viernes, diciembre 08, 2006

Una visita obligada

Aquellos de entre los que leeis este blog que residais en Madrid, o vayais a visitar el Foro antes del 14 de enero próximo, tenéis la oportunidad, yo diría que la obligación, de visitar la exposición El proceso de Nuremberg; el archivo Kaplan; que se expone, hasta dicho día, en la sala Juana Mordó del Círculo de Bellas Artes.

Digo que es casi una obligación y estoy pensando en las personas más jóvenes porque quizá, hoy me he dado cuenta, el mundo cambia y quienes estamos en él tendemos a no darnos cuenta de ello (es lo que se llama hacerse viejo, supongo). Yo he ido hoy a visitar la exposición en compañía de un adolescente de 14 años. Él iba a ver una exposición sobre los nazis; lo cual quiere decir que iba engañado. Porque, aunque supiese, como ya sabía, que el origen de los movimientos nazis y skin que conoce (o sea: que critican en sus canciones los raperos a los que admira) estaba en algo que pasó hace bastantes años, apenas tenía ideas muy genéricas sobre el nazismo y sus porqués. En realidad, él creía estar yendo a una exposición sobre el mundo skin, cuando lo cierto es que no hay ni una cabeza rapada en toda la exposición (salvo las de los prisioneros de los campos de exterminio).

Yo apenas he reparado, al entrar en la pequeña sala en la que se exhiben los fondos custodiados por la fundación José María Castañé y que proceden, casi todos, del archivo de quien fuera juez en Nuremberg, el teniente coronel Benjamín Kaplan, apenas he reparado, repito, en las imágenes relativas a los crímenes contra la humanidad. Para mí son algo cotidiano con lo que crecí, de una u otra forma. Con esa soberbia que tiene el que sabe, en el fondo pensaba, aunque no lo supiera, que por saberlo yo todo el mundo tiene que saberlo. En un momento me di la vuelta y me fijé en mi compañero adolescente, que estaba detrás de mí. Lo noté algo pálido y como troquelado en la vista de una foto que colgaba del techo. Cuando miré la instantánea, vi el primer plano de un hombre muerto sobre el suelo, desnudo. Un hombre ya sólo piel y huesos muerto con los brazos en cruz, como un Cristo, con el último suspiro agotado impreso aún en el rostro.

Fue en ese momento cuando comprendí la utilidad de la memoria. Cuando comprendí que han pasado los años y que, quizá, y no digo que eso sea negativo en sí, ciertas imágenes van perdiendo vigencia.

Tengo un sabor agridulce en la boca, pues. Es dulce porque, sinceramente, me alegro de que hoy, aquí, se pueda crecer sin saber en realidad gran cosa sobre el hombre y su corte de fanáticos que decidieron acabar con los locos, con los subnormales, con los homosexuales, con los judíos, con los gitanos, con los marxistas; y en ello, especialmente en su cruzada antijudía, obraron la matanza colectiva más repugnante que recuerda la Historia. Agria, porque no hay que olvidar aquello de que los que desconocen la Historia se condenan a repetirla.

Aquellos de vosotros que peinais ya casi canas o que, como yo, ya peinais bien poca cosa, por favor, si vivís en Madrid, id a verla, y llevad a vuestros hijos. La mayor parte de la exposición, que por otra parte no es muy grande y se puede visitar en algo más de media hora con bastante atención (eso contando con ver entero el video resumen que allí mismo se proyecta) se refiere a los archivos de Kaplan, esto es son legajos ligados a los juicios de Nuremberg. La exposición tiene mucho menos morbo del que este post quizá transmite.

Llevad a vuestros hijos porque la Historia, esta Historia, hay que conocerla. Porque es la mejor manera de expresar lo que hay al final de esa cuesta que empieza el día que un tipo le mete un gol al equipo de tus amores y tú te dejas llevar por la fácil tentación de reaccionar llamándole puto negro. Y porque es una historia que, por una vez, termina bien. En Nuremberg, por mucho que su juicio haya recibido críticas de parcialidad (ciertas, pues algún juzgador estaba, en el momento de juzgar, masacrando a miles de inocentes en sus propios campos de concentración), la Humanidad estuvo a la altura. Si el hombre hubiera pasado página de los crímenes cometidos por la Alemania nazi, crímenes de guerra y también crímenes contra la humanidad, habría descendido dos peldaños en la evolución.

Nuremberg fue un aviso para navegantes. Una forma de decir que en la guerra y en la dominación no vale todo. Que cuando se tiene el poder sobre una nación o sobre un pueblo pueden dictarse leyes inanes con los crímenes propios, pero hay otra legalidad por encima de esa legalidad, que es la del género humano. Sí, ya sé que después de Nuremberg, en estos sesenta años que han pasado, ha habido genocidios y crímenes de guerra que se han ido de rositas. Pero el camino está trazado.

Aquellos que leais en alemán podéis deteneros en las cuatro o cinco cartas de prisioneros que se exponen. Cartas casi telegráficas, muy formales, obviamente censuradas. No os costará leer entre líneas, porque todas tienen un triste aroma de despedida. También podréis ver los certificados de pureza aria, las estrellas de David que los judíos debían llevar cosidas en lugar visible de su ropa, la propaganda que identifica a los judíos con las ratas. Ein Volk, ein Reich, ein Führer.

