viernes, octubre 26, 2007

El Congreso


Pues sí. Por difícil que pueda ser de asumir hoy en día, hubo un tiempo en que la carrera de San Jerónimo era un camino de tierra como el que se adivina en la imagen de mi anterior post, y que el lugar que hoy ocupa el Congreso de los Diputados lo estuvo por el oratorio del Espíritu Santo, reproducido en la imagen. Lo cual me viene al pelo para escribir algunas líneas sobre este edificio emblemático.

Los reyes medievales y del Antiguo Régimen convocaban cortes, pero no eran propiamente asambleas del pueblo soberano como las que ahora conocemos. El fenómeno de los parlamentos modernos se inicia en España con las famosas Cortes de Cádiz, en las que se reunieron los españoles alzados contra el yugo francés, empeño en el que, paradójicamente, acabaron por redactar una constitución, la famosa Pepa, inspirada en las ideas de la revolución francesa.

Estas primeras cortes españolas tienen un alojamiento provisional, como todas. Si la Asamblea francesa nació en un local para el juego de pelota, nosotros los españoles, más dados a la cultura, comenzamos las nuestras en un teatro, el de la Isla de León, que fue sustituido por el teatro de San Fernando. Esto fue mientras las cortes residían en la última puntita de España que quedaba libre de franceses. Cuando pudieron pasar al mismo Cádiz, se alojaron en el oratorio de San Felipe Neri.

Una vez que los representantes del pueblo soberano pudieron reunirse en Madrid, hubieron de buscar una sede pues no había, lógicamente, edificio parlamentario. Empezaron en el llamado teatro de los Caños del Peral y luego se pasaron al convento de María de Aragón, de los agustinos descalzos. Esta sede tenía vocación de permanencia, más no fue así porque las cortes fueron rápidamente cerradas cuando esa luminaria de la sinceridad y el respeto por las personas que fue el Borbón al que llamamos (no hay más remedio) Fernando VII, las cerró, fiel a su natural absolutista y vendepatrias. Luego Riego y su famoso himno le bajaron los humos, momento en el que Fernando VII pronunció su famosa frase «marchemos todos, yo el primero, por la senda constitucional», intención en la que mentía bellacamente. Cuando llegó Riego, digo, las cortes volvieron al convento, pero pronto se sustanció la enésima cabronada del Borbón mediante la entrada de los Cien Mil Hijos de San Luis (o sea: primero el niño regala España a Francia y luego, cuando ya es más mayorcito, utiliza a los franceses para masacrar a sus propios compatriotas), con lo que las Cortes liberales hubieron de volver al sur, primero a Sevilla (iglesia de San Hermenegildo) y después al ya citado oratorio de San Felipe Neri.

Cuando por fin el caimán se fue por la barranquilla se instauró la regencia de su señora viuda, quien otorgó (éste y no otro es el verbo) una especie de constitucionoide, el Estatuto Real, que era algo así como el régimen absolutista disfrazado de pitufo; como ponerte hasta las cejas de laxantes e ir por ahí diciendo que tomas moléculas devoragrasas de última generación. Eso sí, había dos cámaras, el Estamento de Próceres y el Estamento de Procuradores (una especie de Senado y Congreso). El de Próceres se instaló en el Casón del Buen Retiro (el Retiro era aún posesión real y no de los madrileños; no fue hasta los tiempos de Cánovas que los Borbones nos lo pasaron), y fue en ese lugar donde se produjo una de esas escenas impagables de la Historia de España, mezcla de política y prensa del corazón: la inauguración de las sesiones del Estamento por parte de una reina gobernadora a la que habían vestido sus ayas con un tocado de múltiples veladuras destinado a ocultar su gravidez pues la gobernadora, viuda y todo, estaba en ese momento embarazadísima de su amorsito, el duque de Riánsares. A ver si os vais a pensar que Estefanía de Mónaco es la primera mujer regia a la que le ha hecho tilín un guardaespaldas.

El Estamento de Procuradores, o sea el antecedente de nuestro Congreso, se establece en el oratorio del Espíritu Santo, en la carrera de San Jerónimo; el de la lámina que os he copiado en el post anterior. No debía de ser la suya presencia cómoda, pues el oratorio había ardido por los cuatro costados el domingo 20 de julio de 1823 y estaba medio derruido. O sea, que ser entonces procurador de la nación debía de parecerse bastante a coger hoy en día el cercanías en Barcelona.

En 1841, pasado pues un huevecillo de tiempo, el país decide que para la cosa de la representación popular es necesario tener un edificio de suficiente empaque. Así pues, la iglesia se demolió y se abrió un concurso al que se presentaron 14 propuestas. Ganó el autor del edificio que hoy conocemos, Narciso Pascual y Colomer, una especie de Moneo de su época.

Habréis de saber que la gran polémica de la época no fue tanto el estilo del edifico y esas cosas, como su ubicación. Conspicuos españoles y madrileños consideraban que el lugar donde debía estar el Congreso era el paseo del Prado, casi aledaño al museo del mismo nombre; y yo tengo que decir que quienes eso pensaban, en mi opinión, pensaban bien. Un parlamento necesita estar en algún lugar a donde se pueda llegar con cierto boato y presencia, y qué duda cabe que el paseo del Prado, que transcurre en llano y tiene la vocación de ser una ancha avenida casi del tipo de las que vemos en París, es lugar mucho más adecuado para ello que la sinuosa y empinada carrera de San Jerónimo. Sobre los argumentos de eficiencia, sin embargo, pudieron los nostálgicos y simbólicos: no pocas personas veían en el oratorio del Espíritu Santo el crisol de las ideas que habían nacido en Cádiz y, por eso, consideraban que la sede de lo que dichas ideas habían creado debía estar en el mismo sitio. Y allí está.

El palacio del Congreso (sin contar, claro, los modernos edificios que se le han adjuntado hace bien pocos años) tardó siete años en construirse, y dio mucho que hablar en las tertulias la decisión de adjudicar a un joven escultor llamado Ponciano Ponzano (hay padres que, más que tener sentido del humor, lo que son es unos cabrones) la labor de esculpir el relieve del tímpano de la fachada. Es posible que nunca os hayáis fijado en él y que, si lo hacéis, os preguntéis qué representa. Pues bien: es una alegoría en la que España abraza y protege a la Constitución, rodeada de una serie de figuras alegóricas de diversas virtudes, muy al estilo griego, tales como la Fortaleza, el Valor, la Paz… No, la Cerveza no figura.

La costumbre de hacer ondear la bandera española en la misma puntita de la fachada (amén de que sea un edificio oficial y todo eso) tiene su origen en 1823, cuando las cortes residentes en Cádiz, agobiadas por los Cien Mil Hijos, decidieron hacer ondear la bandera como signo de que nunca se rendirían.

A primera hora de la tarde del 31 de octubre de 1850, o sea dentro de unos años hará 157 añitos de nada, una joven Isabel II (20 años) vestida de tul blanco con manto de terciopelo carmesí, inauguraba las sesiones de las cortes.

Con todo, pocas cosas son más famosas de este edificio que sus leones. No sé ahora los jovenzanos, pero hace años todo el mundo sabía que esos leones son de bronce y que proceden de cañones capturados en el curso de la guerra de Marruecos. Lo que quizá no se sepa es que el escultor original de la leonada es el mismo que del relieve, o sea don Ponciano.

Ponzano hizo dos leones como los actuales, sólo que en yeso. Estuvieron colocados donde están hoy sus sucesores bastante tiempo, como cosa provisional; ya se sabe que en España es habitual que haya situaciones provisionales que lo sean durante años, eones incluso.

En 1856 se produjo una de tantas asonadas decimonónicas, en este caso una rebelión de la Guardia Nacional contra el gabinete de O’Donell, ese general a quien los ignorantes llaman cero-coma-Donell. Hubo tiros por Madrid y también en la Carrera. Resulta que uno de los leones resultó alcanzando y, siendo de yeso, quedó pobremente mutilado. El león, que al parecer fue casi partido por la mitad, fue reparado, y la provisionalidad se mantuvo. Pero eso enseñó a los padres de la patria que necesitaban felinos esculpidos en un material que aguantase mejor los golpes de Estado.

Al notable escultor José Bellver le encargaron una pareja de leones en piedra, que realizó. Pero eran bastante pequeños, así que fueron desechados. Tengo documentado que hasta hace algunos años esos leones, degradados de su función de felinos parlamentarios, estaban en Valencia, en el camino de acceso al llamado Jardín de Monforte. Incluso tengo una foto. Pero, honradamente, no sé si siguen allí (en realidad, debo confesar que ni siquiera sé si el Jardín de Monforte sigue existiendo).

No será hasta 1872 (o sea, 16 años después de que uno de los leones fuese partido por un disparo) que se colocaron los actuales leones, fundidos en la Fábrica de Artillería de Sevilla.

Las Cortes volvieron a ser errantes. Fue durante la guerra civil pues, abandonando el gobierno Madrid, se celebraron primero en Valencia y luego en Cataluña; si no estoy mal informado, primero en Montserrat y luego en el castillo de Figueras. Con el franquismo, y dado que el régimen quería convencer al mundo de su carácter democrático, las Cortes se llenaron de procuradores, por encima de seiscientos, con lo que fue necesario estrechar los escaños y dejar a los padres de la patria como anchoas en lata santoñesa.

El Congreso democrático, como muchos recordarán, fue violentado el 23 de febrero de 1981, durante la sesión de investidura del nuevo presidente del Gobierno, el centrista Leopoldo Calvo Sotelo. En el momento en que votaba («No») el diputado socialista Manuel Núñez Encabo, un grupo de guardias civiles al mando del teniente coronel Antonio Tejero Molina penetró en el hemiciclo. Pistola en mano, Tejero subió a la tribuna de oradores y, colocándose de medio lado para que el presidente (Landelino Lavilla, si no me falla la memoria) le viese bien, pronunció su célebre: «¡Quieto todo el mundo!».

Se produjo un alboroto y una serie de discusiones y, repentinamente, los guardias civiles comenzaron a disparar al aire. Todos los diputados se metieron debajo de las bandejas de sus escaños menos tres: Adolfo Suárez, presidente del Gobierno; Manuel Gutiérrez Mellado, militar y ministro de Defensa; y Santiago Carrillo, allí arriba, en la montaña donde estaban los escaños del PC.

Suárez y Gutiérrez Mellado se enfrentaron con los golpistas. Tejero incluso intentó derribar a su superior directo (el ministro de Defensa) mediante una cobarde llave de judo que toda España pudo ver porque, para su desgracia y nuestra gracia, todo fue grabado por la televisión. Por lo que se refiere a Carrillo, al parecer, mientras se quedaba quieto, se le escuchó susurrar: «cuánto ha tardado en venir el caballo de Pavía» (el general Pavía fue el que, con su entrada en el Congreso, acabó con la I República).

Si algún día vais al Congreso, supongo que os enseñarán las huellas de los disparos en la techumbre, que han quedado ahí de testigos de la Historia. Hay sitio para bastantes más tiros; pero la decoración es muy bonita, así pues yo creo que es mejor no estropearla más. Jamás.

jueves, octubre 25, 2007

Adivina, adivinanza

Ando un poco liado en estas horas. Además, la votación se ha animado un poquito más, así pues estoy esperando que se remansen las aguas definitivamente para ponerme con los resultados.
Mientras tanto, os dejo aquí una pequeña adivinanza.

Esta lámina es de Madrid. No de antesdeayer, desde luego.


¿Sabríais adivinar qué famoso edificio está hoy en el sitio exacto donde está el que se ve en la imagen?
Pistas: el edificio que ves en la imagen se utilizó en su día para la misma función para la que se usa el que hoy ocupa su lugar. Y la razón de que se usara para esa función es que era, como puedes apreciar en la lámina, muy espacioso.
Esta noche (hora de Madrid) espero poder resolver este pequeño misterio.











miércoles, octubre 24, 2007

Perdono a tutti

Noticias de la votación: Tras unos días de intensa votación en nuestra encuesta Ponle nota a los políticos de la República, la cosa, como es lógico, se ha remansado en las últimas horas. Hemos recibido 45 respuestas, lo cual, en mi opinión, está más que bien y permite hacer algunas distinciones en los resultados que espero os resulten interesantes.

