miércoles, noviembre 25, 2009

Cataluña

La semana está siendo pródiga en declaraciones que cuando menos yo encuentro relevantes para ser comentadas en un blog de Historia. La que en este post quiero comentar es la relativamente sorprendente declaración del ex presidente catalán Jordi Pujol, en el sentido de que Cataluña estaba mejor en tiempos del franquismo. Bueno, en realidad no ha dicho eso. Ha dicho, por lo que yo he podido leer, que en tiempos de Franco Cataluña tenía más prestigio (hemos de entender, en el resto de España; no creo que el prestigio de Cataluña en Nueva Zelanda preocupe mucho al honorable alto funcionario cuyo cargo recuerda a la leche francesa) que ahora.

Forma parte esta declaración de Pujol, que puede parecer extemporánea y fuera de sitio, de algo que efectivamente está ahí y tiene, qué duda cabe, su aquel. De un tiempo a esta parte, ciertamente, Cataluña se enfrenta a un fenómeno que los catalanes reputan como nuevo: el rechazo por parte del resto de España. De alguna manera, muchos catalanes se hacen la misma pregunta que muchos estadounidenses: why do they hate us? ¿Por qué nos odian?

No es función de este blog analizar las respuestas a esta cuestión, aunque algo diré porque, qué le vamos a hacer, no me callo ni debajo del agua. Pero sí es función del mismo, creo yo, advertirle a los catalanes, sobre todo a los más jóvenes, por jóvenes y por víctimas de la LOGSE, que este sentimiento no tiene nada de nuevo. Ya os hemos odiado antes. Más, incluso.

Acierta Pujol al diagnosticar que este sentimiento no existía durante el franquismo. Esto es así porque en tiempos de Franco Cataluña, como ente territorial propio, como identidad particular de un pueblo, sólo existía en el terreno de los coros y danzas. Los catalanes, además, no podían caer mal en tiempos de Franco porque en tiempos de Franco media España tenía un primo cavando zanjas en Sant Boi, en Cornellá, en Sabadell, o en Barcelona. Cataluña era uno de los principales entes absorbentes de la emigración española, así pues, para los españoles de aquella época, malquistarse con los catalanes era malquistarse con ellos mismos. Y es que, como con su habitual sarcasmo dijo una vez Agustín de Foxá, Cataluña es la única metrópoli del mundo que se empeña en separarse de sus colonias.

Pero la Historia de España no empieza precisamente el día que Franco da el famoso parte de cautivo y desarmado bla bla bla. Antes hay, sin ir más lejos, un periodo, que llamamos II República, más que nada porque fue una república, y además fue la segunda, en la que los catalanes ya sufrieron en sus carnes buena parte de lo que hoy sufren (verbo colocado aquí para los que piensan que no lo merecen) o experimentan (verbo colocado aquí para los que piensan que lo merecen).

En 1948, cuando los rescoldos de la guerra civil aún humeaban, José Ortega y Gasset, principal neurona de la nación durante mucho tiempo, acusaba a los nacionalismos catalán y vasco de ser agresivos contra España. Aunque hemos de reconocer que, en el caso de Cataluña, este rechazo ha estado algo más matizado, pues no son pocos los ensayistas y pensadores que, a lo largo de la Historia, han visto a Cataluña como un pueblo constantemente torturado por el constante penduleo entre la atracción y repulsión hacia el resto de España.

Pero errará, como digo, quien piense que lo que está pasando actualmente entre Cataluña y el resto de España es nuevo. Si en el actual Congreso de los Diputados hubiese alguno que supiese hablar, bien podrían pronunciarse hoy estas palabras, que salieron de la boca de Ortega, entonces diputado de la Agrupación al Servicio de la República (junto con Marañón o Unamuno), durante la discusión del Estatuto catalán:

«El problema catalán se puede conllevar, pero no resolver. Frente al sentimiento de una Cataluña que no se siente española, existe el otro sentimiento de todos los demás españoles que sienten a Cataluña como un ingrediente y trozo esencial de España, de esa gran unidad histórica, de esa radical comunidad de destinos, de esfuerzos, de penas, de ilusiones, de intereses, de esplendor y de miseria, a la cual tienen puesta todos esos españoles inexorablemente su emoción y su voluntad. Si el sentimiento de los unos es respetable, no lo es menos el de los otros, y como son dos tendencias perfectamente antagónicas, no comprendo que nadie, en sus cabales, logre creer que el problema de tal condición pueda ser resuelto de una vez y para siempre. Pretenderlo sería la mayor insensatez, sería llevarlo al extremo de paroxismo, sería como multiplicarlo por sí mismo, por su propia cifra; sería, en suma, hacerlo más insoluble que nunca».

La discusión, hoy en día, en torno al Estatuto catalán, se ciñe, y digo bien se ciñe, a definir los techos competenciales de Cataluña y, sobre todo, su sistema de financiación. Pero las palabras de Ortega, el tono del debate parlamentario del Estatuto, iba mucho más allá. Iban al centro de la cuestión, cual es la posibilidad de que España y Cataluña pudiesen seguir compartiendo vagón en el tren de la Historia.

El catalanismo, fenómeno relativamente nuevo en términos históricos (no así la conciencia catalana, que es muy antigua), nace como elemento de un debate económico que ya hemos analizado en esta esquina de la red: el debate entre proteccionismo y librecambismo. A finales del siglo XIX, de la mano sobre todo de Valentí Almirall, el catalanismo se hace federalista. Es su gran paso: ya no se trata de que Madrid nos de dinero, sino de que nosotros le demos dinero a Madrid. La diferencia entre federalismo y centralismo no es otra que la dirección del vector del dinero.

En 1887, el Centre Catalá de Almirall se escinde y un importante grupo del mismo funda la Lliga de Catalunya, que será el origen del catalanismo de izquierdas. Por su parte, de la enorme fuerza que el tradicionalismo tiene en Cataluña (pues quizá cueste creerlo ahora, pero Cataluña ha sido muy, muy católica; diferencialmente católica, diría yo), unida al hecho de que hace ciento y pico de años se consolida en la región una burguesía pujante, hace nacer el catalanismo de derechas, cuyo principal exponente histórico es la Lliga Regionalista de Françesc Cambó, el político que resumió con claridad su filosofía política con el famoso llamado: «¿Monarquía? ¿República? ¡Cataluña!».

Cambó, por cierto, no creía en la independencia de Cataluña, pues consideraba que una Cataluña independiente caería inevitablemente en la órbita de influencia geopolítica francesa; destino que le parecía peor que ser español porque los españoles (léase los castellanos) aguantan muchos más carros y muchas más carretas. Yo creo que tenía razón; quien no lo piense, que se ponga a contar en cuántos institutos públicos del Rosellón se escolariza a los niños en catalán.

Dicen los historiadores que el conflicto entre Madrid y Barcelona surge en algún momento de las primeras décadas del siglo XX. Yo estoy de acuerdo con esta opinión. Si el 98 fue un desastre para toda España, lo fue especialmente para Cataluña, que se quedó huérfana de mercados fundamentales; mientras que para Madrid, paradójicamente, una vez que las políticas estabilizadoras dieron su fruto, sonó la hora de la industrialización y de cierto despegue. En los cincuenta años que abarcan el último cuarto de siglo del XIX y el primero del XX, Barcelona se hincha a hacer exposiciones universales y todo tipo de milongas sin que Madrid pueda aún soñar con hacerle sombra. Pero la indudable tendencia centrípeta de España juega a su favor y, poco a poco, Madrid se va convirtiendo en el inevitable kilómetro cero de muchas cosas.

Cuando en 1930 las teóricas fuerzas del teórico progreso de España (pues allí había de todo, amén de ausencias bastante pronunciadas) se reúnen en San Sebastián para diseñar la estrategia de una especie de coalición republicana, catalanes y vascos se presentan en la sala exentos de ilusión y dejando muy claro que para conseguir su apoyo hay, primero, que garantizarles que lo suyo va a quedar bien. Allí, en el Pacto de San Sebastián, es donde se planta el primer mojón de uno de los elementos que, a mi modo de ver, mina la imagen de Cataluña en el resto de España. Desde aquel día, de alguna manera, Cataluña se comportará en España como ese miembro cabrón de las viejas comunidades vecinales, cuando todo había que aprobarlo por unanimidad, que votaba a todo que no, dejando a la comunidad sin ascensor, sin portero, sin alarma, sin puerta nueva para el portal y sin lo que hiciese falta, hasta que no le pagasen la reparación de la puta gotera de su salón. De alguna manera, igual de Sánchez Albornoz definió un día al País Vasco como la abuela cabreada de España, Cataluña comienza a ser, en la década de los treinta, el vecino tocahuevos. Quizá por eso, para completar el retrato digo, es que nunca ha querido ser presidente, gesto éste que tiende a extremar entre el resto de los vecinos la imagen de que al relapso se la chufla la comunidad y todo lo que le importa es su gotera.

La culpa, en buena parte, es del general Miguel Primo de Rivera. Nunca un gobernante ha decepcionado tanto a los catalanes (y digo esto porque ya supongo que no esperarían gran cosa de Franco; y alguien de quien nada esperas podrá concitar tu odio, pero no decepcionarte). Cuando, ya en tiempos de la República, se produjo el juicio parlamentario del rey Alfonso XIII, el defensor del Borbón, el conde de Romanones, se ganó un buen abucheo por decir en su discurso una cosa que es una verdad jodida, pero verdad: los catalanes, y muy especialmente los nacionalistas catalanes, aplaudieron con las orejas cuando Primo de Rivera se alzó en Barcelona. Estaban encantados. Siempre se dice que la dictadura de Primo surgió por la reacción del ejército ante la eventualidad de que se tomasen represalias por el desastre de Annual; pero este análisis, que yo no niego, olvida la fortísima demanda que existía en Barcelona, en Tarrassa, en Manresa, para que surgiese alguien que le arrease una mano de hostias a los pistoleros obreros. Y no por casualidad Primo de Rivera inaugura su poder dictatorial declarando a la prensa que «he tomado tanto cariño a Cataluña que todo mi anhelo es servirla». De hecho, en 1924 el general certifica la pervivencia de la primera gran victoria del catalanismo, la Mancomunidad de Barcelona, que le costó a los catalanes desplantes y cesiones mil; pero, con las mismas, un año más tarde se la carga con el Estatuto Provincial.

Manuel Carrasco Formiguera, uno de los nacionalistas catalanes asistentes a la reunión del Pacto de San Sebastián, deja bien claro que en la misma quedó asimismo diáfano que, cuando llegase la República, habría autonomía para la región basada en el principio de autodeterminación, cito, «concentrada en el proyecto de Estatuto o Constitución autonómica, propuesta libremente por el pueblo de Cataluña».

Dicho de otra forma, y según esta versión: los políticos de ámbito nacional que estaban en San Sebastián, los Prieto, los Lerroux, los Maura (Miguel), los Alcalá-Zamora, etc., hicieron lo mismo, exactamente lo mismo, que hizo en el 2004 Rodríguez Zapatero: «Pascual, aprobaré el Estatuto que salga del Parlamento catalán». Ambos gambitos terminaron de la misma forma: con un Estatuto final que resulta ser la mitad de la mitad de la mitad de lo pedido, y con los catalanes en una esquina lamiéndose las heridas y mascullando: «¡Putos castellanos!»

Si hemos de creer a Prieto, en todo caso, en la reunión de San Sebastián se produjo otro ejemplo, el primero quizá, de otro gran factor que alimenta la inquina anticatalana (aunque, en este punto, es probablemente peor la antivasca): la ambigüedad. Porque este testigo de la reunión, en la que estaba a título personal y no representando al PSOE, no explica las cosas tan claras como lo hacen los catalanes. Según Prieto, los nacionalistas primero hablaron de pacto y después de libertad absoluta, es decir, de una Cataluña independiente que ya vería qué lazos tendía con España. Esta posición puso de los nervios a los contertulios más conservadores, como Maura o Alcalá; pero como quiera que no estaban allí para resolver el problema catalán sino para ver de echar al Borbón, saltaron elegantemente por encima del asunto, hablando de un Estatuto pero sin dejar muy claro (aquí creo que Carrasco no miente) quién tendría la última palabra, pues si los políticos nacionales dejaron claro que serían las Cortes nacionales las que habrían de aprobar el Estatuto, los catalanes sacaron cierta sensación (que perdura hoy día) de que nada puede más que la fuerza de los votos, así pues, si los catalanes mayoritariamente quisieran algo, ese algo tendrían.

Esa medianía, ese no hablar claro, ese ser San José los martes y la Purísima los miércoles, ha sido, desde aquel día, el tono imperante en el problema catalán. A base de actuar así, especulando con lo que se puede llegar a hacer, lo que se puede llegar a decir, lo que se puede llegar a votar, Cataluña se ha convertido para España en ese hijo medio loco que nunca sabes por dónde te va a salir en cada caso y así, el domingo que viene de visita tía Gertrudis, lo mismo le da dos besos a su queridísima tía que le rompe una lámpara en la cabeza a la jodida foca de los cojones.

