Atenta la compañía, que este post me ha salido larguito.
Perdón para los impacientes.
Perdón para los impacientes.
Empezar a escribir este post es, en realidad, la confesión de un fracaso. Habitualmente, antes de comenzar a escribir un artículo en el blog paso un tiempo en el que me documento sobre el mismo pero, sobre todo, trato de comprenderlo; y nunca escribo hasta que esa comprensión alcanza un nivel mínimo. Mi objetivo en este blog es contar cosas y, contándolas, explicarlas. Pero para poder explicarlas antes debo entenderlas. Pero ahora estoy comenzando a escribir este post a sabiendas de que no entiendo, en realidad, de qué va.
Lo he intentado pero, a pesar de los años que han pasado y todas las lecturas y eso, confieso que no logro comprender la figura de Juan Domingo Perón; no entiendo el peronismo. No quiero decir que no lo comparta; en mi "oficio" de bloguero histórico entiendo muchas cosas que no comparto (la mayoría de las cosas sobre las que escribo, de hecho). Pero Perón, para mí, es tan inextricable como el tango. Es una canción de letra cadenciosa que dice muchas cosas a la vez, que provoca sentimientos encontrados. A mí el tango me enloquece y al mismo tiempo me genera una curiosa desazón. Ahora mismo, para escribir estas líneas, escucho a Francis Andreu como quien escucha un extraño canto en una lengua imposible.
Lo que mueve al lector de Historia es la curiosidad, y su triunfo se produce cuando la colma. Por las mismas, fracasa cada vez que, tras intentarlo, no consigue comprender aquello en lo que lo ha sumergido su curiosidad. Y yo, la verdad, puedo (creo) describir los hechos; pero comprenderlos, ay, amigo, eso ya es otra cosa. Vayamos con ello, en todo caso.