es una reinterpretación moderna
de Luis XV, obra de Copilot.
Café y alfabetos
El bulo real
La canción sifilítica
Esa cosa llamada jansenismo
Cuando la Iglesia decide no servir ni para lo poco que sirve 19
El conflicto de los niños
… y Mauchaut se bajó los pantalones (para colmo, delante de un cura)
La Enciclopedia
La riqueza del Estado
El debate fiscal
¿A cuánto ascenderá el déficit público?
El follón de los jesuitas
Pelea de gallos ilustrados
El caso Calas
El rey está empalmado
La mujer más odiada de Francia
La otra mujer más odiada de Francia
L’affaire de Bretagne
El mundo nuevo de Maupeou
Libelos a favor y en contra
Beaumarchais, en escena
El rey ha muerto, que se joda el rey
Viva el rey, mientras no suba el pan
La guerra de la fariña
Luz y taquígrafos
El hombre que trató a los franceses como adultos
Entre la ilusión romántica y el realismo
Vous vous êtes donné la peine de naître, et rien de plus
Escritores calaveras
El cardenal y su amigo mistabobo
Versiones
La reina de las vajillas y las pajillas
De toros y de osos
Mirabeau abre la lata de Göbels
El abad especulador
El escándalo Norman
Todo empezó con unos cuernos
Los notables
La caída de Calonne
Cállate, Borbón
El rey sordo
La declaración de 3 de mayo
Au revoir, parlement
La maduración lenta borbónica aviva el gen PNV
Un cartel en la puerta de la reina
La mala suerte
Necker retrasa la revolución francesa
Unas elecciones son más difíciles de lo que se cree
Tres, dos, uno...
Las lágrimas de un rey
En Francia, como en todas partes, reyes pichafloja los ha habido siempre. No obstante, hay que tener en cuenta, en esto, la evolución de la moral pública durante eso que llamamos Contrarreforma; unido al hecho de que, conforme pasó el tiempo, la información que tuvieron los franceses de a pie de las aventuras y aventurillas de sus pares fue cada vez más precisa y cotidiana.
Luis XV era un auténtico Leonardo di Caprio coronado. En una muestra bastante acojonante de capricho y poder, tomó como barraganas a, unos dicen que tres, otros que cuatro, hermanas: las hijas de Louis III de Mailly, marqués de Nesle y de Mailly, conde de Bohain, de Beaurevoir y de Bernon.
El marqués, efectivamente, tuvo cinco hijas: Louise-Julie de Mailly-Nesle, Pauline Félicité de Mailly-Nesle, Diane Adélaïde de Mailly-Nesle, Hortense Félicité de Mailly-Nesle y Marie-Anne de Mailly-Nesle. Como digo, tres de ellas fueron seguro al catre real. Los franceses, como he dicho, estaban acostumbrados a la figura de lo que llamaban maîtresse en titre; pero eso de volar de hermana a hermana les pareció incestuoso.
La propia actuación de Luis XV revela claramente que o bien tenía él conflictos morales por lo que estaba haciendo, o bien lo tenían sus directores espirituales. Sus confesores, efectivamente, aparentemente le dijeron lo que es obvio: que no le bastaba con arrepentirse; para poder comulgar, tenía que abandonar aquellas relaciones adulterinas. Él, sin embargo, seguía cayendo. Aparentemente, la tía que le hizo más pandán fue la pequeña de las hermanas, María Ana, marquesa de la Tournelle y también (título por el que era habitualmente conocida) duquesa de Châteauroux. Luis XV la dejó de ver siguiendo el consejo de Dios; pero recayó pronto. Cuando la muchacha la roscó, en diciembre de 1744, fue cuando el rey la sustituyó por la habitualmente más famosa madame de Pompadour (Jeanne-Antoniette Poisson, marquesa de Pompadour y duquesa de Menars). Lo cierto es que cuando se ven retratos de Pompadour y de las hermanas Nesle, se aprecia, o por lo menos es mi opinión, que son todas el mismo tipo de tía (lo cual es lógico en el caso de las hermanas, pues lo eran). Esto sugiere que Lui tenía un gusto muy preciso en materia de pericas.
