viernes, abril 17, 2009

Ribbentrop (1)

Ina se ha hecho esperar. Pero ha merecido la pena. Lo que vais a leer, aquéllos que tengáis el acierto de quedaros en esta pantalla el tiempo suficiente, es la primera parte de un perfil casi perfecto. Personalmente, creo que Tiburcio se ha superado a sí mismo con el texto que aquí os dejo, hoy en su primera pildorita.

La polémica sigue ahí: ¿Hess o Ribentrop? Mi propuesta, Tiburcio, y te la hago en público, es que la próxima vez que nos veamos nos lo juguemos en una competición a ver quién escupe más lejos un hueso de ciruela (cinco intentos, se permiten los movimientos de pelvis para arriba, despegar uno o dos pies del suelo se considerará lanzamiento nulo). Bueno, si prefieres otro hueso lo podemos hablar, pero siempre y cuando no sea humano, que yo tengo ciertos escrúpulos.

Aquí os dejo con Samsa y con su amigo Joaquín.


Una de ineptos (1)

By Tiburcio Samsa.

Cuando uno pasa revista a los jerarcas del Partido Nazi, lo que más llama la atención es su inmensa mediocridad. Uno se pregunta cómo ese plantel de ineptos pudo hacerse con el poder en un país culto y avanzado como Alemania y lanzar una guerra mundial, que pudieron haber ganado.

Empecemos con el líder. Hitler era un diletante con más ganas que talento, incapaz de un esfuerzo continuado, que dirigió Alemania durante 12 años. Era un hombre que sabía algo de muchas cosas, pero mucho de nada. Su número dos, que dirigió el esfuerzo bélico alemán hasta 1942, Göring, había sido un héroe de la aviación en la I Guerra Mundial, pero en los 30 empezó a convertirse en un ser abotargado por las drogas y la corrupción, que confundía las bravatas y el amateurismo con la planificación. El jefe de las SS, Himmler, era un cobarde oportunista, siempre dispuesto a creerse la última teoría ocultista sobre el origen de los arios. A Rudolf Hess, JdJ lo describió en cierta ocasión pefectamente: un hombre con la inteligencia de un bóxer al que le hubiesen apaleado la cabeza de cachorro. Y así podría seguir. De este cuadro deprimente sólo salvaría a dos jerarcas: Goebbels, un hijoputa como la copa de un pino, pero un genio de la propaganda y la manipulación, y Albert Speer, un arquitecto y gestor más que competente y que fue uno de los pocos nazis capaz de mantener unos niveles de decencia humana.

¿Cuál de todos éstos fue el más inepto? JdJ opina que Hess. No está mal escogido, pero JdJ hace trampa, porque Hess jugaba en una categoría aparte. Pienso que Hess tenía serios problemas mentales y por eso no me parece justo incluirlo en este concurso de ineptitud. Sería como introducir a un parapléjico en un campeonato de salto con pértiga; no sería justo para el parapléjico. Eliminado Hess, me parece que la opción más obvia es la de Joachim von Ribbentrop.


Von Ribbentrop entró en la jerarquía nazi merced a un malentendido. Von Ribbentrop ideológicamente estaba más próximo a los conservadores nacionalistas. Pero a comienzos de los 30 se dejó atraer por los nazis, cuando se le dijo que el partido necesitaba a cosmopolitas como él y que si se incorporaba al partido se vería recompensado más tarde. Esta oferta tocó dos de sus puntos flacos: era un trepa y era muy vanidoso. El malentendido al que me refiero es el siguiente: Hitler era un hombre muy poco viajado. A comienzos de los 30 su experiencia vital se reducía a la bohemia vienesa, las trincheras de Francia y el ambiente macarra de las cervecerías muniquesas. Cuando conoció a Von Ribbentrop, éste le pareció el colmo del refinamiento: un comerciante de vinos y champán, que hablaba inglés y francés y se codeaba con lo mejor de la aristocracia inglesa y francesa. Alguien con más mundo habría sabido ver a Von Ribbentrop como lo que era: un arribista acomplejado, un poco viajado, al que la aristocracia aceptaba porque sus licores le eran útiles. Para cuando Hitler se quiso dar cuenta de su error, ya era demasiado tarde.

Von Ribbentrop hubiera querido un alto cargo en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Hitler, que desconfiaba de las burocracias, sobre todo de aquéllas lastradas por el peso de la tradición, le ofreció algo más codicioso: ser su agente diplomático informal. A Von Ribbentrop, con lo que le gustaban los títulos y los honores, le supo a poco, pero aceptó y se entregó al oficio con su mentalidad de viajante de comercio. Había que vender la Alemania nazi igual que se vendían los champanes franceses. El producto que vendía era el de una Alemania anticomunista, preparada para crear un vasto frente antibolchevique, que deseaba la devolución de sus colonias, aunque podía olvidarse del tema a cambio de que le dejaran manos libres en Europa Oriental.
Aunque en esos primeros viajes no tuvo ninguna metedura de pata memorable, ya dejó ver sus carencias. La primera era su tendencia a repetirse y a no escuchar. Otra era su tendencia a interpretar la cortesía diplomática como una indicación de acuerdo. Cuando un diplomático te escucha sin rechistar y luego te acompaña hasta la puerta y te despide con una palmadita en la espalda, en realidad te está mandando a tomar por culo. Más defectos de Ribbentrop: su poca perspicacia política, que le llevaba a entrevistarse con segundones y medianías, porque nunca se daba cuenta de dónde residía el poder verdadero; su convicción de que era más importante de lo que era, lo que le llevaba a formular promesas que luego no podía mantener; su gusto por lo secreto y lo conspiratorio, que no se daba cuenta de que en las negociaciones hay cosas que deben hacerse a plena luz y otras que requieren discreción y no deben hacerse abiertamente; y para rematar, era un hombre con un fuerte complejo de inferioridad, que le hacía ser muy sensible ante cualquier ofensa real o imaginada. Tan pronto se sentía ofendido, que era casi siempre, dejaba de comportarse de una manera racional y personalizaba el asunto.

Al vanidoso de Von Ribbentrop no le bastaba con ser el agente diplomático informal de Hitler. Quería un título, un nombramiento y en abril de 1934 lo obtuvo: Comisario para el Desarme. Un ejemplo de su manera de actuar: apenas nombrado, Hitler le encargó que viajase a Londres y Roma para sondear su reacción ante las denuncias francesas de la política de rearme alemana. Von Ribbentrop llegó a Londres de manera dramática, como si fuese un personaje de película de espías. Afirmó que se trataba sólo de una visita de negocios, pero se dejó tirar de la lengua y confesó que iba a tener una reunión también en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Parece que pretendía hacer creer a los franceses que estaba en negociaciones secretas con los ingleses. Lo que consiguió fue cabrear a los ingleses, que empezaron a desconfiar de él. Nuevamente había olvidado que hay un momento para conspirar y otro para hablar de frente.

Durante los meses que ocupó el cargo, Von Ribbentrop consiguió alienarse las simpatías que aun le profesaban los ingleses con su torpeza y sus obvios intentos de abrir una brecha entre Francia y Gran Bretaña. Pero él nunca se dio cuenta de eso. No fue capaz de penetrar más allá de la fina cortesía y aún más fina ironía británicas. Lo curioso es que sus informes siempre optimistas y vanagloriosos sobre sus visitas fueron creídos por Hitler, a quien le divertía que un diplomático aficionado (al igual que él, que era un estadista aficionado) se metiese en el terreno de los diplomáticos profesionales.

En junio de 1935 Von Ribbentrop acudió a la Conferencia Naval de Londres como Embajador at large. Lo primero que hizo fue excluir al Embajador alemán en Londres de todo acceso a las negociaciones. El pobre Embajador para enterarse de lo que estaba ocurriendo en la sala negociadora tenía que reunirse a escondidas en los baños con el agregado naval de la Embajada. No quiero pensar en las explicaciones que hubiera tenido que dar el Embajador si les hubiesen pillado allí. «Oiga, que no es lo que se piensa, que es que estamos deliberando.» Von Ribbentrop tuvo en esa Conferencia la suerte del novato. Nada más empezar lanzó un ultimátum: o los británicos aceptaban que la Armada alemana tuviese el 35% del volumen de la Armada britanica o se retiraban de la Conferencia. Fue un farol brusco, pero funcionó. Los británicos estaban convencidos de que si los alemanes se iban de la Conferencia sin un acuerdo, harían lo que les diera la gana (ignoraban que era eso lo que pensaban hacer con acuerdo o sin acuerdo). Mejor comprometerles a un acuerdo que no satisfacía del todo a los británicos, que dejarles por libre. Von Ribbentrop pudo venderle el éxito a Hitler, mientras le hacía guiños, indicándole lo buen Ministro de Asuntos Exteriores que sería.

En mi opinión fue en julio de 1936 cuando finalmente la Ley de Murphy se le aplicó a Von Ribentrop y fue ascendido a un puesto en el que su incompetencia quedaría de manifiesto: Embajador en Londres. El Embajador alemán, Leopold von Hoesch, el mismo que tenía que citarse en los baños con su agregado naval, había muerto unas semanas antes, tal vez envenenado por la Gestapo. El Ministro de Asuntos Exteriores, Konstantin von Neurath [nota de JdJ: futuro contertulio de Hess en Spandau], vio una ocasión dorada para deshacerse de ese metomentodo que estaba intentando moverle la silla. Propuso a Hitler que le nombrase Embajador en Londres. Von Neurath confiaba en que no sólo se lo quitaría de en medio, sino que Von Ribbentrop haría alguna cagada clamorosa que le pondría en evidencia ante Hitler. Göring, que también se esperaba lo peor, trató de advertirle a Hitler de que Von Ribbentrop era una mala elección y que de Gran Bretaña sólo conocía los güisquis. Hitler le replicó que también conocía a Sir Fulano y a Lord Mengano. La respuesta de Göring fue: «Sí, lo malo es que ellos también conocen a Ribbentrop».Von Ribbentrop, que entendía que se lo estaban quitando de enmedio, acogió el destino con un entusiasmo perfectamente descriptible.

Un ejemplo de la perspicacia diplomática de Von Ribbentrop es el encuentro que tuvo con Sir Robert Vansittart en agosto de 1936, mientras hacía sus preparativos para incorporarse a su nuevo destino. Vansittart era el Subsecretario Permanente del Ministerio de Asuntos Exteriores y uno de los pocos que supo ver desde el inicio la agresividad y expansionismos inherentes a la Alemania nazi. Von Ribbentrop en sus memorias señala que en ese encuentro Vansittart estuvo muy poco comunicativo y que él tuvo que llevar todo el peso de la conversación. No es así como Vansittart recordaría luego la conversación. Lo que recordaría fue que von Ribbentrop no le dejó meter baza. Vansittart pensó de él que era «superficial, aprovechado y no realmente simpático». También opinó que tenía «la vanidad herida de un pavo real en el momento del celo». Lo mejor es que cuatro días después de este encuentro, Von Ribbentrop escribió una nota a Hitler describiéndole su conversación con Vansittart y diciendo que éste estaba completamente de acuerdo con Hitler sobre el futuro de las relaciones exteriores y que creía posible un cambio en la actitud británica hacia Alemania. !Y este genio de la perspicacia iba a ser el que dirigiese las relaciones con Gran Bretaña en un momento tan delicado!

Von Ribbentrop no se incorporó a su Embajada hasta finales de octubre, para mosqueo de los ingleses; su falta de entusiasmo por el puesto era demasiado evidente. En un alarde de celeridad y eficacia, cometió su primera metedura de pata nada más pisar suelo inglés. Saludó a los periodistas ingleses que le esperaban con el saludo nazi (medio minuto de saludo, para que quedase bien claro que no había sido un movimiento reflejo del brazo) y les leyó un comunicado que él mismo había escrito. El comunicado abogaba por el entendimiento entre los dos pueblos en aras de detener la expansión del comunismo, «la más terrible de las enfermedades». Al día siguiente visitó al Ministro de Asuntos Exteriores, Sir Anthony Eden, y le informó de lo afortunados que eran los ingleses al tener como Embajador en Londres a un colaborador íntimo de Hitler, que podría transmitirles a la perfección sus pensamientos. Eden se lo agradeció, pero le recordo que para conocer lo que pensaba Hitler ya tenían al Embajador británico en Berlín, lo que esperaban de Von Ribbentrop era que transmitiese a Hitler lo que pensaban ellos, los británicos.

