El primero fue el político catalán Josep Antoni Duran Lleida. Pero no ha sido el único. Catedráticos, ex gobernantes, etc., abogan porque España tenga un gobierno de concentración para resolver la situación que está cayendo. Yo, personalmente, así, de primeras, no tengo nada que oponer a la petición, que hasta me podría parecer bien. Sin embargo, tengo mis dudas sobre su practicabilidad.
El gobierno de concentración es una figura ajena a la Historia de España. En dicha Historia se cuentan, en mi opinión, tres concentraciones que de tal se puedan reputar, eso sí, retorciendo el concepto para que "concentración" pueda aparejarse con "coalición de amplio espectro" que, en realidad, son cosas distintas.
La primera es la concentración (que, más bien, fue una alianza estratégica, pues no significó la actuación coordinada de los pactantes) de las fuerzas republicanas y socialistas con el ala izquierda dominante del liberalismo dinástico, tras la Semana Trágica de Barcelona, el fusilamiento de Francisco Ferrer Guardia y todo lo que vino detrás, que se concretó en el grito ¡Maura, no! Aquella concentración terminó como el rosario de la aurora. Canalejas, poco tiempo antes de su desgraciada muerte, estaba ya literalmente hasta los cojones de la alianza con las fuerzas más a la izquierda de él; y, de hecho, alguna de ellas no tardaría mucho en montar una huelga general, en 1917. Sin embargo, aquella fue una concentración que yo reputo exitosa, porque, básicamente, bloqueó el acceso al poder gubernamental de Antonio Maura (y de su alter ego, Juan de la Cierva), pues el viejo político conservador presidió muchos menos gobiernos que los que, por lógica, debería haber encabezado en un turnismo normal. La coalición antimaurista, en efecto, provocó que los conservadores aceptasen la idea de otros liderazgos (notablemente, el de Eduardo Dato); y, lo que es más importante, al Borbón le entró en la cabeza la idea de que mantener a Maura lejos de la presidencia era lo que había que hacer.
La segunda concentración es la unidad de acción, más o menos coordinada, que se produce entre las derechas españolas en el año 33, que las lleva a la victoria frente a un ámbito republicano muy desgastado por la "anécdota" de Casas Viejas, entre otras. Esta especie de concentración conservadora provoca la definitiva desafección de parte del radicalismo (el de Martínez Barrio), que se acerca a las izquierdas; pero, básicamente, permanece unida en torno, primero, al Partido Radical, y después la CEDA (y fin de la historia, porque sólo dos personas tan desconectadas con la realidad como Niceto Alcalá-Zamora y Manuel Portela Valladares pudieron pensar que éste último sería capaz de aglutinar una parte significativa de ese efecto a su favor).
La tercera concentración que yo veo es la que sigue a la victoria del 33, esto es la del 36: el Frente Popular. El Frente Popular es, de hecho, el mayor ejemplo de concentración que al menos yo veo en la Historia de España, porque se trató, en buena medida, de una coalición bastante organizada y discutida, aunque, finalmente, fueran sólo los partidos republicanos burgueses los que formasen gobierno; y, sobre todo, una coalición muy amplia, pues englobó desde posiciones claramente burguesas hasta el radicalismo marxista del Bloc Obrer y Camperol (al que reputo, en ese tiempo, situado bastante más a la izquierda que el Partido Comunista).
Como tercer ejemplo y medio, habría que citar la Solidaridad Catalana que, en la segunda década del siglo XX, dio la espantá del Parlamento español. Y paro de contar, porque no quiero contar en esta lista los gobiernos de concentración producidos durante la guerra civil, puesto que se montaron, obviamente, en medio de situaciones bélicas y, además, más abajo comentarmos sobre eso, fueron una concentración, digamos, bastante diluida.
Si aceptáis los párrafos anteriores (que no tenéis por qué), tendréis que aceptar dos hechos:
1) Las concentraciones en España siempre han sido imperfectas. Lo cual quiere decir que los que se concentran no se someten a una disciplina común. Se limitan a unirse porque el momento lo demanda, pero todos ellos conservan su autonomía. No hay más que ver los ejemplos que yo mismo he desechado, es decir los gobiernos del lado republicano durante la guerra civil, que se combatieron con saña entre ellos (hasta llegar a matarse unos a otros, literalmente) y se caracterizaron por cosas tan poco edificantes en gobiernos de concentración como que unos estuviesen haciendo levas mientras otros, sus socios, recomendasen a sus jóvenes no atenderlas.
Otro ejemplo de imperfección en la concentración, hasta el punto de no citarlo en la lista porque no puede considerarse tal, es la pretendida convergencia republicana tras la caída de Isabel II. A pesar de que los progresistas republicanos eran conscientes de que la I República estaba amenazada por todas partes (carlistas y alfonsinos) y que eso sólo se podía contrarrestar con una república fuerte, se dividieron en federalistas y unionistas, en intransigentes y benévolos, y se combatieron unos a otros de tal manera que, en la realidad, el momento en que Salmerón sucede a Pi i Margall, se produce al frente del gobierno de España un cambio mucho más radical que el que pudo operarse cuando Felipe González dejó sitio a José María Aznar.
Las concentraciones españolas, pues, no son concentraciones. El mejor ejemplo es el Frente Popular: un club al que todos los que se apuntan lo hacen para manipular al resto de los socios, y laminarlos. Azaña entró en el FP para controlar primero, y capitidisminuir después, a los revolucionarios marxistas; Prieto entró en el FP para usarlo de trampolín para ganarle a Largo la batalla por el poder en el PSOE; Largo entró en el FP para usarlo de escudo en su procura del liderazgo total del obrerismo español, dictadura del proletariado mediante, y que no le volviera a pasar lo del 34; y los comunistas entraron en el FP porque se lo ordenó la Internacional, para establecer una alianza táctica con la burguesía, a la que con posterioridad iban a asestar el rejón de muerte (o ésa, por lo menos, era la estrategia de Dimitrov).
Ni uno solo de los socios del Frente Popular se apuntó al mismo para sacar a España del marasmo en que estaba a finales de 1935. A mi modo de ver, el espíritu de unión del Frente Popular está bien quintaesenciado en el gesto de Felipe Sánchez Román, que una tarde redacta la carta programática de la coalición y, horas después, se niega a firmar lo que él mismo ha escrito.
2) Las concentraciones, en España, se hacen contra alguien. No a favor de nada ni para resolver nada. Los progresistas de principios del XX se unen para servir de dique de contención del maurismo. La Solidaridad Catalana se une contra Madrid. Las derechas del 33 se unen contra la coalición constitucional republicana y, según los integrantes de ésta, contra la propia República. El Frente Popular se crea contra las derechas.
No hay en España demasiados ejemplos, si es que hay alguno, de una concentración a la británica: un momento en el que, a causa de una situación comprometida o desesperada, todas las fuerzas políticas relevantes se ponen a las órdenes de una de ellas, la mayoritaria, sacrificando en ello todos (incluyendo quien les encabeza) posiciones partidarias y reivindicaciones de toda la vida, en aras de ofrecer una sola política que dé imagen de unidad. Como ya he dicho líneas arriba, ni siquiera en medio del mayor y más urgente de los motivos de concentración, la guerra, los españoles han mostrado capacidad para realizar estas premisas.
No sé si hace falta recordar que durante la guerra civil española hay un caso de un gobernante asesinado minutos antes de tomar posesión: Antonio Sesé; y jamás a ningún historiador serio se le ha ocurrido siquiera insinuar que los franquistas o la quinta columna tuviesen algo que ver en su asesinato, porque es bien evidente que fueron quienes hasta bien poco antes compartían "concentración" con él quienes se lo cargaron. De aquellos tiempos es la enternecedora escena que cuenta Diego Abad de Santillán en la que, reunidos los anarquistas con sus socios en el palacio de la Generalitat, es tal el clima de buen rollo y colaboración que se respira en la reunión que, una vez en contacto con una batería artillera situada en la costa controlada por anarquistas, les da orden de llamarle cada diez minutos... y bombardear el palacio si no se pone (o sea, si lo han detenido, o se lo han apiolado). La escenita de marras, en ¿Por qué perdimos la guerra? Página 98 en esta versión.
Típicamente ácrata, por cierto, eso de decirle a los artilleros "obrad como queráis".
Ni siquiera el, para muchos, y por ello no muy bien documentados, monolítico bando franquista, se salva de este juicio. La coalición ganadora de la guerra civil, a pesar de que se formuló como un proyecto militar y se colocó bajo un mando único inicialmente bélico, pero rápidamente reconvertido a mando político; a pesar de todo eso, digo, incluso el bando franquista registró en el seno de su "concentración" unas tensiones de tal calibre que acabaron a tiros.
El único ejemplo de concentración real que ofrece la Historia de España, y limitado a la parcialidad de lo económico, son los llamados pactos de la Moncloa. Es el único momento en el que se llega a un pacto de gobierno en el que no gana nadie; en el que todos ceden y, consecuentemente, todos consiguen. Sin embargo, las diferencias de tono del discurso político y el día de hoy dan que pensar que la argamasa que unió a las fuerzas que firmaron los pactos de la Moncloa no fue, como se ha podido pensar, la gravedad de la situación económica, sino el miedo a una involución. Si no fuese así, entiendo yo, los Pactos de la Moncloa II ya se estarían negociando, con luz y taquigrafos.
Por eso dudo tanto de que un gobierno de concentración sea la solución para el momento presente. Léase el punto 1). No sería un gobierno de concentración. Cualquier tentativa de este calibre, a mi modo de ver, respondería más al modelo estratégico del Frente Popular: una reunión pretendidamente justificada por algún hecho importante (en el 36, el avance del fascismo; en el 2012, la crisis económica) en la que todos los participantes se unirían con un interés espurio al oficialmente declarado.
Además, en el caso español, también desde el punto de vista histórico, existe otro elemento que no hay que olvidar: el papel de los interlocutores sociales y, muy especialmente, de los sindicatos. El sindicalismo español, tanto el de clase como el orgánico, está acostumbrado a ser parte del gobierno. Lo fue durante la guerra civil, incluso llegando al paroxismo de que organizaciones que rechazaban la autoridad, como las anarquistas, la ejercieron de hecho en regiones enteras, como Cataluña o Aragón. Lo fue durante el franquismo, que hizo de la Organización Sindical un centro de poder tan importante que luego se pasó veinte años desactivando la bomba que él mismo había cebado. Esto ha introducido históricamente en las diferentes coaliciones (pues no se puede hablar de concentraciones casi en ningún caso, como este post argumenta) un elemento extraño: unos miembros que no lo son por la fuerza de los votos, sino por la fuerza de la calle, de la Constitución o de normas de corte fascista corporativo y que, por lo tanto, no están sometidos a ningún cedazo sobre su actuación. Pueden hacer, decir y defender lo que quieran, porque no hay referendo que los apee en el caso de que se equivoquen; y lo saben. Cualquier partido político que se mete en una coalición y la petardea sabe que corre un riesgo: el riesgo de que el personal se cosque de la estrategia, no le guste, y a la próxima no le vote. Pero cuando no se está en una coalición por la fuerza de los votos sino por mor de otras fuerzas de valoración más compleja, la cosa cambia.
Por todas estas razones, cabe pensar, por lo tanto, que un gobierno de concentración, lejos de ser una salida, podría ser todo lo contrario: un desastre.
Mejor la dejamos como está, que así es la rosa.
miércoles, junio 13, 2012
lunes, junio 11, 2012
Fra Girolamo (3)
Savonarola, entre debilitado por su martirio voluntario y sugestionado
por sus lecturas y reflexiones, comenzó a tener visiones que le decían que el
Azote que limpiaría la Iglesia estaba a punto de llegar. Otros padres tiene la medicina que sabrán contestar a este cuestión mejor que yo; pero, a mi modo de ver, todavía no está muy estudiado el punto de hasta qué ídem una persona autosugestionada (como claramente lo era Savonarola, tras sus apocalípticas lecturas) y sometida a un entorno físico de debilidad constante (pérdida de sangre causada por sus mortificaciones, unida a una alimentación voluntariamente pobre) pudo ser objeto de visiones más o menos alucinógenas.
jueves, junio 07, 2012
Reflexiones al socaire de la Feria del Libro
He estado en la Feria del Libro de Madrid 2012 dos veces. Dos domingos. En ambos casos, llegué pronto y me marché pronto porque, al menos los domingos, en mi opinión la Feria se convierte en un lugar impracticable para cualquier humano a partir de las 12 de la mañana.
martes, junio 05, 2012
Pirámides mistabobas
Me asomo un momentito a ésta mi ventana para solidarizarme. Para solidarizarme con las varias personas que, antes que yo y con mucho más conocimiento también, se han escandalizado en la red por el reciente otorgamiento de excelente cum laude por una universidad española (o, si lo preferís, catalana: la Politécnica de Barcelona) a la tesis de un arquitecto, Miquel Pérez-Sánchez, según la cual la pirámide de Keops fue construida para conmemorar el milenio del Diluvio Universal y estaba, entre otras cosas, coronada por una esfera con el ojo de Horus. Aquí y aquí podéis leer algunas "respuestas" a este "hito" de la intelectualidad hispano-catalana que, como digo, hablan del tema con mayor conocimiento que yo.
Como también señalan estos otros cronistas de la cosa, esto de la piramología mistaboba es cosa que viene de antiguo. En este blog ya hemos tenido la ocasión de aportar nuestro pequeño granito de arena a las interpretaciones estúpidas sobre la pretendida imposibilidad que los egipcios habrían tenido de construir las pirámides. En realidad, desde el siglo XIX los egiptólogos, y los arquitectos serios, han demostrado que todo eso son caralladas. El lector serio tiene acceso a libros que le explicarán cómo construían los egipcios; y le costará encontrar hombrecillos verdes mezclados con las cuadrillas de fellah asalariados (que no esclavos; otra imagen distorsionada que medio mundo compra de forma acrítica), aplicando en las pirámides conceptos superavanzados.
La hipótesis de la existencia, 2.000 o 1.000 años antes de Jesucristo, de una civilización no sólo más avanzada que su entorno, sino más avanzada que nosotros, que los contemplamos 4.000 años después, es una gilipollez del tamaño de la propia pirámide que toma como disculpa para desarrollarse. La razón para ello es que la tecnología no se desarrolla de forma selectiva. Aunque es posible que una civilización haga algunas cosas mejor que otras, el hecho de que todas las tecnologías se toquen un poco, se entrelacen, hace que, en términos generales, el avance técnico no pueda ser unívoco. Un pueblo, por lo tanto, no puede ser la hostia construyendo y no tener ni puta idea de cómo curarse los pies porque, como digo, todos los conocimientos técnicos están conectados. Queriendo ir al espacio desarrollas sistemas de gestión de datos, desarrollando sistemas de gestión de datos desarrollas las hojas de cálculo, desarrollando las hojas de cálculo mejoras tu capacidad de gestión en tiempo real de la información, y mejorando tu capacidad de gestionar en tiempo real la información generas sistemas de corrección automática de los movimientos excesivamente volátiles de los mercados financieros. Rápidamente, pues, lo que empezó preguntándose cómo impulsar un objeto más allá de la atmósfera termina en la prima de riesgo.
