domingo, junio 30, 2013

Seis y medio

No es éste el momento de señalar las grandes deficiencias de nuestra enseñanza universitaria. Pero sí puedo lamentarme del estado de confusión o de atraso en que nuestros institutos y nuestros colegios dejan a la juventud española, que entra en la vida científica y literaria, o simplemente en el trato social que implica cierta cultura, desprovista de aquellos supuestos necesarios para el desarrollo de sus facultades y la apropiación de sus aptitudes. Así se observa el deplorable desconocimiento en que vive una parte de nuestro público de datos, conceptos, teorías y antecedentes a que se hace referencia incluso en la conversación diaria, y no digo ya en los centros de superior ilustración, en los círculos políticos, en la polémica periodística y en las altas esferas del Gobierno, la legislación y la cultura.
Rafael María de Labra. Conferencias de El Fomento de las Artes. Madrid, J. Góngora y Álvarez, editor. 1889.



Por lo que he podido leer, uno de los temas que anda por ahí rulando por el mundo mundial (español, claro está) es la opinión del denostado ministro de Educación, José Ignacio Wert, en el sentido de que habría que sacarse un seis y medio de nota para poder optar a becas en la universidad. Las redes han reaccionado inmediatamente difundiendo, que yo haya visto, sendas fotocopias de los libros de notas de José María Aznar y Mariano Rajoy (aunque, en el caso de Aznar, la fotocopia que se adjunta se refiere únicamente a su nota de francés), con calificaciones que claramente no pasarían ese corte.

Esto último debo confesar que no lo entiendo. Tanto Rajoy como, sobre todo, Aznar, fueron niños wealthy, inscritos por lo tanto en familias que tenían recursos económicos no digamos que sobrados, pero sí, cuando menos, holgados. ¿Quiere decir, entonces, la fotocopia: que deberían haber recibido una beca para entrar en la universidad? Tal y como yo lo entiendo, en familias como la de Aznar o Rajoy, la decisión de entrar en la universidad o dedicarse a otra cosa debería competir únicamente al educando y a sus padres, que lo van a pagar.

El fondo de la cuestión, sin embargo, es otro. El fondo de la cuestión es ver una tentativa de numerus clausus como una forma de discriminación. Entre los muchos amigos que tengo y que están en contra de la idea expresada por Wert, cuando menos de momento el argumento que me exhiben viene a ser siempre el mismo: la educación es un derecho, y colocar un listón por encima del aprobado puro y duro (cinco sobre diez) es coartar ese derecho.

La primera pregunta es: ¿por qué por encima del aprobado? Mis interlocutores tienen muy interiorizado, como yo, el hecho de que para aprobar hay que sacar un cinco sobre diez. Es, además, una frontera intuitiva (la mitad). Pero no por eso deja de ser un límite totalmente arbitrario. Se aprueba cuando se demuestra un conocimiento de la mitad de la materia, pero, ¿por qué no se podría aprobar demostrando, digamos, un tercio? O un 10%. Aquí, de lo que se trata, es de fijar un límite que, de alguna manera, nos diga que el alumno se ha convertido en una persona suficientemente experta en una materia como para que el Estado le pueda extender un papelito que diga que todo aquél que necesite un experto en dicha materia, por la razón que sea, puede confiar en él, o ella. Y una beca no es sino una ayuda pública que se le concede a alguien para que pueda obtener esa certificación. Ayuda que se le puede conceder porque se tienen indicios racionales de que va a ser capaz de obtenerla con aprovechamiento; o, simplemente, se le puede conceder porque sí.

En todo caso, al fin y a la postre, ¿por qué saberse la mitad de la materia concede esa vitola de expertise? ¿Por qué no, repito, un tercio, o la cuarta parte, o la quinta? ¿Nos sentiríamos seguros en las manos de un médico que ha demostrado conocer un tercio de las cosas que nos pueden estar pasando? Parece que la respuesta más lógica es: no. Pero, una vez contestada esta pregunta, surge otra: ¿y si lo que sabe es la mitad de las cosas que nos pueden estar pasando?

Esta pregunta nos lleva, a mi modo de ver, a un desarrollo: la educación puede ser concebida como un derecho; pero, aunque así sea pensada, es mucho más. La educación es el cimiento sobre el cual se asienta la competitividad de una sociedad y de una economía. Es el elemento que garantiza que el médico va a dar con la verdadera dolencia que se esconde tras nuestros extraños síntomas; o el piloto que de repente va y se posa sobre un río; o el policía científico que encuentra la abstrusa prueba definitiva que mete al asesino en la cárcel. La educación es un proceso cuyo objetivo (otra cosa es que lo consiga) es garantizarnos que cuando haga falta que alguien haga lo que tiene que hacer, sepa que lo tiene que hacer, y sepa hacerlo.

Digo esto porque el debate sobre la discriminación en la educación tiende, a mi modo de ver, a confundirse muy a menudo con el egalitarismo. De hecho, en mi opinión, esto es exactamente lo que ha pasado en España durante el último cuarto de siglo. La educación no debe, o no debería ser, discriminatoria, en el sentido de que quien quiera y pueda utilizarla no sea apartado de la carrera por un quítame allá esa tuition. El egalitarismo es lo mismo, sólo que elimina las palabras «y pueda».

El egalitarismo entiende que todo aquél que desee la educación (me refiero, obviamente a la voluntaria; la obligatoria, por definición, no hay posibilidad de no desearla) debe tener acceso a la misma. Y, consecuentemente, bloquearle dicho acceso es coartarle un derecho. Se lo discrimina, decimos; aunque, en realidad, ya digo que lo que estamos diciendo es que se rompe el egalitarismo de la educación española y, en general, de muchos países occidentales desde Mayo del 68, que es el padre esencial de todas estas teorías.

La primera consecuencia de este orden de cosas, a mi modo de ver, es que impide la planificación seria de la educación. Realizar planes a largo plazo para una facultad se convierte en una labor imposible. Porque planificar a largo plazo supone estudiar la calidad y cantidad del pastel educativo que se va a entregar a los alumnos; pero como se desconoce el número de alumnos que se va a tener (este guarismo depende de ellos; depende de cuántos de ellos deseen entrar en esa facultad), nunca podremos estimar el dato que es realmente relevante, esto es el tamaño global de pastel que vamos a tener que conseguir... Sí, ya sé que las facultades tienen numerus clausus. Hasta el día que la sociedad, o más bien parte de sus representantes, decidan, en aras del egalitarismo, que dicho numerus clausus deja fuera a demasiada gente. Ese día, el nivel de poder o autonomía de la universidad para poner pies en pared, y colocarse como Gandalf a la puerta de la facultad gritando «¡No puedes pasaaaar!», es nulo. Cero. Patatero.

El primer juego de ordenador que me fascinó se llamaba Dictator. Se jugaba en aquel Sinclair perralleiro y era una especie de sencillo juego de rol en el que tú eras el dictador de una república bananera y tenías que tomar decisiones para mantenerte en el poder. Era un juego genial porque, a pesar de su sencillez, te enseñaba muy rápidamente un principio que hoy está ausente del sentir de las sociedades modernas: casi todas las decisiones que puede tomar una sociedad (porque, teóricamente, las decisiones de los gobiernos las toman las sociedades), si no todas, tienen pros, pero también tienen contras. Son mantas pequeñas. Taparse los pies, casi siempre, supone dejarse la cabeza fría, y viceversa.

La marea verde de la calle opera como si este principio no existiese; en términos generales, todo aquel que reivindica lo hace tiñendo su reivindicación de un tinte de perfección absoluta: lo que él pide es posible conseguirlo sin, por decirlo mal y pronto, joder a nadie. La marea verde reclama más gasto en educación, sin añadir a su discurso dos elementos: el primero, la justificación de que mayor gasto vaya a suponer mejor educación (cosa que yo no tengo tan clara: un ordenador por alumno ni de coña quiere decir un alumnado ducho en informática); el segundo, que ese mayor gasto tendrá que salir de algún sitio y, como la educación es una cosa muy seria, cuando se echan cuentas se ve que con quitarle la subvención a la Iglesia, poner un impuesto a las grandes fortunas y vender los coches oficiales (los tres grandes mantras presupuestarios de la modernidad) tal vez no llegue. Especialmente si, acto seguido de ponerse uno la camiseta verde, va y se pone la bata blanca (más gasto sanitario), coge la pancarta de la I+D (más gasto para la investigación), aplaude a rabiar a los manifestantes que llegan del norte (más dinero para subvencionar el carbón), se indigna porque España va a convertirse en un páramo cultural (más dinero para el cine), y...

Lo mismo que pasa con el principio atractor de la educación moderna, que es el gasto presupuestario (todo debate sobre la educación tiende a este argumento; y los debates, los haga quien los haga, acaban pareciéndose enormemente unos a otros, convirtiéndose en debates fractales), pasa con el temita éste de las becas, los méritos, y el reparto de las ayudas. El problema no es que la sociedad española esté tomando una opción, porque ésa es su obligación. El problema es que, tal vez, no lo sabe.

La opción es clara: utilizar el sistema educativo como elemento redistributivo que haga que la sociedad tienda a la igualdad. El ejemplo a seguir son los sistemas educativos escandinavos, que son tremendamente igualitarios, nos dicen los pedagogos. Pedagogos que, como no suelen saber demasiado  de otros temas, olvidan que la igualdad social de los países escandinavos se apoya y nace de otras cosas, notablemente de su concepción del gasto social, que es bastante distinta a la nuestra (por decirlo mal y pronto: en Suecia jamás se aprobaría un programa del estilo del Plan de Empleo Rural); y que, asimismo, es hija de un espíritu colectivo de sostenimiento del Estado que está bastante lejos de las prácticas del español medio (ojo: he escrito medio, no rico), que está buscando constantemente la forma de hacer la pirula y pagar sin IVA. O no pagar en lo absoluto (gentes que ganan 2.000 euros al mes y se bajan de internet toda la música que escuchan y todas las series y películas que ven). Para alcanzar la perfección finlandesa hace falta más que estrategas en la calle de Alcalá diseñando una ley orgánica de educación. Mucho, mucho más.