Los dos objetivos de Von Ribbentrop durante su Embajada fueron la recuperación de las colonias alemanas (una mera moneda de cambio para lograr lo que de verdad interesaba a Hitler: manos libres para sus ambiciones en Europa Oriental) y atraer a Gran Bretaña al Pacto Anti-Comintern. Para frustración de los británicos, a cambio de lo anterior, los alemanes no parecían dispuestos a ofrecer contrapartidas concretas sobre la seguridad europea. Von Ribbentrop acabó de estropear las cosas con su ineptitud para entender verdaderamente a los británicos. Por ejemplo, equivocó completamente su lectura de la abdicación del Rey Eduardo VIII, que vio como el resultado de una conspiración de los elementos anti-alemanes, que al final sería derrotada con la reinstauración del monarca en el trono. El lado bueno de la abdicación fue que le permitió presentar a Hitler una razón plausible del fracaso de su Embajada: la conspiración de un grupo anti-alemán que habían forzado la abdicación de un Rey pro-alemán y que había manipulado a una opinión pública que veía a Alemania con simpatía. Como eso se correspondía con los prejuicios del nada viajado Hitler, la trola coló.

Durante el segundo semestre de 1937, Von Ribbentrop estuvo más preocupado viajando y moviéndole la silla a Von Neurath que por el país ante el que estaba representando a su Gobierno. Sentía que había fracasado en su Embajada y que los ingleses le habían esnobeado. Ambas cosas eran ciertas, pero la segunda se la había trabajado a pulso. A partir de ese momento Von Ribbentrop se convirtió en un acérrimo anglófobo y partidario de la alianza entre Alemania, Italia y Japón. Justo a tiempo, porque los elementos más radicales del Partido ya abogaban por la guerra y el enfrentamiento con Gran Bretaña. Lo mejor es que siendo todavía Embajador en Londres participó en Roma en la firma del Pacto Tripartito del 5 de noviembre de 1937 que desprendía un claro tufillo antibritánico. Lo triste es que a finales de año Gran Bretaña dio pasos conciliadores (disposición a dar satisfacción a Alemania en el tema colonial, visita de Lord Halifax a Berlín y apartamiento de Sir Vansittart). Abrirse a ese acercamiento habría implicado dejar en la estacada a sus nuevos aliados, italianos y japoneses. En todo caso, aquí no se le puede echar toda la culpa a Von Ribbentrop. Las condiciones bajo las cuales Hitler queria acercarse a los británicos, hubieran sido inaceptables para éstos.

Y ya lo tenemos escalando el último escalón hasta la jefatura de la diplomacia nazi. Así pues, continuará...

miércoles, abril 15, 2009

¿Existió Jesucristo?

En los años sesenta, como todos supongo que sabéis, el papa Juan XXIII promovió la celebración del Concilio Vaticano II, considerado por muchos como un hito en la modernización de la Iglesia católica, apostólica y romana. De todos los documentos que alumbró dicho concilio hubo uno que fue motivo de grandes debates e incluso pudo no ver la luz dada la resistencia que existía entre muchos prelados de entrar a analizar el tema que es su centro. Se trata de la constitución dogmática Dei Verbum. Trata sobre la revelación del mensaje cristiano a los hombres.

La Dei Verbum es, en mi opinión, un prodigio de equilibrio intracatólico. Trata, a mi modo de ver con bastante éxito, de integrar todos los distintos puntos de vista existentes dentro de la creencia sobre la validez y la historicidad de los testimonios canónicos de la vida de Jesucristo, notablemente los Evangelios. En la segunda mitad del siglo pasado, ya no son pocos los exégetas y teólogos, dentro y fuera de la disciplina vaticana, que consideran que la idea sostenida durante siglos de que los Evangelios son la palabra de Jesucristo como tal transmitida, es muy difícil de sostener. Pero también son tropa en la Iglesia quienes creen en eso mismo.

Fruto de ese equilibrio, la constitución dogmática nos dice que «Confitetur Sacra Synodus, Deum, rerum omnium principium et finem, naturali humanae rationis lumine e rebus creatis certo cognosci posse». O sea, que Dios puede llegar a ser conocido «a través de la iluminación natural de la razón humana», es decir sin tener que pasar necesariamente por los Evangelios. Aunque, a renglón seguido (y como no puede ser de otra manera, ciertamente) invierte párrafos y párrafos en defender la divinidad de los mismos.

En otro guiño (o a mí me lo parece), la Dei Verbum nos dice: «Cum autem Deus in Sacra Scriptura per homines more hominum locutus sit, interpres Sacrae Scripturae, ut perspiciat, quid Ipse nobiscum communicare voluerit, attente investigare debet, quid hagiographi reapse significare intenderint et eorum verbis manifestare Deo placuerit». Es decir, que para interpretar las Escrituras, es importante investigar lo que quien las escribió quiso decir, y no tomarlas al pie de la letra.

En su parágrafo 19, la Dei Verbum ataca directamente la cuestión de la historicidad de los Evangelios. Y lo hace afirmando lo siguiente:

«Mama Kanisa mtakatifu, kwa nguvu na daima amesadiki na hukiri kwamba Injili nne zilizotajwa hapo juu, ambazo anaamini bila kusita kwamba ni za kweli, zinasimulia kiaminifu yale ambayo Yesu Mwana wa Mungu aliyatenda kwelikweli na kufundisha kwa ajili ya wokovu wa milele, wakati alipoishi kati ya wanadamu hadi siku ile alipopaa mbinguni. Mitume, baada ya Bwana kupaa mbinguni, waliwatangazia watu yale aliyokuwa ameyasema na kuyatenda, kwa ujuzi kamili waliojaliwa baada ya kufundishwa na matukio matukufu ya Kristo na kuangazwa na mwanga wa Roho wa ukweli. Hatimaye watunzi watakatifu waliandika Injili nne wakichagua mengine kati ya mengi yaliyokuwa yamesimuliwa kwa maneno au kwa maandishi, wakifupisha mambo mengine, au kuyafafanua wakilenga hasa hali ya Makanisa. Tena waliandika wakilinda mtindo uleule wa kuhubiri, lakini daima wakisimulia mambo ya kweli na kwa uaminifu kuhusu Yesu. Wao wenyewe, wakichota kutoka katika kumbukumbu yao na pia ushuhuda wa wale ambao “tangu mwanzo walikuwa mashahidi wenye kuyaona, na watumishi wa lile neno”, waliandika kusudi watujulishe «ukweli» wa mambo tuliyoelezewa».

¿Cómo? ¿Que no domináis el swahilli? Pero... ¡los lectores de este blog son un erial! En fin, por esta vez lo voy a pasar. La versión castellana es:

«La Santa Madre Iglesia firme y constantemente ha creído y cree que los cuatro referidos Evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la salvación de ellos, hasta el día que fue levantado al cielo. Los Apóstoles, ciertamente, después de la ascensión del Señor, predicaron a sus oyentes lo que El había dicho y obrado, con aquella crecida inteligencia de que ellos gozaban, amaestrados por los acontecimientos gloriosos de Cristo y por la luz del Espíritu de verdad. Los autores sagrados escribieron los cuatro Evangelios escogiendo algunas cosas de las muchas que ya se trasmitían de palabra o por escrito, sintetizando otras, o explicándolas atendiendo a la condición de las Iglesias, reteniendo por fin la forma de proclamación de manera que siempre nos comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús. Escribieron, pues, sacándolo ya de su memoria o recuerdos, ya del testimonio de quienes «desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra» para que conozcamos «la verdad» de las palabras que nos enseñan».

Obsérvese el cuidado de las palabras. «Comunican fielmente» no es lo mismo que «refieren con exactitud». Además, se recuerda que la doctrina de la Iglesia descansa, además de en los textos, en las enseñanzas de los apóstoles (y, aunque no lo diga, de Saulo, el verdadero fundador de la religión cristiana). Por otra parte, los autores sagrados (y no os perdáis el detalle de que no se dice cuántos son) escribieron los Evangelios (aquí sí se dice que son cuatro, para que no haya dudas) a base de recuerdos personales... pero también del testimonio de testigos, de ministros de la palabra, o sea terceras referencias.

En otras palabras: el Vaticano II fue un paso, importante, para tratar de poner orden en la dura polémica en torno a la existencia real de Jesucristo.



En el fondo de toda esta polémica reside el problema, hoy completamente indisoluble, en torno a cuáles son las referencias más fiables que tenemos sobre la vida de Jesucristo. Lo cristiano es un universo repleto de galaxias que son documentos muy diferentes, muchos de los cuales han experimentado lo que los expertos llaman interpolaciones, es decir, textos añadidos a posteriori para dar más credibilidad o añadir algunos detalles a los relatos. Lo que la Iglesia considera textos canónicos es sólo una pequeña parte de toda esa literatura, y hay quien piensa que no con demasiadas razones que lo justifiquen.

Parece que la literatura litúrgica más antigua que se conserva son algunas de las epístolas de Pablo de Tarso; las dirigidas a los gálatas y a los romanos, así como pasajes de la primera a los corintios, suelen considerarse como las más sólidamente auténticas. En estos textos se habla de la crucifixión y resurrección de Jesucristo, se habla de la cena pascual e incluso se menciona, una sola vez, que Jesucristo habría tenido doce seguidores (aunque hay quien considera estos dos últimos pasajes como interpolaciones posteriores). El resto de los detalles conocidos por los Evangelios no aparecen y, hecho importante, en caso alguno se refieren a Jesucristo como un maestro que hubiese impartido enseñanza alguna. No hay, pues, mención a la doctrina alguna expresada por ese fundador. En los documentos inmediatamente posteriores, tales como la epístola de Clemente (en torno al año 100), Justino mártir, Policarpo o Barnabás, no se citan las enseñanzas de Jesucristo, ni su parentesco, ni sus milagros.

En el mundo de las primeras sectas cristianas, cultos surgidos desde el judaísmo incluso antes de la destrucción de Jerusalén por Tito (70 d.C.), existen unos denominados por los griegos nazoraios, palabra traducida habitualmente como nazaritas o nazarenos, denominación que no tiene necesariamente que provenir del nombre de una aldea llamada Nazaret, pues puede estar relacionada con palabras como netzer, o sea rama. Lo que sí es claro es que Pablo nunca llama a Jesús nazareno, así pues su identificación como tal no es propia de los primeros tiempos.

Lo inquietante del asunto está en que los vestigios de un culto a un Jesús (más concretamente, Joshua) están ya en el Antiguo Testamento. Así ocurre, por ejemplo, en el libro de Zacarías, donde se cita a un sacerdote Joshua que es identificado simbólicamente con la rama. La rama parece haber sido desde antiguo y en varias creencias (adoradores de Mitra, o de Démeter) el símbolo de la vida. Hoy, la rama está presente dentro de la simbología de la Semana Santa católica.

En realidad, para rechazar de plano la idea de que Jesús pueda ser un mito y no un personaje histórico, todo lo que tenemos que hacer, o hacemos, es pecar de modernocentrismo; es decir, de la idea de que el único mundo que ha existido es el que conocemos, es decir el mundo moderno. Para nosotros es inconcebible que alguien pueda tener seguidores que lo consideren el salvador de la Humanidad durante 2.000 años sin haber existido realmente. Pero eso es así simplemente porque desconocemos el mundo antiguo. En el mundo antiguo Osiris o Mitra, por citar los dos ejemplos más evidentes, también fueron considerados salvadores de la Humanidad, y durante más tiempo que lo ha sido considerado Cristo; y, sin embargo, a nadie en sus cabales se le ocurre rayarse con la idea de que Osiris pueda ser un personaje histórico.

Otro elemento importante, como he dicho, es la insoportable levedad de los documentos de referencia que tenemos como fuentes, y que son, sobre todo, los cuatro evangelios canónicos. Estos escritos no fueron elaborados en la forma que los conocemos hasta el final de la segunda centuria; para que nos entendamos, ello viene más o menos a equivaler a escribir hoy la biografía de Napoleón (pero sin la cantidad de libros que se han escrito sobre él por medio, sino con referencias de referencias de referencias de mitos de creencias de lo que Napoleón hizo o dejó de hacer, dijo o dejó de decir). A esto hay que unir el hecho, sobradamente conocido, de que los evangelios canónicos son sólo un subconjunto de los evangelios existentes; siendo los otros los llamados apócrifos, algunos de los cuales, por cierto, tuvieron en los primeros tiempos del cristianismo tanta o más popularidad que los que finalmente se eligieron como la versión fetén. Por así decirlo, para creer que los evangelios que todos (por lo menos en mi generación) hemos leído en la escuela son la versión adecuada de lo que pasó (si es que pasó), sólo contamos con la palabra de la Iglesia. Es, pues, una cuestión de fe, no de conocimiento.

Son muy conocidos los muchos datos que contiene la narración evangélica que cuadran muy difícilmente con la realidad. Jesucristo cena con sus discípulos, luego éstos se duermen y él se va a rezar y allí es prendido en una escena que no tiene mucha explicación. Horas antes ha entrado en Jerusalén en loor de multitud, pero aún así a los polis les hace falta que uno de sus discípulos le dé un ósculo para señalarlo. Una vez detenido es llevado ante el gran sacerdote... que se encuentra reunido con sus escribas y dignatarios. ¿Por la noche?