Cuando uno se encuentra con tanta y tanta momia como se ha descubierto con los dientes destrozados, tiende a pensar que entre aquellos egipcios se daban con mucha frecuencia los flemones y los abscesos en las encías (por lo que he podido leer, creo que en el clásico de Flinders Petrie sobre la vida cotidiana en el Antiguo Egipto, aunque bien pudo ser también en el monumental manual de Etienne Drioton, se especula con que los egipcios fueran primitivos fabricantes de pan, que llevaría restos de arena, que provocarían esos problemas). Cuesta creer que un pueblo sea capaz de construir edificios teóricamente imposibles para su tecnología, mientras que agarra el moflete porque, por no saber, no sabe ni luchar con eficacia contra la piorrea y los flemones. Y, como he escrito ya muchas veces, si recibió la visita de romulianos de Alpha Centauri, menuda panda de cabrones fueron, que les enseñaron a levantar edificios en lugar de a vivir sin que les doliese la boca.
La entrevista con el autor de esta investigación en La Vanguardia (enlazada más arriba) no tiene desperdicio. Obsèrvese de qué formas más sutiles se construyen las convicciones: "Como en el vértice de la pirámide había una relación con el número e, la base de los logaritmos neperianos, pensé que el diámetro de la esfera podría ser e. Hice la simulación y me di cuenta de que el perímetro en codos reales de la plataforma que trunca la pirámide en su parte superior era el número Pi. Eso me confirmó la hipótesis de trabajo. Además, la altura del vértice me salía muy próxima al cociente de dividir un millón por 3.600. Para los egipcios, el millón era el número del infinito, y 3.600 son los segundos de una hora y un grado. Podría representar lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño".
Antes nos ha dicho el mismo autor que la altura de la pirámide es exactamente una división de la altura entre la Tierra y el Sol en el momento del perihelio. Ahora nos dice que hay "una relación" con el número e; que no debe de ser muy exacta cuando no nos habla de "una relación exacta". Y también nos dice que "la altura del vértice me salía muy aproximada al cociente de dividir un millón por 3.600". Y nos dice también: pensé que el diámetro de la esfera podría ser e; entonces descubrí que el perímetro de la pirámide truncada era Pi. O sea: pènsé que aquel tipo se podía parecer a George Clooney; entonces, dobló la esquina y ví que era igualito que Laurence Fishburne... ¿y?
Obsérvese, además, que el autor utiliza la expresión "esto es igual a (n veces) Pi", sin explicarla. Que algo sea igual a Pi puede significar que es casi 3, que equivale a 3,1, o que equivale a 3,14. O que es igual a 3,1416, que es la ristra de números que casi todos sabemos. Pero, si recuerdo bien las clases de mates, nada es igual a Pi, salvo Pi claro, porque Pi es un número inabarcable. 3,1416 está asumiendo una desviación del 2,3 por millón respecto de Pi expresado con 50 decimales. ¿Poco? Para tí, sí. Pero para unos pollos que son capaces de levantar un edificio que es divisor exacto de la distancia al Sol, y que está (esto afirma el autor) relacionado con un sistema de coordenadas cuyo referente es nada menos que el monte Everest, pues es, o sería, un error de la hostia.
En todo caso, como explica José Miguel Parra en el enlace que pongo más arriba, los papiros matemáticos egipcios demuestran que desconocían el número Pi; y la aproximación de la Gran Pirámide a dicho número se debe al uso de un triángulo o seqed de unas dimensiones concretas para determinar la inclinación (triángulo que se puede ver aquí). Por lo tanto, el uso de determinadas proporciones para establecer la inclinación de la pirámide resulta en una determinada relación, pero no se basa en ella.
En todo caso, alguien que, desde las orillas del Nilo, es capaz, como en el crimen de los Urquijo, sólo o en compañía de otros, de construir un edificio cuya altura es exactamente una división de la distancia entre la Tierra y el Sol... ¿cómo es posible que sólo realice aproximaciones más o menos felices al número e y, sobre todo, a una división tan sencilla como 1.000.000/3.600? ¿Es que los romulianos se dejaron el iPad con calculadora en Alpha Centauri, o mandaron a los becarios, o qué?
Otra cosa que es enternecedora es el asunto del múltiplo de 888. Resulta que el autor de la tesis ha encontrado que un montón de dimensiones de la pirámide se relacionan con este número. Como no hay tradición en ninguna parte sobre él, el entrevistador periodístico, con su culturilla, saca el famoso asunto del 666, el número del Diablo. Y atenta la compañía con la respuesta: "El análisis del 888 nos lleva seguramente a entender que lo del 666 es un mito, como tantas cosas que nos llegan de la antigüedad. No he encontrado a nadie que me sepa explicar esta ley a nivel matemático. El dios único se oculta tras el 888. Es un tema complejo y apasionante. Utilizaron el 888 como confirmación del espacio y el tiempo del monumento."
O sea, empiezo por destrozar una gilipollez mistaboba (la del 666) para construir otra (la del 888) a pesar de que yo mismo reconozco que no tengo ni puta idea de cuáles son las relaciones o secretos que puede portar dicho número; y, a pesar de no tener ni puta idea, hago afirmaciones categóricas: "está", "utilizaron".
Eso sí, doy el aldabonazo mistabobo: "el dios único se oculta tras el 888". Pero... ¿por qué único? ¿Eran monoteístas quienes construyeron esa pirámide que se rige por las dimensiones del 888? ¿Acaso no eran muchos de ellos rígidos creyentes de la Enéada Helipolitana que, como su propio nombre indica, está formada por nueve pollos divinos?
Pero... ¡un momento! Si dividimos 888 (la proporción egipcia) entre 9 (los dioses de la Enéada) nos da aproximadamente 98, que es... ¡la distancia entre Madrid y el monasterio de El Paular!
¡Dios mío! ¿Qué sabían los egipcios que también sabían los cartujos medievales castellanos? ¿Quién es, hoy, el secreto guardián de esos adelantadísimos conocimientos piramidónico-numerales-gnóstico-astrofísicos? ¿Rouco Varela, Perales? ¿Acaso murieron con Torrebruno?
Acto seguido, el autor hace una serie de calculines relativos a la edad de la pirámide y, "con la ayuda de un avanzado programa informático" (que no falte la cita al uso de herramientas supersofisticadas, como para darle mayor empaque al mensaje) descubre que "una de las fechas en las que se cumplían los datos de Plutarco, era exactamente 1.000 años antes del día señalado por el canal que fijaba el final de las obras". ¿Una de cuántas? No nos lo dice; tal vez porque autor tan avezado en las matemáticas sabe bien que si una de dos fechas da lo que queremos, es como para sospechar; pero si es una de 25.000, ya la cosa se acerca más al concepto de lo científicamente endeble.
De ahí concluye que la pirámide celebra algo que pasó 1.000 años antes de su construcción (pero que parece ser habría que mantener en secreto, porque ningún testimonio lo indica), y ese algo es el Diluvio Universal. Como digo, lo más extraño de esta hipótesis (como la de que la pirámide estuviese coronada por una esfera que nadie reproduce ni describe, ni en la de Keops, ni en ninguna pirámide) es que nadie la cite. Siendo lo cierto que los egipcios son bastante dados a describir las grandes catástrofes de que son objeto, como bien sabe cualquiera que se haya leído el papiro de Ipuwer, incluso en diagonal, como hizo Abraham Velikowsky.
Considera el autor que Osiris, el moderno Onofre, era un pollo físico, un extranjero que trajo a Egipto la agricultura; o, tal vez, la metáfora de un pueblo entero. Llama la atención al teoría cuando antes ha dicho que "el génesis egipcio es diluvial", como lo son otros muchos; frase en la que está apuntando algo a mi modo de ver más preciso, como es la conexión del mito osiríaco con otras creencias religiosas, que se desarrollan durante milenios y acaban instilándose en el propio cristianismo. El principio del mundo se explica mediante un diluvio en las tradiciones trazables en: Australia, Babilonia, entre los indios canadientes, las razas originales bolivianas, en Borneo, en China, entre los masai, en las islas Fiji, Guayana, Polinesia, la antigua Grecia, Persia, Islandia, la India, Malasia, Nueva Zelanda, México, Perú, la península itálica, Vietnam...
Más parece que Osiris es una realización de la sociedad egipcia de una serie de mitos genéticos y religiosos que se repiten en el ámbito mediterráneo, por no decir en el mundo entero.
Lo más triste de toda esta milonga, en todo caso, es el hecho de que esta sarta de teorías, digamos, no exentas de cierto folklorismo, haya merecido un cum laude por parte de una universidad española. Es más que posible que alguno, si no todos, de los miembros del tribunal que han concedido dicha calificación luego salgan a la calle con una camiseta verde pidiendo una enseñanza de calidad. Pero ellos, pidiendo eso, son un oxímoron con pies. Porque una universidad que de tal se precie no puede dar cabida a este tipo de desarrollos intelectuales. Es más: el detalle es una demostración de que la enseñanza de calidad no es, desde luego, un problema de dinero. Porque si el dinero se gasta en pagarle el sueldo a un pollas para que dé clase. más que invertir en enseñanza de calidad, lo que sirve es para ampliar el pudridero.
No puedo confirmar plenamente las noticias que llegan de que las próximas tesis doctorales que juzgará la universidad española estén dedicadas a demostrar:
Que Jenofonte se llamaba, en realidad, Jenaro Fontenova, y era de Madrigal de las Altas Torres.
Que Lluis Companys era descendiente directo de una dinastía ostrogoda emparentada con Zoroastro, escondida durante siglos en los sótanos de una posada de Ametlla del Mar, donde al parecer aprendieron el catalán.
Que el número 3 es la representación simbólica de las trompas de Falopio de Santa Ana.
... y que la mediana estadística del número de toques de balón que hace la Roja por partido, dividido por la magnitud gnóstica representada por el número de pliegues de la túnica del rey David del pórtico de Platerías de la Catedral de Santiago, resulta ser un múltiplo aproximado de la proporción áurea que, dividido por el número de polvos que se estima echó Felipe V, demuestra fehacientemente que el pico Aneto estuvo una vez situado en las coordenadas aproximadas donde hoy está la villa de Nightmute, Alaska.
Como también señalan estos otros cronistas de la cosa, esto de la piramología mistaboba es cosa que viene de antiguo. En este blog ya hemos tenido la ocasión de aportar nuestro pequeño granito de arena a las interpretaciones estúpidas sobre la pretendida imposibilidad que los egipcios habrían tenido de construir las pirámides. En realidad, desde el siglo XIX los egiptólogos, y los arquitectos serios, han demostrado que todo eso son caralladas. El lector serio tiene acceso a libros que le explicarán cómo construían los egipcios; y le costará encontrar hombrecillos verdes mezclados con las cuadrillas de fellah asalariados (que no esclavos; otra imagen distorsionada que medio mundo compra de forma acrítica), aplicando en las pirámides conceptos superavanzados.
La hipótesis de la existencia, 2.000 o 1.000 años antes de Jesucristo, de una civilización no sólo más avanzada que su entorno, sino más avanzada que nosotros, que los contemplamos 4.000 años después, es una gilipollez del tamaño de la propia pirámide que toma como disculpa para desarrollarse. La razón para ello es que la tecnología no se desarrolla de forma selectiva. Aunque es posible que una civilización haga algunas cosas mejor que otras, el hecho de que todas las tecnologías se toquen un poco, se entrelacen, hace que, en términos generales, el avance técnico no pueda ser unívoco. Un pueblo, por lo tanto, no puede ser la hostia construyendo y no tener ni puta idea de cómo curarse los pies porque, como digo, todos los conocimientos técnicos están conectados. Queriendo ir al espacio desarrollas sistemas de gestión de datos, desarrollando sistemas de gestión de datos desarrollas las hojas de cálculo, desarrollando las hojas de cálculo mejoras tu capacidad de gestión en tiempo real de la información, y mejorando tu capacidad de gestionar en tiempo real la información generas sistemas de corrección automática de los movimientos excesivamente volátiles de los mercados financieros. Rápidamente, pues, lo que empezó preguntándose cómo impulsar un objeto más allá de la atmósfera termina en la prima de riesgo.
Cuando uno se encuentra con tanta y tanta momia como se ha descubierto con los dientes destrozados, tiende a pensar que entre aquellos egipcios se daban con mucha frecuencia los flemones y los abscesos en las encías (por lo que he podido leer, creo que en el clásico de Flinders Petrie sobre la vida cotidiana en el Antiguo Egipto, aunque bien pudo ser también en el monumental manual de Etienne Drioton, se especula con que los egipcios fueran primitivos fabricantes de pan, que llevaría restos de arena, que provocarían esos problemas). Cuesta creer que un pueblo sea capaz de construir edificios teóricamente imposibles para su tecnología, mientras que agarra el moflete porque, por no saber, no sabe ni luchar con eficacia contra la piorrea y los flemones. Y, como he escrito ya muchas veces, si recibió la visita de romulianos de Alpha Centauri, menuda panda de cabrones fueron, que les enseñaron a levantar edificios en lugar de a vivir sin que les doliese la boca.
La entrevista con el autor de esta investigación en La Vanguardia (enlazada más arriba) no tiene desperdicio. Obsèrvese de qué formas más sutiles se construyen las convicciones: "Como en el vértice de la pirámide había una relación con el número e, la base de los logaritmos neperianos, pensé que el diámetro de la esfera podría ser e. Hice la simulación y me di cuenta de que el perímetro en codos reales de la plataforma que trunca la pirámide en su parte superior era el número Pi. Eso me confirmó la hipótesis de trabajo. Además, la altura del vértice me salía muy próxima al cociente de dividir un millón por 3.600. Para los egipcios, el millón era el número del infinito, y 3.600 son los segundos de una hora y un grado. Podría representar lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño".
Antes nos ha dicho el mismo autor que la altura de la pirámide es exactamente una división de la altura entre la Tierra y el Sol en el momento del perihelio. Ahora nos dice que hay "una relación" con el número e; que no debe de ser muy exacta cuando no nos habla de "una relación exacta". Y también nos dice que "la altura del vértice me salía muy aproximada al cociente de dividir un millón por 3.600". Y nos dice también: pensé que el diámetro de la esfera podría ser e; entonces descubrí que el perímetro de la pirámide truncada era Pi. O sea: pènsé que aquel tipo se podía parecer a George Clooney; entonces, dobló la esquina y ví que era igualito que Laurence Fishburne... ¿y?