Todos estos escándalos sirvieron para hacer que los reyes de Francia descendiesen un escalón desde su estatus, por así decirlo, supra humano. En aquella época, los franceses le llamaban a la escrófula (entonces una enfermedad que era un verdadero problema de salud pública, sobre todo para los más humildes) le mal du Roi, la enfermedad del rey. Esto era así no porque pensaran que los felpudos la contagiaban; sino porque pensaban que la curaban. Se creía que Dios otorgaba al rey de Francia la capacidad de curar la enfermedad y, por eso, cada año, tras la misa de Pascua, los escrofulosos se colocaban en fila a la salida de la iglesia, y el rey salía y los iba tocando.
Esto, sin embargo, era, como digo, una especie de poder divino que se creía que otorgaba Dios. Pero Dios no otorgaría poder a alguien que es tan pecador como para no comulgar. Por eso, cuando Luis XV dejó de comer hostias a causa de sus devaneos, sus consejeros espirituales le dejaron claro que tenía que abandonar la costumbre de convertirse en virgen de Lourdes andante. En 1750 no hubo tocaditas. Y el pueblo de París se coscó del detalle.
Aquel año incluso se llegó a creer que el Papa, en Roma, iba a suspender el preceptivo jubileo vaticano, a causa del comportamiento escandaloso de su rey cristianísimo. Claro, a ti, es lo normal, todo esto se te hace una higa. Por eso no te puedes imaginar lo que para los franceses suponía que les dejasen sin jubileo. Están los temas morales y relativos a la fe, siempre importantes. Pero nunca olvides que, cuando la ICAR está por medio y los Francisquitos mandan, en realidad estamos hablando de la pasta. Jubileo romano es lo mismo que peregrinación a Roma; y media Europa, la occidental, para peregrinar a Roma, coge un mapa y compruébalo, tenía que pasar por Francia. Un jubileo, pues, era un regalo para la hostelería, para los artesanos, para las putas, para un montón de franceses, francesas y francesos. La perspectiva de que el PasPas pudiera aplazarlo o eliminarlo era catastrófica. A la gente, la posibilidad le sentó tan mal al gabacho medio que ya entonces, a casi medio siglo del estallido revolucionario como sabemos, ya se difundió por París un poema satírico de tonos muy elevados:
Louis le mal-aimé
quitte ta putain
et donne-nous du pain
Otrosí: Luis el mal amado (clara señal de que había perdido la calificación de los buenos tiempos), haz tu jubileo, abandona a tu zorra, y danos nuestro pan.
Que Benedicto XIV terminase por declarar el jubileo ya casi es igual. La figura del rey había quedado seriamente dañada por la duda.
A mediados del siglo XVIII, además, el rey de Francia tenía cosas de las que preocuparse; pues ya en 1749, el fenómeno moderno de la opinión pública se había hecho presente y había mostrado su potencialidad.
Estamos en las primeras semanas y meses de 1749. Un tiempo en el que, en París, se hizo famosa una canción popular que normalmente se titula Réveillez-vous, belle endormie. Efectivamente, el título llama a una simple y pura canción de amor. Pero hay que leer un poco más profundo. La parte más importante de la letra dice:
Par vos façons nobles
et franches
sur nos pas vous semez les fleurs
mais ce sons des fleurs blanches
Es decir (traducción personal y libre): Por tus maneras nobles y francas/Iris, enamoras nuestros corazones/a nuestro paso esparces flores/pero son flores blancas.
Vaya letra insulsa, ¿a que sí? Pero, bueno, vamos a dejar que los acontecimientos se desplieguen.
Horas antes de que esta canción se comenzase a escuchar por París, Jean-Frédéric Phélipeaux, conde de Maurepas y auténtico hombre fuerte de la camarilla gubernamental de Versalles, acudió a una cena. Esa cena tuvo lugar en los petits appartements del rey, es decir, su serrallo particular donde hacía su escasa vida privadísima. Estuvieron presentes en la cena, además de Maurepas y el rey, su guarrilla, madame de Pompadour; y la prima de ésta, Charlotte Rosalie de Romanet, normalmente conocida como madame d'Estrades.