La combinación del hecho de que las últimas horas no hayan supuesto la adición de nuevas respuestas, unido a que estamos en internet, el universo en el que todo va muy deprisa y también envejece deprisa; y contando, por último, con que mi principal obsesión es cumplir con aquéllos que habéis hecho el esfuerzo de contestar, me ha hecho recapacitar y pensar que, tal vez, el plazo del 15 de noviembre es excesivo.

Os anuncio, pues, que de no haber una extraña intensificación de las respuestas que me obligase a reformular los resultados, quizá el próximo post que cuelgue sea ya con los resultados. Y, si no, sería el siguiente.

Eso sí, si lees esto y no has votado, te animaría a que lo hicieses, pues la pelea está siendo dura.

Hechas estas salvedades coyunturales, vamos allá con el tema de este día, alejado, una vez más, de los asuntos de los que trata la encuesta.


Perdono a tutti. By JdJ

Es posible que no me esté equivocando si digo que casi todo el mundo sabe que un pelotazo es algo más que una agresión cometida con balón. El pelotazo es también una jugada inversora muy lucrativa, que se desarrolla normalmente en poco tiempo. En España hay, según las estadísticas, siete millones de personas que sueñan con dar un pelotazo en la Bolsa, que es donde se dan los pelotazos. Es la cifra de españoles que se estima tienen, o tenemos, alguna inversión en el parqué.

Jugar a la Bolsa no es algo moderno. Como ya hemos visto, hace ahora ochenta años que ya todo estadounidense medio metía los duros en la Bolsa; de hecho, buena parte del sistema económico de Estados Unidos sigue hoy en día sustentado sobre la inversión bursátil, pues es la americana una sociedad que, según las teorías, tiene mucha menor aversión al riesgo que la nuestra. Nosotros tendemos a ser más cautos; nos da más miedo la perspectiva de pérdida.

Así pues, por estos datos sabemos que jugar en Bolsa no es algo muy moderno. Pero quizá quienes esto lean no sepan que, en realidad, es más antiguo de lo que imaginan. Porque los pelotazos bursátiles, incluso en España, no se remontan a hace ochenta años sino, por lo menos, ciento cincuenta. Hoy, para demostrarlo, quiero hablar de uno que se produjo en 1844, nada menos. Y que terminó con un teatral (o, más bien, operístico) perdono a tutti. Lo pronunció el protagonista de nuestra historia: don José de Salamanca, marqués de Salamanca y hombre que da nombre al barrio de igual ídem de Madrid.

¿Qué podemos decir de la Bolsa de aquel entonces? Bueno, lo primero que debemos decir, aunque sólo sea un apunte geográfico, es que no estaba donde se encuentra ahora, en el llamado Palacio de la Lealtad, plaza del mismo nombre. La primera ubicación de la Bolsa de Madrid había sido el local que en la calle Carretas poseía la Compañía de Filipinas, aunque dos o tres años antes de los hechos que ahora analizaremos se fue de allí para ubicarse en el convento de San Martín, sito entre la calle Arenal y las Descalzas Reales. ¿Qué se intercambiaba allí? Pues no acciones, que es lo que hoy se compra y se vende mayoritariamente en la Bolsa. Entonces había muy pocas sociedades por acciones y, por lo tanto, el mercado no existía. Lo que se vendía y cotizaba entonces en el mercado eran los títulos de deuda pública.

Un título de deuda pública es lo que en el mundo financiero se llamaba un activo de renta fija. Quiere ello decir que compromete un determinado interés a cambio de librar el capital. Es una deuda mediante la cual el particular presta dinero, en este caso al Estado o al Reino de España, a cambio de lo cual éste se compromete a devolver dicho préstamo más un interés determinado.

La cotización de los títulos de renta fija es producto del carácter mudable y variable del precio del dinero, como estamos experimentando, hoy en día, tantos y tantos españoles que tenemos préstamos hipotecarios a interés variable, normalmente referenciados al famoso euribor. El euribor y otros tipos existen hoy para dar referencias al mercado de cómo están los tipos de interés pero, de todas formas, esa referencia siempre ha existido, incluso cuando no ha existido, puesto que los inversores, desde que lo son, tienen una expectativa de beneficio. Por ejemplo, en una economía en la que los inversores tienen una expectativa de obtener, poniendo dinero en montar un negocio, una rentabilidad del 6%, alguien que emita renta fija al 3% difícilmente se comerá un colín. Así pues, si los tipos suben (las expectativas de beneficio crecen), el atractivo de la renta fija emitida a tipos menores es más bajo (dan menos de lo que está dando el mercado); de la misma forma que, si los tipos bajan, esos valores pasan a tener, por así decirlo, más valor.

A esto hay que unir el hecho de que en Bolsa se aplica mucho algo de lo que ya hablamos cuando hablamos del 29: la compra a crédito. Es decir: adquirir títulos con dinero prestado jugando a que la subida de los títulos va a ser muy superior a la tasa de interés que nos exige el prestamista. Obviamente, cuando esto no se cumple, el inversor está jodido.

La gran jugada bursátil de José de Salamanca se produjo en noviembre de 1844, es decir hace ahora 163 años. En aquel año, según los cronistas, el gobierno español procedió a una reestructuración y emisión de deuda propia y de ultramar que literalmente inundó Madrid de papel, así pues todo el mundo que pudo (y muchos que en realidad no podían) se dedicó a invertir. ¿Por qué? Pues porque en España gobernaban los conservadores, es decir el general José Narváez, el Espadón de Loja, y todo el mundo cotizaba una prolongada y provechosa estabilidad económica que, con seguridad, eliminaría los problemas del Estado para pagar aquella deuda que, además, se emitió a una interesante tasa del 3%.

Según los relatos más o menos contemporáneos de lo que ocurrió, en el Madrid de 1844 todo dios jugaba al alza. Esto es: compraban más que vendían, convencidos de que lo que iban a hacer los títulos era incrementar su valor. Sin embargo, hubo un bolsista que jugó a la baja, a vender. Se trataba de José de Salamanca quien, además, actuaba por nombre propio y también por nombre del propio Narváez y del duque de Riánsares, marido de la reina. Si trasladáis esto a la actualidad, gritaréis, escandalizados: ¿Zapatero y la reina Sofía jugando a la Bolsa? Bueno, eran otros tiempos...

Salamanca, según crónicas de tanto fuste como la del conde de Romanones o su biógrafo Hernández Girbal, respondió a aquel optimismo general jugando a la baja. La gente se cachondeaba de él y se decía que resultaba difícil de entender por qué había decidido suicidarse financieramente. Ya cotizaban los bolsistas la ruina del bueno de don José cuando de Nájera llegaron las noticias de la sublevación del general Martín Zurbano. Pronto se dijo en Madrid que aquella asonada liberal era bastante más que un golpe localizado en Nájera pues, se decía, el general Prim estaba presto a apoyarlo en Madrid. En realidad, la sublevación de Zurbano no llegó a nada y Narváez acabó fusilándolo. Pero, por medio, siempre según esta versión, la Bolsa se pegó una hostia del 10%, y no pocos inversores quedaron en manos de Salamanca. ¿Por qué? Pues porque muchas de las ventas hechas por el futuro marqués lo habían sido a plazo; así pues, en el momento que llegase el día señalado en la operación y Salamanca ejecutase la venta, los otros inversores deberían pagarle el precio convenido en su inicio, muy superior al real, pues entre el contrato y la venta la Bolsa se había derrumbado. Si a eso unimos el hecho de que muchos de esos vendedores habían comprado a crédito, tenemos todo el panorama montado.

Según el relato de Hernández Girbal, tras la fuerte caída, Salamanca se presentó un día en el convento (aunque Girbal cita erróneamente en su libro la sede de la Compañía de Filipinas). No estaba saliendo del coche de punto y ya estaban varias personas echándosele encima para solicitarle comprensión y un poquito de paciencia. Con mucho trabajo, Salamanca entró en el salón de cotizaciones, ya para entonces seguido de una nutrida cola de cometa formada por inversores arruinados. Salamanca llegó al llamado estrado de los agentes, que tenía una plataforma que colocaba a quien se subía un poco por encima del mar de cabezas que llenaba la sala, y se subió. En ese momento, se hizo el silencio. El silencio del acojone.

Pausadamente, Salamanca sacó de su cartera un gran mazo de pólizas de venta (retened este dato).

Una voz, simple, humilde, se escuchó sobre el murmullo:

-Queremos pagarle, pero… ¡por Dios, denos algo de tiempo!

Salamanca, tras mirar al hombre que le había hablado y dudar por un momento, comenzó, despacio, a romper los papeles que tenía en las manos mientras pronunciaba una frase entonces famosa, la de la romanza de Don Carlo en la ópera de Verdi Hernani:

-¡Perdono a tutti!



Estamos, pues, ante un capitalista anticapitalista, capaz de un gesto increíble: dejar de cobrar, o cuando menos de exigir lo debido. Y un hombre de importante sagacidad, que tuvo la inteligencia de jugar en contra de la tendencia general, excesivamente confiada en el alza de las cotizaciones.

Y, sin embargo, estas versiones, varias veces repetidas por escritores del pasado como digo, tienen probablemente bastante de mito, es decir de media verdad.

En los años sesenta del siglo pasado, un agente de cambio y bolsa aficionado a la Historia, José Antonio Torrente Fortuño, escribió un libro llamado Salamanca, bolsista romántico (si sois ratas de librería de lance, lo podéis encontrar; de hecho, yo lo he visto en alguna caseta de la Feria del Libro Antiguo de Madrid que se ha celebrado estos días). En dicha obra, Torrente aborda una seria investigación sobre los hechos de 1844, investigación que arroja el sorprendente resultado de que en dicho pelotazo Salamanca no jugó a la baja sino todo lo contrario, esto es, al alza. Sucintamente:

En primer lugar, Torrente hizo algo que los anteriores biógrafos de Salamanca no habían hecho, que es encerrarse en la biblioteca de la Bolsa para resumir las cotizaciones de aquellas jornadas. Se centró en los tres valores que entonces formaban el Ibex patrio: la deuda al 3%, conocida como Consolidado Inglés; la deuda al 5% amortizable; y la deuda flotante del Tesoro. Y, sorpresa: las cotizaciones entre el 1 de octubre y el 30 de diciembre de 1844 no muestran caída alguna del 10%.

En realidad, sí que hay una caída, aunque del 2% tan sólo. Se produjo en las jornadas posteriores al 10 de octubre de 1844, cuando el Gobierno anunció las condiciones del canje de Deuda Flotante por Deuda al 3% (la medida que, como decíamos, inundó Madrid de papel); este canje se realizó al 40% (esto es, el Tesoro entregaba 250 reales nominales al 3% por cada 100 reales de Deuda Flotante retirados), en un movimiento que, al parecer, fue interpretado por el mercado como una señal de notable debilidad por parte del Erario público a la hora de poder atender pagos, motivo por el cual las cotizaciones de sus empréstitos cayeron. Sin embargo Salamanca, que es diputado, se levanta en el Congreso en una sesión celebrada en noviembre de aquel año, con intención de criticar al ministro de Hacienda, Alejandro Mon. En dicha crítica, afirma su optimismo y asevera que los inversores no han sabido entender el decreto de conversión; dicho de otra forma, apuesta, negro sobre blanco y con taquígrafos, por la revalorización de la deuda que en la Bolsa se negocia. ¿Tiene sentido una declaración de tal calibre en alguien que está convencido de que las cotizaciones van a bajar?


El 16 de noviembre se produce la famosa sublevación de Zurbano en Nájera y, según las cifras publicadas por Torrente, las cotizaciones, simple y llanamente, se quedan donde estaban.

Por si no fueran pocas estas evidencias, el curioso bolsista hizo algo más y hundió la nariz en los registros bursátiles, a la búsqueda de las operaciones de Salamanca. Los datos, también publicados en su libro, marcan una gran abundancia de órdenes de compra y, cuando hay órdenes de venta, casi siempre aparecen operaciones de compra casadas con ésta, algo posteriores. Alguien que juega a la baja, vende; y el que juega al alza, compra. Y si Salamanca compró más que vendió... ¿a qué jugaba exactamente?