Con este concepto redistributivo, la educación tiene que fabricar cohortes de españoles que tengan las mismas oportunidades. Lo cual supone tratar de forma igual a los desiguales, porque no todo el mundo se busca las mismas oportunidades; los que estudian más, se buscan más; pero, dentro de este sistema, tienen sustancialmente las mismas. El sistema de becas tiene que garantizar que todo el mundo que quiera estudiar, se esfuerce lo que se esfuerce, lo pueda hacer. Porque si el concepto que tiene el becario de estudiar es sacar cincos, esto es algo que el sistema de becas, por así decirlo, tiene que respetar.

Como opción, ya digo, es completamente factible y respetable. Lo que a mí me inquieta son dos cosas.

La primera es que este tema no se explique en toda su extensión. En España, de tres décadas para acá, no hay un debate educativo. Hay un sistema educativo egalitario encastillado que resiste numantinamente los ataques de cualquier otro modelo que se proponga; modelo que, además, y ésta es la segunda cosa que me inquieta, es tratado de modelo alienígena, exterior, extraño al sistema y a sus objetivos, pecaminoso.

Los pensamientos únicos no son nunca buenos. Y surgen siempre de la misma realidad: la ausencia de debate. El debate educativo español se basa en convencer a la gente de que no hay debate. De que aprés l'egalitarisme, le Deluge. Se basa en convencer a la gente de que pedir un seis y medio para conseguir una ayuda de los impuestos de todos para poder acceder a la enseñanza universitaria es colocarse extramuros del sistema educativo, hacer algo raro, al servicio de intereses espurios; algo que sólo va a servir para intensificar la desigualdad social española. Y, sin embargo, con el sistema actual de becas, que si Wert habla del seis y medio será, digo yo, porque las concede con cincos, hay 30.000  pollos que tienen que dejar la universidad porque no pueden pagar las matrículas. Con sólo suponer que el 5% de ellos sean buenos estudiantes, ya tenemos 1.500 españolitos que estudian, que se esfuerzan, que vienen de casas de pela corta; pero que, como el sistema de becas tiene que llegar también para sus compañeros de pupitre que se tocan los huevos en cuanto pasan del cinco, se tienen que ir a la puta calle, a hacer el curso CEAC de auxiliar de enfermería. Toma ya igualdad de oportunidades.

Yo pienso que es exactamente al revés; que el egalitarismo a quien beneficia es a quien puede pagarse una educación elitista, y jode al que podría haberse convertido en un ingeniero de puta madre estudiando en una universidad pública. Pero ése no es el tema. El tema es: ¿verdaderamente se fomenta una discusión de este asunto? ¿Verdaderamente hemos sopesado los pros y los contras? ¿Hay un plan sobre qué tipo de español formado necesitaremos en el año 2050? ¿Se ha ajustado la planificación de becas a dicho plan?

Y lo realmente importante, ya lo he dicho, es que aquí se ha producido una opción de la que yo creo que la mayoría de la sociedad no es consciente; no digo que no fuese la decisión de esa misma sociedad si fuese informada; digo que no se le ha informado.

La actual política educativa en España lleva ya décadas practicándose, por mucho que se haya ido cambiando o matizando mediante leyes. Esto quiere decir que ya está en condiciones de empezar a mostrar sus resultados. Hay uno que me parece especialmente importante, y que se puede leer en el reciente informe de la OCDE sobre la educación en España que ha sido presentado en nuestros lares.

La OCDE realiza un cálculo interesante del nivel de retorno que tienen los sistemas educativos: esto es: en qué medida el estudiante (dividido en dos: hasta la universidad, y universitario o FP Superior) realiza un retorno a la sociedad, entiendo que mediante el dinero que gana y que se convierte en declaraciones de impuestos, consumo, etc. El informe, así, calcula el valor actual neto de ese retorno, utilizando tres países (Estados Unidos, Alemania y Finlandia) como benchmark. He recolocado (que no reelaborado) los datos en el siguiente gráfico (el valor de los retornos está calculado en dólares USA), añadiendo (línea verde) la diferencia porcentual existente entre el retorno de los estudiantes hasta bachillerato, y de universidad (para los que se lean el informe: gráfico 2.12, página 28).







El gráfico demuestra, creo yo, que el sistema educativo español ya ha conseguido su objetivo fundamental: la igualdad social. Los retornos de los estudiantes hasta la universidad son básicamente los mismos que los retornos de los estudiantes universitarios; algo que no pasa en ninguno de los otros tres países, donde al universitario le cabe esperar, por así decirlo, una vida mucho más rentable que al no universitario. Incluso en la muy egalitaria Finlandia, de cuyo sistema educativo todos nos hacemos lenguas, pasar a la universidad supone generar un retorno (que yo entiendo como expectativa de beneficio personal) que dobla el esperado en el caso de no entrar en ella.

Citemos el propio informe: «En España, las ganancias absolutas, tanto públicas como privadas, de un hombre con estudios terciarios alcanzan 145.762$. Un titulado en segunda etapa de Educación
Secundaria o postsecundaria no Terciaria obtiene 124.251$». El incentivo económico de ir a la universidad, pues, son unos 20.000 dólares en términos de VAN. Incentivos que son mucho mayores en los países que se comparan.

España, por lo tanto, ya ha tomado una decisión. Su decisión ha sido construirse como un país donde las personas con educación secundaria son relativamente más prósperas que en otros países de su entorno, a costa de que las personas con educación universitaria sean relativamente más pobres que dicho entorno, conformando de esta forma una sociedad en la que la diferencia entre ir o no ir a la universidad es, realmente, muy pequeña (respecto, obviamente, de quedarse a las puertas, no de ser un analfabeto).

Es a la luz de estas cifras que cuando menos yo empiezo a comprender el debate del cinco raspado. No se trata tanto, a mi modo de ver, de que la persona que saca un cinco se merezca, per se, ser becada. Se trata de que esa oferta de becas es coherente con una estrategia que se basa en una universidad capaz de absorber en su seno a todo aquel que desee estar en ella, aunque llevando a cabo dicho deseo la universidad se masifique y genere este efecto que denuncia el gráfico, y es que licenciarse en una facultad española no supone tener expectativas de acceder a puestos súper-remunerados. Resulta paradójico comprobar que en España haya tanta titulitis, cuando resulta que el título apenas te mejora el nivel de vida un mísero 17%. Y, además, no se comprende que, por una parte, se defienda el actual modelo universitario y, acto seguido, se elaboren discursos críticos sobre la larga travesía en el desierto becario que han de pasar los licenciados, cobrando sueldos de hambre por hacer su trabajo y, en general, el bajo nivel salarial español. Una cosa está ligada a la otra; si se compra una, se compran las dos.

Y, como digo, como estrategia no es deleznable. Es una más. Pero yo me sigo preguntando si, verdaderamente, los ciudadanos españoles, y muy especialmente los que son padres, saben que esto es lo que están apoyando.

jueves, junio 27, 2013

Hitler y Palestina (y 10)

De esta serie se han publicado ya un primersegundo,  tercercuartoquintosextoséptimooctavo y noveno capítulos.


A lo largo del mes de agosto de 1942, el mariscal Rommel comenzó a preparar una segunda ofensiva sobre El Alamein. En septiembre se esperaban en la zona dos divisiones británicas más y, además, una serie de suministros de guerra prometidos por Roosevelt a Churchill tras la caída de Tobruk, y que estaban doblando el cabo de Buena Esperanza. La clave era golpear antes de la llegada de los refuerzos. A pesar del pesimismo de los italianos (Mussolini, tras haber estado esperando en Derna a su entrada triunfal en Egipto, regresó a Roma el 20 de julio), los alemanes estaban convencidos de ser capaces de llegar al Canal de Suez en unos pocos días.

domingo, junio 23, 2013

Hitler y Palestina (9)

De esta serie se han publicado ya un primersegundo,  tercercuartoquintosextoséptimo y octavo capítulos.

En los tiempos en los que la operación de El Alamein se vio detenida, y como ya hemos comentado, los países del Eje todavía eran extraordinariamente optimistas. En la mente de los germanos, de hecho, todavía se estaba produciendo el movimiento de pinza del cual formaba parte el ataque en el sur de la URSS.

viernes, junio 21, 2013

Un enemigo (más) de la Gran Bretaña

Supongo, o quiero suponer, que alguno de vosotros está esperando que continúe la serie sobre Hitler y Palestina que inicié más o menos al mismo tiempo que el relato sobre Mayo del 68. Si es así, lo primero que quiero decir en este post de hoy es que tengáis paciencia. No es que todo llegue, es que está a punto de llegar. Como aperitivo, y para recuperar el ritmo y entrar en el calor de la zona y de la época, hoy os voy a hablar de un teatro colateral que también tiene su interés, y la figura de un señor de la guerra.

Militarmente hablando, y aunque los años de la larga dominación no están exentos de episodios comprometidos, el principal problema que tuvo Inglaterra en sus posesiones indias fue la frontera noroeste del país; esto es, la raya de Afganistán. En 1894, con ese espíritu sobrado de los conquistadores, los ingleses trazaron una línea completamente arbitraria entre las dos naciones, la llamada línea Durand; con lo que lo que consiguieron fue que los habitantes de la zona, los afganos, también llamados patanes o pashtunes, no reconociesen aquel borde que se les imponía. El problema, como tal, habría de sobrevivir medio siglo. Durante mucho tiempo, los británicos tomaron la costumbre de cerrar la frontera a la puesta del sol, disparando contra todo aquél que la pretendiese traspasar desde entonces.

En el año 1940, tras el estallido de la segunda guerra mundial, los ingleses se dieron cuenta de que tenían un gran problema. Los afganos eran una plétora de tribus y, por lo tanto, estaban fuertemente divididos y muchos de ellos sólo actuaban en sus ámbitos locales. Pero, a pesar de esas limitaciones, un pueblo esencialmente guerrero como el afgano tenía la capacidad de levantar unas tropas (que no un ejército; son cosas distintas) de más de 400.000 hombres, lo que les daba una teórica capacidad de enfrentarse con el ejército británico destacado en la India (y formado, para más inri, básicamente por soldados locales).

