viernes, septiembre 14, 2012

Breve historia de la ariosofía (y 5: los wiligutis)

Parte 1: En el fondo, todo empezó con Riemann.
Parte 2: La Blavatsky
Parte 3: Guido von List
Parte 4: Jörg Lanz von Liebenfels
Parte 5: La Sociedad Thule



En la década de los veinte, la Sociedad List, encomendada a la conservación de las teorías de su fundador, se desarrolló bajo los auspicios de uno de los discípulos del maestro, Philipp Stauff; y, tras el suicidio de éste, el 17 de julio de 1923, por su mujer, Berta. Sobre la base de este movimiento nació una nueva ariosofía de posguerra, de la mano de Rudolf John Gorsleben. Los sucesos de Baviera le empujaron hacia la Sociedad Thule. En abril de 1919 fue arrestado por los comunistas junto con Dietrich Eckart, aunque la habilidad de éste último les ahorró la ejecución. En julio de 1921, Gorsleben fue designado Gauleiter de la sección de Baviera Sur de la Deutschvölkischer Schutz und Trutzbund, una organización radicalmente antisemita que en ese momento aun le disputaba el liderazgo völkisch en Baviera al NSDAP. En diciembre de 1921, sin embargo, Gorsleben rompió con esta organización y se alió con un activista que dirigía, con dinero nazi, una publicación llamada Der Stürmer, y que se haría tristemente famoso en la Historia: Julius Streicher. No obstante, su pelea con la DST provocó la retirada de Gorsleben de la primera línea del activismo político, y su conversión en un escritor fantasioso.

Gorsleben trató de continuar la obra de List. Abordó la traducción de la Edda y el rescate del lenguaje rúnico para, así, poder descifrar los mágicos conocimientos que, según él, atesoraban esos signos. Pero, vaya, para que veamos el nivel de seriedad intelectual que tenían sus elaboraciones, también desarrolló una teoría cristalógica, según la cual el carácter de cada persona podía ser identificado con un tipo distinto de cristal. En realidad, es que conceptuaba lo cristales como proyecciones sólidas de las runas.

La obra de Gorsleben está, en este sentido, repleta de interpretaciones un tanto forzadillas. El cubo, por ejemplo, tiene un significado religioso porque, una vez desplegado, tiene la forma de una cruz. O la palabra Kristall, cuya etimología, según Gorsleben, provendría de Krist All, siendo con ello una señal de la vieja religión atlante.

Gorsleben murió en 1930, pero el Gran Maestro de la sociedad de estudio de la Edda que fundara Gorsleben antes de morir, Werner von Büllow, siguió su labor. En 1933, la Sociedad Edda declaró públicamente su adhesión al NSDAP. Con su afirmación de que la revolución alemana respondía a fuerzas cósmicas a las que era obligado someterse, estaba, a su manera, sustantivando el principio fundamental del fascismo.

Como ya hemos dicho, la ariosofía, las teorías más o menos científicas sobre el origen de la civilización alemana y su pretendida superioridad racial, se tiene por fenómeno hitleriano cuando, en realidad, sería más exacto denominardo himmleriano.

La cúpula nazi está petada de personas con capacidades intelectuales bastante limitadas. Rudolf Hess, Von Ribentropp, el propio Hitler, no eran personas demasiado inteligentes, aunque ciertamente el último de ellos, y su jefe supremo, tenía una inteligencia estratégica nata y un asombroso dominio de los tiempos, además de una capacidad retórica electrizante. No obstante lo dicho, el poso del nazismo alemán está formado por personas normalmente de extracción cultural mediocre (que se aprecia en signos como el coleccionismo compulsivo de arte de Hermann Göring, bastante evidente signo de cierto complejo de inferioridad cultural). El desarrollo de la ariosofía, por otra parte, llevaba en los años treinta del siglo XX cosa de un siglo en manos de personas pretendidamente súper-expertas, pero muy poca cosa intelectualmente hablando. La mayoría de los ariósofos alemanes todo lo que hacen es beber de la fuerte corriente racista y antisemita del nacionalismo alemán de la segunda mitad del siglo XIX, y dejarse llevar por la tendencia, que es general en dicho momento, de manipulación nacionalista de la Historia. Los ariósofos alemanes no le dan muchas más patadas a la Historia real de Alemania que las que algunos escritores nacionalistas gallegos o vascos de la misma época le dan a la de España.

El ocultismo provee a todas estas personalidades intelectualmente limitaditas la herramienta ideal para esconder dicha mediocridad. Y a ninguno de ellos más que al Reichsfürer-SS, Heinrich Himmler.

