza, pero para mí que no lo fueron. Si analizamos la frase del sectario republicano gallego, creo que lo racional es sostener que la intención más probable de sus palabras era advertir a Calvo Sotelo de que si algún día los militares se alzaban, le consideraría como parte actora e impulsora de dicha conspiración; lo cual está muy lejos de definir lo que finalmente le pasó a Sotelo. A mi modo de ver, pues, las palabras de Casares Quiroga no tuvieron nada de proféticas ni fueron pronunciadas pensando, a un mes vista, en una acción de asesinato presuntamente ya decidida o discutida; entre otras cosas, porque dudo mucho de que a Casares le diese la neurona como para planificar ni el color de su calcetín derecho a un mes vista.
Lo importante de la sesión, por lo tanto, no está en la tan traída y llevada condena en avance de Calvo Sotelo, sino en el hecho en sí de que el Gobierno del Frente Popular, en las horas que duraron los debates, decidió taparse los ojos. Las izquierdas, en ese punto, ya sólo sabían decir dos cosas: en primer lugar, que los hechos denunciados eran falsos, como hicieron los diputados cordobeses con los hechos de Palenciana; a pesar de que, como con notable desparpajo les recordó Calvo Sotelo, en España la censura de prensa podía funcionar, pero no con ello había impedido que el asesinato de Palenciana fuese publicado en periódicos franceses, por lo que era de general conocimiento. La segunda cosa que dijeron las izquierdas era que la culpa era de sus enemigos. O sea: no había violencia y, si la había, era cosa de los patronos.
Manuel Azaña, en su repugnante, por lo autocomplaciente, Velada de Benicarló, abordará este mismo hecho a su manera, tratando de presentar a los gobernantes republicanos como pobres hojitas de pino arrastradas por la corriente violenta del río de las dos españas. Olvida Azaña en sus lacrimógenos repasos de lo que hizo y de lo que no hizo como gobernante que esas tiernas hojitas de pino fueron, en realidad, señores que tenían en su poder los resortes del Estado. Tenían, pues poderes que usaron cuando usaron, y no usaron cuando no usaron; y cuando no los usaron, los únicos responsables de ello, proveniesen los disturbios del egoísmo patronal, de la cabestrez anarcosindicalista o del terrorismo de camisa azul, fueron esos mismos gobernantes, que se quedaron tan tranquilos, en sus palcos de ópera, haciéndose pajas mentales a base de imaginar las grandes cosas que la Historia acabaría por decir de ellos.
El mensaje del 16 de junio no es: en España hay un caos. El mensaje es: en España hay un caos, y el Gobierno no está dispuesto a sofocarlo. Es más: está dispuesto a alentarlo, de palabra, obra o, sobre todo, omisión, cuando quienes alimenten la mala leche sean socios de su club. Por decirlo de otra manera, las izquierdas, el 16 de mayo, no le dieron al general Emilio Mola ni una sola razón, por pequeña que fuese, para romper sus instrucciones y cesar en los contactos que ya estaba desarrollando.
Las derechas, por su parte, se echaron al monte aquel día de junio. Quizás Gil Robles, que lo montó todo con su proposición, pensaba en tener un debate de acoso al Gobierno. Pero, tras pedir la palabra Calvo Sotelo, la cosa cambió. Las izquierdas no tienen un poco de razón en sus reproches; la tienen toda. Calvo Sotelo sobrepasó aquella tarde todas las líneas rojas e hizo un discurso que no tenía por destino los diputados de la nación, sino los cuartos de banderas. No fue un discurso golpista, pero tampoco lo fue legal. Quiso el Bloque Nacional dejar claro que las derechas estaban agraces para estar en un golpe de Estado contra el gobierno, y lo dijo sin sutilezas.
El 16 de junio del 36, al cierre de aquel debate estéril, aún antes de la muerte del teniente Castillo y del propio Calvo Sotelo, de alguna manera, el plano inclinado que llevaba a la guerra civil adquirió una pendiente tan pronunciada que ya no era posible no caer.
miércoles, mayo 11, 2011
La "normalidad" del 36 (13: comienza el debate)
«Las Cortes esperan del Gobierno la rápida adopción de las medidas necesarias para poner fin al estado de subversión en que vive España». Así rezaba la proposición no de ley presentada en el Congreso en la sesión parlamentaria del 16 de junio; sesión que habría de ratificar definitivamente el divorcio entre las dos españas y la madurez con que ambas esperaban ya, cada una a su manera, la guerra civil.
