martes, septiembre 29, 2026

El cabreo (2): El bulo real

El retrato que encabeza esta serie
es una reinterpretación moderna
de Luis XV, obra de Copilot.


Café y alfabetos
El bulo real
La canción sifilítica
Esa cosa llamada jansenismo
Cuando la Iglesia decide no servir ni para lo poco que sirve 19
El conflicto de los niños
… y Mauchaut se bajó los pantalones (para colmo, delante de un cura)
La Enciclopedia
La riqueza del Estado
El debate fiscal
¿A cuánto ascenderá el déficit público?
El follón de los jesuitas
Pelea de gallos ilustrados
El caso Calas
El rey está empalmado
La mujer más odiada de Francia
La otra mujer más odiada de Francia
L’affaire de Bretagne
El mundo nuevo de Maupeou
Libelos a favor y en contra
Beaumarchais, en escena
El rey ha muerto, que se joda el rey
Viva el rey, mientras no suba el pan
La guerra de la fariña
Luz y taquígrafos
El hombre que trató a los franceses como adultos
Entre la ilusión romántica y el realismo
Vous vous êtes donné la peine de naître, et rien de plus
Escritores calaveras
El cardenal y su amigo mistabobo
Versiones
La reina de las vajillas y las pajillas
De toros y de osos
Mirabeau abre la lata de Göbels
El abad especulador
El escándalo Norman 
Todo empezó con unos cuernos
Los notables
La caída de Calonne
Cállate, Borbón
El rey sordo
La declaración de 3 de mayo
Au revoir, parlement
La maduración lenta borbónica aviva el gen PNV
Un cartel en la puerta de la reina
La mala suerte
Necker retrasa la revolución francesa
Unas elecciones son más difíciles de lo que se cree
Tres, dos, uno...
Las lágrimas de un rey


 

A finales de la quinta década del siglo XVIII, Francia estaba, cómo no, enfangada en una guerra. Era la guerra de sucesión austríaca, un suceso con importantísimas ramificaciones en toda Europa, incluida España, como sabemos bien.

En dicha larga guerra (ocho años) ocupa un lugar importante la batalla de Lawfeld, cerca de Maastricht, que tuvo lugar el 2 de julio de 1747 por la mañana. En el lugar del enfrentamiento, junto al comandante de las tropas francesas, Mauricio de Sajonia, estaba Luis XV. Los franceses se enfrentaban a una liga formada por ingleses, hanoverianos y holandeses, al mando del príncipe Guillermo Augusto, normalmente conocido como el duque de Cumberland, es decir, el hermano menor de Jorge II. La batalla se hizo famosa por una de esas frases campanudas a las que son tan aficionados los ingleses, en la que Cumberland juró que se comería sus botas si no derrotaba a los franceses.

Luis XV envió dos mensajes: uno al delfín y otro a su señora, informando de la victoria francesa. En otro momento, ahí habría parado la cosa. La batalla de Lawfeld, sin embargo, se iba a convertir pronto en la primera prueba de que el poder real absoluto, aunque en realidad todavía no lo supiera, había perdido el control del relato.

A París comenzaron a llegar noticias manuscritas. Casi todas eran listas de víctimas. Y cada vez contaban más víctimas. Luego llegaron los relatos de la batalla, contradictorios hasta el punto de parecer muchas veces que estaban contando hechos totalmente diferentes. Poco a poco, conforme el polvo se fue posando, se pudo ver con mayor precisión. No sólo no era cierto lo dicho inicialmente de que Cumberland había ordenado retirada en medio de una matanza (hoy se da por cierto que se retiró en perfecto orden); sino que afloró el dato de que las bajas habían sido muy similares en ambos bandos. Poco a poco se supo que el enemigo no se había retirado debilitado, sino que había sentado sus reales en Maastricht, impidiendo con ello el avance francés.

El 13 de julio de 1747 se publicó un relato de la batalla, con licencia real, en el que todo era mundo de colores para Francia. Sin embargo, para entonces las gacetas publicadas fuera de Francia, en francés, estaban llegando a París, contando una historia bien diferente. Desde el 11 de julio, cualquier parisino que tuviese orejas y ganas de tomarse un café podía tener la ocasión de saber que la información que llegaba del extranjero decía que los franceses, lejos de haber machacado a los aliados, habían tenido el doble de bajas que ellos.