La estrategia de los afganos solía ser tratar de bajar al valle del Indo para, una vez allí, soliviantar a la población local contra el Imperio. Sin embargo, como digo, en esta estrategia a menudo se mostraban divididos. La cosa comenzó a cambiar al principio de la guerra con el surgimiento de un líder militar, el fakir de Ipi, Mirza (también conocido como Hadji, el peregrino) Alí Kahn. Había nacido en 1892 y para entonces era el imán de la mezquita de Ipi, a la ribera del río Tochi, uno de los afluentes del Indo; todo ello situado en el Kafiristán, que, si no recuerdo mal, es el famoso país que fue reinado por un británico en el relato de Ruyald Kipling El hombre que pudo reinar, magistralmente llevado al cine por Sean Connery y Michael Caine. Cuando ya había adquirido bastante fama como líder religioso, en su región se montó un pollo relacionado con la conversión forzada al Islam de una niña, que provocó la entrada de las tropas británicas en el área, destruyendo viviendas, entre ellas la del propio Ali Kahn. Aquella represión le dio todavía más prestigio.

Kahn entró en relación con los Camisas Rojas, un grupo agitador conectado con el Partido del Congreso indio de Pandit Nehru y Mahatma Ghandi. En 1937 ya había declarado la yihad contra el inglés, pero, con el estallido de la guerra mundial, un nuevo elemento aparece en el tablero: la connivencia con las potencias del Eje.

En realidad, Kahn no es el único elemento antiinglés que mantienen los alemanes en la zona. También hay que tener en cuenta a Mohamed Saadi al-Keilani, primo de Suriya, la reina casada con el monarca afgano Amalulah, en ese momento exiliado en Roma. Al-Keilani había estudiado en Berlín y tenía contactos con los conspiradores iraquíes que, como hemos visto en la serie sobre Hitler y Palestina, trataron de soliviantar al país contra el poder británico. Fracasada la rebelión iraquí, Keilani huirá a Siria, donde será detenido por fuerzas de la Francia Libre y entregado a los ingleses, los que acabarán comprobando que recibía recursos del ejército alemán.

En esas circunstancias, la mejor baza para el Eje en Afganistán será Alí Kahn. Joachim von Ribentropp decide apostar por el tema y envía a Kabul al jefe de la sección oriental de su ministerio, Werner von Hentig, otro viejo conocido de Al-Husseini y los conspiradores palestinos que ya hemos ido viendo. En los contactos interviene también el representante italiano en la capital afgana, Pietro Quaroni. Es Quaroni, de hecho, quien consigue que, en febrero de 1941, pueda viajar a Kabul Subas Chandra Bose, antiguo presidente del Partido del Congreso. Alemanes e italianos le comen la oreja a Bose con que sólo hacen falta 50.000 hombres bien equipados para, bajando desde Afganistán, tomar el imperio de la India. El fakir tiene que ser el general que necesitan.

En marzo de aquel mismo año, los representantes del Eje firman con Ali Kahn un acuerdo por el cual le entregan 25.000 libras mensuales por levantarse contra los ingleses; el doble si consigue que la revuelta ocupe toda la frontera; el triple si consigue la participación de todas las tribus afganas. El problema, en ese punto, no será conseguir el dinero, que es calderilla para los alemanes. Es conseguir cambiarlo en rupias, sin lo cual no vale nada.

En junio de 1941, el secretario de la legación italiana en Kabul, Enrico Anzilotti, se infiltra en el Beluchistán inglés, donde se entrevista con el fakir, que pide más medios. El tema deja de ser, en ese punto, intermediado por los italianos para pasar a manos de los que realmente tienen medios, que son los alemanes.

La inteligencia alemana diseñará dos operaciones. La operación Feuerfresser (comedor de fuego), y la operación Tigre. Contactan en Roma con el rey Amalulah y, en Suecia, con un explorador y aventurero de fuertes simpatías nazis, Sven Hedin. En Kabul, un tal teniento Witzel, jefe de la inteligencia alemana en la zona, contacta con el fakir. La central de Berlín envía a dos espías: Manfred Oberdörffer y Frederik Brandt. Sin embargo, estos dos serán fruto de una emboscada realizada por tropas británicas y afganos proingleses. Oberdörffer muere en la refriega.

Todos estos sucesos van retrasando la concordia entre alemanes y activistas afganos hasta que, por medio, se produce un gran cambio en el entorno: el ataque alemán sobre la URSS. Obviamente, este hecho abre enormes posibilidades de entendimiento entre Moscú y Londres, que se repartirán zonas de influencia en Irán y se juramentarán para mantener el control sobre Afganistán, para garantizar sus comunicaciones.

El fakir Kahn, para entonces, está empezando a desafectarse de la causa alemana. Para entonces, dice, se ha dado cuenta de que «los alemanes no son más musulmanes que los británicos». Para lubricar la situación, Ribentropp libera un crédito a favor del afgano por valor de 4,5 millones de marcos. Kahn toma el dinero con renuencia pero, finalmente, se decide a actuar. Es el momento. Para los británicos la situación es desesperada. Ha caído Singapur, y Birmania y, consecuentemente, la India está en serio peligro.

Con 500 hombres y una artillería modesta, Kahn ataca el puesto de Datta Khel, en la rivera del Tochi. El plan es poseer a partir de aquí el Kafiristán y, una vez hecho esto, descender sobre el valle del Indo, que esperan encontrar en posición de sublevarse contra el inglés debilitado. Los británicos desvían tropas del frente birmano (tropas, ojo, prácticamente sólo de hombres blancos) y los envían a Datta Khel. Lord Linlithgow, virrey de la India, le escribe a Churchill que la situación es la más seria desde 1857, es decir la llamada rebelión de los cipayos.

Otras tribus guerreras ocupan la línea férrea que une Karachi, Hyderabad y Lahore. La situación es comprometidísima para los británicos, que decretan la ley marcial en la zona. En Berlín, los agitadores musulmanes y Chandra Bose preparan la nueva Constitución de la India libre.

¿Qué falló? Pues, básicamente, lo mismo que falló en Stalingrado: el mariscal Hermann Göring.

El teniente Witzel, que ya hemos dicho coordinaba todas las operaciones de inteligencia sobre el terreno, había informado a Berlín que lo que se había declarado con la acción de Datta Kehl había sido una guerra en toda regla. En las guerras ganan los buenos aprovisionamientos. Las tribus del Kafiristán necesitaban unas 525 toneladas de munición, que debían ser provistas desde el Cáucaso por la Luftwaffe. Pero la fuerza aérea alemana, lo sabemos por Stalingrado, será incapaz de asumir ese nivel de transporte. De hecho, la derrota en la ciudad soviética terminará con todos los planes alemanes de tomar la India.

Los italianos se ofrecen para realizar el aprovisionamiento desde su base aérea en Rodas. Pero el fakir se niega. Para entonces, tiene ya demasiado miedo la fuerza de los británicos. A partir de 1944, la guerra en toda regla se convertirá en guerrilla.

Alí Kahn no terminó sus acciones con la segunda guerra mundial. En 1946, todavía intentó federar a varias tribus afganas para atacar a los ingleses. Y, al año siguiente, tras la independencia y partición de la India, intentó crear un estado en la frontera bajo su presidencia, intención que fue impedida por las tropas pakistaníes.

En 1955, cuando Kruschev visita Kabul, el fakir todavía no ha depuesto sus armas. Finalmente, el líder soviético logrará convencerle de que acepte un acuerdo amistoso.

Mirza Hadji Alí Kahn murió retirado en su villa de Ipi en 1960. La prensa inglesa, en tal ocasión, lo saludó como «un adversario valiente y honorable».


martes, junio 18, 2013

Los señores del poder



Hay varias buenas noticias que contar sobre este libro de José Varela Ortega. La primera y más importante es que es, probablemente, uno de los libros más inspirados y completos que se pueden encontrar hoy en las librerías sobre la Historia de España (y, por extensión, de Europa; sobre todo, de Francia). En medio de un panorama repleto de escritorcetes que con dos fichitas y una ideología construyen la historiografía, o por lo menos lo intentan, este libro de Varela, al fin y al cabo intelectual del círculo de conocimiento de Santos Juliá (con mucho, la mejor historiografía española en la actualidad), sorprende por lo sólido de sus desarrollos, y lo apabullante de sus fuentes.

Es tan así que, en realidad, Los señores del poder es, hoy, la mejor herramienta que el lector puede encontrar para entender la Historia de España. Sin embargo, todo tiene sus contras, o sus problemas, como se mire.

El principal de ellos, que si el lector tiene una serie de presupuestos ideológicos sencillos, lo mejor es que no se lo compre, porque perderá el dinero. Por ejemplo, si consideras que un tirano es siempre una figura política destinada a favorecer a los poderosos, no te lo compres. Si consideras que la Historia política de España entre el final de la guerra de la Independencia y la II República es una especie de mezcolanza aburrida en la que no pasó nada de interés, no te lo compres. O si piensas que la democracia española es, o debe ser, directa heredera de la II República, tampoco te lo compres.

La segunda cosa importante que debes entender es que este libro es un ensayo histórico. Eso quiere decir que no cuenta ni describe la Historia de España, sino que la explica. Así pues, hay que tener un poquito de nivel para leerlo. Ésta es la condenación de la obra; debería ser leída por muchas personas que, sin embargo, no pasarían de la página 30 porque son demasiadas las cosas que se dan por sabidas. Para colmo de colmos, el autor obtiene una buena parte de los ejemplos que necesita para describir los elementos evolutivos de la política del mundo clásico, romano y sobre todo griego. Considerando que el conocimiento de los clásicos es una de esas cosas contra la que se ha practicado la limpieza étnica intelectual, la cosa se hace más difícil todavía. Pero, vaya, si eres ducho en Solón, que sepas que este libro te explica con gran pericia por qué sigue, de alguna manera, presente en tu vida.

