miércoles, septiembre 19, 2012

Carrillo

Bueno, ya se murió don Santiago. El último mohicano de la última guerra entre los indios y el Séptimo de Caballería, al menos de momento. Tengo por mí que ha tenido mala suerte Carrillo. A pesar de lo mucho que puso de su parte, fumando como un carretero, para morirse en tiempo y forma adecuados para recibir el homenaje de la sociedad española que tal vez merece, ha seguido vivo unos veinte años, distancia que convierte su óbito en algo más de andar por casa de lo que podría haber sido. Adolfo Suárez acabará siendo otra víctima del mismo síndrome.

 A mí, Carrillo no es un personaje que me haya caído especialmente gordo o simpático, aunque creo que las alabanzas que está recibiendo en estas horas por parte de sus compañeros de clase política (muchos de los cuales dan la impresión, en la mirada, de saber apenas de quién están hablando) son en parte ciertas. Aunque también es verdad que, quizá, sobrevaloradas.

El gran activo histórico de Santiago Carrillo consiste en haber integrado al Partido Comunista en los engranajes de la Transición Política y, entre otras cosas, haber colocado a la izquierda española más de izquierdas (por decirlo de alguna manera) bajo la bandera constitucional. Carrillo, eso es verdad, enterró durante treinta años la tricolor republicana, que pasó a ser un exotismo de salón de militante del Movimiento Comunista. Aunque conforme pasen las décadas, si los futuros historiadores estudian algo de Filosofía y de moral y tratan de tener un mínimo compromiso con su verdad, es posible que estas afirmaciones comiencen a matizarse. Porque cuando se murió Franco, cierto, daba la impresión de que la verdadera oposición de izquierdas en España era el Partido Comunista. Pero que tengamos la impresión de una cosa no quiere decir que esa cosa sea. La historiografía actual huye como de la vacuna del tétanos de la idea perversa de que la oposición al franquismo, existir, existir, lo que se dice existir, no existió. Que desde 1956, y sobre todo desde 1962, el franquismo sufrió el embate de las reivindicaciones obreras, es un hecho. Que la universidad también se calentó y hubo más que hostias, también. Pero de ahí a decir que el anciano que en 1974 pilló una tromboflebitis porque casi no se levantó en un mes porque quería ver el Mundial de fútbol se sentía amenazado o se sentía en peligro, hay un trecho jodidamente largo. El general Franco, nos guste o no, estaba, a doce meses de su muerte, absolutamente encantado de haberse conocido.

Llegada la Transición, el Partido Comunista intentó el trile que en el 36 y ss le salió bien: dar la sensación de que ellos lo eran todo en el ámbito que pisaban. Y les podría haber salido bien si el PSOE no  hubiese, años antes, reseteado su médula espinal para sacudirse la leucemia de sus adherencias republicanas (no del régimen republicano, sino de la época republicana). Los socialistas emboscados en la caverna del pasado, que los había, habrían llegado a una entente con los comunistas más o menos estrecha, comprometiendo su capacidad de ser la primera fuerza política de España. Los socialistas al mando del PSOE, sin embargo, como tenían el libro de instrucciones de la Playstation socialdemócrata, regalo de Willy Brandt, sabían que, a la larga, era mucho mejor dejar hacer a los rojos (sic) y esperar a que la sociedad española los encerrase en una pista de squash para que se diesen pelotazos, unos a otros, en los cojones, mientras España miraba. Que fue, exactamente, lo que pasó.

Así pues Carrillo, ciertamente, pacificó a la izquierda de España. Pero lo hizo, probablemente, porque no tenía más remedio. El día que Ladislao Azcona anunció inopinadamente, en los informativos públicos, que fuentes dignas de todo crédito (la Conferencia Episcopal) confirmaban la legalización del Partido Comunista (hecho que casi coincidió, detalle que se cuenta poco, con que Emilio Botín Sénior se hiciese entrevistar por El País para lanzar el mensaje de los banqueros de que otorgaban el nihil obstat a la citada legalización); el día que eso pasó sin que los falangistas convirtiesen España en una acromegálica cumbre de Montejurra, a tiro limpio con la peña, Santiago Carrillo, que no estaba exento de inteligencia, probablemente comprendió que su tiempo, mutatis mutandis, se había acabado. Porque aquel comunismo antifranquista era como Pepita la del tercero, que cuando echarle un polvo está prohibido no te puedes aguantar, pero cuando vas y te casas con ella y puedes consumar el himeneo cada noche, descubres que no te gusta. De la misma manera, cuando al comunismo se lo pudo votar libremente, la magia de la relación se fue a tomar por culo.

A don Santiago, además, siempre le perseguirá la cuestión de Paracuellos. Tema en el cual, lo digo sinceramente, creo que las personas y los historiadores (los distingo porque un historiador es una persona con Una Misión) de derechas se ceban demasiado con él. Carrillo siempre sostuvo, más o menos, que, lejos de ordenar las sacas de las cárceles de donde salieron los voluntarios forzados del paredón, el Comité de Defensa incluso discutió trasladarlos por su propia seguridad. Yo esto, la verdad, no me lo creo; pero tampoco me creo que tuviese Carrillo un papel fundamental en los fusilamientos.

Tristemente, a mí me parece que la verdad es más jodida aun.

Ayer, mientras jugaba el Madrid (hay que ver lo que me aburre el fútbol), en la 2 hablaban de la guerra civil, no sé en qué programa porque lo pillé empezado (y lo dejé pronto), y escuché a Paul Preston, importante marmolillo de la Iglesia de la Verdad Histórica Absoluta, hablando de la cosa. Y decía, cosa que no es en modo alguno incierta: todo el mundo, cuando habla de los enemigos internacionales de la República, cita a Alemania e Italia. Pero el verdadero enemigo internacional de la República fue Gran Bretaña, que con su política de no intervención impidió que se armase la República y bla, bla, bla (pongo estos blas porque la tesis, por ser más antigua que orinar las tapias, la supongo básicamente conocida por el lector).

