lunes, septiembre 14, 2015

Los Estados Unidos (2)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión.

En este punto de la expansión, más o menos a mediados del siglo XVII, era inevitable que el proyecto de Nueva Inglaterra comenzase a friccionar con otros vecinos no indios: los franceses al norte, y los holandeses al noreste. Además de los indios, claro. Conscientes de la necesidad de generar una fuerza común, en 1643 Massachussets, Plymouth, Connecticut y New Haven crean la New England Confederation. Esta confederación se negó a aceptar a Rhode Island, esa puta colonia descreída.


En 1675, los indios atacaron el entorno de Plymouth, en lo que pronto se convirtió en una guerra de cierta escala contra la Confederación. La guerra duró un año y aunque se saldó con la derrota de los indios, supuso una sangría de recursos para las colonias.

Hay que hacer notar que el proceso de colonización de lo que entonces se llamaba Nueva Inglaterra, esto es los primeros Estados hard core de los EEUU situados en la costa Este, se hizo de una forma muy europea. Eran asentamientos que recordaban mucho a lo que se hacía aquí, porque los granjeros se establecían, poco menos que adosados, alrededor de la iglesia. El esquema de colonización que estamos acostumbrados a identificar con los Estados Unidos, esto es Clint Eastwood criando cerdos en lo alto de una colina en medio de la nada, es una consecuencia del colapso del sistema de colonización llevado a cabo en Massachussets, por el cual, el nuevo settler, cuando quería fundar una nueva ciudad, pedía permiso a la General Court, que sin embargo retenía el derecho a la distribución de la tierra en el nuevo lugar. Esto pronto generó serios problemas entre propietarios reales y propietarios ius causa que, en una tierra tan grande, no podía sino fracasar por la facilidad que tenían los malcontents de buscarse la vida por su cuenta. Por decirlo de otra manera: el sistema de señoríos que, mutatis mutandis, había funcionado en Europa durante cinco o seis siglos, aquí no valía, porque había mucho terreno y porque la amenaza de los indios no era tan fuerte como la de los enemigos que pudieron tener los siervos de la gleba francos, castellanos o toscanos.

La emigración desde Inglaterra hacia las colonias cesó casi totalmente durante la guerra civil y el periodo de poder de Cronwell. A partir de 1660, cuando Carlos II llegó al trono y se reinstauraron los Estuardo, la cosa cambió de forma radical. En los setenta y cinco años que seguirían, siete nuevas colonias vendrían a unirse a las iniciales de Virginia, Maryland, Massachusetts, Rhode Island, Connecticut y New Hampshire.

La primera de estas colonias, extendiéndose desde el sur de Virginia hasta la raya de la Florida española, fue llamada Carolina. Fue un regalo de Carlos II a ocho de sus principales supporters en el proceso de acceso al trono, a los que hizo una concesión en 1663. Eran todos ellos ricos comerciantes de azúcar que habían actuado en Barbados. Su intención era poblar Carolina con habitantes de las Indias Occidentales, que trabajarían la tierra para pagar las denominadas quit rents, esto es unos pagos que les liberarían de obligaciones frente a sus señores. En 1670, el primero de estos establecimientos se llevó a cabo en Charleston. La primera legislatura en Carolina del Sur se produjo en 1671. Hasta finales de siglo, Charleston fue básicamente un punto para el tráfico de pieles, pero pronto comenzó a plantarse arroz, con lo que la colonia comenzó a demandar esclavos negros en mucha mayor proporción que lo habían hecho antes Virginia o Maryland. No obstante, en la zona siguió existiendo una importante clase de pequeños propietarios, siempre en conflicto con los terratenientes, que de hecho durante la revolución se alinearía con los ingleses.

En 1691, los comerciantes del sur de Carolina decidieron otorgar a sus vecinos del norte de la colonia el derecho a tener su propio gobernador y su asamblea. En 1729, cuando le vendieron el terreno a la corona inglesa, ésta lo dividió en Carolina del Norte y del Sur. Fue una decisión sabia, pues en ese momento los habitantes de ambos territorios tenían poco en común, pues Carolina del Norte, al revés que la sureña, se había colonizado con gentes de Virginia que habían creado explotaciones pequeñas y más pobres; lo cual también lo convertía en un territorio con menores diferencias sociales, como Rhode Island.

El gran opositor a la formación de Carolina del Sur fue España; muy especialmente después de que, en 1732, el rey Jorge II diese una concesión afectando a los territorios más al sur (más cerca de las fronteras con las colonias españolas) a un grupo de filántropos ingleses encabezado por James Oglethorpe. Al año siguiente, los primeros colonos desembarcaron en Georgia, como Oglethorpe había decidido llamar a la colonia en obvio honor al monarca que había permitido su existencia.