El sujeto del libro es España. O, más concretamente, los políticos de España, entendida esta expresión en un sentido amplio, puesto que el sintagma «los políticos de España» ha incluido, hasta hace bien poco, a clases teóricamente externas, como el Ejército. Es un libro sobre los políticos de España, y de cómo han trabajado, en los últimos 200 años, para moldear el poder, moldearse en el poder, e intentar conservarlo. Es un hecho sobradamente formulado pero merece la pena repetirlo cuantas veces sean necesarias: el objetivo del político, en términos generales, no es el bien común, sino la conservación del voto. Evidentemente, por eso el político democrático, hoy en día, trata desesperadamente de convencer al público de que las cosas que dicho público quiere votar son el bien común; pero en modo alguno se erige en esa figura platónica del aristos al frente de la cosa pública, transmitiéndole a la gente lo que él cree que es el bien común.

Arrancando, como decíamos, desde Solón y Clístenes, Varela Ortega nos cuenta cómo las clases gobernantes se han ido encontrando con los conflictos, y los cambios que han ido diseñando en el sistema político para evitarlos. Es importante entender, para que luego las ilusiones no se conviertan en abucheos, que éste no es un libro que historie de corrupción política, el engaño o la falsedad. Lo que se describe puntillosamente, con España en el centro, es la forma en que los políticos han ido diseñándose a  sí mismos y a los sistemas en los que actuaban para superar los problemas y contradicciones surgidos en la etapa anterior.

La figura del político, en tanto que representante de algo más que de sí mismo y sus intereses, nace, como otras tantas cosas, en la Revolución Francesa. Como hijo de la Revolución Francesa es la figura del Ejército nacional, que es una cosa que da mucha fuerza cuando se tiene una nación querida que defender, pero también es un portillo por el que se cuela la idea de que los sables tienen el derecho, y en ocasiones el deber, de actuar «por el bien de la Nación». El nacimiento de la política, daño colateral de la soberanía nacional (popular, se diría desde posiciones más enrabietadas), genera en España la dicotomía entre liberalismo y conservadurismo, que dio para tres guerras civiles hoy bastante olvidadas, entre otras cosas porque ni la cultura ni la enseñanza oficiales se ocupan de recordarlas; dicotomía que generó un tablero de juego, bien descrito en esta obra, por el cual los perdedores no se veían abocados a lo que hoy llamamos oposición, sino a ser perseguidos, exiliados y reprimidos (the winner takes it all, cantarán, siglo y medio después, los muy civilizados suecos); con lo que no les quedaba más que una manera de revertir la situación: echar mano de los espadones.

Todo aquel montaje, notablemente insensato e ineficiente, hizo crisis en La Gloriosa de 1968, que a pesar de ser una revolución ilusionante no logró evitar evolucionar como un proyecto radical y exclusivista y acabó degenerando en un golpe reaccionario. El autor explica en ese punto los porqués de la Restauración, montaje político muy longevo (medio siglo) diseñado por Cánovas para, nos dice, alejar definitivamente al Ejército del poder político (no por casualidad, pues, la señal de que dicha Restauración ha llegado a su punto máximo de empobrecimiento moral es... un golpe militar). Las dos grandes familias del liberalismo pactan un turno pacífico, aderezado por una oposición minoritaria controlada, casi una colección de geranios decorativos, basado en el principio, que hoy nos parece realmente peripatético, de que las elecciones las ganen siempre quienes las convocan, léase quienes las organizan desde los gobiernos civiles.

En una descripción de este tipo, es lógico que aparezca el caciquismo como fenómeno de primer nivel. Sin embargo, Varela nos recuerda, de alguna manera, que la visión moderna del caciquismo como algo superado es un tanto infatuada. Los caciques de hogaño favorecían a sus amigos; era la suya una operación deleznable, pero razonablemente barata. Los políticos de hoy favorecen a sus electores, que son mucho más y, por lo tanto, demandan mucho más dinero.

Los capítulos dedicados a la II República y a la deriva hacia la guerra civil son especialmente brillantes. Ya digo que quien esté acostumbrado a juzgar este periodo de la Historia de España a base de los prólogos de los libros y los guiones de las series de Televisión Española, mejor es que no haga el intento de atacar este libro; empezará aburriéndose, seguirá cabreándose, y acabará entrando en este blog a intentar trollear cualquier post; lo cual es, digámoslo claramente, un puto coñazo.

Muy sucintamente, el juicio analítico de la II República es: hubo democracia, pero no hubo alternancia. Como por otra parte reconocen con bastante claridad muchas memorias, cartas y conferencias elaboradas por los exiliados tras su derrota (en frases que se echan bastante de menos en las triunfalistas memorabilias al uso en el presente), la II República nunca integró dentro de sus objetivos existenciales la aceptación e integración del contrario. El suyo fue un régimen que no es que no hiciese esfuerzo por meter dentro a los que dudaban; es que los prefería fuera. Con el tiempo, se ha consolidado en el imaginario colectivo de muchos departamentos de Historia de las universidades y en las editoriales polémicas el concepto de que fue la deriva de las derechas hacia el fascismo la que justificó los siempre justificables «excesos» de las izquierdas. Este argumento, sin embargo, hace trampas intentando convencernos de que la operación utilizada es conmutativa, cuando no lo es. El orden de los factores altera el producto. La deriva al fascismo provocó los movimientos de las izquierdas... o, tal vez, los movimientos de las izquierdas provocaron o permitieron (se peca de palabra, de obra y de omisión) dicha deriva. No es lo mismo.

La II República era un proyecto todo lo bonito que se quiera, que lo era; pero era de una unidimensionalidad tan acojonante que fue arrancándose plumas hasta quedarse sólo con las de la cola, y aun así se veía a sí misma satisfecha, y satisfecha la siguen viendo sus nietos, que se han olvidado de leer a los Prieto, Azaña, Araquistáin, etc., de durante y después de la guerra. Tal vez por eso el neorrepublicanismo reacciona como reacciona ante la Transición de los setenta; al fin y al cabo, la hicieron aquéllos a los que ellos, entonces, y tal vez ahora también, querían dejar fuera del machito.

Flojea el libro, un poquito, al llegar al franquismo. A este bloguero, que ya ha escrito series sobre el tema y no se recata en confesar que le apasiona el proceso por el cual el general Franco consigue conservar el poder durante cuatro décadas en las que España pasa de ser Pocoyó a Brad Pitt, que se dice pronto; a alguien como yo, digo, le hubiera gustado un análisis algo más profundo sobre cómo el franquismo fue moviéndose y mutando conforme el tiempo pasaba y los ganadores de la guerra, por pura lógica demográfica, comenzaban a ser minoría. Porque creo que es un error ver en el franquismo esa longa noite de pedra, que escribió Celso Emilio Ferreiro, en la que la melodía de España se quebró y no pasó nada.

Con todo, el libro tiene un finale en completo stacatto, que son los materiales dedicados a los actuales procesos de memoria histórica y tendencia a denostar la Transición; que son, en el fondo, el mismo proceso. Son unas últimas decenas de páginas en las que el análisis gana ritmo, se vuelve casi frenético, y yo diría que demoledor. Se quedará en la memoria de los cuatro que lo lean, pero para éstos será una experiencia interesante, incluso aunque no compartan la tesis.

El problema, ya lo he dicho y simplemente lo reitero, es que quienes deberían leer este libro, no lo van a leer. No lo pueden leer, de hecho. Quien cree que las situaciones son el fruto de dinámicas unidimensionales; que vivimos en sociedades unicelulares donde cada cosa que pasa tiene una sola razón de ser; quien cree todo esto, digo, debería leer este libro para apreciar los muchos bordes que tiene el prisma de la Historia de España. Pero en la lectura se perderá, con mucha probabilidad, porque el libro es complejo.

Igual que las cosas que describe.

viernes, junio 14, 2013

Pepe Plazuelas

En el proceloso mundo de la monarquía española, hay algunas cosas que están claras. Por ejemplo, que Fernando VII es el rey más odiado por los españoles que hemos vivido después de él; y que su, digamos, competidor, el francés José Bonaparte, es el rey de España más odiado por quienes fueron sus súbditos.

El paso del tiempo ha terminado por reivindicar al hermano de Napoleón Bonaparte, si bien, quizás, no en la intensidad que se merece. La figura de José Bonaparte, probablemente, nunca podrá dimensionarse adecuadamente, por la simple razón de que siempre tendrá el rey francés un pecado capital, que es el de haber sido un rey impuesto; impuesto, además, por un invasor. Sin embargo, como digo es la del buen Bonaparte una de esas figuras que, como el buen vino, gana con el tiempo.

José Bonaparte, el mayor de la camada de tal apellido, nació el 7 de enero de 1768 en Corti, Córcega. Fue un hijo tardío de los esposos Carlos Bonaparte y Letizia Ramolino, quienes para entonces llevaban cuatro años intentando concebir sin conseguirlo; eso sí, una vez abierta la lata, vendrían doce hermanos más.

José y su hermano Napoleón se fueron al continente a estudiar, pero en 1485 su padre falleció de un cáncer de estómago, precisamente estando en Montpellier visitando a sus hijos. Así pues José, como primogénito, hubo de regresar a Ajaccio a ocuparse de las exiguas rentas que su padre había dejado, mientras eran otros de sus hermanos los que se iban a estudiar. Años después, cuando la familia quedó asentada, decidió retomar sus estudios. Quería ser abogado y para ello quería ir a estudiar a Pisa, en Italia. En apenas un año, se doctoró en Derecho Civil y Canónico, regresó a Córcega, y se colocó como letrado del Consejo Superior de la isla.

Con la Revolución Francesa, toda la familia se trasladó a Marsella. Fue allí, en 1794, cuando José se casó con Julia Clary, hija de un comerciante local.

Cuando Napoleón fue nombrado general jefe del ejército de Italia, éste aprovechó para recomendarle al Directorio las habilidades de su hermano. París, en efecto, lo nombró embajador plenipotenciario ante la Corte de Parma y, poco después, en Roma. Prueba de que el Estado francés acabó viendo en él a uno de sus mejores diplomáticos es que, en 1800, le confiaría la negociación de los acuerdos de paz con Inglaterra y Austria, así como el Concordato con el Vaticano.