El nacimiento de Jesucristo no pudo ser cuando nos dice la tradición a menos que los pastores que dormían al raso aquella noche fueran supermanes, porque en Galilea, en diciembre, hace una rasca por la noche que lo flipas. La fecha de la Navidad, lejos de ello, está escogida por la Iglesia dentro de una estrategia de identificación de los ritos cristianos con ritos anteriores; la Navidad es en diciembre porque los pueblos antiguos celebraran en ella un nacimiento, el del Sol; hay estudiosos que consideran a Jesús una transliteración del Dios-Sol de los antiguos. Incluso la Semana Santa viene a coincidir, más o menos por casualidad, con el momento del año en el que muchos pueblos paganos celebraban una muerte, la de Adonis en las fauces de un lobo.

Asimismo, Jesús no es el primero que resucita de su tumba; lo mismo creyeron los seguidores del mito de Mitra. La conversión de agua en vino se creyó de Dionisos, y la capacidad de andar sobre las aguas de Poseidón.

El culto cristiano ni siquiera es el primero el creer en la purificación del alma con el concurso de la sangre. Esto ocurría también en el culto de Attis, de cierta popularidad en Roma. Los creyentes de Attis sacrificaban un buey en el lugar que consideraban propicio para ello; será casualidad, pero en ese lugar hoy se levanta la basílica de San Pedro.

Otro elemento que han señalado algunos filólogos es el hecho de que todas las mujeres que rodean a Jesucristo se llamen María. El hecho encuentra su importancia en que, según orientalistas como P. Jensen, en las culturas del área la madre de dios siempre portaba nombres que empezaban por Ma: María; Marianna; Maritala (madre de Krishna, el de Hare Ídem); Mariana, madre del dios bitinio Mariandinio; o Mandane, la madre de Ciro, por quien se profesaba cierto culto mesiánico (véase, a tal efecto, Isaías 45,1).

Asimismo, se conoce que los grandes jerarcas judíos de los tiempos posteriores a Jesucristo se servían de hombres especiales dedicados a la recaudación de tributos e inspección de los fieles, en número habitual de doce; costumbre de la que puede estar tomada la cifra de doce apóstoles que, si leéis los Evangelios con atención, veréis que surge con bastante inconsistencia. Otro elemento que, como he dicho, no tiene mucho sentido, es Judas. La traición de Judas no es en modo alguno necesaria para la detención de Jesús, por lo que es un personaje quizá incluido con posterioridad, a través de la representación de autos sacramentales en los que los gentiles, es decir los cristianos no judíos, comenzaron a construir esa inquina tan típica antijudía (ellos mataron a su Maestro); autos sacramentales en los que quizá, para enervar aún más la acusación, se introdujo a un judío (o sea, ioudaios, que se pronuncia casi como Judas) que traicionaba a Jesús.

Otro elemento para la polémica interminable es la propia pasión. La polémica tiene que ver con el hecho de que no pocos de sus elementos están ya presentes en el Antiguo Testamento; algo que los creyentes explican considerando que la pasión de Cristo cumplió con profecías previas, mientras que desde un punto de vista más escéptico lo que hace es confirmar que los relatos de dicha pasión contenidos en los Evangelios están, en realidad, tomados de las escrituras anteriores.

Es el caso de la famosa frase pronunciada por Jesucristo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Esta frase es la que textualmente inicia el Salmo 22 del libro de los Salmos, muy anterior. Esto sin tener en cuenta que aquí se produce una prueba más de la casi enternecedora propensión evangélica a las pequeñas contradicciones, pues si todos los apóstoles lo habían abandonado cuando fue prendido (Marcos: 14,50), y tan sólo, de los suyos, quedaban allí unas mujeres que lo seguían desde Galilea pero que se encontraban a distancia (Mateo, 27, 55), ¿quién oyó a Jesús pronunciar estas palabras? ¿Dónde están los testigos que, según la Dei Verbum, pudieron referir la información a los evangelistas?

Nos cuentan los Evangelios que los que pasaban frente a la cruz se burlaban del condenado. O sea, la misma situación descrita en Salmos: 22,7. Más aún, leemos en Salmos 22,16: «Me rodea una jauría de perros, me asalta una banda de malhechores; agujerean mis manos y mis pies». Y cabe hacer notar que no era costumbre de la época crucificar clavando manos y pies.

Más allá, Salmos 22,18: «Se repartieron mis vestidos entre sí y mi túnica la echaron a suertes»; que es exactamente lo que refiere Mateo 27,35. Gran parte del material de la Pasión, por lo tanto, está en el Salmo 22, el cual no tiene valor profético alguno, o al menos yo no se lo veo, sino más bien trata sobre la humildad del creyente. Y aún hay más materiales. En el Salmo 41, versículo 19, se lee la queja: «Hasta mi amigo más íntimo, en quien yo confiaba, el que comió mi pan, se puso contra mí»; una posible transliteración del mito de Judas. Y, por último, en el versículo 21 del Salmo 69 se lee: «También me dieron hiel por comida y en mi sed me dieron vinagre para beber»; lo cual se corresponde con los episodios en los que le es ofrecido a Jesucristo vino con hiel primero y, después, una esponja empapada de vinagre.

Otro de los elementos de duda y polémica es la escasa, por no decir nula, huella que dejó la muerte de Jesucristo en la Historia. El historiador judío Flavio Josefo lo cita en sus libros sobre las guerras de los judíos, pero hay quien piensa que ese pasaje ha podido ser añadido con posterioridad. Otro gallo nos cantaría si se hubiesen conservado los textos de Justo de Tiberias, otro historiador soldado judío, el cual escribió otra historia como la de Josefo, que se ha perdido. En el siglo IX el libro existía, sin embargo, y fue leído por Focio, patriarca de Constantinopla; el cual se sintió contrito al comprobar que no decía nada de Jesús.

Por parte romana, la primera mención a Jesucristo está en las cartas de Plinio el Joven a Trajano, allá por el año 111, más o menos. Sin embargo, hay que tener en cuenta que, en su carta, Plinio se refiere al obispo de Roma, Clemente, como autor de unas epístolas que no fueron consideradas como tales hasta 60 años después de la fecha de la carta; así pues, las sospechas de interpolación son muchas.

Tácito, en sus Anales (XV, 44), se refiere al incendio de Roma en tiempos de Nerón, añadiendo que culpó del mismo a los cristianos (Hollywood ha hecho maravillas con este pasaje) y señalando que el líder de este movimiento había sido ejecutado por orden de Poncio Pilatos. Pero hay cosas curiosas. Por ejemplo, que Tácito llame a la secta chrestiani, o sea cristianos, cuando el concepto de Cristo no sustituyó al de Mesías hasta la época de Trajano, posterior a su momento. Pero lo más sospechoso de todo es que cite a Poncio Pilatos como si fuese alguien que tuviera que ser forzosamente conocido por sus lectores. Cuando Tácito escribe han pasado muchos años desde que Pilatos fue procurador en Jerusalén, y en Roma había cientos, si no miles, de funcionarios de provincias. Para que nos entendamos: es como si yo escribo un texto ahora citando a Márquez y sin dar mas explicaciones, como si asumiese que todos mis lectores del 2009 van a saber que Márquez fue subsecretario de Agricultura hace un siglo. Otra más que probable «mentira» de Tácito es el célebre pasaje de las antorchas humanas realizadas con cristianos crucificados, castigo éste que era extraño a las prácticas romanas.

En todo caso, y como ya hemos dicho, el gran elemento de discusión han sido siempre los Evangelios, tanto los llamados apócrifos como los considerados canónicos por la Iglesia. Como ya se ha señalado en este texto algunas veces, los Evangelios son textos que adolecen de incoherencias y saltos extraños, lo cual viene a rebelar que, lejos de ser la crónica de cuatro cronistas como pretende la versión eclesial, son en realidad el fruto de muchas manos. Hay errores tan flagrantes como que el Evangelio de Marcos comience relatando el árbol genealógico del carpintero José, claramente para hacerlo descendiente de David; para, a continuación, contarnos que el linaje del propio José no tiene nada que ver con Jesucristo (pues éste nace mediante una concepción inmaculada), por lo que no se entiende muy bien por qué nos ha contado antes todo eso de la genealogía.

Por lo demás, los historiadores han dudado siempre de la historia de Herodes y los santos inocentes, pues una burrada de este calibre por fuerza debería dejar una huella en las crónicas que no se ve por ninguna parte. Además, como ocurre en el caso de la pasión, resulta sospechoso que en el propio Antiguo Testamento haya un precedente de este suceso, concretamente en Reyes 11,15: «Porque cuando David estaba en Edom, subió Joab el general del ejército a enterrar los muertos, y mató a todos los varones de Edom». Adad, descendiente de David, sobrevive a esta matanza y, además, lo hace huyendo a Egipto.

Los Evangelios sitúan el origen de Jesucristo en Nazaret. Pero el nombre de esta población no aparece ni en el Talmud, ni en el Antiguo Testamento; ni siquiera en Josefo. Sólo se la conoce desde el siglo IV.

Hay otras cosas que, aunque hay que admitir que son technicalities exegéticas, apuntan a que el evangelista, o los evangelistas, quizá tenían un dominio del tema menor del que creemos. Así, en el Nuevo Testamento, Jesús reprocha a los fariseos varias cosas, entre ellas «la sangre de Zacarías, hijo de Barachías, al cual matásteis entre el templo y el altar». Posiblemente, el evangelista, al escribir estas palabras, está pensando en Zacarías, hijo del rabino Jehojada, el cual según el libro de las Crónicas (II, 21, 20) fue lapidado por orden del rey Joash; pero lo confunde con Zacarías, hijo de Baruch (Barachías), quien fue asesinado en el interior del templo por las turbas por considerar que había conspirado a favor de los romanos durante el sitio de la ciudad. Pero es que el sitio de la ciudad ocurrió en el año 68, es decir 35 años después de la supuesta muerte de Cristo; ¿cómo pudo él, por lo tanto, realizar dicha cita delante de los fariseos?

En general, además, los evangelistas muestran pocos conocimientos históricos. Lucas sitúa la obligación romana de empadronamiento durante el gobierno siríaco de Publio Sulpicio Quirinio, que se produjo siete años después del teórico nacimiento de Cristo. O Lucas, que sitúa una acción durante el tretarcado de Lisanias en Abilinia, siendo lo cierto que Lisanias murió más de treinta años antes del teórico nacimiento de Cristo.

Incluso el propio mensaje de Cristo es en ocasiones contradictorio. Según qué esquina del libro leamos, es un reformador o un defensor de las leyes judaicas. Condena el divorcio y poco después se muestra comprensivo ante María Magdalena. Le dice a sus discípulos (Lucas, 22, 36) que el que no tenga una espada, que venda sus vestidos para comprarse una; pero luego (Mateo, 26,52) condena el uso de la espada con el famoso quien a hierro mata, a hierro muere.

Más aún. Jesucristo dice (Mateo 5, 43): «Oísteis que fue dicho: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Más yo os digo: amad a vuestros enemigos». Esta frase sugiere un bajo conocimiento del Antiguo Testamento por parte de su redactor, ya que en este libro, que verdaderamente puede ser muy brutal en muchos pasajes, ya se encuentra, y bien evidente, la filosofía del amor al otro. Muchos años antes de Jesucristo, el Levítico dice (19,18): «No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo». Y en Éxodo 23, 4 y 5, se dice: «Si encontrares extraviados al buey o al asno de tu enemigo, deberás volver a llevárselos sin falta. Si vieres al sano del que te aborrece caído debajo de su carga, y pensaras en abstenerte de ayudarle, deberás sin falta ayudarle a levantarlo».



No seré yo quien le diga a la Iglesia lo que ha de hacer. Me limitaré a dar mi opinión de que debería pensar en profundizar el camino amagado en el Vaticano II. La discusión en torno a la figura histórica de Jesucristo es baladí y absurda, porque es una discusión sin fin. Discutir sobre si Jesucristo existió alguna vez equivale a discutir sobre si a Ramsés II le gustaba que le rascasen la espalda con una rama de eneldo; se pueden buscar un montón de referencias a favor o en contra, pero nunca nadie conseguirá convencer a la parte contraria de la verdad de sus aseveraciones, porque pertenecen al terreno de lo etéreo, de lo que nunca conoceremos.
Personalmente, me inclino a pensar que la figura histórica de Jesucristo es más bien poco probable. Pero eso, como digo, en realidad no es tan importante. No pocos egipcios, griegos o romanos tenían bastante claro en su fuero interno que sus dioses no vivían en el Duat o en el Olimpo, y aún así los seguían. Lo verdaderamente importante de las religiones es su mensaje moral. Lo importante es tener una moral. Que provenga de una persona que la fe te hace creer que existió, o de tu naturae humanae rationis lumen, en el fondo no es tan importante.

lunes, abril 13, 2009

Cine, cine, cine, cine..

Con permiso de la audiencia, un pequeño off topic.