34 diputados de derecha firmaban esa proposición, abrigando con ello a José María Gil Robles, su gran impulsor y el defensor parlamentario de la propuesta. Tomó Gil Robles la palabra para, casi inmediatamente, abordar la conocida nómina de sucesos acaecidos en España desde el 16 de febrero de aquel mismo año. Una lista tan conocida como infame:
160 iglesias totalmente destruidas.
251 asaltos más a templos.
269 muertos.
1.287 heridos.
215 agresiones personales frustradas o sobre las cuales no hay información.
138 atracos consumados.
23 tentativas de atraco.
69 centros particulares y públicos destruidos.
312 centros asaltados.
113 huelgas generales.
228 huelgas parciales.
10 periódicos destruidos.
33 asaltos a periódicos.
146 bombas y petardos explotados.
78 bombas recogidas sin explotar.
El censo cuantitativo vino seguido de otro de carácter más cualitativo. Se acordó Robles de los ingenieros de Peñarroya, que finalmente habían pasado 19 días secuestrados en el fondo de una mina sin ser rescatados por las fuerzas de orden público. Se acordó, y fue esta cosa que hizo mucho daño a las bancadas de la izquierda, como se lo sigue haciendo a las bancadas de la izquierda historiográfica, de las instrucciones publicadas en Reino Unido, llamando la atención a los conductores británicos de que en España partidas de no se sabe muy bien quién paraban a los coches en las carreteras para «solicitarles» donaciones para el Socorro Rojo Internacional. Cuando saca a pasear el caso del guardia civil degollado en Córdoba, un diputado lo acusa de mentiroso y se monta la primera tangana de la tarde. Prosigue Gil Robles, entre acusaciones de mentiroso, afirmando que barcos mercantes españoles habían sido expulsados de puertos extranjeros a causa de la propaganda revolucionaria que realizaban sus marineros. El ministro de Estado le asevera que eso es falso, Gil contesta que ello ha ocurrido en Génova y Workington, a lo que el ministro responde que puede demostrar la falsedad de ambos casos; que hubo huelgas, pero no expulsión.
En medio de este rifirrafe relativo a hechos ocurridos fuera de España, el ministro de Estado se ofrece a dar las explicaciones que sean pertinentes y, lo que es más importante para el curso del debate, advierte a Gil Robles que blandiendo esas acusaciones está alimentando intereses contrarios a los de España. Torpe alusión. Se lo pone a huevo al hábil retórico salmantino, que al fin y al cabo es en su origen abogado litigante (como lo era, también, José Antonio, o el socialista Jiménez de Asúa), de forma que el líder de la CEDA le contesta: «como se va contra los intereses de España es manteniendo un estado de agitación y de anarquía que antes los ojos del mundo nos desacredita». Bull's eye.
Dos días antes del debate, el Gobierno había hecho pública una declaración anunciando que había puesto coto a la anarquía. La siguiente parte del discurso de Gil Robles se ocupa en ridiculizar esa nota, con dos argumentos. El primero, bastante obvio: si el Gobierno, que siempre había negado que en España hubiese una situación de anarquía, ahora decía que la había sofocado, lo que estaba haciendo, de alguna manera, era reconocer que había mentido sistemáticamente. Y el segundo, más obvio, el desmentido de la esencia del comunicado, es decir del hecho de que la anarquía hubiera sido vencida. Sólo en las 48 horas desde la declaración, recuerda el diputado, se habían producido heridos en Los Corrales (Santander), había habido un tiroteo en Badajoz, una bomba en un colegio de Santoña, un muerto, guardia civil, en Moreda, y otro, dependiente, en Villamayor de Santiago, dos derechistas muertos en Uncastillo, un tiroteo en Castalla (Alicante), un obrero asesinado en Suances, incendios de cortijos en Estepa, un derechista asesinado en Arriondas, otro muerto y dos heridos graves, también derechistas, en Nájera, otro muerto y cuatro heridos en Carchel (Jaén), así como cuatro bombas en sendas casas en construcción de Madrid.
«La verdadera entraña del problema», continúa el diputado, «radica en que el Gobierno no puede poner fin al estado de subversión porque el gobierno nace del Frente Popular, que lleva en sí la esencia, el germen de la hostilidad nacional». Se extiende el diputado en los objetivos de comunistas y socialistas que, dice, sólo buscan la dictadura del proletariado y, mientras lo consiguen, socavar el sistema productivo. «Ellos saben a dónde van, y tienen marcado el camino», dice; «vosotros no, señores de Izquierda Republicana». Sin dejar de referirse a los bancos de la izquierda burguesa, les saca a pasear la idea de la dictadura republicana, que él considera el fin de toda democracia. Y continúa: «Desengañaos, señores diputados; un país puede vivir monarquía o república, en sistema parlamentario o en sistema presidencialista, en sovietismo o en fascismo: como únicamente no vive es en anarquía, y España hoy, por desgracia, vive en la anarquía». «Estamos presenciando», sentencia campanudamente, «los funerales de la democracia».