La proclamación del Imperio, obviamente, jugó a su favor. Fue nombrado Gran Elector, lo cual lo convertía en una especie de vicepresidente; y como tal ejerció en 1805, cuando las obligaciones bélicas obligaron a su hermano Napoleón a ausentarse de París. Tras la victoria de Austerlitz, Napoleón le entregó a su hermano un ejército para que conquistase el reino de Nápoles y, una vez que dicha conquista se hubo verificado, lo nombró rey.

En Nápoles, José Bonaparte, que por haber estudiado en Italia conoce el alma de aquella península muy bien, se hace querer muy rápidamente. Entre otras cosas, porque el rey francés toma diversas medidas de corte muy liberal: supresión de las normas feudales, rebaja en el poder de las grandes órdenes religiosas, venta de las tierras propiedad de la Corona y, sobre todo, dotación del país con una Constitución, la primera que tuvo. En 1808, cuando Carlos IV y su hijo Fernando renuncien en Bayona a la corona de España y consecuentemente Napoleón decida designar rey a su hermano, los napolitanos harán todo lo posible para que no se vaya.

Desgraciadamente para José, el gobierno monárquico es al gobierno a secas como una sociedad anónima deportiva a una sociedad anónima a secas: algo de naturaleza especial que se rige por reglas también especiales. Los reyes, además de ser buenos gobernantes, han de ser legítimos; esta característica, de hecho, es tan importante que no es nada raro que el rey sea un perfecto zote, y sin embargo siga siendo aceptado como tal por el hecho de ser el primogénito de su padre, o sea legítimo. Y, recíprocamente, un rey excelente será un mierda si no es legítimo. José Bonaparte fue rechazado por los españoles desde el minuto 1.

José Napoleón I hizo esfuerzos por ganarse a su pueblo. Sobre todo haciendo gala de una religiosidad que consideraba sería positivamente recibida por los españoles. En su mente, con seguridad, estaba su primer gesto como rey de Nápoles, que había sido ir a la catedral de San Genaro y tocar al santo patrón con su propio collar de diamantes; gesto que había arrancado una salva de aplausos del pueblo napolitano. Así pues, Bonaparte, que era masón, tomó la costumbre de oír misa diaria en distintos templos de la ciudad donde se encontrase. Comenzó a ir a los toros, a pesar de que era una fiesta que le repugnaba. Y gustaba, cuando comía en público, de ordenar paellas valencianas; un plato que encontraba peor que el agua sucia. Todo, para caerle bien a los españoles.

A los once días de entrar en Madrid tuvo que salir a la naja de la ciudad, tras el descalabro gabacho en Bailén. Cuando pudo volver, una vez que su propio hermano le ayudó a recuperar la capital, se aplicó a rediseñar urbanísticamente la ciudad, que entonces era un villorio caótico. Proyectó, pero nunca realizó, una avenida similar a la que sería de los Campos Elíseos en París, desde el Palacio Real hasta la Cibeles. Lo que sí hizo fue racionalizar el tránsito y la organización urbana con la creación de varias plazas hoy bien conocidas: Santa Ana, del Carmen, del Rey, de los Mostenses, de San Ildefonso y de San Martín; sólo le valieron para ser conocido por los madrileños como Pepe Plazuelas.

José Bonaparte era bien consciente de los problemas que planteaba que la propia Francia se tomase su presencia en España como una ocupación. Por eso trató siempre de convencer a los militares franceses de que trajesen a España a sus familias; instrucción que fue normalmente preterida (sin ir más lejos, por su propia señora esposa).

El rey francés, además, reunió una corte de afrancesados, españoles normalmente ilustrados que habían asumido los ideales de la Revolución Francesa y, consecuentemente, estaban por los planes reformistas del monarca. Los Goya, Cabarrús, Maiquez, etc., han sido sistemáticamente maltratados por no pocos historiadores, que habitualmente olvidan que todos ellos tenían un soporte legal para hacer lo que hicieron, que era la renuncia expresa de su rey, Fernando VII; cosa que no tenían, por ejemplo, los colaboracionistas franceses de Vichy; los cuales, sin embargo, qué cosas, resulta que eran todos resistentes escondidos y antihitlerianos furibundos. Y un pene como una pieza de menaje.

En una cosa José Bonaparte inició una tendencia que seguirían después los borbones y aun ese breve rey llamado Amadeo de Saboya (que ya la rima tenía que haber dado para sospechar, la verdad): el carácter de pichabrava.

Ya en Nápoles, José había tenido dos hijos extramaritales con una siciliana. Instalado en España, siguió con sus correrías extramuros del sacramento, hasta encontrar a la marquesa de Montehermoso; que, la verdad, el nombrecito del título ya, de por sí, promete. María del Pilar Acedo y Sarriá hablaba perfectamente francés e italiano y tocaba la guitarra con mucho gusto. La cosa es que esta señora tenía una casa en Vitoria muy grande y cómoda. Así pues, estando José en la ciudad vasca, se hospedó en ella. Una mañana se asomó al patio y vio a una criada joven; al punto, la hizo llamar para preguntarla si quería salami. El caso es que se la tiró, razón por la cual aquella mañana no despachó con sus ministros.

Por la tarde hubo una kale borroka en Vitoria de la hostia. La gente quería linchar a la criada por haberse acostado con el francés; toda la ciudad conocía de la aventura porque la propia marquesa de Montehermoso la había contado, celosa de que el rey hubiese cedido a los encantos de una criada. Así pues José, una vez que logró impedir que a la pobre mandadera se la llevase por delante la turba por un quítame allá esos polvos, se lió con el ama. La señora marquesa debía de tener querencia por el francés, porque cuando de España fueron expulsados los gabachos y ella, viuda ya, se fue al exilio, casó con un militar galo, el señor de Caravesse.

Tampoco fue manco el idilio de José con Teresa Montalvo y O'Farril, condesa de Jaruco y oriunda de Cuba. Había enviudado muy joven de un hombre riquísimo, el conde de Jaruco, y estaba bastante más que buena. Además, era sobrina de uno de los ministros del gobierno bonapartista. Tanto y tantas veces se desarrollaron los amores entre ambos que José acabó gastándose un millón de reales en comprarle a la señora un palacio en la calle Clavel esquina Bilbao. Teresa murió, sin embargo, pocos meses después, momento que el rey aprovechó para empezar a cortejar a una de las hijas de ésta, Mercedes, casada con un militar, el general Merlín. El caso es que la Montehermoso, que había contemplado con no poca preocupación el encoñe real con la cubana, decidió que ya era suficiente y le fue con el cuento al general con que si el rey se está tirando a tu señora, man. La situación en la Corte se hizo muy compleja. Allí todo el mundo sabía que sabía. Al fin, un día, José Bonaparte hizo con el general eso de preguntarle, como quien no quiere la cosa, qué haría él si su mujer le engañase. Como quiera que Merlín le contestara que matar al amante sin dudarlo, el hermano de Napoleón decidió meterse la picha para dentro.

José Bonaparte fue un legalista hasta el final. En su finca de Montefontaine, ya en Francia, tras la guerra de la independencia, se obstinó en abdicar de la corona de España por el bien de todos los españoles que le habían servido, muchos de los cuales estaban con él, para que pudiesen así pasar al servicio de Fernando VII sin problemas ni escrúpulos (aunque el rey español demostró bien pronto que no tenía ningunas ganas de conservarlos sobre la faz de la Tierra). Y, por cierto, era casi abstemio. Sorprende, en este punto, la falta de puntería del pueblo español, que lo llamaba Pepe Botella, afeándole un vicio que no tenía; sin caer en la cuenta de lo muy rijoso de sus costumbres. Pero, bueno, esto del sexo desenfrenado, no hay más que leer la Historia,  ha sido un defecto que los españoles, tradicionalmente, perdonan a sus monarcas.

He dicho que la figura de José gana con el tiempo, y a lo mejor es que gana en exceso. Sinceramente, las teorías de que España habría sido otra si se le hubiese dejado gobernar, me parecen bastante desacertadas. José Bonaparte se resistía a las ideas de su hermano Napoleón de anexionar a Francia toda la España a la derecha del Ebro (como ya sabemos que soñó también Luis XIV); pero que se resistiese no quiere decir que fuese capaz, finalmente, de ganarle la partida a ese señor a quien los españoles llamaban El Empeorador. Su reinado no podía llegar a nada y, probablemente, de prolongarse habría supuesto la provincialización de un tercio de España que, con seguridad, habría revertido al país después de la caída de Napoleón. Que el tío era majo, vale. Que eso podría haber cambiado la Historia de España, ejem...

martes, junio 11, 2013

Soixante huit (Epílogo, o sea, juicio)

Bueno, después de un montón de capítulos dedicados al movimiento de Mayo del 68, que intentaré acopiar ahora para ofrecerlos en un solo post para masoquistas, creo se impone cerrar esta serie con un epílogo que trate de elaborar un juicio histórico sobre estos hechos de la Historia reciente de Francia y de Europa.

Mi juicio, creo que es lo justo decirlo así, de salida, no es muy bueno. Es más: tiendo a pensar que las personas que tienen un muy buen juicio de Mayo del 68, lo tienen así porque no lo conocen. Si algo descubre estudiar este movimiento es lo diferente que fue en la realidad a lo que luego se ha hecho de él; una característica que se puede aplicar a otros muchos procesos de corte más o menos revolucionario, desde la revolución francesa a la rusa, pasando por la Comuna, 1848, el espartaquismo, etc. Hay dos cosas que me llaman poderosamente la atención de Mayo del 68 y que tengo por mí que la mayoría de los que lo admiran desconocen.