Georgia nació como una Australia en pequeñito pues la obsesión de Oglethorpe era facilitarle a los ladrones y delincuentes una oportunidad de rehacer su vida. Limitó la posesión por un solo hombre a 500 acres, implantó la ley seca prohibiendo el ron, y también prohibió la esclavitud. Sin embargo, conforme se extendieron las plantaciones arroceras, no pocos propietarios comenzaron a considerar estas restricciones como excesivas. A mediados del siglo XVIII, ninguna de las regulaciones del filántropo seguía vigente.

En 1664, los ingleses habían obligado a los holandeses a cederles New Amsterdam. En ese momento, el rey Carlos había dado a su hermano Jacobo, duque de York, el enorme territorio existente entre los ríos Connecticut y Delaware. Jacobo, en honor a su ducado, renombró New Amsterdam como Nueva York. Los holandeses lo recuperarían en 1673, para entregarlo a los ingleses al año siguiente. De todo aquel territorio surgirían cuatro colonias.

Nueva York se convirtió en una colonia real en 1689, aunque en la práctica permaneció bajo el poder de los grandes terratenientes y comerciantes ingleses y holandeses en el valle del río Hudson. La segunda colonia fue Nueva Jersey, con los territorios entre los ríos Hudson y Delaware, que en 1664 había sido cedido por Jacobo a dos de sus amigos: sir George Carteret y John, lord Berkeley. Se convirtió en colonia real en 1702, tras décadas de servir de refugio para cuáqueros y otras sectas protestantes.

La tercera colonia fue Pennsylvania. En 1681, William Penn había recibido este terreno en compensación por una deuda que el rey Jacobo II tenía con su padre. Creó en el territorio una república de fuerte contenido religioso, lo que el llamó su “sagrado experimento”. Siendo niño, Penn había conocido las ideas de los cuáqueros y, por mucho que su padre intentó que las abandonase, permaneció fiel. Los cuáqueros, o Sociedad Religiosa de Amigos como se llamaron en su fundación, fueron creados por George Fox, quien predicaba que el amor a Dios se concretaba mucho mejor practicando el amor a los hombres y, sobre todo, afirmaba que cualquiera puede salvarse, negando así la teoría de los elegidos de raíz puritana. Todos los cuáqueros son pastores de su religión, pues todos poseen la luz interior.

Penn desarrolló para su colonia el sistema político, con mucho, más liberal y democrático de su tiempo. La colonia tendría un gobernador y un sistema bicameral elegido por los hombres libres, condición que se alcanzaba ya con tener una pequeña posesión de tierras o pagar impuestos. Decretó la libertad de culto (cristiano, eso sí). Sin embargo, desde el primer momento los elementos no cuáqueros de la colonia combatieron el sistema de Penn, de modo que éste, a finales de siglo, había perdido el control efectivo de la colonia, que era manejada por el gobernador de Nueva York. En 1699, sin embargo, Penn consiguió volver, y en 1701 promulgó una especie de constitución en la que otorgó autonomía parcial a territorios al oeste del río Delaware colonizados en el pasado por suecos; en 1704 esta escisión parcial se convirtió en la colonia de Delaware. Penn se destacó, asimismo, por acercarse amigablemente a los indios, con los que consiguió medio siglo ininterrumpido de paz; y por haber favorecido una emigración masiva de alemanes a su territorio. Hizo de Pennsylvania la colonia más rica de Norteamérica, y su capital cuidadosamente construida, Filadelfia, una ciudad fundamental.

El siguiente capítulo del nacimiento de los Estados Unidos fue el choque entre los colonos, o sea Inglaterra, y Francia.

No ha de extrañar que en lugares como Nueva Orleans se hable francés todavía hoy en día. Tras el establecimiento de los franceses en Quebec, en la actual Canadá, diversos grupos de aventureros y colonos galos habían pateado el continente, llegando incluso al golfo de México. En 1673, dos exploradores franceses, Louis Joliet y el padre Jacques Marquette, alcanzaron el Mississippi. Lo navegaron hacia el sur hasta llegar a la actual Arkansas pero, para su desilusión, encontraron que el gran río no procedía hacia el Oeste (el Pacífico) sino hacia el sur (el golfo de México). En 1682, el más famoso de los tramperos gabachos, Robert Cavelier, el señor de La Salle, recorrió todo el Mississippi hasta el golfo de México y reclamó para el rey de Francia la posesión de todo aquel río, de todos sus afluentes y de toda la tierra que riega (por cierto: algún día, si hay tiempo de que hablemos de la Antártida, hablaremos de algo que tal vez os haya inquietado alguna vez: para que un territorio se considere que es de alguien, ¿qué tiene que pasar? ¿Basta que lo descubra y afirme dicha posesión?). 

Francia se apresuró a construir una línea de pequeños fuertes o castillos desde la zona de los Grandes Lagos hasta Nueva Orleans. Sin embargo, París falló a la hora de poblar tan vastas tierras, que apenas estaban ocupadas por unas 60.000 personas, cuando la población de las colonias inglesas superaba el millón. A mediados del siglo XVIII, la guerra de los siete años, conocida en EEUU como la guerra de los franceses y los indios, tendría como teatro principal las colonias del norte de América, y su dominación.

