jueves, octubre 01, 2026

El cabreo (4): Esa cosa llamada jansenismo

El retrato que encabeza esta serie
es una reinterpretación moderna
de Luis XV, obra de Copilot.


Café y alfabetos
El bulo real
La canción sifilítica
Esa cosa llamada jansenismo
Cuando la Iglesia decide no servir ni para lo poco que sirve 19
El conflicto de los niños
… y Mauchaut se bajó los pantalones (para colmo, delante de un cura)
La Enciclopedia
La riqueza del Estado
El debate fiscal
¿A cuánto ascenderá el déficit público?
El follón de los jesuitas
Pelea de gallos ilustrados
El caso Calas
El rey está empalmado
La mujer más odiada de Francia
La otra mujer más odiada de Francia
L’affaire de Bretagne
El mundo nuevo de Maupeou
Libelos a favor y en contra
Beaumarchais, en escena
El rey ha muerto, que se joda el rey
Viva el rey, mientras no suba el pan
La guerra de la fariña
Luz y taquígrafos
El hombre que trató a los franceses como adultos
Entre la ilusión romántica y el realismo
Vous vous êtes donné la peine de naître, et rien de plus
Escritores calaveras
El cardenal y su amigo mistabobo
Versiones
La reina de las vajillas y las pajillas
De toros y de osos
Mirabeau abre la lata de Göbels
El abad especulador
El escándalo Norman 
Todo empezó con unos cuernos
Los notables
La caída de Calonne
Cállate, Borbón
El rey sordo
La declaración de 3 de mayo
Au revoir, parlement
La maduración lenta borbónica aviva el gen PNV
Un cartel en la puerta de la reina
La mala suerte
Necker retrasa la revolución francesa
Unas elecciones son más difíciles de lo que se cree
Tres, dos, uno...
Las lágrimas de un rey


 

El 22 de junio de 1749 se produjo en París el que probablemente fue el entierro más brutal que se podía recordar, si exceptuamos los de los reyes. Unas 10.000 personas (uno de cada 20 residentes) marcharon desde la iglesia de Saint-Etienne-du-Mont hasta la capilla de la universidad de Beauvais. Enterraban pues, a un hombre que suponían sería recordado por los tiempos. Pero, las cosas como son, en su mayor parte no lo ha sido. Pues creo que me apostaría una mesa de comedor a que no sabes quién fue Charles Coffin.

Coffin era el ex rector de la universidad de Beauvais. Un jansenista perdido, de vida ascética y virtuosa, hasta el punto de que en su tiempo, y en su vida, ya hubo quien lo consideró un santo.

El entierro era, además de un entierro, una auténtica manifa. Las manifestaciones siempre se hacen contra alguien; y ese alguien era Christophe du Beaumont du Repaire, arzobispo de París. Cristóforo le había negado a Coffin los últimos sacramentos, a pesar de que los parciales del moribundo habían presentado el preceptivo certificado de abjuración del jansenismo.

Para los católicos, la extrema unción tiene una importancia fundamental. Simplificando mucho, el problema reside en la forma en la que creas que Dios te juzga. Existen dos grandes maneras de contemplar el juicio final de tus culpas, que delimitará tu salvación o condenación eterna. Una de ellas, que es la más cómoda, tiende a concebir que serás juzgado por la situación de tu alma en el momento del juicio. Esto quiere decir que si eres lo suficientemente hábil como para confesar tus pecados tres minutos antes de diñarla, llegas limpio de polvo y paja aunque hayas sido toda tu vida un hijoputa. La otra concepción, más exigente, tiende a pensar que Dios te juzga por una especie de media aritmética de todos los pecados de tu vida (aunque yo siempre he pensado que prefiere la geométrica, porque los pecados, más que sumarse, se multiplican los unos a los otros).