En mayo de 1931, ya en la República, se forma la Comisión redactora del proyecto de Estatuto Catalán, que es sometido a referéndum el 2 de agosto del mismo año. De 792.582 personas con derecho a voto, 592.691 votaron que sí, 3.276 votaron que no, 1.105 votaron en blanco el proyecto redactado, y el resto se quedaron en casa o se fueron a la playa o al Paralelo, según gustos. Creo que nunca los catalanes han expresado democráticamente una aspiración tan mayoritaria.

Ya lo siento por el president Montilla; pero el hecho es que El Socialista, periódico oficial del PSOE, saludó este referéndum calificando a la Generalitat catalana (entonces aún Diputación provisional o, en lenguaje finisecular, Ente Preautonómico) de «organismo anacrónico y patriarcal» y calificando el nacionalismo catalán de «vergonzante»; además de acusar al coronel Françesc Maciá de haber coaccionado a la Generalitat a votar el fistro de Estatuto. Consideraba el problema catalán «pleito de etiología oscura y morbosa» y concluía que, en recto Derecho, el referéndum «carece en absoluto de validez para basar en él su virtualidad autonomista [de Cataluña]». En el número del 4 de agosto están todas estas perlas.

El 13 de agosto, una caravana de coches, al frente de la cual se coloca el líder de la Esquerra, se dirige a Madrid a entregar el Estatuto. Los catalanes concretan en este viaje, por si no fuesen suficientes los precedentes, la tercera característica que a mi modo de ver identifica su mala imagen: su manía de actuar, incluso en el terreno de las formas, como si el resto de los españoles no existiesen cuando de hablar de Cataluña se trata. Maciá, Casanovas, Companys y el resto de la partida no podían ser tan tontos como para no saber que el referéndum, se pusieran ellos decubito supino o decubito prono, era la jura de bandera, pero aún les quedaba el resto de la mili. Cualquiera más político que ellos, cualquiera con más mano izquierda (cualquiera con seny de verdad, que diría Pla) se habría presentado en Madrid haciendo loas de Cervantes, de Zorrilla, de Juan de Austria, de Isabel la Católica y hasta de Don Pelayo y abrazando con lágrimas en los ojos a sus hermanos castellanos, pues, como bien saben los pícaros, para asestar puñaladas siempre hay tiempo.

Los británicos suelen decir: ¿cómo se cocina una rana viva? Pues metiéndola en una olla de agua fría, colocándola en un fuego muy bajo y subiendo la intensidad de éste muy, muy despacio. Pero a los catalanes, por lo que parece, no les gustan las ancas de rana. O quizá es que piensan que España ya no está viva.

La llegada de la caravana catalana el 14 de agosto provoca en Madrid el primer caso serio de anticatalanismo cerril y ciego. En las paredes de la capital aparecen carteles insultantes contra Maciá. Como presunto responsable de ello será detenido Ramiro Ledesma, el de la unidad de destino en lo universal.

Y pasó lo que tenía que pasar.

El 9 de abril de 1932, se lee en las Cortes el proyecto de Estatuto redactado por la ponencia parlamentaria. A los nacionalistas catalanes los huevecillos se les suben hasta las ojeras. El proyecto estatutario recorta notabilísimamente el proyecto traído en caravana, sobre todo en el aspecto financiero. Toda veleidad federalista desaparece del texto. Unión Catalanista, el think tank que parió las Bases de Manresa, elabora un manifiesto que supone otro aldabonazo en esa actitud que describía antes de hacer como que España no existe. En lugar de dirigirse a la opinión pública española, que habría sido lo inteligente porque es ella la que le podía sacar las castañas del fuego, traducen el manifiesto al francés, al inglés y a otros idiomas y lo dirigen a la Sociedad de Naciones. En el manifiesto dicen cosas como que «de nuevo las Cortes han negado la posibilidad de Cataluña, han negado sus derechos». A los catalanes, es mi opinión, no les falta su punt de razón. Por variadas que sean las versiones del Pacto de San Sebastián, parece claro que en el mismo, si no se dijo tal cual, sí desde luego quedó en el aire la conclusión de que los catalanes decidirían por sí mismos. Los futuros jerifaltes republicanos prefieron ciento amarillo a uno colorado, y el desánimo catalán con el proyecto de Estatuto fue la consecuencia de todo ello.

Madrid envidó. Y Cataluña envidó más. En su manifiesto, Unió Catalana anuncia al orbe internacional que rechazará toda forma de autogobierno «que no tenga por base un acuerdo libremente convenido entre los dos Estados». Toma ya.

En esta reacción está el siguiente elemento de la mala imagen del nacionalismo catalán fuera de Cataluña: la sensación de que la negociación no es tal. Los catalanes de la República hablaban de pacto, de componenda entre partes. Pero la sensación que daban era de estar planteando un trágala. Actuaron como si «pacto», en catalán, significase «darme la razón». Un pacto presupone cesiones por ambas partes. Pero Cataluña tenía claro lo que quería y eso era lo que estaba dispuesta a aceptar. Y le pasó lo que le suele ocurrir a quien se pone de canto en una negociación: si no quería caldo, dos tazas se llevó.

En abril de 1932, el ayuntamiento de Palencia vota una resolución solicitando que todos los diputados castellanos abandonen las Cortes para no votar el Estatuto catalán. En la mesa del presidente de la República, del primer ministro y de los diputados se agolpan los mensajes furibundamente reivindicativos llegados de la España no catalana. Y aquí tenemos el siguiente error del nacionalismo catalán: vivir la vida como si las rabietas de los no catalanes no les afectasen. Una persona que piensa eso, ¿qué derecho tendrá a reclamar que las rabietas de los catalanes se tengan en cuenta fuera de Cataluña?

Entre el 6 de mayo (inicio de las discusiones del Estatuto) y el 27 de julio, se reciben en las Cortes 506 comunicaciones en contra del Estatuto. Las comunicaciones no catalanas a favor del Estatuto proceden de: la Agrupación Guipuzcoana de Estudiantes, el Ayuntamiento de Gijón, el Partido Republicano Federal de Jaén, el Centro Republicano Español de Rosario de Santa Fe (Argentina) y el Partido Socialista Revolucionario de Sevilla. Las diferencias son como para pensarse un poco la estrategia de imagen, digo yo...

El debate sobre el Estatuto catalán del 32 tiene todos, pero todos los elementos de hoy en día, incluso exagerados. En primer lugar, el mito del catalán agresivamente avaro y expresamente movido por el interés lucrativo. Alejandro Royo Vilanova, político católico derechista, declara por aquellos días: «[los nacionalistas catalanes del momento] han seguido la norma de conducta que una vez trazara el señor Cambó: “Tomad lo que os den, pero no cejéis en el empeño de que os den más”». Esto, seamos sinceros, es lo que hace cualquier negociador inteligente; pero esta actitud, en aquellas jornadas del 32, quedó grabada para siempre en el inconsciente colectivo español como cosa de catalanes. Y sigue Royo: «es comodísima la postura de estos señores catalanes: para la economía somos todos uno; para la política han de entenderse solos». Bajando por la cuesta, añade que «los catalanes hablan el catalán, pero no lo saben escribir». Argumento éste que habré escuchado, en los últimos seis meses, unas quince o dieciséis veces. Sin dejar este tema del idioma, el ABC se quejaba en junio de que, para recibir la enseñanza en castellano en Cataluña, había que solicitarlo por escrito. Como se puede ver, las cuerdas que se tensan son siempre las mismas.

La apelación de Royo a la comodísima actitud de los catalanes nos lleva a otro error estratégico del nacionalismo catalán (siempre según mi opinión) cual es el asuntito de las balanzas fiscales, que no es sino expresión técnica del gran argumento filosófico/moral que se puede resumir así: yo, catalán, me mato a trabajar, para que los extremeños/andaluces/castellanos/etc. se toquen los huevos. El nacionalismo catalán dio en los tiempos de la República carta de verdad divina al asunto del desequilibrio fiscal de Cataluña con el resto de España, sellando con esta actitud el último de sus errores frente a la opinión del resto del país: la actitud constante de dar por axiomáticas cosas que son discutibles. Cierto es que Cataluña aporta más de lo que recibe. Pero eso también lo hace un contribuyente de la Hacienda española que, en lugar de ganar los 30.000 o 40.000 euros que son el salario medio español, gana 600.000 o un millón. Esto no quiere decir, desde luego, que el nacionalismo catalán esté equivocado. El problema está en que nunca se ha avenido a discutirlo.

Nos asombró, en su día, que un político catalán gritase muerte al Borbón. Nos parecerá nuevo eso. Pero será por desconocer que, durante el debate del Estatuto, los estudiantes de la Universidad Central de Madrid se manifestaron por el centro de la ciudad al grito de «¡Muera Maciá!»

Manuel Azaña dejó escrito que parece ser una constante de la Historia de España que Barcelona sea bombardeada [se entiende: por España] más o menos cada medio siglo. En esto, como en tantas otras cosas, don Manuel se equivocó. Pero el espíritu de sus palabras tiene que ver con la enorme tensión que Cataluña imprimió a la República con sus reivindicaciones y su actitud, que llegó al punto máximo de desafección con ocasión del golpe de Estado revolucionario de octubre de 1934, cuando pretendió autoproclamarse república catalana soberana, y la cagó. Antes de ello, por cierto, la Generalitat ya había protagonizado una provocación abierta al Tribunal Constitucional (para que se vea que nihil novum sub solem) a cuenta de la Ley de Cultivos.

Luego llegó Franco y todo esto no es que se tranquilizara, es que fue enterrado a siete metros bajo tierra. Ahora Pujol viene a decir que por lo menos en aquel entonces los catalanes no caían tan mal y no se encontraban con tantos problemas (en puridad, no se encontraban con ninguno, porque no había problema). La declaración, como digo, puede parecer un tanto rara. Pero, como espero haberte explicado en este texto superferolítico, tiene su punto de verdad. Histórica, al menos.

En resumen, el asunto catalán es de longa data y hay, de hecho, poquísimas cosas que estén ocurriendo hoy que no ocurriesen hace setenta años, es decir el otro momento histórico en el que pretendió resolverse el problema catalán haciendo otra cosa distinta de, como diría Azaña, bombardear Barcelona. De hecho, esto es lo que estremece. Porque viene a significar que, quienquiera que sea quien deba haber aprendido algo del pasado, no lo ha hecho.

España es nación muy rancia y antigua en el contexto europeo (en el mundial, no digamos). Pero quienes defienden este principio, desde lo que los nacionalistas llaman españolismo, no pueden echarse a dormir tranquilamente encima de concepto tan genérico. Cualquiera que conozca un poco la Historia de España sabe que España existe hace muchos siglos, pero existe a base de arbitrarse como pacto entre iguales. El concepto de Hispania existe desde los romanos y ya en la Alta Edad Media es un concepto ampliamente utilizado para definir al conjunto de gentes habitantes de esta esquina de Europa. La nación, por su parte, se forma definitivamente en el siglo XV, al calor sobre todo de la misión histórica de la Reconquista, o más bien de su final. Pero si España surgió a mediados del siglo XV, debemos recordar que varias generaciones después de ese nacimiento, el rey de España y el conde-duque de Olivares todavía tuvieron que ir a Barcelona a intentar convencer a los aragoneses (entiéndase esto como una sinécdoque de la España mediterránea) para que contribuyesen a los gastos bélicos castellanos. Y sólo lo consiguieron a medias, además. Lo que no tiene sentido es que un diputado del siglo XXI exhiba opiniones que hagan parecer a Isabel de Castilla un primor del espíritu abierto y la propensión al diálogo. No hay que olvidar que el patrón de nuestra nación, Santiago, es conocido como patrón de las Españas.

Si sólo fuesen los españolistas los que meten la pata, aún. Pero el caso es que el nacionalismo catalán no les ha ido ni de lejos a la zaga en torpeza. Cambó, quizá el último nacionalista razonablemente amueblado, entendía que la única forma de ser un buen nacionalista catalán era tener constantemente una idea de España y trabajar para ella. Por eso era monárquico e influía todo lo que podía en la formación de mayorías en Madrid, no sin ello menoscabar ni medio centímetro su ambición catalana, que le llevó a hacer cosas tan poco edificantes como bloquear la reforma fiscal de Santiago Alba a finales de la segunda década del siglo pasado, acción que retrasó bastantes años el diseño en España de un esquema tributario moderno y acorde con los tiempos, tan sólo porque no le hacía pandán a los industriales catalanes. Pero Cambó, o más bien los suyos, acabaron entrando en el Parlamento catalán, el día que discutió el fallo del Constitucional sobre la Ley de Cultivos, como si fuesen unos rateros que mereciesen la horca. Y, por supuesto, cuando el golpe de Estado del 36 fracasó en Barcelona y las hordas de incontrolados se hicieron con la ciudad, su casa fue una de las primeras saqueadas.