No hay más que leer las memorias del médico personal de Himmler, el doctor Kesten. Aun y a pesar de que no es intención del facultativo finés escribir un texto que deje a su augusto cliente a la altura del betún, inevitablemente en los párrafos acaba surgiendo lo profundamente tonto del culo que era Don Enrique. Quizá la mayor prueba de imbecilidad se encuentre al final del libro, cuando Kesten relata las esperanzas que tiene Himmler de negociar, a través del conde sueco Bernadotte, la liberación de unos cuantos miles de judíos de los campos de concentración, a cambio de lo cual, sinceramente, el jerarca nazi parece esperar que los aliados le vayan a perdonar todo, todo y todo. Sólo alguien profundamente estúpido puede abrigar ese tipo de esperanzas, sabiendo como sabía Himmler todo lo que, inevitablemente, los aliados iban a acabar descubriendo cuando tomasen la totalidad de los territorios de dominación alemana durante la guerra. En eso Hitler, con su mano temblona, con sus locuras, con sus polladas, sabiendo como sabía que se tenía que suicidar, demostró ser bastante más inteligente.

Por todo esto y por mucho más, Himmler era un gran, grandísimo y devoto, creyente de todas las teorías que se han descrito en estas notas. Concebía el mundo, al estilo de la Blavatsky, como una especie de lucha permanente cuyos ganadores siempre desplegarían la mayor crueldad contra los vencidos; por eso le decía a Kesten que, verdaderamente, matar a lo niños judíos podía parecer jodidillo, pero que había que pensar que, si no, luego crecerían y se harían poderosos. Por eso mismo, también, amparó e impulsó los proyectos de los médicos nazis, que, radiando los ovarios (hasta la muerte) de centenares de mujeres judías, buscaban una técnica para reducir los nueve meses de gestación humana, y así acelerar la producción de arios.

No es extraño, por lo tanto, que Himmler acabase fascinado por la persona de Karl Maria Willigut, quizá el último ariósofo anterior al nazismo en sí mismo, a quien la Historia conoce como El Rasputín de Himmler.

El Totenkopfring o anillo de la muerte que llevaban en la mano los miembros de la SS fue diseñado por Willigut, como lo fueron otros signos y ritos de este cuerpo. Nació en Viena en 1866, y a los 14 años empezó la carrera militar; en 1903 era capitán. En 1889, ingresó en una organización seudomasónica; empezó pronto a escribir libros sobre etimología alemana, muy alineados con las teorías de List.

La Gran Guerra le sirvió para ascender a coronel y ser condecorado. Se licenció del ejército el 1 de enero de 1919, retirándose a Salzburgo.

Durante toda esta vida militar, Willigut había cultivado sus fantasías ariosóficas, pero con su retiro activo esta tensión se hizo más fuerte. Decía de sí mismo que era el último descendiente de una linea de sabios o chamanes alemanes que se perdía en la Prehistoria, los Wiliguotis o Uliligotis (suena como Los Diminutos, ¿a que sí?) de la Asa-Uana-Sippe. Decía ser una especie de medium respecto del pasado remoto del hombre, que era capaz de recordar. Fruto de estos recuerdos, afirmaba que la Biblia había sido escrita en Alemania. Hacía comenzar la historia del pueblo germano en el año 280.000 antes de Cristo, en un momento en que la Tierra tenía tres soles y estaba poblada por gigantes y enanos. En ese momento, surgieron los Adler-Wiligoten, que impusieron una era de paz que implantó la Segunda Cultura Boso y fundó la ciudad de Goslar, inicialmente llamada Arual-Jöruvallas, en el año 78.000 AC. En el año 12.500 AC, se desarrolló la llamada religión irminista germana, que sufrió el cisma de los wotanistas.

En el año 9.600 AC, Baldur-Chrestos, profeta irminista, fue crucificado por los wotanistas en Goslar. De alguna manera, sin embargo, el hábil Baldur consiguió desclavarse del madero y huyó a Oriente. A partir de ahí, se inició una ofensiva wotanista contra los irministas, que culminó con la destrucción de su último centro por Carlomagno.

Los Wiligotis, o sea los ancestros de Willigut, habían sido reyes sabios (Ueiskuinigs). Estaban en la Sajonia y actual Alemania cuando llegó Carlomagno con lo marines wotanistas para apiolárselos, pero ellos lograron escapar a las Islas Feroe, y después a Rusia Central. Fundaron la ciudad de Vilnius y, en 1242, emigraron a Hungría.

Con toda esta historia, es claro que Willigut se concebía a sí mismo como un sacerdote irminista eternamente perseguido por los wotanistas; persecución que, a principios del siglo XX, se centraba en las acciones de la Iglesia católica, los judíos y los masones. Es por esta razón que, a su retiro, Willigut formó una sociedad antisemita en Salzburgo.