Aquellos jarros de agua fría eran especialmente dañinos y tristes. A caballo de los hechos y también de la propaganda, y del hecho de que los franceses siempre están como dispuestos a invadir algo, el pueblo francés, por así decirlo, se había hecho muchas ilusiones. El mariscal de Sajonia (Maurice Hermann de Wettin, conde de Sajonia, normalmente conocido como Mauricio de Sajonia o El Chuletas) las cosas como son, había tenido diversas victorias importantes en aquella guerra, hasta llegar a la gran batalla de Fontenoy (11 de mayo de 1745), que sí que fue una gran victoria para París, y se vio seguida por otra victoria en Rocoux. El triunfalismo de los franceses en Lawfeld venía a suponer, para quien se lo creyese, la posibilidad de que las tropas francesas tuviesen Holanda a sus pies; es decir, Francia estaría a punto de conquistar tierras que el Rey Sol jamás había sido capaz.

En el verano de 1747, pues, los parisinos se debatían entre creer a los Secretarios de Estado de Comunicación y a La Séptima, que desde Moncloa les juraban que aquello estaba hecho y que pronto los holandeses tendrían que pasarse del gouda al camembert; y las noticias más o menos clandestinas que llegaban en el sentido de que los aliados estaban sólidamente establecidos en Maastricht y que, ítem más, los ingleses se estaban llevando de calle la vertiente naval de la guerra.

En medio de esta incertidumbre acabaron por llegar las primeras noticias de la paz definitiva de Aix-la-Chapelle. Paz que, para los franceses, mejor haría llamándose Aix-la-Putada, porque en la misma Luis XV (quien, recordemos, teóricamente tenía al enemigo a sus pies pidiéndole tiempo muerto) había aceptado devolver todos los territorios que había logrado tomar salpimentándolos con la sangre de los franceses. A cambio recibió Luisburgo, una fortaleza en la isla de Cabo Breton, mientras le entregaba Madras a los ingleses. Noticias que no se podían esconder, porque eran como eran. Aquello, las cosas como son, no lo endulzaba ni Patxi López ("¡Yo con Luis!").

La guerra, esto es importante, no le había salido gratis a los franceses. No sólo había que contar las vidas que se habían quedado en los campos flamencos, o los tullidos y mutilados que ahora llenarían las avenidas de París rogando caridad. La guerra también había supuesto impuestos más altos, escasez de bienes, precios al alza. En 1741 se había instituido un impuesto de guerra, el dixième que, las cosas como son, como si lo hubiera impuesto Yolanda Díaz, no se imponía sobre los salarios por cuenta ajena, sino sobre las rentas, beneficios del comercio, ingresos de los artesanos y de los comerciantes. O sea, el sufrido autónomo de toda la vida.

Evidentemente, el sueño de que los asalariados saliesen incólumes de la subida impositiva fue vano. Lo que hicieron los artesanos y comerciantes fue cobrarse el impuesto en sus precios; y la imposición de tasas sobre muchos productos (porque la inflación es una joda a la que el Estado siempre acude) no ayudó, precisamente. A la gente, pues, se le liberó de pagar el impuesto; pero no de sus consecuencias.

Los parisinos fueron informados, en mayo de 1748, de que la lucha había parado; y en octubre, de que se había firmado Aix-la-Chapelle. La paz, sin embargo, no fue promulgada por el Rei Lui hasta nueve meses después; ¿quién, siendo el Estado, va a ahorrarle a su amado pueblo la oportunidad de seguir pagando impuestos? El 13 de febrero de 1749, cuando ya no había manera de estirar más el chicle, se comunicó que todas las casas de la ciudad deberían colocar en sus ventanas una vela para iluminar la ciudad con la gran noticia de la paz. En la entonces conocida como Place de Grève (hoy plaza del Ayuntamiento o Esplanada de la Liberación, es decir, el lugar del Hôtel de Ville) se celebró un espectáculo de fuegos artificiales que no acabó muy bien pues, al parecer, se montó un tapón en la salida y hubo una estampida tras la cual doce cadáveres quedaron en el suelo. A pesar de ello, la gente se fue a un salón de baile construido a propósito donde al parecer había una fuente con cuatro caños que manaban vino.