A ello hay que añadir otro detalle. Antes os he dicho que retuvieseis el dato de los relatos de la época, que describen a un Salamanca que va a la Bolsa y públicamente rompe las pólizas de venta. Pero, si alguien tiene en la mano un documento que acredita un compromiso de venta… ¿qué es, comprador o vendedor? Obviamente, es comprador; es al comprador al que le resulta vital tener la fe pública del compromiso, pues es él quien tiene que reclamar la posesión del valor una vez comprado. Y si Salamanca, en la célebre escena, sacó de la cartera un enorme fajo de pólizas de venta, entonces es que estaba comprando a lo bestia. O sea, jugando al alza.

¿Dónde está la clave de este misterio? ¿Por qué se equivocaron de una forma tan radical los cronistas más o menos contemporáneos de Salamanca? Pues la cosa tiene, a mi modo de ver, su explicación.

La primera explicación es que, en 1844, no había ni televisión ni radio. Esto quiere decir que había mogollón de gente que vivía su vida sin tener ni puñetera idea de lo que hacían las cotizaciones de Bolsa. Este desconocimiento, a todas luces, afectó a algunos de dichos cronistas, quienes probablemente, cuando hablaron de bajadas del 10% y cosas similares, hablaban de oídas, porque alguien les había dicho que había oído que dicha caída se había producido; y no tenían medios de comprobar la veracidad de aquellos asertos.

La segunda razón está en la estrategia de Salamanca. Un atento análisis de las operaciones del millonario demuestra, como he dicho antes, que compró mucho más que vendió y que, cuando vendió, cubrió la venta con compras inmediatas. Pero lo hizo, básicamente, vendiendo al contado y comprando a plazo. De esta manera, las operaciones que eran «visibles» en el parqué eran las que se hacían en el día; los agentes de Salamanca llegaban a la Bolsa y, ¿qué hacían? ¡Vender, claro! Vendían, vendían, vendían. Ese mismo día firmaban operaciones a plazo por las que compraban mucho más de lo que estaban vendiendo, pero eso la mayoría de los inversores del parqué no lo «veía». A los ojos de todo el mundo, Salamanca estaba jugando a la baja; jugando al desplome de la deuda pública, lo cual es lo mismo que decir jugando al desplome del crédito de la economía española. Y todo el mundo sabía que Salamanca hacía negocios bursátiles en compañía del primer ministro, Narváez, y del factotum de palacio, el conde de Riánsares.

Si vosotros supierais que Zapatero y Solbes juegan a la Bolsa, y que juegan a la baja… ¿qué pensaríais? ¿Compraríais o venderíais?

Salamanca, pues, engañó a los inversores. Jugó claramente al alza mientras que en el parqué aparentaba jugar a la baja. Él sabía que la operación de conversión de la Deuda Flotante era técnicamente buena, provechosa, y acabaría por hacer subir el valor. Sin embargo, el decreto de conversión generó una bajada del 2%. ¿No tendría él nada que ver en ello? Las investigaciones de Torrente no nos lo aclaran. Pero es un punto interesante para quien sea habilidoso en la lectura de papeles financieros y tenga ganas de investigar.

Como trile bursátil no está mal, no. Nada mal. Con parte de las ganancias de este montaje, estimadas en 30 millones de reales, un pastonazo de la época, supongo que adquiriría Salamanca su bello palacio, que es el que está en el paseo de Recoletos, nada más pasar la Casa de América camino de Castellana (número 18, creo). Echadle un vistazo. Un pedazo de queli.

La anécdota demuestra dos cosas de la Bolsa. Una, que es necesario que sea un mercado grande. En Inglaterra, Salamanca no habría podido hacer lo que hizo; la Bolsa de Londres era entonces tan grande que hubiera sido imposible mover a todos los inversores en una misma dirección. En cambio, aquella Bolsa madrileña era, como amargamente denunciaron en el Congreso los enemigos de Salamanca, un lugar que un solo especulador podía llevar del ronzal.

La segunda cosa que demuestra es que para los mercados bursátiles es fundamental la transparencia. Lo que impide que estas cosas pasen es que todo se pueda saber. Por eso los mercados bursátiles modernos son transparentes.

O eso dicen.

domingo, octubre 21, 2007

El proceso de los templarios

Una de las noticias relacionadas con la Historia que ha saltado a las primeras páginas de los periódicos en los últimos tiempos es la relativa a la apertura por parte del Vaticano de las actas del proceso a la orden del Temple. El asunto ha levantado cierta polvareda y algunas ilusiones porque los templarios, de tiempo atrás, concitan la curiosidad de mucha gente, incluso de mucha gente a quien la Edad Media se la transpira. Esto es así, creo yo, porque el carácter un poco secreto y particular de los templarios ha hecho de estos caballeros objetivo usual de mistagogos varios, de ésos de 200 euros la línea, que suelen escribir novelitas y chorradas especulando con la posibilidad de que Jesucristo fuese un venusiano con un tercer ojo en el talón del pie derecho, o que los mayas ya habían inventado el concurso Gran Hermano y lo proyectaban en el interior de los edificios de Machu Pichu.

A mí me parece que la apertura de las actas vaticanas no va a suponer gran cosa, aunque fijo que algún libro nuevo saldrá contándonos que los templarios fueron condenados por comunicarse directamente con funcionarios marcianos. La Edad Media no es mi fuerte, pero algo sí he leído sobre los templarios y su proceso, y ese algo que sé es lo que me hace pensar que se trató de algo bastante vulgar, tan vulgar como lo pueda ser la ambición humana por las posesiones ajenas.

Esto es, sucintamente, lo que yo sé sobre el proceso a los templarios.

Esta orden nació en 1119, año el que ocho caballeros que hoy llamaríamos franceses (aunque uno de ellos era, en puridad, borgoñón) la fundaron con el objetivo de ser los guardaespaldas de los peregrinos que iban a Jerusalén. Era una orden seglar pero con la dureza propia de las órdenes de frailes, pues sus miembros debían voto de pobreza, obediencia y castidad. Se la llamaba Caballería Pobre de Cristo del Templo de Salomón a causa de un regalo de un rey que les entregó un edificio junto al templo de Salomón.

Luego llegaron las cruzadas, acciones en las que los templarios hicieron mucha falta para darse de leches con los infieles, hecho que les hizo prosperar: más necesarios eran, más prebendas y herencias recibían. Desde Portugal hasta Armenia, sin dejarse las islas británicas, el Temple se extendió bravamente, con un contingente importante de acólitos. El enorme caudal de favores que hicieron a la causa católica hizo que la Iglesia los tomase bajo su protección específica, dotándoles de muchos privilegios, entre ellos tener sus propios clérigos; así, los templarios no tenían que confesar sus pecados a alguien que no fuese de su cuerda.

Después de que el experimento de las cruzadas quedase en poco menos que nada, con la caída de Akkon en 1291, pudo pensarse que el Temple habría de desaparecer pues, al fin y al cabo, su misión principal ya no tenía sentido alguno. Sin embargo, no fue así. Los templarios eran para entonces muy poderosos, así pues se trasladaron a Chipre y siguieron ejerciendo una gran influencia sobre la Iglesia. No obstante, sus enemigos, o deberíamos decir quienes ambicionaban hacerse con las grandes riquezas templarias, entendieron que era el momento de acabar con ellos.

Estamos ya a finales del siglo XIII, y ahora entra en escena de nuestra historia el rey francés Felipe IV, llamado el Hermoso como lo sería algún tiempo después el marido de Juana la Loca (así pues, ojito con confundirlos). Felipe era una rey muy francés y muy ambicioso. Lo cual quiere decir que para quedarse con lo de los demás no reparaba demasiado en pequeños detalles. A Monsieur Le Beau le rondaba la idea de hacerse con toda la pasta de los templarios por la vía de una reforma por la cual esta orden, que en realidad había perdido ya su razón de ser, se fusionase con otra gran orden de monjes soldados, la de San Juan, momento en el cual él abdicaría de la corona de Francia en la persona de su hijo para nombrarse Gran Maestre de la cosa. El plan estaba bien pero precisaba del OK de los grandes maestres de ambas órdenes, cosa que el rey no obtuvo. Pero eso no le amilanó.

Por aquel entonces tenía Francia un ilustre huésped: el papa Clemente V. Sabido es que por aquella época y en años que la siguieron el Vaticano pasó por años dificilillos en los que fue relativamente común que los papas tuvieran que salir por patas de Roma. Clemente estaba, pues, desterrado y en el lugar justo para poder ser objeto de las presiones del ambicioso rey. Felipe se presentó ante Clemente, escandalizado por los rumores que de tiempo atrás habían circulado por toda Europa, en el sentido de que los templarios eran una especie de iglesia dentro de la Iglesia, y llevaban su hecho diferencial hasta el punto de tener una ceremonia de iniciación en la que el nuevo templario tenía que negar a Cristo y escupir sobre un crucifijo. El papa no estaba, al parecer, nada convencido de que aquellas acusaciones fuesen ciertas. Pero, ante el hecho de que el gran maestre del Temple, Jacques de Molay, nombrado en 1293, se mostraba dispuesto a que la orden fuese investigada, puso en marcha la maquinaria.

Felipe no estaba, sin embargo, dispuesto a que todo quedase en manos del Vaticano; eso no le garantizaba que los templarios fuesen a ser condenados. Así que hizo lo que hace siempre alguien poderoso que sabe que no lleva la razón: poner a trabajar a los abogados.

E hizo bien, porque los finos juristas galos acabaron encontrando una fisura en el derecho procesal canónico que pensaban serviría para que el rey francés metiese el cuezo en la labor de cargarse a los templarios. Según los abogados, la Iglesia tiene potestad sobre una orden, pero no sobre sus miembros. No era el papa, sino la Inquisición (institución nacional, dependiente, por así decirlo, de cada gobierno) quien podía juzgar a las personas por apóstatas, o por herejes, etc. Y, además, puesto que una cosa es una orden y otra sus miembros, aún demostrando los inquisidores que todos los miembros del Temple eran herejes, aún así el papa no podría condenar a la orden por herejía. Motivo por el cual solicitaban del pontífice que, como paso previo a todo proceso personal, disolviese la orden del Temple.

Un retruécano jurídico para liberar los bienes de la orden y poder rapiñarlos a gusto.

Mientras el papa valoraba todos estos argumentos, Felipe decidió una política de fait accompli. Aprovechando que De Molay estaba en París para asistir al entierro de Catalina de Valois, lo hizo detener y, en las siguientes veinticuatro horas, hizo lo mismo nada menos que con 2.000 templarios franceses.

El pliego de acusaciones incluía la historia ésa de la negación de Cristo y lo de los lapos en el crucifijo, además de otras acusaciones menos edificantes. Según las mismas, el neófito era obligado a desnudarse, momento en que la persona designada como receptor del nuevo templario le besaba en el principio del culo, en el ombligo y en la boca. El nuevo templario debía hacer lo mismo con el receptor. Según la acusación, los templarios juraban aceptar sin rechistar los deseos de otro templario de echar un cañete. Por último, se les acusaba también de no adorar a las imágenes católicas, sino a un extraño ídolo con barba que, por lo que sé, nunca ha aparecido (aparte el leve detalle de que Jesucristo siempre es representado con barba).

Para cuando el papa quiso protestar por todo este espectáculo, en las mazmorras inquisitoriales francesas se estaba trabajando a toda prisa a los testigos.

En octubre de 1307, el propio De Molay fue interrogado, momento en el que admitió haber renegado de Cristo en su ceremonia de entrada en el Temple, aunque lo de dar o recibir por donde amargan los pepinos lo negó. Las referencias que yo tengo es que esta confesión, que repitió horas después ante un grupo de cardenales, la hizo sin mediar tortura. Pero a mí me cuesta creerlo, dados los acontecimientos posteriores y, asimismo, por el hecho de que dicha confesión no detuvo el tormento de otros templarios menores, signo, para mí, de que la confesión de De Molay era insuficiente.

