lunes, septiembre 17, 2012

Fra Girolamo (10)

No te olvides de que esta serie ya ha tenido un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto,  séptimo, octavo y noveno capítulo.



Como veremos pronto, de todos los puntos del gobierno temporal de los hombres en los que un hombre de Dios como Girolamo Savonarola iba a tropezar, la política exterior era el más gordo de todos. En medio de toda la reforma revolucionaria de la gobernación de Florencia, la ciudad hubo de implicarse en una especie de guerra de baja intensidad con Pisa, ciudad teóricamente tributaria de la capital toscana. Florencia quería el total regreso de Pisa a su dependencia, pero el hecho de que los franceses hubiesen dejado allí un fuerte alimentaba en los pisanos deseos en la dirección contraria. Falto de dinero para pagar una milicia que resolviese el problema a hostias, Florencia intentó que fuera un pacto con Carlos VIII la solución al conflicto. Así, envió docenas de despachos a Nápoles, donde estaba el rey francés, solicitándole concordia con su posición.

La respuesta del francés es la acostumbrada en los galos; de razón nada y, además, quiero mi dinero. En efecto, Carlos envió al cardenal de Saint Malo a Florencia, a reclamar los pagos de la indemnización que según los acuerdos alcanzados con la Signoria, se le debía. De hecho, el buen cardenal ofreció entregar Pisa a los florentinos a cambio de 30.000 florines, pero apenas consiguió volver a Nápoles con 10.000. Este default parcial enfureció a Carlos VIII. Malas noticias para el Partido Popular, que había animado en Florencia grandes celebraciones cada vez que los franceses obtenían una victoria. Los arrabbiati, de hecho, no paraban de culpar de la situación, muy específicamente, al líder intelectual del gobierno, es decir Savonarola.

En medio de aquella polémica, el milanés Ludovico Sforza movió ficha. Harto de la ineficacia del rey francés, formó una coalición antigabacha, a la que logró apuntar al Papa, Venecia, Génova, España y el Emperador. E invitó a Florencia a unirse a ella.

Éste es el punto en el que la falta de cintura política de alguien como Savonarola se hace plenamente evidente. Cualquier persona en sus cabales se habría dado cuenta de que la liga antifrancesa era de tal magnitud que no tenía lógica estar en otra trinchera que no fuera esa. Pero Savonarola, como ya hemos leído, creía que Carlos VIII era un instrumento de Dios para implantar en Florencia el auténtico gobierno bajo reglas divinas; e, increíblemente, a pesar de los muchos renuncios, resistencias, mentiras y amenazas del rey francés, lo seguía pensando. El partido aristócrata florentino abrazó rápidamente la bandera de la liga, lo cual acabó de decantar, con todo su peso sermonal, a Savonarola del otro lado. A cambio de la recuperación, más formal que real, de Pisa, Florencia se había quedado sola en Italia; ni Dios (nunca mejor dicho, teniendo en cuenta la actitud del Papa) se colocó en su misma trinchera. Para colmo, la ciudad pronto tuvo noticia de que el rey francés volvía a su país, desde Nápoles, sembrando muerte y destrucción a su paso, sin hacer demasiadas distinciones entre amigos y enemigos… y acompañado por Piero de Medici. En otras palabras, Florencia había quedado: en peligro de ser atacada por la liga antifrancesa, por ponerse del lado de Francia; y en peligro de ser atacada por Francia, que ahora parecía escuchar al jefe de la familia otrora gobernante de la ciudad.

Savonarola, que para entonces se movía por la ciudad rodeado por una fuerte escolta, intentó de diversas formas alcanzar, cuando menos, un pacto con Carlos VIII. Tras muchos dimes y diretes, consiguió reunirse con él en Poggibonsi. Le arrancó la promesa de no pasar por Florencia, pero el tozudo rey francés le siguió negando el poder real sobre Pisa. Lo cual no evitó que los florentinos aclamasen al fraile por haber conseguido evitar el saco de la ciudad.

La decisión de Carlos VIII de no pasar por Florencia provocó el cambio de chaqueta de Piero de Medici, quien se apuntó a la liga antifrancesa. Aquel movimiento colocó en muy mala situación a los arrabbiati, que inmediatamente quedaban en peligro de ser atacados por hacer causa con el odiado Medici, razón por el cual cesaron en sus ataques a los frateschi, como se conocía a los partidarios de Savonarola.  Pero sólo era un movimiento táctico.

En lo más gordo y seboso de la revolución florentina, a la ciudad había llegado de Roma una orden vaticana decretando el traslado de Savonarola a Lucca. El gobierno de la ciudad había reaccionado fuertemente, y conseguido que la medida quedase aplazada. Si a eso se añade que, ahora, la única forma eficiente de neutralizar a Piero de Medici era apuntar a Florencia a la misma liga donde él estaba, medida que chocaba con el obstáculo del fraile, queda bastante claro que sus enemigos decidieron revivir aquella medida. A partir de ahí, una fina línea que comienza en Somenzi, el agente de Sforza en Florencia, y sigue en el cardenal Ascanio, miembro de la curia, para terminar en el propio Papa, trabajó en esa dirección.

Aquel verano de 1494, en plena canícula juliana, una carta papal llegó a San Marcos. El Padre Santo (decía ya Mariano de Cavia, hace cien años, que llamar al Papa Santo Padre no es cosa lingüísticamente bien armada) se dirigía a su “hijo amado” para decirle, básicamente: “Hemos oído que afirmas que tus predicciones no vienen de ti, sino de Dios. Y deseamos, pues tal es la obligación de nuestra misión pastoral, conversar contigo para, una vez bien informados por ti de los deseos de Dios, poder cumplirlos”.

La carta del Papa a Savonarola es, en sí misma, una tesis doctoral de diplomacia vaticana. El Papa, renovando ese voto cristiano de que el Cristo (y el Papa no es sino su vicario) sea el último de los últimos, el humilde entre los humildes, se postra ante el fraile que en sus sermones dice que cuenta lo que Dios quiere. Y, arropado por esa humildad, decreta que “en virtud de la obediencia divina, te conmino a que vengas a Nuestra presencia a la mayor brevedad”.

De seguro, Savonarola entendió hasta la última coma de aquella carta. Y lo que entendió, no le pudo gustar.