martes, noviembre 06, 2012

Soixante huit (1: mayo nació en marzo)



La prueba es muy sencilla: plántate delante de tu interlocutor, y pregúntale cuál es, en su opinión, el eslogan más frecuente de Mayo del 68.

De cualquier persona que te diga cosas como “Prohibido prohibir”, “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, o similar; en realidad, de cualquier persona que no te declame el eslogan “No somos un grupúsculo”, ya puedes hacerte a la idea de que, grosso modo, no tiene ni puta idea de Mayo del 68. Ya puede decirte en seis idiomas que estuvo allí y que lo vivió y que bla. Miente, o se miente. Quizás estuvo allí, sí, pero, como Martín Romaña, se enteró de bien poca cosa.

Mayo del 68 es la otra revolución por la que vamos a viajar, si te apetece, después de haber viajado por la de Girolamo Savonarola. De ella no cabe pensar, como de la del fraile ferrarense, que no tiene nada que ver contigo. El mundo actual respira Mayo del 68. Por todos sus poros. Para bien, y para mal. Daniel Cohn-Bendit, Danny el Rojo, nunca ha llegado a nada serio en materia de gobierno; sin embargo, de alguna manera, nos ha gobernado a todos desde 1968, y lo sigue haciendo.

Contar Mayo del 68 es contar el ADN político del momento presente. Por eso creo que es bueno que lo contemos. Que contemos ese proceso que se llama mayo, pero empezó en marzo.

¿Qué es París, y Francia, en marzo de 1968? Pues es una ciudad en plena ebullición política. Desde la segunda mitad de los años cincuenta, el progresismo mundial, liderado por la Unión Soviética, se ha reinventado. A principios de dicha década ha muerto Josif Stalin y con su muerte se ha levantado una trampilla bajo la cual aparece un ejército de cucarachas, cada una de ellas con el rostro de un hombre, de una mujer, injustamente torturados, encarcelados, muertos; la mayoría, las tres cosas. El mensaje catecumenal del comunismo (el Compendio de Todo Bien, sin Mezcla de Mal Alguno) se tambalea. Pero si una cosa domina el comunismo, si una batalla le gana, le sigue ganando incluso, a su enemigo capitalista, es la propaganda.

La propaganda izquierdista muta con rapidez a eso que entonces se llama no alineamiento o tercermundismo; que es, presuntamente,  una ideología que se coloca en equidistancia de los dos grandes bloques en defensa de los dos tercios del mundo que viven de puta angustia; aunque, en realidad, esa equidistancia sea muy creativa porque, al fin y al cabo, si uno se pone un pantalón muy ajustado, y las ideologías casi siempre lo son, no tiene otra que cargar los huevos de un lado, o del otro.

La madrugada del 18 de marzo, lunes, apenas se recuerda hoy en día y, sin embargo, tiene su importancia para todo lo que aquí vamos contando. Esa noche, en el número 39 de la rue Cambon, un explosivo plástico estalla en la fachada del Chase Manhattan Bank, o sea en uno de los templos del capitalisme américain. A las tres de la mañana, en la exclusivísima esquina entre la Place Vendôme, donde las altoburguesas parisinas van para adornarse como putas caras, con la rue Danielle-Casanova, es la puerta del Bank of America (templo 2.0 de la misma cosa) la que se va a tomar por culo.

Una hora después, cinco menos veinte de la mañana, en la rue Scribe, el escaparate de las alas americanas, la TWA, se esparce violentamente por el cuidado empedrado de las calles guays de la ciudad de la luz (y de las bombas, por lo que se ve).

Al día siguiente, martes, todas las comisarías de París recibirán comunicados de una claridad evidente: se acabaron las coñas. Los peludos que hasta ahora se limitaban a gritar en las plazas consignas a favor del Vietcong han pasado a la acción (interesante generalización, que es todo un clásico de la Historia, y del presente, tanto por parte de quienes protestan como de quienes los reprimen: todos los peludos son esto, y todos los calvos, aquello). La consigna es: extrema severidad. Muchos historiadores de Mayo del 68 escriben páginas indignadas sosteniendo que la violencia policial contra las manifas de estudiantes no tuvo ninguna justificación. Justificación no sé; pero origen, sí que lo tuvo. No es difícil de encontrar; basta con darse cuenta de que mayo empezó en marzo.

En la tarde del miércoles, 20, se forma una pequeña manifestación, una más de las muchas que se vienen produciendo desde que Washington está en lo de Vietnam de hoz y coz, frente a las oficinas centrales de la American Express, al ladito de la TWA destrozada, cerca de la Opera. Pero esta vez las cosas cambian. Xavier Langlade, 22 años, es detenido (Langlade nunca abandonará su militancia de izquierdas; murió en Cuba, en el año 2007). No muy lejos de allí, la pasma detiene a cuatro estudiantes de bachillerato, miembros de los llamados Comités Vietnam y, se dice, militantes de la JCR (Jeunesse Comuniste Révolutionnaire; grupo trotskista-guevarista).