Obsérvese, además, que el autor utiliza la expresión "esto es igual a (n veces) Pi", sin explicarla. Que algo sea igual a Pi puede significar que es casi 3, que equivale a 3,1, o que equivale a 3,14. O que es igual a 3,1416, que es la ristra de números que casi todos sabemos. Pero, si recuerdo bien las clases de mates, nada es igual a Pi, salvo Pi claro, porque Pi es un número inabarcable. 3,1416 está asumiendo una desviación del 2,3 por millón respecto de Pi expresado con 50 decimales. ¿Poco? Para tí, sí. Pero para unos pollos que son capaces de levantar un edificio que es divisor exacto de la distancia al Sol, y que está (esto afirma el autor) relacionado con un sistema de coordenadas cuyo referente es nada menos que el monte Everest, pues es, o sería, un error de la hostia.
En todo caso, como explica José Miguel Parra en el enlace que pongo más arriba, los papiros matemáticos egipcios demuestran que desconocían el número Pi; y la aproximación de la Gran Pirámide a dicho número se debe al uso de un triángulo o seqed de unas dimensiones concretas para determinar la inclinación (triángulo que se puede ver aquí). Por lo tanto, el uso de determinadas proporciones para establecer la inclinación de la pirámide resulta en una determinada relación, pero no se basa en ella.
En todo caso, alguien que, desde las orillas del Nilo, es capaz, como en el crimen de los Urquijo, sólo o en compañía de otros, de construir un edificio cuya altura es exactamente una división de la distancia entre la Tierra y el Sol... ¿cómo es posible que sólo realice aproximaciones más o menos felices al número e y, sobre todo, a una división tan sencilla como 1.000.000/3.600? ¿Es que los romulianos se dejaron el iPad con calculadora en Alpha Centauri, o mandaron a los becarios, o qué?
Otra cosa que es enternecedora es el asunto del múltiplo de 888. Resulta que el autor de la tesis ha encontrado que un montón de dimensiones de la pirámide se relacionan con este número. Como no hay tradición en ninguna parte sobre él, el entrevistador periodístico, con su culturilla, saca el famoso asunto del 666, el número del Diablo. Y atenta la compañía con la respuesta: "El análisis del 888 nos lleva seguramente a entender que lo del 666 es un mito, como tantas cosas que nos llegan de la antigüedad. No he encontrado a nadie que me sepa explicar esta ley a nivel matemático. El dios único se oculta tras el 888. Es un tema complejo y apasionante. Utilizaron el 888 como confirmación del espacio y el tiempo del monumento."
O sea, empiezo por destrozar una gilipollez mistaboba (la del 666) para construir otra (la del 888) a pesar de que yo mismo reconozco que no tengo ni puta idea de cuáles son las relaciones o secretos que puede portar dicho número; y, a pesar de no tener ni puta idea, hago afirmaciones categóricas: "está", "utilizaron".
Eso sí, doy el aldabonazo mistabobo: "el dios único se oculta tras el 888". Pero... ¿por qué único? ¿Eran monoteístas quienes construyeron esa pirámide que se rige por las dimensiones del 888? ¿Acaso no eran muchos de ellos rígidos creyentes de la Enéada Helipolitana que, como su propio nombre indica, está formada por nueve pollos divinos?
Pero... ¡un momento! Si dividimos 888 (la proporción egipcia) entre 9 (los dioses de la Enéada) nos da aproximadamente 98, que es... ¡la distancia entre Madrid y el monasterio de El Paular!
¡Dios mío! ¿Qué sabían los egipcios que también sabían los cartujos medievales castellanos? ¿Quién es, hoy, el secreto guardián de esos adelantadísimos conocimientos piramidónico-numerales-gnóstico-astrofísicos? ¿Rouco Varela, Perales? ¿Acaso murieron con Torrebruno?
Acto seguido, el autor hace una serie de calculines relativos a la edad de la pirámide y, "con la ayuda de un avanzado programa informático" (que no falte la cita al uso de herramientas supersofisticadas, como para darle mayor empaque al mensaje) descubre que "una de las fechas en las que se cumplían los datos de Plutarco, era exactamente 1.000 años antes del día señalado por el canal que fijaba el final de las obras". ¿Una de cuántas? No nos lo dice; tal vez porque autor tan avezado en las matemáticas sabe bien que si una de dos fechas da lo que queremos, es como para sospechar; pero si es una de 25.000, ya la cosa se acerca más al concepto de lo científicamente endeble.
De ahí concluye que la pirámide celebra algo que pasó 1.000 años antes de su construcción (pero que parece ser habría que mantener en secreto, porque ningún testimonio lo indica), y ese algo es el Diluvio Universal. Como digo, lo más extraño de esta hipótesis (como la de que la pirámide estuviese coronada por una esfera que nadie reproduce ni describe, ni en la de Keops, ni en ninguna pirámide) es que nadie la cite. Siendo lo cierto que los egipcios son bastante dados a describir las grandes catástrofes de que son objeto, como bien sabe cualquiera que se haya leído el papiro de Ipuwer, incluso en diagonal, como hizo Abraham Velikowsky.
Considera el autor que Osiris, el moderno Onofre, era un pollo físico, un extranjero que trajo a Egipto la agricultura; o, tal vez, la metáfora de un pueblo entero. Llama la atención al teoría cuando antes ha dicho que "el génesis egipcio es diluvial", como lo son otros muchos; frase en la que está apuntando algo a mi modo de ver más preciso, como es la conexión del mito osiríaco con otras creencias religiosas, que se desarrollan durante milenios y acaban instilándose en el propio cristianismo. El principio del mundo se explica mediante un diluvio en las tradiciones trazables en: Australia, Babilonia, entre los indios canadientes, las razas originales bolivianas, en Borneo, en China, entre los masai, en las islas Fiji, Guayana, Polinesia, la antigua Grecia, Persia, Islandia, la India, Malasia, Nueva Zelanda, México, Perú, la península itálica, Vietnam...
Más parece que Osiris es una realización de la sociedad egipcia de una serie de mitos genéticos y religiosos que se repiten en el ámbito mediterráneo, por no decir en el mundo entero.
Lo más triste de toda esta milonga, en todo caso, es el hecho de que esta sarta de teorías, digamos, no exentas de cierto folklorismo, haya merecido un cum laude por parte de una universidad española. Es más que posible que alguno, si no todos, de los miembros del tribunal que han concedido dicha calificación luego salgan a la calle con una camiseta verde pidiendo una enseñanza de calidad. Pero ellos, pidiendo eso, son un oxímoron con pies. Porque una universidad que de tal se precie no puede dar cabida a este tipo de desarrollos intelectuales. Es más: el detalle es una demostración de que la enseñanza de calidad no es, desde luego, un problema de dinero. Porque si el dinero se gasta en pagarle el sueldo a un pollas para que dé clase. más que invertir en enseñanza de calidad, lo que sirve es para ampliar el pudridero.
No puedo confirmar plenamente las noticias que llegan de que las próximas tesis doctorales que juzgará la universidad española estén dedicadas a demostrar:
Que Jenofonte se llamaba, en realidad, Jenaro Fontenova, y era de Madrigal de las Altas Torres.
Que Lluis Companys era descendiente directo de una dinastía ostrogoda emparentada con Zoroastro, escondida durante siglos en los sótanos de una posada de Ametlla del Mar, donde al parecer aprendieron el catalán.
Que el número 3 es la representación simbólica de las trompas de Falopio de Santa Ana.
... y que la mediana estadística del número de toques de balón que hace la Roja por partido, dividido por la magnitud gnóstica representada por el número de pliegues de la túnica del rey David del pórtico de Platerías de la Catedral de Santiago, resulta ser un múltiplo aproximado de la proporción áurea que, dividido por el número de polvos que se estima echó Felipe V, demuestra fehacientemente que el pico Aneto estuvo una vez situado en las coordenadas aproximadas donde hoy está la villa de Nightmute, Alaska.
lunes, junio 04, 2012
Fra Girolamo (2)
En efecto; con su gesto de entrar en el convento dominico, Girolamo Savonarola creía haber ingresado en un cotolengo de pureza divina y, sin embargo, se encontró con una prolongación del mundo externo del que huía. Sus superiores no se preocupaban de rezar y santificar sus actos, sino de incrementar, en la medida de lo posible, la riqueza e influencia conventuales. Él creía que encontraría santos en vida en los claustros de la casa de Dios; pero los únicos santos eran los que vivían en los libros. Como respuesta, incrementó, todavía más, su austeridad e inmolación. En un mundo como el renacentista, que tendía a superar exageraciones ascéticas como la de los monjes y monjas medievales que dormían sobre el ataúd en el que algún día dormirían su sueño eterno, poco a poco, su extrema austeridad y autocrueldad le ganó fama de santo.
viernes, junio 01, 2012
Fra Girolamo (1)
El 25 de abril de 1475, de una forma bastante sorpresiva
para quienes formaban parte de su círculo más íntimo, Girolamo Savonarola
ingresaba en el monasterio boloñés de San Domenico. En la carta que le envió a
sus padres, ya desde Bolonia, les explicaba que su decisión venía forzada por
el hecho de que no podía encontrar un solo hombre en el mundo que hiciese el
bien, y que se negaba a vivir como un animal más entre las bestias. De alguna
forma, pues, cabe concluir de esta misiva que, en tan temprana edad, Savonarola
ya había desarrollado buena parte de la forma de ser, y de pensar, que lo
llevaría a convertirse en uno de los principales hombres de la Historia de la
península itálica, y quizás de la Europa, de su tiempo.
martes, mayo 29, 2012
Yo, no
Ya sé que voy a escribir hoy sobre un tema que apenas tiene que ver con la Historia; pero de vez en cuando hago estas travesuras en mi blog, que para eso es mío :-)
Pero es que quiero decirlo: yo, no. Cuando se oye por ahí a las gentes que administran Madrid hablando de "todos los madrileños" como los que están detrás del proyecto de solicitar que esta ciudad sea sede de unos Juegos Olímpicos, me interesa dejar claro que yo resido en Madrid; que aquí pago mi IBI, mi impuesto de circulación, mi arbitrio de plusvalías cuando vendo la vivienda, mi Impuesto de Actos Jurídicos Documentados, y toda la pesca. Que vivo en Madrid, estoy censado en Madrid, voto en Madrid. Y no estoy de acuerdo con que esta ciudad sea candidata a organizar unos Juegos Olímpicos.
Lo dicho: Yo, no.
¿Por qué? Bueno, el origen de todo, alguna vez lo he comentado, ha sido el hecho de la excesiva frecuencia con que observo que los administradores de Madrid toman el poder sobre el espacio público sin consultar a nadie ni tener en cuenta las necesidades de los residentes. Tengo la desgracia de pasar los fines de semana de mi vida en una vivienda del centro de Madrid, eso que antiguamente se llamaba el distrito electoral de Palacio; y no menos de diez o doce domingos al año, me quedo sin calle, sin poder aparcar, o si he aparcado el coche sin poder moverlo; sin poder incluso cruzarla, porque resulta que el Ayuntamiento ha decidido que la calle le pertenezca a Las que Corren Contra el Cáncer de Mama, o Los que Corren la Maratón Popular, o Los que se Tocan los Huevos en la Calle Para Celebrar el 4 de Julio, o Los Que Celebran la Fiesta de la Bicicleta, o Los Devotos de la Virgen de la Candelaria de Urupapá o a Los que Ocupan la Calle porque les Sale de los Cojones.
Los administradores de la ciudad la administran; no la poseen. Que alguna vez que otra haya que hacer alguna celebración, no lo pongo en duda. Si España gana el mundial de fútbol una vez cada cuatro años, bien estará que lo celebremos en Colón; pero si hubiera diez mundiales al año y todos los ganase, la verdad, con todos mis respetos, que se vaya la puñetera Roja, con su autobús de dos pisos, a celebrar al Cerro de los Ángeles, o a los Monegros.
Lo de nuestro Ayuntamiento es exagerado por demás y, lo siento, pero me da igual, y lo escribo porque como ya he opinado esto mismo en el pasado me conozco alguna que otra respuesta, que Mapoma pague por ocupar las calles con sus etíopes campeones del mundo. Yo soy quien no puedo circular libremente por mi barrio, y no veo un duro.
Así pues, mi primera reacción ante la eventualidad de una Olimpiada en Madrid es acojonarme. Imagino la cantidad de calles, plazas, intersecciones y aceras que quedarían embargadas porque es que resulta que pasa Rafa Nadal camino del meadero o se celebra un encuentro de lanzadores de jabalina irlandeses escrofulosos. Imagino la cantidad de veces que habría que resetear el móvil por los barridos de la policía (que son muy curiosos: te tuestan el teléfono pero no te enteras, así que lo mismo te está llamando tu madre, anegada en lágrimas, porque se ha muerto tu tía Puri, y tú sigues por ahí, de cachondeo...)
No hay más que acercarse por el Bernabéu o el Calderón o el Palacio de los Deportes el día que hay partido o canta Madonna para irse haciendo una idea de lo que son estas reuniones de masas. O la feria de San Isidro, en el curso de la cual el Ayuntamiento usurpa calzadas enteras para convertirlas en improvisados aparcamientos, mientras al vecino de la zona que le vayan dando. Elévese cualquiera de estas cositas a la sexta potencia, y tendremos una Olimpiada.
Otra cosa por la que no quiero la Olimpiada es porque no me apetece pagar el café con leche a tres euros de hoy en día. Con la Expo, en las cafeterías de Sevilla el café subió a cien pesetas. Que levanten la mano los sevillanos que volvieron a verlo a setenta tras la celebración.
La tercera gran razón por la que no quiero la Olimpiada es porque no podemos pagarla. Sí, ya sé que el 80% de las instalaciones están hechas. Pero eso sólo quiere decir que todavía hay que gastar un euro más por cada cuatro gastados.
Todo esto, en cualquier caso, queda anulado por un gran argumento: "Es incómodo, pero merece la pena, porque luego la ciudad queda chuli y se gana un montón de pasta".
Lo cual, simple y llanamente, es mentira.
¿Las olimpiadas dan dinero? Bueno, digamos mejor que algunas olimpiadas dan dinero, como Los Àngeles. En realidad, la mayoría de las olimpiadas pierden pasta por un tubo.
El estadio olímpico de Montreal se terminó de pagar en el 2006 (¡¡¡treinta años después!!!) Yo, personalmente, no conozco a nadie que haya ido jamás a hacer turismo a Montreal; menos aún, con el argumento de que "es que allí fue la Olimpiada". Se podría escribir: "los griegos a duras penas sobrevivieron a las consecuencias de sus JJOO"; pero sería mentira, porque, en realidad, no han sobrevivido. La todopoderosa URSS tuvo que arrañar recursos, sobre todo alimentarios, de todos sus países satélite, para alimentar a las hordas participantes en su Olimpiada; nadie sabe a ciencia cierta cuánto palmaron, y eso que muchos países no fueron. Lo mismo pasa con los chinos, que no dicen ni mú de los excelentes resultados que por lo visto tuvieron. Y en Sidney hay infraestructuras construidas para la Olimpiada que ya no se usan a día de hoy. Como las habrá en Londres porque Londres, entre otras cosas, está construyendo un pabellón de balonmano con capacidad para 12.000 personas. Los ingleses aman el balonmano más o menos lo mismo que los banderines de Gibraltar Español.
