jueves, septiembre 13, 2012

Fra Girolamo (9)

No te olvides de que esta serie ya ha tenido un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto,  séptimo y octavo capítulo.




La crisis abierta por las pretensiones del rey de Francia sobre la Toscana colocó a Girolamo Savonarola en el limbo de los grandes personajes políticos. Nadie dudó, cuando Carlos VIII se hubo marchado y Florencia quedó en sus propias manos, en llamarlo para que participase en el rediseño del gobierno de la ciudad. En realidad, aquella era una labor que ya no se concebía sin su concurso.

En tal circunstancia, Fra Girolamo no se traicionó a sí mismo. Subió al púlpito para decir bien alto que Dios quería que Cristo Jesús fuese el nuevo gobernador de Florencia. Aunque ésa era una declaración muy metafísica. En lo terrenal, Savonarola, de siempre simpatizante de los humildes, estaba con lo que allí se llamaba Partido Popular (sic). Plenamente integrado en dicha militancia, saludó la salida del rey francés de Florencia comenzando a organizar cuestaciones y otras movidas en favor de los humildes. Propuso, por ejemplo, que la subvención que se entregaba a la universidad de Pisa fuese gastada aquel año en los pobres, así como la venta de las riquezas de las iglesias por el mismo motivo. Pero, sobre todo, bramaba por la apertura de las tiendas y los negocios “a todas las personas que permanecen inactivas en las calles”. Convenció al gobierno de la ciudad para que formase una comisión especializada en el perdón de las deudas.

Este gobierno de la ciudad estaba formado por veinte electores, escogidos por aclamación popular. En aquel ambiente eufórico, los veinte recibieron el encargo de estudiar una reforma a fondo de la Constitución florentina. En realidad, no había mucho que reformar. La Constitución de Florencia molaba; era una ley básica republicana y bastante democrática; sólo que, bajo los Medici, las votaciones habían sido masivamente compradas y manipuladas, y los puestos clave ocupados por hombres de paja.

Aun así, la reforma se comenzó a diseñar, muy a la griega, pues todo lo sostendría una asamblea popular, con el poder inapelable de elegir a los magistrados locales. El Partido Popular y su principal jefe, Pietro Sorderini, quería aplicar en Florencia la Constitución veneciana, que entonces gozaba de enorme prestigio entre los, por así decirlo, progresistas italianos, por el largo periodo de normalidad y paz que había garantizado en el Véneto. Sin embargo, la adaptación no era fácil. El status quo constitucional veneciano, en el fondo, era oligárquico; se ejercía el poder democrático, pero por una minoría. En Florencia había fuertes tendencias puramente democráticas, que querían romper esa limitación. Uno de los grandes defensores de esta particularidad toscana era, precisamente, Savonarola.

La entrada de lleno de Savonarola en el mundo político le obligó a adaptarse a exigencias del guion social, cosa que no había hecho hasta el momento. Le obligó, por ejemplo, a hacer algo sorprendente: abandonar a las mujeres. Los florentinos del Renacimiento, que como acabamos de leer tenían problemas para entender que burgueses y obreros pudieran ser iguales, no estaban en disposición de aceptar la igualdad entre hombres y mujeres. Debió de ser triste y jodido para Fra Girolamo prohibir la asistencia de las féminas a sus sermones políticos, pero el caso es que lo hizo. Incluso les prohibió participar en las procesiones cuestatorias, a pesar de que contribuían con sus monedas; eso sí, consiguió arrancarle al machismo florentino el derecho a permanecer en el umbral de sus casas, con la puerta abierta. La cuestión era que, ahora que hablaba de temas de gobierno, se veía obligado a usar la razón; y el raciocinio no era algo que se supusiese las mujeres tuvieran.

En sus sermones, Savonarola explicaba que el régimen monárquico absoluto es, en teoría, el mejor de todos; pero era manejado por hombres y, tarde o temprano, el poder en manos de uno solo se desviaba lejos del interés común. La oligarquía, al establecer diferencias, era el germen de un enfrentamiento. Sólo consiguiendo que el mayor número posible de ciudadanos se sintiese cómodo se lograba la paz y la unión.

Así pues, propuso la creación de un Gran Consejo, al estilo veneciano, de elección popular, aunque restringida: sólo podían votar en el mismo los ciudadanos que tuviesen 29 años o más y pagasen impuestos, y sólo podían ser votados quienes, cumpliendo con estas dos reglas, además tuviesen antecesores que hubiesen ocupado algún tipo de responsabilidad. Así pues, la revolución savonaroliana tampoco era para tirar cohetes: de 90.000 habitantes que tenía Florencia, apenas 3.200 estaban representados en el sistema.

El Gran Consejo tenía tres partes, que se renovaban cada tres meses, y, la verdad, era un órgano bastante pesado a la hora de tomar decisiones. Por eso, del mismo salía un órgano de 80 miembros, que hacía las veces de Comisión Ejecutiva y, además, servía de enlace entre la asamblea y la Signoria, es decir el gobierno burocrático de la ciudad.