La vida de Willigut, sin embargo, se complicó. La relación con su mujer, Malwine Leuts von Treuenringen, se jodió cuando se malogró su primer hijo varón, lo que para Willigut fue una tragedia de primer nivel, porque su tradición irminista establecía la herencia agnaticia. Es de suponer que la señora Willigut lo tuvo claro cuando su marido se puso tan de canto (aparte de que, probablemente, la sacudía), porque en 1924, y durante tres años, Willigut fue internado en un manicomio, contra su voluntad, donde los doctores dictaminaron que estaba como un congreso de cabras. Fue calificado de esquizofrénico con alucinaciones paranoides. Un juez de Salzburgo lo declaró incompetente.

Gracias a sus muchos contactos con las sociedades Edda, templarias, o la ONT, Willigut consiguió salir del sanatorio mental, y en 1932 emigró, sin familia, a Alemania, como huesped de Käthe Schaefer-Gerdau, mujer del tesorero de la Sociedad Edda.

En 1933 un amigo y co-creyente de Willigut, Richard Anders, que había ingresado en las SS como oficial, le presentó a Willigut, quien ya era un admirada autoridad entre los aficionados a las runas y tal, a Heinrich Himmler. Puestos frente a frente el esquizofrénico y el imbécil, el segundo, como no podía ser de otra manera, se creyó a pies juntillas que su interlocutor tenía memorias precisas y ciertas del pasado alemán, y decidió incorporarlo a su círculo. En septiembre de 1933, haciéndose llamar Karl María Weisthor, Willigut entró en las SS, y fue nombrado jefe de un Departamento de Prehistoria e Historia Antigua, integrada dentro de la Rasse und Siedlungshauptamt, la Oficina Racial y de Asentamiento.

En abril de 1934, Weisthor fue nombrado SS-Standartenführer, o sea coronel, y en octubre jefe de los archivos de su sección. Al mes siguiente, fue nombrado SS-Oberführer, teniente brigadier. Con todo ese poder, no tuvo problema en integrar en la SS a su principal alumno, Günther Kirchhoff.

Ya hemos dicho que Himmler era lo suficientemente naïf como para creerse cualquier cosa. Pero no la SS. En la SS, contra lo que se pueda pensar, había gente seria. Los miembros académicos de la SS tragaron saliva cuando Weisthor afirmó que el área del denominado palacio Eberstein había sido un importantísimo centro religioso irminista. Pero, en abril de 1937, estallaron; encargados de revisar un trabajo realizado por Kirchhoff sobre una piedra ritual encontrada en Baden-Baden, los académicos dictaminaron, básicamente, que Kirchhoff no tenía ni puta idea. En  1938 se rechazó otro trabajo de Kirchhoff, algo que él, inmediatamente, atribuyó a una conspiración católica.

En septiembre de 1936, Weisthor fue promovido a brigadier (SS-Brigadeführer) y adscrito al gabinete personal de Himmler. Pero el 28 de agosto de 1939 causó baja, en condiciones que no están muy claras, aunque podrían tener que ver con el fuerte deterioro físico que pudo surgir por la fuerte medicación que tomaba, así como el progresivo hundimiento que sufrió en el alcoholismo y el tabaquismo.

La SS no le olvidó. Le designó una acompañante, Elsa Baltrusch, con la que vivió en Berlín, en Goslar, en varios puntos, hasta terminar en Austria, donde le pilló la derrota alemana. Los británicos lo llevaron a un campo de prisioneros, donde sufrió un ictus que le paralizó medio cuerpo y le impidió el habla. Por ello, tanto él como su acompañante fueron autorizados a volver al domicilio familiar, en Salzburgo. No obstante, el viejo loco quería volver a Alemania, así que decidieron irse a casa de la familia Baltrusch. Pero no superó el viaje, y murió el 3 de enero de 1946.



Y hasta aquí, la historia de la ariosofía alemana. Yo supongo, amigo lector, que a poco inteligente que seas, y por muy mal escritas que estén estas crónicas, no pocas veces durante estos seis viajes a esta realidad, te habrás divertido. La ariosofía, en efecto, tiene unos matices chuscos que lo flipas; eso es innegable. Sin embargo, permiteme que, en los últimos estertores de esta crónica, me ponga un poco serio.