El día 22, viernes, a las 7 menos cuarto de la mañana, la policía se presenta en el domicilio de Nicolas Boulte, ex delegado estudiantil del Instituto Católico de París (en ese momento, tiene 25 años) y secretario del Comité Vietnam Nacional o CVN (en su vida adulta, Boulte militará en la Gauche Proletarienne, maoísta, desde su trabajo en la Renault; fuertemente criticado por la organización por motivos estratégicos, la presión será tan fuerte que intentará suicidarse. Repetirá la acción, esta vez con éxito, tres años más tarde, en mayo de 1975, tras enviar a Le Monde su propia necrológica).

Es evidente que el Ministerio del Interior responsabiliza a los Comités Vietnam de los atentados. Esa misma mañana, el Comité Nacional publica un comunicado exigiendo la liberación de sus militantes y llamando a la acción.

A pesar de que a primera hora de la tarde del 22 Langlade es liberado sin acusaciones, más o menos a la misma hora, en la facultad de Letras de Nanterre, un grupo de estudiantes toma el testigo de la llamada que en la mañana ha hecho el Comité para que todas las “organizaciones democráticas” se movilicen.

¿Por qué Nanterre? Pues, la verdad, es bastante lógico. Nanterre, una puta marca blanca de la Sorbona, que es la universidad parisina de toda la vida, es una invención administrativa llevada a cabo con bastante poca imaginación y menor presupuesto. En ese momento, sus edificios pedagógicos son viejos locales recalentados, mal dotados, y con una enseñanza de no mucha calidad. Los estudiantes de Nanterre no tienen ninguna razón para sentirse privilegiados; el suyo es el ambiente lógico para desarrollar la idea de que hay estudiantes de primera y estudiantes de segunda; que ellos son los de tercera, y que lo que el país espera de ellos es que estudien para convertirse en obedientes proletarios.

Por eso, ya antes de mayo; mucho antes de marzo, incluso, en París, entre los jóvenes, se dice: Nanterre, c'est Cuba. Un proceso que se autoalimenta, como ocurría con algunas facultades españolas hace 30 años, porque los estudiantes más cañeros comienzan a preferir ir a esa facultad donde se estudia lo justo, pero hay un movidón político de la hueva. Tienen mucho de lo que protestar los nanterrinos. En enero de 1967, el ministro François Missoffe ha ido a Nanterre a inaugurar una piscina (acto friendly donde los haya) y se ha encontrado con un joven Cohn-Bendit que le acusa de "haber escrito 600 páginas de ineptitudes" en su Libro Blanco sobre la Juventud Francesa. Cohn-Bendit le acusa de no tocar el tema de las relaciones sexuales y el ministro, fuera de sí, le contesta: "siempre puede usted tirarse a la piscina para desfogarse". En su réplica, Daniel Cohn-Bendit inaugurará una larga tradición que dura hasta hoy, pues brama:

- C'est une réponse fasciste!

Pues sí. Aquel día, 8 de enero hoy hace 45 años, nació la costumbre de apelar de fascista a todo aquél que, siendo nosotros de izquierdas, nos lleve la contraria. 

Bobo Missoffe, y no menos torpe Cohn-Bendit. Porque si la contestación del ministro no tiene pase, la de Red Danny  parece olvidar que un fascista como Hitler le habría dejado a alguien como él entrar en la piscina; pero no, desde luego, salir.

Los estudiantes de Nanterre son como bailonas poligoneras trasladadas en la máquina del tiempo a una fiesta medieval. Hay que entender que, en aquel entonces, el reglamento del colegio universitario todavía tiene normas bastante impropias, como que las chicas pueden visitar a los chicos en sus habitaciones, pero no al revés. Frente a estas medidas un tanto anticuadas, los estudiantes de Nanterre no beben Coca-Cola porque hacen boicot a lo americano (Vive l'Orangina!); y jamás ponen en las sinfonolas otras canciones que las de Joan Baez (a ver si te callas de una vez con lo del puto preso número 9, cansina) o Bob Dylan. El 22 de marzo del 67, un año antes de comenzar Mayo, los estudiantes hombres pasan una noche entera en la habitación de las chicas, en plan protesta; tres días después, 29 estudiantes son expedientados (ignoro si fueron seleccionados para el castigo en base a la longitud de su pene). Todavía en 1968, el ministro de Educación, Alain Peyrefitte, se niega a modificar el reglamento del colegio universitario para así seguir evitando las poluciones nocturnas.

Este es el ambiente en el que viven los estudiantes que deciden cumplir la llamada del CVN.

En la Facultad de Letras de Nanterre se ha formado un grupito de estudiantes, de tiempo atrás inquilinos habituales de las manifas anti Vietnam. Pasan de aula en aula, interrumpiendo las clases y anunciando una asamblea a las 5 de la tarde para decidir acciones contra la acción policial represiva.