Conforme fueron tomando fuerza las torturas, las acusaciones se fueron completando. Los templarios fueron acusados de tener prohibido coger con sus brazos a niños que iban a ser bautizados, o acostarse bajo el mismo techo que una mujer (ya sabemos que acostarse con la mujer lo tenían prohibido, pues eran castos) y, paradójicamente, de violar a sus sirvientas.

Aunque posteriormente fueron rectificadas, las acusaciones afloradas en ese primer juicio contra el Temple, celebrado en septiembre y octubre de 1307, corrieron por toda Europa y supusieron un escándalo de tales proporciones, que la orden ya nunca se recuperó ante la opinión pública.

Felipe el Hermoso, considerando que había ganado la batalla, envió una carta a todos los soberanos de Europa, recomendándoles que detuviesen a sus templarios e hiciesen como él. Y, por supuesto, se las prometía muy felices pensando que ya era, virtualmente, dueño de las inmensas riquezas del Temple francés.

Sin embargo, si en la Historia de Europa ha habido alguien experto en hacerse con la pasta de otros, ese alguien ha sido siempre el papa. Clemente tenía una herramienta de la que un rey no sólo carecía sino que, en la medida que fuese un rey católico, tenía que cumplir: la bula. Así pues, dictó una bula por la cual los templarios debían ser detenidos y sus bienes incautados, momento en el cual todas aquellas riquezas, incluidas las afloradas en el curso del proceso francés, pasarían a sus manos.

Al rey francés aquella bula le sentó más o menos como un masaje de ortigas en la hemorroide. Convocó a la universidad de París (una vez más, los abogados) para encontrarle algún agujero a la bula; pero, claro, si algo sabe hacer un papa, es escribir bulas y encíclicas. El papelito no tenía resquicios, pues en pontífice no había dado hilo sin puntada.

El 20 de mayo de 1309, lo que podríamos denominar el gobierno de Francia (no existía tal cosa, pero los que fueron a la reunión con el papa eran los que más se parecían a ello) se reunió con el vicario de Cristo para convencerle de los denodados esfuerzos que el rey Felipe había hecho en pro de la cristiandad, esfuerzos que, a su juicio, le hacían acreedor de recibir algunos eurillos de las plusvalías de los templarios.

El papa reaccionó, nos dicen las crónicas, con gran indignación, y bramó que los templarios no eran aún culpables y que había que dejar a la Iglesia hacer su trabajo. Mientras se quedaba con las riquezas, claro (no puedo evitar apostillar que, en esas condiciones, tampoco yo tendría prisa alguna).

A regañadientes, el rey francés admitió los términos del papa y, algunas semanas después, llevó ante él a los templarios que tenía detenidos para que confirmasen sus declaraciones. El papa había aducido que muchos de ellos habían confesado bajo tortura y que esa declaración, por lo tanto, no podía tomarse muy en serio (por alguna razón que no me explico, para cuando, dos siglos después, la Inquisición española comenzó a apiolarse judíos, conversos y herejes, el Vaticano había olvidado este argumento). Sin embargo, para sorpresa suya, los testigos confirmaron las acusaciones. Bueno, sorpresa, sorpresa, lo que se dice sorpresa… Estaban presos y, lo más importante, sabían que podían volver a ser torturados.

El caso es que el papa, ante las evidencias que el ladino Felipe colocó frente a él, no tuvo más remedio que condenar a los templarios franceses y admitir, por lo tanto, el derecho del rey a incautarse de sus bienes. Se convocó para 1.310 con concilio en Viena, en el que la orden del Temple debería justificarse.

La investigación contra la orden en sí quedó en el ámbito del papa, mientras que la de sus miembros la harían los obispos (es decir, los poderes temporales de cada país). A partir de agosto de 1309 comenzaron las investigaciones en paralelo, el papa por un lado, y los clérigos, asistidos por los poderes del rey de Francia, por su lado. Éstos siguieron deteniendo templarios y torturándolos.

El caso es que todo aquel montaje exasperaba a Felipe, pues había podido embargar los bienes de la orden, pero todavía no eran totalmente suyos, no hasta que la orden fuese disuelta. Por ello, en mayo de 1310 convocó él un concilio en Sens, bajo la presidencia del obispo de París, Felipe de Marigny. Dicho concilio condenó por relapsos a 54 templarios que habían abjurado de sus autoacusaciones, y los quemó vivos. O sea, envió un mensaje a todo el Temple francés: aquí el que niegue lo de los esjarros al crucifijo va a la hoguera. Et vive la France!

Comenzó a haber codazos en los palacios inquisitoriales. Los templarios acudían en masa a confesar. Eso sí, esto ocurría sólo en Francia. En Portugal, España, Alemania e Inglaterra, extrañamente, no se producían estas confesiones espontáneas.

El Vaticano celebró su concilio vienés el 16 de octubre de 1311. En el mismo, el papa proclamó la bula Vox in excelsis la cual, entre otras cosas, dice:

El Consejo de la mayoría de los cardenales ha llegado a la conclusión de que la orden del Temple, en sí, no puede ser condenada en derecho, pues no ha sido inculpada en su totalidad. Pero como sería un escándalo que una orden con mala fama continuara subsistiendo, con lo cual ningún hombre de bien ingresaría en ella; puesto que muchos de sus miembros han confesado graves delitos y ya que sus bienes están en difícil situación y que, conforme a la opinión de la mayoría, el asunto no puede demorarse, se disuelve en virtud de provisión papal y se reserva la disposición de las personas y sus bienes.

Genial pieza ésta de justicia vaticana. O sea: no sé si eres culpable, pero como otros dicen que lo eres y eso hace pupita a tu imagen, voy y te disuelvo (corolario: entre difamador y víctima, elijo al difamador). Y dos, y que no falte: la pasta para mí.

Luego pasaron siglos preguntándose sobre las razones de la eclosión del humanismo cristiano y, algunos, todavía se preguntan por qué estaba tan cabreado Lutero.

Los bienes del Temple fueron trasferidos a la orden hospitalaria de San Juan, controlada por el papa. Una vez más, a Felipe le había tangado el santo padre. El rey francés hizo un nuevo intento presentando una factura de gastos por gestión de la cosa así como por haber administrado los bienes incautados, factura que París y Roma pasarían un huevo de años discutiendo.

El 19 de marzo de 1314, el Vaticano condenó a los cuatro grandes dirigentes del Temple (Jacques de Molay, Hugo de Pairoud, Geofroy de Gonneville y Charney) a cadena perpetua. El segundo y el tercero se quedaron calladitos al escuchar la sentencia, pero no así De Molay y Charney, los cuales protestaron vivamente. Como veremos, acabaron en el microondas por ese detalle.

El 11 de mayo se leyó la sentencia públicamente en París, y De Molay y Charney volvieron a decir, a voz en grito, que todo aquello era una capullada. En ese momento, fueron entregados al alguacil el cual, según el derecho de la época, debía entregarlos a la Inquisición para un nuevo proceso, condena y posterior entrega de nuevo al poder civil, pues no sé si sabéis que la Inquisición, en puridad, nunca quemó a nadie; se limitaba a condenar al personal a la hoguera y entregárselo a la policía para que los quemasen ellos.

No obstante Felipe, encabronado y jodido por haberse quedado sin las pelas, no esperó a la sentencia. Hizo llevar a los dos ex templarios a un cadalso frente a la catedral de Notre Dame y, allí mismo, los hizo quemar.

Una de las historias que ha animado más las teorías de mistagogos y otros charlatanes es la tradición según la cual De Molay, ante la pira, vaticinó el fin de la dinastía de los capetos, fin que se produjo, como sabemos, con la decapitación del Luis XVI durante la revolución francesa. Importante chorrada. Es bastante lógico que De Molay, puesto que iba a ser quemado vivo por el rey, no le fuese muy partidario; así pues, tampoco es tan extraño que vaticinase el fin de él y de su familia. Si dicho fin se produjo cuatrocientos y pico años después, no parece una predicción muy acertada. Yo mismo puedo predecir en el presente post que algún día la familia del presidente del gobierno sufrirá de molestísimos picores; en 400 años, anda que no hay tiempo para que algún Zapatero pille una urticaria.

En España, la cosa fue de forma diferente. El reino de Navarra masacró a los templarios, dada su cercanía con Francia. Cataluña, Aragón y Valencia emitieron sentencia el 4 de noviembre de 1312, proclamando los templarios absueltos y libres de toda sospecha (al estar la orden disuelta, los bienes del Temple pasaron a las órdenes de Montesa y de San Juan). Castilla y Portugal también absolvieron a sus templarios con fecha 21 de octubre de 1310. Los bienes portugueses se fueron a la orden de Cristo; los de Castilla se los apioló la corona.

Fue, pues, una movida por lo de siempre: por la pasta. Y, sinceramente, no creo que los legajos que ahora el Vaticano va a hacer públicos cambien eso.

viernes, octubre 19, 2007

Noticia del conde de Oñate

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A primeras horas de la madrugada de hoy, 19 de octubre, son ya 38 las respuestas recibidas a la encuesta Ponle nota a los políticos de la República. Todo lo que puedo decir es que la competición está muy reñida y, por lo tanto, los resultados son interesantes. No hay nada decidido así pues tu voto cuenta. Tienes hasta el día 15 para votar.

Otra cosa que quisiera decir es que, cuando menos de momento, los buitres van ganando de calle a las palomis. ¡Mujer, Historia es tu segundo apellido! ¡No dejes que tu marido/pareja/compi del curro deposite su voto sin dejar oír también tu voz! Está en juego el premio Le Molo a Ellos y el premio Le Molo a Ellas. Los machos votantes son, por supuesto, bien recibidos. Pero las hembras son especialmente bienvenidas (en esto como en tantas otras cosas).

Te recuerdo que para votar sólo tienes que pinchar encima del PIRANDÁRGALLO.

En fin, confieso que tengo ya algún post escrito sobre la República. Sin embargo, dado que estamos en jornada de reflexión, he decidido, cuando menos de momento, aplazarlo algunos días. Os dejo con un post un poco más anterior en el tiempo.


Noticia del conde de Oñate. By JdJ


1640. La España barroca y decadente. En algún lugar de Madrid (en mis lecturas no se dice cuál), en una sala con seguridad amplia y luminosa, una veintena de hombres se reúnen bajo la presidencia de uno de ellos, algo gordo para su altura, tocado de bigotes a la moda y ricamente vestido. Se podría decir que quien no estuvo en esa sala no era nadie, cuando menos, en Castilla. Porque quienes están allí congregados son los ministros de España, magistrados, miembros del Consejo de Estado y Guerra, de la Junta de Ejecución, consejeros del Real de Castilla y también del Real de Aragón.

Muchos de ellos se saben en una reunión histórica. La reunión que ha convocado el conde-duque de Olivares para analizar, y eventualmente aprobar, la guerra de Castilla contra Cataluña.

La rebelión catalana de 1640 es uno de esos episodios que cada vez se hace más difícil analizar de forma ponderada, dado lo mucho que se inventan dentro de sus cabezas quienes, desde el nacionalismo o desde el antinacionalismo, se dedican a analizarla. Este enfrentamiento frontal entre España y Cataluña (o Castilla y Cataluña, si se prefiere) es, según el color del cristal con que se mire, o una cosa o la otra; o bien una expresión de un secular sentimiento nacional, o bien algo que no tuvo nada que ver con la polémica sobre la existencia de fueros especiales dentro de la nación española. Como casi siempre ocurre con estas apasionadas lecturas históricas, ninguna de las partes termina de llevar la razón. A mi modo de ver, Cataluña se rebeló en 1640 por sentirse maltratada por su Rey, no por desear cargárselo o separarse de él; en la misma medida que también es cierto que la evolución de los acontecimientos, o lo que es lo mismo la notoria estupidez y falta de tacto con que Castilla gestionó aquella crisis, fue poniendo a los catalanes cada vez más y más calientes, hasta el punto de acabar defendiendo lo indefendible, perdida ya gran parte de su territorio, con la sola gasolina moral de la conservación de sus libertades y tradiciones.