La historia de la ariosofía es una cosa muy seria porque demuestra cosas muy inquietantes. Las teorías justificativas del éxito del fascismo alemán son muchas, y algunas de ellas conducen casi a la conclusión de que era poco menos que inevitable que un movimiento como el NSDAP de Hitler triunfase en aquella sociedad. La verdad es que yo estoy bastante de acuerdo con esa visión. Alemania ha sido, y en parte sigue siendo (no olvidemos que la Anchluss no está completa), el gran problema inacabado de Europa. 

El hecho de que nuestro continente se dotase (cosa que no ha hecho ningún otro) de un poder residente de características extrañas, mitad temporal, mitad espiritual, causó históricamente dos víctimas, que son Alemania e Italia; casualmente, las dos espadañas del fascismo en los inicios del siglo XX. La existencia del Papado, más concretamente de los Estados Pontificios, bloqueó el destino de Italia durante 500 años, como bloqueó el de Alemania, convertida en el tablero fundamental del choque entre reformadores y contrarreformadores. Lo de Italia tiene menos importancia porque, tras la caída del Imperio Romano, nadie en sus cabales, de Lombardía para abajo, ha albergado la idea de que esa enorme península pueda volver a ser potencia mundial. Pero Alemania es otra cosa. Alemania es el centro de Europa; una de las regiones más ricas, más dinámicas, más bien dotadas, del mundo. Alemania está llamada desde la noche de los tiempos a ser una gran potencia mundial; aún mutilada y resumida en eso que llamamos Prusia, llegó a serlo.

El fascismo alemán es el resultado de esa tensión sexual no resuelta entre Alemania y el mundo que le rodea. Una tensión que esperó demasiado tiempo para ser resuelta; y el tiempo, en estos casos, es un caldo en el que se cuecen las gilipolleces, las interpretaciones cómicas, las idioteces, y los idiotas. 

Esta vertiente gilipollesca, sin embargo, habría encontrado más dificultades de haber sido la sociedad alemana una sociedad más consciente. Como ya he dicho, la clase media alemana estaba en disposición de creer la oferta de alguien que les prometiese ser por fin lo que merecían; pero que aceptase teorías tan peripatéticas como las que aquí se han descrito, ya es otra historia.

La historia de la ariosofía, por ello, es, para mí, una llamada de atención. Una llamada de atención sobre el género de estupideces que pueden llegar a aceptarse acríticamente cuando se desea que los datos confirmen una idea. El alemán de los años veinte, desesperado por el derrumbe de un imperio apenas recién reconstruido, imperio que había nacido para dominar Europa, se lanzó, a tumba abierta, a la caza de explicaciones sencillitas de la realidad, explicaciones incontrovertibles de puro absurdas, y las encontró en el entorno völkisch, que es la médula espinal del hitlerismo. 

No caigas, amigo lector, en el error, tan común, de concebir al alemán de principios del siglo XX como un ciudadano en minoridad social, que cayó en las garras de un listillo. El alemán de 1920 eres tú. O, si lo prefieres, para no ofenderte, soy yo. Porque a ti, como a mí, te asombraría hacer una lista de la cantidad de cosas que das por ciertas sin saber, en realidad, nada de ellas. Las das, las damos, por ciertas, por dos razones únicas: una, que queremos que lo sean; dos, porque cuadran con el resto de nuestro pensamiento. 

Que miles, decenas de miles y, al final del proceso, centenares de miles, si no millones, de ciudadanos razonablemente bien alimentados y educados, llegasen a creer que hubo una civilizarión aria original en los tiempos en que el mundo era cascada de colores, no te debe llevar a mascullar: "qué capullos, los europeos de principios del XX". Te debe llevar a preguntarte cuántas veces, hoy, aquí, ahora, ocurre lo mismo. 

Los fascistas siempre han vivido, y siempre vivirán, de quien no se hace esa pregunta. De quien ve una zanahoria ideo-filosófica, y la persigue eternamente, diciéndose a cada paso que eso es ejercitar su librepensamiento. Los alemanes de creyeron en Hitler creían estar ejerciendo su albedrío personal. Y es que lo estaban ejerciendo. Porque la triste realidad del ser humano es que, cuando se le da la libertad de elegir entre un diamante y un cajón de mierda, no sólo a veces, muchas veces, escoje la mierda; y hasta se siente con fuerzas de capitidisminuir, prohibir, encarcelar o ahorcar al que osa preferir la joya.

Los ariósofos estaban locos, y muchos de ellos eran puros y simples gilipollas. Mi consejo es: mira bien, no lo que opinas, sino por qué lo opinas. No sea que acabes convertido en uno de ellos.


... bueno, y si todo va bien, cuando ejecutemos a Savonarola, comenzaremos a contar, pasito a pasito, la historia de esa cosa que llamamos Mayo del 68.