Lo interesante de todo esto es que existen indicios, en diarios de la época y eso, de que todo aquel oropel no convenció a todo el mundo. Un testigo presencial se extrañó de que hubiese mucha gente en la propia celebración que se negase a dar vivas al rey. Y en el mercado de Les Halles, territorio muy exclusivo de las cigarreras francesas, mujeres que trabajaban en los puestos, se acuñó la frase “eres más estúpido que la paz”.

Entre las muchas cosas que pretendía resolver el tratado de Aix-la-Chapelle, estaba la cuestión de Carlos Eduardo Estuardo, que sería conocido como Bonnie Prince Charlie. Carlos Eduardo, normalmente conocido como Eduardo, era hijo de Clementina Sobieska y de James Francis Edward Stuart, Jacobo III para los jacobitas, asimismo hijo de Jacobo II y María de Módena (La Avinagrada), conocido como The Old Pretender. Eduardo fue un hombre muy querido por los parisinos, como ahora mismo veremos.

Eduardo, como su padre, consideraba que tenía que ser rey de Inglaterra, dado que era nieto de un rey de Inglaterra. En 1745, había intentado la imposible invasión de la isla y se había refugiado en Francia. País que se negaba a abandonar, como exigían los ingleses; y es por ello que se había convertido en uno de los problemas que había que resolver en el tratado de paz.

En el tratado de Aix-la-Chapelle, los ingleses, obviamente, le exigieron a Luis XV el reconocimiento expreso de la línea Hanover como la legítima en el trono inglés. La inmediata de esa asunción tenía que ser, desde el punto de vista de Londres, la expulsión del príncipe Eduardo de Francia.

Pero aquí es donde se vio, una vez más, hasta qué punto los tiempos estaban cambiando; pues lo cierto es que, si el rey francés podía estar por la labor (aquello sólo era un peón más del tablero), para los parisinos el tema tenía mucha más importancia. Jacobo II se había refugiado en Francia cuando la revolución lo había echado del trono. El Rey Sol le había permitido establecer Corte en el castillo de Saint-Germain-en-Laye. A partir de ahí, los franceses siempre habían sido partidarios de reestablecer la línea Estuardo en Inglaterra, acaso porque se maliciasen que era una rama ya prácticamente agotada, y es un hecho que a los franceses siempre les interesa una Inglaterra debilitada.

La invasión de 1745, que se realizó con ayuda francesa, no fue ninguna coña. Eduardo partió con sólo dos barcos, de los que perdió uno; y desembarcó en Escocia con sólo siete partidarios. En dos meses, sin embargo, estaba establecido en Edimburgo, contaba con un ejército de 17.000 efectivos y había proclamado a su padre rey de Escocia y de Irlanda. Semanas después, estaba muy cerca de Londres; la suerte de Jorge II parecía decidida. Cumberland tuvo que partir de Flandes a Inglaterra; retirada que fue la que le permitió a Mauricio de Sajonia tomar Bruselas el 23 de febrero de 1746. El 16 de abril de 1746, Cumberland derrotó a Eduardo en Culloden.

Eduardo consiguió escapar en una embarcación francesa, y el 8 de octubre de 1746, en medio de un aplauso atronador, apareció en el palco real de la Ópera de París.

El Rei Lui, sin embargo, ahora no tenía manera de salvar a aquel pretendiente, por mucho que en París fuese más popular de Carlos Alcaraz. Los ingleses dejaron bien claro que no habría paz si no aceptaba la línea alemana en la corona inglesa (los tipos ésos que se hacen llamar Mountbatten, aunque saben bien que su apellido es Battenberg). Así que el rey llamó a Eduardo a Versalles, le soltó un sermón de la hostia sobre las virtudes de la resignación, y le ofreció un regalo de 300.000 libras (echad las cuentas pensando que 30 libras venían a ser como 1.000 euros de hoy en día). El padre de Eduardo, retirado en Roma, también le intimaba a aceptar la movida; pero el chaval no quería. En julio de 1748, publicó un manifiesto en el que aseveraba que su padre era Jacobo III de Inglaterra y punto en boca ya. La policía secuestró el manifiesto, pero pronto reapareció en una segunda edición. Había un café, llamado de Viseux, en la calle Mazarino, donde se leía cada día, y se vendía libremente.