Gran parte de esa estupidez fue generada en la Junta que hoy recuerdo. La Junta en la que, efectivamente, se aprobó el levantamiento de una armada contra Cataluña; una armada formada por los ejércitos acantonados en Guipúzcoa, en Álava y en Tierra de Campos; de todos los castillos de vigilancia existentes en España y Portugal; ejércitos formados por todo hombre que alguna vez hubiera recibido sueldo real, puesto que fueron llamados a filas; de 6.000 soldados que entonces se habían trasladado a Portugal; de dos quintas partes de todas las tropas acuarteladas en Castilla, León, Andalucía, Extremadura, Granada y Murcia; de dos de los cuatro tercios existentes en Navarra; del tercio completo existente en las Baleares; de centenares, miles de voluntarios reclutados en Aragón y Valencia. Algo muy parecido, en suma, a una movilización general, respuesta a una seria rebelión que, según palabras pronunciadas por el conde-duque en aquella sesión, debía sofocar el rey «no tanto por remediar la culpa de la rebelión, cuando por excusar con aquel espanto la ruina de otras naciones». Dicho de otra forma: una patada a los enemigos holandeses, italianos y franceses, en el culo de los catalanes.

Algún día, si vosotros tenéis paciencia y yo tiempo, hablaremos despacio de esta rebelión de Cataluña, de cómo y por qué surgió, y de cómo se desarrolló. Hoy, en puridad, no quiero hacer esa historia completa. Hoy me basta con detener vuestra imaginación en aquella sesión histórica, porque en ella, a pesar de la unanimidad que el de Olivares acabaría encontrando para sus planes bélicos, se encontró con una discrepancia. Fue ésta la de don Iñigo Vélez de Guevara, conde de Oñate, miembro del Consejo de Estado y presidente de su Tribunal de Órdenes. Hombre, él lo dice al inicio de su discurso, ya provecto y experimentado.

Don Iñigo elaboró en ese momento un discurso muy bello, que nos ha llegado fielmente reproducido gracias a la crónica que de la guerra de Cataluña escribió Francisco Manuel de Melo, uno de los militares que allí guerreó contra los insurgentes. Es una pieza interesante de retórica barroca, escrita en un español muy bonito, lo cual es doble mérito para Melo (era portugués). Y es, sobre todo, un acertado alegato pacifista y, diríamos hoy, autonomista.

Si tenéis la paciencia de leer el discurso, algo largo, hasta el final, seguramente os daréis cuenta de que la intención del de Oñate no era otra que sostener la idea, por otra parte totalmente cierta, de que no tenía sentido discutir si Castilla le haría la guerra a Cataluña porque, simplemente, no podía permitirse dicha guerra. Es, pues, una admonición pragmática. A esto cabe añadir, además, que, probablemente, influyó en su ánimo el hecho de que se llevaba con el conde-duque más o menos como Bin Laden con Condoleeza Rice, pues de hecho habían sido rivales en el favor del rey a la muerte del duque de Lerma.


Pero, además de estos argumentos, hay otros que vienen a definir toda una actitud hacia el hoy tan cacareado conflicto sobre la nación española y los entes que la componen. En la distancia de cuatro siglos, hay pasajes de Vélez de Guevara que, salvando las distancias de estilo, podrían haberse pronunciado cualquier tarde de éstas en el Congreso de los Diputados. Eso, claro, si en el Congreso hubiera alguien tan inteligente y mesurado como el de Oñate, cosa de la que cabe dudar.

Leyendo esta pieza, además, entendemos por qué se enfangó España y se perdió en un laberinto de degradación. El problema fue el honor. Pues resulta curioso que, en el fondo, Oñate y Olivares utilicen el mismo argumento para arrimar cada uno el ascua a su sardina. Oñate dice: ya estamos haciendo muchas guerras, así pues lo mejor es que no nos embarquemos en una más. Olivares le contestó: porque ya estamos haciendo muchas guerras, tenemos que embarcarnos en una más; si no lo hacemos, nuestros otros enemigos se envalentonarán. La filosofía del ciclista: si dejas de pedalear, te la pegas. Y eso es así porque, como acertadamente explica Elliott en su monumental monografía sobre el conde-duque, en aquella España toda la política exterior se basaba en un concepto: el prestigio. Todavía vivían muchos españoles, notablemente los nobles y altos funcionarios, que habían servido a las órdenes de Felipe II, cuando España tenía todo el prestigio del mundo, porque el mundo era suyo. Y se decía que era necesario hacer cualquier cosa para mantener ese prestigio, ese honor. Incluso irse a la mierda.

En el momento en que el de Oñate pronuncia su discurso, se ha producido el llamada Corpus de Sangre, que como digo algún día contaremos aquí, así pues Castilla se siente agredida, ergo humillada, por Cataluña. Oñate conoce bien el natural airado y vengativo de España, es decir, admite que, hasta aquel día, el Imperio ha resuelto las rebeldías de la misma forma: dando de hostias al rebelde. Pero, con una clarividencia notable para su época, es capaz de avizorar que el rebelde que resulta excesivamente castigado reacciona volviéndose sedicioso. Toda una lección de pragmática política, que cayó en saco roto.

Os dejo con don Iñigo. Espero, sinceramente, que no os aburra. Y, tras terminar la lectura, tal vez os preguntéis, como hago yo, qué habría pasado si la votación final de la Junta le hubiera apoyado.

A un gran negocio, señores, somos llamados: yo, por cierto, sobre setenta años de edad en que me hallo, y con pocos menos de experiencia, atreveréme a decir que ninguno de los accidentes pasados fueron de tanto peso como el que tratamos. Largos días ha que reposa en España la rebelión de los vasallos: ya vine a creer en los aprietos presentes, que algunos han vivido templados, más por ignorar la desobediencia que por rehusarla; tal debe ser nuestro cuidado en aumentar esta su ignorancia. Yo no pretendo manchar la fidelidad española; mas si el discurso no me engaña, nación es ésta de quien estamos quejosos, ocasionada al precipicio; conozco su natural airado y vengativo, y sin perturbarme del temor o el odio, voy a temer un gran suceso, harto más lamentable a la experiencia que al discurso.

¡Oh! No hagamos de suerte que nuestro enojo les descubra algún camino que su osadía no ha pensado. Costumbre es de los afligidos abrazar cualquier medio que los excusa la calamidad presente, aunque los lleve a otros nuevos daños; el esclavo oprimido del látigo se despeña por la ventana; no mira que es mayor el riesgo del precipicio que el azote; sólo atiende a escaparse de las coléricas manos de su señor. ¿Qué seguridad tenemos, pregunto, de que estos hombres, amenazados de su Rey, no se arrojen por la rebeldía hasta caerse a los pies de su mayor émulo? Más pienso yo ha hecho Cataluña en salir de estado pacífico para el sedicioso, que hará en pasarse ahora de sedicioso a rebelde. No es la espuela aguda la que doma al caballo desbocado; la dócil mano del jinete lo templa y acomoda. Si de otros tiempos advertimos en los progresos de esta gente, todos nos informan de su valor y dureza; calidades que piden las armas. En los tiempos modernos amaron la paz como la deben amar todos los hombres a quienes gobierna la razón: saboreáronse de la serenidad, y olvidados de las primeras glorias, empleaban todo su orgullo en las pendencias civiles, divididos en bandos y facciones. No habían perdido el valor, aunque lo habían estragado en efectos inútiles. Herido el pedernal vomita fuego, y no herido lo disimula; empero en las mismas entrañas le deposita: la ocasión suele ser siempre instrumento de la naturaleza.

Juzgad ahora, señores, si conviene volver a despertar a esta dura nación, y amaestrarla contra nosotros en el uso de la guerra, en que fue excelente. Carlos, nuestro invicto señor, juzgándolo así con los holandeses, puso tan grande estudio en hacerles olvidar de las armas, como en inclinar los españoles a su ejercicio; dándoles gran enseñanza a los príncipes de que hay gentes que sirven más a su señor con lo que ignoran que con lo que ejercitan.

Siento que es grande la causa con que provocan la indignación de nuestro monarca, y que si hallásemos un castigo igual al crimen de los delincuentes, yo me dispusiera a seguirle; empero si cualquiera pena cotejada con el delito parece inferior, entonces sólo la podrá igualar aquella clemencia que la puede vencer.

Yo digo que la justicia es la virtud más propia de los buenos reyes; pero hay casos en que al Príncipe le conviene perdonar sin razón, violentado de la contingencia del castigo. En la dignidad del rey y en el amor de padre no pueden entrar aquellos defectos comunes que llevan los hombres a la venganza; de tal suerte que si la culpa del vasallo o del hijo puede permitir algún olvido o perdón, no se considera dificultad ninguna de parte de los ofendidos. Tan diferentes son los castigos de la mano del odio o del amor: aquél siempre pide sangre, éste no más de enmienda.

Procedió Cataluña ciegamente, yo lo confieso: muestra ahora señales de su dolor; justificase con voces y papeles, con informaciones y embajadas; llama a la piedad del Pontífice por intercesión, las repúblicas por medianeras; escribe a sus reyes, llora a todo el mundo, pide justicia contra los que han perturbado sus cosas, nómbralos, y limítase a éste o a aquel medio; publícase por fiel y humilde postrada a los pies de su señor: ¿qué le falta sino la dicha de que la creamos? No sé que estas demostraciones sean dignas de desprecio: dícese que son vanas y simulado su arrepentimiento; y, ¿qué sacamos nosotros de esa incredulidad? ¿De qué conveniencia nos podrá ser adelantada nuestra desconfianza a su malicia? No hay soplo que así encienda la llama, como la desesperación del perdón da fuerzas a la culpa. ¿Qué es en lo que reparáis? Piden a su Majestad les aparte tres o cuatro sujetos ocupados en la gobernación de las armas; poco es esto. Aquí no pretendo discurrir por sus deméritos ni por la justificación de los quejosos; digo, empero, que es más fácil cosa pensar que puedan errar cuatro hombres que una provincia entera. Podéis decir que hay dificultad en el modo de sacarlos con buena opinión; no es grande el mal que tiene remedio: no hay ninguno de los acusados (si son como yo creo que son) que no ofrezcan su reputación particular por el sieigo público: tenéis para qué estimarlos.

Sabed, señores, que no hay miseria que se iguale a una guerra civil. Si fuésemos ciertos de que Cataluña se hubiese de humillar al primer crujido del azote, no dudo que también fuera conveniente dárselo a temer; más si por ventura su ceguedad les hiciese proseguir su obstinación, y tomasen las armas en su propia defensa, ¿sería cosa prudente exponerse la autoridad de nuestro monarca a la suerte de una o de otra batalla con sus vasallos? ¿Sería buen ejemplar para los otros reinos cualquiera dicha de estos rebeldes? Y con más peligro de esta corona, que se compone de tantas naciones diversas y distantes, las más dellas desaficionadas a la fortuna castellana. Apartemos el temor de la suerte; no pienso sino que entramos victoriosos, que abrasamos, talamos y destruimos; ¿qué es lo que ganamos, sino montes desiertos, pueblos abrasados y plazas echadas a tierra? ¿Esto se puede llamar Cataluña? ¿Qué es esto sino cortarnos una mano con otra, y quedar España con una provincia menos?

Y entretanto que gastamos el tiempo en victorias (así quiero llamar todos nuestros acontecimientos), ¿cómo nos será posible acudir a Flandes con dineros, a Italia con socorros, a las conquistas con flotas y a todo el Océano con armadas? Pues si esto faltase, ¿qué tal podría quedar nuestro partido, expuesto a la furia, a la industria y a la fortuna de nuestros contrarios? Forzosa (o por lo menos natural) cosa habría de ser el perder en las provincias externas cuanto en las nuestras ganásemos; y entonces, ¿cómo lo podríamos llamar triunfo, habiendo de ser contrapesado de pérdidas infalibles? Miserable por cierto sería aquella guerra en que nosotros mismos fuésemos los vencedores y los vencidos.