Estos últimos días, la gran novedad en España ha sido la formación de un nuevo gobierno. Entre los nuevos ministros ha tocado cambio al frente del de Cultura. El Ministerio de Cultura es un marmolillo que cuesta en torno a 850 millones de euros, aunque más de 200 millones son costes de personal que supongo habría que seguir pagando aunque no existiese, porque los funcionarios no se iban a volatilizar. Así pues, la cuestión del to be or not to be de este ministerio es si hace más falta gastarse 600 kilos en otra cosa. Mi opinión es que sí.


La nueva ministra de Cultura viene del cine y, además, por lo que he podido leer, lo primero que ha hecho al llegar a su nuevo destino ha sido nombrar director general de Cine. Así pues, todo parece indicar que cuando menos durante esta etapa oiremos hablar mucho de cine; lo cual está bien, porque es un asunto del que todo el mundo tiene opinión, porque quien más quien menos ha visto alguna vez alguna peli, cosa que no se puede decir del teatro, de los libros o del ballet.


Y dentro del asunto del cine será epicéntrico, cabe imaginarlo, el asunto de la supervivencia del cine español, o sea quién tiene la culpa de que esté hecho unos zorros. Para las gentes del cine la culpa es de esta ventanita, o sea internet. Según esta teoría, el cine no es mejor porque sus beneficios como industria quedan seriamente dañados por todos aquellos que se bajan pelis por la jeró.


Os haré una confesión. Quienes me conocen bien en mi vida, digamos, real, me tienen por freak por varias razones (una de ellas, para qué negarlo, el hecho de que mis dos grandes aficiones sean leer libros de Historia y jugar a la XBox, que ya comprendo yo que es una macedonia un poco difícil de tragar), entre las cuales se encuentra el hecho de que jamás, repito, jamás me he bajado una película de internet. Conozco el EMule, el Ares y tal, por referencias. Todo lo que veo en deuvedé lo pago religiosamente en la FNAC o en el MediaMarkt. Sobre el pirateo de libros, la verdad, aunque quisiera piratear los que me interesan, me daría igual, porque no los encontraría.


Pero que yo no practique el P2P no quiere decir que me vaya a tragar, así, sin más, la teoría ésta de que el tráfico de películas en internet es el culpable de que al cine español le vayan mal las cosas.


Vayamos con los datos.


Las fuentes son el propio Ministerio de Cultura, el Padrón Municipal y la Contabilidad Nacional. He tomado los datos relativos a la recaudación y número de espectadores del cine español en los últimos años, así como las cifras de población y el Producto Interior Bruto. Porque estas cosas hay que ponerlas siempre en relación con una base. La base de la gente que va al cine a ver pelis españolas es toda la gente que hay (la población); y la base de la recaudación del cine español es la riqueza de la economía, lo cual es, mutatis mutandis, el famoso PIB.


Sé bien que los datos de recaudación y espectadores del 2008 han sido ya publicados. Pero no los he usado por la simple razón de que, realmente, me parece que adjudicarle lo que haya pasado en el 2008 al P2P, con la crisiplona que nos está cayendo encima es, simple y llanamente, vivir en otro mundo. Me ha parecido que un análisis más racional debería excluir este año. Aunque por si alguien quiere los gráficos hasta el 2008, en las próximas horas veré la forma de colgarlos.

Como el PIB es la hostia de grande en comparación con la recaudación del cine español (cosa que supongo que hasta los de la Academia ésa de los Goya verán lógico; a menos que quieran que España sea una enorme sala de cine), la tasa que he hallado es la de euros recaudados por el cine español por cada 100.000 euros de PIB. El resultado es éste:




En el año 2007 se ve una tendencia muy clara al descenso que comenzó en el 2005, y que situó la tasa en 8 euros recaudados por cada 100.000 euros de PIB. Lo cual es exactamente la mitad de lo que alcanzó en el 2001, el año más elevado de la serie contemplada, en que se fue a 16 euros por cada 100.000.


Esta gráfica es muy, muy parecida a la referida a la otra ratio que he hallado, que es más simple: espectadores del cine español expresados en porcentaje sobre la población total. Ésta es una medida muy cruda porque el que va a ver cine español no va una sola vez, así pues en realidad hay doble, triple, cuádruple contabilidad, y aún más. Pero lo que importa es la tendencia.




El volumen de espectadores del cine español, salvo en años muy especiales como el 2001, aspira a llegar al 50% de la población en los años buenos, pero también ha iniciado una senda descendente, aunque yo diría que más moderada que si la medimos en términos económicos. El cine español, por lo tanto, parece que está perdiendo menos espectadores que pasta. Tiende, pues, a ser menos rentable.


Y bien, ¿qué podemos decir de todo esto en relación con la proposición de teorema «el cine español pierde fuelle por culpa de internet?» Pues, en mi opinión, la respuesta es: cierto, siempre y cuando la implantación de internet, y su uso, sea un hecho volátil.


Porque la gráfica lo es; en los dos casos. Un gráfico volátil es un gráfico que tiene picos y valles. Cuanto más altos los picos y más profundos los valles, más volátil. La volatilidad refleja variabilidad o, si se prefiere, tendencias menos claras que cuando no existe. Si tienes, o alguna vez tienes, participaciones en un fondo de inversión, verás que tu gestora te informa periódicamente de su volatilidad; es una forma de indicarte hasta qué punto te puedes fiar de que tu fondo de inversión vaya a tener una tendencia clara (al alza o a la baja).


Ciertamete, el cine español, en el 2007, no está en una buena situación. A juzgar por su historia reciente , los 8 euritos por cada 100.000 de valor añadido bruto que recaudó, y los treinta y pico espectadores de cada 100 habitantes que logró movilizar, palidecen ante las cifras del pasado. Pero no de todo el pasado. De hecho, los mejores resultados del cine español se dan en los años 2001, 2003 y 2005, relativamente cercanos a los de la crisis. Los ratios del siglo pasado son iguales o peores que los del 2007.


Si hemos de creer el teorema, por lo tanto, tendríamos que concluir que en España, entre los años 1996 y 1999, las ADSL se abarataron que lo flipas, el personal se tiró en plancha a internet, en los colegios dieron tutorías sobre P2P y el personal se dedicó a bajarse películas a tutiplani. Pero luego llegó el efecto 2000 y, sobre todo, el efecto 2001, en los que el desarrollo de internet en España, de forma inexplicable, se frenó en seco. Los hogares se dieron de baja de sus ADSL en masa, el Papa excomulgó a los católicos que usasen el P2P, la práctica fue prohibida en siete u ocho comunidades autónomas. Como consecuencia, los resultados del cine, siempre partiendo de la base de que el factor que los explica es el P2P, experimentaron una inmediata mejora. La gente volvió a los cines y volvió a dejarse allí la pasta. Aunque no tardaron en arrepentirse, porque regresaron a la actividad internetera poco a poco pero, eso sí, con un perfil de dientes de sierra para despistar y que no pareciese todo aquello una conspiración.


Lo único claro en esta gráfica es la tendencia descendente de los últimos dos años. Que, en todo caso, se corresponde con la ascendente del final de los noventa, año en el que, esto supongo que lo admitirá cualquiera, no existía un efecto internet tan claro. Es más: todo lo que ha hecho la difusión de internet (y del P2P) es mejorar, incrementarse. En ese caso, ¿cómo es posible que hasta el 2005 el cine español muestre una senda volátil pero en general ascendente? ¿Existe la piratería sólo desde el 2006?


La verdad, para mí, es como casi todas las verdades que tienen que ver con el análisis económico. El mundo es mucho más entretenido y divertido de cómo lo ven los directores de cine; los hechos no son explicados por un factor, sino por varios. Está el P2P, probablemente. Pero también el nivel de renta. Y, probablemente, la evolución de la pirámide de población y el tipo de espectador que el cine español va buscando; es al menos mi opinión que en el cine español proliferan excesivamente las cintas que no le dicen nada a un espectador con, digamos, más de 38 años.


Y hay un factor que, a menudo, los analistas catódicos olvidan: la calidad. El cine español, a mi modo de ver, debería preguntarse si está generando calidad suficiente como para conseguir unas ratios crecientes. Si sus películas del año N son mejores que las del año N-1, o iguales, o peores. Por aportar mi granito de arena, diré que en lo que a mí obviamente más me importa, que es el cine histórico, los productores españoles tienen una espinilla que no se la estallan ni con clearasil. Desde luego, el gran referente (Hollywood) no está como para dar lecciones, que cagadas en películas históricas han tenido muchas, y muy, pero muy gordas. Pero eso de mal de muchos bla bla bla es una gilipollez.


El cine histórico español es muy malo. Se hacen películas situadas en El Escorial y se muestra el monasterio tal cual está hoy, sin molestarse en averiguar que en la fecha en que ocurren los hechos relatados no estaba terminado. Esto por citar la última de la que he tenido noticia. En general, además, el cine histórico, o simplemente situado en el pasado, suele ser un mero soporte para colocar en él personajes con perfil actual. Si filmas una película ambientada en una escuela monástica de la Edad Media no puedes colocar dentro de la misma a un alumno y una alumna que parezcan sacados de Física o Química.


La evolución de los resultados del cine español no presenta tendencias unívocas. Presenta bajadas y subidas, en ocasiones muy exageradas (véase el bienio 2000-2001, por ejemplo) que no pueden explicarse con fenómenos regulares como la mejora de las rentas de los particulares, que en esos años era continuada, o la difusión de internet, que no ha experimentado pasos atrás. Esas varaciones, esa pequeña o grande volatilidad, tiene que tener otra explicación. Y esa explicación no puede casi ser otra que el cine español a veces gusta y a veces, no.


La señora ministra hace bien en hablar del P2P. Es su obligación. Pero algún mensajito a los creadores en el sentido de que hay que dejar de hacer bodrios tampoco vendría mal.


En fin, como decía, la próxima ya irá de Historia, again.

miércoles, abril 08, 2009

Santa reflexión: el gobierno ideal

Este blog, como tantos otros españolitos, quedará en silencio durante los días jueves a domingo. No es que piense coger el coche y pirarme, pero las actividades que tengo previstas en Madrid no se van a acercar demasiado a los ordenadores, así pues creo que no habrá posibilidad de escribir demasiado. Además, tengo que velar mis armas porque Tiburcio ha anunciado en Facebook que recoge el guante que le tiré y se pondrá a acumular argumentos sobre por qué Joachim von Ribentropp debe llevarse el Nobel al nazi más idiota.

Me tiemblan las manos. Un proboscídeo motivado no es cosa que se pueda despreciar. No hay enemigo pequeño; pero es que éste, además, es enorme, coño.

Puestos a contar secretitos, y ahora que no nos ve nadie, os diré otro. Tibur y yo tenemos otra polémica, que quizás salte algún día. Tiene que ver con la muerte de Mola.

En fin. Pensé en dejaros para estos días un motivo de reflexión. Esto lo pensé mientras pasaba las hojas de un diario deportivo, donde me encontré con una de esas selecciones ideales que se construyen con los mejores jugadores de cada posición en un torneo. Inmediatamente, en la televisión anunciaron que ese día Zapatero haría cambios en el gobierno.

Esto me iluminó el cebollo y me planteó la siguiente pregunta: ¿cuál sería el gobierno ideal de España, históricamente hablando?

Tenía que hacer una lista. Sentéme al ordenador y bosquejéla. La cambié varias veces. Finalmente, ha quedado una. Que es la que dejo aquí. Obviamente, me he limitado a los ministerios más habituales, aunque hay alguno exótico.

Si alguien se toma la molestia de enviarme alguna lista alternativa (ya sabéis: granmiserable+arroba+hotmail+punto+com), que sepa que la publicaré con gusto. Os pediría que no os indentifiquéis como anónimos, pero luego vosotros haréis, como es de ley, lo que os salga de ahí.

Ésta, en cualquier caso, es mi lista:


El gobierno ideal de España, según JdJ


Presidente de la República (por supuesto)
General Baldomero Espartero.



Presidente del gobierno: José Canalejas.



Vicepresidente primero: Adolfo Suárez.

Vicepresidente segundo y ministro de Economía: Raimundo Fernández Villaverde.


Ministro de Trabajo y Seguridad Social: Francisco Largo Caballero.

Ministro de Obras Públicas: Rafael Benjumea, conde de Guadalhorce.

Ministro de Defensa: Teniente General Manuel Gutiérrez Mellado.

Ministro de Educación: Fernando de los Ríos.

Ministro de Justicia: vacante.



Ministro de Hacienda: Alejandro Mon.

Ministro de Asuntos Exteriores: Antonio Maura.

Ministro de Sanidad: Ernest Lluch.

Ministro del Interior: Juan José Rosón.

Ministro de Agricultura: Marcelino Domingo.

Ministro de Cultura: no debería existir el Ministerio de Cultura.

Ministro de Industria: Françesc Cambó.



Ministra de Igualdad: Clara Campoamor.



Ministro de Vivienda: no debería existir el Ministerio de la Vivienda.



Ministro de Ciencia y Tecnología: Gaspar Melchor de Jovellanos.



Ministro de Administraciones Públicas: vacante.