El nacionalismo catalán, desde la República hasta hoy, se ha convertido en un nacionalismo exclusivista (sólos catalanes tienen derecho a hablar de Cataluña) además de incansable. Incansable quiere decir que ni una sola vez ha bajado la guardia para preterir sus reivindicaciones ante misiones de mayor calado. Como ya hemos dicho, el qué hay de lo mío de vascos y, sobre todo, catalanes, presidió el Pacto de San Sebastián, a pesar de que la misión histórica de aquel encuentro era muy otra. Cuando en 1962 suena la hora de hacer otro encuentro histórico, otro encuento para discutir la España del futuro sin Franco, la España históricamente reconciliada, los catalanes no van a Munich, hemos de entender que porque los conservadores, socialistas, liberales, monárquicos y franquistas demócratas allí reunidos no estaban en condiciones de garantizarles nada sobre lo suyo. La combinación de ambas características ha devenido, a mi modo de ver, en esta situación de la que se queja Pujol, en la que el catalán primero deja de ser comprendido para, después, dejar de ser apreciado. Como he dicho en este post, la estrategia de imagen pública del nacionalismo catalán no ha hecho nada, absolutamente nada en casi un siglo, por mitigar este efecto.

Hace algunos años, cuando un político nacionalista catalán, Miquel Roca, decidió resucitar a Cambó y formar un Partido Reformista nacional para presentarse a las elecciones, se quejaba durante la campaña electoral de que le reprochasen ser catalán como si ser catalán fuese ser apestoso. Alfonso Guerra le contestó con un matiz de gran importancia: usted, le dijo, no cae mal por ser catalán; cae mal por ser nacionalista catalán. El problema de muchos catalanes, entre ellos casi todos sus políticos, es que no aprecian el matiz de la frase guerrera, o mejor guerriana. Para muchos catalanes, ambas expresiones son sinónimas.

La identificación de Cataluña con su nacionalismo ha vinculado estrechamente los destinos de ambas cosas. Cataluña ha sido lo que su nacionalismo ha pasado a ser. Cuando el nacionalismo catalán, a principios del siglo XX, se decía cultivado e internacionalista y vendía la idea de un catalán que, a diferencia del castellano, sabía dónde estaba París, hablaba francés (el inglés de la época) y vendía sus paños en medio mundo (y las tres cosas eran ciertas de toda certitud), el catalán medio fue ese tipo con una cultura media superior, una mayor intensidad de contacto con el exterior, abierto al mundo, leedor, culto. Conforme la tensión Madrid-Barcelona se va acentuando a favor de la primera, pues siempre gana más quien más tiene que crecer, el nacionalismo catalán deriva hacia visiones más foralistas, particularistas; exacerba el conflicto del idioma y cambia la escala de valores, pues ahora el buen catalán ya no es el que sabe dónde queda Cape Code, sino el que baila la sardana de puta madre. Y Cataluña comparte ese destino.

Why do they hate us? Pues por un montón de razones, casi ninguna de las cuales, por no decir ninguna, es nueva en términos históricos. ¿Solución? Bueno, yo tengo una opinión. Al fin y al cabo, este problema, como apuntaba ya al principio de este post superferolítico, ya lo han tenido otros. Los estadounidenses, por ejemplo. Y, a día de hoy, lo han resuelto. ¿Cómo lo han hecho? Pues sorprendiendo sin sorprender.

Los americanos han encumbrado a Barack Obama. Que es un tipo sorprendente. Es negro y dice cosas que muchos jamás pensarían que diría un inquilino de la Casa Blanca (una vez más, juega aquí la mala memoria de la Historia de la gente, pues tampoco Obama dice muchas cosas que no dijese ya Jimmy Carter, pero bueno...) La de Obama, en todo, caso, es una sorpresa relativa o, si se quiere, de fachada. Quiere reformar la sanidad, pero su reforma se parece a los sistemas sanitarios a la europea como Lola Gaos a Jennifer López, y aún así aquí le saludamos porque va a hacer como nosotros. Dice que quiere una nueva era en las relaciones entre países pero Guantánamo sigue abierta, sigue echando barro para cegar el pozo afgano, y lo que te rondaré, moreno.

Corolario: hace lo que todo presidente americano hará siempre, pero él lo dice lindo.

Quizá, señor Pujol, lo que Cataluña necesita para caer bien es un Jordi Obama.

lunes, noviembre 23, 2009

¡Y dale...!

Antonio Muñoz Molina, uno de nuestros escritores más laureados y que últimamente se está destacando por no ser muy proclive a los procesos de memoria histórica y tal, acaba de hacer unas declaraciones a la prensa, coincidiendo con el lanzamiento de un libro de su autoría que, por lo que leo, transcurre en los convulsos tiempos alrededor de la Guerra Civil.

Dice Molina ciertas cosas que a mí me parecen puestas en razón, aunque siempre susceptibles de ser matizadas. Dice, por ejemplo, que tiene muy claro que los responsables directos de la guerra civil fueron quienes dieron el golpe de Estado contra la República, pero que también acusa de irresponsables a muchos políticos de izquierdas de la época, por su actitud en el fondo proviolenta en los meses anteriores al inicio de los enfrentamientos, que él ha comprobado leyendo las actas de las Cortes.

A mí me parece, como digo, que esta afirmación merece matizarse. Creo que no es sostenible la idea de que el golpe de Estado y la guerra civil existen por la radicalización del Frente Popular tras ganar las elecciones de febrero del 36, por el simple hecho de que ganar el FP las elecciones y ponerse Mola a diseñar el golpe de Estado fue todo uno, eso sin contar los contactos que goicoecheas y otros maniobreros habían tenido ya, por ejemplo, con Mussolini. En febrero de 1936, por lo tanto, mientras Azaña, al frente del nuevo Ejecutivo, aún prometía un gobierno para todos con un discurso integrador, los golpistas ya estaban preparando su movida. Los alzados en julio de 1936 no le dieron tiempo al Frente Popular a radicalizarse; ya habían decidido arrearle la hostia antes de que lo hiciera.

El problema para la interpretación histórica es que, como decimos los gallegos, aún por encima, el FP fue, y se radicalizó. En esto, desde luego, estoy en total acuerdo con Molina cuando arremete contra la irresponsabilidad de los diputados en la tribuna. Si un diputado de la nación amenaza con la muerte a otro diputado de la nación, como hizo José Díaz al decirle a Gil-Robles aquello de su señoría morirá con las botas puestas (escandalosa frase que fue además jaleada por la siempre muy demócrata Dolores Ibárruri), debería perder su escaño porque, simple y llanamente, no lo merece. Un parlamento en el que se permiten estas zarandajas es un parlamento cuyos diputados acaban tirados en el vestíbulo de la Almudena con un tiro en la nuca (o sea, Calvo Sotelo). Desgraciadamente, aún hoy tenemos que escuchar cosas parecidas, como cuando un señor representante del Estado va y le dice a un diputado que lo que él desea es que lo tiren a una cuneta con un tiro en la cabeza.

Dice también Muñoz Molina que la guerra civil se pudo evitar. Lo cual es una obviedad, pues sólo hay dos cosas que son totalmente inevitables, a saber: la muerte y que el Real Madrid la cague en la Copa.

Para el escritor, el hecho de que hubiera una gravísima crisis económica y una situación geopolítica internacional que define como espantosa, no son razones para sostener una idea fatalista sobre el estallido de la guerra civil. De hecho, dice, leyendo las memorias de los personajes de la época se ve claramente que la gente no quería ese horror y que incluso quienes lo estaban provocando no eran conscientes de ello.

Yo no sé, sinceramente, qué lecturas ha hecho Muñoz Molina para decir eso. A lo peor es que son las mías las que no son las adecuadas. Pero no comparto su afirmación casi en nada.

Si tomamos como ejemplo la revista Nueva Era, del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) de Maurín, Nin y tal, en ella se escribe, poco tiempo antes del golpe de Estado: queremos la guerra civil. Yo no sé qué parte de esta frase es equívoca, la verdad.

El POUM era bien poca cosa, cierto. Pero el mismo mensaje, es decir el mensaje de aquí conseguiremos el bien del proletariado por las buenas o por las malas, está en un montón de discursos de Francisco Largo Caballero, el líder del PSOE y el auténtico cortador del bacalao en el Frente Popular; tanto que hizo la jugada maestra de quitarle a Azaña el poder efectivo, colocarlo de florón en la presidencia de la República, y además impedirle que pudiera encargarle la formación del gobierno a Indalecio Prieto, con lo que se convirtió en el Gran Manejador del Cotarro.

Una cosa son las memorias escritas cuando ya el horror o su mayor parte ha pasado, memorias a menudo dirigidas a explicar cosas como yo no quería esto, yo es que pensé, bla, bla (y el ejemplo más claro es la plañidera Velada de Benicarló de Azaña, libro falso cual euro de madera; o los distintos libros autoexplicativos de los disidentes del comunismo como Hernández, o El Campesino); y otra, muy distinta, la acción de esos mismos amanuenses de sus recuerdos cuando dichos recuerdos eran presente.

Tomemos a Azaña, por ejemplo. Si tan listo era, como sostienen sus admiradores, podía haber sumado dos y dos y haberse dado cuenta de que la llamada izquierda burguesa nunca dominaría el Frente Popular; ni siquiera el socialismo moderado de Prieto. Azaña, como el resto de políticos burgueses de centroizquierda, o eran tontos del culo o se tuvieron que dar cuenta de que sumando sus votos y sus apoyos a la izquierda obrera, en el entorno de un sistema electoral que primaba fuertemente (como debe ser, en mi opinión) las coaliciones electorales a priori, lo que estaban haciendo era poner el país a los pies del largocaballerismo, o sea del peor PSOE. Con el tiempo, Azaña acabaría desarrollando la teoría, que probablemente llegó a creer a pies juntillas, de que la deriva revolucionaria de las izquierdas obreristas no se podría prever. O sea, que la deriva revolucionaria de unos tipos que ya habían dado un golpe de Estado revolucionario (octubre de 1934) y además hablaban sin ambages en sus actas y en sus mitines de la necesidad de la dictadura del proletariado, era algo así como impredecible. Joder con el tío listo.

Lejos de ser cierto lo que dice Muñoz Molina, cuando menos en mi opinión, lo que pasó no fue que en la primera mitad del 36 hubiera gente provocando la crispación y la guerra casi sin darse cuenta. Lo que había, más bien, era gente que consideraba que, una vez sofocado el golpe de Estado de Sanjurjo en el 32, y una vez laminadas en las urnas las derechas (otro análisis erróneo, porque de laminadas, nada; la existencia de una fuerte opinión derechista en la sociedad española se le hace patente a cualquiera que analice los resultados, aún aquéllos cuya veracidad es dudosa); una vez ocurrido todo esto, digo, el golpe de Estado de las derechas no tenía posibilidad de triunfo. Y es que, además, creo que tenían razón, porque el golpe de Estado de julio del 36 fue un fracaso, y eso que mediaba el asesinato de Calvo Sotelo, que convenció a muchísimos indecisos.

Pero lo que ya me deja acojonado es leer la «solución» que Muñoz Molina ha encontrado a todo esto: que el Parlamento nombre una comisión de historiadores que describa lo que pasó.

Valiente chorrada.

En primer lugar: el Parlamento, ¿qué leches de pito toca en esto? A ver: el Parlamento está para decidir si se toman medidas contra el cambio climático; pero no para decidir si el cambio climático existe, si es intenso, si empezó hace dos años o catorce o no ha empezado. Eso es cuestión de los climatólogos. Pues con las mismas, la interpretación histórica no es cuestión de políticos, sino de historiadores y, en última instancia, de todo aquel que se quiera acercar a los hechos históricos y construir una interpretación de los hechos.

¿Por qué tienen los historiadores que reunirse en el Parlamento? ¿Le tienen alergia a las aulas magnas? Más aún: ¿por qué tienen que reunirse? ¿Por qué tiene que existir, como yo interpreto de las palabras de Molina, una sola versión de lo que pasó? ¿Qué pasará al día siguiente con quienes no la sostengan? Si la tal comisión dictamina el día de mañana que Manuel Azaña fue un señor inteligentísimo, ¿qué le pasará a este pobre bloguero por pensar que Don Manuel era más bien limitadito, además de fatuo hasta la extenuación? ¿Me retirarán la licencia de blog, me pondrán una multa, me prohibirán usar adjetivos en los post?