Y el juicio, claro. Obviamente, la documentación se refire a los principales encausados, los de la primera hornada, esto es: Hermann Göring, ministro del Aire, condenado a muerte aunque se suicidó antes de la ejecución; Rudolf Hess, el lugarteniente de Hitler en el NSDAP que sería condenado a cadena perpetua y que se convertiría en el último preso de este juicio en la cárcel berlinesa de Spandau; Joachim Ribentropp, ministro de Asuntos Exteriores (gran amigo de Ramón Serrano Súñer), condenado a muerte; Wilhelm von Keitel, mariscal de campo, condenado a muerte; Ernst Kaltenbrunner, nazi austríaco que ocupó puestos en materia de policía y seguridad, condenado a muerte; Alfred Rosemberg, uno de los propagandistas del nazismo a través del Volkische Beobachter, condenado a muerte; Hans Frank, abogado nazi, condenado a muerte; Wilhelm Frick, ministro del Interior con Hitler, condenado a muerte; Julius Streicher, propagandista nazi antijudío, condenado a muerte; Walther Emanuel Funk, ministro de Economía, cadena perpetua; Hjalmar Schacht, también ministro de Economía, absuelto; Karl Dönitz, responsable de la marina alemana, condenado a 10 años de prisión; Erik Raeder, almirante de la armada, cadena perpetua; Baldur von Schirach, jefe de las juventudes hitlerianas, condenado a 20 años de prisión; Fritz Sauckel, ministro de Trabajo, condenado a muerte; Alfred Jodl, militar de alta graduación, condenado a muerte; Franz von Papen, político conservador que ayudó al ascenso de Hitler al poder, absuelto; Arthur Seyss-Inquart, jefe del nazismo en Austria y propulsor de la Anchluss, condenado a muerte; Albert Speer, arquitecto y hombre muy cercano a Hitler, además de ministro de Armamento, condenado a 20 años de prisión; Konstantin von Neurath, diplomático, condenado a 15 años de prisión; y Hans Fritzsche, propagandista a las órdenes de Joseph Goebbels, absuelto.

A algunos de estos caballeros la vida les daría una segunda oportunidad. Quizá el caso más claro es el de Albert Speer , que encandilaba a Hitler con sus maquetas del nuevo Berlín que construiría una vez terminada la guerra, quien saldría de la cárcel y se dedicaría a escribir artículos y libros autojustificativos. De hecho, el pero más gordo que le veo yo a la película El hundimiento es, precisamente, lo mucho que se deja llevar por la versión que tenía Speer de las cosas, lo cual hace aparecer a su personaje como un tipo bastante equilibrado y casi consciente del mal cometido por el régimen nazi. Lo cierto es que Speer era un hombre de la estrecha confianza de Hitler y que Hitler, en confianza, no se cortaba un pelo diciendo las cosas. Así pues, Speer tenía que saber muy bien de qué era capaz su jefe.

Como a los niños y adolescentes bastante les llegará con ver las fotos y los recuerdos de la exposición, es a los más mayores a los que os recomiendo la monumental biografía de Hitler escrita por Ian Kernshaw, editada ya en España en libro de bolsillo (barato, pues); y un clásico editado por Alianza Universidad para quienes querais profundizar en serio en los porqués del nazismo: La dictadura alemana (dos tomos), obra de Karl Dietrich Bracher.

Y dos películas; para equilibrar, una comedia y un drama. La comedia se llama Un, dos, tres, y fue filmada en 1961 por el maestro Billy Wilder, director de origen austríaco que decía que los austríacos eran los tipos más inteligentes del mundo, porque habían conseguido convencer a la humanidad de que Beethoven era austríaco (nació en Bonn, Alemania) y que Hitler era alemán (nació en Austria). En esta comedia, James Cagney es el delegado de la Coca-Cola en Berlín y descubre que la hija de su super-jefe, durante una breve visita a Alemania, se ha enamorado de un comunista de Berlín Este (Horst Buchholz, en el mejor papel de su vida, y es decir mucho). Un personaje secundario, el secretario de Cagney, Schlemmer, no tiene desperdicio.

El drama es Vencedores y vencidos (Judgement at Nuremberg) y fue filmada el mismo año, 1961, por uno de los grandes genios de Hollywood, Stanley Kramer. Se han hecho más películas sobre los juicios de Nuremberg, pero ésta es la película sobre Nuremberg. Aunque su planteamiento es sorprendente: uno de los mejores actores de todos los tiempos, pareja de la mejor actriz de todos los tiempos, es decir Spencer Tracy, es un juez americano jubilado a quien le ofrecen, de cuarto o quinto plato, ser el magistrado-presidente de uno de los últimos tribunales de Nuremberg. El tiempo ha pasado, los grandes juicios terminaron, aquellos condenados están fusilados o encerrados, y ahora tocan los personajillos menores de la Alemania nazi. En el mundo, además, se respira otro ambiente: llega la guerra fría y los americanos empiezan a barruntar que los alemanes, ahora, son sus amigos. En ese entorno, Tracy juzgará a un destacado profesor alemán, el doctor Ernst Janning, interpretado por Burt Lancaster.

En esta película hay grandes actores, como Marlene Dietrich o Maximilian Schell, y otros algo más mediocres a los que, sin embargo, Kramer sabe sacar lo mejor de sí mismos (es el caso de Richard Widmark). La escena del interrogatorio de Rudolph Petersen (Montgomery Clift) es, en mi opinión, antológica, y una pequeña lección de interpretación para estos actorazos que tenemos hoy en día, que cuando lloran no sabes muy bien si están llorando o les pica un testículo.

¿Se me ha olvidado comentar que la exposición es gratuita y que el Círculo está en el centro de Madrid, excelentemente comunicado por lo tanto?

Id a verla. Se lo debéis.