Presidente del Congreso: Julián Besteiro.

lunes, abril 06, 2009

Hess (y3)

Para cuando Spandau se quedó sólo con tres inquilinos, Baldur von Schirach tenía ya 50 años, Albert Speer 52 y Rudolf Hess, 63. Para Hess, este trío se convertía prácticamente en un dúo puesto que sus relaciones con Schirach, sin llegar a ser imposibles, tampoco eran gran cosa; Hess lo odiaba. Von Schirach tenía un carácter totalmente opuesto al de Hess. Si el antiguo lugarteniente de Hitler había nacido para el servicio a alguien, intelectualmente hablando, para la dependencia respecto del un líder, a Von Schirach le gustaba decir que no veía a nadie por encima de él y, añadía inmediatamente, ese «nadie» incluía a Hitler. Si alguna vez hizo esa afirmación delante de Hess, cosa que no sabemos, con seguridad su compañero de prisión no la aceptó con facilidad.

La semisoledad a la que se vieron sometidos los únicos tres inquilinos de Spandau intensificó las paranoias de Hess, quien repetía y repetía que estaba muy enfermo; los médicos de Spandau tomaron la costumbre de ponerle a veces inyecciones de agua destilada, tras muchas de las cuales el «enfermo» «mejoró». Aún así, en noviembre de 1959, Hess perdió más de diez kilos en una semana y llegó a pesar 45 kilos y medio. No era una evolución normal, desde luego, y el guardian jefe americano Wally Chisholm así lo hizo saber en un informe. No obstante, sus preocupaciones llegaron tarde. El 26 de noviembre de 1959, al entrar en la celda de Hess, el guardián francés Morell se lo encontró en la cama, con la manta y las sábanas empapadas de sangre, y una herida en la muñeca que se había hecho con un cristal de sus gafas. No obstante, cabe señalar que hubo guardianes, como el propio Morell, que se negaron a considerar aquello una tentativa de suicidio, sino más bien una forma de llamar la atención. De hecho, cuando se le estaba cosiendo la herida, Hess prometió débilmente que volvería a comer, pero el hecho es que cumplió su promesa, inmediatamente y con voracidad. Tal vez sea cierto que, simplemente, consideró que había conseguido llamar la atención como pretendía.

El 25 de enero de 1965, mientras paseaba entre la nieve, la retina del ojo derecho de Baldur von Schirach se desprendió. El accidente oftalmológico provocó un agrio debate entre los guardianes de Spandau, pues, en general, las potencias occidentales consideraban que había que trasladar al preso a un hospital, cosa a la que los soviéticos se negaban. Sin embargo, el acuerdo fue, finalmente, que se le trasladaría al hospital militar británico de Berlín.

Fue más o menos en aquella época cuando los guardianes de Spandau encontraron a una mujer tratando de encaramarse a un árbol junto al muro de la cárcel, cerca de la celda de Von Schirach. Se trataba de Karine Stein, una mujer que decía estar perdidamente enamorada de él (aunque no se conocían).

Un nuevo obstáculo apareció en la negociación entre las potencias. A mediados de los sesenta, algunos de los oftalmólogos más avanzados del mundo comenzaban a realizar la coagulación con láser. De hecho había un doctor que podía realizar la operación... pero era alemán. Von Schirach informó de que comenzaba a tener síntomas preocupantes en su ojo izquierdo y el oftalmólogo americano confirmó que la cosa iba mal. Pero, aún así, los soviéticos se negaron de nuevo a la operación; las normas eran claras al establecer que sólo los médicos de las cuatro potencias podían tratar a los prisioneros. Finalmente, acabaron cediendo y aceptando que el prisionero fuese tratado en Berlín por alemanes. El día que fue llevado Von Schirach al hospital, una presunta doctora con bata blanca y fonendo se le acercó y le dio una nota. Era Karen Stein. Le ofrecía sus ojos.

Si Hess nunca había dado demasiadas pruebas de estar en sus cabales, en 1965 daba ya la impresión de estar perdiendo un poco la noción de las cosas. Llevaba en Spandau 18 años durante los cuales no había recibido la visita de su familia porque se había negado. Tanto Von Schirach como Speer trataban de convencerlo de lo contrario, pensando que la visita de su familia contribuiría a mejorar su estabilidad emocional. Pero Hess se negaba de forma exasperante. Una vez dijo que sí, pero luego no hizo la solicitud. Cuando Schirach le preguntó por qué, argumentó que su hijo no había sacado buenas notas en los exámenes. Semanas después, y ante la presión, se avino a pedir una visita de su abogado, Sedl, ante el que se quejó de la lentitud de su familia a la hora de enviarle libros y de que su suegra no le habría agradecido una tarjeta de cumpleaños que él le había enviado. Todo este aislamiento le llevaba a no tener ningún tipo de válvula de escape, algo muy necesario en una situación como la que tenían aquellos viejos nazis. Von Schirach tenía las visitas de su hijo y, sobre todo, se tenía a sí mismo. Albert Speer era un lector compulsivo (como Hess) y también se desfogaba trabajando en el jardín de la prisión y caminando interminables paseos por el patio, que identificaba con etapas reales. Estaba dando la vuelta al mundo, una vuelta real en lo que a número de pasos se refiere. En 1965 decía ir por Alaska y asaeteaba a los guardianes para que le informaran del clima y aspecto que tenía cada territorio en el momento que él lo «visitaba».

La medianoche del 3 de septiembre de 1966, Baldur von Schirach y Albert Speer cumplieron sus condenas. A la salida de Von Shirach tuvieron que sacar a Karen Stein en una ambulancia.

Dos semanas después de quedarse solo en Spandau, Hess cayó en una depresión y dejó de comer. Tampoco quería levantarse de la cama. Llevaba mucho tiempo ya rebajado de la obligación de trabajar en el jardín, así pues, en realidad, no tenía nada que hacer. Pero, una vez más, y como había pasado muchas veces, con la misma rapidez que había dejado de comer, volvió a hacerlo.

Las depresiones, no obstante, volvieron. En los monólogos de Hess comenzó a tomar protagonismo el asunto de su libertad. El lugarteniente de Hitler se veía claramente discriminado tras la marcha de sus otros compañeros de cautiverio. Habían pasado 21 largos años desde el día en que Adolf Hitler se había metido el cañón de una pistola en la boca y había accionado el gatillo. Por medio, habían llegado la bomba atómica, la guerra fría, los Beatles, Fidel Castro, Corea, Vietnam... Hess estaba bien informado y sabía que él era el único condenado a cadena perpetua tras la segunda guerra mundial que seguía en el maco.

Y, verdaderamente, aún flota por ahí, de alguna manera, la pregunta de por qué quienes no quisieron, o no pudieron, olvidar, preferentemente los soviéticos, fueron a elegir a Hess. En su contra jugaron, probablemente, su longevidad, sus condiciones de salud relativamente buenas (por mucho que él insistiese en lo de los envenenamientos) y su cercanía a Hitler. Razones demasiado poderosas para ser contrapesadas por otras, como que el real papel de Hess en los crímenes nazis fue insulso, incluso inexistente muchas veces, y que en la estructura del poder real del NSDAP, en realidad, él estaba en una tercera o cuarta fila.

La URSS necesitaba recordar, por muchas razones. Algunas reprochables, como las ligadas a la propia dinámica política interior. Otras, más comprensibles. Es posible que la URSS sea el país más devastado por una guerra de la Historia. La lista de daños es muy larga: 20 millones de muertos; 15 grandes ciudades total o parcialmente destruidas; 1.710 ciudades de tamaño medio y 70.000 pueblos y aldeas; 6 millones de edificios derrumbados o quemados; 31.850 industrias destruidas; 65.000 kilómetros de vía férrea inutilizados; 4.100 estaciones de tren destruidas; 36.000 oficinas postales; 56.000 millas de autopistas y vías rápidas; 90.000 puentes; 10.000 instalaciones eléctricas; 1.135 minas de carbón; 3.000 pozos de petróleo; 98.000 granjas saqueadas; 7 millones de caballos sacrificados; 17 millones de cabezas de ganado bovino; 27 millones de ovino y caprino; 110 millones de pollos; 40.000 hospitales y centros de salud destruidos, 84.000 escuelas, 43.000 bibliotecas (donde se destruyeron 110 millones de libros); 44.000 teatros, 427 museos y 2.800 iglesias.

Toda esa carga residía ya, únicamente, sobre los hombros del anciano Rudolf Hess.

Los aliados eran más proclives a la idea de liberarlo. Pero la liberación nunca se produjo.

Hess se hizo amigo de los pájaros. Los alimentaba de migas y se entretenía mirándolos. Incluso hubo, al parecer, unos patos que tomaron la costumbre de ir allí una nidificar una vez al año.

En 1969, un manifiesto, firmado por unos 800 intelectuales europeos, vio la luz solicitando la libertad de Hess. En noviembre de 1969 tuvo una crisis intestinal que obligó a llevarlo al hospital británico. Fue su primera salida desde 1947. Hess, en un signo más de su intrincada personalidad, no quería ir. Decía que tenía miedo. Así pues, es probable que siguiese creyendo que lo querían envenenar (eso sin preguntarse por qué no lo habían conseguido en 22 años).

En su estancia en el hospital, donde se le descubrió una úlcera de duodeno y otra perforación que había sanado sola, Hess creyó morir. Esto lo cambió, de alguna manera, para siempre. En las navidades de aquel año, inesperadamente, tomó una decisión de la que ya nadie le creía capaz: solicitó ver a su mujer y a su hijo. La estancia en el hospital británico le hizo mucho bien. En enero de 1970, por ejemplo, le dejaron ver la televisión por primera vez en su vida. La primera imagen quer apareció fue la de una chica anunciando un sostén.

A pesar de que no fueron pocas las ilusiones que se hicieron de que Hess no volvería a Spandau, lo hizo. El 13 de marzo de 1970. No volvió a su celda de siempre, sino a la capilla, más espaciosa, donde se le instaló una cama de hospital. Asimismo, su régimen cambió por otro más vigilado por los médicos, y no sólo por los guardianes. Aquellos meses tras la vuelta a Spandau, se obsesionó con el viaje a la Luna, asunto sobre el que devoraba libros y artículos.

Algún tiempo después, Hess enfermó de Parkinson. Las noticias de su progresivo deterioro físico y mental traspasaron con facilidad los muros de Spandau y las gestiones para su liberación por razones humanitarias, constantemente enervadas por su familia, fueron muchas. Pero nunca llegaron a ningún resultado. Resulta difícil saber si pensó hasta el final que podía ser liberado; es probable que fuese así, aunque esos pensamientos ocuparían su cabeza por temporadas, pues el cerebro y la voluntad de Hess, como hemos visto en estas notas, iba y venía constantemente.

El hombre que tantas veces había anunciado y temido su muerte falleció, sin embargo, repentinamente. El 17 de agosto de 1987, a los 93 años de edad. Hay quien dice que se murió en el cortacabeza de su libertad, pues para entonces en la URSS las cosas estaban cambiando muy rápidamente y no era en modo alguno descabellado imaginar que Gorvachov diese su brazo a torcer en el asunto. Se dijo que se había suicidado por autoestrangulamiento, algo muy difícil de creer.

Rudolf Hess murió 15.449 días después que su maestro y mentor, Adolf Hitler. Y 16.900 días después del último día que pasó en libertad, en la carlinga de un avión, vestido con unas ropas que le acompañaron a Spandau y pasaron todo ese tiempo muy cerca de él. En un día como hoy, apenas han pasado 7.900 días desde la muerte de Hess, lo cual nos da la medida de lo prolongado de su prisión.

Una agonía tan larga ha construido el mito a su alrededor. Se dice, yo lo he leído en muchos sitios, que Hess era uno de los pocos jerifaltes nazis que tuteaban a Hitler. Es falso, si hemos de creer a alguien tan cercano al Führer como Speer. Los únicos que lo trataban de tú eran Eva Braun, Ernst Röhm, Julius Streicher, Christian Weber y Herman Esser (y, quizá, Geli Raubal, pero eso Speer no podía saberlo y Hitler, seguro, no se lo contó, porque nunca hablaba de ella). Hess, probablemente, no era tan importante como se quiere hacer creer.

Todo lo que hizo fue vivir. Vivir lo suficiente como para poder ser el símbolo viviente del nazismo; un trauma que, probablemente, no murió hasta que él no exhaló su último suspiro.


Una cosa que inquieta. En una de las muchas revisiones de valoración que se realizaron a Hess en Spandau se le pidió que dibujase a un hombre. Hess dibujó una silueta perfectamente definida pero, al dibujar la cabeza, pintó un círculo en blanco. Sólo cuando el psicólogo le preguntó por qué dejaba el rostro en blanco, pintó unos rasgos dentro del círculo.