 Esta tesis, como digo, ya era sostenida seis minutos y medio después de haber emitido Franco el último parte de la guerra. Para que sea cierta, es necesario, entre otras cosas, que Carrillo ordenase los fusilamientos de Paracuellos. Y porque no lo hizo, o por lo menos yo creo que no lo hizo, es por lo que la tesis no es cierta, y la realidad mucho más jodida.

La jodida realidad es que ni Santiago Carrillo ni nadie que tuviese una escarapela de mando público mandaba una mierda en el Madrid de la segunda mitad del 36. La jodida realidad es que ni Comités, ni Oficinas, ni Ministerios, importaban nada en aquella España que estaba segura de una victoria rápida contra la reacción, pues consideraba el golpe de Estado fracasado (y es que, efectivamente, fracasó) y donde las personas, organizadas en patotas, adquirieron todo el protagonismo. Un Estado organizado y al mando podría haber justificado Paracuellos informando de la filiación de los fusilados y hablando de necesidades bélicas, y tal. Pero la República, por no estar, ni siquiera estaba en guerra; su orden era derogar las declaraciones de tal estado hechas por los golpistas.

A los fusilados de Paracuellos los mataron grupos de matones y lo triste, para la Historia de la Guerra Civil, es que en Madrid, en el otoño del 36, veinte matones podían pasearse por Madrid con un autobús lleno de gentes a las que iban a matar, sin que nadie se lo pudiera impedir. Los mataron tipos hartos de barrer para el jefe, o de pagar alquileres al casero, o de tener que reír los chistes sin gracia de don Arturo María. Y el problema de la República fue permitir que aquellos tipos se enseñorearan de las calles, de las cárceles, y de los paredones. Carrillo tenía razón. A los fusilados de Paracuellos, o cuando menos a muchos de ellos, les habría ido mejor si el viejo, entonces joven, dirigente comunista hubiese tenido mando en plaza. Pero no lo tenía. Por eso Preston, y todos los prestonianos, sueñan sueños de colores cuando dicen lo que dicen, tratando de traslucir que Gran Bretaña podría haber hecho otra cosa de la que hizo (o sea, de la que no hizo). Cosa que no es cierta, a mi modo de ver, porque Gran Bretaña nunca habría alimentado la fuerza de las armas de un régimen bajo el cual cualquier troll de internet podía ponerse a buscar a su bloguero preferido para meterle dos tiros, enterrarlo en una checa o simplemente pisarle la cabeza, con la excusa de que era un fachista (como entonces llamaban a los fascistas).

Tristemente para la II República española, los asesinos de Paracuellos no tienen nombre. Es más: es que es posible que, si rascamos y rascamos en el mito de Carrillo/Paracuellos, que es bien antiguo, encontremos que su construcción y subida a los altares, labor del franquismo, se encontró con la colaboración, o cuando menos con la omisión interesada, de los republicanos no comunistas. Lo realmente triste para la República sería reconocer que Carrillo no necesariamente tuvo que ver con aquellos asesinatos, porque eso equivale a reconocer que aquellos asesinatos eran posibles aun perpetrados por una tropa de mediopensionistas sin oficio ni beneficio.

A mi modo de ver, es otro el episodio de la República que Carrillo se ha ido a la tumba sin describir con todo el nivel de detalle que a mí me habría gustado. Me refiero al proceso de la izquierda tras la mal llamada Revolución de Asturias de 1934 (Golpe de Estado Revolucionario se adapta más a la realidad), que culminó con la fagocitación de las Juventudes Socialistas por parte de los comunistas. Es un proceso muy interesante que, como digo, nadie ha contado a fondo. Podrían haberlo contado dos personas, que son Largo Caballero y Carrillo; pero tengo por mí que una no la contó por vergüenza, y la otra por interés. Largo, por no tener que reconocer que le hicieron una llave de judo (hace años me enseñaron que el judo consiste en derribar a tu contrario usando para ello la fuerza con la que te ataca) y le hicieron zozobrar en sus propias ilusiones de liderazgo. Y Carrillo, porque durante años no podía contarlo (no, cuando menos, hasta la muerte de Stalin) y luego, llegado un tiempo, quizá pensó: para qué...

Elementos socialistas de aquellas juventudes, y estoy pensando ahora en Ángel Merino (Mi guerra empezó antes) han escrito, con notable resquemor, que no eran las bases de las JS las que justificaban dicha fusión. Si hemos de creer a estas fuentes, no había, entre los jóvenes socialistas, necesidad de concordar con los comunistas. Si esto es cierto, entonces la creación de las Juventudes Socialistas Unificadas, sin la cual los turbulentos primeros seis meses del 36 se entienden malamente, es el fruto de una confluencia: la confluencia de las ambiciones de Largo, que aspira al liderazgo total de la izquierda; y las de Stalin, que por aquel entonces está sacando a pesar todo aquello del socialismo por la base y los frentes populares y tal, que viene a ser algo así como: dado que no voy a ningún lado con mi minicoche de 45 km/h de velocidad máxima, voy a formar un Frente Popular con Fernando Alonso y su Ferrari, que ya llegará el tiempo de darle un papirotazo y coger yo el volante...

Santiago Carrillo, Federico Melchor y José Cazorla, los tres dirigentes comunistas, viajaron a Moscú en aquellos primeros albores del 36. A su regreso, se crearon las JSU. Y Merino, que era militante de las JS, escribe: "de la noche a la mañana, la dirección de las Juventudes Socialistas desechó todo el pensamiento político que hasta la fecha había defendido y propagado, y se alineó al lado de los comunistas". Hubo, pues, un giro copernicano en la estrategia socialista, y se creó, conscientemente, el primer mojón de una re-fusión de comunistas y socialistas.