No hay fatiga en el campo de que el labrador en su casa pacífica no se repare. Este era el consuelo de los trabajos que la Monarquía padece en sus partes, gozar a nuestra España con quietud. Los Países Bajos y Alemania (que también podemos llamar propia) oprimidos están de armas; Lombardía, afligida con su peso; Nápoles y Sicilia, amenazados; la Borgoña, ni por desierta segura; Alsacia, más que nunca fatigada; unas y otras Indias, en continua infestación de enemigos; el Brasil en manos de una guerra desesperada; las costas de España, visitadas de corsarios. ¿Qué otro lugar nos quedaba de descanso sino la España? Pues si ni este pequeño abrigo os queréis reservar entero a los ánimos cansados y arrepentidos, ¿dónde habremos de hallar reposo y consuelo? ¿Dónde habrán nuestros hijos y descendientes de gozar el premio de lo que ahora trabajamos nosotros? ¡A gran cosa, a peligrosa cosa por cierto se ofrece aquel espíritu que se encargare de esta novedad! Costoso edificio es éste a que pretendéis abrir los cimientos, y cuya ruina podrá sepultar nuestra república. No quisiera ahora que mi ponderación os llevara el pensamiento a otros casos miserables; empero si la prudencia es lince, dadme licencia siquiera para pensarlo (no se cuente norabuena, como referido), qué habría de ser de nosotros si al ejemplar de Cataluña conspirasen o se armasen otras naciones, dándoles esta guerra que apetecéis, no sólo ocasión, sino conveniencia.

¡Ah, señores! Lleno está el mundo de historias y las historias llenas de sucesos que nos encaminan a la templanza; advertid que aquel que excesivamente sigue su afecto, necesita después de un exceso mayor para desfacer el primero. ¡Oh! No sea así que vuestra impaciencia os traiga a tal desdicha que vengáis a sufrir en algún tiempo mucho más de lo que no queréis tolerar ahora. Benigno Rey tenemos, y tan piadoso, que sólo extrañará los consejos de la ira, no los de la clemencia, sólo por casi no los conoce. Ninguno subió tan presto a la inmortalidad por la venganza como por el perdón, porque siendo en los hombres lo más dificultoso, así debe ser lo más estimable.

¿Llora Cataluña? No la desesperemos. ¿Gimen los catalanes? Oigámosles. Éste es el mayor artificio de los físicos (1), ayudar a la naturaleza con beneficios, por llevarla allí donde muestra inclinarse. Salga el Rey de su corte; acuda a los que le llaman y le han menester; ponga su autoridad y su persona en medio de los que le aman y le temen, y luego le amarán todos sin dejar de temerle ninguno. Infórmese y castigue, consuele y reprenda. Buen ejemplar hallará en su augusto bisabuelo (2), cuando por moderar la inquietud de Flandes, con pompa indigna de César, más con corazón de César, pasó a los Países y acompañado de su solo valor entró en Gante amotinado y furioso, lo redujo a obediencia sin otra fuerza de su vista. Salga Su Majestad, vuelvo a decir; llegue a Aragón, pise Cataluña, muéstrese a sus vasallos, satisfágalos, mírelos y consuélelos; que más acaban y más fácilmente triunfan los ojos del Príncipe que los más poderosos ejércitos.

(1) Físico aquí significa médico. Es muy bella la imagen que utiliza aquí el de Oñate, identificando el diálogo con la medicina.
(2) Carlos I.

miércoles, octubre 17, 2007

Encuesta: Ponle nota a los políticos de la República

ACHTUNG!

O sea: ¡Atención!

Si has leído este este post antes de las 13,30 horas de España del día 17 de octubre y lo estás leyendo ahora (o sea, después) debes saber que ha cambiado sustancialmente. En la redacción primera, si querías votar, tenías que enviarme un correo electrónico. Sin embargo, con posterioridad, el monstruo Calvin, señor y rey de los bits, de los bytes y de las versiones beta, se ha currado una encuesta online muy maja. Así pues, ya no tienes que enviar ningún correo electrónico para votar, sino simplemente acudir al hipervínculo que se aporta en este post.

Quiero que quede constancia escrita que, desde hoy, soy deudor de Calvin. A cambio de este favorazo, le debo una Barbie tornero-fresadora, un Lopera Cabis Basquis y los siete tomos de las memorias de Rin-tin-tin.

Relee el post (o léelo, si es la primera vez que entras) y... ¡a votar! Por cierto, los que ya habéis votado enviándome un correo no tenéis que volver a hacerlo. Yo introduciré vuestros votos.


Os decía hace algunos días que Wonkapistas es uno de los blogs que me hacen pensar. No soy sociólogo, pero leyendo a Wonka le he cogido gustito a esto de la medición de opiniones y tal. Así que he decidido lanzar yo mismo una pequeña encuesta, lo cual es un reto ya que mi coeditor perteneciente al reino animal inferior es bastante más escéptico que yo sobre los resultados; así pues, al final veremos cuál de los dos está más acertado.

Se trata de la encuesta informal Ponle nota a los políticos de la República

Esto es informal porque es una encuesta voluntaria (quien quiera la contesta y quien quiera no; e, incluso, no tengo forma de controlar que haya alguien que la conteste varias veces o que mienta en las respuestas), pero yo tampoco pretendo hacer una tesis ni ganar una cátedra de sociología con esto. Todo lo que quiero es daros voz, si la queréis usar, a todos los lectores de este blog y a cualesquiera visitantes que se acerquen. Los resultados tendrán la relevancia que tengan. Científicamente poca, moralmente la que vosotros le queráis aportar jugando limpio.

El caso es que la pregunta me inquieta. Me gustaría saber de verdad quién, setenta años después, aprueba, y quién suspende. Y he pensado que lo mismo la cuestión también os inquieta a vosotros.

Para votar sólo tienes que pinchar encima de la palabra PIRANDÁRGALLO. El hipervínculo te llevará a la página de la encuesta, por si quieres votar.

Lo ideal sería que realizaras la encuesta sin tirar ni de libros ni de Wikipedia ni historias; la respuesta NS/NC es tan válida como cualquier otra y sirve para saber hasta qué punto hoy, en estos tiempos de memoria histórica y tal, personajes de la República son recordados y conocidos. En la lista de abajo no están todos los que fueron, pero todos los que están, fueron. Casi todos los miembros de la lista fueron presidentes de la República, de comunidades autónomas, presidentes del gobierno o ministros; y los que no lo fueron, tuvieron una labor importante de liderazgo dentro de sus formaciones políticas.

La respuesta a la pregunta que te harás al terminar de leer la encuesta es: No, efectivamente, no. Franco no está. Aunque no le discuto la categoría de político, su relevancia en los tiempos de la República es muy pequeña y, de hecho, se limita al coitus interruptus de su tentativa de presentarse a diputado por Cuenca. En realidad, esta decisión mía es injusta, pues sé que en la lista he colocado a personajes que, si bien en tiempos republicanos tuvieron su actuación, en realidad la desplegaron fundamentalmente durante la guerra (el caso más claro es el de Negrín, simple diputado durante los tiempos republicanos; y añadiría también a García Oliver y Montseny). Sin embargo, creo que el asunto de Franco y el franquismo debiera ser, en todo caso, motivo de otra encuesta.

[Por cierto, al último Lerroux no le tienes que votar. Ya nos hemos dado cuenta de que don Alejandro está repetido, pero lo hemos dejado ahí porque ya se sabe que todas las obras artesalanes tienen que tener sus imperfecciones]

Os rogaría que no hiciéseis uso de los comentarios del blog para hacer públicas vuestras contestaciones; ya bastante acientífica es esta encuesta para que encima los encuestados se pudieran ver influidos por conocer otras contestaciones.

Las votaciones estarán abiertas, en principio, hasta el 15 de noviembre. Trataré de poner un recordatorio en el sidebar para los que vengan de paso en los próximos días. Cuando pase el plazo, publicaré las notas medias y las desviaciones típicas, y también, probablemente, el porcentaje de NS/NC, es decir, los niveles de conocimiento. Si de aquí a mediados de noviembre alguien me enseña cómo se hace eso que hacen muchos blogueros de colgar gráficos de Excel en pequeñito que los puedes pinchar y ver más grandes, más chulo nos va a quedar.

Os recuerdo que no tenéis que poner nombres ni referencias, ni ningún dato personal.

En fin, ahí va una copia de la encuesta, por si antes de votar queréis saber de qué va.


1.- Tu sexo, además de placentero, es:

a) Masculino
b) Femenino.


2.- Encuádrate cronológicamente, y no mientas.

a) Bollycao. No tengo aún edad para votar.
b) Mileurista de vocación. Entre 18 y 35.
c) Todavía me va la marcha. De 36 a 45.
d) Enganchado al omega3. De 46 a 60
e) En lo mejor de lo mejor. De 61 en adelante.


3.- Estos son los personajes que Historias de España ha seleccionado para la encuesta. Recuerda que tienes que ponerle una nota de 0 a 10, u otra cosa, la que quieras, para señalar que no le votas.

Manuel Azaña
Francisco Largo Caballero
Indalecio Prieto
Niceto Alcalá-Zamora
Miguel Maura
Andreu Nin
Marcelino Domingo
Diego Martínez Barrios
Dolores Ibárruri
José Calvo Sotelo
Ángel Pestaña
José Martínez de Velasco
Félix Gordón Ordax
Lluis Companys
José María Gil-Robles
Julián Besteiro
Alejandro Lerroux
José Antonio Aguirre y Lecube
José Antonio Primo de Rivera
Antonio Goicoechea
José Giral
Federica Montseny
José Díaz
Joaquín Chapaprieta
Juan Negrín
Manuel Portela Valladares
Santiago Casares Quiroga
Juan García Oliver
Santiago Carrillo
Alejandro Lerroux

lunes, octubre 15, 2007

La reforma militar de la República

Cuando comienza el siglo XX, el que había sido el primer ejército del mundo presenta una situación tal que no conseguiría promocionar ni a la Segunda División B bélica mundial. De hecho, se podría decir que si a alguien se le hubiese encargado organizar el ejército español a mala hostia, no lo habría hecho peor de cómo estaba.

Años después de la pérdida de Cuba, y a la espera de que estalle la guerra de Marruecos, el ejército español presenta una oficialidad acromegálica: 499 generales, 578 coroneles y más de 23.000 oficiales. Para mandar a los soldados tenía el ejército español seis veces más oficiales que el francés, con muchos más efectivos.

A los problemas de la sociedad con el ejército se unen los del propio ejército conmigo mismo. Dentro de la institución castrense no todo son abrazos y consensos. De hecho, entre las diferentes armas se producen muchas disensiones y enfrentamientos más o menos soterrados, que cristalizan, sobre todo, en un sentimiento de abandono y discriminación por parte del arma de infantería. La infantería ha sido siempre la base de todo ejército, cuando menos de tierra (y sin ejército de tierra no hay invasión que valga), pero en aquel entonces sus mandos se sentían preteridos frente a otras armas, sobre todo la de artillería. Los artilleros llevaban cosa de un siglo desarrollando una especie de moral militar específica dentro del ejército, moral que se basaba en varios principios. De entre ellos, uno muy importante era la política de ascensos. Como es lógico en un arma tradicional, los artilleros querían ascender por escalafón, esto es, primero el que más tiempo lleva esperando el ascenso; por esta razón, desde finales del siglo XIX, en distintas épocas y con distinta intensidad, en el arma de Artillería se fomentó un pacto entre caballeros mediante el cual aquel miembro del arma que recibiese un ascenso distinto del correspondiente por escalafón renunciaría a él, cambiándolo por una condecoración las más de las veces. Esta actitud irritaba a buena parte del resto de los militares, a alguno hasta el punto del enfrentamiento frontal, como le ocurriría al dictador Miguel Primo de Rivera, quien llegó a disolver el arma de Artillería (ahí es nada).

En todo caso, fue la irritación del arma de infantería la que estuvo detrás de la creación de la Junta de Defensa de dicho arma en Barcelona, a la que siguieron otros órganos parecidos, que acabaron, sobre todo en los años previos a la dictadura, por convertirse en un auténtico poder fáctico, que ponía y quitaba ministros, y que, como ya hemos visto, dio golpes de Estado encubiertos.