Enrique de Francisco, diputado socialista y destacado miembro de la UGT, le da la réplica a Gil Robles responsabilizando de los desmanes ocurridos a los fascistas. Con un loable desparpajo, responde: «Yo no tengo aquí estadísticas, señor Gil Robles, porque para eso es preciso prepararse, y yo no tengo preparación; pero sí conozco de hecho la situación aquélla [se refiere al bienio de las derechas] y no se puede venir a echar en cara cosas de que uno mismo tiene que acusarse».
Y continúa: «Nos ha relatado aquí su señoría algunos hechos que ya he manifestado que no me han impresionado poco ni mucho, porque aún conociendo la realidad de algunos de ellos y lamentándolos de una manera sincera y leal, era necesario hacer previamente una averiguación para saber si en gran parte esas cifras de asesinatos, de atracos y de incendios, manejadas por el señor Gil Robles, pueden ponerse en el haber de las fuerzas que acaudilla su señoría, si los autores de tales hechos han sido inducidos por determinadas fuerzas». Esta insinuación por parte de De Francisco no quedó completada con acusaciones concretas; de hecho, en parte el diputado se desmintió a sí mismo segundos después, cuando dijo: «yo he querido referirme a la actitud de rebeldía de la clase capitalista y patronal, que crean situaciones de ánimo en la clase trabajadora, ya dolorida, ya amargada por las condiciones adversas de su propia vida y que no es extraño, señor Gil Robles, que en esa situación de ánimo, aunque nosotros no lo justifiquemos, realice excesos de los cuales sus autores serán los primeros en lamentarse cuando fríamente lo consideren».
Continúa De Francisco: «Nosotros no hemos de amparar excesos de ninguna especie, porque tenemos nuestra táctica, nuestra doctrina, nuestras normas, y a ellas nos sujetamos; pero hemos de cargar en todo instante contra la clase capitalista (...) toda la responsabilidad que ella tiene en la creación de estos conflictos».
Lo que tenía que ser el centro del debate sobre el orden público, pues, se constituyó de estas dos intervenciones, a favor y en contra de la proposición, como siempre en el mundo parlamentario con sus tintes sardineros. Gil Robles arrimó el ascua a su sardina, y en esto su crítico De Francisco tuvo parte de razón recordándole al político de derechas que una parte importante de la conflictividad del 36 había nacido antes, durante el bienio de las derechas, que fue, desde muchos puntos de vista, un auténtico borrón y cuenta nueva de la política realizada en el bienio constitucional anterior, lo cual contribuyó, y no poco, a la hora de desafectar a masas crecientes de izquierdistas respecto de los métodos democráticos. La CEDA trató de presentar la anarquía existente como algo puramente surgido de las elecciones del Frente Popular, cuando, en realidad, el radicalismo de dicho Frente era en parte fruto de una política excesivamente sectaria llevada a cabo por el centro-derecha durante sus años de gobierno.
Pero más allá de ese matiz, la intervención de Robles fue demoledora, porque demoledora era la realidad sobre la que actuaba. Ya podía De Francisco recordar los años del bienio de las derechas o el juego de la pídola; ya podía recordar lo que quisiera, que no con eso lograría desmentir los hechos que toda España conocía bien entonces y estaba sufriendo.
La izquierda gobernante, aquella tarde del 16 de junio, se obstinó en no entender. Tradicionalmente, en España, cuando un gobierno y su partido de apoyo se obstinan en no ver algo, no lo ven aunque les den dinero. Con la misma cenutriez con que Ansar no fue capaz de ver que España no quería ir a Irak ni a poner un puesto de pipas; con la misma cenutriez con que el actual Gobierno se obstinó en seguir diciendo que eran galgos los podencos de la crisis económica, con esa misma cenutriez, digo, el gobierno del Frente Popular, y el propio FP, se obstinaron, la tarde del 16 de junio de 1936, en sostener que:
La anarquía no era para tanto.
En todo caso, lo poco o mucho de anarquía que pudiera existir era provocada por los fascistas, no ellos ni los de su cuerda.