Este hecho tiene una importancia capital para lo que pasó después. Al albur de aquella fusión, más la extremada generosidad del Frente Popular al otorgar a los comunistas puestos en las listas de las elecciones del 36, pudo el Partido Comunista tener una fuerza de la que hasta aquel momento carecía; lo cual quiere decir introducir un matiz de gran importancia en la política interior: a eso que podríamos llamar la "revolución española" se le une y mezcla, ahora, la revolución soviética en España. Que no eran la misma cosa pero, para desesperación de los anarquistas y crujir de dientes del exilio republicano tras la guerra, acabarán siéndolo.

Hubiera sido interesante que Carrillo se hubiese explayado un poco más sobre este proceso. Pero qué le vamos a hacer, así es la Historia, y así son quienes la protagonizan.

lunes, septiembre 17, 2012

Fra Girolamo (10)

No te olvides de que esta serie ya ha tenido un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto,  séptimo, octavo y noveno capítulo.



Como veremos pronto, de todos los puntos del gobierno temporal de los hombres en los que un hombre de Dios como Girolamo Savonarola iba a tropezar, la política exterior era el más gordo de todos. En medio de toda la reforma revolucionaria de la gobernación de Florencia, la ciudad hubo de implicarse en una especie de guerra de baja intensidad con Pisa, ciudad teóricamente tributaria de la capital toscana. Florencia quería el total regreso de Pisa a su dependencia, pero el hecho de que los franceses hubiesen dejado allí un fuerte alimentaba en los pisanos deseos en la dirección contraria. Falto de dinero para pagar una milicia que resolviese el problema a hostias, Florencia intentó que fuera un pacto con Carlos VIII la solución al conflicto. Así, envió docenas de despachos a Nápoles, donde estaba el rey francés, solicitándole concordia con su posición.

La respuesta del francés es la acostumbrada en los galos; de razón nada y, además, quiero mi dinero. En efecto, Carlos envió al cardenal de Saint Malo a Florencia, a reclamar los pagos de la indemnización que según los acuerdos alcanzados con la Signoria, se le debía. De hecho, el buen cardenal ofreció entregar Pisa a los florentinos a cambio de 30.000 florines, pero apenas consiguió volver a Nápoles con 10.000. Este default parcial enfureció a Carlos VIII. Malas noticias para el Partido Popular, que había animado en Florencia grandes celebraciones cada vez que los franceses obtenían una victoria. Los arrabbiati, de hecho, no paraban de culpar de la situación, muy específicamente, al líder intelectual del gobierno, es decir Savonarola.

En medio de aquella polémica, el milanés Ludovico Sforza movió ficha. Harto de la ineficacia del rey francés, formó una coalición antigabacha, a la que logró apuntar al Papa, Venecia, Génova, España y el Emperador. E invitó a Florencia a unirse a ella.

Éste es el punto en el que la falta de cintura política de alguien como Savonarola se hace plenamente evidente. Cualquier persona en sus cabales se habría dado cuenta de que la liga antifrancesa era de tal magnitud que no tenía lógica estar en otra trinchera que no fuera esa. Pero Savonarola, como ya hemos leído, creía que Carlos VIII era un instrumento de Dios para implantar en Florencia el auténtico gobierno bajo reglas divinas; e, increíblemente, a pesar de los muchos renuncios, resistencias, mentiras y amenazas del rey francés, lo seguía pensando. El partido aristócrata florentino abrazó rápidamente la bandera de la liga, lo cual acabó de decantar, con todo su peso sermonal, a Savonarola del otro lado. A cambio de la recuperación, más formal que real, de Pisa, Florencia se había quedado sola en Italia; ni Dios (nunca mejor dicho, teniendo en cuenta la actitud del Papa) se colocó en su misma trinchera. Para colmo, la ciudad pronto tuvo noticia de que el rey francés volvía a su país, desde Nápoles, sembrando muerte y destrucción a su paso, sin hacer demasiadas distinciones entre amigos y enemigos… y acompañado por Piero de Medici. En otras palabras, Florencia había quedado: en peligro de ser atacada por la liga antifrancesa, por ponerse del lado de Francia; y en peligro de ser atacada por Francia, que ahora parecía escuchar al jefe de la familia otrora gobernante de la ciudad.

Savonarola, que para entonces se movía por la ciudad rodeado por una fuerte escolta, intentó de diversas formas alcanzar, cuando menos, un pacto con Carlos VIII. Tras muchos dimes y diretes, consiguió reunirse con él en Poggibonsi. Le arrancó la promesa de no pasar por Florencia, pero el tozudo rey francés le siguió negando el poder real sobre Pisa. Lo cual no evitó que los florentinos aclamasen al fraile por haber conseguido evitar el saco de la ciudad.

La decisión de Carlos VIII de no pasar por Florencia provocó el cambio de chaqueta de Piero de Medici, quien se apuntó a la liga antifrancesa. Aquel movimiento colocó en muy mala situación a los arrabbiati, que inmediatamente quedaban en peligro de ser atacados por hacer causa con el odiado Medici, razón por el cual cesaron en sus ataques a los frateschi, como se conocía a los partidarios de Savonarola.  Pero sólo era un movimiento táctico.

En lo más gordo y seboso de la revolución florentina, a la ciudad había llegado de Roma una orden vaticana decretando el traslado de Savonarola a Lucca. El gobierno de la ciudad había reaccionado fuertemente, y conseguido que la medida quedase aplazada. Si a eso se añade que, ahora, la única forma eficiente de neutralizar a Piero de Medici era apuntar a Florencia a la misma liga donde él estaba, medida que chocaba con el obstáculo del fraile, queda bastante claro que sus enemigos decidieron revivir aquella medida. A partir de ahí, una fina línea que comienza en Somenzi, el agente de Sforza en Florencia, y sigue en el cardenal Ascanio, miembro de la curia, para terminar en el propio Papa, trabajó en esa dirección.

Aquel verano de 1494, en plena canícula juliana, una carta papal llegó a San Marcos. El Padre Santo (decía ya Mariano de Cavia, hace cien años, que llamar al Papa Santo Padre no es cosa lingüísticamente bien armada) se dirigía a su “hijo amado” para decirle, básicamente: “Hemos oído que afirmas que tus predicciones no vienen de ti, sino de Dios. Y deseamos, pues tal es la obligación de nuestra misión pastoral, conversar contigo para, una vez bien informados por ti de los deseos de Dios, poder cumplirlos”.