¿Qué necesidad ve Muñoz Molina de que haya una sola versión, consensuada por no sé qué historiadores... ¡nombrados por el Parlamento!, de la guerra civil? No sé, lo mismo piensa que así acabará con la crispación hoy existente en el debate sobre ese fistro llamado memoria histórica. Si es ése el caso, quizá debería ir pensando en ir al oftalmólogo; de cerca puede que vea bien, pero de lejos ve menos que Pepe Milks. La crispación existirá siempre o, cuando menos, existirá durante un periodo bastante largo de tiempo, como por cierto ocurre siempre con las guerras civiles cruentas. Ya puede Muñoz Molina impulsar el nombramiento de mil comisiones. Las cuales, por cierto, probablemente le sorprenderán llegando a mil conclusiones distintas.

Lo cual nos lleva al segundo asunto. ¿Con qué criterio van a elegir los parlamentarios a esos historiadores? ¿Les exigiremos a sus señorías un nivel mínimo de lecturas sobre el asunto para poder votar por unos u otros? La respuesta es no, porque los diputados no necesitan del conocimiento para nombrar comisiones, puesto que saben que los comisionados son, siempre, comisionados de cuota. Los historiadores de esa comisión no lo serían por ser buenos historiadores, sino por ser agradables a los ojos del PSOE, del PP y de los nacionalistas.

Por lo que se ve, no le llega a Muñoz Molina con el espectáculo, bastante bochornoso, que viene dando de tres décadas para acá el Tribunal Constitucional, institución donde más que la competencia jurisprudencial se valoran las cojeras de tirios y troyanos, y pretende reproducirlo con la Historia.

Y es que la democracia crea estos monstruos. El monstruo de la democracia consiste en creer que todo lo que no pasa por el Parlamento es ilegítimo. La toponimia, de toda la vida, la han decidido los hablantes y el uso, que son los que deciden que los españoles digamos Londres y no London, Jacksonville y no Ciudad Jackson. Pero ahora la toponimia la decide el Parlamento. Y, por lo que se ve, también va a decidir, en un futuro cercano, la interpretación histórica de los hechos. En los libros de Historia de Bachillerato de dentro de unos años, la Unidad 12 se llamará: «La Guerra Civil Española (según texto del RD 2876/2012, de 7 de octubre, BOE de 13/10/2012). Shit you, little parrot.

Pero, claro, con precedentes como la Ley de la Memoria Histórica, que no es otra cosa que el intento por imponer una determinada interpretación de la Historia a través del BOE, qué nos íbamos a esperar.

viernes, noviembre 20, 2009

El Santo Niño de La Guardia

La Historia de la Humanidad está repleta de procesos amañados. Son muchos los poderosos que han utilizado la tarima judicial para llevarse por delante a sus enemigos, para laminarlos, encerrarlos de por vida o ejecutarlos, a base de endilgarles crímenes que no habían cometido. Así pues, en el Hall of Fame de las putadas judiciales, hay mucha tela que cortar y mucha competencia. Pero, no obstante, tratándose de un récord negativo, los españoles no podíamos quedarnos atrás. Con este post, de alguna forma, presento nuestra candidatura: el proceso del asesinato del Santo Niño de la Guardia. Razón fundamental para considerarlo el mayor proceso montado desde la nada es, por supuesto, su consecuencia: no sólo fueron muchos los ejecutados por un crimen que nunca cometieron, entre otras cosas porque nunca hubo crimen, sino que el encausamiento, a juicio de muchos expertos, sirvió para dar el último empujoncito en un proceso que provocó una oleada de crímenes y condenó a un pueblo entero: la expulsión de los judíos de España en 1492.

Desde la Baja Edad Media, en toda Europa (esto que quede claro: en toda Europa, en modo alguno sólo en España) existe la tradición, o convicción, de que los judíos tenían la costumbre de clonar la pasión de Jesucristo, que para ellos sería el día feliz en que se apiolaron al barbas, secuestrando un niño pequeñito y crucificándolo vivo. Según los diferentes relatos, el hecho podía venir o no acompañado de diversos actos de profanación de hostias consagradas. En 1171, en Blois, Francia, una acusación de crimen ritual cuyo fondo real parece ser que a Isabel, la mujer legal de Theobaldo de Champagne, le jodió que una judía se estuviese pasando por la piedra a su marido, provocó la cremación de 51 personas. En 1285, en Munich, otra acusación de crimen ritual bate el récord con 124 ejecutados. En 1421, un suceso real pero más que probablemente fortuito, el ahogamiento de tres niños en Viena, provocó una furia antijudía de tal calibre que en torno a un centenar de vecinos hebreos de la ciudad fueron quemados. En España, tenemos la presunta crucifixión de Santo Domingo del Val (Zaragoza, 1250); otro secuestro y crucifixión infantil en Valladolid, 1452. O el de Sepúlveda, en 1468.

Las Partidas de Alfonso X el [presunto] Sabio (VII, XXIV , Ley segunda) dan por indubitable esta práctica judía y condenan a muerte a quienes sean detenidos por ello, aunque, vaya hombre, la ley previene que eso será «si se pudiere averiguar». En 1492, cuando los judíos no bautizados sean expulsados de España, esta ley será esgrimida como sólido precedente. Otro clavo en el ataúd lo clava el ex judío converso Fray Alonso de la Espina, autor de un libro titulado Fortalitium Fidei o fortalecimiento de la fe, que es una invectiva contra todos los no cristianos, a los que acusa de todo tipo de delitos que dice totalmente probados.

En realidad, todos estos casos son fruto de la sugestión popular, hábilmente alimentada desde las sotanas. Tomemos el caso de Sepúlveda, por ejemplo. En la Navidad de 1468, se extiende por la población el relato de que Salomón Picho, rabino de los judíos del vecindario, había secuestrado un niño cristiano, lo había llevado a un zulo secreto y allí lo había injuriado y humillado de diversas formas, para terminar crucificándolo vivo hasta la muerte. El obispo de Segovia, Juan Arias Dávila, él mismo judío converso (y, como todos los conversos, peor con los judíos que cualquier no judío), hizo prender a todos los presuntos responsables, quemó a 16 de ellos y al resto los arrastró por las calles y luego los ahorcó. Estos hechos, ya de por sí brutales, no convencieron al pueblo de Sepúlveda, cuyos vecinos resolvieron entrar a saco en la judería y llevarse por delante a todos los judíos, de todas las edades (de donde hemos de concluir que matar a inocentes niños judíos, lejos de ser pecado, estaba justificado; como lo estaba para Heinrich Himmler. Y cada palo, que aguante su vela).

Unos veinte años después del follón de Sepúlveda, será el Champions League de los inquisidores, fray Tomás de Torquemada, personaje que, que yo sepa, no ha sido jamás repudiado por la Iglesia Católica, quien tome cartas en el asunto y se dé cuenta (porque cabrón era un rato, pero eso no significa que fuese idiota) de que esta historia de los niños crucificados le podía dar la clave para terminar acabando con los judíos, cual era su obsesión. Veamos cómo lo hizo.

Se dice, y que yo sepa no se tiene ni media idea de cómo ni por qué surgió la noticia, que durante la procesión de la Asunción o el Corpus toledano de 1489, un niño desaparece, secuestrado en la Puerta del Perdón de la ciudad. La cosa está tan clara que, según qué crónica contemporánea se lea, el niño se llama Juan o se llama Cristóbal; tiene cuatro años o siete; o era oriundo de Aragón, de la Rioja, de Jaén o del propio Toledo. Se dijo que era hijo de Alonso de Pasamontes y de Juana la Guindera. Tortilla al gusto.

En las pesquisas realizadas, resultan detenidos una serie de judíos y conversos judaizantes: del primer grupo, Yuce Franco, natural de Tembleque, y Moshe Abenamías, de Zamora; en el segundo, Alonso, Lope, García y Juan Franco, Juan Ocaña y Benito García, todos de La Guardia. Todos estos vivos, más los judíos muertos Yuça Tazarte, Moshe Franco (hermano de Yuce) y David de Perejón, fueron juzgados en diversas causas. Los cargos, por orden de gravedad (repito: por orden de gravedad) fueron: propagar la ley mosaica; crucificar a un niño cristiano en Viernes Santo; y contratar el robo de una hostia consagrada. Retened este asunto del orden de prioridades delictivo, porque lo volveré a sacar a pasear dentro de algunos párrafos.

El proceso empieza el 17 de diciembre de 1490 y termina el 16 de noviembre de 1491. ¿Por qué un proceso tan largo? Pues por una sola razón: para tener tiempo de animar a los acusados a confesar lo que hace falta que confiesen.

En realidad, los principales testimonios serán los de Yuce Franco y Benito García. Para que valoréis el estado de entereza de ánimo que alcanzó Benito en el proceso, supongo que os bastará el dato de que quiso cortarse el pene a lo vivo para que así no se pudiera demostrar que estaba circuncidado, evitando con ello morir abrasado.

Pero vayamos con Yuce. En diciembre de 1490 comienzan a interrogarlo, sin muchos resultados. El 10 de enero del año siguiente, admite haber viajado a La Guardia para buscar ingredientes para hacer el pan de la Pascua judía, momento en que entra en contacto con los conversos. No es hasta el 10 de abril, cuando lleva cuatro meses siendo torturado, cuando Franco empieza a hablar del asunto de comprar una hostia consagrada para hacerle cositas herejes. El 7 de mayo, sin embargo, ya confiesa el lugar donde escondieron al niño, en unas cuevas de los arrabales de La Guardia, e implica a varios cómplices. Aunque, llevado quizás por la compasión, Franco sólo señala a los tres muertos incluidos en la causa.

El 9 de junio, tanto Franco como Benito García comienzan a contar historias que mezclan la sangre de los niños cristianos y la hostia consagrada. Aparecen también, como cooperadores, los Franco de La Guardia, que son conversos, algo que probablemente Torquemada estaba buscando ávidamente desde el principio, y luego veremos por qué.

Durante los calores del verano, los huesos de ambos imputados son convenientemente retorcidos para acabar de la hilar una historia completa, de modo que el 25 de octubre la acusación presenta lo que podríamos denominar sus conclusiones y se elabora un fallo en borrador. Para completar este borrador, Yuce Franco será torturado dos veces más: el 26 de octubre y el 12 de noviembre, apenas cuatro días antes de que lo quemasen vivo (o medio vivo).

Las confesiones finales de los procesados son alucinantes. Según aceptaron meses después de empezar a sufrir que les torturasen, la razón del secuestro es que el rabinazgo francés les había convencido de que si mezclaban la sangre de un niño cristiano y una hostia consagrada podrían envenenar las fuentes de agua y los inquisidores morirían al beberla (curioso caso de envenenamiento selectivo éste). El caso del Santo Niño de la Guardia, por lo tanto, se convierte, por mor de esa confesión tan oportuna, en un caso cuyo centro delictivo es la voluntad de los conversos de La Guardia de librarse de los inquisidores, pues el ámbito de actuación de la Inquisición se refiere a los judíos bautizados (conversos); tecnicismo legal que, en este proceso, se pasaron los inquisidores por donde amargan los pepinos. Y digo que la confesión es oportuna porque así se centró el delito en una presunta conspiración en la cual los principales interesados no eran los judíos puros, sino los conversos. Que era lo que Torquemada quería.

En una muestra más de la alucinante manipulación que fue aquel proceso, alucinante casi incluso para aquellos tiempos, os diré que la principal prueba de la acusación fue... el parecido entre los campos de La Guardia y Palestina. En efecto, en medio de sus alucinaciones entre tortura y tortura, los dos principales testigos admitieron que se habían llevado el niño a la población toledana de La Guardia por el parecido del lugar con Palestina, su tierra prometida. Ante el juez, el furibundo antijudío fray Antonio de Guzmán explicó las similitudes entre ambas tierras las cuales, de todas formas, fueron confirmadas gracias a unas oportunas revelaciones divinas recibidas por otro fraile, fray Simón de Roxas.

El 16 de noviembre de 1491, como hemos dicho, terminó el juicio con la ejecución de los acusados.

El asunto de la Inquisición es todo un debate histórico que no terminará nunca. Hay, como sabemos bien, una Leyenda Negra, alimentada por autores europeos no españoles, sobre la extremada violencia de la Inquisición española. Cierto es que esta Leyenda Negra es muy graciosa, viniendo como viene de lugares como Francia, país en cuyo entorno geográfico hubo herejes como los cátaros que fueron totalmente borrados de la Historia, y no precisamente a base de bombas de perfume a lo Rita Irasema; Centroeuropa, donde los albigenses, como todo el mundo sabe, fueron tratados con la mayor de las conmiseraciones y un escrupuloso respeto de sus derechos; o la siempre inmaculada Inglaterra, la cual se desempeñó tras la desafección anglicana con los católicos interiores con una violencia que a menudo olvidamos (más bien: que rara vez se cuenta) y que alcanza su quintaesencia en las relaciones con el vecino irlandés. La Leyenda Negra, además, alimenta versiones falsas e interesadas, como aquella que quiere ver en la Inquisición una institución especialmente proclive a la tortura, cuando no lo era más que la justicia seglar y, en no pocas ocasiones, incluso menos, prefiriendo algunos encausados caer en los brazos judiciales inquisitoriales antes que en las manos del corregidor de turno. Todo esto es cierto, como también lo es que la Inquisición nunca ajustició a nadie puesto que, una vez condenado el condenado, era entregado a la justicia secular para su traslado a la churrasquería.