A la asamblea no asisten menos de 500 estudiantes. Se discute qué hacer durante hora y media, y se decide ocupar la Administración de la facultad. Luego se discute el fondo ideológico de la movida; de momento, se acuerda que todo el mundo que esté en contra de la agresión a Vietnam, está dentro del movimiento. Sin más matices. De esta manera se orillan los primeros enfrentamientos, que se mascullan en las intervenciones, entre la JCR (trotskistas 1.0, de la coté del Che Guevara), la FER (Fédération des Étudiants Révolutionnaires, troskista 2.0) y la UJCML (Union des Jeunesses Comunistes, marxistes-leninistes), que ya en su propio nombre decía lo que era.

La ocupación se lleva a cabo, y termina a las 2 de la mañana del día siguiente.

Aquella asamblea, en mayor medida que la ocupación, deja una huella tan honda en las ilusiones de los estudiantes, que su movimiento llevará su nombre: Movimiento 22 de marzo.

Es marzo, sí. Pero mayo ha nacido ya.

lunes, noviembre 05, 2012

Fra Girolamo (... y 20)

No te olvides de que esta serie ya ha tenido un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto,  séptimo, octavo, noveno,  décimo, décimo primero, décimo segundo,  décimo tercer,  décimo cuarto, décimo quinto, décimo sexto, décimo séptimo décimo octavo y décimo noveno capítulo.



Tan sólo un día después del follón de la ordalía, un dominico tenía que predicar en una iglesia por ser domingo de Ramos. Una partida de compagnacci lo esperó en la entrada, lo mandó para su casa y luego entró en la iglesia y dispersó a la congregación. Luego se presentaron en el mismo San Marcos, en actitud violenta. Savonarola, gritando “esta tempestad es por mi causa”, quiso salir a inmolarse, pero no le dejaron. Él, por su parte, prohibió a sus monjes, que ya se estaban armando, que se defendiesen. Los instó a recorrer el claustro, rezando y cantando, en espera de su final. Luego se refugiaron en la iglesia.

El gobierno de la Signoria envió entonces un mensaje a San Marcos, en el que conminaba al prior a abandonar Florencia en doce horas. Mientras esto ocurría, Valori, el principal valedor político del savonarolismo, era interceptado por partidarios mediceos, que lo asesinaron a golpes en plena calle. En San Marcos, la multitud exterior prendió fuego a las puertas del convento; diversas personas escalaron los muros, saltaron al claustro, y entraron en la iglesia. O no eran gentes muy avezadas o los frailes lo eran, porque lo cierto es que cuando los dominicos comenzaron a repartir hostias como panes, los pusieron en fuga. Hubo un segundo ataque, de nuevo resistido por los dominicos. Pero, finalmente, fueron detenidos, con su prior al frente.

Durante la instrucción de la causa contra Savonarola, sus acusadores tuvieron muy claro que el punto en el que debían incidir eran las profecías del fraile. Necesitaban demostrar que se las había inventado para poder ejecutarlo. Savonarola, por supuesto, lo negó todo, afirmando que era Dios quien iluminaba sus anuncios. Pero, repetida y convenientemente pasado por la túrmix de esas prácticas que, por lo visto, sólo practicaba la Inquisición española; convenientemente torturado, digámoslo con claridad, acabó por ceder.

En la calle, el panorama era absolutamente dominado por los arrabbiati, dispuestos a quebrar a Savonarola. Se creó una comisión de 16 examinadores del acusado, petada de sus enemigos (entre otras cosas, porque muchos de sus amigos habían cumplido ya, para entonces, el destino de Valori). Ciertamente, quien debía haberle juzgado era el Consejo de los Diez, que le era proclive; pero fue disuelto antes de que cumpliese su mandato.

Alejandro Borgia, por su parte, ejercitó su capacidad de venganza. En realidad, la ciudad de Florencia comenzó el juicio antes de tener autorización vaticana, lo cual era preceptivo cuando el acusado era un hombre de Dios. Pero, en realidad, dio igual, porque pronto llegó a la ciudad la carta del Papa en la que felicitaba a la Signoria por haber detenido “a ese hijo de la iniquidad, Fra Hieronymo Savonarola, quien no sólo engañó a las gentes con promesas vanas y pretenciosas, sino que se resistió a nuestras y vuestras órdenes por la fuerza de las armas”. En la carta, el Papa autorizaba a que se le investigase, “incluso mediando tortura” (toma ya humanismo cristiano renacentista; de hecho, cualquier católico creyente tiene la obligación de creer que, en esa carta, era el mismo Jesucristo quien estaba ordenando, a través de su Vicario, que a un fraile se le quemasen los pies hasta dejarlos en muñones sanguiñolientos), con la única condición de que dos clérigos fuesen testigos de las sesiones.

Para colmo, en el mismo día de la ordalía, en París, Carlos VIII se había dado un hostión contra el quicio de una puerta, que le había causado la muerte.

Girolamo Savonarola fue sometido a tortura durante cuarenta días. A los diez días, se obtuvo de él una confesión, que fue rápidamente publicada. Pero estaba tan burdamente redactada, que el notario público la rechazó. Luego siguieron treinta días en los que la soga se apretaba más y más y, conforme sentía el dolor, el fraile dudaba cada vez  más de sus propias convicciones.

