es una reinterpretación moderna
de Luis XV, obra de Copilot.
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El bulo real
La canción sifilítica
Esa cosa llamada jansenismo
Cuando la Iglesia decide no servir ni para lo poco que sirve
El conflicto de los niños
… y Mauchaut se bajó los pantalones (para colmo, delante de un cura)
La Enciclopedia
La riqueza del Estado
El debate fiscal
¿A cuánto ascenderá el déficit público?
El follón de los jesuitas
Pelea de gallos ilustrados
El caso Calas
El rey está empalmado
La mujer más odiada de Francia
La otra mujer más odiada de Francia
L’affaire de Bretagne
El mundo nuevo de Maupeou
Libelos a favor y en contra
Beaumarchais, en escena
El rey ha muerto, que se joda el rey
Viva el rey, mientras no suba el pan
La guerra de la fariña
Luz y taquígrafos
El hombre que trató a los franceses como adultos
Entre la ilusión romántica y el realismo
Vous vous êtes donné la peine de naître, et rien de plus
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Cállate, Borbón
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La declaración de 3 de mayo
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La maduración lenta borbónica aviva el gen PNV
Un cartel en la puerta de la reina
La mala suerte
Necker retrasa la revolución francesa
Unas elecciones son más difíciles de lo que se cree
Tres, dos, uno...
Las lágrimas de un rey
El jansenismo comenzó a alumbrar tendencias híper radicales. Algunos grupos se reunían para practicar flagelaciones y otras auto torturas; otros tiraron por el lado de las orgías sexuales. Eran los llamados convulsionaries, y la mayoría de los jansenistas, digamos, oficiales, los repudiaron. Muchos de estos radicales acabaron en la Bastilla, o exiliados de la ciudad.
Fue en este ambiente en el que se produjeron las protestas contra Christophore de Beaumont, el arzobispo de París que le había negado los sacramentos a Coffin. En 1749, Beaumont había prohibido a todos los sacerdotes de su diócesis la administración de los santos sacramentos a personas que no se hubiesen confesado con un sacerdote de posturas ortodoxas. En la práctica, esto quiere decir que los moribundos tenían que producir un documento, denominado billet de confession, que certificaba el trasiego de sus pecados con un cura de la cuerda adecuada.
A la muerte de Coffin, los jansenistas, conscientes de que con la Iglesia habían topado, decidieron tomar otro camino más laico. El sobrino de Coffin, efectivamente, demandó en el parlamento a Bouettin por su gesto de negar los sacramentos. Sesenta abogados firmaron el documento.
El tema, inicialmente, no prendió. El parlamento tenía otros conflictos con Versalles, y juzgó que aquello no le iba a favorecer nada. En diciembre de 1750, sin embargo, el sobrino de Coffin fue diagnosticado de una enfermedad mortal, a los 28 años de edad. Siguiendo la tradición familiar, rehusó aceptar la Unigenitus; y, consecuentemente, el mismo actor de la muerte de su padre, es decir el hermano Bouettin, le negó los santos sacramentos. El muchacho era magistrado en la corte de Châtelet, un tribunal menor que dependía del parlamento; este tribunal apeló al arzobispo para que actuase.
El parlamento, por lo demás, no se quedó quieto esta vez, y decretó el arresto de Bouettin, y lo metió quince días en la Conciergerie. Lo sometieron a un interrogatorio que lo acojonó bastante y acabaron soltándolo tras imponerle una multa de tres libras. Mientras tanto, se había encontrado un cura que aceptó administrar los sacramentos al sobrino, que murió el 9 de enero.
El asunto había alcanzado suficiente entidad como para que ya no se quedase ahí. El Parlamento, bastante galvanizado por el asunto Bouettin, ya que el curita por lo visto se había cagado los panties en la cárcel, redactó una serie de remonstrances (que vienen a ser como enmiendas o propuestas de enmienda) en contra de la capacidad de negarle así como así los sacramentos a un cristiano francés.
El Rei Lui, sin embargo, aprovechó que se le habían acabado las toallitas húmedas para limpiarse los tropezones del ojete con las remonstrances. De todas formas, pronto estuvo en el centro de otro, digamos, escándalo social.
Existía en París el llamado Hospital General que, en realidad, era más un conjunto de edificios que uno solo. Como su propio nombre indicaba, su función era dar algún tipo de refugio y tratamiento para pobres que estuviesen enfermos; pero también servía de prisión para las prostitutas y criminales. La administración del hospital estaba trufada de jansenistas, como consecuencia de su proclividad a atender a los pobres; proclividad que en la Iglesia oficial era bastante más cuestionable o, digamos, era una proclividad socialdemócrata: siempre partía del principio de que el trabajo lo haría otro.