Con fecha 23 de abril de 1931, es decir apenas diez días después del advenimiento de la República, el Ministerio de la Guerra publica una norma por la que modifica el juramento de fidelidad de los militares, que ahora deberán jurar fidelidad al orden constituido, y asevera que aquéllos que se nieguen a pronunciar dicha promesa causarán baja en el Ejército. En ese momento, lo que hay entre la milicia y la República es una calma tensa. Es obvio que los militares no hicieron nada por contravenir la República, lo cual es valorado por el gobierno; pero subsisten las dudas, porque los militares, en buena proporción, son de filiación claramente monárquica.

El 25 de abril, el ministro Manuel Azaña inicia su reforma militar con un famosísimo decreto que concede el pase a la situación de segunda reserva, con el mismo sueldo que disfrutaban en la escala activa, «a todos los oficiales generales del Estado Mayor general, a los de la Guardia Civil y Carabineros y a los de los Cuerpos de Alabarderos, Jurídico Militar, Intendencia, Intervención y Sanidad», así como a los oficiales de las distintas armas y cuerpos, que así lo solicitasen. Ésta fue la piedra angular de la reforma de Azaña y buscaba, claramente, resolver el problema clave del ejército español, que era la abundancia de jefes para tan poco indio. Una vez iniciado este proceso, Azaña comenzó la reforma del ejército propiamente dicha.

Quedan para la Historia los nombres de quienes asesoraron al ministro en esta labor: comandante de Artillería Juan Fernández Saravia; comandante de Caballería Germán Boaso Román; comandante de Artillería Antonio Vidal Lóriga; comandante de Infantería Andrés Fuentes Pérez; comandante de Estado Mayor Ángel Riaño Herrero; comandante de Ingenieros Enrique Escudero Cisneros; comisario de guerra de segunda José de Armas Chirlanda; capitán de Caballería Juan Ayza Bergoños; capitán de Artillería Pedro Romero Rodríguez; y capitán de Intendencia Elviro Ordiales Oroz.

Estos once hombres no sé si sin piedad (contando Azaña) realizaron una poda en la estructura del ejército español que cabe señalar de espectacular. Su objetivo era modernizar la estructura de las fuerzas armadas y llevarlas a una proporción razonable de aproximadamente un militar por cada cien civiles.

En consecuencia, se dividió el país en ocho divisiones orgánicas y se estableció la dotación que habrían de tener, que en cada caso era:

- 2 brigadas de infantería, formadas cada una por dos regimientos, asimismo formados por dos batallones, y teniendo cada batallón 4 compañías de fusileros, una de ametralladoras y una sección de especialistas.

- 1 escuadrón de caballería, con una sección de armas automáticas y otra de infantería ciclista.

- 1 brigada de artillería ligera.

- 1 batallón de zapadores-minadores.

- 1 grupo de transmisiones.

- 1 sección de iluminación.

- 1 escuadrilla de aviación.

- 1 unidad de aeroestación.

- 1 parque divisionario para municionamiento, armamento y material.

- 1 grupo divisionario de intendencia, con una compañía montada de víveres, una compañía automóvil de panadería y dos compañías de servicios.

- 1 grupo divisionario de sanidad, con una sección de ambulancias, una columna de evacuación y un grupo de desinfección.

- 1 sección móvil de evacuación veterinaria.

Además de esta estructura, por así decirlo, por defecto, había unidades más independientes, como dos brigadas mixtas de infantería de montaña, 2 regimientos de carros ligeros de combate, 7 regimientos más de infantería, 1 división de caballería, 4 regimientos de artillería pesada, 4 regimientos de artillería de costa, 3 grupos mixtos de artillería, 2 grupos de defensa contra aeronaves, 4 parques de artillería de cuerpo de ejército, 1 regimiento de zapadores-minadores, 1 parque central de automovilismo, 1 batallón de pontoneros, 1 regimiento de ferrocarriles, 2 grupos autónomos mixtos de zapadores y telégrafos en Baleares, otros dos en Canarias, sendas compañías de intendencia y sanidad en ambas islas, un regimiento de aeroestación, 3 grupos de información de artillería y 1 depósito de ganado.

Parece mucho y, probablemente, lo es a los ojos de muchas personas que se sientan pacifistas. Y es interesante recordarlo porque, aparte de reivindicarse con ello la verdad, también viene bien porque a veces, dentro de las visiones entre románticas e interesadas de la República, se quiere ver en la reforma de Azaña algo así como un desmantelamiento del ejército, fomentado por presuntas ideas antimilitaristas del ministro que luego sería primer ministro y, después, presidente de la República.

Para disgusto de alguno de sus hagiógrafos y/o admiradores, Azaña estaba muy lejos de ser lo que hoy consideraríamos un pacifista. Era, eso sí, una persona obsesionada con que el presupuesto militar se gastase bien, es decir no importase una peseta más de lo necesario, pero tampoco una peseta menos. Sus palabras donde deben pronunciarse, esto es en la sede parlamentaria, son éstas:

El Ejército en España no es mejor ni peor que la Universidad, o que los ingenieros de caminos, o que el Ateneo, o que cualquier otra institución. Lo que pasa es que dentro del funcionamiento del Estado, la institución militar y, por consiguiente, los gastos que acarrea, o son perfectos o son estériles; no hay término medio. Y es por el carárter contencioso del Ejército. El Ejército, en tiempo de paz, no tiene más misión que instuirse para la guerra; pero cuando llega la guerra, si la organización del Ejército no es todo lo perfecta que cabe en lo humano, no sirve para nada, y todo lo que se ha venido gastando y produciendo y trabajando en los años de paz es absolutamente perdido; esto no pasa en ninguna otra institución del Estado.

No parece que una persona que declara que su deseo es un ejército todo lo perfecto que cabe en lo humano pueda considerarse ni pacifista, ni partidario del desarme, ni enemigo del monopolio legal de la violencia.

Eso sí. La larga lista de unidades que conformaban el ejército de la República no debe esconder el bosque del importante adelgazamiento del mismo. Azaña y sus asesores suprimieron 37 regimientos de infantería, cuatro batallones de montaña, nueve batallones de cazadores, 17 regimientos de caballería, un regimiento de ferrocarriles y dos batallones de ingenieros. Un decreto de 16 de junio reorganiza las áreas militares y suprime las categorías de capitán general y teniente general (que Franco resucitó y, por lo que sé, resucitadas siguen); y luego tomó otra serie de medidas, entre las cuales, quizá, la que más se conoce es la decisión de clausurar la Academia Militar de Zaragoza, que entonces era dirigida por el general Franco.

Los diez militares que hemos citado formaban el llamado Gabinete Militar, conocido en muchos cuartos de banderas de aquella época como Gabinete Negro. Emilio Mola, el general que se alzaría con Franco en el 36 desde Pamplona, es la fuente que más escritos ha dejado por parte de, por así decirlo, la oposición a la reforma. Según esta versión, el Gabinete Negro tuvo como principal función delimitar quién debía ascender y acceder en cada caso al mando en las tropas. Es, ya lo digo, la versión de Mola; pero resulta difícil de creer a la luz de los acontecimientos, a menos que presupongamos a los asesores de Azaña un desconocimiento total de las cojeras ideológicas de los compañeros a los que ascendieron o mantuvieron.

Los autores de los panegíricos franquistas tras la guerra, como Arrarás, hablan sin ambages de mutilación al referirse a las medidas de Azaña. Sin embargo, unos seis meses después de comenzada la reforma, Azaña pudo ir a las Cortes y vanagloriarse de que las oposiciones habían sido nimias; y no mentía. No obstante, no son pocos los indicios de que lo que pasó realmente es que los militares habían quedado, tras la proclamación de la República, en cierto estado de incertidumbre que les impidió organizarse y reaccionar. Lo cierto es que los hechos acabaron por demostrar que no eran pocos de ellos los que estaban radicalmente en contra de la reforma y, de hecho, aquellos pocos militares que además eran diputados (caso de Fernández Castillejo, Joaquín Fanjul o Tomás Peire) combatieron diversos proyectos de Azaña todo lo que pudieron. No fueron los únicos que combatieron la reforma. También lo hicieron las derechas patronales, las cuales rechazaban una de las medidas de la reforma: la creación del Consorcio de Industrias Militares, que consideraban era una competencia desleal contra las industrias privadas. El Consorcio englobaba a la Fábrica Nacional de Toledo, la Fábrica de Artillería de Sevilla, la Fábrica de Pólvoras y Explosivos de Granada, la Fábrica de Pólvora de Murcia, la Fábrica de Armas Portátiles de Oviedo y la Fábrica de Cañones de Trubia. Fue disuelto en 1935, durante el bienio de las derechas.

Si avanzamos en la lectura de quienes opinaron sobre estas reformas, encontramos que no se cuestiona su origen principal. El propio general Mola, por ejemplo, admite que, acabada la guerra de Marruecos (tras el desembarco de Alhucemas que, según cierto periódico, fue realizado por 10.000 españoles de nacionalidad francesa) «no sólo la oficialidad profesional era excesiva, sino también el propio ejército permanente era demasiado aparato bélico para las necesidades de la nación». No obstante, si podemos considerar a Mola portavoz de los militares (o, por lo menos, de ciertos militares, que no eran pocos en los cuartos de banderas) dicha reducción fue excesiva. Mola calculaba en 1933, en este sentido, que en caso de movilización (es decir, si se deshacía la situación de paz) harían falta 4.000 oficiales más de los que había dejado Azaña; y debo decir que en este punto parece que llevaba razón, puesto que, una vez iniciada la guerra civil, es obvio que el ejército republicano quedó huero de oficiales (y los improvisó a partir de los milicianos de partidos políticos y sindicatos); y en el bando franquista, mucho más dotado, aún así hubo que «tirar» de Falange, de los requetés y de cuerpos como los alféreces provisionales. Y esto era así a pesar de que el ejército se había deshecho de entre 10.000 y 12.000 militares.

Otro de los elementos de la reforma de Azaña que fue, a todas luces, imperdonable por parte de los militares que un día serían golpistas, fue la racionalización de los ascensos. Azaña tenía muy claro que el núcleo de la oposición desde el Ejército estaba en las unidades africanas; y si alguna duda le quedaba, en agosto de 1932 la disiparía cuando viese que el general Sanjurjo, héroe de Alhucemas, le montaba un golpe de Estado. Así las cosas, dentro de los dos grandes bandos de las fuerzas armadas españolas, es decir escalafonófilos [esta palabra me la invento yo para no llamarlos chusqueros] y africanos, optó por los primeros y, en palabras de Mola, hizo que los militares que estaban acostumbrados a ascender por méritos de guerra «marcasen el paso en el escalafón per saecula saeculorum».

En el diario de Azaña hay una entrada de 1933 que es muy reveladora del daño que hizo a los africanos esta medida y que es, además, muy sintomática a la luz de los acontecimientos posteriores. Dice Azaña:

He recibido en el Ministerio al general Vera, que manda la Octava División. Me dice que el general Franco está muy enojado conmigo por la revisión de ascensos. De hacer el número uno de los generales de brigada ha pasado a ser el veinticuatro. Es lo menos que ha podido ocurrirle. Yo creí durante algún tiempo que aún descendería más.

Por si fuera poco, esta medida se complementó con una ley, de 9 de marzo de 1932, con la que, en mi opinión, Azaña terminó por firmar su divorcio con los militares.

Merced a esta ley, los miembros del Estado Mayor General del Ejército en activo podían ser puestos en situación de reserva mediante decreto gubernamental si: llevaban más de seis meses en situación de disponible; y durante ese tiempo se hubiese provisto algún destino de los correspondientes a su categoría. ¿Qué significa esto? Pues venía a significar que, tras los pases a la reserva voluntarios de 1931, ahora el gobierno se abrogaba el derecho a pasar a la reserva a los oficiales, pues era dueño de dicho pase y también de las condiciones que lo hacían posible. Es decir: para quitar de en medio a un militar, le bastaba con tenerlo seis meses haciendo pasillos.