Siempre me he preguntado, y supongo que siempre me preguntaré, qué significado puede tener una reacción así.

sábado, abril 04, 2009

Hess (2): Llegada a Spandau

Rudolf Hess ingresó en la cárcel de Nuremberg el 10 de octubre de 1945. Lo primero que hizo nada más ser llevado a la presencia del coronel Burton C. Andrews, jefe mayor de la prisión, fue reclamar unos chocolates que le habían quitado a la entrada. Se los habían dado los británicos y Hess quería guardarlos para su defensa en el juicio; por supuesto, consideraba que estaban envenenados. En el diario que guardó de aquellos días del final de 1945, anotó con precisión todos y cada uno de los días en que no cagaba, mostrando una obsesión bastante clara con la idea de que estaban conspirando contra él.

El 27 de noviembre, la corte de Nuremberg decidió celebrar una sesión para decidir si Hess estaba suficientemente en sus cabales como para ser juzgado. Probablemente temiendo ser enviado a un frenopático, donde quizá esperaba desaparecer misteriosamente, declaró que parecía que volvía a recobrar algo de memoria. Tiempo después, sin embargo, conforme sobre el juicio comenzaron a llegar las abrumadoras pruebas de las brutalidades del régimen nazi, Hess volvió a perder la memoria a ratos.

El 31 de agosto de 1946, se celebró la sesión de las declaraciones finales. Para entonces, Hess había puesto notable distancia con casi todos sus compañeros de juicio y cautiverio (con Julius Streicher, por ejemplo, ni siquiera se dirigía la palabra) y era considerado por los demás como un excéntrico. Nadie esperaba que aprovechase su último turno y, por eso, cuando Hermann Göring terminó su propia intervención, hizo el gesto de pasarle el micrófono a Joachim von Ribentropp (el amigo de Tiburcio), pero se quedó pegado cuando Hess, que estaba enmedio, lo tomó.

El discurso de Hess empezó bastante bien, con coherencia y tal; pero, conforme se desarrollaba, se iba perdiendo en conceptos cada vez más difíciles, frases a medio terminar. Su línea argumental fue bastante predecible. Él, dijo, había hecho varias predicciones antes de empezar el juicio. Había predicho que algunos testigos harían declaraciones sorprendentes o falsas. Intentaba, supongo, insinuar que se había manipulado, o drogado, a algunos testigos. A los 20 minutos de perorata, el presidente de la sala tuvo que decirle que fuera abreviando. Inmediatamente después, declaró su orgullo por haber trabajado a las órdenes «del hijo más grande que mi país ha alumbrado en sus mil años de historia».

Hess decía que no creía que fueran a ejecutarlo, pero muy probablemente lo pensó. El 20 de septiembre dio instrucciones precisas a su banco de Munich para que pagase la prima de su seguro de vida, para que así no fuese anulado. Sin embargo, el veredicto fue de no culpable para los crimenes que colocaban a su perpetrador en el paredón, es decir crímenes de guerra y crímenes contra la Humanidad. Fue declarado culpable de conspiración y crímenes contra la paz. Y condenado a cadena perpetua.

Teniendo como tenía Hess una personalidad huidiza y obsesiva, que colocaba cortinas argumentales que le permitían no ver lo que no quería ver, tras su condena hizo algo parecido. Existen testimonios que en los días posteriores a las condenas (y al suicidio de Göring) estuvo hasta de buen humor. Al parecer, estaba mascullando la idea de huir de Nuremberg y ponerse al frente de la nación alemana. Cómo llegó Hess a albergar la idea de que era el nuevo Führer, es algo que tendría que explicar él y, que yo sepa, nunca lo hizo. Lo que sí sabemos es que, en una prueba más de que vivía en su mundo, seguía, increíblemente, creyendo en la matraca que le había hecho volar a Escocia, es decir la posibilidad de un acuerdo entre los aliados no comunistas y una Alemania nazi. En uno de los boletines que escribió en su celda «preparando» su llegada al poder, declaró que tomaba el poder sobre Alemania «con la aprobación de las fuerzas de ocupación». O sea: parecía estar convencido de que los mismos que le habían condenado a cadena perpetua le iban a ascender a la categoría de canciller.

Su paranoia fue tal que, probablemente, olvidó que estaba en una cárcel y condenado a cadena perpetua. Exigía que se instalasen en su celda equipos de telefonía y telegrafía para poder comunicarse con el pueblo alemán. Cursó «órdenes» de que los ferrocarriles alemanes diesen billete gratis a todo aquel que quisiera venir a verle cuando estuviese en Munich. Diseñó un nuevo Reichstag con 500 diputados, ninguno de los cuales, por cierto, podría ser mujer. A este lo coje Bibiana Aido y lo cuelga por los pies. Sobre los judíos, dictaminó que deberían ser concentrados en lo que llamó «campos de protección» (de la ira del pueblo alemán), donde las condiciones serían «lo más humanas posible». En otras palabras, no se había enterado de nada.

La cárcel berlinesa de Spandau tenía 132 celdas individuales, cinco celdas de castigo y 10 celdas comunes para 40 prisioneros cada una. Sin embargo, el acuerdo entre estadounidenses, rusos, británicos y franceses, los cuatro guardianes del lugar, llevó allí a sólo siete inquilinos. El 10 de julio de 1947, ingresaron en Spandau:

Baldur von Schirach, ex jefe de las juventudes hitlerianas, que entonces tenía 40 años y había sido condenado a 20 años.

El almirante Karl Doenitz, el hombre que heredó el mando sobre Alemania tras el suicidio de Hitler, ex comandante en jefe de la marina alemana, que entonces tenía 56 años y debía cumplir una sentencia de 10.

El Barón, Konstantin von Neurath, diplomático de 74 años, antiguo jefe del Reich en Bohemia y Moravia, condenado a 10 años.

Erich Raeder, de 71 años, antiguo almirante general de la Armada y que, a pesar de la solidaridad de oficio, odiaba a Doenitz.

El siempre educado y culto Albert Speer, futuro autor de un conocido best seller de memorias, entonces de 42 años. Había sido el arquitecto de guardia de Hitler, el hombre llamado a construir el Gran Berlín del nazismo, y luego su ministro de Armamento (donde hasta los historiadores más antinazis reconocen que no lo hizo tan mal). Entró con una sentencia de 20 años. Sería, con mucho, el prisionero que más pendiente estaría del siempre atrabiliario Hess.

Por último, además de Hess claro, Walter Funk, antiguo presidente del Reichsbank, que entonces tenía 57 años y estaba condenado a cadena perpetua.

Las normas de Spandau no fueron nada contemporizadoras. A los presos se les otorgó un número y eran conocidos por ese número. No podían escribir ni recibir más de una carta, que no tuviese más de cuatro hojas, cada mes. Tampoco podían hablar entre ellos a menos que fuesen autorizados a ello. Tenían derecho a una visita de 15 minutos cada dos meses, pese a lo cual Hess pasó décadas sin ver a su mujer ni a su hijo, al que apenas conocía; se negó en redondo a recibirlos. Tenían establecida una agenda de trabajo, sobre todo limpieza, que debían cumplir todos los días, salvo los domingos y fiestas alemanas. Sólo podían tomar un baño caliente a la semana.

El asunto de cómo se coordinaron las cuatro potencias en Spandau es espinoso, porque las especiales características del régimen soviético, tan rígido y aparentemente desinteresado por lo que pudieran pensar de él más allá del Telón de Acero, ha hecho que, en realidad, no exista equilibrio en los testimonios. De lo que sabemos parece deducirse que fueron los rusos los que se tomaron el asunto con más rigidez. Al parecer, anotaban hasta el menor incidente que ocurriese, sobre todo al principio; y, en general, toda la historia de la existencia de Spandau es la historia de una continua negociación con los soviéticos para conseguir pequeñas laxitudes en el trato de los prisioneros. El trato era tan distinto que, según algunos datos que se han publicado, durante el mes que los rusos se encargaban de las guardias y de la prisión, los prisioneros adelgazaban ostensiblemente. No obstante, a Spandau le cabe el mérito de haber sido, durante muchos momentos de la Guerra Fría, el único lugar en el mundo en el que rusos y americanos colaboraban.

En enero de 1948, a Funk se le presentó una grave obstrucción de vejiga pero, siempre según los testimonios al uso, fueron los rusos los que se negaron a sacarlo de la prisión para operarlo en un hospital. Funk, por su parte, se negaba a ser operado en la antigua sala de ejecuciones de la prisión, malamente adaptada como quirófano. Sólo se convenció cuando Raeder fue operado en dicho quirófano, en una intervención en que le cerraron una hernia y le extrajeron el testítulo derecho.


Los tiempos cambiaban. El mundo, poco a poco, en parte por el simple paso del tiempo, en parte porque estas cosas tienen que ser así, comenzó a olvidar los horrores del nazismo. Y Alemania comenzó a levantarse, a ser un peón importantísimo en la defensa de Europa, así como en su economía. Una vez un amigo alemán me dijo que hay que haber nacido en Alemania para entender la extraña forma que tiene un alemán de ser patriota. Debe ser verdad. Para muchos alemanes, y también para sus políticos, lo hombres de Spandau eran culpables; pero también eran seres humanos, y, sobre todo, eran alemanes. Por muy cabrones que hubieran sido, no habían dejado de ser alemanes. Así que el canciller Konrad Adenauer protestó. El mando de Spandau le contestó que sus informaciones eran erradas pero, por mucho que algunas de sus acusaciones fuesen exageradas, el núcleo era, probablemente, cierto. Los prisioneros de Spandau tenían como poco graves problemas para acceder a la lectura, no podían permanecer libremente en sus celdas y, sobre todo, sufrían el escrutinio de sus guardianes en plena noche, lo cual quebraba su sueño y les rompía los nervios.

De hecho, fue Walter Funk el primero que no lo aguantó. Una noche, el guardia soviético entró en su celda de madrugada, encendió la luz y Funk se lanzó sobre él y le insultó.

Con todo, fue Hess quien mostró el peor comportamiento. Somáticamente, la preocupación se centraba en Funk y Von Neurath, ambos hipertensos y con grandes problemas de salud. Pero el que estaba más para allá, mentalmente hablando, era Hess. Se pasaba las noches gimiendo y no dejaba dormir a sus compañeros. Lo trasladaron a una celda lejana; a partir de ese momento, los que no pudieron descansar fueron sus guardianes. Sin embargo, tras unas veladas amenazas, se recuperó tan rápido como había empeorado.

Hess era distinto. La gran diversión dominical de Spandau era el concierto que Walter Funk realizaba en la pequeña capilla de la cárcel, al armonio. Era un decente intérprete de Bach (al cual, por cierto, estoy escuchando ahora mismo, mientras escribo, saliendo del arco de Simon Standage y Elisabeth Wilcox). Todo el público se sentaba en la celda doble junto a la capilla. Menos Hess. Hess se sentaba en el corredor, solo. Siempre solo.

Para cuando llegó 1950, se habían instalado baños individuales en las celdas, así como nuevas duchas. El ambiente se relajaba, aunque sin aspavientos. Un día de invierno de 1952, Von Sirach y Doenitz se enzarzaron en una pelea de bolas de nieve, a la que unió el guardián estadounidense; los tres fueron castigados. El 31 de marzo de aquel año, Von Neurath tuvo una angina de pecho y casi la palma. Meses después volvió a tener otro episodio preocupante. En septiembre de 1953 tuvieron que llevarle una cama de hospital, pues ya no podía estar en una normal de la cárcel. Un año después, sufrió un edema pulmonar. Se preparó absolutamente todo; todo el mundo en la prisión estaba convencido de que el ataúd que se había construido con ocasión de un grave ataque que sufriera Funk ya tenía inquilino. Pero Von Neurath se recuperó. Y, sin embargo, aquello fue demasiado para las potencias, siempre presionadas por el gobierno alemán y porciones nada despreciables de su opinión pública, así como de otros elementos de la opinión internacional. El 5 de noviembre de 1954, y con algo de apresuramiento, le fue comunicado a los parientes de Von Neurath que iba a ser puesto en libertad. Al parecer, de tiempo atrás los rusos se habían negado a la liberación; pero, repentinamente, comunicaron a los aliados su decisión de que el prisionero fuese liberado.

Konstantin von Neurath sobrevivió dos años a su cautiverio. Murió de un ataque de asma.

La liberación de Von Neurath dio alas al gobierno alemán. Adenauer hizo saber a las cancillerías aliadas que defendía la idea de la liberación de todos los prisioneros de más de 75 años de edad. Probablemente para rebajar la presión y soltar lastre, la URSS comunicó su acuerdo con la liberación de Raeder. El almirante salió de Spandau el 26 de septiembre de 1955. Es autor de unas memorias dubitativas, etéreas y bastante poco claras, de las que se saca la conclusión de que tampoco tenía información muy de primera mano.

En 1956, el liberado fue su peor enemigo, el también marino Karl Doenitz, quien salió simple y puramente porque había cumplido su condena. Así que ya sólo quedaban Speer, Von Sirach, Funk y Hess. En ese momento, la mayor preocupación para los guardianes fue Funk. Aparte de ser ya incapaz para el trabajo y de empeorar de su diabetes, todo indica que cayó en una profunda depresión; lloraba a menudo y se pasaba horas mirando hacia el mismo punto en ninguna parte. El 16 de mayo de 1957, se lo puso en libertad.