Cuando las sesiones de tortura terminaron, el otrora prior de San Marcos era un guiñapo que apenas hablaba. Para entonces, sus acusadores tenían lo que querían: admitía ser un impostor, y haber hecho todo lo que había hecho por ambición personal.

La confesión firmada por Savonarola, en la que todavía llegó a protestar por frases no dichas que le habían interpolado, fue leída en el Gran Consejo ante cinco monjes de San Marcos. La congregación le repudió, pero escribió al Papa pidiéndole que le salvara la vida, eso sí enviándolo a tomar por culo a cualquier esquina de la península.

Comenzó un segundo juicio, que se disolvió a los tres días sin fallo alguno. Entonces comenzó un periodo de aproximadamente un mes, en el que todos esperaron la llegada de los heraldos del Vaticano. Para entonces, cesaron las palizas, pero Savonarola tenía que ser alimentado como un bebé. Durante tan larga espera, deshecho física y moralmente, colocado frente a los horrores que había confesado, Savonarola entró en algo parecido a la locura. En las palabras y escritos de Savonarola, toda la Cristiandad se resumió en el Salmo trigésimo (in Te, Domine, speravi, non confundar in aeternum), que viene a ser algo así como el abandono total del creyente en las manos de Dios, y que repetía constantemente para tratar de apartar los fantasmas de la traición que había cometido sobre sí mismo. Fra Girolamo deseaba la muerte.

Los heraldos de Roma llegaron el 19 de mayo. Eran el general de los dominicos, Gioacchino Turriano, que venía de adorno; y un español, Francisco Romolino. Un amigo, y un eterno odiador, de Savonarola. Las gentes, entrando ellos en la ciudad, los rodearon, clamando por la muerte el fraile. Romolino sonreía, asentía, y se daba golpecitos en el pecho, mientras decía: aquí traigo la sentencia, así que nos preocupéis, que haremos una buena hoguera con él.

Romolino estaba allí para algo más que para clavar el último clavo en el ataúd de Savonarola. Estaba allí para obtener confesión por su parte sobre posibles compañeros de viaje en su impostura. El cardenal de Nápoles, enemigo acérrimo de Romolino, por ejemplo. Savonarola lo negó todo; y volvió al potro, donde la cuerda apretó, y apretó hasta que, sin poder más, el fraile gritó: “¡Nápoles, Nápoles!” Al día siguiente, se retractó.

En el juicio propiamente dicho, Savonarola fue condenado junto con Fra Domenico y Fra Silvestro. El último había abominado de su prior bajo tortura. Pero Fra Domenico, por mucho que lo putearon, jamás cedió. Lo cual nos da que pensar que tal vez no mentía cuando aseguraba que habría superado la ordalía.

La sentencia fue la horca. Tras ser pronunciada, Savonarola permaneció en silencio, Fra Silvestro protestó, y Fra Domenico, todo un Chuck Norris de la Cristiandad, se levantó para solicitar si no podían cambiarla por la hoguera.

Camino de la Piazza della Signoria, el día de la ejecución, los niños golpeaban al fraile con palos, pero él, para desgracia del público que lo esperaba, no se derrumbó. En el cadalso, se pronunció la sentencia eclesiástica, que terminaba: “Yo te separo de la Iglesia militante y triunfante”. Savonarola le contestó al prelado que la leía: “de la Iglesia militante. Lo otro no está en tus manos”.

Cuando estaban poniéndole la soga en el cuello, alguien del público, con notable mala baba, gritó: “¡Ahora es el momento de hacer un milagro!” Nadie sabe si lo oyó, porque la trampilla cedió mientras estas palabras se estaban pronunciando.




El recuerdo de Girolamo Savonarola pervivió durante años, pero acabó por perecer. Hay quien dice que fue un exponente de la iglesia medieval y que, consecuentemente, fue aplastado por los nuevos esquemas de la Iglesia renacentista, que en los siguientes dos siglos se aplicaría a dejar las burradas cometidas por el papado medieval en pequeños juegos de niños creyentes.

En mi opinión, Savonarola fue algo mucho más universal. Fue un revolucionario para quien la revolución reservó el destino más habitual en estos casos, que es acabar devorado por el proceso que él mismo inició.

Girolamo Savonarola tenía que terminar en el cadalso porque el proceso iniciado por él sólo podía terminar ahí. Terminó donde terminó Robespierre y donde, en el fondo, terminaron Cronwell, o Lenin, o tantos otros.

La historia de Girolamo Savonarola, fascinante como pocas, es, y por eso es por lo que yo la he escrito, un indicador perfecto de que los procesos revolucionarios nacen siempre bajo justificaciones solidísimas, generando una confianza milenarista y, después, cuando el revolucionario adquiere la capacidad de aplicarlas hasta el fondo y con todas sus consecuencias, la propia revolución le deja solo, busca sus caminos de aquietamiento, muta en otra cosa, y destruye, sin pestañear, a aquél que la creó. Sólo los procesos, como la Comuna de París o el periodo liberal fernandino en España, donde hay un agente externo que interviene en el proceso para detenerlo en seco, se apartan de este esquema.