Los ingleses habían comenzado a realizar asentamientos en los valles de los ríos Ohio y Mississippi desoyendo las reclamaciones de propiedad sobre dichos terrenos por parte de Francia. Una serie de colonos de Virginia sin tierras crearon The Ohio Company of Virginia en 1747, lo que fue ya una provocación directa. Los franceses enviaron al valle del Ohio a Jean Baptiste, señor de Bienville, para que reforzase la estructura de fuertes. El gobernador de Virginia, Robert Dinwiddie, decidió enviar a un joven adjunto suyo a aplacar a los franceses; se llamaba George Washington. Esto fue en 1753, y el diálogo falló. Así pues, al año siguiente Washington regresó, pero con la porra en la mano. Él y sus virginianos tuvieron un encuentro en el Fuerte Duquesne, donde hoy está Pittsburgh, que convenció al joven teniente coronel de que las leches se iban a prolongar, porque los franceses no cederían.

La cercanía de la guerra contra los franceses inició los movimientos orquestales en la oscuridad. En junio de 1754, en Albany, Nueva York, el Board of Trade de Londres patrocinó una reunión de representantes de Massachussets, New Hampshire, Nueva York, Pennsylvania y Maryland, en la que éstos pretendían llegar a un acuerdo con los iroqueses para que se pusiesen de su parte. Fue precisamente en esta reunión de Albany cuando algunos asistentes, liderados por un prometedor político llamado Ben Franklin, propusieron por primera vez un plan de unión de las colonias. Los delegados aceptaron la idea de un gobierno supraprovincial; pero cuando la idea fue rechazada tanto por la mayoría de los gobernadores como por Londres, decayó.

En mayo de aquel 1754 habían comenzado las hostilidades, por mucho que la guerra de los franceses y los indios no se dé hoy por oficialmente comenzada hasta 1756. En diciembre del 54 Londres despachó a América al general Edward Braddock junto con dos regimientos de regulares. En julio de 1755, estas tropas tuvieron la ocasión de saludar a los franchutes en el arroyo de Guillermo, o sea Will's Creek, en la Pennsylvania occidental. Los franceses les dieron hasta dejarlos sin bluetooth y Braddock, de hecho, la palmó en la batalla. A esta acción siguieron, en el mismo año, los fracasos de la toma de Fort Niagara y Crown Point, tras los cuales las posibilidades de los británicos en el norte de Norteamérica comenzaron a desvanecerse.

El punto fundamental de la guerra, sin embargo, llegó en septiembre de 1759. En dicho mes, un joven brigadier general, James Wolfe, atacó los altos de Abraham en Quebec y consiguió, eso sí con el precio de su vida, arrebatarle la ciudad al general Montcalm, adquiriendo con ello el control estratégico del muy estratégico río de Saint Lawrence.

En febrero de 1763 se negoció el denominado Acuerdo de París, por el cual Francia cedía a Gran Bretaña todo el Canadá y el interior del continente al este del Mississippi, con la única excepción de Nueva Orleans, más los derechos pesqueros sobre los caladeros de Newfoundland y dos pequeñas islas en el esa zona para que sirviesen de puerto seguro. Londres, por su parte, devolvió las islas de las Indias Occidentales, Martinica y Guadalupe. Nosotros, los españoles, cedíamos a Londres las Floridas Oriental y Occidental a cambio de controlar Cuba, capturada por los británicos en 1762. Francia, en tratado separado, compensaba a Madrid la ayuda que le había prestado dejándole los territorios del Mississippi y Nueva Orleans.

Aunque Londres salió ganando con el Tratado de París, en realidad tuvo que hacer una cesión que no quería. En efecto, su Graciosa Majestad tuvo que acostumbrarse a la idea de que, contra lo que esperaban sus compañías de comercio, no podría controlar a la vez el Canadá y el azúcar de Guadalupe; no era tan poderosa. En realidad, hubo toda una discusión sobre la materia en Londres, pero William Pitt supo imponer su criterio de que poseer Canadá era más ventajoso para Inglaterra desde el punto de vista militar. Hay que decir que hubo algunos cráneos que argumentaron, ante la posibilidad de expandir tanto las colonias en Norteamérica, que tal vez eso no haría sino hacerlas tan fuertes potencialmente que algún día se rebelarían contra la metrópoli. Pero fueron más las voces de quienes argumentaron que quienes no habían conseguido unirse contra los franceses ni contra los indios, menos aun se iban a poder unir contra el primer poder del mundo. Entre los que pensaban estas cosas estaba un agente colonial que entonces residía en Londres llamado, again, Benjamin Franklin.

Y, sin embargo, apenas quedaba el espacio de una generación para que esas mismas colonias se rebelasen.