La primera es que M68 dio escasos réditos, si es que dio alguno, a sus líderes; y, sin embargo, fue oro molido para los segundones de la partida. Como ya se ha dicho en algunos puntos de estas notas de una forma algo menos organizada, ninguno de los grandes organizadores de las movidas de M68 llegó a algo serio en el mundo de la política francesa o europea. Daniel Cohn-Bendit, el supuesto Gandalf el Blanco de aquel movimiento, se ha arrastrado durante décadas, a extramuros de la Política con p mayúscula, vinculándose a organizaciones minoritarias que, en esto ha sido honesto, consideraba eran las que mejor representaban las ideologías que se manifestaron en el Quartier Latin. Alain Geismar ha tenido una existencia de personaje de segunda fila en las estructuras de poder, de florón de aquellos tiempos. Jacques Sauvageot ni siquiera intentó eso. El maoísmo militante, que iba a mover el mundo mundial si hemos de creer a la dinámica de las asambleas de Nanterre, no se ha comido una mierda en elección alguna en Francia tras los sucesos. Alain Krivine, la Gran Esperanza Trotskista, se ha quedado para vestir, si no santos, sí por lo menos revolucionarios. Y qué decir de Pierre Mendes-France, que iba a ser el Archipámpano de la Revolución, el Nuevo Gran Timonel, el hombre que traería al gobierno de Francia los usos democráticos de verdad y bla...

Pîerre Mendes-France ocupa hoy en las enciclopedias Larousse mucho menos espacio que el hombre que se ofreció para ser presidente de la República en cohabitación con él. Ese hombre, François Mitterrand, sí que ganó con el proceso: quince años después, fue, efectivamente, Monsieur le Président. El Luis XIV de la V República, y eso a pesar de haber sido un político desahuciado durante varios puntos de su carrera, y de poder ser, de hecho, blanco de muchas preguntas incómodas sobre su pasado (que nunca le llegaron porque, además de beneficiarse de M68, Mitterrand siempre se benefició del proceso de alucinación colectiva de la sociedad francesa respecto de sus actitudes frente a, o más bien respecto de, Hitler).

Aunque un buen análisis debería ser más profundo y aflorar más nombres, no deja de ser cierto que los dos grandes ganadores de la política francesa tras Mayo del 68, además de Valéry Giscard d'Estaign, que ya estaba jugando su baza antes de que los hechos ocurrieren, son: un representante del socialismo oficial que tuvo un papel poco menos que protocolario en el proceso revolucionario, y que de hecho se subió al carretón en las últimas, François Mitterrand; y el oscuro, pero al mismo tiempo brillante (este señor es así: un oxímoron en sí mismo), secretario de Estado de Empleo que firma con los sindicatos y la patronal los acuerdos de Grenelle y los posteriores: Jacques Chirac. Si parásemos por cualquier calle del Quartier Latin, a finales de mayo de 1968, a cualquiera de aquellos estudiantes gafapastas que, tras un aspecto de empollón, escondían a un maoísta de la UJCml, o a un trotskista lambertista, o, lo que es peor, a un guerrillero katangoise de aquéllos que pululaban por la Sorbona patrullándola como si París fuese la selva congoleña; si parásemos a cualquiera de éstos y les dijésemos que Mitterrand y Chirac serían los dos grandes receptores de poder tras el proceso que estaba llevándose a cabo, se habría partido literalmente la caja de risa. Esto es así porque la inmensa mayoría de aquellos jóvenes eran marxistas bastante ortodoxos; y, consecuentemente, creían estar viviendo un proceso dialéctico en el que ellos no eran la antítesis, sino la síntesis; y, consecuentemente, no aceptaban un movimiento de reflujo, una marea baja como la que finalmente se produjo, y que instaló a la sociedad francesa, y por extensión las europeas, muy lejos de las soluciones extremas que M68 propugnaba.

Otro elemento importante que aflora del conocimiento mínimamente profundo de Mayo del 68 es la inveracidad absoluta de la afirmación de que fue «un proceso de unión de la izquierda». En realidad, fue todo lo contrario. Nadie en el ámbito de las derechas francesas combatió Mayo del 68 con tanta saña como el Partido Comunista Francés. La colección de L'Humanité de aquellos cincuenta días está petada de artículos de fondo, algunos de ellos escritos por el propio Georges Marchais, poniendo a parir a los revolucionarios de Nanterre. Las gentes de izquierdas suelen tener una visión idílica de sí mismas y, por lo tanto, les cuesta ver los espacios de competencia y, sobre todo, les cuesta admitir que, en el marco de una competencia de estas características, cualquier formación es capaz de dar la espalda a sus propios principios con tal de meterle a sus camaradas una buena cucurbitácea camino del sigma rectal. Esto mismo hicieron el PCF y su sindicato amigo, la CGT. Y, haciendo eso, violaron los únicos, en realidad muy pequeños, posibles que tuvo aquel movimiento de triunfar.

Los movimientos fracasan, y tal le pasó a Mayo del 68; pero eso no quiere decir que no triunfen a la larga. Mayo del 68, de hecho, es un movimiento ampliamente triunfante, hasta el punto de que todos los que hoy estamos vivos sobre la Tierra, cuando menos en los países occidentales, somos, de alguna manera, hijos de Mayo del 68. Los españoles, tal vez, en mayor medida que otros, puesto que hemos abrazado ese movimiento (que pasó de nosotros como de comer mierda, como bien recuerda el escritor y gastrónomo Xavier Domingo, que sí estudiaba en Nanterre en aquellos días, en un artículo que escribiera para la revista Historia 16) como si fuera nuestro; como digo, las más de las veces sin conocerlo, sin valorarlo y, ojo, sin haberlo vivido.

La gran herencia que nos ha dejado Mayo del 68 es la filosofía del egalitarismo. En esto, a M68 se le nota la vis anarquista. Los mismos marxistas que durante la II República española y la Guerra Civil combatieron el egalitarismo de la FAI han terminado por asumir el egalitarismo de M68 y hacerlo suyo. Hoy, lo que no trata por igual a todo el mundo, no es ni democrático ni defendible. M68 ha servido para olvidar que, en realidad, discriminar es tratar de forma desigual a los iguales; merced a su raíz anarquista, ha conseguido convencernos de que la práctica de tratar desigualmente a los desiguales también es deleznable.

El ejemplo más claro donde se ve esto es en el ámbito de la educación. Ayer mismo seguía yo en Twitter una discusión sobre el tema de las becas. Un tuitero, obviamente liberal, venía a decir que permitir que la universidad se llene de brillantes y de zotes no hace sino hacer zotes a los brillantes. Entonces alguien le contestó algo así cómo: «el hecho de que defiendas becas con alta exigencia de nota demuestra lo que opinas de la igualdad». Esto, en junio del 2013, es Mayo del 68 en estado puro. La educación es un derecho y, por lo tanto, no se puede vedar el acceso a la misma a nadie; aunque sea un zote. Aunque, en expresión muy española, no valga para estudiar. Unas becas que te financiasen todo, absolutamente todo, pero que te exigiesen una nota de 8,5 o superior, estarían tratando de forma desigual a los desiguales. Y eso, tras Mayo del 68, también es pecado.

El espíritu de Mayo del 68 se ha cargado la educación en los países occidentales, y algún día, tal vez, los impulsores de este proceso se encontrarán con generaciones que les pedirán cuentas por ello. Las cosas se podrían escribir de forma más edulcorada, pero es lo que hay. Mayo del 68 fue, primero que todo, un proceso de cambio en el sistema educativo, muy influido por la forma de pensar de la primera mitad del siglo XX, que concebía (Big Brother, Brave, brave new world...) las sociedades occidentales como enormes fábricas de epsilones sin pensamiento; de personas sin criterio ni capacidad crítica, «diseñadas» para trabajar por los engranajes capitalistas. En la resistencia frente a ese orden de cosas soñó un sistema educativo distinto, en el que había que desterrar cosas como: el aprendizaje memorístico, el saber clásico, los exámenes (anda que no ha dado para pajas sin fin el mito ése de la evaluación continua...), los deberes, la disciplina en clase, los castigos, y, en general, la autoridad. Autoridad del maestro y autoridad del esfuerzo; ambas. La educación deja de ser un proceso por el cual el maestro, por interés o generosidad, vierte sus conocimientos sobre el alumno (en la antigua India, las clases comenzaban con una breve ceremonia en la que los alumnos colocaban su cabeza bajo el pie del maestro); para pasar a ser un proceso compartido de conocimiento e integración, y todas esas cosas.

Por el camino, el espíritu de Mayo del 68, que surgió para evitar que el mundo fabricase epsilones, lo que ha hecho ha sido fabricar un mundo de seres concienciadísimos que no distinguen un logaritmo neperiano del lápiz de labios de Beyoncé.

Otra gran herencia de Mayo del 68 es el muy especial concepto de representatividad social y política. Hoy estamos tan acostumbrados a vivirlo que ni nos percatamos de cómo es; pero resulta realmente curioso a poco que se piense.

Tiene su coña eso, que se dice mucho, de que Mayo del 68 fue un movimiento democrático. Mayo del 68 fue un movimiento asambleario, que no es lo mismo. De democrático tuvo poco, ya que sus propios impulsores, lo dejaron bien claro en sus manifiestos y sobre todo en las entrevistas que el propio Cohn-Bendit concedió a la prensa en aquellos momentos, concebían su movimiento como una democracia reservada a los suyos. Mayo del 68, como movimiento, otorgaba carnés de demócrata; y a quien no lo recibía, lo lapidaba, como pudieron apreciar incluso prestigiosos premios Nobel, cercanos al movimiento, que intentaron hablar en esa supuesta ágora abierta a todos en que se había convertido Nanterre, y no lo consiguieron porque quienes consideraban aquel foro de su propiedad democrática no permitían notas discordantes en el mismo.

Ni qué decir tiene que tampoco colabora mucho para elevar las credenciales de democracia del movimiento su punto más elevado, que es el mitin de Charléty; reunión en la cual, ahí está la prensa de la época y bastantes libros que lo cuentan muy bien, la tesis que se defendió era la toma revolucionaria del poder bajo la interpretación de que la masiva huelga general del país había demostrado que el Estado gaullista había dejado de existir. Los revolucionarios de Mayo del 68 no estaban dispuestos a someterse al examen de las urnas y, precisamente por eso, el gesto del Gobierno Pompidou de convocar elecciones acabó con la ya muy frágil (en realidad, inexistente) unidad del movimiento. Porque los verdaderos activistas e ideólogos de Mayo del 68 no querían ir a unas elecciones; querían tomar el poder. Se sentían sobradamente legitimados para ello; y aquí reside la segunda gran herencia de Mayo del 68.