En realidad, el gran trile de ese rollo de que unas Olimpiadas dan dinero, Barcelona incluída, está en un concepto que se llama amortización. Amortizar es lo que todos deberíamos hacer y no hacemos, pero que las empresas vienen obligadas. Cuando compras un bien, has de provisionar, cada año, su pérdida de valor pues, de lo contrario, tu patrimonio es menor. La amortización es un elemento fundamental del flujo de caja de cualquier empresa, y de sus beneficios.
En la mayoría de los casos, cuando se producen unos JJOO, nadie calcula la amortización de las infraestructuras que se construyen. En realidad, para que unas Olimpiadas den dinero de verdad, sus beneficios no sólo deberían ser tales que los ingresos superasen a los gastos (concepto normal de beneficio en estos casos); además, los ingresos deberían generar un excedente suficiente como para permitir amortizar los bienes construidos. Porque si no es así, si nadie, ni el Comité Olímpico, ni el Comité Organizador, ni la ciudad anfitriona, ni el Estado del país anfitrión, amortiza La Peineta, entonces alguien, por definición, está perdiendo patrimonio cada segundo que pasa.
Ese alguien somos nosotros. Todos nosotros.
(Este mecanismo de no amortizar la infraestructura es el mismo que se usa para hacer rentable el AVE, por cierto).
Se nos dice: una olimpiada genera un montón de actividad después de producida. Vienen mogollón de turistas porque la gente del mundo se entera de que existes.
En una de sus novelas de Pepe Carvalho, Manuel Vázquez Montalbán hace a su protagonista coger un taxi en Bangkok, Tailandia. El taxista habla con él y le pregunta de dónde es. Cuando Carvalho le dice que de Barcelona, el taxista se pone a declamar: "Barcelona, Maradona; Barcelona, Maradona..."
Con todos los respetos, eso de que unas olimpiadas te dan visibilidad mundial funcionará para Saint Lô o para Viveiro, provincia de Lugo; pero a Barcelona, Madrid, París, Tokio o Chicago, ni puta falta que les hace; acabamos de leer, y es verdad total, que la edad de oro de Guardiola ha hecho más por Barcelona que una Olimpiada de ocho meses.
Es mentira que la gente decida viajar a una ciudad en el año N+1 porque en el año N organizó una Olimpiada. Eso lo saben bien en Barcelona, donde tuvieron que ponerse a parir echando hostias el fistro diodenal del Fórum de las Culturas para darle a la ciudad la continuidad que por lo visto le iban a aportar las Olimpiadas by default. Eso lo saben casi todos los organizadores de Expos mundiales, que se apresuraron a aprovechar la ocasión para crear algo más duradero, desde la Torre Eiffel hasta el Atomium, porque eso sí que trae visitantes.
El truco del almendruco es presentar el gasto como una inversión. Construir infraestructuras deportivas es, así, de entrada, un gasto, no una inversión. Por la simple razón de que una piscina de 50 metros no es el desdoblamiento de una carretera. Eso sí, como demostró la Olimpiada de Barcelona, un proyecto olímpico también tiene una vertiente urbanística, que en principio se autofinancia, porque cuando los deportistas dejan la Villa Olímpica, te quedan unas viviendas cojonudas para vender.
Pues sí. Pero, ¿y si falla? Porque resulta que una cosa que hemos aprendido, dolorosamente, en los últimos tiempos, es que no siempre una vivienda a la venta encuentra comprador; o banco que financie la compra. ¿Acaso no iba a ser la operación Madrid Río-soterramiento de la M30 un negocio seguro? ¿No se iba a hacer allí un huevo de pasta comercializando suelo y viviendas? Madrid Río será la polla de Montoya, no lo niego; pero, amable lector, si eres ciudadano de Madrid, permíteme que te recuerde que, bonito y todo, todavía lo debes. Y que, ítem más, la posibilidad de que se financie con suelo se ha sfumatto.
Así, a las claras: una Olimpiada es una operación económica de riesgo. De muy alto riesgo. Tan alto, que los dedos se hacen huéspedes para contar todos los que se han dado una hostia en todos los morros en las últimas décadas organizándola. El triunfo, si llega, tendrá muchos padrinos pero el fracaso, si se produce, sólo tendrá un pagano: tú. Y yo, claro.
Sinceramente, no creo que tengamos el chirri para estos ruidos.
Yo, no.
Pero es que quiero decirlo: yo, no. Cuando se oye por ahí a las gentes que administran Madrid hablando de "todos los madrileños" como los que están detrás del proyecto de solicitar que esta ciudad sea sede de unos Juegos Olímpicos, me interesa dejar claro que yo resido en Madrid; que aquí pago mi IBI, mi impuesto de circulación, mi arbitrio de plusvalías cuando vendo la vivienda, mi Impuesto de Actos Jurídicos Documentados, y toda la pesca. Que vivo en Madrid, estoy censado en Madrid, voto en Madrid. Y no estoy de acuerdo con que esta ciudad sea candidata a organizar unos Juegos Olímpicos.
Lo dicho: Yo, no.
¿Por qué? Bueno, el origen de todo, alguna vez lo he comentado, ha sido el hecho de la excesiva frecuencia con que observo que los administradores de Madrid toman el poder sobre el espacio público sin consultar a nadie ni tener en cuenta las necesidades de los residentes. Tengo la desgracia de pasar los fines de semana de mi vida en una vivienda del centro de Madrid, eso que antiguamente se llamaba el distrito electoral de Palacio; y no menos de diez o doce domingos al año, me quedo sin calle, sin poder aparcar, o si he aparcado el coche sin poder moverlo; sin poder incluso cruzarla, porque resulta que el Ayuntamiento ha decidido que la calle le pertenezca a Las que Corren Contra el Cáncer de Mama, o Los que Corren la Maratón Popular, o Los que se Tocan los Huevos en la Calle Para Celebrar el 4 de Julio, o Los Que Celebran la Fiesta de la Bicicleta, o Los Devotos de la Virgen de la Candelaria de Urupapá o a Los que Ocupan la Calle porque les Sale de los Cojones.
Los administradores de la ciudad la administran; no la poseen. Que alguna vez que otra haya que hacer alguna celebración, no lo pongo en duda. Si España gana el mundial de fútbol una vez cada cuatro años, bien estará que lo celebremos en Colón; pero si hubiera diez mundiales al año y todos los ganase, la verdad, con todos mis respetos, que se vaya la puñetera Roja, con su autobús de dos pisos, a celebrar al Cerro de los Ángeles, o a los Monegros.
Lo de nuestro Ayuntamiento es exagerado por demás y, lo siento, pero me da igual, y lo escribo porque como ya he opinado esto mismo en el pasado me conozco alguna que otra respuesta, que Mapoma pague por ocupar las calles con sus etíopes campeones del mundo. Yo soy quien no puedo circular libremente por mi barrio, y no veo un duro.
Así pues, mi primera reacción ante la eventualidad de una Olimpiada en Madrid es acojonarme. Imagino la cantidad de calles, plazas, intersecciones y aceras que quedarían embargadas porque es que resulta que pasa Rafa Nadal camino del meadero o se celebra un encuentro de lanzadores de jabalina irlandeses escrofulosos. Imagino la cantidad de veces que habría que resetear el móvil por los barridos de la policía (que son muy curiosos: te tuestan el teléfono pero no te enteras, así que lo mismo te está llamando tu madre, anegada en lágrimas, porque se ha muerto tu tía Puri, y tú sigues por ahí, de cachondeo...)
No hay más que acercarse por el Bernabéu o el Calderón o el Palacio de los Deportes el día que hay partido o canta Madonna para irse haciendo una idea de lo que son estas reuniones de masas. O la feria de San Isidro, en el curso de la cual el Ayuntamiento usurpa calzadas enteras para convertirlas en improvisados aparcamientos, mientras al vecino de la zona que le vayan dando. Elévese cualquiera de estas cositas a la sexta potencia, y tendremos una Olimpiada.
Otra cosa por la que no quiero la Olimpiada es porque no me apetece pagar el café con leche a tres euros de hoy en día. Con la Expo, en las cafeterías de Sevilla el café subió a cien pesetas. Que levanten la mano los sevillanos que volvieron a verlo a setenta tras la celebración.
La tercera gran razón por la que no quiero la Olimpiada es porque no podemos pagarla. Sí, ya sé que el 80% de las instalaciones están hechas. Pero eso sólo quiere decir que todavía hay que gastar un euro más por cada cuatro gastados.
Todo esto, en cualquier caso, queda anulado por un gran argumento: "Es incómodo, pero merece la pena, porque luego la ciudad queda chuli y se gana un montón de pasta".
Lo cual, simple y llanamente, es mentira.
¿Las olimpiadas dan dinero? Bueno, digamos mejor que algunas olimpiadas dan dinero, como Los Àngeles. En realidad, la mayoría de las olimpiadas pierden pasta por un tubo.
El estadio olímpico de Montreal se terminó de pagar en el 2006 (¡¡¡treinta años después!!!) Yo, personalmente, no conozco a nadie que haya ido jamás a hacer turismo a Montreal; menos aún, con el argumento de que "es que allí fue la Olimpiada". Se podría escribir: "los griegos a duras penas sobrevivieron a las consecuencias de sus JJOO"; pero sería mentira, porque, en realidad, no han sobrevivido. La todopoderosa URSS tuvo que arrañar recursos, sobre todo alimentarios, de todos sus países satélite, para alimentar a las hordas participantes en su Olimpiada; nadie sabe a ciencia cierta cuánto palmaron, y eso que muchos países no fueron. Lo mismo pasa con los chinos, que no dicen ni mú de los excelentes resultados que por lo visto tuvieron. Y en Sidney hay infraestructuras construidas para la Olimpiada que ya no se usan a día de hoy. Como las habrá en Londres porque Londres, entre otras cosas, está construyendo un pabellón de balonmano con capacidad para 12.000 personas. Los ingleses aman el balonmano más o menos lo mismo que los banderines de Gibraltar Español.
En realidad, el gran trile de ese rollo de que unas Olimpiadas dan dinero, Barcelona incluída, está en un concepto que se llama amortización. Amortizar es lo que todos deberíamos hacer y no hacemos, pero que las empresas vienen obligadas. Cuando compras un bien, has de provisionar, cada año, su pérdida de valor pues, de lo contrario, tu patrimonio es menor. La amortización es un elemento fundamental del flujo de caja de cualquier empresa, y de sus beneficios.
En la mayoría de los casos, cuando se producen unos JJOO, nadie calcula la amortización de las infraestructuras que se construyen. En realidad, para que unas Olimpiadas den dinero de verdad, sus beneficios no sólo deberían ser tales que los ingresos superasen a los gastos (concepto normal de beneficio en estos casos); además, los ingresos deberían generar un excedente suficiente como para permitir amortizar los bienes construidos. Porque si no es así, si nadie, ni el Comité Olímpico, ni el Comité Organizador, ni la ciudad anfitriona, ni el Estado del país anfitrión, amortiza La Peineta, entonces alguien, por definición, está perdiendo patrimonio cada segundo que pasa.
Ese alguien somos nosotros. Todos nosotros.
(Este mecanismo de no amortizar la infraestructura es el mismo que se usa para hacer rentable el AVE, por cierto).
Se nos dice: una olimpiada genera un montón de actividad después de producida. Vienen mogollón de turistas porque la gente del mundo se entera de que existes.
En una de sus novelas de Pepe Carvalho, Manuel Vázquez Montalbán hace a su protagonista coger un taxi en Bangkok, Tailandia. El taxista habla con él y le pregunta de dónde es. Cuando Carvalho le dice que de Barcelona, el taxista se pone a declamar: "Barcelona, Maradona; Barcelona, Maradona..."
Con todos los respetos, eso de que unas olimpiadas te dan visibilidad mundial funcionará para Saint Lô o para Viveiro, provincia de Lugo; pero a Barcelona, Madrid, París, Tokio o Chicago, ni puta falta que les hace; acabamos de leer, y es verdad total, que la edad de oro de Guardiola ha hecho más por Barcelona que una Olimpiada de ocho meses.
Es mentira que la gente decida viajar a una ciudad en el año N+1 porque en el año N organizó una Olimpiada. Eso lo saben bien en Barcelona, donde tuvieron que ponerse a parir echando hostias el fistro diodenal del Fórum de las Culturas para darle a la ciudad la continuidad que por lo visto le iban a aportar las Olimpiadas by default. Eso lo saben casi todos los organizadores de Expos mundiales, que se apresuraron a aprovechar la ocasión para crear algo más duradero, desde la Torre Eiffel hasta el Atomium, porque eso sí que trae visitantes.
El truco del almendruco es presentar el gasto como una inversión. Construir infraestructuras deportivas es, así, de entrada, un gasto, no una inversión. Por la simple razón de que una piscina de 50 metros no es el desdoblamiento de una carretera. Eso sí, como demostró la Olimpiada de Barcelona, un proyecto olímpico también tiene una vertiente urbanística, que en principio se autofinancia, porque cuando los deportistas dejan la Villa Olímpica, te quedan unas viviendas cojonudas para vender.
Pues sí. Pero, ¿y si falla? Porque resulta que una cosa que hemos aprendido, dolorosamente, en los últimos tiempos, es que no siempre una vivienda a la venta encuentra comprador; o banco que financie la compra. ¿Acaso no iba a ser la operación Madrid Río-soterramiento de la M30 un negocio seguro? ¿No se iba a hacer allí un huevo de pasta comercializando suelo y viviendas? Madrid Río será la polla de Montoya, no lo niego; pero, amable lector, si eres ciudadano de Madrid, permíteme que te recuerde que, bonito y todo, todavía lo debes. Y que, ítem más, la posibilidad de que se financie con suelo se ha sfumatto.
Así, a las claras: una Olimpiada es una operación económica de riesgo. De muy alto riesgo. Tan alto, que los dedos se hacen huéspedes para contar todos los que se han dado una hostia en todos los morros en las últimas décadas organizándola. El triunfo, si llega, tendrá muchos padrinos pero el fracaso, si se produce, sólo tendrá un pagano: tú. Y yo, claro.
Sinceramente, no creo que tengamos el chirri para estos ruidos.
Yo, no.
lunes, mayo 28, 2012
Dónde vas, triste de ti...