Ya sólo eran tres. Los años más tristes de Rudolf Hess habían comenzado...

viernes, abril 03, 2009

¿Quién es el español más endeudado?

Como bien sabéis los habituales del blog, a veces no puedo resistir la tentación de colocar algún off topic sobre cosas que veo por ahí. Como siempre, disculpas a los historiomaníacos.

Os pregunto una cosa. En vuestra opinión, ¿quién es el español más endeudado?

Alguno de vosotros pensará: yo. Menos lobos. Pero, si lo pensáis un poco, supongo que muchos acabaréis por contestar que el español más endeudado será un tipo o tipa que sabe Dios cómo se llama, que montó un negocio, le fue de puñetera angustia, ahora no tiene un duro y todos los créditos los debe.

Según la prensa española, sin embargo, el español más endeudado será Emilio Botín o, quizá, Amancio Ortega.

Hace unos días, el ministerio de Economía y Hacienda hizo públicas las cifras de la deuda bancaria viva de los ayuntamientos españoles. Medida de transparencia pública que no merece sino aplausos. Automáticamente, Google os lo demostrará fácilmente, todo el mundo, es decir medios de comunicación, políticos, etc., se lanzó como un lobo sobre los datos, de los que sacó una conclusión básica: el ayuntamiento de Madrid es el ayuntamiento más endeudado de España, con más de 6.000 millones de deuda.

Lo sorprendente es que hasta los propios políticos del PP, y digo del PP porque en esto están a la defensiva porque gobiernan en Madrid, se hayan tragado esto así, sin más. Es cierto que Madrid debe un pastón, concretamente 6.683 millones de euros. Pero no por eso es, a mi modo de ver, el ayuntamiento más endeudado de España.

Yo debo por mi hipoteca ahora mismo unos 68.000 euros. Y supongo que la baronesa Thyssen, si compra cuadros y obras de arte y hace obras en sus casas financiándolas total o parcialmente con créditos, tendrá préstamos por un valor muy superior a esta cifra. Pero hasta un lerdo entiende que esto no quiere decir que ella esté más endeudada que yo. La intensidad de mi deuda dependerá de los recursos con que yo cuento para pagarla. Porque si yo soy, un suponer, mileurista, estoy bien, pero bien, jodido. Y lo mismo la baronesa, debiendo, digamos, 6.800.000 euros (esto es, 100 veces más que yo), desayuna tan tranquila, porque tiene patrimonio para dar y tomar.

Conscientes de esto, los expertos del Ministerio de Economía, en la hoja que aportan, incluyen una columna al lado, que es la de la población del ayuntamiento. Es un indicador un poco cutre; a mí me parecería más lógico que hubiesen incluido la recaudación de impuestos del último ejercicio auditado, que es la cifra realmente fetén. Si yo debo 6.000 millones de euros y recaudo cada año 3.000 millones, entonces mi deuda equivale a dos años de recaudación completos. Pero si yo debo, tan sólo, 1 millón de euros pero soy un ayuntamiento pequeñito que sólo recauda 10.000 euros anuales, entonces debo el equivalente de 100 años de recaudación; y estoy mucho más puteado que el pez gordo que presuntamente debe tanto.

No obstante, nos tenemos que conformar con el dato, indiciario, de la deuda per capita (y digo indiciario porque la tasa per cápita no tiene en cuenta que el nivel de ingresos no es el mismo por ayuntamientos o, si lo preferís, el ingreso medio, ergo la base imponible, en ciudades grandes tiende a ser también más elevado). La cuenta se hace en un Excel en aproximadamente minuto y medio. De la misma se deduce que el ayuntamiento más endeudado de España es el de Ochánduri (La Rioja), cuyos 74 habitantes deben 726.000 euros, lo cual son algo más de 9.800 lúas por cabeza. Ochánduri ocupa el puesto 1.658 en deuda bruta. Así pues, si lo miramos con ojos «periodístico-políticos» va razonablemente de coña (hay algo menos de 5.000 ayuntamientos con alguna deuda, luego el puesto 1.658 tampoco está tan mal); pero si hallamos la cifra media, canta.

Ahora bien, hay que reconocer que entre un titular que diga «Gallardón es el alcalde más endeudado de España» y «Ugarte es el alcalde más endeudado de España», no hay color. Más que nada porque casi nadie sabe quién es el tal Ugarte, alcalde de Ochánduri según internet. Por cierto, también del PP.

Ciertamente, la intensidad de la deuda madrileña no puede negarse. Los madrileños debemos per cápita 2.080 euros; cifra que se compara con los 993 de los valencianos, 603 de los sevillanos, 477 de los barceloneses o 31 euros de los bilbainos. Pero hay 57 ayuntamientos que están más endeudados que Madrid. Y son más bien pequeños, lo cual me lleva a la última reflexión: centrar el problema del endeudamiento municipal en las grandes áreas metropolitanas es un error por parte de los medios de comunicación, y una grave irresponsabilidad por parte de los políticos, a los que cabría suponerles una capacidad de análisis por encima de la media.

Madrid puede alcanzar una deuda relativamente elevada; como casi cualquier capital de provincia, y muy especialmente las más grandes. Y digo esto porque este tipo de grandes ciudades tienen obvios márgenes de maniobra en su actuación. Pueden intentar ser sedes de juegos olímpicos, o de regatas millonarias; pueden montar una esfera armilar para atraer el turismo (¿ya nadie se acuerda de la esfera armilar?); pueden sacarse del sobaco un Fórum de las Culturas o una Exposición Mundial del Agua. Pero nada de eso es posible cuando mandas sobre un puñado de vecinos y tu pueblo encima está en cuesta.

Lo que las cifras ahora publicadas demuestran, a mi modo de ver, es que igual que el problema del desempleo está presente, mayoritariamente, en las casas modestas, el problema de la financiación local está localicado en los ayuntamientos modestos. Es en ellos donde, Excel en mano, los ciudadanos corren peligro de empezar a experimentar un déficit de servicios mayor del que ya por sí tenían por vivir en un municipio pequeño.

Eso es lo serio. Madrid y sus 6.300 millones saldrá adelante, porque siempre lo ha hecho y siempre lo hará. Pero en los otros, por lo que se ve, no piensa nadie.

Si lo he hecho bien, la hoja de cálculo estará aquí.

jueves, abril 02, 2009

Hess (1): el extraño viaje a Escocia

Es un secreto a voces que Tiburcio Samsa y éste que aquí escribe tenemos una interminable discusión en la que ambos somos capaces de ser muy apasionados. Si algún día veis en algún VIPS de Madrid a un tipo resultón y otro que es la viva imagen de George Clooney discutiendo vehementemente sobre si Rudolf Hess era más tonto que Joachim von Ribentropp o al revés, ésos somos nosotros. Hace tiempo que Tiburcio y yo abrimos esta discusión y me temo (bueno, más bien me solazo de ello) que nunca la cerraremos. Yo pienso que en el nazismo no hay un personaje más limitado y simple que Hess. Tiburcio apuesta por don Riben.

Era sólo cuestión de tiempo que echase mi cuarto a espadas hablando de mi candidato. El hombre que más pagó por la locura de Hitler. Ésta es, no su historia, sino lo que yo sé de su historia.



A las generaciones actuales el nombre de Rudolf Hess probablemente no les dice nada. Al fin y al cabo, si alguno de vosotros, lectores, nació el mismo año que Hess moría, entonces ahora tienes más de 20 años. Y, sin embargo, Hess fue una figura que en su día despertó, no diría yo que pasiones, pero sí opiniones muy encontradas y no poco interés. Rudolf Hess era una persona de escasa inteligencia (aunque alguno de los carceleros que lo trataron desmiente con vehemencia esta idea) destinada a no jugar un papel importante ni en su vida ni en la Historia. Y, sin embargo, fue el hombre que el destino escogió para ser un símbolo. El símbolo de los crímenes del nazismo y de la decisión de quienes lo derrotaron de no olvidarlos. Tan lejos llegó la convicción, sobre todo soviética, de no olvidar y no perdonar, que Hess se convirtió en una figura casi inusitada en la Historia pues fue, durante los largos últimos años de su vida, el único inquilino de una cárcel que se construyó para albergar a 600 internos. La cárcel de Spandau, en Berlín.

Rudolf Hess nació en Egipto, concretamente en Alejandría, el 26 de abril de 1894. Las características de su familia lo impulsaban a dedicarse al negocio del comercio exterior. Sin embargo, al joven Hess aquel destino no le llamaba demasiado. Para regatearlo, aprovechó el estallido de la Gran Guerra, en la que se enroló voluntario. Llegó a teniente y fue transferido a las fuerzas aéreas, donde aprendió a volar, una habilidad que habría de serle muy necesaria años después, cuando decidiese protagonizar la Historia.

Terminada la guerra, Hess decidió ingresar en la universidad de Munich para estudiar diversas materias relacionados con la política. Allí tuvo un profesor de geopolítica que sería su gran influencia: Karl Haushofer.

Haushofer era como luego serían muchos nazis. Sabido es que el nazismo, sobre todo en sus inicios, se apoyó mucho, a la hora de fabricar el mito de la raza aria, de elementos mistagogos y más propios de un programa-timo de ésos paranormales, como Thule y tal. Las clases de Haushofer solían estar trufadas de referencias a la astrología y este tipo de fuerzas tan inaprehensibles como rentables, y su influencia en la Historia de Alemania. Hess siempre lo admiró profundamente.

Haushofer decía querer levantar a Alemania sobre sus cenizas en aquellos años tan difíciles. Hess se dio cuenta de que ése era también su objetivo, así que comenzó a juntarse con compañeros estudiantes más o menos con las mismas inquietudes. Comenzó a repartir panfletos antisemitas y a ir a reuniones. En 1920 asistió a una reunión nazi, donde le pasó lo que le pasaría a mucha gente en los años siguientes: quedó literalmente fascinado por la oratoria de Adolf Hitler. Se afilió al partido. Es probable que Hitler llegase a leer, o a tener noticia de, la tesina del joven Hess, trabajo en el que había escrito que el hombre que salvase a Alemania «no debe vacilar por el derramamiento de sangre. Las grandes cuestiones se deciden siempre con sangre y hierro. Para alcanzar su objetivo, este hombre deberá estar dispuesto a atropellar incluso a sus más íntimos amigos». Ése es el tipo de fidelidad perruna que Hitler buscaba en sus lugartenientes.

Tras el putsch de la cervecería de 1923, Hitler fue condenado a cinco años y Hess a 18 meses. Ambos coincidieron en la prisión de Landsberg. Allí, Hitler comenzó a escribir su biblia particular, Mein Kampf, y Hess se prestó para ayudarle con la labor. Ambos, desde entonces, fueron uña y carne política. En 1932, Hess era ya director de la comisión política del NSDAP.

A partir de ese momento, Rudolf Hess comienza una existencia gris, siempre dos pasos por detrás del líder. Mientras otros jerifaltes nazis comienzan a construir sus propios mitos y esferas de poder (véase Göring, Himmler, o Göbbels), Hess sabe cuál es su papel, y lo ejerce con sumo cuidado y paciencia. Esta es la primera razón que hace tan inexplicable su movimiento de 1941, la decisión que, según algunos testimonios, arrancaría algunas de las escasísimas lágrimas que derramó Hitler durante la guerra. Que no fue otra que tomar, casi robar, un avión, y tirarse en paracaídas sobre la nación enemiga, Gran Bretaña, con la pretensión de negociar un tratado de paz.

Los servicios secretos estadounidenses sabían, como muy tarde en mayo de 1941, que Hess había derivado hacia el pesimismo en lo que a la guerra se refería. Era evidente que la Blitzkrieg había dado sus frutos, pero tras la batalla de Inglaterra, a los alemanes les había quedado claro que la defección de Gran Bretaña era imposible y prácticamente todo lo que podía pasar, y pasó, era ya malo, a saber: la entrada de EEUU en la guerra, la invasión del norte de África, y la apertura del frente del Este, que es de suponer que todos los nazis bien informados daban por segura porque conocían a Hitler y sabían que ésa era en realidad la pelea que quería librar; además, todo el mundo en el NSDAP estaba convencido que si Stalin había firmado con ellos el pacto de no agresión había sido con la intención de poder ganar tiempo para luego aplastarlos.

Así las cosas, Hess comenzó a abrigar la idea de una paz, ahora que Alemania tenía una posición fuerte para negociar (tenía la bota sobre el cuello de media Europa), en la que se llegaría a una entente con algunas potencias, notablemente con Gran Bretaña, beneficiosa para los germanos. No fue el único que tuvo esta idea. Hay testimonios, por ejemplo, de que Heinrich Himmler se pinchaba con la idea de que Hitler y Roosevelt se repartiesen el mundo en una especie de Yalta adelantada.