En resumen o, cuando menos, mi resumen: en realidad, buena parte de los problemas de la República que se hicieron patentes en el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 estaban ahí desde el principio, y aún más allá. El problema militar es uno de ellos. Como la reforma agraria, la reforma militar me parece a mí un ejemplo más de una medida bienintencionada y adecuadamente enfocada (como he escrito, hasta los más acendrados enemigos de Azaña y su reforma no osan cuestionar las bases de ésta) pero errónea en sus plazos. Un ministro de defensa socialista, Narcís Serra, haría, medio siglo después, cosas relativamente parecidas (al menos en lo que se refiere a los pases voluntarios a la reserva), pero midiendo los tiempos considerabilísimamente mejor que don Manuel, a quien muchos tienen por político genial pero yo reputo un poco excesivamente pagado de sí mismo, lo cual equivale a decir que le costaba admitir y admitirse que tal vez estaba equivocado tomando tal o cual medida.

Igual que el orden público, igual que la defección revolucionaria a izquierda y derecha del sistema, el problema militar se mostró prácticamente desde el primer momento de existencia de la República, y ya no le abandonó. La República, merced a las reformas tan profundas que comenzó a realizar apenas una semana después de haberse proclamado, se granjeó la oposición de amplias masas de militares, y ya nunca recuperó plenamente su afecto; de hecho, para disponer de cuerpos armados cercanos, tuvo que improvisar unos cuerpos de seguridad, sobre todo los guardias de asalto, que le fuesen afines.

La reforma militar de Azaña, no obstante, se hizo para construir un ejército moderno. Cuando uno lee las críticas de Mola no puede evitar la sensación de notarlas preñadas de cierto tufo a antiguo y a corporativista. Mola carga contra Azaña por considerarlo sectario y, por mucho que en parte pueda tener razón, al hacerlo obvia el principio fundamental de que un ejército no es una realidad propia que se rige por sus propias reglas, sino una institución al servicio de la legalidad constitucional. En eso el general finalmente golpista, pese a las amargas palabras que le dedica a las juntas de defensa, viene a aplicar precisamente la visión de las cosas que éstas propugnaban: dejad a los militares que resuelvan los asuntos de los militares.

Pero Azaña se equivocó. En esto como en tantas cosas, quiso hervir la rana viva echándola a una olla de agua hirviendo. Y, cuando se trata de gobernar, todo el mundo sabe que la única forma de hervir una rana viva es meterla en una olla de agua fría, poner la olla sobre un fuego muy muy suave, y luego ir subiéndolo muy despacio. El gran defecto de este político imperfecto fue considerar que por llevar la razón ante la Historia, los obstáculos habrían de echarse a un lado. De hecho, es justo al revés: cuanta más razón nos da la Historia, más difícil es llevar a cabo lo que pretendemos.

Azaña, por último, cometió un error más. No él sólo, sino el conjunto de los gobiernos republicanos, casi sin excepción. He dicho antes que la proporción buscada era la lógica para cualquier país, es decir un militar por cada cien civiles. Pero eso es así en países donde los civiles no están armados y/o no están usando esas armas para subvertir el orden. A Emilio Castelar, presidente que fue de la I República española, le preguntaron, poco tiempo después del fracaso de aquel ensayo y la vuelta de la monarquía, si seguía siendo republicano. Y contestó: Sí, República, sí; República, siempre. Pero con más Ejército, con más Marina, con más Guardia Civil.

En el fondo, la racionalización, es decir adelgazamiento, de un ejército monárquico, clasista y acostumbrado a intervenir en política, todo ello sin traumas ni enfrentamientos, sólo habría sido posible si dicho ejército hubiese dado por dominada la subversión. Lejos de ello, la República se mostró débil y tornadiza frente a dicha subversión, tanto de las izquierdas cuando gobernaron éstas, como de las derechas cuando llegaron éstas a a mandar. En la España de 1931 a 1933 y de 1936, la violenta oposición cenetista no fue atacada con todo el peso de la ley; en la España del bienio de las derechas, la ultraderecha floreció exenta de obstáculos, lo cual se puede pensar que encantó a los militares, pero no es así porque colaboró para la radicalizar a los viveros de izquierdistas en las Fuerzas Armadas, concentrados sobre todo en el cuerpo de Asalto. Dicho de una manera muy basta, podemos decir, debemos decir, que la intervención del ejército en los destinos políticos de España fue entonces lo que sería ahora: un hecho deleznable; pero lo que no fue es sorpresivo, porque cualquier ejército golpista encontrará la disculpa perfecta para sacar los tanques a la calle en un país en el que los edificios privados son quemados impunemente por alborotadores sin que las fuerzas del orden muevan un dedo; y eso ocurrió cuando la República no tenía ni un mes de vida.

Y el principal defensor de que así fuese, de que así se no-actuase fue, precisamente, el ministro don Manuel Azaña. Azaña, que tuvo mucho poder en aquellos gobiernos republicanos, derrapó demasiadas veces en la misma curva: en la quema de conventos, en las semanas inmediatamente anteriores a Casas Viejas y en el 36, en la escalada de sucesos que culminaría con el asesinato de Calvo-Sotelo. En esas condiciones, su reforma militar, que sobre el papel cabe calificar, a mí me lo parece, de más que bien tirada, se demostró incapaz para evitar, una vez más, el divorcio entre los militares y el pueblo al que pertenecen.

miércoles, octubre 10, 2007

Lavado de cara y cinco blogs que me hacen pensar

Los más perspicaces de entre los visitantes habituales de este blog notarán alguna cosa nueva hoy. Hay dos, y las voy a comentar por partes.



La primera es que nos hemos lavado la cara.



Un lector habitual, Jesús Sarmiento, se dedica al oficio, para mí mágico, de la infografía. Los infógrafos son esas personas que se dedican a dibujar utilizando para ello herramientas informáticas, y son especialmente utilizadas en la prensa, presentaciones corporativas, etc. Yo puedo decir que he conocido a varios infógrafos en mi vida, y que siempre me han parecido magos por las cosas que son capaces de hacer. En las manos de un infógrafo, lo gordo es delgado, lo pequeño grande y lo grande pequeño.



Un día Jesús sintió la inspiración de lo que él pensaba podría ser la cabecera de este blog. Siguiendo la llamada de la musa, parió el dibujo que veis, desde hoy, en la parte de arriba de la página. A mí me parece que queda chachi y que la idea (o sea, el conceto que la ilustración expresa) está muy bien hecho.



El dibujo original de Sarmiento no era exactamente así, pues incluía en el horizonte, cruzando la meseta de este a oeste, una fila de elefantes cartagineses al mando de Amílcar Barca. Pero los quité, por dos razones: a) porque Amílcar Barca nunca estuvo en Hispania, que yo sepa; b) porque enseguida me dí cuenta de que el detallito era obra de las malas artes de Tiburcio, que así lograba colocar en el dibujo a varios amigos, y sobre todo bastantes amigas, suyos.



Patente ha de quedar, por lo tanto, mi agradecimiento para Jesús, autor de esta obra altruista. Este editor de blog se siente honrado de ser objeto de la colaboración de otros.



La segunda novedad se encuentra en el sidebar de la derecha. Se trata de un pequeño banner que declara este blog como distinguido con el Thinking Blogger Award, algo así como premio a los blogs que te hacen pensar. La iniciativa parte de aquí. Se trata de un blog en inglés que, con la iniciativa, dice querer distinguir a los blogs que hacen pensar a las personas que los leen. Javier Carrasco, conciudadano que es de Bloguilandia a través del diario que veréis pinchando en su nombre, ha decidido que entre los cinco blogs que cada uno que es distinguido debe señalar debe estar el mío. Yo, por supuesto, se lo agradezco sobremanera. Aceptar el galardón da derecho a colocar el banercito en plan Yo soy la Hostia. Mola (y me refiero al verbo, no al general).



Eso sí, aceptar el galardón me obliga a mí a escribir aquí las referencias de al menos cinco blogs que a mí me hacen pensar. Cosa que no me cuesta demasiado.



En primer lugar, quiero y debo citar el blog personal de Tiburcio Samsa. Sinceramente, y no lo digo porque seamos amigos, creo que hay pocos españoles vivos que conozcan y entiendan Asia mejor que Tibur. Aquello está en la otra esquina del barrio, está poblado por personas de aspecto diferente al nuestro y con puntos de vista completamente distintos. Una vez Tiburcio me explicó las dos maneras distintas que tenemos un occidental y un oriental de enfrentarnos a la visión de una obra pictórica, y de aquello saqué la conclusión de que el suyo había sido un esfuerzo notable por comprender una mentalidad radicalmente distinta de la nuestra. En consecuencia, por mucho que a veces la moral paquidérmica me resbale el budismo me pille lejos, cuando quiero pensar suelo ir a visitarle.



Sin salir propiamente del ámbito oriental, también me hace reflexionar muchas cosas, la mayor parte de ellas positivas, el que me parece el mejor blog poético en español. Trátase de La mirada oblicua y digo que no se sale de la temática oriental porque es obra de una extraña mezcla de persona, china de Chamberí. Berna Wang es, en mi opinión, uno de los tres o cuatro poetas más inspirados de la actualidad, afirmación que debe hacerse teniendo en cuenta que los otros dos o tres están, probablemente, subvencionados. Acepta en su blog el reto nada fácil de liberar cuando menos un pequeño poema cada día. Yo, puesto que por una serie de razones no puedo estar delante de la radio cada mañana cuando su poema es leído en Radio 3, acudo periódicamente a su página a recargar el alma.



Para pensar, aunque en otro terreno distinto, está otro blog que también recomiendo en mi sidebar. Wonkapistas es uno de esos blogs que para leerlos necesitas estar en casa en las horas del asueto, cuando hasta el perro ya se ha dormido, o tener muy claro que el break en el trabajo va a ser largo. A Wonka no hay que leerlo; hay que releerlo porque, la primera vez, te dejas bastantes plumas. Es denso, intenso y meticuloso en sus análisis sociológicos y tiene, se le nota, alma de profesor.



¿Y de lo mío? O sea, la Historia. Pues, la verdad, veo pocos blogs. No quiero con esto elaborar crítica alguna; pretendo, únicamente, significar que no los he encontrado. Trataré de equilibrar esta carencia mía (que eso es) haciendo una confesión que tal vez suene torpe: suplo la carencia de blogs históricos con la lectura de blogs políticos.



A mí me parece que el político que se mete a hacer un blog (a hacer un blog: no confundir con el que tiene uno y coloca un post cada siete meses, que de eso también hay; o el que lo tiene para pegar los artículos que publica en prensa) es loable. El blog es un medio inesperado de contacto con la gente que yo creo que es muy necesario para el servidor público, y reconfortante para el ciudadano. A lo mejor, hasta debería haber una ley que obligase a los diputados y senadores a tener un blog sí o sí. El fraude de hacer que te lo escriban siempre está ahí, pero eso es otra cosa.



Yo procuro leer de todo y, dentro de ese de todo, tengo dos preferencias que, quizá, se equilibran una a la otra. Me gustan muy especialmente los blogs de Joaquín Leguina y Gustavo de Arístegui. El primero por lo extraordinariamente bien que escribe, que creo que lo distingue muy especialmente dentro de un entorno, entre los políticos, en el que se da mucho lo de sujeto + verbo + predicado, y así mucho. Y a los dos porque tienen una rara habilidad que es la que, a mi modo, define a un intelectual; entendiendo por intelectual aquella persona que elabora pensamientos. Hay dos tipos de intelectuales en política: uno, el malo, está formado por aquellos que, cuando los lees, necesitas estar de acuerdo con ellos. Son intelectuales que argumentan poco y que lo que hacen básicamente es defender sus ideas, motivo por el cual, para quien no las comparte, se hacen aburridos. El intelectual político de calidad es aquél que ofrece unos argumentos y/o datos con la habilidad de hacer interesante su lectura incluso cuando no los compartes pues eso mismo, no compartir dichos argumentos, se convierte para ti en un reto intelectual. Reto intelectual que a veces pierdes, lo cual te lleva a cambiar tus planteamientos iniciales.



Tales son, pues, mis nominaciones. Éstos son algunos de los lugares que visito en esta red cuando me da por pensar.



No quiero terminar este post sin agradecer de nuevo su paciencia y comprensión a Calvin, que es el responsable del cambio de plantilla con el dibujo de Jesús y tal, pues yo, de edición HTML y estas cosas, sé bastante menos que de ingeniería nuclear.