Una vez más, para empezar este artículo os voy a llamar la atención sobre un efecto que yo llamo el espejismo del presente. Este pequeño síndrome indoloro y de poca importancia consiste en considerar que lo que pasa en el presente siempre es lo más de lo más de lo que le ha pasado a la Humanidad en toda su existencia. El síndrome del presente tiene una base cierta, desde luego. Es probable que la mayor manifestación en las calles de la Historia de España se haya producido hace relativamente poco tiempo; pero eso es así por la simple razón de que hoy hay más españoles que hace cien años, y que los que hay tienen más posibilidades de allegarse al lugar de la mani que las que tenían sus abuelos. Si alguno de mis amables lectores tiene la paciencia de leerse en la prensa de la época los relatos de una manifestación monstruo que hubo en Madrid en 1930 tras un gravísimo accidente laboral en unas obras de la calle Alonso Cano (manifestación que acrisoló la reacción frente al accidente y otras muchas cosas), encontrará que lo que dicen esas crónicas del espacio que ocupaba la masa de manifestantes es bastante parecido al que ocuparon los que asistieron a la mani contra la guerra de Irak. Pero, claro, no es lo mismo llenar las calles en los albores del siglo XXI que setenta años antes.
viernes, mayo 25, 2012
Nuevo alumbramiento
Llevo unos días muy liado y con poco tiempo para sentarme al ordenador. No obstante, he ido avanzando en algún que otro futuro post y, en paralelo, también me las he arreglado para terminar de peinar La derrota de Aquiles, mi segundo libro. Esta vez, a causa de la crisis, el precio ha subido 14 céntimos, hasta el euro justo :-D
Mis lectores del blog deben saber que este ensayo es más grande, y yo diría que completo, que el conjunto de posts en los que está basado. Hay todo un capítulo, el dedicado al colapso final de la URSS, que es totalmente nuevo: nunca se ha publicado en el blog.
Como quiera que Kindle tarda horas o días en poner efectivamente en publicación el libro (por eso no puedo poner aun enlace), os dejo hoy su prólogo, para que os vayáis haciendo una idea.
----
Mis lectores del blog deben saber que este ensayo es más grande, y yo diría que completo, que el conjunto de posts en los que está basado. Hay todo un capítulo, el dedicado al colapso final de la URSS, que es totalmente nuevo: nunca se ha publicado en el blog.
Como quiera que Kindle tarda horas o días en poner efectivamente en publicación el libro (por eso no puedo poner aun enlace), os dejo hoy su prólogo, para que os vayáis haciendo una idea.
----
Pocos hechos históricos hay más
fascinantes que la revolución rusa. Lo fue en el momento de producirse, pues
vino a suponer la dramática colocación de la clase obrera en primera línea de
la Historia; y lo siguió siendo durante décadas; primero, como alternativa
general a todo lo que el marxismo consideraba regímenes burgueses; y, a partir
de la segunda posguerra mundial, como elemento de referencia fundamental para
todos aquéllos que deseaban propugnar un modelo alternativo al representado por
los Estados Unidos de Norteamérica.
Verdaderamente, la URSS es un
importantísimo experimento dentro de la Historia de la Humanidad. Un experimento
fallido. Sus defensores, normalmente, pueden gestionar este problema, porque
los fallos se pueden explicar de muchas maneras. Desde los años sesenta, de
hecho, eran ya comunes las explicaciones de politólogos y estudiosos, en el
sentido de que las fallas del comunismo no se debían a él, sino que eran meras
consecuencias del hecho de que el sistema soviético tuviese que desarrollarse
en un ambiente hostil, dominado por su enemigo estadounidense. Esta tesis no
deja de ser curiosa, puesto que porta, de forma un tanto connotada, el hecho
sistemáticamente negado por los sovietófilos: la pérdida, por parte de la URSS,
de la Guerra Fría. Pues si Estados Unidos podía acorralar a la URSS, eso sólo
podía ser porque la hubiese vencido. Los que van perdiendo, o empatando, no
tienen, por lo general, capacidad de acorralar a nadie.
Con todo, el gran elemento que
desorientó definitivamente a las visiones facilonas o directamente proclives a
la URSS, fue la extraordinaria rapidez y ausencia de conflicto con que desapareció.
En este sentido, el mutis por el foro de la Historia por parte del comunismo
fue muchísimo menos traumático que su entrada. La entrada en escena de la
revolución marxista, hasta entonces un hecho teórico como otros muchos, vino
precedida de décadas de dramática y crudelísima inestabilidad y violencia en
Rusia, y tuvo como consecuencia una muy sangrienta guerra civil. Alumbrar un
régimen comunista no fue fácil y costó un genocidio; en realidad, varios.
El gran poder acumulado por la URSS,
y el hecho de que su importancia pasó muy pronto a ser mundial, con un rosario
de países que dependían de su modelo y otros muchos que coqueteaban con dicha
dependencia en mayor o menor medida, hizo pensar a muchos, en realidad a todos,
que la URSS era too big to fail.
Porque nadie, jamás, que haya leído yo, siquiera avizoró que, algún día, el
régimen soviético se disolvería como un azucarillo.
Y, sin embargo, así fue.
Este ensayo trata de analizar los
elementos que pueden explicar por qué se produjo esto. Por qué uno de los dos
ejércitos más poderosos del mundo y, probablemente, la policía con mayor
capacidad de control social; por qué un país cuya élite gobernante no había
sido ni medianamente molestada por oposición interna alguna durante siete
décadas; por qué, al fin y a la postre, un régimen blindado para durar 107
años, simple y llanamente, desapareció.
Hay una cosa que este ensayo hace a
propósito, y por eso quiero dejarla clara en este punto. Hablo en él de los
condicionamientos económicos, que tuvieron gran importancia, más en los países
satélites de la URSS que en la Unión misma. Sin embargo, le he puesto algo de
sordina a la cuestión económica porque, en mi opinión, hablar en exceso de la
economía, apoyarse en exceso en el colapso económico de la URSS como explicación
de su desaparición, puede resultar equívoco.
La importancia de la economía en el
colapso soviético es innegable. Pero, a mi modo de ver, en el caso de la URSS,
el colapso económico es sólo un síntoma y aquí, al menos, la intención es elaborar
un relato en torno a las razones profundas de la caída. La China del siglo XXI
ha demostrado que es posible orillar la contradicción interna de la economía
centralizada, incapaz de garantizar tasas de crecimiento sólidas y continuadas;
aunque también es cierto que eso lo ha hecho negando, cada vez en mayor medida,
las esencias de la propia economía centralizada. Esto es algo que también podía
haber hecho la URSS, y de hecho tentó hacerlo varias veces. Así pues, puesto
que la economía no lo explica todo,
hay que dejar espacio para otros ejercicios.
Ejercicios que están muy
relacionados con una pregunta aparentemente sencilla, pero cuya contestación no
es, a mi modo de ver, nada fácil: ¿cuándo, exactamente, colapsó la URSS?
¿Cuándo alcanzó el país ese punto de no retorno en el cual el edificio ya no
puede hacer otra cosa más que derrumbarse? Porque las personas que están en un
edificio que se derrumba no lo abandonan un segundo antes de que caiga; lo
hacen bastante antes, que es cuando alguien grita: “¡Todo el mundo fuera, va a
derrumbarse!”
Esta es una cuestión que no tiene
respuesta precisa en el momento presente, cuando menos en mi opinión. ¿Quién
asestó la puñalada final a la URSS? Pudo ser Richard Nixon, por ejemplo; su
visita a Pekín, y los cambios sistémicos que acabó provocando en el juego
mundial de poderes labraron un porvenir imposible para la URSS, cuyo estatus
dependía, en buena medida, de la conservación de la situación pactada en Yalta.
También pudo ser Ronald Reagan, con su brusco giro estratégico en la cuestión
armamentística, que dejó a los soviéticos sin espacio para revolverse. O pudo
ser el propio reformismo soviético, los Andropov (quizá), Gorvachov, etc.
Yo creo que fue Leónidas Breznev.
Según esta tesis, la gran desgracia
de la URSS es que Leónidas Breznev viviese los diez últimos años de su vida. La
crisis económica de los setenta, en los países democráticos, acabó llevándose
por delante a todos los gobiernos a los que les estalló en las manos; lo cual
es lógico, porque todos eran gobiernos diseñados para gestionar una abundancia
que, de repente, desapareció; y carecían de discurso para la austeridad. Este
cambio abocó a muchos países occidentales a cambios muy dramáticos, de signos
diversos: Francia y España, a la izquierda; Reino Unido y Estados Unidos, hacia
la derecha. Pero, al fin y a la postre, esos cambios colocaron las cosas en su
sitio, permitieron el refresco de las estrategias, y acabaron mutando en
crecimiento y flexibilidad.
El gran defecto de la URSS, sin
embargo, fue siempre su rigidez. Rigidez que, en los tiempos de Breznev, llegó
a cotas siderales. Al líder soviético todo lo que importaba era no ser un nuevo
Khruschev; él moriría, y murió, en la cama y ostentando la Secretaría General
del PCUS. Para conseguir eso, dio tantas garantías a todas las partes
interesadas en el juego de poder que, tomando una máquina que ya avanzaba a
paso de tortuga, la paró por completo y la clavó al suelo.
Ciertamente, la muerte prematura de
Breznev, probablemente, poco habría conseguido. Vivo Milhail Suslov, la nomenklatura soviética, con seguridad,
lo habría preferido a cualquier otro. Y, si no, habría sido Kossigin; o
Gromiko. Difícilmente habría quedado sitio para el reformismo. Pero, al menos,
alguna posibilidad habría de que el modelo soviético jugase una carta que, sin
embargo, merced a su longevidad, Breznev se llevó a la tumba, cosida a la
manga.
La URSS murió, a mi modo de ver, por
no haber sabido adaptarse y reaccionar a todo lo que pasó en el mundo entre
1975 y 1985. El 1 de enero de 1986, el Telón de Acero, mutatis mutandis, había caído. Para entonces Milhail Gorvachov
llevaba unos meses al frente del Kremlin. Pero, la verdad sea dicha, ya daba
igual.
miércoles, mayo 23, 2012
Más con menos
La mayor parte de las personas que me rodean en mi vida, digamos, "oficial", no sólo saben poco de Historia, sino que no les interesa. La Historia no es, hay que entenderlo cuando te gusta, un tema fácil de conversación, como no lo es, un suponer, la bioquímica. Si discutes de bioquímica con un bioquímico, lo normal es que te sientas frustrado y él se aburra. Ésta es, para mí, una de las razones por la cual existe el deporte colectivo. Todo el mundo tiene en la cabeza la forma ideal de distribuir los recursos con que cuenta Tito Vilanova, que no necesariamente coincide con la que él llevará a cabo. Pero no todo el mundo tiene herramientas suficientes para ofrecer alternativas al Pacto de Tordesillas.
De vez en cuando, sin embargo, como las tertulias entre amigos son ricas y viajan con rapidez de unos temas a otros y, además, tienen una gran capacidad de ilusionarse con asuntos que inicialmente son chorradas, va y salta la liebre, y aparece, como si tal cosa, un debate histórico. El otro día me pasó eso, con varios buenos amigos alrededor de un pincho de tortilla. Ponderando méritos, de momento dentro del mundo de la empresa, discutíamos sobre cuál de los nuevos tycoons, desde el fundador de Facebook hasta Amancio Ortega, tenía más mérito. Los cuatro descubrimos pronto que hay un especímen de hombre de éxito pero de no mucho mérito, que ejemplificamos en la figura de Charles Foster Kane, el ciudadano Kane que interpretara Orson Welles. Kane construía un gran imperio, sí; pero, aunque desgraciado, ya era millonario cuando llevaba pantalones cortos. No es lo mismo que encerrarte en el garage de tu casa, inventar una maquinita que juega al tres en raya y, más allá, andandirri, construir la Microsoft. O Apple. O Google. O...
Resbalando por los puntos suspensivos, llegamos, yo no sé muy bien cómo, a la Historia. Podría haber sido yo quien propusiese tal cambio; pero la verdad es que no fue así. De una forma natural y difícil de describir, nos encontramos discutiendo sobre este mismo concepto, pero en el terreno histórico. ¿Quién, de alguna manera, consiguió más con menos? Y hubo candidatos para todos los gustos.
Surgió, por ejemplo, Mahatma Ghandi. La tesis es alentadora e interesante: con muy poco, pues Ghandi vivía muy modestamente y contaba con muy pocos medios efectivos para difundir su mensaje, consiguió la independencia de la India. Esta tesis primaria, sin embargo, fue rápidamente discutida. En primer lugar, porque la frase "Ghandi consiguió la independencia de la India" es una generalización buenista excesiva. La independencia de la India tiene más que ver con la segunda guerra mundial, que obviamente dejó a Gran Bretaña hecha una braga; a la clarividencia de Clement Attle de darse cuenta de que aquel momio no se sostenía ni medio minuto más; y el sacrificio personal, probablemente muy costoso, que hizo Winston Churchill aceptando el principio de que la corona inglesa debía desprenderse de su mayor joya.
Otro argumento en contra de Ghandi es que él, personalmente, podía ser un pacifista y tal; pero lo cierto es que la independencia de la India está muy lejos de ser un lecho de rosas en el que Rita Irasema canta Lanza perfume mientras unas bailarinas de Bollywood se contorsionan en segundo plano. La independencia de la India supuso una dolorosísima particiòn, que conllevó el exilio masivo de quienes estaban mal colocados (hindús en la zona musulmana de Mohammed Ali Jinnah, musulmanes en la zona que gobernaría Pandit Nehru); exilio durante el cual un montón de gentes fueron apioladas, en ocasiones mediante prácticas tan poco edificantes como mutilarle los senos a las mujeres antes de matarlas, o arrancarles a los hombres los ojos con ganchos.
Una cosa curiosa que trajo la conversación por sí sola es que surgían, casi de forma natural, nombres de dictadores. Se recordó, en este sentido, la situación casi terminal con que se encontró Adolf Hitler en Alemania, con un desempleo millonario y una industria en constantes fibrilaciones auriculares; como se recordó la situación que tuvo que gestionar Mao Zedong, en la que no sólo se enfrentaba a una fuerza política, el Kuomingtang, extraordinariamente ambiciosa, sino insultantemente superior en medios a la suya. Y no sólo eso; en el caso de Mao, existe, además, el agravante de que recibió instrucciones del mando (Moscú) de contemporizar con su enemigo, lo cual provocó que Chang Kai Chek se dedicase a matar comunistas a pares mientras éstos sonreían como chinos que no entienden lo que se les está diciendo. Aunque no quepa hablar de dictador sensu stricto, también surgió la figura inevitable de Napoleón Bonaparte, el hombre que puso a Europa de rodillas usando para ello el ejército de un país que salía del periodo más inestable de su Historia.
En términos generales, aunque con algún que otro voto particular, estuvimos de acuerdo en que no tendría mucho sentido otorgar la medalla del Más por Menos a una persona que fuese dictadora, entiendo por esto persona que, viviendo en tiempos en los que la soberanía popular era ya un hecho conocido, no la ejerciese o permitiese. Entendimos que el hecho de ser dictador, de no tener que someterse a más auditoría que las de Dios y la Historia, es ya de por sí una ayuda suficientemente relevante como para pensar que la carrera se hace por el carril de dentro, haciendo, pues, menos metros que otros en las curvas.