En esa cena la Pompadour, que probablemente se sentía un poco como la anfitriona pues, al fin y al cabo, eran los apartamentos de su churri, donde se suponía que ella, o más bien su vagina, reinaban a gusto, quiso tener un detalle. Y ese detalle fue distribuir unos jacintos blancos; o sea, no me refiero a unos tipos caucásicos llamados Jacinto; sino a unas flores albas.
Aquí hemos de hacer una apreciación importante, que por lo general hoy no dominan ni los médicos, ni los franceses, ni los médicos franceses. La palabra fleur y sus derivadas, sobre todo fleurer, florecer, se utilizaban comúnmente por los médicos para describir el proceso de aparición de pústulas y otras lesiones similares; síntomas que, comúnmente, se debían a la sífilis. Sin esta clave no puedes, pues, entender la canción; pues el verso “esparces flores a nuestro paso”, en realidad quiere decir “a tu paso florecen las ETS”. Así, la referencia a “flores blancas” es, en realidad, dos cosas: por un lado, una referencia velada a las ETS; y, por otro, una señal clara de que el autor de la canción conocía la anécdota de los jacintos. Algunos autores, incluso, consideran que este verso es todavía más asqueroso, por estarse refiriendo, en realidad, a flujos menstruales ponzoñosos (ya que el litro solía denominarse flueur).
En otras palabras, la canción venía a decir que la Pompadour le había pegado la sífilis al rey. Al día siguiente todo el mundo conocía y cantaba la tonada. Y el rey se cogió un globo de tal calibre que cesó a Maurepas y lo exilió de París. Exilio del que no volvería hasta la muerte del rey, cuando su hijo Luis XVI lo rescató; pero ya cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él.
El movimiento tenía su lógica. ¿Quién podía conocer el detalle de los jacintos sino Maurepas? Estaba el hecho, además, de que el ministro, a base de vigilar los poemas y canciones que surgían contra el rey, acabó por componer y difundir los suyos propios; esto quiere decir que estaba en el negocio.
Tengo que deciros que yo tengo mis dudas. Precisamente por lo evidente que es que era el único testigo posible de la anécdota de los jacintos es por lo que pienso que, o bien Maurepas era el tonto que desgrava, o no fue él. La jugada bien pudo ser más complicada que todo eso.
Teniendo en cuenta el enorme poder que tenía el ministro, no hay que descartar alguna florentina (o más bien versallesca) intriga palaciega. Antes de su cese, Maurepas era ministro de Marina y de la Casa del Rey, lo cual lo convertía en primer ministro in pectore. Llevaba en el machito 26 años, pues había entrado en el Ejecutivo en 1718, cuando apenas tenía 17 años. Su problema, sin embargo, siempre fue que no se llevaba bien con las putillas del rey. Su base de confianza en Versalles estaba construida alrededor de la reina y el delfín (quien, como os he anunciado, no dudó en rehabilitarlo en cuanto tuvo el poder). Pompadour lo odiaba, lo que la llevó a una alianza táctica con Marc-Pierre de Voyer de Paulmy, conde de Argenson, que era ministro de la Guerra.
Lo que yo creo que había detrás de todo esto era una sutil lucha por el poder. Ya os he dicho que el apellido de la señora de Pompadour era Poisson, o sea, pez. Dado que los parisinos no la querían nada, pronto comenzaron a componer poemas contra ella, que normalmente se conocían como poissonades. Yo tengo por muy posible que muchos de estos poemas fuesen, en realidad, concebidos y distribuidos con la ayuda de Maurepas. El ministro buscaba con ello hacer a la madama tan impopular que Luis XV acabase por concluir que su relación era tóxica. En ese momento, era obvio que el rey tomaría otra amante; y ése era el momento que esperaba el ministro para colocarle un chocho de su cuerda.