La carta del Papa a Savonarola es, en sí misma, una tesis doctoral de diplomacia vaticana. El Papa, renovando ese voto cristiano de que el Cristo (y el Papa no es sino su vicario) sea el último de los últimos, el humilde entre los humildes, se postra ante el fraile que en sus sermones dice que cuenta lo que Dios quiere. Y, arropado por esa humildad, decreta que “en virtud de la obediencia divina, te conmino a que vengas a Nuestra presencia a la mayor brevedad”.

De seguro, Savonarola entendió hasta la última coma de aquella carta. Y lo que entendió, no le pudo gustar.

viernes, septiembre 14, 2012

Breve historia de la ariosofía (y 5: los wiligutis)

Parte 1: En el fondo, todo empezó con Riemann.
Parte 2: La Blavatsky
Parte 3: Guido von List
Parte 4: Jörg Lanz von Liebenfels
Parte 5: La Sociedad Thule



En la década de los veinte, la Sociedad List, encomendada a la conservación de las teorías de su fundador, se desarrolló bajo los auspicios de uno de los discípulos del maestro, Philipp Stauff; y, tras el suicidio de éste, el 17 de julio de 1923, por su mujer, Berta. Sobre la base de este movimiento nació una nueva ariosofía de posguerra, de la mano de Rudolf John Gorsleben. Los sucesos de Baviera le empujaron hacia la Sociedad Thule. En abril de 1919 fue arrestado por los comunistas junto con Dietrich Eckart, aunque la habilidad de éste último les ahorró la ejecución. En julio de 1921, Gorsleben fue designado Gauleiter de la sección de Baviera Sur de la Deutschvölkischer Schutz und Trutzbund, una organización radicalmente antisemita que en ese momento aun le disputaba el liderazgo völkisch en Baviera al NSDAP. En diciembre de 1921, sin embargo, Gorsleben rompió con esta organización y se alió con un activista que dirigía, con dinero nazi, una publicación llamada Der Stürmer, y que se haría tristemente famoso en la Historia: Julius Streicher. No obstante, su pelea con la DST provocó la retirada de Gorsleben de la primera línea del activismo político, y su conversión en un escritor fantasioso.

Gorsleben trató de continuar la obra de List. Abordó la traducción de la Edda y el rescate del lenguaje rúnico para, así, poder descifrar los mágicos conocimientos que, según él, atesoraban esos signos. Pero, vaya, para que veamos el nivel de seriedad intelectual que tenían sus elaboraciones, también desarrolló una teoría cristalógica, según la cual el carácter de cada persona podía ser identificado con un tipo distinto de cristal. En realidad, es que conceptuaba lo cristales como proyecciones sólidas de las runas.

La obra de Gorsleben está, en este sentido, repleta de interpretaciones un tanto forzadillas. El cubo, por ejemplo, tiene un significado religioso porque, una vez desplegado, tiene la forma de una cruz. O la palabra Kristall, cuya etimología, según Gorsleben, provendría de Krist All, siendo con ello una señal de la vieja religión atlante.

Gorsleben murió en 1930, pero el Gran Maestro de la sociedad de estudio de la Edda que fundara Gorsleben antes de morir, Werner von Büllow, siguió su labor. En 1933, la Sociedad Edda declaró públicamente su adhesión al NSDAP. Con su afirmación de que la revolución alemana respondía a fuerzas cósmicas a las que era obligado someterse, estaba, a su manera, sustantivando el principio fundamental del fascismo.

Como ya hemos dicho, la ariosofía, las teorías más o menos científicas sobre el origen de la civilización alemana y su pretendida superioridad racial, se tiene por fenómeno hitleriano cuando, en realidad, sería más exacto denominardo himmleriano.

La cúpula nazi está petada de personas con capacidades intelectuales bastante limitadas. Rudolf Hess, Von Ribentropp, el propio Hitler, no eran personas demasiado inteligentes, aunque ciertamente el último de ellos, y su jefe supremo, tenía una inteligencia estratégica nata y un asombroso dominio de los tiempos, además de una capacidad retórica electrizante. No obstante lo dicho, el poso del nazismo alemán está formado por personas normalmente de extracción cultural mediocre (que se aprecia en signos como el coleccionismo compulsivo de arte de Hermann Göring, bastante evidente signo de cierto complejo de inferioridad cultural). El desarrollo de la ariosofía, por otra parte, llevaba en los años treinta del siglo XX cosa de un siglo en manos de personas pretendidamente súper-expertas, pero muy poca cosa intelectualmente hablando. La mayoría de los ariósofos alemanes todo lo que hacen es beber de la fuerte corriente racista y antisemita del nacionalismo alemán de la segunda mitad del siglo XIX, y dejarse llevar por la tendencia, que es general en dicho momento, de manipulación nacionalista de la Historia. Los ariósofos alemanes no le dan muchas más patadas a la Historia real de Alemania que las que algunos escritores nacionalistas gallegos o vascos de la misma época le dan a la de España.

El ocultismo provee a todas estas personalidades intelectualmente limitaditas la herramienta ideal para esconder dicha mediocridad. Y a ninguno de ellos más que al Reichsfürer-SS, Heinrich Himmler.

No hay más que leer las memorias del médico personal de Himmler, el doctor Kesten. Aun y a pesar de que no es intención del facultativo finés escribir un texto que deje a su augusto cliente a la altura del betún, inevitablemente en los párrafos acaba surgiendo lo profundamente tonto del culo que era Don Enrique. Quizá la mayor prueba de imbecilidad se encuentre al final del libro, cuando Kesten relata las esperanzas que tiene Himmler de negociar, a través del conde sueco Bernadotte, la liberación de unos cuantos miles de judíos de los campos de concentración, a cambio de lo cual, sinceramente, el jerarca nazi parece esperar que los aliados le vayan a perdonar todo, todo y todo. Sólo alguien profundamente estúpido puede abrigar ese tipo de esperanzas, sabiendo como sabía Himmler todo lo que, inevitablemente, los aliados iban a acabar descubriendo cuando tomasen la totalidad de los territorios de dominación alemana durante la guerra. En eso Hitler, con su mano temblona, con sus locuras, con sus polladas, sabiendo como sabía que se tenía que suicidar, demostró ser bastante más inteligente.