A partir de ahí, comenzaron a surgir candidaturas bastante curiosas. Uno de mis contertulios defendió, con pasión encomiable, la candidatura de Enrique el Navegante (o Nave Gante, como le hice yo notar, en apostilla un tanto pollas; puesto que era nieto de Juan de Gante...). En la Edad Moderna, decía, ha habido tres breakthroughs que han cambiado las fronteras del mundo: uno es el ferrocarril, otro es internet. Pero el primero, según mi contertulio, eran los años de los navegantes y, muy especialmente, las enseñanzas surgidas de la denominada Escuela de Sagres, que sin Enrique, probablemente, jamás habría existido. Entre cerveza y cerveza, recordando la idea genial del portugués de reunir en un solo lugar, inventado para la ocasión, todo el saber disperso sobre las fronteras del mundo, alguien lo llamó "el inventor del I+D+I", que no deja de tener coña. Pero, de nuevo, surgieron las contraversiones. Otros nos preguntábamos hasta qué punto los logros de Enrique, asomando al mundo occidental al balcón del cabo Bojador y mostrando todo lo que había más allá, no se apoyaban en el poder intrínseco que en aquel momento atesoraba la economía de Portugal. O sea, nos decíamos: cuando un científico descubre una terapia genética contra la salmonelosis, ¿qué parte de mérito tiene él, y qué parte la Slacker Corporation, que financió las investigaciones?
Un poco en este terreno, surgió la candidatura colectiva de la casa real holandesa. Los Países Bajos, se decía, ni siquiera llegaron a la Edad Moderna siendo un país. Sufrieron una guerra de décadas. El país en sí, por lo demás, es bastante feraz y, además, no hay que olvidar que una parte sustancial del mismo ha tenido que ser robado al mar. Holanda nunca contó especialmente desde el punto de vista militar, teniendo que echar mano de alianzas. Y, aún así, se las arregló para construir un imperio; un imperio comercial y financiero (suya es, de hecho, la primera espiral especulativa que se conoce, la de los tulipanes) con importantísimas posesiones en ultramar.
Para los lectores de este blog, que sé que los hay (entre ellos, Tiburcio) que son duchos en asuntos bélicos, debo reconocerles que no había entre el público gentes aficionadas como ellos; así pues, a pesar de que el bélico es un terreno natural para esta discusión (qué general ganó batallas, o guerras, contando con fuerzas objetivamente inferiores), lamento decir que este tipo de temas se trataron de pasada. Me dio tiempo a mí, eso sí, de citar a Cayo Mario, quien, en mi opinión, se encontró una Roma que las estaba pasando putas en sus posesiones itálicas y galicanas y que, además, tenía una institución militar obsoleta, basada en algo parecido al concepto de hidalguía o propiedad, con la que apenas habría podido defenderse de las tendencias centrípetas que, sobre todo en las principales ciudades itálicas, eran más que evidentes. Con muy poco, es decir los habitantes del census capiti, acostumbrados a vivir y morir lejos de la realidad militar (y sus eventuales recompensas), Mario construyó una máquina militar que le dio la vuelta a la situación y empezó a poner a Roma en el puesto que finalmente hubieron de reconocerle el mundo, y la Historia.
Supongo que a mi amigo Eborense le gustará saber que los nombres y hombres del ejército español que ganó la Guerra de la Independencia también fueron defendidos con ardor. Bueno, nombres y hombres... tuve que amenazar con comerme toda la tortilla si María Pita no era incluída en el capazo.
La partida terminó en tablas, como tenía que ser. Estoy seguro que en una conversación como aquélla, surgida de forma espontánea, relativamente breve y no preparada, se dijeron cosas un tanto absurdas y, sobre todo, hubo un montón de referencias que se quedaron en el tintero. Por mi parte, desde luego, tras proponer unos nombres y otros, acabé por decir que mi candidatura está muy clara.
Y quien sea lector habitual de este blog no se extrañará de lo dicho.
En mi opinión, no hay en la Historia del mundo un solo personaje que con tan poco hiciese tanto, como Pablo de Tarso. Todo, absolutamente todo, lo tenía en contra. Desarrolló una creencia a partir de la fe propia de un pueblo menor en el orbe del mundo; una fe que se caracterizaba, como se caracteriza, por enormes elementos de rigidez, que hacían muy difícil su adaptación a otros mercados. La primera oposición que sufrió, por lo tanto, fue la de los propios creyentes de la fe de sus padres, que él quería identificar con la nueva que desarrolló.
La idea básica del paulismo es bífida. Por un lado, expandir una fe nacional, racial, a todas las razas del mundo, los gentiles, con especial atención hacia los que no importan un carajo: mujeres, humildes, enfermos... Por otro lado, perfeccionar la fe judía con un concepto, el de la resurrección del Mesías, diseñado para ser atractivo a los no judíos, y a los que sufren.
Mahoma, siglos después, se daría un hostión en todas las narices cuando intentó convertir a los muchos hebreos residentes en la península arábiga a las creencias descritas en el libro que le prestó el arcángel Gabriel. Falló donde el de Tarso salió razonablemente indemne, lo cual tiene su mérito.
A base de escribir cartas a comunidades de gentes de escasa laya, de patearse el mundo conocido, de tratar con gran paciencia y diplomacia a la constante amenaza de secesión de sus creyentes de origen hebreo, Pablo de Tarso estuvo en condiciones, en un periodo de tiempo muy pequeño considerado en términos históricos, de pensar en meter a Roma en su capazo. Muríó en el intento, eso sí; y no sólo eso, sino que esas cosas que tiene el guión del cristianismo, todo aquello de tú eres Pedro y mi piedra y lo que ates y desates y tal, resulta que la tumba alrededor de la cual la Iglesia católica se construye no es la suya, como debería ser, sino la de Pedro.
Nadie, lo repito, consiguió tanto partiendo de una situación tan abocada, objetivamente, al fracaso y el olvido.
Claro que, me dijeron mis contertulios, esta candidatura tampoco vale. Al fin y al cabo, le iluminaba el Espíritu Santo...
De vez en cuando, sin embargo, como las tertulias entre amigos son ricas y viajan con rapidez de unos temas a otros y, además, tienen una gran capacidad de ilusionarse con asuntos que inicialmente son chorradas, va y salta la liebre, y aparece, como si tal cosa, un debate histórico. El otro día me pasó eso, con varios buenos amigos alrededor de un pincho de tortilla. Ponderando méritos, de momento dentro del mundo de la empresa, discutíamos sobre cuál de los nuevos tycoons, desde el fundador de Facebook hasta Amancio Ortega, tenía más mérito. Los cuatro descubrimos pronto que hay un especímen de hombre de éxito pero de no mucho mérito, que ejemplificamos en la figura de Charles Foster Kane, el ciudadano Kane que interpretara Orson Welles. Kane construía un gran imperio, sí; pero, aunque desgraciado, ya era millonario cuando llevaba pantalones cortos. No es lo mismo que encerrarte en el garage de tu casa, inventar una maquinita que juega al tres en raya y, más allá, andandirri, construir la Microsoft. O Apple. O Google. O...
Resbalando por los puntos suspensivos, llegamos, yo no sé muy bien cómo, a la Historia. Podría haber sido yo quien propusiese tal cambio; pero la verdad es que no fue así. De una forma natural y difícil de describir, nos encontramos discutiendo sobre este mismo concepto, pero en el terreno histórico. ¿Quién, de alguna manera, consiguió más con menos? Y hubo candidatos para todos los gustos.
Surgió, por ejemplo, Mahatma Ghandi. La tesis es alentadora e interesante: con muy poco, pues Ghandi vivía muy modestamente y contaba con muy pocos medios efectivos para difundir su mensaje, consiguió la independencia de la India. Esta tesis primaria, sin embargo, fue rápidamente discutida. En primer lugar, porque la frase "Ghandi consiguió la independencia de la India" es una generalización buenista excesiva. La independencia de la India tiene más que ver con la segunda guerra mundial, que obviamente dejó a Gran Bretaña hecha una braga; a la clarividencia de Clement Attle de darse cuenta de que aquel momio no se sostenía ni medio minuto más; y el sacrificio personal, probablemente muy costoso, que hizo Winston Churchill aceptando el principio de que la corona inglesa debía desprenderse de su mayor joya.
Otro argumento en contra de Ghandi es que él, personalmente, podía ser un pacifista y tal; pero lo cierto es que la independencia de la India está muy lejos de ser un lecho de rosas en el que Rita Irasema canta Lanza perfume mientras unas bailarinas de Bollywood se contorsionan en segundo plano. La independencia de la India supuso una dolorosísima particiòn, que conllevó el exilio masivo de quienes estaban mal colocados (hindús en la zona musulmana de Mohammed Ali Jinnah, musulmanes en la zona que gobernaría Pandit Nehru); exilio durante el cual un montón de gentes fueron apioladas, en ocasiones mediante prácticas tan poco edificantes como mutilarle los senos a las mujeres antes de matarlas, o arrancarles a los hombres los ojos con ganchos.
Una cosa curiosa que trajo la conversación por sí sola es que surgían, casi de forma natural, nombres de dictadores. Se recordó, en este sentido, la situación casi terminal con que se encontró Adolf Hitler en Alemania, con un desempleo millonario y una industria en constantes fibrilaciones auriculares; como se recordó la situación que tuvo que gestionar Mao Zedong, en la que no sólo se enfrentaba a una fuerza política, el Kuomingtang, extraordinariamente ambiciosa, sino insultantemente superior en medios a la suya. Y no sólo eso; en el caso de Mao, existe, además, el agravante de que recibió instrucciones del mando (Moscú) de contemporizar con su enemigo, lo cual provocó que Chang Kai Chek se dedicase a matar comunistas a pares mientras éstos sonreían como chinos que no entienden lo que se les está diciendo. Aunque no quepa hablar de dictador sensu stricto, también surgió la figura inevitable de Napoleón Bonaparte, el hombre que puso a Europa de rodillas usando para ello el ejército de un país que salía del periodo más inestable de su Historia.
En términos generales, aunque con algún que otro voto particular, estuvimos de acuerdo en que no tendría mucho sentido otorgar la medalla del Más por Menos a una persona que fuese dictadora, entiendo por esto persona que, viviendo en tiempos en los que la soberanía popular era ya un hecho conocido, no la ejerciese o permitiese. Entendimos que el hecho de ser dictador, de no tener que someterse a más auditoría que las de Dios y la Historia, es ya de por sí una ayuda suficientemente relevante como para pensar que la carrera se hace por el carril de dentro, haciendo, pues, menos metros que otros en las curvas.
A partir de ahí, comenzaron a surgir candidaturas bastante curiosas. Uno de mis contertulios defendió, con pasión encomiable, la candidatura de Enrique el Navegante (o Nave Gante, como le hice yo notar, en apostilla un tanto pollas; puesto que era nieto de Juan de Gante...). En la Edad Moderna, decía, ha habido tres breakthroughs que han cambiado las fronteras del mundo: uno es el ferrocarril, otro es internet. Pero el primero, según mi contertulio, eran los años de los navegantes y, muy especialmente, las enseñanzas surgidas de la denominada Escuela de Sagres, que sin Enrique, probablemente, jamás habría existido. Entre cerveza y cerveza, recordando la idea genial del portugués de reunir en un solo lugar, inventado para la ocasión, todo el saber disperso sobre las fronteras del mundo, alguien lo llamó "el inventor del I+D+I", que no deja de tener coña. Pero, de nuevo, surgieron las contraversiones. Otros nos preguntábamos hasta qué punto los logros de Enrique, asomando al mundo occidental al balcón del cabo Bojador y mostrando todo lo que había más allá, no se apoyaban en el poder intrínseco que en aquel momento atesoraba la economía de Portugal. O sea, nos decíamos: cuando un científico descubre una terapia genética contra la salmonelosis, ¿qué parte de mérito tiene él, y qué parte la Slacker Corporation, que financió las investigaciones?
Un poco en este terreno, surgió la candidatura colectiva de la casa real holandesa. Los Países Bajos, se decía, ni siquiera llegaron a la Edad Moderna siendo un país. Sufrieron una guerra de décadas. El país en sí, por lo demás, es bastante feraz y, además, no hay que olvidar que una parte sustancial del mismo ha tenido que ser robado al mar. Holanda nunca contó especialmente desde el punto de vista militar, teniendo que echar mano de alianzas. Y, aún así, se las arregló para construir un imperio; un imperio comercial y financiero (suya es, de hecho, la primera espiral especulativa que se conoce, la de los tulipanes) con importantísimas posesiones en ultramar.
Para los lectores de este blog, que sé que los hay (entre ellos, Tiburcio) que son duchos en asuntos bélicos, debo reconocerles que no había entre el público gentes aficionadas como ellos; así pues, a pesar de que el bélico es un terreno natural para esta discusión (qué general ganó batallas, o guerras, contando con fuerzas objetivamente inferiores), lamento decir que este tipo de temas se trataron de pasada. Me dio tiempo a mí, eso sí, de citar a Cayo Mario, quien, en mi opinión, se encontró una Roma que las estaba pasando putas en sus posesiones itálicas y galicanas y que, además, tenía una institución militar obsoleta, basada en algo parecido al concepto de hidalguía o propiedad, con la que apenas habría podido defenderse de las tendencias centrípetas que, sobre todo en las principales ciudades itálicas, eran más que evidentes. Con muy poco, es decir los habitantes del census capiti, acostumbrados a vivir y morir lejos de la realidad militar (y sus eventuales recompensas), Mario construyó una máquina militar que le dio la vuelta a la situación y empezó a poner a Roma en el puesto que finalmente hubieron de reconocerle el mundo, y la Historia.
Supongo que a mi amigo Eborense le gustará saber que los nombres y hombres del ejército español que ganó la Guerra de la Independencia también fueron defendidos con ardor. Bueno, nombres y hombres... tuve que amenazar con comerme toda la tortilla si María Pita no era incluída en el capazo.
La partida terminó en tablas, como tenía que ser. Estoy seguro que en una conversación como aquélla, surgida de forma espontánea, relativamente breve y no preparada, se dijeron cosas un tanto absurdas y, sobre todo, hubo un montón de referencias que se quedaron en el tintero. Por mi parte, desde luego, tras proponer unos nombres y otros, acabé por decir que mi candidatura está muy clara.
Y quien sea lector habitual de este blog no se extrañará de lo dicho.
En mi opinión, no hay en la Historia del mundo un solo personaje que con tan poco hiciese tanto, como Pablo de Tarso. Todo, absolutamente todo, lo tenía en contra. Desarrolló una creencia a partir de la fe propia de un pueblo menor en el orbe del mundo; una fe que se caracterizaba, como se caracteriza, por enormes elementos de rigidez, que hacían muy difícil su adaptación a otros mercados. La primera oposición que sufrió, por lo tanto, fue la de los propios creyentes de la fe de sus padres, que él quería identificar con la nueva que desarrolló.