Todo esto, digo, es cierto, o a mí me lo parece. Pero de ahí a sostener que la Inquisición no es lo que básicamente se le acusa de ser, hay un trecho muy, muy largo.

El argumento de que la Inquisición no ejecutaba es pueril. Tan pueril como si Hitler hubiese sido encausado en Nuremberg y hubiese aducido en su defensa que no se le podía cargar con la muerte de ningún ingresado en un campo de concentración, puesto que él, cosa cierta, jamás accionó el mando que liberaba el gas venenoso de las cámaras. Si los pobres condenados llegaban a la plaza del pueblo el día del auto de fe, era por la acción, torticera y violenta, de los inquisidores. La Inquisición, además, era una institución esquizoide, fiel reflejo de la mentalidad asimismo esquizoide o sicopática de la propia Iglesia en aquellos siglos. La propia lista de los cargos de los judíos encausados por el crimen del Santo Niño nos da una pista. Peor delito es vocear las virtudes del Talmud que coger (presuntamente) a un niño de cuatro años, clavarlo a unos maderos y verlo morir, en ocasiones mediando diversas torturas físicas por el camino. Acojonante. Alguien que tiene esa escala de valores, claro, es alguien a quien no le importa conseguir una confesión bajo tortura y darla por válida.

Lejos de considerar que somos (los españoles, digo) víctimas de una monumental campaña de prensa histórica en nuestra contra (que algo de eso hay, no obstante), hay que partir de las bases a mi modo correctas: la Inquisición es un tribunal de guerra. De la guerra librada por el catolicismo contra todo cristo para conservar su monopolio espiritual, que era también un monopolio temporal. Como todo tribunal de guerra, es una corte en la que los derechos de los acusados, el respeto a unas mínimas formas procesales, y la idea ésa de que todo el mundo es inocente mientras no se demuestre lo contrario sin sombra de duda, son puestas en solfa.

¿Se pudieron hacer las cosas de otra manera? La respuesta, siempre, es: sí.

Pero volvamos al 16 de noviembre de 1491, día grande inquisitorial. La Inquisición, siempre pronta a mostrar el Amor Universal al Prójimo que teóricamente debía profesar teniendo las creencias que tenía, ofrecía siempre a los condenados una última oportunidad. Dado que morir quemado a fuego lento es una de las formas más jodidas que existen de morir, y es por lo tanto normal cagarse y mearse de miedo ante la perspectiva, los condenados, ya atados al poste, recibían el ofrecimiento de ser relajados, esto es: caso de profesar, en el último momento, la religión católica; caso, por lo tanto, de morir besando la cruz que portaban aquellos que los estaban asesinando bárbaramente, eran estrangulados allí mismo, para sí ahorrarse el tormento del fuego. Eran quemados de todas maneras, pero ya muertos. Esto pasó con Benito Garcia de las Mesuras, el del pene; así como Juan de Ocaña y Juan Franco. El resto, no. El resto se empeñó en morir como judíos. Y es que mira que hay gente terca por el mundo.

¿Por qué esta insistencia? ¿Por qué tanta paciencia torturadora que espera con frialdad durante meses hasta que los imputados confiesan lo que tienen que confesar? Pues hay, a mi modo de ver, una razón fundamental. A los ojos de Torquemada, el elemento fundamental del proceso del Niño de la Guardia, que lo hace distinto a cualesquiera otras presuntas crucifixiones de niños ocurridas con anterioridad, es que no fuese realizada sólo por judíos. Lo que quería demostrar el fraile inquisidor con aquella movida era algo muy sencillo: la presencia de los judíos, de los judíos puros, por mucho que se encierren en sus ghettos; por mucho que sólo se casen entre ellos; por mucho que no se relacionen con los cristianos; por mucho que se les limite las profesiones que pueden ejercer; la presencia de los judíos, digo, es peligrosa. Porque si quedan judíos por ahí moviéndose y dando por culo, siempre podrá pasar lo que le pasó a los hermanos Franco de La Guardia y a Benito García, todos ellos conversos epidérmicos: arrastrados por el ejemplo cercano de los judíos que seguían siéndolo, acabaron pecando como ellos. De ahí a la idea de que no hay más huevos que separar a conversos de judíos sólo hay un paso.

Para la Inquisición, para Torquemada, era fundamental demostrar que el Santo Niño de la Guardia fue asesinado por una coalición de judíos y cristianos, malos cristianos, conversos cabrones, pero cristianos. Como los conversos eran de La Guardia, de ahí toda la obsesión porque todo ocurriese ahí; de ahí la obsesión por demostrar que el lugar era un vivo retrato de la Cisjordania. La importancia del proceso, a mi modo de ver, no está en Yuce Franco. Yuce Franco era judío, y si él fuese el centro de los hechos, el Santo Niño de la Guardia no pasaría de ser un episodio más de furia antijudía, y no habría dado los réditos que dio este montaje.

Porque bien poco tiempo después de todo esto, oh casualidad, Isabel de Castilla estampaba su sello en la orden de expulsar a los judíos no bautizados de España. Torquemada ya tenía lo que quería: las manzanas podridas, a freír espárragos. Por medio, una crisis económica de la hueva, un retraso secular para el desarrollo intelectual español, y otras muchas cosas. Pero eso al buen fraile se la trajo al pairo.

Los acusados, puestos a confesar, además de confesar la complicidad de varias juderías españolas en aquel crimen y la de todo cristo que les fue insinuado, confesaron también dónde habían enterrado los pobres restos de Juanito o tal vez Cristobalito Pasamontes de La Guindera. Pero, ¿a que no lo adivinais? Pues sí: los restos nunca aparecieron. Básicamente, porque nunca hubo niño de la Guardia ni (nunca mejor dicho) Cristo que lo fundó. Nunca. Cualquier persona medianamente versada en los asuntos de la sicología humana os podrá explicar que alguien que aguanta más de medio año de salvajes torturas antes de confesar un crimen, obviamente no lo ha cometido. Eso sin contar con el leve detalle de que sin cuerpo no hay delito, y tal.

Pero, claro, según explicó la Iglesia, el cuerpo no apareció porque había subido al cielo. ¡Acabáramos!

Muchas personas han oído hablar o han leído acerca del incendio del Reichstag. Hitler hizo quemar el parlamento alemán para luego culpar a los comunistas del atentado y así poder iniciar una represión en contra de ellos que los laminó completamente. El Santo Niño de la Guardia es, a mi modo de ver, el incendio del Reichstag del catolicismo ultramontano español. Es un montaje desde el primer momento, como lo fueron todos los presuntos asesinatos de niños por judíos, dentro y fuera de España. Nunca existió Juanito, ni Cristobalito. Nunca estuvo en la Puerta del Perdón, nunca pasó por allí Yuce Franco para secuestrarlo. Nunca hubo un niño secuestrado en las cuevas de La Guardia, y nunca fue clavado a una cruz para obtener su sangre, mezclarla con hostias consagradas y así poder enponzoñar el agua que bebían los inquisidores de la zona. Nos encontramos ante un ejemplo supino de abuso de poder, de utilización en beneficio propio de todas y cada una de las estructuras del poder, persiguiendo un objetivo de gran calado, como es la expulsión de los judíos de España. Para conseguir dicho objetivo, no se dudó en sugestionar al pueblo castellano, en alimentar la olla del antijudaísmo, a pesar de los progomos y matanzas que ya había provocado.

El corolario, verdaderamente acojonante, de esta Historia, es que la fiesta del Santo Niño de La Guardia se sigue celebrando hoy en día. No sé si alguien de La Guardia leerá alguna vez esto, pero no quisiera que viera en ello animadversión hacia su fiesta. Esto sí, si yo fuese alcalde del pueblo, la reconvertiría en una fiesta de reencuentro entre culturas, una fiesta de desagravio que, cuando menos tibiamente, les devolviese el honor a esos vecinos de la barriada que un día fueron salvaje e injustamente ejecutados por un crimen que no cometieron.

Pero lo que me parece acojonante es que, si la fiesta existe aún, eso será porque sigue contando con el beneplácito, o más bien el aliento, de la Iglesia Católica.

A mi modo de ver, el Vaticano, la Conferencia Episcopal Española o quien tenga que ver con esta historia debería hacer algo para tratar de convencernos de que reside en el presente siglo, que es el XXI. El montaje del Santo Niño de la Guardia es mucho más que una mera invención beata. Es una conspiración criminal que provocó la muerte de ocho inocentes y que colocó en el disparadero a todo un pueblo, que hubo de sufrir exilio y persecución por ello. Todo parece indicar que la historia fue montada desde el primer momento con esta intención.

Está muy bien eso de pedirle perdón a Galileo por haberle tocado las pelotas. Pero hay crímenes mucho más horrendos, pruebas mucho más grandes de refinada crueldad y la más honda amoralidad, esperando en la cola.

La excomunión de Fray Tomás de Torquemada, ya tarda.

miércoles, noviembre 18, 2009

Entebbe

Junio de 1976. El momento terrorista de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y sus organizaciones más o menos relacionadas está en su punto agraz. De hecho, la década de los setenta es la leche en materia terrorista. Están los palestinos. El IRA. La ETA en España que, precisamente, convierte 1976 en un año especialmente sangriento que culminará, ya en 1977, con el repugnante asesinato por fascistas de los abogados de Atocha. Es también tiempo de Brigadas Rojas y, en Alemania, de una organización radical, denominada Baader-Meinhof por los nombres de sus dos dirigentes, Andreas Baader y Ulrike Meinhof, que acabarán por morir en prisión en extrañas circunstancias.

El 27 de junio de 1976, hace pues ahora la edad de Jesucristo, un avión de la Air France realiza una conexión entre Tel Aviv y París. El avión, un Airbus 300, está formado básicamente por pasajeros franceses y hebreos. El avión hace la escala prevista en Atenas y, una vez hecha, tras despegar, es secuestrado por cuatro terroristas. Dos son miembros del Frente de Liberación de Palestina y los otros dos alemanes, miembros del Ejército Rojo germano, o sea la Baader-Meinhof. Curiosa joint venture ésta. A los palestinos nunca les han faltado amistades on the wild side. También en España. Algo que deberían tener en cuenta quienes piensan que los pedos de Yassir Arafat no olían.

Los secuestradores desvían el avión al aeropuerto de Bengasi, Libia. Otro sitio amigo. Sin embargo, Libia tiene el problema de estar, a su modo de ver, todavía demasiado cerca de Israel. La estrategia de los secuestradores es sencilla: una vez que estén aposentados, exigirán la libertad de varias decenas de palestinos presos en diversas cárceles de cuatro países, la mayoría en Israel, y anunciarán que van a comenzar a matar a los rehenes si no se les hace caso. Dado que piensan dar un plazo muy corto, apenas 48 horas, y dado que probablemente piensan desde el primer momento que Israel no se va a quedar quieta, para ellos es fundamental estar lo más lejos de Jerusalén que puedan y les permita la autonomía del aparato. Hay un candidato claro, un sátrapa reinante en el culo del mundo.

Idi Amín Dadá. En ugandés no sé lo que significa. En gallego significa Gran Cabrón. Antiguo oficial del ejército de Su Graciosa Majestad, Idi Amín ha viajado desde unas posiciones más o menos proocidentales hasta una dictadura sangrienta revestida de conciencia no alineada. Esto de la no alineación, es decir países del Tercer Mundo que animaban una presunta tercera vía entre la URSS y los EEUU, lo cual venía a equivaler a tratarlos por igual, dio para mucho en aquella época. Uno podía cuando menos aspirar a ser un hijo de puta en su país pero, con el cuento de que era un jefe de Estado del Tercer Mundo con conciencia, ser aplaudido en algún que otro departamento de politología en alguna universidad de campanillas. Sic transit gloria mundi.

Amín es el amigo de los palestinos. Para entonces, su conciencia le ha hecho evolucionar hacia un furibundo antisemitismo; y, cuando Amín era antitú, ya te podías ir agarrando bien las pelotas, porque no se paraba en barras. En un acto de acojonante ilegalidad internacional y amoralidad supina, Amín no es que permita que el avión aterrice en el aeropuerto de Entebbe (eso, autorizar que unos secuestradores aterricen en un aeropuerto propio, lo han hecho muchos Estados democráticos), es que los recibe con los brazos abiertos. Eso sí, como Idi Amín podía ser tonto pero no gilipollas, poco tiempo después de llegar el avión a Uganda le arranca a los secuestradores la libertad de 46 rehenes, fundamentalmente mujeres, niños, enfermos y no hebreos. La cosa va de lo que va, y eso los terroristas y su amiguito lo saben bien.