El día que escriba, que espero sea pronto, todo este texto en forma de ensayo completo para publicarlo como libro, lo reharé para adaptarlo a esta estructura por etapas revolucionarias. Yerran quienes piensan que esta historia les importa una mierda porque va de un tipo que sostenía ideas hoy periclitadas. Mentira. El comunismo podrá morir, pero incluso ese día el estudio de las dinámicas de la Revolución Rusa será fascinante.

Hablar de Savonarola, entender a Savonarola, es, en el fondo, hablar y entender cosas que pasan hoy, que pasarán siempre. Porque siempre nos quedará la duda de si los visionarios son grandes héroes o grandes soplapollas. Como siempre nos quedará la duda de si los que los que acaban por traicionarlos son unos grandes hijos de puta o, simplemente, nadan a favor de las grandes corrientes de la Historia.

Requiescas in pace, Fra Girolamo.

miércoles, octubre 31, 2012

Fra Girolamo (19)



No te olvides de que esta serie ya ha tenido un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto,  séptimo, octavo, noveno,  décimo, décimo primero, décimo segundo,  décimo tercer,  décimo cuarto, décimo quinto, décimo sexto, décimo séptimo y décimo octavo capítulo.

 

Aproximadamente un año antes del momento en que Savonarola escribió su carta a los jefes de Estado europeos, su lugarteniente Fra Domenico da Pescia había ido a predicar a Prato, donde se le había enfrentado un franciscano, Fra Francesco da Puglia, quien le había retado a demostrar la veracidad de las teorías de su maestro mediante una ordalía de fuego. Fra Domenico, que era sin duda uno de esos especímenes de creyente enloquecido y desconectado de la realidad, aceptó sin dudarlo; aunque nunca hubo ordalía porque el franciscano se evaporó.

Sin embargo, pasado el año, estando en Florencia, el fraile de Puglia comenzó a sentir el aguijonazo de los cachondeítos de todos aquéllos que conocían la historia, y decidió renovar el reto, aunque esta vez lo dirigió directamente a Savonarola. Es probable que lo hiciese porque pensara que el líder frateschi, o no aceptaría nunca, o su gente no le dejaría. Sin embargo, para su sorpresa, Fra Domenico, que debía de tener unas ganas de la hostia de andar por brasas ardiendo, se ofreció voluntario para aceptar, él, el reto. Publicó un folleto en el que resumía las principales conclusiones del savonarialismo, y se declaró dispuesto a defenderlas con su vida. El franciscano contestó, torpemente, que su problema era con Savonarola, no con un puto segundo de la fila.

Para su desgracia, sin embargo, su paso amenazador adquirió pronto una importante dimensión política, cuando los arrabbiati se dieron cuenta de que la ocasión la pintaban calva para hacer churrasco con su rival. Alimentaron la polémica, insinuando que Savonarola, quien no se había molestado ni en contestar la amenaza, era un cobarde. Como la Signoria estaba en manos de la oposición, el siguiente paso fue que el gobierno de Florencia publicase las conclusiones de Fra Domenico e invitase a quien lo desease a apuntarse a la ordalía.

Durante semanas, Savonarola, en realidad, ni se dio cuenta de lo que pasaba. Estaba ya más que acostumbrado a ignorar a cohortes de friquis que le escribían, le hacían ofertas, le amenazaban, le proponían proyectos. Además, estaba con lo de las cartas. Para cuando sacó la cabeza de sus asuntos de alta política y se dio cuenta de lo que pasaba, abroncó a su discípulo, pero también tuvo que darse cuenta de que ya era tarde para echarse atrás. Trató de reconducir la situación afirmando que estaba dispuesto a debatir las famosas conclusiones, pero no a participar en una ordalía. Un mensaje que los florentinos no entendieron, teniendo en cuenta el tono milenarista y milagroso que siempre habían tenido los speeches del propio Savonarola (algo que trató de cauterizar explicando que el tiempo de los milagros aun no había llegado). Como vio que no le servía, probó con el argumento, también bastante habitual, de “yo soy demasiado importante para meterme en estas polladas”.

Poco a poco, la cosa pareció normalizarse. Se llegó al acuerdo de que el contendiente de Fra Domenico fuese sustituido por otro franciscano voluntario, Fra Giuliano Rondinelli, aunque se sobreentendía que la ordalía nunca tendría lugar. Pero, muy a pesar de los movimientos tranquilizadores, el asunto, lejos de bajar el tono, lo subió, convirtiéndose en un problema relacionado con la envidia entre órdenes religiosas. Los dominicos hicieron piña a favor de Savonarola, y los franciscanos contra él. En pocos días, hubo cientos de monjes de ambos lados voluntarios para participar en la ordalía. Incluso seglares, en las iglesias, presentaban sus candidaturas.