En todo caso del todo caso, si alguna violencia de izquierdas pudiera haber, estaba justificada porque es que el personal estaba muy puteado.
El discurso de De Francisco no ha pasado demasiado a la Historia, y no me extraña porque fue torpe, inconexo, tópico y simplón. En un momento en el que la izquierda debió colocar a su mejor hombre con el objetivo de un acercamiento, en la hora, quizá, de un Besteiro, el Frente Popular prefirió seguir dándole a la matraca de las explicaciones sencillitas y los tópicos partidarios.
Hay un murmullo en la sala, porque José Calvo Sotelo ha pedido la palabra.
lunes, mayo 09, 2011
La "normalidad" del 36 (12: el día que Prieto se fue de bareta)
El 30 de mayo, o sea de forma contemporánea a los sucesos de Yeste, en otro punto del sur de España se produciría otra muestra clara de la intensa normalidad en que vivía el país. Se trata del mitin socialista en la localidad sevillana de Écija al cual, como siempre ufano y convencido de que el proletariado le amaba, acudió Prieto.
Bueno. La verdad es que no debía de estar tan convencido Prieto de que le amase la gente cuando desde hacía algunas semanas no iba ni a mear fuera de Madrid sin la compañía de efectivos policiales propios. Para valorar la normalidad del 36 comparada con la actual, pues, no hay más que pensar en un Alfredo Pérez Rubalcaba acudiendo a los mitines de la actual campaña electoral escoltado por una guardia escogida de policías nacionales, destinados, entre otras cosas, a protegerle de los propios militantes que iban a los mitines. Tela.
El PSOE llenó la plaza de toros de Écija, ciertamente, aunque desde el primer momento del mitin se comprobó que muchas personas habían ido allí no precisamente para aplaudir las zapateradas del orador de turno. Los campesinos de la zona de Écija eran, en efecto, unos jornaleros border line para el PSOE. Muchos de ellos eran teóricos seguidores de la FTT ugetista, pero eran normalmente tan radicales que, en realidad, coqueteaban con el anarquismo. A algunos, incluso, Bakunin les parecía un revisionista peligroso. En realidad, en el campo andaluz y extremeño se aprecia mucho este fenómeno de radicalismo rural que no se ajusta muy bien a los esquemas ideológicos, y que de hecho viaja de uno a otro con bastante permeabilidad.
Antes que Prieto habló su alter ego político, Ramón González Peña, quien tuvo que interrumpir su discurso por un quítame allá esas pajas. Total, cosa de nada: un miembro del público le estaba apuntando con una pistola. Los de la «motorizada de Prieto» desarmaron al gañán, pero éste fue inmediatamente defendido por otros asistentes. Se montó una mundial tanto en las gradas como en la arena del coso. Comenzaron a volar las botellas. Brillaron las navajas. Sonaron los disparos. Muchos de los objetos que arrojaba la gente iban hacia la tribuna de oradores; dicho de otra forma, todo aquel alborotador que lograba quitarse de encima la presión de las fuerzas del orden, se aplicaba a intentar abrirle la cabeza, at best, a alguno de los oradores. Así las cosas, éstos saltaron la barrera de la plaza por detrás de la tribuna, ganaron el callejón y desde allí, agachaditos y amarraditos como en la canción de María Dolores Pradera, ganaron también la calle. Huyeron Prieto, González Peña y hasta Juan Negrín, que andaba por allí, puesto que estaba pasando por la fase moderada de su vida, una fase en la que aún soportaba estar a menos de quinientos metros de Prieto.
Don Indalecio, quien ya se había destacado bastante por su valentía durante el golpe de Estado revolucionario del 34 (ponerse las cosas feas y salir del país fue todo uno), se metió en su coche y salió del pueblo a toda hostia, sin reparar en quién le seguía (siempre fue un valiente) y no paró hasta Córdoba. Entre los que dejó atrás estaba Salazar, su secretario, que había recibido un hostión en una ceja. El pobre secretario huyó en otro coche, pero en la carretera fue interceptado por un grupo de izquierdistas radicales, quienes le obligaron a volver a Écija y lo secuestraron hasta que ese cuerpo al que Prieto había dedicado tantos dicterios en el Congreso, la guardia civil, lo rescató y hospedó en el edificio del Ayuntamiento.