En este momento de las primeras liberaciones, hay que anotar para la Historia los heroísmos, de méritos potísimos. El heroísmo del comandante Michel Bacos y su tripulación, que se negó a abandonar a los rehenes por considerar que eran su pasaje y por lo tanto ellos eran responsables de su bienestar. Y el heroísmo de una anónima monja francesa (nunca he sabido su nombre) que, por ser mujer, es colocada en la lista de evacuados, y se niega a marcharse, solicitando ser canjeada por otro pasajero. La obligaron a bajar, en todo caso.

Horas después, más terroristas del Frente de Liberación de Palestina se unen al botellón. Esto sí que no pasa mucho. Es posible que un avión secuestrado sea autorizado por un Estado a aterrizar en un aeropuerto; pero lo que no suele pasar es que, encima, ese Estado permita a unos secuestradores de refresco que se unan a la partida. El secuestro de Entebbe, pues, tiene una característica muy propia, y es que, al revés de lo que ocurre en otros muchos, aquí, además de los secuestradores, hay un Estado, un Estado soberano, que les da cobijo, apoyo, y aliento. Tanto es así, que la terminal del aeropuerto, donde son desplazados los rehenes, está custodiado, a pachas, por los terroristas y soldados ugandeses.

El ultimátum de los terroristas es el 1 de julio. O sea, tres días, el 28, 29 y 30. Después: bang, bang. Los países que tienen terroristas de los reclamados en sus cárceles comienzan a moverlos con la intención de trasladarlos. Pero no así Israel. Israel sostiene la filosofía de no negociar nunca con terroristas, y contesta que esa ocasión no es una excepción. Sobre Jerusalén llega una doble presión: por un lado, las familias de los rehenes las cuales, como es lógico, aceptarán cualquier cosa con tal de recuperar a sus seres queridos. Por otra parte, la diplomacia, sobre todo francesa, que presiona al gobierno hebreo para que ceda.

Israel, finalmente, cede. Casi a última hora, pero cede. Su cesión tiene como consecuencia que, a causa de su tardanza, los terroristas han de flexibilizar algo sus posiciones: liberan a 101 pasajeros más y aplazan el ultimátum hasta el día 4.

Eso es exactamente lo que está buscando Israel.

La cesión de los judíos se hizo básicamente, según es consenso casi total en los historiadores que he leído, para ganar tiempo. En esas 48 horas que gana amagando con bajarse los pantalones, Israel montará la operación contraterrorista más compleja y difícil jamás planteada, y acabará ejecutándola con precisión de relojero.

Como siempre en estos casos, se manejan opciones. Se plantea una especie de invasión paracaidista del aeropuerto y sus alrededores. O un ataque desde Kenia con lanchas rápidas y vuelta a dicho país. Pero la opción finalmente elegida es la realización de un raid muy rápido que permita coger a los rehenes y llevarlos de vuelta a Israel. A 3.800 kilómetros.

Los rehenes que quedan para entonces en Uganda son todos judíos. El terrorista alemán Wilfried Boese los ha elegido por sus apellidos de especial sonoridad judía; no deja de tener coña la imagen de un alemán de ultraizquierda seleccionando judíos para colocarlos en peligro de muerte. Este tipo de escenas demuestra hasta qué punto los extremos se tocan. O quizá es que son iguales.

Evidentemente, los testimonios de los rehenes liberados aportan información sobre cuántos secuestradores hay, cuántos soldados, etc. Hay uno especialmente importante procedente de un error de los terroristas. Obsesionados con quedarse con los judíos, como he dicho, tienden a quedarse con los de apellidos más marcadamente hebreos. Llevados por ese error, liberan a un pasajero francés que, además de francés, es judío y que, además, tiene formación militar. Al parecer, este pasajero aportó al Mossad datos valiosísimos sobre todo lo que vio (puesto que lo vio con ojos que no solemos tener los demás).

Además, a los judíos les toca la lotería cuando se enteran de que la terminal de Entebbe fue construida, años atrás, por una empresa israelí, con lo que tienen acceso de primera mano a los planos y las technicalities del lugar. Cagando melodías, los judíos construyen una maqueta a escala del lugar (como Clooney y Pitt en Ocean's Eleven) y practican su piñata todo lo que pueden. El 2 de julio, realizan un ensayo con fuego real. Les lleva 55 minutos.

Israel pone en juego siete aviones: cinco C-130, los famosos Hércules, y dos Boeing 707, uno que sirve de cuartel general y otro cuya función es quedar aparcado en Kenia con instalaciones sanitarias para atender a eventuales heridos que lo sean tan graves como para no poder llegar hasta Israel sin ser atendidos. Los cinco Hércules despegan a primera hora de la tarde del día 3 de julio de una base de Israel, cargados con armas, munición, vehículos militares e incluso un Mercedes negro como el que usa Idi Amín, con el que pretenden clonar la comitiva presidencial del sátrapa ugandés y así poder acercarse a la terminal sin levantar sospechas. Por lo que he podido leer, el Mercedes que llevaron no era negro, porque no encontraron un coche de ese modelo y color. Era el Mercedes de un particular pintado a espray.

Uno de los mitos de la operación de Entebbe dice que estos aviones recorrieron los 3.800 kilómetros volando a pocos cientos de metros del suelo para no ser localizados por los radares. Por lo que he podido saber, esto no es cierto. Lo que hicieron fue no volar en formación, sino en fila y respetando las distancias de la aviación civil, para así pasar por simples aviones comerciales.

El primero de los Hércules que llegase a Entebbe tenía que hacerlo a las 23 horas. Pero llega con retraso... de un minuto. Evidentemente, no pidieron pista ni solicitaron iluminación a la torre de control. Tres días antes, como si tal cosa, varios grupos de judíos habían llegado a Nairobi y se habían establecido allí. Eran presuntos comerciantes que en realidad formaban parte de comandos del ejército israelí y que, en la noche del día 3, están en el aeropuerto encendiendo luces para facilitar el aterrizaje. Aún así, y por si se cortaba la luz, conforme el avión tocó tierra bajó el portillo de desembarco (el que lleva en el culo) y, cuando el aparato aún no había parado, varios comandos se tiraron desde él para, una vez en el suelo, encender bengalas para así dar la clave al resto de los aviones de donde estaba la pista.

El siguiente paso es montar la comitiva de Idi Amín y engañar a los vigilantes. Pero eso sale mal: para desgracia de los israelíes, poco tiempo antes de la acción, el puto Amín se había comprado un Mercedes blanco. Los soldados ugandeses se coscan de la movida y empiezan a disparar. Aún y a pesar de este contratiempo, entre el momento del primer disparo y el momento en que los soldados entran en la terminal y comienzan a apiolarse a los que allí tienen presos a los rehenes es de apenas un cuarto de minuto.

En ese momento, aterriza en el aeropuerto un segundo Hércules, con paracaidistas. El tercero, que llega casi de seguido, lleva en su panza carros de combate que cumplen con su misión, que no es otra que pasarse por la piedra a los cazas que el ejército ugandés tiene allí en el aeropuerto. Evidentemente, esta medida está buscando que los ugandeses no puedan perseguir a los aviones cuando se larguen (que hubiera sido de coña. O sea, no sólo albergo a los terroristas en mi país sino que, acto seguido de que sean atacados, yo voy a persigo a quienes los han atacado). Luego aterriza el cuarto Hércules, un avión-hospital. El quinto avión, de reserva, nunca aterrizó en Entebbe. No hizo falta.

Los israelitas se pasaron de tiempo en la operación. Habían calculado 55 minutos. Les tomó 57. Los judíos perdieron tres rehenes en la operación, y rescataron 100. Los muertos fueron Jean Jacques Maimoni, quien no reaccionó a los gritos de los comandos de que se tirasen al suelo, fue confundido con un terrorista y abatido; así como Pasko Cohen e Ida Borochovitch, que fallecieron en la refriega. Una mujer de 75 años, Dora Bloch, tuvo la mala suerte de haber sido evacuada al hospital de Kampala antes de la operación, así pues quedó en poder de los ugandeses. La mataron.

Su única baja militar fue el comandante de la operación, el teniente coronel Yonatan Netanyahu, herido en la espalda, y cuyo hermano escribió un libro sobre toda esta experiencia.

Las bajas en el otro lado fueron 13 terroristas (todos) y 33 soldados ugandeses muertos.

Uganda protestó en las Naciones Unidas por lo que consideraba una violación de su soberanía. El embajador israelí en la ONU se presentó en la sesión y declaró que su país estaba orgulloso de lo que había hecho, y que lo repetiría si se veía obligado a ello.

Puedes encontrar información sobre esto aquí (inglés), aquí (inglés), aquí (inglés) o aquí (español), por ejemplo.

lunes, noviembre 16, 2009

El debate en torno al federalismo

En estos tiempos modernos, como en todo, a mucha gente la da por pensar que lo que les pasa no ha pasado nunca (por eso son modernos). Pero los tiempos, en realidad, tienen su punto cíclico, lo cual quiere decir que hay cosas que se repiten insistentemente.

El debate sobre la organización territorial de España es muy antiguo. No proviene ni de la Transición ni de la República, aunque sean estos dos momentos históricos los únicos que propiamente han llegado a conceder autonomías. Pero hay un punto de la Historia de España en el que, en realidad, este debate fue mucho más rico e intenso, y fue la I República. La discusión parlamentaria de la que iba a ser la Constitución de la I República fue, en gran parte, una discusión en torno a un tema hoy tan de moda como si España debía organizarse mediante un sistema federal.

En el marco de dicha discusión brilló un diputado canario hoy olvidado pero que, en realidad, fue uno de los mejores oradores que pisaron esa tribuna, todo hay que decirlo, tan pródiga en tuercebotas y torpes lectores de discursos escritos. El discurso de Fernando de León y Castillo, entonces joven diputado, en el curso del debate producido el 11 de agosto de 1873 tiene, creo yo, su interés para ser leído hoy en día. Interés, cuando menos, por lo curioso. Cierto es que está notablemente influido por la coyuntura, no tanto por el hecho de que España era entonces una república, como por el hecho de que estuviese convulsa por la resistencia carlista y, en el momento de las discusiones, por las gravísimas rebeliones cantonales, de las cuales la más grave fue la de Cartagena.

Pero, independientemente de estos hechos del presente de sus palabras, os traigo aquí el discurso para que veais que, hace 125 años,ya se pronunciaban en el palacio de la carrera de San Jerónimo palabras que llevaban embebidos tres debates bien modernos: uno, España se rompe; el otro, la nación española es un concepto discutido y discutible. Y, en tercer lugar, last but not least, la presunta modernidad del federalismo. Es en este tercer punto donde creo yo que este discurso es más curioso. Porque en los tiempos que corren, a causa sobre todo del lobby intelectual ejercido por los nacionalismos y por la enorme cautivación que ha ejercido el autonomismo en todas las formaciones políticas, parece haberse consolidado la idea de que el federalismo (y el autonomismo no es sino un federalismo desleído) es lo más de lo más de la modernidad de las ideas. Desde el punto de vista histórico, éste sí es es un concepto, si no discutido, sí, desde luego, discutible.

Dejemos hablar a don Fernando:

Si el proyecto llega a ser ley fundamental, no hay para qué hablar de la nación española, porque habrá desaparecido dividida y deshonrada; aquí donde todos somos ya ciudadanos; aquí, donde a todo el mundo se le desea Salud y República Federal; aquí, donde os habéis entretenido en suprimir títulos, condecoraciones y tratamientos; aquí, donde ya falta poco para que todos nos tratemos de tú; aquí, donde se ha copiado hasta las chocheces de la vieja escuela revolucionaria francesa, habéis querido tener la originalidad y habéis dado vida a la República Federal. Pero digo mal: ni aun en esto ha sido original el partido republicano. La federación es un despropósito traducido al castellano por el señor Pi i Margall. Proudhon escribió El principio federativo; tradújolo el señor Pi i Margall; encontrólo aceptable por lo disolvente, y he aquí la federación convertida en ideal de gobierno para el Partido
Republicano.

Es triste cosa que quiera someterse a un país a la dolorosa prueba de renunciar a todas sus glorias; es triste cosa que haya un partido de tal manera en pugna con el sentimiento público, que vaya en un momento de horrible confusión a aventar sobre este país convulso, para abrasarlas en nuevo fuego, las cenizas de las nacionalidades muertas, que habían venido a confundirse en una patria común. El señor Castelar, en uno de sus más elocuentes discursos, decía: antes que republicano, antes que liberal, antes que federal soy español. Pues no se puede ser federal y español. Hablar hoy de federación es hablar de disolución. La federación se hace de abajo a arriba, y en esto se diferencia de la descentralización, que se hace de arriba a abajo. Yo, que condeno la insurrección cantonal, digo que es lógica, porque ha empleado el único procedimiento conocido para llegar a la federación. Ha partido de la independencia para llegar a la federación, como se ha partido de la federación para llegar a la unidad.