La enorme repercusión social de aquel conflicto provocó que la Signoria debatiese si debía volver grupas en su decisión primaria de permitir el acto. Sin embargo, ni dentro del Ejecutivo había consenso, ni el poco acuerdo existente era capaz de contrarrestar la presión de la calle. Savonarola entendió esto mismo (especialmente en el momento en que del Vaticano llegó una carta comunicando que el Papa abominaba de la propuesta, pero no ordenaba su paralización, lo cual fue más que posiblemente una jugada de sus enemigos en Roma) y, por ello, decidió, muy a su pesar, colocarse al frente de la manifestación.

El 7 de abril de 1498, las puertas de Florencia aparecieron cerradas para impedir la llegada masiva de curiosos. La Piazza della Signoria se encontraba tomada por el ejército, que controlaba todas entradas para prohibir la entrada de las mujeres y cachear a los hombres por si llevaban armas, que les eran confiscadas. Aun y a pesar de ello, la plaza se petó de hombres, lo que permite adivinar que la práctica totalidad de la población masculina de la ciudad se encontraba allí.

Una vez más, ya lo he hecho otra vez en este texto, debo recordarle al lector de estas notas que los tiempos actuales no son los pasados. Hoy, cualquier acto masivo en la misma plaza de Florencia podría contar con ayudas notables para su seguimiento; me refiero, muy especialmente, a los altavoces y las pantallas de plasma. Pero por si no lo sabes, lector, el hombre renacentista no tenía nada de esto. No disponía de modo alguno de saber lo que pasaba a 30 metros de él y, por lo tanto, dependía totalmente en lo que otros les contaran. Y eso es algo que aquel día de abril de 1498 sólo entendieron los arrabbiati.

Por muy bien preparada que quisiera estar la pira de la ordalía, cualquier persona que haya visitado la Piazza della Signoria se dará cuenta de que quienes estaban en condiciones de ver lo que pasaba en ella no eran ni el 5% de todos los presentes en el área. La plaza estaba llena de gente, y entre esa gente, cada quince o veinte metros, había un agitador arrabbiati. Los antisavonarolianos sabían que la mayoría de la gente de la plaza no podría saber por sí misma lo que iba a pasar en la Loggia dei Lanzi, donde estaba el altar, y querían contárselo ellos.

Franciscanos y dominicos aparecieron en la plaza en sendas procesiones de centenares de frailes. Fra Domenico, que vestía una túnica escarlata, fue visto subiendo al altar. Pero nadie parecía reconocer a su rival. Heraldos y emisarios comenzaron a ir y venir entre la Loggia y el Palacio. Los agentes agitadores comenzaron a decir que los franciscanos habían objetado los vestidos de Fra Domenico, porque, decían que decían, podían estar encantados. Después de muchas idas y venidas, se volvió a ver a Fra Domenico en el altar, esta vez sin sus aparatosos vestidos.

Sucintamente, lo que pasó fue esto: los franciscanos pusieron, durante larguísimo tiempo, un montón de problemas a la ceremonia. Pero eso sólo los poquísimos que eran capaces de escuchar los diálogos en la Loggia lo sabían. Al resto les fue referido que eran los dominicos los que estaban colocándose de canto.

En ese momento, uno de los líderes de los más radicales antisavonarolianos, los compagnacci, se irguió sobre una estatua y comenzó a excitar a la multitud. Pronto, una multitud presionó hacia la Loggia, donde los soldados del gobierno de la ciudad tuvieron que proteger a Savonarola. Se restableció la calma, y vuelta a esperar, esta vez bajo la lluvia que comenzó a caer.

Las negociaciones eran interminables. Fra Domenico, que se había quitado sus vestidos, aceptó también no llevar la cruz que portaba al cuello. Sin embargo, Savonarola insistía en que debía llevar la sagrada forma a través del fuego. Los franciscanos protestaron argumentando que la divinidad de la hostia podría arder si lo hacía el recipiente que la llevaba, y los frailes se enfrascaron allí mismo, en medio de la plaza, en medio de una multitud que llevaba ya horas esperando, en una honda discusión teológica sobre la naturaleza física del ser divino.

A punto de irse el sol, el gobierno de la Signoria, literalmente hasta los huevos de los frailes de ambos bandos, desconvocó la ordalía. El día se había consumido para nada, y la inmensísima mayoría de los testigos del acto culpaban de ello, convenientemente manipulados, a los dominicos. En realidad, lo que es más que probable es que fuese exactamente al revés: que fuesen los franciscanos los que, solos o en compañía de otros (porque la asombrosa coordinación con que los agitadores arrabbiati y compagnacci reaccionaron a los hechos sugiere algún tipo de convergencia), se cargaron el acto, pues no tenían intención alguna de hacer que uno de los suyos caminase sobre brasas; y todo lo montaron para hacer de ello culpables a sus enemigos.

Los franciscanos se marcharon en silencio, sin ser molestados. Los dominicos, ya fue otra cosa. Cruzaron la plaza como un árbitro que acabara de pitar un penalti injusto contra el equipo local en el minuto noventa. Florencia estaba cabreada, y tenía un culpable para todo ello: Fra Girolamo Savonarola.