Inmediatamente, y tras correrse la voz de que una persona de la pandi de Prieto seguía en el pueblo custodiada por la Meretéricar, el personal rodeó la casa consistorial con la intención de asaltarla y mandar a Salazar a tomar café con Lenin. La guardia civil se las arregló para llamar a Sevilla, de donde llegó de madrugada una compañía de guardias de asalto, que logró llevarse al pobre Salazar a Córdoba, lugar donde su quizá preocupadísimo jefe llevaba ya horas reposando las lorzas.
Al día siguiente Claridad, el periódico de Caballero, tiró de una estrategia bastante habitual en la izquierda (y en el franquismo, puesto que los extremos se tocan) basada en contraatacar acusando a las víctimas de lo ocurrido. Según el citado periódico, todo lo que ocurrió, ocurrió porque los oradores, concretamente González Peña, fueron poco cautos y se empeñaron en ser demasiado poco marxistas en sus palabras, además de mostrarse contrarios a la unificación de las organizaciones obreras.
Esto es lo que tuvo que vivir Indalecio Prieto, el hombre que fue al Frente Popular convencido de que podría manipularlos a todos. El 30 de mayo del 36, es de suponer que ya fue dando cuenta de que él, que se había creído alfil, si no reina, era tan sólo un puñetero peón de ese rey sin corona llamado Francisco Largo Caballero.
Para entonces, albores del mes de junio de 1936, nos lo cuenta Ramos Oliveira en sus memorias, se había tomado la costumbre, en las sesiones del Parlamento, de cachear a los diputados a la entrada. Sic.
El primero del mes, la CNT declara la huelga general de la construcción, ésa misma que el 18 de julio seguirá produciéndose. Las Cortes, en esas fechas, debaten una proposición gubernamental para suprimir por completo la enseñanza religiosa. En esa sesión, un diputado de la derecha da el dato de que desde las elecciones se han cerrado ya en España 79 escuelas religiosas. El director general de Enseñanza, Rodolfo Llopis, que será secretario general del fantasmagórico PSOE en el exilio (hoy en realidad extinto, pues el PSOE actual, venir, venir, lo que se dice venir, viene de otra pata), zanja la discusión con una frase lapidaria: «Perseguimos a la enseñanza católica porque prostituye al niño». Una vez más, las derechas abandonan la sala de plenos.
A principios de junio, Luciano Malumbres, director de un periódico socialista santanderino, es amablemente saludado a tiros por unos falangistas que lo dejan con ello sin aliento para siempre. Una mujer dice haber reconocido al autor de los disparos, un joven llamado Amadeo Pico, el cual es visitado por una comisión de agradecidos izquierdistas, quien le recetan exactamente la misma medicina que a Malumbres. Aún otro derechista, Pedro Cea, será asesinado antes de que termine el día.
En Alora, Málaga, donde como en toda la provincia hay huelga en el campo, un piquete informativo realiza sus habituales labores informativas hacia un propietario que está segando su propio trigo; y, ya de paso que le informan, y para aprovechar el viaje, se lo cargan. En Sevilla, disparos azules se llevan por delante al director de la prisión provincial.
La UGT convoca huelga general en Ceuta, lo cual es especialmente jodido, por tratarse de una ciudad compleja de abastecer. Las autoridades decretan que algunos establecimientos abran y coloca guardias civiles en la puerta de cada tienda para garantizar el suministro. El día 6, un piquete informativo informa a tiros a un grupo de guardias civiles. En la primera andanada de disparos resulta herido el número Fausto Caroso Jiménez, que morirá dos días después. Un guardia abre fuego contra los ugetistas y hiere a cinco, de los que dos morirán horas después.
Un muerto más en Daroca, Zaragoza, en un choque entre facciones políticas. Lo mismo en Orense. En Teis, Pontevedra, el muerto es un policía municipal retirado. Dos muertos más en Olmedo, Valladolid, y uno más, patrón de pesca, en la localidad santanderina de Suances. En Badajoz dos falangistas, Luis Cabañas y José Luis Obregón, son asesinados camino de la iglesia.
En Málaga ciudad se convoca la huelga general, que se une a la del campo, donde ya se queman las cosechas y tal. El conflicto comienza en el puerto, donde la CNT declara una huelga de descargadores que impide sacar el pescado de los barcos. La inmensa mayoría de los marineros de Málaga son ugetistas, lo cual provoca un enfrentamiento cainita entre ambos sindicatos. El día 10 un concejal de la ciudad, militante del PSOE y defensor confeso de la postura de la UGT, apellidado Rodríguez González, es acribillado a balazos en la calle. Los ugetistas contestan disparando e hiriendo gravemente al secretario del Sindicato de Alimentación de la CNT local, Miguel Ortiz.