Por todo esto y por mucho más, Himmler era un gran, grandísimo y devoto, creyente de todas las teorías que se han descrito en estas notas. Concebía el mundo, al estilo de la Blavatsky, como una especie de lucha permanente cuyos ganadores siempre desplegarían la mayor crueldad contra los vencidos; por eso le decía a Kesten que, verdaderamente, matar a lo niños judíos podía parecer jodidillo, pero que había que pensar que, si no, luego crecerían y se harían poderosos. Por eso mismo, también, amparó e impulsó los proyectos de los médicos nazis, que, radiando los ovarios (hasta la muerte) de centenares de mujeres judías, buscaban una técnica para reducir los nueve meses de gestación humana, y así acelerar la producción de arios.

No es extraño, por lo tanto, que Himmler acabase fascinado por la persona de Karl Maria Willigut, quizá el último ariósofo anterior al nazismo en sí mismo, a quien la Historia conoce como El Rasputín de Himmler.

El Totenkopfring o anillo de la muerte que llevaban en la mano los miembros de la SS fue diseñado por Willigut, como lo fueron otros signos y ritos de este cuerpo. Nació en Viena en 1866, y a los 14 años empezó la carrera militar; en 1903 era capitán. En 1889, ingresó en una organización seudomasónica; empezó pronto a escribir libros sobre etimología alemana, muy alineados con las teorías de List.

La Gran Guerra le sirvió para ascender a coronel y ser condecorado. Se licenció del ejército el 1 de enero de 1919, retirándose a Salzburgo.

Durante toda esta vida militar, Willigut había cultivado sus fantasías ariosóficas, pero con su retiro activo esta tensión se hizo más fuerte. Decía de sí mismo que era el último descendiente de una linea de sabios o chamanes alemanes que se perdía en la Prehistoria, los Wiliguotis o Uliligotis (suena como Los Diminutos, ¿a que sí?) de la Asa-Uana-Sippe. Decía ser una especie de medium respecto del pasado remoto del hombre, que era capaz de recordar. Fruto de estos recuerdos, afirmaba que la Biblia había sido escrita en Alemania. Hacía comenzar la historia del pueblo germano en el año 280.000 antes de Cristo, en un momento en que la Tierra tenía tres soles y estaba poblada por gigantes y enanos. En ese momento, surgieron los Adler-Wiligoten, que impusieron una era de paz que implantó la Segunda Cultura Boso y fundó la ciudad de Goslar, inicialmente llamada Arual-Jöruvallas, en el año 78.000 AC. En el año 12.500 AC, se desarrolló la llamada religión irminista germana, que sufrió el cisma de los wotanistas.

En el año 9.600 AC, Baldur-Chrestos, profeta irminista, fue crucificado por los wotanistas en Goslar. De alguna manera, sin embargo, el hábil Baldur consiguió desclavarse del madero y huyó a Oriente. A partir de ahí, se inició una ofensiva wotanista contra los irministas, que culminó con la destrucción de su último centro por Carlomagno.

Los Wiligotis, o sea los ancestros de Willigut, habían sido reyes sabios (Ueiskuinigs). Estaban en la Sajonia y actual Alemania cuando llegó Carlomagno con lo marines wotanistas para apiolárselos, pero ellos lograron escapar a las Islas Feroe, y después a Rusia Central. Fundaron la ciudad de Vilnius y, en 1242, emigraron a Hungría.

Con toda esta historia, es claro que Willigut se concebía a sí mismo como un sacerdote irminista eternamente perseguido por los wotanistas; persecución que, a principios del siglo XX, se centraba en las acciones de la Iglesia católica, los judíos y los masones. Es por esta razón que, a su retiro, Willigut formó una sociedad antisemita en Salzburgo.

La vida de Willigut, sin embargo, se complicó. La relación con su mujer, Malwine Leuts von Treuenringen, se jodió cuando se malogró su primer hijo varón, lo que para Willigut fue una tragedia de primer nivel, porque su tradición irminista establecía la herencia agnaticia. Es de suponer que la señora Willigut lo tuvo claro cuando su marido se puso tan de canto (aparte de que, probablemente, la sacudía), porque en 1924, y durante tres años, Willigut fue internado en un manicomio, contra su voluntad, donde los doctores dictaminaron que estaba como un congreso de cabras. Fue calificado de esquizofrénico con alucinaciones paranoides. Un juez de Salzburgo lo declaró incompetente.

Gracias a sus muchos contactos con las sociedades Edda, templarias, o la ONT, Willigut consiguió salir del sanatorio mental, y en 1932 emigró, sin familia, a Alemania, como huesped de Käthe Schaefer-Gerdau, mujer del tesorero de la Sociedad Edda.

En 1933 un amigo y co-creyente de Willigut, Richard Anders, que había ingresado en las SS como oficial, le presentó a Willigut, quien ya era un admirada autoridad entre los aficionados a las runas y tal, a Heinrich Himmler. Puestos frente a frente el esquizofrénico y el imbécil, el segundo, como no podía ser de otra manera, se creyó a pies juntillas que su interlocutor tenía memorias precisas y ciertas del pasado alemán, y decidió incorporarlo a su círculo. En septiembre de 1933, haciéndose llamar Karl María Weisthor, Willigut entró en las SS, y fue nombrado jefe de un Departamento de Prehistoria e Historia Antigua, integrada dentro de la Rasse und Siedlungshauptamt, la Oficina Racial y de Asentamiento.