Una de las ilusiones del arzobispo Beaumont era hacer suya la administración del hospital (lo cual nos debe de dar la pista de que allí se manejaba pasta). El 24 de marzo de 1751, el Rei Lui le dio gusto, lanzando una especie de orden por la que todos los jansenistas tenían que irse a tomar por culo de allí, y punto en boca ya. Hay que decir que, para entonces, el Felpu ni siquiera soportaba que se pronunciase la palabra “jansenista” en su presencia (lo cual da para filmar una escena de película tipo Life of Brian...) Esta acción provocó un nuevo tsunami de remonstrances parlamentarias; algunas de las cuales, al parecer, llegaban tan lejos como para defender la idea de que un rey tiene que someterse a algo superior, aunque todavía no lo llamasen Constitución.
Los Borbones, como siempre, hicieron gala de su insondable capacidad de no enterarse de nada. Igual que un rey que visita una zona arrasada por una DANA puede llegar a creer que el principal problema de las personas que están allí es la influencia de los bulos, Luis XV pensó que el problema del Hospital General era un conflicto entre él, el arzobispo y cuatro abogados, y que no llegaría a nada. Pero la cosa es que en septiembre de 1751, es decir tras más o menos medio año de llegada al punto de ebullición, se había convertido en un conflicto de primera magnitud. Aquel verano, la cosecha de cereales fue una mierda y, como consecuencia, subió el pan, que era el alimento fundamental de los pobres. La gente, ahogada por la inflación, se fijó en aquella historia; otro suceso en el que el rey parecía querer negarle a sus súbditos más tiesos, los pobres que además estaban enfermos, su pequeña esquinita de bienestar.
El personal hizo uno con el parlamento y, sobre todo, comenzó a defender ciegamente a los administradores jansenistas del Hospital; muchos de ellos, las cosas como son, sin saber una palabra de lo que era el jansenismo. Para colmo el hospital, agobiado por las deudas, tuvo que echar a muchos de sus enfermos y dejarlos en la puta calle, mamando mierda.
En noviembre, la reina y el delfín fueron a una misa en Notre Dame. Allí, una multitud de mujeres los recibió a gritos de “¡Dadnos pan!”. El 24 de noviembre, el parlamento celebró una sesión con el rey sobre el tema del Hospital. Lui solicitó una copia de las deliberaciones parlamentarias y, cuando se la dieron, ostentosamente la dobló y se la metió en el bolsillo; una forma chulesca de decir que le importaba tres cojones lo que pusiera ahí. El Parlamento respondió suspendiendo sus propias funciones; suspensión que fue contemporánea de una huelga de abogados. Dejaron, pues, a Francia sin justicia. El 3 de diciembre, sin embargo, tras mucho cabildeo y mucha presión, no sólo volvieron al curro, sino que registraron el decreto del Hospital.
En los años que siguieron, los sacerdotes de la cuerda oficial siguieron negando los santos sacramentos a los moribundos que les pareció; algo que, la verdad, en mi opinión no es sino una prueba de que la Iglesia católica, en el siglo XVIII, había perdido completamente el norte y ya sólo se dedicaba a practicar la caridad hacia sí misma (y ahí sigue; que, por cierto, ¿ cuánto piensa esperar la ICAR para pedir perdón por todas esas almas a las que conscientemente dejó morir angustiadas? A Leoncito Leocadio, el de las lagrimitas de Lampedusa, ¿no le dan pena estos cristianos muertos sin consuelo por los santos cojones morenos de un arzobispo y su PasPas?) Muchos de estos casos fueron apelados al parlamento y se convirtieron en eso que hoy llamamos casos mediáticos. Quizás el más escandaloso fue el de Ignace Lemère, un jansenista que vivía de su pensión en la parroquia de Saint-Étienne-du-Mont; sí, la del eterno Bouettin. Lemère se había pasado toda su vida traduciendo textos cristianos del griego, y era más austero que los gorriones. En 1749 tuvo un ictus que le paralizó parte del cuerpo. En abril de 1752, un nuevo ataque lo colocó ya en el pit stop del Purgatorio.
Pidió el viático. Bouettin se presentó en su cama y le exigió el billet de confesion, en una escena que, no sé a vosotros; a mí se me hace acojonante. Lo que siguieron fueron cinco semanas durante las cuales Bouettin visitaba al enfermo para preguntarle diversas cosas relacionadas con la Unigenitus. El moribundo, que no podía hablar, negaba con las manos. Cuando entró en la crisis final, Bouettin se fue a ver al arzobispo. Regresó como se había ido: ni sacramentos ni hostias (literal).