En noviembre, las gacetas y panfletos informaron de que el gobierno francés le había requerido a Eduardo que saliese de Francia ya cagando hostias. Eduardo se negó. El rey le envió a un aristócrata muy amigo, Louis-Léon Marie Potier de Gesvres, duque de Gesvres, para convencerlo. En París se dijo que Eduardo le había dicho a su amigo que siempre llevaba consigo dos pistolas cargadas: la primera, para dispararle a quien apareciese para sacarlo de Francia; y la segunda, para dispararse a sí mismo. Por lo demás, se paseaba por París, rodeado de jacobitas, en medio de la admiración y el aplauso del público.

El 10 de diciembre de 1748, Eduardo iba a la ópera. A las cinco de la tarde, se bajó de su carruaje. En la calle le estaba esperando un comandante de las Guardias Francesas, quien le informó fríamente de que estaba detenido por orden real. Aparentemente, lo cogieron en volandas, le ataron las manos para poder quitarle las pistolas y la espada, y se lo llevaron a la prisión de Vicennes, con soldados apostados durante todo el camino. Los tres acompañantes que iban con él en el carruaje fueron llevados a la Bastilla. En total, se estima que más de 1.000 soldados participaron en la detención de una sola persona.

Eduardo estuvo cinco días en el maco, tras los cuales fue despachado a un destino desconocido. Se sabe que los franceses lo escoltaron hasta Pont de Beauvoisin, en la frontera con Saboya; y allí desapareció. En enero de 1749 estaba en Avignon, donde fue aclamado. Luego estuvo en Venecia. Y terminó en Roma, con los Francisquitos.

La peripecia de Eduardo le sirvió a los parisinos, sobre todo, para criticar a su rey. Los franceses admiraron la seguridad y valentía del eterno candidato a la corona inglesa, en la misma medida que apreciaban debilidad y tenuidad en su propio monarca. De alguna manera, el tema del candidato inglés sirvió como catalizador de una reacción que tenía en su fondo lo que los franceses sabían de la mala paz firmada por Francia en Aix-la-Chapelle.

El 1744, cuando Luis había estado muy enfermo en el frente de Metz y toda Francia rezó por su curación, se había generalizado para él el “título” de Le bien aimé, el bien amado. Sin embargo, el avance de la guerra y las cargas que fue colocando sobre los hombros de los franceses, hizo que eso cambiase muy rápidamente. En realidad, en la madurez de su reinado el Rei Lui apenas pisaba París; y era así, entre otras cosas, porque cuando lo hacía el pueblo le veía pasar por las avenidas en un silencio pétreo, sin darle vivas. Había adquirido la costumbre, cada vez que se iba desde Versalles a Compiègne para cazar, de parar en la puerta de Saint-Denis de la capital, donde era cumplimentado por la Guardia Francesa y recibía salvas de cañón disparadas desde Vicennes, la Bastilla y los Inválidos. En el verano de 1749, sin embargo, no hubo nada de esto; y tampoco al año siguiente. A partir de entonces, comenzó a dosificar extremadamente sus visitas a la capital de sus reinos; de hecho, hizo construir una especie de carretera de circunvalación para poder viajar de Versalles a Compiègne sin tocar París.

Evidentemente, la principal razón por la cual los franceses se mostraban fríos ante su rey era la morterada de impuestos que les había colocado para poder pagar la guerra. Sin embargo, también había otra derivada. La sociedad francesa del siglo XVIII, pese a estar a las puertas de un proceso revolucionario que lo mejor que se puede decir de él es que fue laico (porque en realidad fue anti religioso); la sociedad francesa, digo, era extremadamente religiosa; como le ocurre siempre a las sociedades que se sienten de alguna manera amenazadas por otra creencia (España con los musulmanes, la Francia oficial con los hugonotes). En este entorno, el comportamiento escandaloso del rey adquiría una dimensión especial.

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