Los ugetistas asaltan el centro regional de la CNT y el Ateneo Racionalista. Como represalia, los anarquistas asesinan al presidente de la Diputación Provincial, Antonio Tomás Reina, del PSOE. Luego los anarquistas intentan asaltar la Casa del Pueblo, pero los ugetistas les están esperando y les reciben a tiros. En los días siguientes, un sindicalista y una niña morirán en los enfrentamientos.
Un personaje tan poco sospechoso de derechismo como Marcelino Domingo, ministro que fue de Agricultura e impulsor de la reforma agraria, escribe por esos días un artículo, en tono premonitorio aún sin pretenderlo, en el que asevera que el caos en el campo español es de tal calibre que muchas personas acaban por «implorar, vista como vista, llámese como se llame, un Poder que, aunque les niegue todos los derechos, le devuelva la paz».
Podemos apostar con seguridad a que lo que Domingo está insinuando aquí es una posibilidad de la que probablemente sabe algo y que, si hemos de creer a testigos como Claudio Sánchez Albornoz, se manejaba en esas semanas en el entorno del azañismo: la posibilidad de implantar una dictadura republicana que sacase el país del marasmo en aras de la libertad y la igualdad; como pronto veremos, es una posibilidad de la que incluso se hablará en el Parlamento, por boca de Gil Robles. Pero, a mi modo de ver, buscara lo que buscase el político republicano, esta frase, acertada como diagnóstico, para lo que sirve, al correr de casi ocho décadas, es para sostener la idea de que quienes se empeñan en ver el golpe de Estado del 36 como una movida salida del exclusivo cacumen de cuatro cresos en defensa de sus privilegios, están comprando una mercancía averiada.
Fuesen quienes fuesen los conspiradores de julio del 36, es obvio, por lo menos para mí, que contaban con la aquiescencia de amplias capas de la población, por ese deseo de orden, ese hartazgo de caos, de que hablaba Domingo desde las columnas del periódico de Prieto. De hecho, si es verdad que Azaña o alguien de su entorno pensaba en una dictadura republicana justificada ante los españoles por mor de su necesidad, debe tenerse en cuenta que ésa y no otra es la llamada con la que sacaron los cañones a la calle no pocos conspiradores, como Cabanellas o, sobre todo, Queipo. Ellos también dijeron que todo lo que hacían lo hacían por salvar la República.
Lo que a mi modo de ver es innegable es la sensación de caos existente en amplias capas de la sociedad española, especialmente las capas burguesas. Piénsese que Domingo viene a representar, de alguna manera, a las más progresistas de estas capas, así pues sus frases tienen la importancia de definir ese malestar y ese miedo entre españoles cuya fe y compromiso republicanos están fuera de toda duda. Y es lógico, puesto que la rueda de la violencia no deja de dar vueltas.
En la provincia de Córdoba hay un pueblo que llama Palenciana y que una vez (ahora mismo, la verdad, lo desconozco) tuvo una calle con el nombre de Manuel Sauce Jiménez.
Sauce era guardia civil en Palenciana aquel mes de junio en el que toda la zona (el pueblo linda con Málaga) había una huelga total en el campo. En el Centro Obrero del pueblo se celebra una reunión de la FAI, para tratar las medidas que hay que tomar ante los probables enfrentamientos que se van a producir. Tres guardias civiles: Venancio Navarro, Pedro Granados y el propio Sauce, patrullan el pueblo. Toman la calle del Centro Obrero donde se celebra la reunión. Van en fila, buscando la sombra. Cuando Sauce, el último, está pasando delante de la puerta del Centro, se abre la puerta, lo agarran, y lo meten dentro. Le dan una mano de hostias y, de postre, con una navaja barbera, le ventilan la glotis con lo que el muchacho, claro, deja de respirar, además de dejarlo todo perdido de sangre. Al día siguiente, los refuerzos de la guardia civil que llegan para pacificar el pueblo y llevarse el cadáver del número degollado, se apiolan a cuatro anarquistas.
La censura funcionó con este suceso. La prensa nada dijo de él. Pero las derechas, pronto lo veremos, la sacarían a pasear en sus discursos parlamentarios.
El día 14, tras un mitin de Largo Caballero en Oviedo, un grupo de asistentes dispara y mata al guardia civil Ramón Roselló Omedes.
La situación está ya agraz para uno de los debates parlamentarios más importantes, y más amargos, de nuestra Historia: el debate del 16 de junio sobre el orden público.