El buen fraile estaba ya maduro para la horca.

lunes, octubre 29, 2012

Fra Girolamo (18)



No te olvides de que esta serie ya ha tenido un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto,  séptimo, octavo, noveno,  décimo, décimo primero, décimo segundo,  décimo tercer,  décimo cuarto, décimo quinto, décimo sexto, y décimo séptimo capítulo.




El último sermón de Savonarola fue un farewell en toda regla. Pero, como suele ocurrir con estas ceremonias en las que grupos de rock o y toreros se cortan la coleta, en realidad pretendía ser sólo un hasta luego.

El prior de San Marcos alimentó su imagen de martirio. Dejaría de predicar, dijo, pero eso era no tanto porque los jerifaltes de Roma de lo ordenasen, sino porque era la voluntad de Dios. Se identificó, en ese punto, con Jeremías, a quien Dios usó mientras lo necesitaba, y luego dejó que fuese lapidado. Sin embargo, la cosa no estaba tan clara: “lo que no pueda hacer predicando”, dijo, “lo haré rezando”. Y, por si alguien le quedaban dudas, añadió: “yo no puedo abandonar mi misión”. Ítem más: “Roma, escúchame: serás purgada”.

Girolamo Savonarola alcanzó con su sermón de 18 de marzo el siguiente escalón de todo proceso revolucionario canónico: el momento en el que el líder acepta inmolarse por la causa, pero advierte que la causa está ahí, y seguirá viva.

Por cierto, con gran probabilidad uno de los muchos testigos de aquel último sermón, como de otros anteriores, fue un joven llamado Nicolò Maquiavelo; quien, por cierto, nunca tuvo muy buena opinión, ni de la oratoria, ni de las intenciones, ni de la estrategia del fraile de San Marcos. Le llamaba “un cínico astuto”. Lo cual no deja de ser una humorada, viniendo el juicio de quien viene.

Girolamo Savonarola dejó de predicar. Pero muy pronto, el papa Borgia, que tenía una finísima sensibilidad para la política, se dio cuenta de que le habían tangado, pero bien. Y no le faltaba razón: había conseguido acallar a Savonarola, pero no su causa. Había comprometido una especie de tregua con la revolución florentina de la que se quejaban amargamente quienes en Roma (y en Florencia) estaban en contra de ella, argumentando que se había dado demasiado a cambio de poco. Y no tenía nada claro que fuese a ganar la batalla, porque en la ciudad toscana, las fuerzas sociales que reclamaban que el Vaticano fuese centrifugado en la lavadora de la humildad eran todavía poderosísimas; habían perdido recientemente, pero podían, perfectamente, ganar de nuevo.

Además, estaba el tecnicismo de que el breve papal, por definición, sólo podía afectar a Savonarola. Y sellar los labios de Fra Girolamo, por lo tanto, no podía suponer sellar los de, por ejemplo, Fra Domenico da Pescia, su fiel lugarteniente. Así pues, las mismas burradas contra La Puta Vaticana seguían escuchándose en Florencia.

Hay gentes que quieren ver en Girolamo Savonarola una especie de talibán católico arrastrado por su radicalismo. En mi opinión, negarle una agudísima inteligencia estratégica es negar lo evidente.

Las cosas estaban de una manera que el partido anti-Savonarola tenía que dar un paso más, y lograr que el fraile fuese a Roma, para ser allí laminado y, quizás, enterrado en cualquier convento en el ombligo de Italia. El cardenal Sforza, por una parte, y el dimisionario Bonsi, por otra, se enzarzaron en una lucha sin cuartel, uno a favor y otro en contra de que el Papa llamase al fraile al Vaticano.

El Papa dudaba. Pero, en ese momento, recibió una carta de Savonarola. Una carta incendiaria en la que protestaba por todo lo que le estaba pasando, e incluso invitaba al Padre Santo a cuidarse de su salud. “Ya no puedo confiar más en Su Divinidad”, le decía el fraile en la carta; frase que, si se piensa un poco, es profundamente herética (si alguien cree que un hombre es la expresión humana de la divinidad, ¿cómo podrá negarle su confianza ciega?)

Savonarola no era tonto y sabía perfectamente cuáles iban a ser las consecuencias de sus cartas. Por eso, la hizo seguir por otras tantas a los reyes de Francia, España, Inglaterra, Austria y Hungría (o sea, podemos decir, más o menos el G20), invitándoles a impulsar la convocatoria de un Concilio General, amparándose en los cánones del nada fácil Concilio de Constanza, según los cuales un desorden flagrante en la Iglesia, o una conducta a todas luces reprobable en su cabeza, se podría convocar un Concilio sin aquiescencia del Papa.

Cabe hacer notar, en todo caso, que los cánones de Constanza no dicen nada sobre los resultados de ese concilio; esto es, cuando menos en teoría, la jurisprudencia vaticana generada en dicho concilio no ampara una actuación en la cual otros que no son el Papa destituyen al Papa; un Papa, en buena teoría, sólo puede irse cuando quiera él o, en términos teológicos, cuando el Espíritu Santo lo ilumine para que se vaya.