En el momento en que se produjo la famosa cena (y la canción) el tema de las poissonades, según algunos indicios, podría estar a punto de descubrirse. Louis-François-Armand de Vignerot du Plessis, duque de Fronsac y de Richelieu y, con ello portador de un apellido de gran importancia para Francia, era un aliado de Argenson y Pompadour; vio cómo Maurepas intentaba colocarle el marrón, insinuando que era el inductor de las letrillas, y habló con el rey, quizás contándole todo lo que había descubierto.
En este entorno, aunque creo que no podemos salir del terreno de la especulación, ¿no tiene lógica plantearse que, tal vez, aquella canción tan insultante contra madame de Pompadour pudo ser impulsada por... madame de Pompadour? Ella sabía obviamente lo de los jacintos; conocía su mala fama; sabía lo que se jugaba; y, probablemente, sabía que estaba en un momento en el que, o mataba ella, o la mataban a ella. Si era una mujer inteligente, y para moverse con soltura por los pasillos de Versalles había que tener algo más que palmito, bien pudo coligarse con Richelieu en una celada casi imposible de desentrañar.
Por otra parte, no hay más que plantearse el típico qui prodest? En la re colocación de ministerios que siguió a la defección de Maurepas, d'Argenson unió al ministerio de la Guerra el control directo sobre el departamento de París, lo cual quiere decir que se convirtió, de facto, en el ministro del Interior.
Para estrenar el cargo, d'Argenson ordenó a la policía la búsqueda y arresto del autor de un poema clandestino contra el rey, cuyos primeros versos decían Monstre dont la noire furie, es decir, monstruo cuya furia es negra. La policía localizó a un estudiante de medicina que tenía una copia. Lo llevaron a la Bastilla y, tras una sesión de hostias, el muchacho confesó que se lo había dado un sacerdote. Este cura fue arrestado y dijo que se lo había dado otro cura, cura que fue arrestado y que denunció a otro cura. Así hasta catorce inquilinos de la Bastilla.
Las investigaciones de este poema y de otros que fueron apareciendo en la red llevaron a la policía hasta Pierre Sigorgne, que era profesor en la Sorbona. Sigorgne era el único profesor francés que enseñaba física newtoniana; pero también se dedicada a recitarle a sus alumnos poemas anti monárquicos, que éstos debían memorizar, copiar y distribuir a sus colegas. En esa misma época, d'Argenson ordenó el arresto de Diderot por haber escrito Lettre sur les aveugles, un libro declaradamente anti religioso. Diderot estaba en ese momento centrado en la realización de su Enciclopedia, lo que le vino bien, ya que los editores presionaron para que lo sacasen de Vicennes.
Lo peor para el ambicioso ministro es que nunca fue capaz (ni nosotros, por cierto) de localizar al autor del poema original. Tras varios meses abastillados, los catorce presos fueron liberados y condenados a exilio. Sin embargo, la importante campaña de patadas en la puerta que condujo la policía parisina, entrando en domicilios y arrasándolos en búsqueda de pruebas, provocó una ola de indignación en una ciudad cuyos habitantes siempre pensaron, como el resto de los europeos, que se debían considerar beneficiarios de una serie de derechos. Más de un cuarto de siglo después, cuando ya reinaba el hijo de Luis XV, diversas obras dedicadas a recensionar la vida del rey entonces ya desaparecido habrían de considerar que “el asunto de los catorce”, como comúnmente se lo llegó a conocer, fue algo así como un turning point en el reinado de Luis XV, pues ni él volvería a confiar en su pueblo, ni su pueblo en él.
A decir verdad, la pregunta de si la revolución francesa pudo estallar contra él, es una pregunta bastante estúpida. La respuesta es no; aunque seguro que algún día aparece algún guionista de Hollywood que convence a medio mundo de lo contrario. La idea de un rey constitucional plenamente sometido a la disciplina, no tanto del pueblo como de la legalidad (que viene a ser lo mismo, pero mejor organizado) todavía no podía nacer en las cabezas de los franceses. Todavía hacía falta que se enterasen de verdad del tipo de gente que vivía en Versalles, y las cosas que hacían. De momento, por lo tanto, se hubieron de centrar en lo que ya sí que sabían que hacían; y por eso madame de Pompadour se convirtió en el objeto fundamental de sus chanzas y canciones.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario