lunes, octubre 29, 2012

Fra Girolamo (18)



No te olvides de que esta serie ya ha tenido un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto,  séptimo, octavo, novenodécimo, décimo primero, décimo segundo,  décimo tercerdécimo cuarto, décimo quinto, décimo sexto, y décimo séptimo capítulo.




El último sermón de Savonarola fue un farewell en toda regla. Pero, como suele ocurrir con estas ceremonias en las que grupos de rock o y toreros se cortan la coleta, en realidad pretendía ser sólo un hasta luego.

El prior de San Marcos alimentó su imagen de martirio. Dejaría de predicar, dijo, pero eso era no tanto porque los jerifaltes de Roma de lo ordenasen, sino porque era la voluntad de Dios. Se identificó, en ese punto, con Jeremías, a quien Dios usó mientras lo necesitaba, y luego dejó que fuese lapidado. Sin embargo, la cosa no estaba tan clara: “lo que no pueda hacer predicando”, dijo, “lo haré rezando”. Y, por si alguien le quedaban dudas, añadió: “yo no puedo abandonar mi misión”. Ítem más: “Roma, escúchame: serás purgada”.

Girolamo Savonarola alcanzó con su sermón de 18 de marzo el siguiente escalón de todo proceso revolucionario canónico: el momento en el que el líder acepta inmolarse por la causa, pero advierte que la causa está ahí, y seguirá viva.

Por cierto, con gran probabilidad uno de los muchos testigos de aquel último sermón, como de otros anteriores, fue un joven llamado Nicolò Maquiavelo; quien, por cierto, nunca tuvo muy buena opinión, ni de la oratoria, ni de las intenciones, ni de la estrategia del fraile de San Marcos. Le llamaba “un cínico astuto”. Lo cual no deja de ser una humorada, viniendo el juicio de quien viene.

Girolamo Savonarola dejó de predicar. Pero muy pronto, el papa Borgia, que tenía una finísima sensibilidad para la política, se dio cuenta de que le habían tangado, pero bien. Y no le faltaba razón: había conseguido acallar a Savonarola, pero no su causa. Había comprometido una especie de tregua con la revolución florentina de la que se quejaban amargamente quienes en Roma (y en Florencia) estaban en contra de ella, argumentando que se había dado demasiado a cambio de poco. Y no tenía nada claro que fuese a ganar la batalla, porque en la ciudad toscana, las fuerzas sociales que reclamaban que el Vaticano fuese centrifugado en la lavadora de la humildad eran todavía poderosísimas; habían perdido recientemente, pero podían, perfectamente, ganar de nuevo.

Además, estaba el tecnicismo de que el breve papal, por definición, sólo podía afectar a Savonarola. Y sellar los labios de Fra Girolamo, por lo tanto, no podía suponer sellar los de, por ejemplo, Fra Domenico da Pescia, su fiel lugarteniente. Así pues, las mismas burradas contra La Puta Vaticana seguían escuchándose en Florencia.

Hay gentes que quieren ver en Girolamo Savonarola una especie de talibán católico arrastrado por su radicalismo. En mi opinión, negarle una agudísima inteligencia estratégica es negar lo evidente.

Las cosas estaban de una manera que el partido anti-Savonarola tenía que dar un paso más, y lograr que el fraile fuese a Roma, para ser allí laminado y, quizás, enterrado en cualquier convento en el ombligo de Italia. El cardenal Sforza, por una parte, y el dimisionario Bonsi, por otra, se enzarzaron en una lucha sin cuartel, uno a favor y otro en contra de que el Papa llamase al fraile al Vaticano.

El Papa dudaba. Pero, en ese momento, recibió una carta de Savonarola. Una carta incendiaria en la que protestaba por todo lo que le estaba pasando, e incluso invitaba al Padre Santo a cuidarse de su salud. “Ya no puedo confiar más en Su Divinidad”, le decía el fraile en la carta; frase que, si se piensa un poco, es profundamente herética (si alguien cree que un hombre es la expresión humana de la divinidad, ¿cómo podrá negarle su confianza ciega?)

Savonarola no era tonto y sabía perfectamente cuáles iban a ser las consecuencias de sus cartas. Por eso, la hizo seguir por otras tantas a los reyes de Francia, España, Inglaterra, Austria y Hungría (o sea, podemos decir, más o menos el G20), invitándoles a impulsar la convocatoria de un Concilio General, amparándose en los cánones del nada fácil Concilio de Constanza, según los cuales un desorden flagrante en la Iglesia, o una conducta a todas luces reprobable en su cabeza, se podría convocar un Concilio sin aquiescencia del Papa.

Cabe hacer notar, en todo caso, que los cánones de Constanza no dicen nada sobre los resultados de ese concilio; esto es, cuando menos en teoría, la jurisprudencia vaticana generada en dicho concilio no ampara una actuación en la cual otros que no son el Papa destituyen al Papa; un Papa, en buena teoría, sólo puede irse cuando quiera él o, en términos teológicos, cuando el Espíritu Santo lo ilumine para que se vaya.