Se puede formular así: la legitimidad se puede obtener de las urnas, o de otra manera. O, si se prefiere: la legitimidad de la calle es tan legitimidad como la de las urnas. Incluso, más. Así las cosas, en el mundo post Mayo del 68 hay un alcalde que decide urbanizar una zona; entonces llegan unos señores, la Asociación Ecologista de la Loma Tiesa, y dicen que eso es una burrada. Y, automáticamente, el alcalde (que ha sido elegido para ser alcalde) ya no tiene que negociar con los concejales (que también han sido elegidos para ello), sino con la Asociación Ecologista de la Loma Tiesa; que son unos señores de los que, habitualmente, se desconoce cuántos militantes tienen al corriente de pago, cuánta gente les apoya, o la calidad de sus técnicos (si es que los tienen), etc. Simplemente, están ahí, y dicen que la calle los ha legitimado. Finalmente, el proyecto de urbanización ha de pactarse con unos señores que nunca han pasado por el filtro de los votos para estar ahí. En las siguientes municipales, un grupo ecologista, obviamente cercano a los de la Loma Tiesa, se presenta a las municipales, y saca tres votos; pero nadie parece darse cuenta.

Este proceso, que se puede apreciar en cualesquiera partes (véase el fenómeno de los reverendos afroamericanos de las ciudades de Estados Unidos, que dicen representar a una raza que luego vota a otros), es más intenso en España, porque en España, en realidad, fue un fenómeno que tuvo su justificación durante los años en los que la representación política no era perfecta porque estábamos migrando desde una dictadura. Hoy, sin embargo, tres décadas después de la construcción de los canales democráticos, ahí sigue.

En suma, Mayo del 68 no es un periodo histórico que despierte cuando menos mis pasiones. Le veo más sombras que luces y no acabo de ver la utilidad de su herencia; es más: en su herencia veo cosas que me gustan más bien poco. Pero está ahí, en nuestro ADN. Nosotros, las gentes de hoy, como Peter Parker, no podemos sortear el hecho de que, por mucho que lo neguemos, somos arañas.

miércoles, junio 05, 2013

Soixante huit (21: Coda sangrienta)

De esta serie se ha publicado ya un primersegundotercercuartoquintosexto,  séptimooctavo, noveno , décimo, décimo primer,  décimo segundodécimo tercer, décimo cuarto, décimo quintodécimo sextodécimo séptimo,  décimo octavodécimo noveno y vigésimo capítulo.

Resumen de lo publicado: El anuncio de Sauron de convocar elecciones en la Tierra Media ha terminado por dividir a hobbits, enanos y Rojirrim, que empiezan a tratarse los unos a los otros como si nunca hubieran sido amigos. Poco a poco, los enanos comienzan a amagar con dejar la huelga y volver a las minas, merced a las instrucciones recibidas por sus reyes de que lo importante es ir ahora a los comicios a encenderle el pelo al Señor Oscuro. Los hobbits, así las cosas, se quedan más solos que nunca.
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Aquel 10 de junio, un grupo de chicos y chicas maoístas de la UJC-ml regresa en París de una movida de apoyo a los huelguistas de la Renault. Bastante cansados, acaban de almorzar. Están al borde del Sena. Si hemos de creer a la versión policial, el grupo llega a un control de las fuerzas de seguridad y varios de ellos, intentando evitar el control, se lanzan al agua. Una chica es rescatada del agua viva; pero un chico joven, a pesar de los esfuerzos policiales (siempre según ellos mismos), perece ahogado. Se trata del joven de 17 años Gilles Tautin, alumno del instituto Stéphane-Mallarmé.

lunes, junio 03, 2013

Más sobre la muerte de El Hechizado

Hace muy pocos días le dedicamos unas líneas al tema de la muerte de Carlos II, El Hechizado, y las cuitas dinásticas que provocó. Algunos de mis amigos y lectores, sin embargo, al leer el post, me han, por así decirlo, reprochado que aquel texto se refiriese únicamente a las cuestiones de derecho sucesorio que estaban en juego. Ciertamente, en mi post apuntaba yo que había mucha política detrás de todo aquello; pero, tal vez, el relato de esto, de la política, quedó demasiado escamoteado. Estas notas de hoy pretenden solventar el problema.

miércoles, mayo 29, 2013

Soixante huit (20: por un quítame allá esas urnas)

De esta serie se ha publicado ya un primersegundotercercuartoquintosexto,  séptimooctavo, noveno , décimo, décimo primer,  décimo segundodécimo tercer, décimo cuarto, décimo quintodécimo sextodécimo séptimo,  décimo octavo y décimo noveno capítulo.



Resumen de lo publicado: El malvado Sauron, que sabe más por los siglos que lleva gobernando la Tierra Media que, en sí, por malvado, enciende un día su ojo en la cumbre de Mordor y lanza el mensaje inequívoco: de aquí no me mueve ni la Benemérita. Los hobbits, que ya se creían en posesión de la Tierra Media, se quedan con un palmo en las narices. Lo siguiente que hace Sauron es anunciar elecciones en la nación, con lo que los hobbits acaban ya por romperse: unos quieren presentarse a los comicios, convencidos de que pueden vencer al Señor Oscuro. Y otros quieren seguir repartiendo mangüitis.
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Hablando con propiedad, los sindicatos franceses han reaccionado días antes, tras el discurso de De Gaulle y la demostración de los Campos Elíseos, llamando a organizar un acto que suponga la digna respuesta a esa iniciativa. Sin embargo, poco a poco este entusiasmo de reacción se va matizando. Force Ouvrière, por ejemplo, no tarda a abrazar su táctica tradicional de que no merece la pena manifestarse en la calle por reivindicaciones políticas. Todo el mundo mira a la CGT. Pero la CGT es la mejor expresión del daño que le ha hecho el último gambito gaullista a las intenciones revolucionarias: lo más importante, dicen los sindicalistas, es, ahora, ganar las elecciones.

viernes, mayo 24, 2013

A la muerte de El Hechizado

Que en los comienzos del siglo XVIII en España se montó la marimorena, no hace falta ser catalán para saberlo y entenderlo. Nuestra guerra de sucesión es un hecho de capital importancia para el país por muchos motivos, algunos de ellos tan duraderos como la filiación de la dinastía que reina en nuestro país a día de hoy. Tal vez por ello, todo el mundo más o menos cultivado conoce el tema y sabe algo sobre él.

miércoles, mayo 22, 2013

El rey casto y su mujer española



El rey francés Luis XIII, llamado por sus paisanos El Justo, tiene como principal mérito ante la Historia el de ser el padre de Luis XIV, considerado por los franceses, tal vez, como el mejor rey que nunca tuvo Francia. Ese mérito, sin embargo, es dudoso, a decir de muchas interpretaciones. Interpretaciones que recuerdan las difíciles relaciones que tuvo Luis con su esposa, la española Ana de Austria; y, en general, la repugnancia o rechazo del contacto sexual, que también le ha valido a este rey el apodo de El Casto.

El de Luis XIII, sin embargo, difícilmente se puede considerar un caso de impotencia, como los observados o sospechados en otros reyes. El del rey francés es un caso de sexualidad compleja, en el que bien harían en bucear los estudiosos de las parafilias.

Lo primero que hay que decir de Luis XIII es que era hijo de Enrique IV. Esto que, así de principio, parece una gilipollez, no lo es tanto si al tiempo decimos que Enrique IV es, probablemente, el rey francés (y, quizás, no francés) más putero de la era moderna. De él se dijo que tuvo más de 50 amantes y una gran multiplicidad de bastardos. Era la suya una rijosidad democrática, pues igual le daba irse a la cama con una condesa dueña de una gran heredad que con la mujer de su jardinero. Era, pues, un hombre disoluto, como se decía antiguamente, que, como consecuencia, coqueteó con las enfermedades venéreas, habiendo sufrido, cuando menos dos veces, incapacidad de orinar por causa de afecciones gonorreicas.

Ese carácter no muy ejemplar afecta en gran medida a su hijo y delfín, que se crió en un ambiente un tanto extraño y no muy ordenado, en compañía de algunos de sus hermanos bastardos. Cabe adivinar que, a lo largo de aquellos años, desarrolló una extraña atracción por el sexo, combinada con el rechazo del mismo por el rechazo a su padre.

La vida de Luis XIII está extraordinariamente bien documentada gracias al diario de su médico, Jean Hérouard, quien realizó, a través de sus anotaciones, una descripción minuciosa de la infancia del Delfín. Descripción en la que quedan pocas dudas de la distancia entre padre e hijo. Nos cuenta el médico, en efecto, que, siendo Luis un niño, una de las damas de la reina le dijo: “no iréis a ser vosotros un lujurioso como vuestro padre”; a lo que el niño respondió con un seco, y frío “no”.

Hérouard nos informa que Luis XIII nació recio, musculoso y sano, aunque pronto se le presentó un problema que pudo ser de gran influencia en su sicología. Al día siguiente de haber nacido, su aya notó que sufría al mamar, por lo que le observó la boca para encontrar que aún tenía el frenillo, que le fue cortado por Gillemeau, cirujano del rey. Lamentablemente, la operación no salió del todo bien; o, tal vez, el niño tenía otro problema “de salida”. El caso es que, cuando empezó a hablar, se observó que tartamudeaba y pronunciaba algunos sonidos fónicos de mala manera. Si el gran problema de Luis XIII, como aseguran algunos historiadores, fue la timidez, aquello no pudo colaborar para hacerlo más extrovertido. Por cierto, que en Luis XIII se da una historia bastante parecida a la que cuenta la película El discurso del rey, puesto que en la más importante perorata de su vida, aquélla ante el Parlamento para sancionar su mayoría de edad, no se equivocó ni una sola vez. Se ignora si alguien le ayudó para ello.