A través sobre todo de la familia Haushofer, Hess decidió actuar por sí solo, lo cual sugiere que, si bien le era completamente fiel a Hitler, en realidad por quien bebía los vientos, intelectualmente hablando, era por su querido profesor.

Por lo demás, Hess tenía acceso a Hitler y si algo que le gustaba al Führer era hablar, hablaba en ocasiones durante horas, en monólogos interminables y, además, como tenía el hábito de levantarse tarde, lo solía hacer en madrugadas que a las gentes de su entorno se les hacían eternas. A Hess no le costó averiguar que Hitler estaba dispuesto a negociar un acuerdo con Gran Bretaña que no se basara en una mera reparación a Alemania por las pérdidas impuestas en Versalles (si hemos de creer a Hess, Hitler decía que eso no sería sino otro Versalles después de Versalles, y que acabaría por generar nuevas guerras; juicio que demuestra que Hitler era un sanguinario y un loco, pero no era nada tonto en materia de política exterior); acuerdo en el que sólo veía dos condiciones irrenunciables: la fijación de esferas de interés para que ambas potenciales no volviesen a ponerse en peligro de pisarse la manguera, y la recuperación de las colonias alemanas. Y, bueno, supongo que lo cómodo es ir por la vida pensando que Hitler estaba loco y tal, y que todo lo que hizo era malo y todo lo que hicieron sus enemigos, bueno. Pero a mí me parece que esto mismo que pretendía, es decir la repartición de esferas de poder geográficas, es exactamente lo que hicieron los aliados al final de la guerra.

Rudolf Hess tenía una gran capacidad de rayarse con determinadas ideas que le venían a la cabeza, hasta convencerse de que eran verdades como puños. Así que se convenció a sí mismo de que la única razón de que Inglaterra no aceptase un trato tan bueno es que no lo conocía; o, quizá, de que necesitaba una, llamémosle «disculpa», para poder negociar con Hitler salvando la cara. A esta última idea no le faltaba lógica. Al fin y al cabo, el gobierno de su majestad ya había negociado con Hitler en 1938 por la cuestión de Checoslovaquia, sin estar ambos países siquiera en guerra, y el gobierno había sido severamente censurado por ello.

Fue entonces cuando Hess decidió darle a Churchill la oportunidad de negociar, volando él a Gran Bretaña.

Todo el viaje de Hess se basa en dos ideas, las dos erróneas; lo cual demuestra que ni él ni el astropolítico Haushofer eran precisamente lumbreras. La primera idea se basaba en considerar que los elementos británicos de corte muy conservador y dosis de, digamos, «comprensión» con el nazismo, tales como el coronel Hamilton a quien Hess quiso ver nada más tocar tierra en Escocia, pondrían en juego su posición para defender una negociación con Alemania. Nada de eso ocurrió, sin embargo.

El segundo error es aún más gordo y demuestra, a mi modo de ver, los estrechos sistemas binarios que utilizaba Hess para verlo todo en política internacional. Siempre había sabido que Alemania atacaría a la URSS y pensaba que, una vez que ese ataque se produjese, las posibilidades de negociación con Inglaterra se multiplicarían, porque Inglaterra nunca haría lo que verdaderamente hizo, esto es: favorecer, con su ayuda, una victoria del comunismo ruso sobre la civilizada Alemania.

Hess no se daba cuenta de que los agresores habían sido ellos. Que a los ojos de Churchill, y de cualquier otro inquilino del War Office, no eran negociadores de fiar; al fin y al cabo, ¿acaso no estaban tratando de apuntalar su postura a base de invadir un país con el que habían firmado un tratado de paz dos días antes por la tarde? Hess no se daba cuenta de que Inglaterra no percibía riesgo, ni para sí ni para sus áreas de influencia, en una alianza con la URSS, pues Stalin no ambicionaba ni uno solo de los bombones de la bombonera de Churchill.

Rodolfo, por lo tanto, soñaba con un Estado Mayor del Foreign Office celebrando con champán la invasión de la URSS, al grito de «¡por fin alguien se atreve con el comunismo!», y obligando a los Comunes a votar afirmativamente un acuerdo con Alemania en el que dijese que toda Europa central le pertenecía y que ahí nadie más que ellos mandaban.

De alguna manera, pues, Hess tenía un sueño que, curiosamente, quien acabaría por realizar sería Francisco Franco, esto es: siendo un país antidemocrático, conseguir el apoyo decidido de las democracias a base de hinchar el pecho y decir que eres el campeón contra el comunismo.

El 10 de mayo de 1941, tras almorzar con Alfred Rosemberg, Rudolf Hess se inventó un vuelo desde Ausburgo a Stavanger y solicitó un avión para realizarlo.

El lugarteniente del Führer dejó tras de sí dos cartas. Una era para su mujer y la otra la tenía su asistente, Pintsch, quien tenía instrucciones de ir a Berchtesgaden, al Nido de Águila, a entregársela en mano a Hitler. Don Adolf recibió la carta en presencia de Fritz Todt, ministro de Armamento, pero la apartó por pensar que no era importante. Cuando la leyó finalmente se quedó pegado, y esto es algo que está fuera de toda a la luz de los testimonios. Él mismo dictó la declaración a la prensa, en la que sostenía que Hess estaba loco.

En Inglaterra, la cosa fue al trantrán. Hess cayó en su paracaídas muy cerca de una casa y con una pierna herida. Fue asistido por un lugareño y luego rápidamente detenido. Cuando la noticia llegó a Londres, Winston Churchill estaba a punto de entrar en su sala de cine, donde le proyectaban aquella noche Los hermanos Marx en el Oeste. Le dijeron que alguien había caído en paracaídas en Escocia y que podía ser Hess. «Sea o no sea Hess», dictaminó el premier, «yo me voy a ver a los hermanos Marx».

Dos días después, un colérico Adolf Hitler daba personalmente la orden a Albretch Haushofer, hijo de Karl, para que confesara por escrito todas y cada una de las empanadas mentales que se había construido aquel grupito sobre una negociación con Inglaterra. Haushofer, cuando consiguió tener un diálogo civilizado con su esfínter, escribió un informe en el que puso cuantos más posibles interlocutores ingleses, mejor: el duque de Hamilton, parlamentario conservador; Lord Dunglass, secretario privado de Neville Chamberlain; el subsecretario de Estado del ministro del Aire, Balfour; el subsecretario de Estado del ministerio de Educación, Lindsay; y el subsecretario de Estado de asuntos escoceses, Wedderburn. Luego citaba a otros subsecretarios, personajes presuntamente prominentes y un extraño y fantasmagórico «Círculo de la Mesa Redonda», formado por jóvenes ingleses defensores del imperialismo británico.

O sea: más o menos como si Obama mañana quisiera negociar con Zapatero una cosa muy importante y decidiese dirigirse a un oscuro diputado socialista por Palencia, el secretario de algún viejo político del PSOE de la época de Felipe González y un grupo de funcionarios de segunda fila.

Por mucho que Haushofer escribiese en su informe, es de suponer que mientras se iba por la braga, que todas esas personas tenían una relación de puta madre con Buckingham Palace, es más que probable que Hitler, que como digo podía ser un loco pero no tenía un pelo de tonto, cuando leyese aquellas notas, pensara: estos tíos son tontos del culo.

Y es que lo eran, querido Tiburcio. Lo eran.

Eran tan imbéciles que el mismo Haushofer reconoce en su tembloroso informe que en 1940, cuando Hess le habló de la posibilidad de impulsar una negociación, él le ofreció dos posibilidades. Una era contactar con Lothian (el presunto líder del circulito artúrico antes citado), Hoare (embajador en Madrid por aquel entonces) u O'Malley (director general para Europa del Foreign Office), dado que todos ellos podían ser encontrados en países neutrales. Y la otra era una carta, primero, y un encuentro después, en Inglaterra, con Hamilton.

Hess escogió la segunda posibilidad. O sea: sabiendo que podía hacer gestiones discretas, que es como se hacen las gestiones diplomáticas, eligió dejar a Alemania en evidencia, a Hitler en gayumbos frente a sus enemigos, y marcharse a Inglaterra a negociar ¡con un diputado! la paz entre dos naciones. Y todo eso, sin el placet del único que podía dar, en Alemania, real contenido a una oferta de paz.

¿Era o no era limitadito?

Visto lo visto, no debe llevarnos a sorpresa la forma tan racional que tuvo Hess de explicarse que los ingleses lo encerrasen y no le dejasen hacer sus ofertas de paz a nadie. El lugarteniente de Hitler decidió que todas las personas que le visitaban lo hacían drogadas y por eso no se enteraban de lo que él les decía. «Tengo la impresión», acabaría diciendo en Nuremberg, «de que a la mayoría de la gente que venía a verme por primera vez le habían ofrecido antes té o algo de comer» donde, según él, les habían metido el orfidal o el rohipnol a paletadas. ¿Quiénes? Pues quiénes va a ser: los judíos y los bolcheviques.

En la primavera de 1942, Hess sufrió el primero de los muchos periodos de estreñimiento de su vida; periodos que, invariablemente, tendería a interpretar como envenenamientos. Decidió que lo envenenaban a través del cacao (eso a pesar de que el primer estreñimiento se solucionó precisamente tras haberlo tomado). Así que, siempre según su confesión, guardó pequeñas cantidades de la bebida con las que realizó una serie de experimentos (sic) que «demostraron claramente» (resic) que el cacao contenía «algún tipo de sustancia» (re-re-sic) que no podía curarse con laxantes normales. A continuación Hess hace una confesión que suena tristemente coñuda en alguien que admiró tanto al asesino y torturador de millones de personas: «el sufrimiento era indescriptible. Si me hubieran pegado un tiro o gaseado, incluso dejado morir de hambre, habría sido humano en comparación». Otro signo de inteligencia de don Rudolf: entre la perspectiva de agonizar en un campo de concentración y no cagar, la primera de las opciones le parecía la más beneficiosa.

Asimismo, el noviembre de 1941, Hess tendría el primero de sus muchos ataques de amnesia que por casualidad lo atacarían durante su vida, el más importante de los cuales duró casi todo el juicio de Nuremberg. Este primer ataque de amnesia duró hasta el 4 de febrero de 1945, fecha en la que confesó a los médicos que se lo había inventado todo. En julio de aquel año, ya perdida la guerra, se le reseteó de nuevo el disco duro. Lo hizo porque estaba convencido de que en el juicio de Nuremberg le estaban dando un «veneno cerebral» (re-re-re-sic).

La guerra había terminado y Hitler estaba muerto. Ahora, tocaba pagar. Hess lo haría hasta el último segundo de su vida.

A modo de epílogo de este capitulín: son muchas las teorías que apuntan a que Hitler, o bien impulsó el viaje de Hess, o bien lo conocía y miró hacia otro lado, permitiéndolo por omisión. Yo, sinceramente, no las creo. No es que piense que Adolf Hitler fuese una persona de extremada inteligencia, pero ya he dicho en este comentario que no le faltaban ni olfato estratégico-bélico ni visión de la jugada en política internacional. Hitler tendría que haber sido mucho más idiota de lo que era para poder creer que la misión de Hess sería atendida por los ingleses, quienes además no utilizarían al prisionero nazi de forma propagandística, como de hecho hicieron.

Cualquier persona que ha negociado con un enemigo sabe cómo se hace eso. Para negociar con la ETA, uno no va y coge el autobús que le lleve a dondequiera que suelan residir sus jefes. Se va a Argel, a Suiza, a Noruega, a sitios así. Utiliza intermediarios, hombres buenos con interlocución por ambas partes. El plan de Hess es tan burdo, tan estúpido, tan basado en preconcepciones absurdas, que un estadista de la talla de Hitler, un tipo capaz de firmar el pacto ruso-soviético por ejemplo, jamás lo podría albergar, apoyar y alentar. Una cosa es decir que Hitler era un cabrón; otra, muy distinta, que era un estúpido. Hitler, que había negociado con Stalin, que tenía compromisos con Mussolini y otros aliados, jamás habría aceptado como posibilidad de negociación el diálogo con un diputado conservador y un grupito de diletantes. Pero es que, además, hasta Hitler podía comprender que ninguna negociación con Alemania sería escuchada ni cinco segundos a menos que llevase un aval cierto y comprobable de su persona. Si Hitler hubiese apoyado la misión de Hess, hoy leeríamos en los libros de Historia los testimonios de militares británicos que recordarían cómo Hess, nada más tocar tierra, dijo haber hecho ese viaje en nombre de su jefe. Cualquier persona medianamente lista hubiera entendido que ésa era la única manera de no ser arrestado por gilipollas.

Y como eso es lo que pasó, yo me inclino a creer que el viaje a Escocia no fue otra cosa que el viaje, bienintencionado si se quiere, de alguien con más bien pocas luces. Lo que pasa es que la dificultad de aceptar eso, la dificultad de aceptar que alguien pueda albergar en su cabolo una gilipollez de tal calibre, es la que alimenta las teorías, como digo en mi opinión falsas, de que había algo más detrás.