La idea básica del paulismo es bífida. Por un lado, expandir una fe nacional, racial, a todas las razas del mundo, los gentiles, con especial atención hacia los que no importan un carajo: mujeres, humildes, enfermos... Por otro lado, perfeccionar la fe judía con un concepto, el de la resurrección del Mesías, diseñado para ser atractivo a los no judíos, y a los que sufren.
Mahoma, siglos después, se daría un hostión en todas las narices cuando intentó convertir a los muchos hebreos residentes en la península arábiga a las creencias descritas en el libro que le prestó el arcángel Gabriel. Falló donde el de Tarso salió razonablemente indemne, lo cual tiene su mérito.
A base de escribir cartas a comunidades de gentes de escasa laya, de patearse el mundo conocido, de tratar con gran paciencia y diplomacia a la constante amenaza de secesión de sus creyentes de origen hebreo, Pablo de Tarso estuvo en condiciones, en un periodo de tiempo muy pequeño considerado en términos históricos, de pensar en meter a Roma en su capazo. Muríó en el intento, eso sí; y no sólo eso, sino que esas cosas que tiene el guión del cristianismo, todo aquello de tú eres Pedro y mi piedra y lo que ates y desates y tal, resulta que la tumba alrededor de la cual la Iglesia católica se construye no es la suya, como debería ser, sino la de Pedro.
Nadie, lo repito, consiguió tanto partiendo de una situación tan abocada, objetivamente, al fracaso y el olvido.
Claro que, me dijeron mis contertulios, esta candidatura tampoco vale. Al fin y al cabo, le iluminaba el Espíritu Santo...
martes, mayo 22, 2012
lunes, mayo 21, 2012
La Restauración
Con el fracaso de la monarquía de Saboya y la I República
española, al tiempo evidente y doloroso, los ojos de España se volvieron hacia
la institución monárquica. Pero aquella apelación ya no podía ser, como lo
había sido apenas unas décadas antes, sin condiciones. Entre 1820 y 1870, en
apenas cincuenta años, habían pasado en el país un montón de cosas, entre ellas
dos guerras civiles y una tercera que estaba en ciernes, que habían cambiado
totalmente los puntos de vista.
La sociedad española no estaba dispuesta a aceptar un rey
asentado sobre los principios de la tradición. Medio siglo antes había sido
posible dar vivas al encadenamiento de un pueblo que obedece a un rey
absolutista; pero, por medio, España había cambiado tanto, y tan rápido, que la
presencia liberal en el país, que había sido aplastada por un ejército
absolutista extranjero menos años antes que los que ahora hacen de la guerra
civil, ya no podía ser obviada en modo alguno. El condicionamiento liberal era
muy fuerte, así pues, mientras el carlismo español seguía hablando de rancias
normas de abolengo, de cómo los borbones habían conculcado las sagradas normas
de la sucesión agnaticia de la corona, España no estaba ya para escuchar esas
milongas (aunque cabe recordar que este argumento, el de que el rey debe serlo
porque le corresponde por derecho histórico, volvería a ser desapolillado por
un príncipe presuntamente moderno, Juan el Veleta, cuando le dio la ciclotimia antifranquista). A los carlistas, a finales de siglo, les apoyaban, fundamentalmente,
quienes siempre habían tenido algo más que ganar que el puro tradicionalismo
católico monárquico, es decir los nacionalismos vasco y catalán.
Sin embargo, la restauración borbónica tampoco estaba clara.
En París, en el palacio Basilewski, residía la reina Isabel II, que había sido
puesta en la frontera por la revolución de 1868, llamada La Gloriosa; y, en
realidad, un monárquico que se precie de serlo nunca aceptará que la monarquía
regrese en otra persona que en la del rey depuesto, si sigue vivo. La candidatura
de Isabel II, sin embargo, era incómoda y roñosa, un tanto chirriante, como
sabían bien los monárquicos más, digamos, modernos de su momento. Isabel, igual
que nunca se había librado de esa incómoda lesión herpética que siempre le dio
de sufrir, tampoco se había librado nunca del hecho de que había nacido, y
crecido, absolutista. Los españoles sabían que el concepto que tenía aquella
reina de compartir derechos con el pueblo era la fórmula de Carta Otorgada,
esto es, el rey dice: si te doy derechos y potestades, pueblo mío, es por la
única razón de que me sale(en este caso) del juju.
Hay dos personas que, a pesar de tener un perfil conservador evidente, tenían muy claro que la vuelta de la monarquía no podía pasar por Isabel II y su entrepierna del Antiguo Régimen; dos personas, por ello, fundamentales para la Historia de España. Una es Antonio Cánovas del Castillo, el gran muñidor de la Constitución de 1876, un ejercicio jurídico interesante consistente en redactar un texto constitucional en el que, cuarta arriba, cuarta abajo, cabía cualquier cosa. La otra persona era José Isidro Pérez Ossorio Silva Zayas Téllez-Girón, marqués de Alcañices y de los Balbases y duque de Sesto, a quien, para abreviar, la propia reina conocía como Pepe.
Pepe es un elemento importante en la Historia de España
porque es, realmente, quien abate la intención de la reina de hacer un casus belli de su vuelta a España en
loor de monarquía. El partido conservador, o sea la derecha de la derecha, y
muy especialmente Juan de la Pezuela y Ceballos, primer conde de Cheste, le
come la oreja a esta monarca exiliada, de toda la vida aquejada de cierto furor
uterino, con que ella debe de ser la reina. Como digo Cheste, como otros
correligionarios suyos, no hace sino aplicar el catón del buen monárquico
absolutista, para el cual el derecho a la corona es inmanente y, en
consecuencia, no se puede cambiar. Sin embargo, Cánovas no es de esa opinión.
Opinaba este político, apoyándose en sus impresionantes conocimientos
históricos, que existía un alma inmortal española de la que formaban parte,
sobre todo, dos elementos: la institución monárquica, y la religión católica.
Sin embargo, como acabo de decir, su visión era institucionalista, no personal; lo cual quiere decir que, en
realidad, pensaba que era mejor, incluso lícito y lógico, sacrificar a las
personas en aras de la institución. El marqués de los Balbases, o sea Pepe
Alcañices, era de su misma opinión. Y lo era desde un monarquismo que no tenía
nada que envidiarle al de Cheste. Sin ir más lejos, Alcañices tenía su casa, o
sea su palacio, donde hoy está el Banco de España, en la calle Alcalá de
Madrid; y, durante el reinado de Amadeo de Saboya, su mujer tenía aleccionado
al servicio para que, al paso de la carroza del rey, se cerrasen todas las
contraventanas, en signo de desprecio y oposición absoluta al nombramiento del
italiano al frente de una corona que ellos consideraban borbónica.
Con esta fuerza moral, más otro factor no desdeñable y es
que, en París, la reina era pobre como una perra (con perdón) y era la pasta de Alcañices la
que le permitía vivir como vivía, fue como Sesto acabó por convencer a
Isabel II de que no pusiera obstáculos a la candidatura de su joven hijo
Alfonso a la corona de España. Famosa es la anécdota en la que un día, pasando
el hijo al gabinete de la madre, que se encontraba con el marqués, ésta le dijera:
“Alfonso, dale la mano a Pepe, que te ha hecho rey”. Frase pronunciada el 25 de
junio de 1870; la misma en la que Isabel II firmó su abdicación en favor de su
hijo.
Todo el mundo que sabe algo de la Historia de España sitúa en la madrugada del 3 de enero de 1874 el final de la I República española, con la entrada del general Pavía en el Congreso de los Diputados. Es así, pero no del todo. Manuel Pavía y Alburquerque era un militar de pura cepa, que a los 40 años ya era mariscal de campo, y estaba lejos de ser un derechista peligroso, pues en la Historia de España lo encontramos, por ejemplo, acompañando a Juan Prim huyendo a Portugal tras el fracaso de Villarejo de Salvanés. El primer presidente de la República, Estanislao Figueras (quizás el único ejemplo en nuestra Historia de un gobernante democrático que huyó de España tras dimitir de su cargo) echó mano de él cuando cesó al general Moriones, que estaba conspirando en Álava en favor de los borbónicos. Y Salmerón, durante su presidencia, también lo llamó para realizar una campaña anticantonal en Andalucía. De hecho, la I República española le concedió a Pavía la Laureada de San Fernando y el segundo entorchado.
A pesar de todo esto, Pavía siempre ha tenido fama de militar derechón, reaccionario, que entró en las Cortes para quebrar el rumbo de la República, que consideraba excesivamente radical. De Santiago Carrillo se dice que, al entrar los guardias civiles del teniente coronel Tejero en el Congreso el 23 de febrero de 1981, musitó: “Cuánto ha tardado en volver el caballo de Pavía”. Sin embargo, Pavía, como digo, estaba lejos de ser un personaje antirrepublicano, había defendido la República y sido condecorado por ello. Pero era, por encima de todo, anticarlista, es decir, antitradicionalista. Y fue por ello que hizo lo que hizo en enero de 1874. Él mismo explicaría ante las Cortes, años después, que “si yo no hubiese ejecutado el acto del 3 de enero, España entera me habría despreciado y el Ejército maldecido, porque sin aquel acto no hubiera terminado aquel mes sin que entrara en Madrid don Carlos de Borbón”.
Pavía, por lo tanto, tomó el Congreso y expulsó de él a los diputados. Acto seguido, reunió en el salón presidencial al general José Serrano, duque de la Torre; al marqués del Duero, Manuel Gutiérrez de la Concha e Irigoyen; al marqués de La Habana, José Gutiérrez de la Concha Irigoyen Mazos y Quintana; a los almirantes Pascual Cervera y Topete y José María Beránger y Ruiz de Apodaca; y a los políticos Práxedes Mateo Sagasta, Antonio Cánovas, Alonso Martínez, Nicolás María Rivero, Cristino Martos, Manuel Becerra, Eduardo Montero Ríos, y otros de menor calado. En ese punto, Pavía les comunica su intención de formar un gobierno que acabe con la insurrección cantonal de Cartagena, todavía vigente, y derrote a los carlistas.
Entre los políticos, hubo dos respuestas o, por decirlo así, tendencias. Cánovas propuso un gobierno más o menos tecnocrático, que resolviese más adelante los problemas ideológicos y constitucionales. Cristino Martos, por su parte, propuso la continuidad constitucional republicana, esto es, el nombramiento de una nueva Presidencia de la República. El marqués del Duero, personaje de gran importancia en la institución militar de la época que no por casualidad tiene una estatua en la Castellana de Madrid, requirió a Pavía su opinión; a lo que éste afirmó que no se oponía a la solución republicana, mientras que la república fuese unitaria (o sea, centralista y no federal); Cánovas respondió a eso afirmando su fe monárquica, pero aceptando otorgar su colaboración; o, más bien, su no-oposición.
Pavía estuvo torpón en el siguiente paso. En realidad, sólo
impuso un nombre, el de Eugenio García Ruíz, como ministro del nuevo gobierno
(Gobernación, o sea Interior). García Ruiz era un furibundo republicano, eso sí unitario, que lanzaba unas soflamas
de la leche desde su periódico, que llevaba el significativo nombre de El Pueblo. Con este nombramiento, el
militar que había entrado en las Cortes creía salvada la República; con lo que
no vio que dejaba demasiados ámbitos de poder sueltos, todos los cuales se los
aplicó el general pijo, o sea Serrano.
Bueno, en realidad, aquella tardorrepública era un duopolio: el ejercido por los generales Serrano y De la Concha. El otrora amante de la reina, conocido en los Madriles como El general bonito, contaba con el genio militar de Concha para presentar batalla a los carlistas y, merced a esa victoria, que debemos recordar fue el primer y principal motivo de que Pavía quebrase bruscamente el rumbo de la República, el régimen se prolongaría sin rey, otorgándole a él una presidencia vitalicia, que es lo más parecido a la corona que hay sin serlo. Cuando el marqués del Duero levantó el sitio carlista de Bilbao, por lo tanto, Serrano se apartó para dejarle a su compañero todos los laureles, lanzándole con ello el mensaje de que, si bien el poder político era suyo, el militar sería del marqués. Aquel esquema podría haber funcionado.
Sin embargo, no funcionó. El 27 de junio de aquel mismo año,
en Monte Muro, una bala acertó a encontrar el cuerpo del marqués del Duero y
acabar con su vida. La muerte de Concha dilató el momento de la victoria
militar contra el carlismo y supuso para el duque de la Torre un traspiés insalvable, porque con él
había perdido la capacidad de hacer viable su régimen unipersonal tan sólo
formalmente democrático. A partir de ahí, Serrano peregrinó más que gobernó,
con cuatro gobiernos distintos en apenas un año, deriva puteona que no hizo sino extender en los cuarteles el virus restauracionista, habilidosamente difundido por Cánovas y sus terminales, la primera de ellas el brigadier Luis Dabán.
Por cierto que, en su época, aquella España un tanto, o un
mucho, machista, se hizo lenguas con la hipótesis de que las ambiciones de
Serrano no se debiesen, o no se debiesen sólo, a su voluntad, sino a la de
Antonia Domínguez y Borrell, condesa de San Antonio y duquesa consorte de la
Torre; o sea, su churri.
Los testimonios contrarios a esta mujer son legión.
Wenceslao Ramírez de Villa-Urrutia, primer marqués de Villa Urrutia, hizo de
ella un retrato cruel: “dama de peregrina hermosura pero de escaso intelecto,
pues algo ha de quedar para las feas”. Otros la pintan en el curso de las
recepciones oficiales peleando, incansable, por puestos preminentes, debidos a
su condición de mujer de un ex regente; condición que, como digo, exigía fuese
ejercida para sobreponerse en el protocolo a las mujeres de embajadores en uso
de su mandato. Todas estas historias señalan su voluntad de hacer de su marido
la primera figura de España, y de ella lo que hoy diríamos la Primera Dama. En
condiciones tales, se ganó la enemiga de los monárquicos, y de todos ellos más
que de ninguno de Cánovas. De hecho, Cánovas, habitualmente moderado y poco
dado a la chanza, le soltó un corte de la hostia a la señora durante una cena
en casa de los Serrano cuando, por ausencia de última hora del duque, ella le
ofreciera su silla diciéndole: “Hoy tiene usted que remplazar a mi marido”; a
lo que Cánovas respondió, con voz clara: “¿Hasta qué hora?”
La mujer de un político de la época, Jacinto María Ruíz, le
escribió a la reina Isabel a París que “Dios, en su justicia, le ha dado al
duque de la Torre, para su castigo, la mujer que merecía; esta mujer hace de él
lo que quiere y lo llevará al abismo”. Entre otras cosas, esta jugosa carta
revela detalles tan divertidos como que el general Serrano, incapaz de negarle
a su mujer el ayuno de los viernes cuaresmales, cenaba con ella las viandas de
vigilia y después, pretextando que se iba a Llardy a tomar café, daba cuenta allí
de unos solomillos de puta madre.