En abril de 1934, Weisthor fue nombrado SS-Standartenführer, o sea coronel, y en octubre jefe de los archivos de su sección. Al mes siguiente, fue nombrado SS-Oberführer, teniente brigadier. Con todo ese poder, no tuvo problema en integrar en la SS a su principal alumno, Günther Kirchhoff.

Ya hemos dicho que Himmler era lo suficientemente naïf como para creerse cualquier cosa. Pero no la SS. En la SS, contra lo que se pueda pensar, había gente seria. Los miembros académicos de la SS tragaron saliva cuando Weisthor afirmó que el área del denominado palacio Eberstein había sido un importantísimo centro religioso irminista. Pero, en abril de 1937, estallaron; encargados de revisar un trabajo realizado por Kirchhoff sobre una piedra ritual encontrada en Baden-Baden, los académicos dictaminaron, básicamente, que Kirchhoff no tenía ni puta idea. En  1938 se rechazó otro trabajo de Kirchhoff, algo que él, inmediatamente, atribuyó a una conspiración católica.

En septiembre de 1936, Weisthor fue promovido a brigadier (SS-Brigadeführer) y adscrito al gabinete personal de Himmler. Pero el 28 de agosto de 1939 causó baja, en condiciones que no están muy claras, aunque podrían tener que ver con el fuerte deterioro físico que pudo surgir por la fuerte medicación que tomaba, así como el progresivo hundimiento que sufrió en el alcoholismo y el tabaquismo.

La SS no le olvidó. Le designó una acompañante, Elsa Baltrusch, con la que vivió en Berlín, en Goslar, en varios puntos, hasta terminar en Austria, donde le pilló la derrota alemana. Los británicos lo llevaron a un campo de prisioneros, donde sufrió un ictus que le paralizó medio cuerpo y le impidió el habla. Por ello, tanto él como su acompañante fueron autorizados a volver al domicilio familiar, en Salzburgo. No obstante, el viejo loco quería volver a Alemania, así que decidieron irse a casa de la familia Baltrusch. Pero no superó el viaje, y murió el 3 de enero de 1946.



Y hasta aquí, la historia de la ariosofía alemana. Yo supongo, amigo lector, que a poco inteligente que seas, y por muy mal escritas que estén estas crónicas, no pocas veces durante estos seis viajes a esta realidad, te habrás divertido. La ariosofía, en efecto, tiene unos matices chuscos que lo flipas; eso es innegable. Sin embargo, permiteme que, en los últimos estertores de esta crónica, me ponga un poco serio.

La historia de la ariosofía es una cosa muy seria porque demuestra cosas muy inquietantes. Las teorías justificativas del éxito del fascismo alemán son muchas, y algunas de ellas conducen casi a la conclusión de que era poco menos que inevitable que un movimiento como el NSDAP de Hitler triunfase en aquella sociedad. La verdad es que yo estoy bastante de acuerdo con esa visión. Alemania ha sido, y en parte sigue siendo (no olvidemos que la Anchluss no está completa), el gran problema inacabado de Europa. 

El hecho de que nuestro continente se dotase (cosa que no ha hecho ningún otro) de un poder residente de características extrañas, mitad temporal, mitad espiritual, causó históricamente dos víctimas, que son Alemania e Italia; casualmente, las dos espadañas del fascismo en los inicios del siglo XX. La existencia del Papado, más concretamente de los Estados Pontificios, bloqueó el destino de Italia durante 500 años, como bloqueó el de Alemania, convertida en el tablero fundamental del choque entre reformadores y contrarreformadores. Lo de Italia tiene menos importancia porque, tras la caída del Imperio Romano, nadie en sus cabales, de Lombardía para abajo, ha albergado la idea de que esa enorme península pueda volver a ser potencia mundial. Pero Alemania es otra cosa. Alemania es el centro de Europa; una de las regiones más ricas, más dinámicas, más bien dotadas, del mundo. Alemania está llamada desde la noche de los tiempos a ser una gran potencia mundial; aún mutilada y resumida en eso que llamamos Prusia, llegó a serlo.

El fascismo alemán es el resultado de esa tensión sexual no resuelta entre Alemania y el mundo que le rodea. Una tensión que esperó demasiado tiempo para ser resuelta; y el tiempo, en estos casos, es un caldo en el que se cuecen las gilipolleces, las interpretaciones cómicas, las idioteces, y los idiotas. 

Esta vertiente gilipollesca, sin embargo, habría encontrado más dificultades de haber sido la sociedad alemana una sociedad más consciente. Como ya he dicho, la clase media alemana estaba en disposición de creer la oferta de alguien que les prometiese ser por fin lo que merecían; pero que aceptase teorías tan peripatéticas como las que aquí se han descrito, ya es otra historia.

La historia de la ariosofía, por ello, es, para mí, una llamada de atención. Una llamada de atención sobre el género de estupideces que pueden llegar a aceptarse acríticamente cuando se desea que los datos confirmen una idea. El alemán de los años veinte, desesperado por el derrumbe de un imperio apenas recién reconstruido, imperio que había nacido para dominar Europa, se lanzó, a tumba abierta, a la caza de explicaciones sencillitas de la realidad, explicaciones incontrovertibles de puro absurdas, y las encontró en el entorno völkisch, que es la médula espinal del hitlerismo. 

No caigas, amigo lector, en el error, tan común, de concebir al alemán de principios del siglo XX como un ciudadano en minoridad social, que cayó en las garras de un listillo. El alemán de 1920 eres tú. O, si lo prefieres, para no ofenderte, soy yo. Porque a ti, como a mí, te asombraría hacer una lista de la cantidad de cosas que das por ciertas sin saber, en realidad, nada de ellas. Las das, las damos, por ciertas, por dos razones únicas: una, que queremos que lo sean; dos, porque cuadran con el resto de nuestro pensamiento. 

Que miles, decenas de miles y, al final del proceso, centenares de miles, si no millones, de ciudadanos razonablemente bien alimentados y educados, llegasen a creer que hubo una civilizarión aria original en los tiempos en que el mundo era cascada de colores, no te debe llevar a mascullar: "qué capullos, los europeos de principios del XX". Te debe llevar a preguntarte cuántas veces, hoy, aquí, ahora, ocurre lo mismo. 

