lunes, noviembre 05, 2012

Fra Girolamo (... y 20)

No te olvides de que esta serie ya ha tenido un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto,  séptimo, octavo, novenodécimo, décimo primero, décimo segundo,  décimo tercerdécimo cuarto, décimo quinto, décimo sexto, décimo séptimo décimo octavo y décimo noveno capítulo.



Tan sólo un día después del follón de la ordalía, un dominico tenía que predicar en una iglesia por ser domingo de Ramos. Una partida de compagnacci lo esperó en la entrada, lo mandó para su casa y luego entró en la iglesia y dispersó a la congregación. Luego se presentaron en el mismo San Marcos, en actitud violenta. Savonarola, gritando “esta tempestad es por mi causa”, quiso salir a inmolarse, pero no le dejaron. Él, por su parte, prohibió a sus monjes, que ya se estaban armando, que se defendiesen. Los instó a recorrer el claustro, rezando y cantando, en espera de su final. Luego se refugiaron en la iglesia.

El gobierno de la Signoria envió entonces un mensaje a San Marcos, en el que conminaba al prior a abandonar Florencia en doce horas. Mientras esto ocurría, Valori, el principal valedor político del savonarolismo, era interceptado por partidarios mediceos, que lo asesinaron a golpes en plena calle. En San Marcos, la multitud exterior prendió fuego a las puertas del convento; diversas personas escalaron los muros, saltaron al claustro, y entraron en la iglesia. O no eran gentes muy avezadas o los frailes lo eran, porque lo cierto es que cuando los dominicos comenzaron a repartir hostias como panes, los pusieron en fuga. Hubo un segundo ataque, de nuevo resistido por los dominicos. Pero, finalmente, fueron detenidos, con su prior al frente.

Durante la instrucción de la causa contra Savonarola, sus acusadores tuvieron muy claro que el punto en el que debían incidir eran las profecías del fraile. Necesitaban demostrar que se las había inventado para poder ejecutarlo. Savonarola, por supuesto, lo negó todo, afirmando que era Dios quien iluminaba sus anuncios. Pero, repetida y convenientemente pasado por la túrmix de esas prácticas que, por lo visto, sólo practicaba la Inquisición española; convenientemente torturado, digámoslo con claridad, acabó por ceder.

En la calle, el panorama era absolutamente dominado por los arrabbiati, dispuestos a quebrar a Savonarola. Se creó una comisión de 16 examinadores del acusado, petada de sus enemigos (entre otras cosas, porque muchos de sus amigos habían cumplido ya, para entonces, el destino de Valori). Ciertamente, quien debía haberle juzgado era el Consejo de los Diez, que le era proclive; pero fue disuelto antes de que cumpliese su mandato.

Alejandro Borgia, por su parte, ejercitó su capacidad de venganza. En realidad, la ciudad de Florencia comenzó el juicio antes de tener autorización vaticana, lo cual era preceptivo cuando el acusado era un hombre de Dios. Pero, en realidad, dio igual, porque pronto llegó a la ciudad la carta del Papa en la que felicitaba a la Signoria por haber detenido “a ese hijo de la iniquidad, Fra Hieronymo Savonarola, quien no sólo engañó a las gentes con promesas vanas y pretenciosas, sino que se resistió a nuestras y vuestras órdenes por la fuerza de las armas”. En la carta, el Papa autorizaba a que se le investigase, “incluso mediando tortura” (toma ya humanismo cristiano renacentista; de hecho, cualquier católico creyente tiene la obligación de creer que, en esa carta, era el mismo Jesucristo quien estaba ordenando, a través de su Vicario, que a un fraile se le quemasen los pies hasta dejarlos en muñones sanguiñolientos), con la única condición de que dos clérigos fuesen testigos de las sesiones.

Para colmo, en el mismo día de la ordalía, en París, Carlos VIII se había dado un hostión contra el quicio de una puerta, que le había causado la muerte.

Girolamo Savonarola fue sometido a tortura durante cuarenta días. A los diez días, se obtuvo de él una confesión, que fue rápidamente publicada. Pero estaba tan burdamente redactada, que el notario público la rechazó. Luego siguieron treinta días en los que la soga se apretaba más y más y, conforme sentía el dolor, el fraile dudaba cada vez  más de sus propias convicciones.

Cuando las sesiones de tortura terminaron, el otrora prior de San Marcos era un guiñapo que apenas hablaba. Para entonces, sus acusadores tenían lo que querían: admitía ser un impostor, y haber hecho todo lo que había hecho por ambición personal.

La confesión firmada por Savonarola, en la que todavía llegó a protestar por frases no dichas que le habían interpolado, fue leída en el Gran Consejo ante cinco monjes de San Marcos. La congregación le repudió, pero escribió al Papa pidiéndole que le salvara la vida, eso sí enviándolo a tomar por culo a cualquier esquina de la península.