El párrafo que acabo de escribir es de gran, extrema importancia. Las instituciones basadas en un respeto que está, por decirlo así, por encima de la lógica, como el Papado o la Monarquía, siempre tienen problemas cuando tratan de adornarse con algo de esa lógica mundana que les falta. Si nos preguntamos: ¿por qué no van a poder reinar las mujeres además de los hombres?, la lógica dicta que nos preguntemos de seguido: y, ¿por qué deberán reinar los primogénitos, y no los medianos, o los benjamines (en la realidad, la lógica dicta que, cuando menos en los tiempos modernos, reinen los benjamines: así la monarquía se dota de reyes más jóvenes y es más estable)? Pero, si nos hacemos esa pregunta, ¿qué nos impedirá preguntarnos: por qué los Borbones, y no los López Anchústegui?

En tal sentido, predicar el principio de que otros, el resto de la Iglesia incluso, podría estar en posesión de la verdad, mientras que el Papa podría estar equivocado (y, por lo tanto, merecer la destitución por un concilio) se convierte, rápidamente, en un principio herético. Lo que nos dice la teología católica es que los caminos de Dios son inexcrutables; así pues, si Dios ha puesto en el solio pontificio a un tipo putero y bebedor que se pasa el día jugando a la Playstation y dibujando manga, él sabrá por qué lo hace. En el fondo, defender que un concilio general puede echar al pontífice Xbox es defender que Dios puede equivocarse. Y defender que Dios puede equivocarse es defender que no existe.

Girolamo Savonarola, en su misiva a los poderosos de Europa, jugó sus cartas a fondo; él, mejor que nadie, podía pensar aquello de para dos días que me quedan en el convento, me cago dentro. Les aseguraba a los reyes poderosos que poseía “pruebas hasta ahora desconocidas de abominaciones cuyo conocimiento provocaría el horror y la estupefacción de la humanidad”. Y es probable que no mintiera, porque ni Alejandro Borgia, ni su séquito de asesores, ni la amplísima cohorte de comepollas que generó a su alrededor, eran ningunos virtuosos abstemios en procura del nirvana de Dios. “Testifico in verbis Dominis”, aseguraba, “que Alejandro Borgia no es un Papa”.Una afirmación en la que hoy creen no pocos prelados, aunque la necesidad de sostenella y no enmendalla les lleve a negarlo.

Los dos elementos más importantes del grupo de receptores escogido por Savonarola, es decir el emperador Maximiliano y los reyes católicos, Lisbeth y Nando, se fueron por sus sendas calzas cuando leyeron la carta. Entendieron a la perfección que el fraile florentino les estaba colocando ante el riesgo de provocar un cisma. Ambos, además, valoraron pronto, en cuanto les llegaron los oportunos informes de sus diplomáticos, en el sentido de que, en realidad, la gran apuesta de Savonarola había sido, cómo no, Carlos de Francia.

Parece increíble pensar que, una vez más, Girolamo confió en aquel soberano que tantas patadas en el culo le había dado ya. Pero es así. Savonarola sabía que Francia era, con mucho, la potencia europea más proclive a inmiscuirse en los asuntos de Italia, y por eso cargó las tintas en su carta al rey, afirmando que “llevas el nombre del Rey Más Cristiano, y es a ti a quien ha elegido Dios para blandir su espada de venganza”. Esta carta, además, había sido interceptada por los hombres de Sforza a su paso por el Milanesado. Ludovico la envió a Roma, donde al Borgia el yeyuno se le subió a la oreja izquierda.

La pretensión de Girolamo Savonarola era revolucionaria. Pretendía darle una vuelta completa al concepto y la misión de la Cristiandad. En su carta a los reyes católicos, por ejemplo, los exhortaba a no perder el tiempo (sic) luchando contra los moros, y centrarse en los problemas del Papado. Esto era como decir que el problema de la cristiandad no estaba en la infidelidad, sino en la propia cristiandad. Que no había que luchar contra las hordas magrebíes, sino contra quienes estaban prostituyendo las instituciones eclesiales. El mensaje era demasiado elevado para hombres de Estado, pero susceptible de ser utilizado en un enfrentamiento de enormes proporciones. Si alguien se movía rápido y con pericia, podía hacerse con la perla italiana, o mejor, podía hacerse con la institución papal, con lo que adquiriría una ventaja crítica sobre el resto de las potencias de la zona. No era, a mi modo de ver, nada descabellado pensar que hubiera quien atendiese la misiva, generando un conflicto más que probablemente armado de enormes proporciones.

Si era escuchado, Girolamo Savonarola era susceptible de generar una guerra mundial, pues no otra cosa habría sido una Europa dividida en partidarios y detractores del Papado.

El prior de San Marcos, sin embargo, no podía esperar que, en medio de todo ese juego de altísima política, un factor inesperado entrase en juego: la pura y simple envidia entre frailes.

Porque los frailes pueden llegar a ser muy, pero muy rencorosos.