Hecha la reforma constitucional Savonarola abordó la del sistema fiscal, creando la Décima, un impuesto del 10% sobre la propiedad de exacción anual. La idea fue recibida con alegría en la ciudad, como siempre que un revolucionario cumple lo prometido; pero pronto Florencia se encontraría frente a frente con la jodida verdad. El hecho de que Pisa estuviese bajo el poder francés pronto generó una guerra entre ambas ciudades; y, además, había que pagar a Carlos la fuerte indemnización cuya admisión había sido el pivote fundamental de su marcha. En otras palabras, y supongo que al lector le sonará: cuando la Signoria miró las cuentas, se dio cuenta de que su déficit era mucho más grande de lo que había imaginado; demasiado grande para poder soportarse con impuestos democráticos de poder recaudatorio ignoto. Así las cosas, la ciudad tuvo que pedir a sus ciudadanos un préstamo, una derrama diríamos en una comunidad de vecinos, para poder atender los pagos de su deuda con el francés, y los florentinos fueron a la huelga general. En todo Florencia se generó una sicosis colectiva contra los acaparadores de oro; el pueblo se volvió incluso contra Savonarola, sabedor de que el cardenal Piero de Medici, la noche que huyó de Florencia, había dejado en San Marcos sus riquezas.

Ante la situación desesperada creada por el ejército de desempleados y endeudados, Savonarola impulsó la creación de un Monte di Pietá, una oficina pública de préstamos, lo cual le generó dificultades con los judíos, que vieron violado su monopolio como prestamistas. Hicieron valer su influencia ante el gobierno de la ciudad, que verdaderamente los necesitaba para ser rescatado de cuando en cuando. La respuesta de Savonarola fue subirse al púlpito y denunciar “el daño pestífero de la usura, practicado por la pérfida secta hebrea, odiada por Dios”. En las profundidades del ADN de algún pastor alpino austriaco, un futuro espermatozoide se corrió de gusto.

La inquina judía tenía su sentido. Los hebreos estaban, en ese momento, prestando al 32%, y el Monte de Piedad salió al mercado con préstamos al 6%, y la única condición que ponía era que el prestatario jurase que no se lo iba a gastar en juego (no estoy seguro, pero puede que esta expresión incluya también el alcohol y, sobre todo, las putas). No podía gastar en su funcionamiento más de 600 florines al año, cantidad magra, razón por la cual las personas que trabajaban en el Monte lo hacían gratis. Como no podía ser de otra manera, el sistema tuvo un éxito inmediato, así pues Florencia, poco tiempo después, procedió a prohibir las casas de usura de los judíos.

El siguiente paso de las reformas revolucionarias de Florencia fue la poli y los jueces. La justicia en la ciudad era administrada por un órgano, llamado algo así como Los Ocho de la Vigilancia y la Guardia, renovados cada dos meses. Tradicionalmente, los miembros de los Ocho pasaban esas ocho semanas corrompiéndose a toda hostia, o favoreciendo a sus iguales políticos, para así sacarle partido a su responsabilidad. La reforma defendida por Savonarola, conocida como la Reforma de las Seis Urnas, se basaba, fundamentalmente, en conceder a los ciudadanos el derecho de apelación al Gran Consejo. Pero, claro, el buen fraile se podía haber ahorrado ese paso si hubiese leído a los historiadores griegos o romanos; en sus páginas habría aprendido que no hay nada más fácil de manipular que una asamblea popular, porque las asambleas populares siempre están dispuestas a dejarse llevar por argumentos sencillitos y que les hablen a las tripas, la rapiña de los mercados y todo eso. Entonces, Savonarola pensó en restringir el derecho de apelación a Los Ochenta, pero el partido aristocrático (o sea, la derecha) puso pies en pared. Fue una jugada de maestro. El partido aristócrata no creía en la reforma, y vio pronto que si las apelaciones se dejaban en manos de un cotolengo de miles de pollos vociferantes, medio borrachos, cabreados, envidiosos y con ganas de dar por culo, las apelaciones, pronto, se convertirían en actos de injusticia tan evidentes y dolorosos, o más, que los que hasta entonces habían cometido Los Ocho. Y no solo no se equivocaron, sino que su postura aparecía como “democrática”, voz para el pueblo y bla, con lo que Savonarola, aun por encima, tenía que sonreír mientras le cortaban una pierna.

Tres meses después de comenzada la revolución, Savonarola podía decir que había hecho un huevo de cosas; pero también había conseguido en amalgamamiento de todo un partido político reaccionario en su contra. Fueron tantos, y tan hábiles, que en fecha tan temprana consiguieron contaminar incluso el propio Partido Popular, donde comenzaron a surgir, como corriente interna, los denominados Bianchi, Blancos, progresistas carentes de la significación religiosa del savonarolismo. Otra medida estrella de Savonarola, la amnistía general, había provocado que muchos de los partidarios mediceos liberados se hubiesen apuntado al Partido Popular para no despertar sospechas, donde formaron el grupo de los Bigi. Con todo, la peor oposición, ya lo hemos dicho, eran los aristócratas, que no habían podido parar muchas de las reformas revolucionarias, y que se hacían llamar Arrabbiati.

En todo este proceso de lucha política, se mezcló la pequeña lucha, no pocas veces de una condición mezquina y miserable como pocas, existente entre las diferentes órdenes religiosas, que con el éxito de Savonarola veían brillar la estrella dominica. Los franciscanos se aliaron rápidamente con los arrabbiati, e incluso algunos monasterios dominicos, celosos de la fuerza de San Marcos, se apuntaron. De hecho, los dominicos de Santo Spirito trataron de juzgar a Savonarola dentro de la orden por mezclarse en política.

Con todo, los asuntos internos no le iban del todo mal a Savonarola. Era en su política exterior donde estaba llamado a encontrar su némesis.