Después de todo, yo comprendería vuestra actitud, porque os llamáis un partido esencialmente progresivo, si la federación fuese un progreso. Pero, ¿por ventura lo es? A mi juicio, es un retroceso, un anacronismo, un absurdo. la federación se presenta en el periodo anterior a las grandes nacionalidades como punto de paso para llegar a la unidad: es un momento de crisis necesaria. Suiza y los Estados Unidos pugnan hoy por tener a todo trance lo a que a todo trance os empeñáis vosotros en perder: la unidad del Poder, que se opone a la descentralización. A mayor libertad, mayor fuerza de los gobiernos. Esto sucede en todas partes, menos en España, donde, para pasar por liberales, los gobiernos necesitan cruzarse de brazos ante los excesos, ante los atentados, ante todos los crímenes que se cometan en nombre de la libertad, que no son pocos. Por eso aquí la libertad es la licencia y la anarquía y la barbarie.

Pero decía que la federación es un periodo anterior a la formación de las nacionalidades. ¿Qué fue el feudalismo sino una federación de señoríos? ¿Qué papel representaba entonces el monarca? El que ahora queréis dar vosotros al Poder central. Yo tenía aprendido que la muerte del feudalismo en la unidad del absolutismo regio había sido un progreso relativo, pero un gran progreso: mas veo que estaba en un error, porque aquí vamos al feudalismo, a la tiranía local y provincial.

Las federaciones han sido siempre un gobierno interino, un
modus vivendi, para llegar más tarde a la unidad. Es más; cuando en las federaciones no se determina el movimiento hacia la unidad, cuando se estacionan, se constituye un estado de cosas en que la vida es imposible, hasta que desaparece, dejando tras de sí la sangrienta huella de intestinas discordias. Nosotros, por primera vez, fuimos independientes cuando se realizó la unidad nacional.

Decís también que en España hay tradiciones federales. Es cierto: como todos los pueblos de Europa que se han constituido y han realizado su unidad por medio de la federación. Pero, ¿hemos de volver a los tiempos de Enrique IV y Juan II? ¿Hemos de volver a aquella confusión de la que surgió la nacionalidad española? ¿Quién habría de decir que el partido republicano, tan progresivo, buscaría sus soluciones en la Edad Media? Los carlistas, los absolutistas, vuelven los ojos a la monarquía de Felipe II y quieren restaurarla con las modificaciones que exigen las mudanzas de los tiempos, pero vosotros vais para atrás; vosotros queréis restrablecer la confusión de la Edad Media. Pues, ¿qué son vuestros Estados, sino un mal recuerdo de los antiguos reinos?

¿Qué es la federación para vosotros? La autonomía de los Estados. Pues no es difícil prever, conociendo la Historia de este país, que el que vote la federación vota la disolución nacional. La tendencia a la indisciplina y la propensión al aislamiento que constituyen el fondo de nuestro carácter, producirá la guerra de familia a familia, de partido a partido, dentro de un mismo pueblo, de pueblo a pueblo, de Estado a Estado; y estos odios, y estos antagonismos que en otros tiempos nos sometieron al yugo de los conquistadores, producirán la disolución y la muerte. ¿No teméis dar nueva vida a esos gérmenes de disolución y de muerte? Hasta ahora somos españoles; dentro de poco no habrá más que catalanes, castellanos, valencianos, aragoneses, etc. ¿De qué va a servir el lazo federal en este país? Este lazo ha de ser la cuerda en que aparezca pendiente ante la vergüenza pública y ante la compasión del mundo, la grande y desdichada nacionalidad española.

viernes, noviembre 13, 2009

El ¿genio? militar de Franco (y 2)

Los hechos ocurridos inmediatamente después de la ocupación por parte de Franco del frente del Norte avalan bastante la idea de que quienes sostienen que no debió modificar sus prioridades en esa dirección tienen puntos de crítica muy sólidos. Ocupando el Norte, Franco no sólo asestó un golpe durísimo, en mi opinión definitivo, a la capacidad productiva del bando republicano, sino que además liberó todo un ejército, el del Norte, que ahora pudo poner el culo contra el mar y tirar hacia el sur, engrosando las fuerzas nacionales que allí combatían. Si a eso unimos que el cierre de la frontera francesa y el progresivo agotamiento del oro de Odessa ponían cada vez más difícil, cuando no imposible, el reaprovisionamiento del Ejército Popular de la República, lo que tenemos es la imagen de un año 1938 en el que el bando republicano no hizo ya sino dar boqueadas inútiles, la penúltima de las cuales conocemos con el nombre de Batalla del Ebro.

Tomando en cuenta esta superioridad que comenzaba a ser aplastante, Franco organiza un ejército, nada menos de quince divisiones, con el que pretende repetir la batalla de Guadalajara y, consecuentemente, desayunar en la Puerta de Sol. Pero, a decir de sus críticos, Franco hizo esa formación con tanta lentitud, y de una forma tan previsible, que otorgó una ventaja a los republicanos a la hora de diseñar una operación que crease un nuevo problema del que el ejército nacional se tuviese que ocupar. Esta operación de distracción es lo que conocemos como la toma de Teruel.

En ese punto, Franco tiene que decidir si ir o no a la ayuda de los defensores de Teruel, a los que las circunstancias obligaron a defenderse frente a divisiones republicanas relativamente bien pertrechadas y envalentonadas. Si Franco hubiera sido el Franco de El Alcázar, habría corrido para socorrerlos. Pero no lo hizo. No, al menos, con la misma celeridad. Los defensores de Teruel están cercados desde el 16 de diciembre, pero no es hasta el 22 que Franco decide ir en su ayuda, cosa que no consigue, sobre todo a causa de las durísimas condiciones climáticas. Aún y a pesar de que Teruel se perdió por rendición de la guarnición nacional, Franco se empeñaría en recuperarla, a pesar del escasísimo, por no decir putomiérdico, valor estratégico del enclave. Así pues, hay quien piensa que en el mes que va de mediados de diciembre del 37 a mediados de enero del 38, Franco todo lo hizo mal, o sea tarde.

El 15 de abril de 1938, el avance ya casi imparable de las tropas franquistas por la ribera del Ebro alcanza el mar. Es el momento en el que el terreno en poder de los republicanos se parte en dos, generando, de hecho, dos guerras dentro de la guerra: la de Cataluña y la del Centro-Valencia.

En esas circunstancias, ¿qué habríais hecho vosotros? Según los críticos de Franco, esta pregunta no tiene más que una respuesta. La única vía de abastecimiento posible de la República era la frontera francesa. Así pues, entre las dos opciones posibles para el ejército franquista, tirar hacia el norte para echar al EPR de España por los Pirineos o machacarlo contra las montañas, o tirar hacia el sur y atacar Castellón y Valencia, parece claro que la opción más racional es la primera.

Pero Franco tomó la segunda.

Ricardo de la Cierva reconoce que todo el entourage militar de Franco: Yagüe, Kindelán, etc., quería atacar hacia el norte. Apunta la posibilidad de que a Franco le decidiese un argumento geopolítico, pues acababa de producirse la adhesión de Austria por Hitler y no habría querido malquistar a Francia. Sinceramente, el argumento no tiene pase. Primero, porque la frontera francesa ya se había reabierto; de hecho, el retraso en la ofensiva de Cataluña regalado por Franco fue el que permitió a la República reaprovisionarse desde Francia y plantear su canto del cisne en el Ebro. Y, segundo, porque Franco tenía que saber que, con anexión o sin anexión, era sólo cuestión de tiempo que tuviera que hacer lo que intentaba no hacer. De hecho, no tardó más que seis meses.

El 23 de julio, los republicanos cruzan el Ebro por varios puntos, aunque la molla de la batalla se plantea en Gandesa. Para entonces, Franco tiene tal superioridad militar (de hecho, la batalla del Ebro sólo tuvo oportunidad de ser ganada por los republicanos en la mente entregada de algunos analistas de la cuerda) que se puede plantear diversas operaciones colaterales, tales como cruzar el Ebro por otros puntos, o seguir como si nada pasara y atacar Valencia, o incluso tratar de aislar en una bolsa a las tropas de Gandesa. Teniendo, pues, tantas posibilidades de dar golpes de fajador en los costados, para terminar de agotar a un rival ya casi sonado, sorprende que aceptase una lucha frontal, como de igual a igual, que le sería, como casi siempre este tipo de acciones, muy costosa. En esta proclividad a aceptar los enfrentamientos frontales y sangrientos es en lo que basan no pocos críticos de Franco su argumentación de que como estratega militar dejaba mucho que desear. Como mínimo, 100.000 combatientes de ambos bandos murieron en aquella larguísima batalla.

¿Alargó en exceso y a propósito Franco la guerra? Lejos de ello, ¿era tan sólo un estratega mediocre que, más allá de consideraciones de poder, simplemente metió la pata? ¿O acertó con sus decisiones? Las tres opciones están abiertas y las tres tienen sus argumentos a favor y en contra. Personalmente, encuentro sugestiva la teoría que Asmodeo ha dejado escrita en un comentario a la primera toma de esta breve serie. Franco sabía que los planes que había diseñado él o su círculo íntimo-estratégico necesitaban de una posguerra que fuese un remanso de paz o, más bien, de inactividad. Necesitaba una España agotada y acojonada a partes iguales; una España que le siguiera necesitando en la vida civil como lo necesitó en la vida militar, una vez que, hábilmente, consiguió que su mando supremo se hiciese imprescindible.

Es, como digo, sugestiva, aunque indemostrable, la idea de que Franco, digamos, no tuvo prisa en terminar la guerra, por temor al hecho palmario de que un boxeador contrario queda más entero si le haces un KO en el segundo asalto que si lo haces en el asalto 14, después de llevar más de media hora dándole la del pulpo. Al noqueado en el segundo asalto siempre le quedarán más ganas de volver a levantarse e ir a por el contrincante.

Pero estamos, como he dicho ya varias veces, en el terreno de lo indemostrable. O sea, de lo puramente opinable.

miércoles, noviembre 11, 2009

Vigencia del marxismo

Estos días de aniversario redondo, 20 años de la caída del muro berlinés, se habla bastante de marxismo. Para las mentes más antimarxistas o lejanas del marxismo, el fin del muro viene a suponer el fin, también, del marxismo, que se convertiría, de esta forma, en una filosofía política nacida para generar un antes y un después en la Historia de la Humanidad; pero que, en la práctica, apenas ocupa un parpadeo en la misma, el parpadeo que va más o menos desde 1850 hasta 1990. Los marxistas y, sobre todo, los ex marxistas, tratan por su parte de salvar los muebles, unos; y de hacer como si nada hubiese pasado, otros.

Mi opinión personal es que Marx, primero; y sus seguidores, después, cometieron demasiados errores como para que se pueda considerar que ese cadáver vaya a poder levantarse de nuevo. Y de seguido desarrollo mis pensamientos al respecto.

En primer lugar, hay un argumento antihistórico que veo con frecuencia en artículos y blogs de partidarios. Me refiero a ese argumento que trata de convencernos de que lo que pasa con Marx es que nadie le entendió bien y que, de hecho, los marxistas lo pervirtieron. Este argumento es bien conocido en el entorno marxista, más concretamente soviético, pues desde hace años hay en Rusia toda una literatura destinada a vendernos la figura de Vladimir Lenin como un demócrata convencido que tuvo la mala suerte de tener un yuyu cerebral demasiado pronto que permitió al pérfido Stalin quedarse con el machito y desviarlo.

Esta teoría, al igual que su hermana tendente a salvar a Marx, olvidan, a mi modo de ver, el pequeño detalle de que a un demócrata convencido no se le nota eso por sus ideas, sino por practicar la democracia. Es cierto, al menos a mí me parece impepinable, que Lenin no fue Stalin en lo que se refiere a la democracia interna del PCUS. En las sesiones del Comité Central del PCUS que presidió Lenin no fueron pocos los miembros que hablaron libremente, muy a menudo criticando las ideas o estrategias del líder, y eso es algo que años después, cuando el secretario general era Stalin, no hacían, más que nada porque a quienes lo hicieron les costó la vida. Pero que un partido político sea más democrático internamente no quiere decir ni que sea plenamente democrático ni mucho menos que practique la democracia hacia los que importa, que son los ciudadanos. Lenin fue el iniciador de la imposición (ésta es la palabra) del comunismo en el agro soviético, política que acabó con la vida y la dignidad de muchas, muchísimas, personas. Lenin fue el primer defensor de la idea de que los estados revolucionarios deben ser dirigidos por una élite revolucionaria que ya sabe lo que tiene que hacer y ni de coña necesita ni que la voten ni que la avalen ni que la critique una prensa libre ni leches en vinagre. Todo muy democrático.