En la infancia de Luis, éste tuvo un preceptor, Nicolas Vauquelin, que, dato importante, fue despedido muy poco después de la muerte del rey Enrique IV. A este hombre le adjudican no pocos libros la responsabilidad de haber dirigido una educación para el Delfín que no reparó en impulsar sus vicios. Siendo apenas un niño, el paje del señor de Longueville cumple su función de darle la novedad al rey-niño; servicio que éste contesta lui montrant sa guillery, que viene a querer decir, cuarta arriba, cuarta abajo, enseñándole la polla. El diario acontecer palaciego registra el mismo gesto de Luisito ante los embajadores de Saboya (tal vez, por la rima…) y de Escocia. Incluso delante del señor de Bonnières, aristócrata galo que le rendía en ese momento visita… acompañado de su hija. El médico real, con precisión notarial, nos hace ver que Luis niño juega constantemente con su ciruelo e incluso insinúa que va a hacer que la gente se lo bese. Tiene la costumbre de acostarse boca arriba para que todo el mundo que está con él pueda contemplar el espectáculo.

El matrimonio entre Luis XIII y Ana de Austria fue medio acordado cuando ambos eran apenas unos niños. Y, según diversos indicios, el niño Luis estaba como obsesionado con tirársela, aunque tal vez no entendiese muy bien el significado real de la cosa. El médico Hérouard le pregunta un día: “¿Dónde está la lindura de papá?”, refiriéndose a él; y el niño se golpea en el estómago. Luego le pregunta: “¿Y dónde está la lindura de Infanta [española: Ana de Austria, su futura mujer]; y el niño, por toda respuesta, se mete la mano en la bragueta.

A tiernísimos tres años, el 5 de agosto de 1604, la señora de Vendôme (a la que volveremos a encontrar en este relato, seriamente humillada por el rey), tras desnudar a su pariente, le pregunta si querrá que duerman juntos. “No”, le contesta el niño; “tú no eres la Infanta”.

Hay cosas que han intrigado a los historiadores de aquel niño pero que, probablemente, son más normales. Provenientes de la imitación realizada por un niño especial que puede hacer casi lo que le dé la gana. Un día ve a dos mujeres de la corte, y repara en que una le da a la otra un cachete en el culo. A partir de aquel día, él quiere golpear a las mujeres que le rodean con una pequeña fusta.

Hay que tener en cuenta que el propio rey tenía la costumbre, cada vez que regresaba de una jornada de caza (lo cual era muy habitual), de desnudarse, tumbarse en la cama y hacer desnudar a su hijo para que se acostara con él. Es posible que Enrique considerase que su hijo era poco viril y que haciendo cosas como ésa buscase corregir la situación. Mantuvo aquella costumbre de machotes acostándose en pelotas juntos hasta su propia muerte, que tuvo lugar cuando el Delfín tenía 9 años.

El diario de Hérouard, de hecho, es útil a la hora de valorar hasta qué punto al rey le preocupaba que su hijo pudiera ser un nenaza, y hasta qué punto lo presionaba por razones de Estado. Anota, entre otras cosas, que en 1605, cuando Luis tenía cuatro años, su padre lo llevó con él a contemplar un nuevo tapiz que representaba a unos niños, y allí le dijo: “Quiero que le hagas un hijo a la Infanta”. El niño le dijo que no lo haría. O sea, le dijo lo que cualquier niño le habría contestado.

A pesar de ese rechazo, son varias veces en el diario del médico en que se anota que Luis le ha asegurado a sus ayas que “la Infanta de España yacerá conmigo y yo le haré un hijo con mi polla”. Todo indica, además, que, conforme va avanzando la infancia del Delfín, todos estos conflictos van degenerando en una sexualidad mal asumida. Una noche, el niño tiene una pesadilla y su aya decide meterlo en su cama para que duerma tranquilo. En la mañana, el niño se despierta y le dice a la mujer: “Buenos días, perra, bésame”. Cuando el aya le inquiere por qué la llama perra, el niño contesta: “porque te estás acostando conmigo”. Suena a historia de su padre, el rey, mal contada, mal escuchada y mal comprendida.

Teniendo Luis XII catorce años (Ana de Austria apenas unas horas más que él), las diplomacias francesa y española deciden que ya es momento de que se casen. En el palacio del arzobispo de Burdeos se conocen el novio y la novia.

El Estado francés publicó un folletito, titulado Détail singulier de ce qui se passa le jour de la consommation du mariage de Louis XIII (25 décembre 1615). Según dicha obra oficial, todo fue de pila máster. Un poco en contra de las costumbres normales de la corona francesa, la reina madre, María de Medicis, solicitó de las dos camareras reales cuya función era pasar la noche entera en la alcoba de los novios que les dejasen una o dos horas a solas; tiempo tras el cual las dos mayordomas penetraron en la habitación para comprobar que el rey había consumado el matrimonio; dos veces. El texto está destinado a los miembros del cuerpo diplomático, pero éstos no parecen estar muy seguros de que lo referido sea la verdad. El embajador de Mantua, por ejemplo, le escribe a su jefe que el rey ha consumado el matrimonio “si es que se cree lo que se ha dicho”. La verdad es que muy pronto la historiografía francesa se dio cuenta de que aquella relación era un cuento; que, en realidad, Luis XIII no había tocado a Anita la Española. Y que, de hecho, tras aquella primera noche de Navidad, no regresó a su tálamo en cuatro años. Cuatro años.

Esta ausencia, unida al hecho de que los dos amores del rey, la señora d’Hautreufort y la señora de La Fayette, son muy posteriores (tenía casi treinta años) y de carácter meramente platónico (jamás les puso la mano encima) son las que han sostenido la teoría de que este rey francés debía ser llamado El Casto. Sin embargo, ya hemos referido varios testimonios, y podríamos referir más, que abonan la teoría de que, o bien dicha castidad era falsa, o bien se desarrollaba en el marco de una sexualidad bastante torticera y mal asumida.

Varios indicios parecen indicar, en todo caso, que conforme el rey fue cumpliendo años, esta asunción enfermiza de su sexualidad fue llevándole por derroteros cada vez más extraños. Y es aquí donde volvemos a encontrar a la señora de Vendôme, hija ella misma de Enrique IV. Esta miembra de la casa real francesa se casó el 20 de enero de 1619 con el duque d’Elboeuf. Los esposos se aprestaron, tras los esponsales, a llevar adelante su noche de bodas. Entonces el rey, haciendo uso del poder absoluto de que disponía, se hizo introducir en la cámara donde estaban los esposos porque, dicen las crónicas, “quería estar presente en su propia cama para así ver cómo se consumaba el matrimonio; acto que fue coronado más de una vez, con gran gusto por parte de Su Majestad”. Parece que la Vendôme nunca le perdonó al rey aquel voyeurismo inesperado y humillante; según el embajador de Venecia, le espetó: “Sire, faites vous aussi la même chose avec la Reine, et bien vous ferez” (señor, haced Vos lo mismo con la reina, y bien que haréis).

Cuatro días más tarde, Luis XIII regresó al tálamo de su esposa, por primera vez desde su noche de bodas, pero no sin que el señor De Leynes, su mano derecha, le impulsase a ello. A las once de la noche, el noble entró en la habitación del rey, y lo sacó de allí para, literalmente, ir a follarse a la reina. Prácticamente lo llevó de la oreja por los pasillos. Los meticulosos diarios de la Corte francesa registran con puntillosidad las escasas noches que, a partir de entonces, el rey visitó a la reina.

Pero la reina se quedó embarazada. En 1637, y después de haber hecho montones de rogativas ante la catedral madrileña de San Isidro, santo al que los madrileños creían capaz de preñar a las estrechas; y de, incluso, haber enviado a un cura francés, el padre Bachelier, ante la Corte española, para hacerse prestar por el rey español una reliquia del santo.

¿Era aquel niño, que sería el muy rijoso Luis XIV, hijo de Luis XIII? Difícilmente. El propio pueblo francés lo apeló, desde el inicio, con el chanzudo sobrenombre de Dieudonné, o don de Dios. Tan segura estaba la calle de que Luis XIV no era hijo de su padre que la tesis más extendida, que otorgaba la paternidad al noble señor marqués de Ancre, incluso se cantaba por las calles, con esta letra cuyo chiste es intraducible.

Si la Reine allait avoir
un enfant dans le ventre,
il serait bien noir
car il serait d’encre.

(Si la Reina fuese a tener/un niño en el vientre/sería con seguridad negro/pues sería de tinta. Obviamente, se juega con el chiste de que il serait d’Ancre, sería [hijo del marqués de] Ancre, suena como il serait d’encre, sería de tinta).

Para solaz de los naturales de  comunidades forales, se debe decir que la historiografía francesa y, en general, aquel pueblo, siempre sintió que, con la llegada al Louvre de un rey que, en realidad, sabe Dios de quién era hijo, se perdió el porte euskaldún que, hasta entonces, vía casa de Navarra, tenían los reyes franceses.

lunes, mayo 20, 2013

Soixante huit (19:... y el viento cambia)

De esta serie se ha publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sextoséptimo, octavo, noveno , décimo, décimo primerdécimo segundo, décimo tercer, décimo cuarto, décimo quinto, décimo sexto, décimo séptimo y décimo octavo capítulo. 

Resumen de lo publicado: Tras la espantada de Sauron y el apagamiento, que parece definitivo, de su ojo en la cumbre de Mordor, los hobbits se creen ganadores definitivos de la lucha contra los poderes oscuros. Ello a pesar de que los Rojirrim y los enanos, teóricos aliados suyos, siguen en buena parte haciendo la guerra por su parte y tratando de pactar con Sauron en lugar de acabar con él. En aquel clima tan optimista, los hobbits comienzan a pensar en el futuro cuando tengan el poder absoluto sobre la Tierra Media, y se deciden por un amiguete, el mortaraz Aragorn Mendes, para que los gobierne.
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A las 12,25 horas de la mañana, el general De Gaulle ha vuelto a París. Tardará dos horas de recibir al primer ministro Pompidou y comenzar a dar explicaciones concretas.