Los fascistas siempre han vivido, y siempre vivirán, de quien no se hace esa pregunta. De quien ve una zanahoria ideo-filosófica, y la persigue eternamente, diciéndose a cada paso que eso es ejercitar su librepensamiento. Los alemanes de creyeron en Hitler creían estar ejerciendo su albedrío personal. Y es que lo estaban ejerciendo. Porque la triste realidad del ser humano es que, cuando se le da la libertad de elegir entre un diamante y un cajón de mierda, no sólo a veces, muchas veces, escoje la mierda; y hasta se siente con fuerzas de capitidisminuir, prohibir, encarcelar o ahorcar al que osa preferir la joya.

Los ariósofos estaban locos, y muchos de ellos eran puros y simples gilipollas. Mi consejo es: mira bien, no lo que opinas, sino por qué lo opinas. No sea que acabes convertido en uno de ellos.


... bueno, y si todo va bien, cuando ejecutemos a Savonarola, comenzaremos a contar, pasito a pasito, la historia de esa cosa que llamamos Mayo del 68.

jueves, septiembre 13, 2012

Fra Girolamo (9)

No te olvides de que esta serie ya ha tenido un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto,  séptimo y octavo capítulo.




La crisis abierta por las pretensiones del rey de Francia sobre la Toscana colocó a Girolamo Savonarola en el limbo de los grandes personajes políticos. Nadie dudó, cuando Carlos VIII se hubo marchado y Florencia quedó en sus propias manos, en llamarlo para que participase en el rediseño del gobierno de la ciudad. En realidad, aquella era una labor que ya no se concebía sin su concurso.

En tal circunstancia, Fra Girolamo no se traicionó a sí mismo. Subió al púlpito para decir bien alto que Dios quería que Cristo Jesús fuese el nuevo gobernador de Florencia. Aunque ésa era una declaración muy metafísica. En lo terrenal, Savonarola, de siempre simpatizante de los humildes, estaba con lo que allí se llamaba Partido Popular (sic). Plenamente integrado en dicha militancia, saludó la salida del rey francés de Florencia comenzando a organizar cuestaciones y otras movidas en favor de los humildes. Propuso, por ejemplo, que la subvención que se entregaba a la universidad de Pisa fuese gastada aquel año en los pobres, así como la venta de las riquezas de las iglesias por el mismo motivo. Pero, sobre todo, bramaba por la apertura de las tiendas y los negocios “a todas las personas que permanecen inactivas en las calles”. Convenció al gobierno de la ciudad para que formase una comisión especializada en el perdón de las deudas.

Este gobierno de la ciudad estaba formado por veinte electores, escogidos por aclamación popular. En aquel ambiente eufórico, los veinte recibieron el encargo de estudiar una reforma a fondo de la Constitución florentina. En realidad, no había mucho que reformar. La Constitución de Florencia molaba; era una ley básica republicana y bastante democrática; sólo que, bajo los Medici, las votaciones habían sido masivamente compradas y manipuladas, y los puestos clave ocupados por hombres de paja.

Aun así, la reforma se comenzó a diseñar, muy a la griega, pues todo lo sostendría una asamblea popular, con el poder inapelable de elegir a los magistrados locales. El Partido Popular y su principal jefe, Pietro Sorderini, quería aplicar en Florencia la Constitución veneciana, que entonces gozaba de enorme prestigio entre los, por así decirlo, progresistas italianos, por el largo periodo de normalidad y paz que había garantizado en el Véneto. Sin embargo, la adaptación no era fácil. El status quo constitucional veneciano, en el fondo, era oligárquico; se ejercía el poder democrático, pero por una minoría. En Florencia había fuertes tendencias puramente democráticas, que querían romper esa limitación. Uno de los grandes defensores de esta particularidad toscana era, precisamente, Savonarola.

La entrada de lleno de Savonarola en el mundo político le obligó a adaptarse a exigencias del guion social, cosa que no había hecho hasta el momento. Le obligó, por ejemplo, a hacer algo sorprendente: abandonar a las mujeres. Los florentinos del Renacimiento, que como acabamos de leer tenían problemas para entender que burgueses y obreros pudieran ser iguales, no estaban en disposición de aceptar la igualdad entre hombres y mujeres. Debió de ser triste y jodido para Fra Girolamo prohibir la asistencia de las féminas a sus sermones políticos, pero el caso es que lo hizo. Incluso les prohibió participar en las procesiones cuestatorias, a pesar de que contribuían con sus monedas; eso sí, consiguió arrancarle al machismo florentino el derecho a permanecer en el umbral de sus casas, con la puerta abierta. La cuestión era que, ahora que hablaba de temas de gobierno, se veía obligado a usar la razón; y el raciocinio no era algo que se supusiese las mujeres tuvieran.

En sus sermones, Savonarola explicaba que el régimen monárquico absoluto es, en teoría, el mejor de todos; pero era manejado por hombres y, tarde o temprano, el poder en manos de uno solo se desviaba lejos del interés común. La oligarquía, al establecer diferencias, era el germen de un enfrentamiento. Sólo consiguiendo que el mayor número posible de ciudadanos se sintiese cómodo se lograba la paz y la unión.

Así pues, propuso la creación de un Gran Consejo, al estilo veneciano, de elección popular, aunque restringida: sólo podían votar en el mismo los ciudadanos que tuviesen 29 años o más y pagasen impuestos, y sólo podían ser votados quienes, cumpliendo con estas dos reglas, además tuviesen antecesores que hubiesen ocupado algún tipo de responsabilidad. Así pues, la revolución savonaroliana tampoco era para tirar cohetes: de 90.000 habitantes que tenía Florencia, apenas 3.200 estaban representados en el sistema.