Comenzó un segundo juicio, que se disolvió a los tres días sin fallo alguno. Entonces comenzó un periodo de aproximadamente un mes, en el que todos esperaron la llegada de los heraldos del Vaticano. Para entonces, cesaron las palizas, pero Savonarola tenía que ser alimentado como un bebé. Durante tan larga espera, deshecho física y moralmente, colocado frente a los horrores que había confesado, Savonarola entró en algo parecido a la locura. En las palabras y escritos de Savonarola, toda la Cristiandad se resumió en el Salmo trigésimo (in Te, Domine, speravi, non confundar in aeternum), que viene a ser algo así como el abandono total del creyente en las manos de Dios, y que repetía constantemente para tratar de apartar los fantasmas de la traición que había cometido sobre sí mismo. Fra Girolamo deseaba la muerte.

Los heraldos de Roma llegaron el 19 de mayo. Eran el general de los dominicos, Gioacchino Turriano, que venía de adorno; y un español, Francisco Romolino. Un amigo, y un eterno odiador, de Savonarola. Las gentes, entrando ellos en la ciudad, los rodearon, clamando por la muerte el fraile. Romolino sonreía, asentía, y se daba golpecitos en el pecho, mientras decía: aquí traigo la sentencia, así que nos preocupéis, que haremos una buena hoguera con él.

Romolino estaba allí para algo más que para clavar el último clavo en el ataúd de Savonarola. Estaba allí para obtener confesión por su parte sobre posibles compañeros de viaje en su impostura. El cardenal de Nápoles, enemigo acérrimo de Romolino, por ejemplo. Savonarola lo negó todo; y volvió al potro, donde la cuerda apretó, y apretó hasta que, sin poder más, el fraile gritó: “¡Nápoles, Nápoles!” Al día siguiente, se retractó.

En el juicio propiamente dicho, Savonarola fue condenado junto con Fra Domenico y Fra Silvestro. El último había abominado de su prior bajo tortura. Pero Fra Domenico, por mucho que lo putearon, jamás cedió. Lo cual nos da que pensar que tal vez no mentía cuando aseguraba que habría superado la ordalía.

La sentencia fue la horca. Tras ser pronunciada, Savonarola permaneció en silencio, Fra Silvestro protestó, y Fra Domenico, todo un Chuck Norris de la Cristiandad, se levantó para solicitar si no podían cambiarla por la hoguera.

Camino de la Piazza della Signoria, el día de la ejecución, los niños golpeaban al fraile con palos, pero él, para desgracia del público que lo esperaba, no se derrumbó. En el cadalso, se pronunció la sentencia eclesiástica, que terminaba: “Yo te separo de la Iglesia militante y triunfante”. Savonarola le contestó al prelado que la leía: “de la Iglesia militante. Lo otro no está en tus manos”.

Cuando estaban poniéndole la soga en el cuello, alguien del público, con notable mala baba, gritó: “¡Ahora es el momento de hacer un milagro!” Nadie sabe si lo oyó, porque la trampilla cedió mientras estas palabras se estaban pronunciando.




El recuerdo de Girolamo Savonarola pervivió durante años, pero acabó por perecer. Hay quien dice que fue un exponente de la iglesia medieval y que, consecuentemente, fue aplastado por los nuevos esquemas de la Iglesia renacentista, que en los siguientes dos siglos se aplicaría a dejar las burradas cometidas por el papado medieval en pequeños juegos de niños creyentes.

En mi opinión, Savonarola fue algo mucho más universal. Fue un revolucionario para quien la revolución reservó el destino más habitual en estos casos, que es acabar devorado por el proceso que él mismo inició.

Girolamo Savonarola tenía que terminar en el cadalso porque el proceso iniciado por él sólo podía terminar ahí. Terminó donde terminó Robespierre y donde, en el fondo, terminaron Cronwell, o Lenin, o tantos otros.

La historia de Girolamo Savonarola, fascinante como pocas, es, y por eso es por lo que yo la he escrito, un indicador perfecto de que los procesos revolucionarios nacen siempre bajo justificaciones solidísimas, generando una confianza milenarista y, después, cuando el revolucionario adquiere la capacidad de aplicarlas hasta el fondo y con todas sus consecuencias, la propia revolución le deja solo, busca sus caminos de aquietamiento, muta en otra cosa, y destruye, sin pestañear, a aquél que la creó. Sólo los procesos, como la Comuna de París o el periodo liberal fernandino en España, donde hay un agente externo que interviene en el proceso para detenerlo en seco, se apartan de este esquema.

El día que escriba, que espero sea pronto, todo este texto en forma de ensayo completo para publicarlo como libro, lo reharé para adaptarlo a esta estructura por etapas revolucionarias. Yerran quienes piensan que esta historia les importa una mierda porque va de un tipo que sostenía ideas hoy periclitadas. Mentira. El comunismo podrá morir, pero incluso ese día el estudio de las dinámicas de la Revolución Rusa será fascinante.

Hablar de Savonarola, entender a Savonarola, es, en el fondo, hablar y entender cosas que pasan hoy, que pasarán siempre. Porque siempre nos quedará la duda de si los visionarios son grandes héroes o grandes soplapollas. Como siempre nos quedará la duda de si los que los que acaban por traicionarlos son unos grandes hijos de puta o, simplemente, nadan a favor de las grandes corrientes de la Historia.

Requiescas in pace, Fra Girolamo.