Igual para con Marx. Se puede decir que las teorías de Marx son profundamente democráticas pero que fueron malentendidas por sus seguidores. Y se puede decir porque, al fin y al cabo, viviendo como vivimos en un mundo en el que a alguien se le ocurre decir que los aztecas eran extraterrestres de la Nube de Magallanes y hasta escribe libros y sale en la tele, pues queda claro que, decir, decir, se puede decir cualquier cosa.

A mí me parece más cierto que la lectura del Manifiesto Comunista no destila amor alguno por la libertad de las personas. Destila amor por la libertad de una clase social hasta entonces oprimida, el proletariado; amor que, puesto que parte de un análisis excluyente (o prevalece el oprimido, el proletariado; o prevalece el opresor, es decir la burguesía) deviene en odio. Odio hacia el otro. La creencia en la democracia es, por definición, una creencia integradora. Por eso es, en el fondo, tan difícil ser demócrata, como ya barruntó Pericles. Uno tiene sus ideas y puede incluso conseguir que esas ideas sean las de la mayoría de la polis, lo cual le llevará a ejercer el poder democrático. Pero ningún poder democrático otorga la capacidad de ningunear, mucho menos atacar, las ideas contrarias.

El primer, gran, error de Marx, por lo tanto, estriba en no entender esto. En no entender que una ideología moderna, en la segunda mitad del siglo XIX, debía llevar en su interior estos mecanismos de respeto a las minorías, porque de no existir éstos, tarde o temprano caería.

En realidad, es un error comprensible. Cada uno juega el partido en un campo diferente y el del marxismo fue un partido que se jugó en parte contra la burguesía pero también en otra parte importantísima, contra la otra gran ideología (por llamarla de alguna manera) revolucionaria competidora, es decir el bakuninismo. El marxismo crece, hasta la segunda guerra mundial, con un ojito puesto en el anarquismo; hay zonas del mundo donde esta frase es incierta, pero en España es, desde luego, básicamente cierta. El anarquismo le pone al marxismo las cosas muy difíciles porque, en el momento en que éste tiene tentaciones posibilistas, tentaciones burguesas en el sentido de aceptar el juego democrático siquiera como un mal menor (así nace la socialdemocracia), surge, entre los más desfavorecidos, la brillante atracción del anarquismo irredento, que promete no ceder nunca y que, incluso en sus vertientes más radicales, estirnerismos y tal, no sólo acepta la violencia como elemento de la dialéctica revolucionaria sino que la fomenta. Ahí están figuras como la del ínclito Jules Bonnot para demostrarlo. Por eso, quizás, puede considerarse una buena noticia del siglo XX el final del marxismo; pero mucha mejor noticia, a mi modo de ver, es la caída en desgracia del anarquismo.

Marx no quería sociedades libres. Quería sociedades estatuidas bajo una dominación de clase, en las que lo importante era la clase, no el individuo. Es cierto que opinaba que eso se hacía en bien del burgués. De alguna manera, pensaba que el burgués quizá se sentiría jodido cuando le fuese arrebatada la propiedad privada, es decir la de los medios de producción, y se le retirase esa plusvalía que en realidad pertenecía al obrero y por lo tanto ya no se pudiese comprar merluzas y BMWs; pero, al fin y a la postre, como la sociedad comunista lleva a la felicidad universal, se sentiría de maravilla. Pero, claro, ese argumento es el mismo que esgrimían los evangelizadores de América y África que imponían sus creencias a cristazos; si no vale para unos, tampoco vale para otros tan sólo porque sean nuestros amiguitos.

El argumento, pues, de que Marx fue malentendido falla por su base. Si Marx, que dicen pensador clarividente y escritor aseado, hubiese querido dejar claro que la libertad del individuo y la de las sociedades de elegir su destino era una barrera infranqueable en la aplicación de sus teorías, lo habría dejado escrito. Y no lo hizo. El esquema marxista es un esquema en el que una élite revolucionaria, que va varios pasos por delante del pueblo al que teóricamente sirve, impone a ese pueblo una serie de soluciones digamos que provisionales, la principal de las cuales es la dictadura del proletariado, que en algún momento de un futuro que nunca llegó se podrían relajar porque se habría llegado al comunismo perfecto. El marxismo, por lo tanto, se concebía como esa faja de acero con la que se sujeta una plasta de hormigón blando y que se retira cuando ha solidificado y ya se sostiene por sí misma. El problema, como digo, es que el forjado nunca se quitó.

Este es el segundo gran error de Marx, a mi modo de ver. No estableció etapas claras y, mucho menos, un calendario estricto. Lo cual nos lleva a pensar en una doble posibilidad: o bien era tonto del culo, o bien se dio cuenta de que, así escritas, sus teorías sentaban la base para que cualquier Stalin de turno considerase que el momento de soltar el forjado no había llegado y, consecuentemente, siguiese apretando. Se dio cuenta de eso pero, a pesar de ser, dicen, un demócrata convencido, le dio igual. Hay, claro, una tercera teoría: que Marx tenía de demócrata lo que yo de sexador de pollos letón y, en el fondo, escribió exactamente lo que quería escribir; ni una coma más, ni una menos.

El tercer gran error de Marx fue creer a pies juntillas que el capitalismo se derrumbaría bajo el peso de sus propias contradicciones. En este punto, hay que reconocer que la Historia ha sido amargamente cachonda con él, pues no ha sido al capitalismo, sino a sus propias teorías a las que parece que les ha ocurrido lo que él pronosticó (aunque yo creo que lo que les ocurrió fue otra cosa que tiene mucho que ver con el concepto de desidia). El análisis histórico marxista hace aguas por veinte sitios. Es como un geómetra que intentase fabricar una geometría partiendo de axiomas falsos. Para el marxismo, la Historia hasta Marx es la historia de una dominación de clase, la burguesa. En tal sentido, la Historia Antigua y Medieval son como infancias de esa dominación, momentos en los que la burguesía aún no está lo suficientemente desarrollada para hacerse con la dominación a la que aspira, motivo por el cual se generan esquemas feudales liderados por una clase, la nobleza, que será posteriormente desplazada. La concepción dialéctica de la evolución tiene estas cosas.

A Marx le faltó visión evolutiva. Le faltó darse cuenta de que los organismos, también los organismos sociales, los económicos, los políticos y, en definitiva, eso que podríamos denominar organismos históricos, evolucionan constantemente para realizar un objetivo fundamental: pervivir. Un organismo nunca evoluciona hacia su desaparición. Los organismos desaparecen porque cae un meteorito, o porque otro organismo (por ejemplo, un virus; o un predador) resulta ser más fuerte que ellos y se los apiola. Debo confesar que me cuesta ponerle la vitola de gran filósofo, de pensador brillante, a un tipo que pensó que el capitalismo sería capaz de albergar y alimentar en su seno tendencias y actuaciones que lo llevarían a su extremo debilitamiento y su final. Lo que pasó, Marx por supuesto no previó y sus seguidores se empeñaron en no querer ver durante décadas, es que el capitalismo se autorreguló para ampliar la base de sus clases medias, primero; y para crear la idea de los Estados del Bienestar, después. Este segundo factor fue crítico porque supuso que el capitalismo, con total desparpajo, se pusiera a competir con el marxismo en su propio terreno, pues los defensores de la Unión Soviética se quedaron sin nuez en el cuello en los años cincuenta, sesenta y setenta, a base de repetir aquello de que en la URSS no había libertad pero la educación y la sanidad eran gratis.

El siguiente gran error de Marx fue su protofascismo. Pues sí, ya lo siento pero no encuentro otra manera de expresarlo. Elemento fundamental de los fascismos es la total sumisión del individuo a un ente superior, el Estado o el Partido o ambas cosas (pues ambos tienden a ser la misma cosa, de hecho). El marxismo es la otra gran ideología, no sé si antihumanista, pero sí, desde luego, no-humanista. El primer elemento, sobre el que tanto escribirían Lenin y Trosky, de considerar la existencia de una élite revolucionaria, una pandi de los que saben, ya supone capitidisminuir a los demás, que siguen teniendo su albedrío, desde luego, pero tienen, por así decirlo, menos derecho a que se les tenga en cuenta (y si son desviacionistas burgueses, sus derechos se ven aún más recortados, no sé si me explico).

No pongo en duda que para Marx el objetivo final es la plena realización del individuo. Cuando yo estudiaba, hace muchos más años de los que quiero recordar, había por la facultad unos carteles de las Juventudes Comunistas que me gustaban mucho. Bajo la frase: «¿Cuál es tu sueño, tu mejor sueño?» Había un dibujo de Marx señalando al espectador con un globo que decía: «¡En eso estamos de acuerdo!» Y es verdad: en eso estamos de acuerdo, y lo estaremos siempre.

Pero el problema de Marx no es el qué, sino el cómo. Como digo, toda la filosofía marxista está, o a mí me lo parece, imbuida de ese principio del forjado que sostiene el hormigón y que algún día (algún día...) se retirará cuando el hormigón haya solidificado. En aras de un objetivo humanista, que es la plena realización del individuo como persona, como ser social y como ser económico, se dibuja un camino en el cual no se le hacen ascos a métodos de raíz, qué digo de raíz, de plena esencia totalitaria. Como ya he escrito supra, si tan listo era Marx, resulta difícil imaginar que no se diese cuenta de que estaba poniendo las bases para que otros más simples que él cogiesen el rábano por las hojas y se dedicasen a fusilar, a construir checas y campos de concentración (algo que, por cierto, también le pasa a Nietzsche).

Pero, sobre todo, el gran problema del marxismo, su gran gran error desde el punto de vista del pensamiento, es que no se diese cuenta de que estaba dibujando un entorno inmotivado. Dado que Marx, al menos en mi concepción, no era nada humanista, no tenía ni de coña al individuo en el centro de su pensamiento, no se dio cuenta de que el marxismo, una vez aplicado, devendría en un sistema social y, sobre todo, económico, cuyos agentes no encontrarían ningún incentivo real para producir. Como he dicho, Marx es un geómetra que parte de un axioma falso, que es: el ánimo de lucro NO es el factor que impulsa al ser humano como agente económico. Partiendo de este axioma, es posible que el hombre produzca aunque no medie la posibilidad de enriquecerse con ello, de obtener rentas y cosas en propiedad.

Este axioma es falso. El hombre, como ser económico, produce para obtener un beneficio de ello, beneficio que sea sustanciable en elementos de bienestar, sean éstos vestidos mejores para sus hijos, un coche de puta madre, un centollo en la mesa o una tía cada día. En el tiempo en que Marx escribe, muchos hombres, obreros, no pueden hacer eso porque su plusvalía ha sido robada por el burgués. Pero, una vez recuperada la plusvalía, la reacción del obrero no sería la que imaginaba Marx, esto es contribuir con la misma a una sociedad comunista gestionada por el Estado (o sea, el Partido), sino comprarse un DVD. El esquema ideado por Marx no es la natural salida del hombre como ser económico; por esta razón dicho esquema ha de ser impuesto, con lo cual ya hemos vuelto a los esquemas dictatoriales, totalitarios y protofascistas.

¿Hubiera sido la misma la evolución del capitalismo sin haber existido la alternativa marxista? Es una pregunta sin contestación, como todas las ucronías. Pero, en todo caso, aún admitiendo que el marxismo ha cumplido la misión histórica de quebrar una presunta evolución del capitalismo hacia la plena dominación del proletariado, aún cabe recordar que, tal vez, ese trato nos puede parecer a nosotros, ciudadanos occidentales, cojonudo; pero, tal vez, le ha salido un poco caro a los muchos millones de ciudadanos que han vivido décadas encerraditos en países en los que, para que nosotros tuviésemos libertades, ellos no podían tener ni pan de molde en condiciones.

Y está, por último, la riada, riada larguísima, de muertos, dejada por el marxismo y sus acólitos. Los cadáveres de Stalin, de Mao, de Pol Pot, reclaman su lugar en la Historia. Y no creo que si pudiésemos hablar con ellos les fuese a consolar la idea de que allí, allí, más allá del horizonte, les esperaba la sociedad perfecta.

Los ciudadanos soviéticos, que en décadas de comunismo desarrollaron una chistología muy densa al respecto, acuñaron la frase de que una sardina es una ballena que ha pasado por un Plan Quinquenal. Este chiste fue adaptado por los liberales occidentales en un aforismo que decía: una sardina es una ballena que ha pasado por todas las fases del socialismo, menos por la última. En el fondo, juzgar al marxismo se reduce a la pregunta de si el destino de ser ballena merece el presente de ser sardina.

La respuesta de la Humanidad, y de la Historia, es, más bien, que va a ser que no.