El Gran Consejo tenía tres partes, que se renovaban cada tres meses, y, la verdad, era un órgano bastante pesado a la hora de tomar decisiones. Por eso, del mismo salía un órgano de 80 miembros, que hacía las veces de Comisión Ejecutiva y, además, servía de enlace entre la asamblea y la Signoria, es decir el gobierno burocrático de la ciudad.

Hecha la reforma constitucional Savonarola abordó la del sistema fiscal, creando la Décima, un impuesto del 10% sobre la propiedad de exacción anual. La idea fue recibida con alegría en la ciudad, como siempre que un revolucionario cumple lo prometido; pero pronto Florencia se encontraría frente a frente con la jodida verdad. El hecho de que Pisa estuviese bajo el poder francés pronto generó una guerra entre ambas ciudades; y, además, había que pagar a Carlos la fuerte indemnización cuya admisión había sido el pivote fundamental de su marcha. En otras palabras, y supongo que al lector le sonará: cuando la Signoria miró las cuentas, se dio cuenta de que su déficit era mucho más grande de lo que había imaginado; demasiado grande para poder soportarse con impuestos democráticos de poder recaudatorio ignoto. Así las cosas, la ciudad tuvo que pedir a sus ciudadanos un préstamo, una derrama diríamos en una comunidad de vecinos, para poder atender los pagos de su deuda con el francés, y los florentinos fueron a la huelga general. En todo Florencia se generó una sicosis colectiva contra los acaparadores de oro; el pueblo se volvió incluso contra Savonarola, sabedor de que el cardenal Piero de Medici, la noche que huyó de Florencia, había dejado en San Marcos sus riquezas.

Ante la situación desesperada creada por el ejército de desempleados y endeudados, Savonarola impulsó la creación de un Monte di Pietá, una oficina pública de préstamos, lo cual le generó dificultades con los judíos, que vieron violado su monopolio como prestamistas. Hicieron valer su influencia ante el gobierno de la ciudad, que verdaderamente los necesitaba para ser rescatado de cuando en cuando. La respuesta de Savonarola fue subirse al púlpito y denunciar “el daño pestífero de la usura, practicado por la pérfida secta hebrea, odiada por Dios”. En las profundidades del ADN de algún pastor alpino austriaco, un futuro espermatozoide se corrió de gusto.

La inquina judía tenía su sentido. Los hebreos estaban, en ese momento, prestando al 32%, y el Monte de Piedad salió al mercado con préstamos al 6%, y la única condición que ponía era que el prestatario jurase que no se lo iba a gastar en juego (no estoy seguro, pero puede que esta expresión incluya también el alcohol y, sobre todo, las putas). No podía gastar en su funcionamiento más de 600 florines al año, cantidad magra, razón por la cual las personas que trabajaban en el Monte lo hacían gratis. Como no podía ser de otra manera, el sistema tuvo un éxito inmediato, así pues Florencia, poco tiempo después, procedió a prohibir las casas de usura de los judíos.

El siguiente paso de las reformas revolucionarias de Florencia fue la poli y los jueces. La justicia en la ciudad era administrada por un órgano, llamado algo así como Los Ocho de la Vigilancia y la Guardia, renovados cada dos meses. Tradicionalmente, los miembros de los Ocho pasaban esas ocho semanas corrompiéndose a toda hostia, o favoreciendo a sus iguales políticos, para así sacarle partido a su responsabilidad. La reforma defendida por Savonarola, conocida como la Reforma de las Seis Urnas, se basaba, fundamentalmente, en conceder a los ciudadanos el derecho de apelación al Gran Consejo. Pero, claro, el buen fraile se podía haber ahorrado ese paso si hubiese leído a los historiadores griegos o romanos; en sus páginas habría aprendido que no hay nada más fácil de manipular que una asamblea popular, porque las asambleas populares siempre están dispuestas a dejarse llevar por argumentos sencillitos y que les hablen a las tripas, la rapiña de los mercados y todo eso. Entonces, Savonarola pensó en restringir el derecho de apelación a Los Ochenta, pero el partido aristocrático (o sea, la derecha) puso pies en pared. Fue una jugada de maestro. El partido aristócrata no creía en la reforma, y vio pronto que si las apelaciones se dejaban en manos de un cotolengo de miles de pollos vociferantes, medio borrachos, cabreados, envidiosos y con ganas de dar por culo, las apelaciones, pronto, se convertirían en actos de injusticia tan evidentes y dolorosos, o más, que los que hasta entonces habían cometido Los Ocho. Y no solo no se equivocaron, sino que su postura aparecía como “democrática”, voz para el pueblo y bla, con lo que Savonarola, aun por encima, tenía que sonreír mientras le cortaban una pierna.

Tres meses después de comenzada la revolución, Savonarola podía decir que había hecho un huevo de cosas; pero también había conseguido en amalgamamiento de todo un partido político reaccionario en su contra. Fueron tantos, y tan hábiles, que en fecha tan temprana consiguieron contaminar incluso el propio Partido Popular, donde comenzaron a surgir, como corriente interna, los denominados Bianchi, Blancos, progresistas carentes de la significación religiosa del savonarolismo. Otra medida estrella de Savonarola, la amnistía general, había provocado que muchos de los partidarios mediceos liberados se hubiesen apuntado al Partido Popular para no despertar sospechas, donde formaron el grupo de los Bigi. Con todo, la peor oposición, ya lo hemos dicho, eran los aristócratas, que no habían podido parar muchas de las reformas revolucionarias, y que se hacían llamar Arrabbiati.

En todo este proceso de lucha política, se mezcló la pequeña lucha, no pocas veces de una condición mezquina y miserable como pocas, existente entre las diferentes órdenes religiosas, que con el éxito de Savonarola veían brillar la estrella dominica. Los franciscanos se aliaron rápidamente con los arrabbiati, e incluso algunos monasterios dominicos, celosos de la fuerza de San Marcos, se apuntaron. De hecho, los dominicos de Santo Spirito trataron de juzgar a Savonarola dentro de la orden por mezclarse en política.

Con todo, los asuntos internos no le iban del todo mal a Savonarola. Era en su política exterior donde estaba llamado a encontrar su némesis.