El 23 de marzo, el parlamento decidió meter cuchara en el tema. Aprobó un decreto por el que se ordenaba al arzobispo Beaumont administrarle los sacramentos a Lemère en un plazo improrrogable máximo de 24 horas. El arzo se fue a ver al Leonorito; y el Borbón, siguiendo al pie de la letra su esencia y la programación de su sistema operativo, anuló el decreto. El parlamento le envió una delegación a Versalles al Buourbon para decir que Lemère estaba a punto de espicharlas, y que sobre su conciencia quedaría su muerte en pecado. Finalmente, tras varios días, el Rei Lui logró entender la esencia de todo aquello; sí, ya sé que estaba todo más claro, que diría Jardiel, que el caldo de un asilo. Pero, qué quieres: era un Borbón; y los Borbones, como dice Loles León de su hijo en La que se avecina; los Borbones, digo, son, por lo general, de maduración lenta.
Acosado por la mordedura de su moral y, tal vez, por haber comprendido de una puta vez que estaba malbaratando su imagen pública mostrando una crueldad injustificable, el rey despachó un cura para la casa de Lemère para darle la última hostia. Sin embargo, cuando el sotanudo llegó al domicilio, la última hostia ya se la había dado la gangrena. Ignace Lemère murió rodeado de laicos rezando en voz bien alta por su salvación, al modo que morían los frailes de Cluny, a falta de una Iglesia Católica, Apostólica y Cabrona que quisiera cumplir una de las pocas labores que tiene encomendadas en la vida de los creyentes.
Mientras ocurría todo esto, el Parlamento estaba reunido en sesión continua, como los cines de barrio. Cuando les llegó la noticia de la muerte de Lemère, y las circunstancias de la misma, decretaron de nuevo el arresto de Bouettin. La sesión quedó cerrada a las cuatro de la madrugada.
Los oficiales parlamentarios fueron muy cucos. Tenían claro que el rey iba a anular el decreto de detención (cosa que hizo). Pero se aprovecharon de la sempiterna vagancia Leonorita. Igual que todo un rey de España habría de reconocer en una entrevista, con todo su papo, que estaba jugando al squash en el momento de producirse el golpe de Estado del 23-F, momento en el que, cabe recordar, se estaba invistiendo a un nuevo presidente del gobierno; igual, digo, Luis XV no era de madrugar. En su opinión, probablemente, en Francia madrugaban los que tenían que ganarse el pan. Esto lo aprovechó el parlamento, el cual envió de primerísima mañana por las calles de París a los oficiales que entonces se encargaban de anunciar a viva voz algunos decretos. Así las cosas, antes de que el rey pudiese anular el arresto de Bouettin, todo París sabía ya que el parlamento lo había ordenado. El curita, por lo demás, huyó y se escondió como la repugnante rata que era (y no sería el último, como veremos).
El resultado de la jugada del Parlamento fue que el entierro de Lemère se convirtió en un suceso. La fila de personas que acompañó el cuerpo hasta el cementerio de Saint-Étienne-du-Mont superó las 10.000 personas en la realidad; 100.000 o 150.000 en contabilidad actual. Eso fue el 29 de marzo. Con posterioridad, el parlamento aprobó la redacción de nuevas remonstrances y, durante el proceso, suspendió sus actividades; París quedó, pues, de nuevo, sin justicia.
El texto de estas remonstrances, que más que enmiendas venían a ser como una protesta, le fueron filtradas a los editores de varias gacetas en las Provincias Unidas, que no estaban sometidos a la censura borbónica. Las publicaron, y su publicación fue ampliamente distribuida en París. En esencia, venían a decir que los partidarios de la Unigenitus estaban creando un cisma en la Iglesia galicana que amenazaba con llevarse por delante la monarquía misma. El 18 de abril, el parlamento aprobó un decreto que prohibía negarle a alguien el viático aduciendo que no tenía billet de confesion.
Algo había pasado entre el desarrollo del caso Lemère y aquel punto procesal que había cambiado, ligeramente, el punto de vista del Borbón. Luis XV no se atrevió a, simplemente, destruir todo el trabajo del Parlamento, como había hecho otras veces. La sospecha de que no sabía muy bien qué hacer queda confirmada por el dato de que hizo lo que hacen siempre los que no saben qué hacer: nombró una comisión. Pero como la comisión no alcanzó ninguna conclusión clara, finalmente decidió seguir su programación básica, y repelió el decreto. Los sacerdotes siguieron negando sacramentos, en sucesos que eran ampliamente difundidos en la ciudad.