El párrafo que acabo de escribir es de gran, extrema importancia. Las instituciones basadas en un respeto que está, por decirlo así, por encima de la lógica, como el Papado o la Monarquía, siempre tienen problemas cuando tratan de adornarse con algo de esa lógica mundana que les falta. Si nos preguntamos: ¿por qué no van a poder reinar las mujeres además de los hombres?, la lógica dicta que nos preguntemos de seguido: y, ¿por qué deberán reinar los primogénitos, y no los medianos, o los benjamines (en la realidad, la lógica dicta que, cuando menos en los tiempos modernos, reinen los benjamines: así la monarquía se dota de reyes más jóvenes y es más estable)? Pero, si nos hacemos esa pregunta, ¿qué nos impedirá preguntarnos: por qué los Borbones, y no los López Anchústegui?

En tal sentido, predicar el principio de que otros, el resto de la Iglesia incluso, podría estar en posesión de la verdad, mientras que el Papa podría estar equivocado (y, por lo tanto, merecer la destitución por un concilio) se convierte, rápidamente, en un principio herético. Lo que nos dice la teología católica es que los caminos de Dios son inexcrutables; así pues, si Dios ha puesto en el solio pontificio a un tipo putero y bebedor que se pasa el día jugando a la Playstation y dibujando manga, él sabrá por qué lo hace. En el fondo, defender que un concilio general puede echar al pontífice Xbox es defender que Dios puede equivocarse. Y defender que Dios puede equivocarse es defender que no existe.

Girolamo Savonarola, en su misiva a los poderosos de Europa, jugó sus cartas a fondo; él, mejor que nadie, podía pensar aquello de para dos días que me quedan en el convento, me cago dentro. Les aseguraba a los reyes poderosos que poseía “pruebas hasta ahora desconocidas de abominaciones cuyo conocimiento provocaría el horror y la estupefacción de la humanidad”. Y es probable que no mintiera, porque ni Alejandro Borgia, ni su séquito de asesores, ni la amplísima cohorte de comepollas que generó a su alrededor, eran ningunos virtuosos abstemios en procura del nirvana de Dios. “Testifico in verbis Dominis”, aseguraba, “que Alejandro Borgia no es un Papa”.Una afirmación en la que hoy creen no pocos prelados, aunque la necesidad de sostenella y no enmendalla les lleve a negarlo.

Los dos elementos más importantes del grupo de receptores escogido por Savonarola, es decir el emperador Maximiliano y los reyes católicos, Lisbeth y Nando, se fueron por sus sendas calzas cuando leyeron la carta. Entendieron a la perfección que el fraile florentino les estaba colocando ante el riesgo de provocar un cisma. Ambos, además, valoraron pronto, en cuanto les llegaron los oportunos informes de sus diplomáticos, en el sentido de que, en realidad, la gran apuesta de Savonarola había sido, cómo no, Carlos de Francia.

Parece increíble pensar que, una vez más, Girolamo confió en aquel soberano que tantas patadas en el culo le había dado ya. Pero es así. Savonarola sabía que Francia era, con mucho, la potencia europea más proclive a inmiscuirse en los asuntos de Italia, y por eso cargó las tintas en su carta al rey, afirmando que “llevas el nombre del Rey Más Cristiano, y es a ti a quien ha elegido Dios para blandir su espada de venganza”. Esta carta, además, había sido interceptada por los hombres de Sforza a su paso por el Milanesado. Ludovico la envió a Roma, donde al Borgia el yeyuno se le subió a la oreja izquierda.

La pretensión de Girolamo Savonarola era revolucionaria. Pretendía darle una vuelta completa al concepto y la misión de la Cristiandad. En su carta a los reyes católicos, por ejemplo, los exhortaba a no perder el tiempo (sic) luchando contra los moros, y centrarse en los problemas del Papado. Esto era como decir que el problema de la cristiandad no estaba en la infidelidad, sino en la propia cristiandad. Que no había que luchar contra las hordas magrebíes, sino contra quienes estaban prostituyendo las instituciones eclesiales. El mensaje era demasiado elevado para hombres de Estado, pero susceptible de ser utilizado en un enfrentamiento de enormes proporciones. Si alguien se movía rápido y con pericia, podía hacerse con la perla italiana, o mejor, podía hacerse con la institución papal, con lo que adquiriría una ventaja crítica sobre el resto de las potencias de la zona. No era, a mi modo de ver, nada descabellado pensar que hubiera quien atendiese la misiva, generando un conflicto más que probablemente armado de enormes proporciones.

Si era escuchado, Girolamo Savonarola era susceptible de generar una guerra mundial, pues no otra cosa habría sido una Europa dividida en partidarios y detractores del Papado.

El prior de San Marcos, sin embargo, no podía esperar que, en medio de todo ese juego de altísima política, un factor inesperado entrase en juego: la pura y simple envidia entre frailes.

Porque los frailes pueden llegar a ser muy, pero muy rencorosos.