Paradójicamente, otro que sintió mucho la muerte del general fue Cánovas, el capitán de la causa monárquica. Es por ello que muchos historiadores se han quejado de que las relaciones de Concha con Cánovas, o con la reina Isabel, no se hayan estudiado a fondo; afirmación que vendría a insinuar que el general podría estar detrás de la idea de dar un golpe de fuerza militar en favor de la monarquía; golpe que él era el único con prestigio suficiente para dar.
La muerte de Concha alejó toda posibilidad de un golpe
militar monárquico, cuando menos en la mente de Cánovas. El político conservador se negaba en redondo a esta posibilidad, pues
quería el regreso del rey con todas las de la ley. “Lo que hay que hacer es
preparar la opinión ampliamente y luego aguardar con paciencia y previsión una
sorpresa”, le escribe a la propia reina el 13 de abril de 1874. Y el 8 de mayo:
“cualquier indisciplina puede perdernos”. Son formas elegantes de exigir a la
reina que no sea pollas y dé pábulo a quienes, con seguridad, están viajando
París a ofrecerle alzamientos, gritos y pronunciamientos que, Majestad, no
pueden fallar.
El 28 de noviembre de 1874 es el cumpleaños del príncipe, que Cánovas, en Madrid, convierte en una manifestación de fe monárquica. El gobierno, nervioso, amenaza con deportar a los marqueses de Molíns y de Villar, monárquicos conspicuos. Asimismo, prohibió a la prensa felicitar al rey y, asimismo, prohibió en todas las fondas de España que se sirviesen comidas de más de seis cubiertos.
Sin embargo, el sentimiento en España es cada vez mayor.
Agotados por una república vacilante y caótica, que ahora ha devenido en
inoperante y tan sólo formalmente democrática, los españoles añoran a ese rey
que la propaganda canovista les vende como si fuera la hostia en verso. Desesperado, el general Serrano impulsa la candidatura de la duquesa de
Montpensier para ser reina de España, buscando dividir a los monárquicos, una
vez que la abdicación de Isabel II los ha unido (bueno, neto de los carlistas,
claro; que cada día cuentan menos). Sin embargo, el problema de Cánovas no era
la oposición republicana, sino la fuerte presión militar en favor de un golpe. Uno
de los grandes conspiradores monárquicos en la milicia, el brigadier Luis
Dabán, le escribe en diciembre de 1874 una carta al general Martínez Campos en
la que le informa de que teme ser destituido el mes siguiente, lo que
debilitaría la causa alfonsina. El 21 de diciembre, Martínez Campos le escribe
a Alfonso de Borbón confesándole: “me he hecho incompatible con don Antonio Cánovas,
que podrá ver con más calma y lucidez el estado de los asuntos, pero que yo
creo que no va por buen camino; y he creído de mi deber acudir a VA rogándole
me autorice reservadamente para obrar independientemente de él”.
El día 27, Martínez Campos abandona Madrid, camino de
Valencia. Según todos los indicios, lo hace sin haber recibido contestación del
príncipe (entre otras cosas porque, merced al diario del coronel Juan de
Velasco, que entonces era acompañante de Alfonso, sabemos que él no estaba en
París, adonde fue enviado el mandado, sino en Inglaterra). La marcha a Valencia
de Martínez Campos está provocada por un telegrama del almirante Aznar: “Naranjas
en condiciones”. Es el santo y seña pactado con Dabán de que las cosas están
bien para un movimiento. En Madrid, únicamente le comunica que va a
pronunciarse a su amigo el general Valmaseda, y se lo insinúa a la condesa de
Heredia Spínola, furibunda monárquica que suele comerle la oreja con que es
demasiado blando con la situación. En esa misma casa deja una carta dirigida a
Cánovas, con la instrucción de que no le sea entregada hasta que “se tenga
noticia en Madrid de lo que voy a hacer”.
La discreción de Martínez de Campos tuvo su fruto. El
gobierno poco supo de las intenciones monárquicas y el jefe del Estado estaba
en el Norte, en la guerra. Cinco días antes de la movida, Castelar, prohombre
republicano, le escribía una carta a un amigo en la que le aseguraba que la
causa monárquica estaba en su punto más bajo.
Lejos de ello, el 29 de diciembre, a eso de las nueve de la mañana, Martínez Campos arenga a los soldados de la brigada Dabán a las afueras de Sagunto (el jefe de la guarnición de la ciudad, coronel Ripoll, se negó a que la proclama tuviese lugar en su interior), proclamando rey a Alfonso XII. El capitán general de Valencia el general Ignacio María del Castillo, no se opone y pide al gobierno su relevo. El general Joaquín Jovellar, jefe del Ejército del Centro, adhiere a éste al movimiento.
Esa misma mañana, el grito de Sagunto se conoció en Madrid, pero el gobierno apenas dio instrucciones al gobernador civil, Juan Moreno Benítez, para que detuviese a Cánovas, el duque de Sesto, y otros monárquicos. Alcañices, por cierto, se enteró con tiempo e, inmediatamente, fue a la calle de la Madera, donde vivía Cánovas, para advertirle. Pero el político conservador se negó a moverse, porque no quería ser identificado con el movimiento insurreccional. Sin embargo, dio instrucciones a Alcañices para que huyese, y le cedió los poderes de acción que a él le había dado la reina. Así pues, Alcañices volvió a su palacio, el actual Banco de España, donde se encontró con varios amigos, entre ellos el famoso y algo violento Felipe Ducazcal. Hizo salir, solo, a su mozo de cuadras, Manuel Sánchez, a quien todos en Madrid llamaban El Calandria. Éste esperó en la calle de la Greda con un coche de alquiler, en el cual fueron ambos a casa de otro importante monárquico, Alejandro Castro; y, probablemente por no sentirse seguros ahí, acabaron por irse a hacer noche a la de José Ramiro de la Puente y Apecechea y González-Nardín, marqués de Alta Villa.
Moreno Benítez se negó a alojar al detenido Cánovas en su
destino, digamos, legal, que era la pútrida e insalobre cárcel de El Saladero,
en la plaza que es hoy de Santa Bárbara (llamada así porque antes había sido un
matadero de cerdos). Así pues, Cánovas quedó inmovilizado en un despacho del
propio gobierno civil. Hasta allí tuvo que llegarse un joven de 17 años, Julio
María de la Luz Claudio Francisco de Asís Elías Nicolás José Santiago Gaspar de
Todos los Santos Quesada-Cañaveral y Piédrola Osorio Spínola y Blake, quien
algún día sería conde de Benalúa y duque de San Pedro de Galatino pero que,
entonces, no tenía más características que ser sobrino y ahijado del duque de
Sesto y lo suficientemente joven como para no despertar sospechas. La propia policía
le ayudó en su encomienda pues, en saliendo del palacio de Alcañices en
compañía de otro tío suyo, el marqués de Castelar, la bofia detuvo a éste
creyéndole el duque de Sesto, y lo llevó al gobierno civil. Allí se deshizo el
error pero, mientras las aclaraciones venían, el chico tuvo tiempo de localizar
a Cánovas y darle la misiva secreta que su tío le había dado para el politico conservador. De tan mala manera, pues, controló el gobierno
formalmente republicano las comunicaciones entre los monárquicos.
[Aunque no tenga nada que ver con nuestra historia, Benalúa
fue enterrado en Granada, a su fallecimiento, el 17 de julio de 1936; esto es,
apenas horas antes de estallar la guerra civil, con lo que, probablemente, se
convirtió en el último español significado cuyas exequias se produjeron antes
de empezar ésta].
Al día siguiente, Sagasta y todo el gobierno estaban muy
nerviosos y, en puridad, su gran esperanza era que Cánovas permanecía contrario
al golpe. De hecho, al parecer Cánovas dio instrucciones al marqués de
Valdeiglesias, Ignacio José Escobar y López Hermoso, propietario del diario
monárquico La Época, para que éste se
posicionase claramente contra el golpe. Sin embargo, si esto fue así, primero
Escobar le convenció de que no podía ir contra los hechos (para entonces los
conservadores, reunidos en casa del conde de Cheste, poco menos que querían
descuartizarlo por no apoyar el grito de Sagunto); y, finalmente, el gobierno decidió, suspendiendo el periódico.
Durante todo el día, el gobierno sondeó los cuarteles, y lo que encontró fue tan categórico que resolvió no disparar ni un solo tiro (como de hecho ocurrió) e intentar una última medida desesperada. En la tarde, Cristino Martos visitó a Cánovas en su “cárcel” del gobierno civil.
Según el testimonio de quien luego sería marqués de
Valdeiglesias, entonces un adolescente que se había colado, literalmente, en la
habitación, el diálogo fue tal que así.
MARTOS: Yo respeto tu patriotismo, tus ideas y tu conducta
política. Pero en este instante, cuando tenemos guerra en Cuba, guerra en el
Norte y los restos de las cantonales, no creo que se deba llevar al país a otra
guerra civil. El momento es inoportuno.
CÁNOVAS: Yo he deseado la restauración de otra manera, pero
ante la actitud del Ejército y la opinión unánime del país, acepto y recojo el
procedimiento. No puedo oponerme a él, es mi deber. Y estate tranquilo; no
habrá otra guerra civil, nadie la desea; la restauración, y con ella la paz,
son un hecho.
A eso de las ocho, mientras los Moreno Benítez obsequiaban
con una opípara cena al detenido y sus acompañantes, el gobierno, reunido en el
Ministerio de la Guerra (en Cibeles, frente al Banco de España), telegrafiaba a
Serrano. Serrano les comunicó que, en el Norte, las tropas habían declarado que
no lucharían contra defensores de Alfonso. En la Puerta del Sol, a esa hora, un
hombre, cuya filiación ignoro, fue detenido por dar vivas a Alfonso XII. Pero, probablemente, antes de
que llegase a la comisaría, el gobierno ya había cedido sus poderes en el
capitán general de Madrid, quien, inmediatamente, había llamado a Cánovas a
formar gobierno. El capitán general se busca un emisario de confianza para el
receptor: Gonzalo de Vilches y Parga, primer conde de Vilches, apasionado
hombre del aparato estatal de Isabel II que ha quedado bastante apartado de la
primera línea política, y precisamente por eso de indubitables credenciales
monárquicas. Pero cuando Vilches llegue al gobierno civil se encontrará con que
Cánovas ya no está ahí: tras la cena, el gobernador lo ha liberado y de hecho
Cánovas, con su pequeña troupe, se ha
ido hacia el Ministerio de la Guerra.
Allí, una vez que llegó también el duque de Sesto, se formó el primer gobierno de regencia. La I República había muerto. Entre todos la mataron, y ella sola se murió.
Allí, una vez que llegó también el duque de Sesto, se formó el primer gobierno de regencia. La I República había muerto. Entre todos la mataron, y ella sola se murió.
El general Serrano, por su parte, se despedía en el Norte de
su sueño imposible de llegar a ser, algún día, Príncipe de Vergara como
Espartero. En Tudela, donde se encuentra, resigna el mando en el siguiente del
escalafón (aunque mi documentación no es completa, pudo ser en Álvaro Laserna y
Martínez de la Hinojosa, segundo conde de los Andes), y atraviesa la frontera.
Adivinanzas (José María Chao)
Pues sí, las respuestas, como siempre, iban bien tiradas. Hay quien dijo Vigo porque el protagonista de la anécdota, José María Chao, era de Vigo; pero la respuesta más precisa era Santiago de Compostela, porque fue allí donde este liberal a machamartillo, químico y farmacéutico, estableció su botica.
Lo de la carta dejemos que lo cuente, mejor que yo, el poeta gallego Curros Enríquez, en el delicioso libro dedicado a glosar la vida del hijo de José María, Eduardo Chao:
Paseábase un día en su despacho el general Eguía, de infausta memoria. Aquel tigre, a quien Fernando VII había hecho capitán general de Galicia, no debía hallarse de muy buen humor.
De pronto, entró en su despacho uno de sus ayudantes.
- Mi general -hubo de decirle-; acaban de entregarme este pliego urgente para VE.
- ¡Ábrelo! -Replicó el general secamente, sin dejar su paseo ni levantar la cabeza.
El oficial abrió el sobre.
- ¡Mi general! -Volvió a decir-: El pliego trae un segundo sobre, que dice: Urgentísimo y reservado.
- ¡Ábrelo! -Volvió a decir el general; y continuó paseando.
El oficial abrió el segundo sobre.
- ¡Mi general!, hay un tercer sobre, y dice: Reservadísimo. Del Rey, para el general Eguía.
El general se detuvo.
- ¡Veamos! -Dijo, alzando la frrente y recogiendo el pliego de manos de su ayudante.
Dirigióse a su mesa, se sentó en su sillón, y apoyando el pliego en uno de los cajones que tenía abiertos, introdujo el índice por uno de los dobleces y rompió el sobre.
En el mismo instante se oyó una fuerte detonación; la mesa salió en pedazos, y el general y la silla rodaron pòr el suelo.
Cuando se levantó, tenía una de las manos destrozada.
- ¡Aun me queda la otra para ahorcar al culpable! -Dijo; y luego, reparando en los restos de la carta explosiva, cuyo fulminante había rozado el general con el dedo, añadió-: ¡Nadie más que Chao es capaz de inventar obra tan perfecta!
Lo de la carta dejemos que lo cuente, mejor que yo, el poeta gallego Curros Enríquez, en el delicioso libro dedicado a glosar la vida del hijo de José María, Eduardo Chao:
Paseábase un día en su despacho el general Eguía, de infausta memoria. Aquel tigre, a quien Fernando VII había hecho capitán general de Galicia, no debía hallarse de muy buen humor.
De pronto, entró en su despacho uno de sus ayudantes.
- Mi general -hubo de decirle-; acaban de entregarme este pliego urgente para VE.
- ¡Ábrelo! -Replicó el general secamente, sin dejar su paseo ni levantar la cabeza.
El oficial abrió el sobre.
- ¡Mi general! -Volvió a decir-: El pliego trae un segundo sobre, que dice: Urgentísimo y reservado.
- ¡Ábrelo! -Volvió a decir el general; y continuó paseando.
El oficial abrió el segundo sobre.
- ¡Mi general!, hay un tercer sobre, y dice: Reservadísimo. Del Rey, para el general Eguía.
El general se detuvo.
- ¡Veamos! -Dijo, alzando la frrente y recogiendo el pliego de manos de su ayudante.
Dirigióse a su mesa, se sentó en su sillón, y apoyando el pliego en uno de los cajones que tenía abiertos, introdujo el índice por uno de los dobleces y rompió el sobre.
En el mismo instante se oyó una fuerte detonación; la mesa salió en pedazos, y el general y la silla rodaron pòr el suelo.
Cuando se levantó, tenía una de las manos destrozada.
- ¡Aun me queda la otra para ahorcar al culpable! -Dijo; y luego, reparando en los restos de la carta explosiva, cuyo fulminante había rozado el general con el dedo, añadió-: ¡Nadie más que Chao es capaz de inventar obra tan perfecta!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