En diciembre de 1752, una mujer que vivía en una residencia jansenista, la Maison de Sainte-Agathe, cayó gravemente enferma. Era conocida como la hermana Antoniette Fournera, y reclamó los santos sacramentos. Santa Ágata le correspondía a la parroquia de Saint-Médard. Eso quiere decir que no pintaba bien para Antonieta, ya que los sacerdotes de esa parroquia ya le habían negado los sacramentos a cuatro hermanas de Santa Ágata que habían muerto antes. El cura líder de esta patota, padre (por decir algo) Hardy-Levaré, lo dejó claro: no billet de confesion, no viático. Un point, c'est tout. Al día siguiente de comunicarlo, la hermana Antonieta perdió la consciencia. Llamaron urgentemente a la parroquia. Hardy-Levaré contestó que se estaba masturbando, y que no tenía tiempo para chorradas.
Así que ahí está Antoniette Fournera: en el Purgatorio, por los siglos de los siglos, supongo que cagándose en la puta madre del curita. Claro que ahora que parece que los Francisquitos han decidido que el Purgatorio no existe, lo mismo tienen que buscar un polideportivo para realojarla.
Poco tiempo después del deceso de la Fournera, otra hermana, llamada hermana Perpetua, y que cumplió razonablemente con su nombre porque llegó a los 79, sufrió una apoplejía. La Maison hizo la misma petición, y recibió la misma respuesta. Entonces el parlamento decidió intervenir y decretó el arresto de Hardy-Hijoputé. El curita, que además de un cabrón debía de ser (como suele ocurrir) un nenaza de puta madre, resulta que se había quitado de en medio. Como buen socialdemócrata, envió a otro, un vicario de su diócesis, a comerse el marrón de presentarse frente a un Parlamento que estaba más encabronado que Tomás Roncero en casa de Messi, y darle explicaciones. El vicario debió de pensar: yo esto no me lo como solo; así que fue e hizo un poco como el jefe de gabinete del delegado del gobierno en Ceuta: declaró ante los magistrados que en la parroquia seguían órdenes del arzobispo. El parlamento, entonces, aprobó un decreto ordenándole a Beaumont que administrase los santos sacramentos a todo dios con inmediatez, hermana Perpetua incluida. El arzobispo respondió eso de yo sólo soy responsable ante Dios (pero bien que cobro la pasta de los hombres, claro). El parlamento lo intentó otra vez, con la misma respuesta. Entonces decidió golpear donde verdaderamente le duele a un sacerdote: en la cartera. Decretó el embargo de los bienes terrenales del arzobispo (o sea, lo dejó sin pasta) e inició los trámites para llevarlo a juicio como el Vito Quiles de Dios que era.
El tema era más complicado de lo que parece, porque Beaumont era un par (un grande de Francia, para que nos entendamos), y sólo podía ser juzgado por sus pares, es decir, por la Grand Chambre. Hoy diríamos: estaba aforado.
El Rei Lui, que para entonces yo creo que había conseguido entender un par de cosas sobre la opinión pública y eso, no se atrevió a repeler simplemente las medidas del parlamento. Pero lo que sí hizo fue prohibir que la Gran Cámara pudiera abrir sesión; es decir: sin tribunal, no hay juicio. La respuesta del Parlamento fue arrestar a los dos vicarios de la parroquia y ordenar a otro cura que le diese lo suyo a la hermana Perpetua (o sea, que le diese la hostia).
En ese momento, de forma inesperada para todo el mundo e incluso para ella, la hermana Perpetua Duracell mejoró. El rey aprovechó esa circunstancia para enviar a un grupo de agentes con una lettre de cachet en la persona de la hermana (es decir: la arrestaba por real orden). Se la llevaron a un convento. El Parlamento protestó y quiso elaborar nuevas remonstrances; pero la paciencia felpúdica se había agotado, y el rey usó todo su poder para pararlo todo.
Semanas después, una asistenta que trabajaba para un grupo de sacerdotes jansenistas comenzó a pedir pista; y Beaumont, una vez más, le negó el viático. Habían pasado semanas desde lo de Perpetua, quien posiblemente había muerto ya en el convento sin que nadie se enterase en París. Pero el rey se dio cuenta de que aquello había que pararlo de alguna manera y, para soberana sorpresa del infrascrito, exilió a Beaumont de París y le ordenó permanecer en silencio.
Aquello fue una demostración de que incluso un francés; incluso un Borbón, puede llegar a entender las cosas. Son como el perrete de Javier Cámara: les cuesta, pero a veces llegan.
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