La Iglesia, siempre atenta a la pasta, siempre ha apoyado más la primera visión que la segunda. En la segunda, si llevamos las cosas a su extremo, la confesión deviene innecesaria, pues lo que has de hacer no es confesar tus pecados, sino no pecar. Y eso siempre es menos pasta. Por eso mismo, a los sacerdotes siempre les ha interesado mucho exacerbar la importancia de la extrema unción. Porque, claro, la primera solución está muy bien; pero tiene el problema de que, si has pecado poco tiempo antes de morir y no tienes a mano un cura, la has cagado, primo.

Yo crecí en un hogar de medias aritméticas. Mi madre, que era profundamente creyente, se confesaba lo justo e incluso alguna vez llegó a insinuar que lo que le contaba al cura en el confesionario era, digamos, una versión resumida y bastante sesgada de su vida. Así que mi madre no sufría por este tema; pero sí he tenido parientes en su generación igual de creyentes que ella, o más incluso, que vivían literalmente obsesionados con el ataque al corazón, el ictus, ese tipo de muertes que te sorprenden cruzando la calle o, peor, durmiendo. Suena raro que una persona reclame ser perfectamente consciente de que se está muriendo; pero eso mismo era lo que necesitan estas personas; a menos que, como decía uno de mis tíos, “en un postrer milisegundo, todavía puedas encontrar la Gracia”.

Es importante que interiorices este tipo de cuitas, si es que no las conozcas ya por ser tú mismo creyente; porque si no, no vas a entender la magnitud del putadón que, a los ojos de los alumnos de Coffin, le había hecho el arzobispo a su maestro. Pero así había sido. El canónigo regular de Saint-Etienne-du-Mont era un tal hermano Bouettin. Cuando fue llamado por los alumnos de Coffin, cumplió al pie de la letra las instrucciones del arzobispo y le negó el viático. En los términos de la época (y supongo que todavía hay mucha gente que lo cree), lo envió al Infierno, a pesar de haber sido, como he dicho, hombre de acendrada virtud toda su vida.

Este tema, que, te repito, si no eres creyente y estos temas no te interesan, no estás en condiciones de juzgar la magnitud del error y de la crueldad que supone; este tema, digo, nos introduce, obviamente, en el temita del jansenismo.

De forma que no creo que te sorprenda, habrás de saber que el jansenismo se llama así por razón de un tipo que se apellidaba Jansen. En concreto, se trató de Cornelius Jansen, de profesor teólogo, residente en Lovaina.

El catolicismo siempre ha tenido problemas con el agustinismo; no por casualidad, Lutero era un monje agustino. Las ideas del santo de Hipona, efectivamente, coquetean con la teoría protestante de la Justificación por la Fe; y eso es algo que siempre se ha visto en Roma como peligroso para la pasta. El jansenismo no deja de ser otro vaso de esa fuente. Jansen escribió su obra más importante, Augustinus, en 1640. Con esta obra abrió una nueva vía de catolicismo extremadamente austero; algo que enseguida chocó con los cardenales de la ICAR, que de toda la vida han sido, y siguen siendo, unos come gambas de puta madre.

Conforme avanzó el siglo XVII, el jansenismo encontró terreno muy abonado en Francia. Teólogos como Antoine Arnauld o Pasquier Quesnel profundizaron tanto en la visión de la vida terrenal como una especie de puta mierda imperfecta que, en mi opinión, les faltó un corta cabeza (si es que les faltó) para resucitar el maniqueísmo medieval. El jansenismo, además, muy pronto llegó a la conclusión lógica (y es que es la conclusión lógica si lees a Agustín) de que el hombre no es sino un cubo de pecados (cosa que cuando ves a gente como José Luis Ábalos te cuesta desmentir, para qué nos vamos a engañar); y que la Salvación no puede llegar por la ausencia de pecados de un ser que prácticamente todo lo que sabe es pecar, sino por la Gracia, que viene a concebirse como algo así como una perfusión (le pido a los médicos prestado el término) de aliento del Espíritu Santo; perfusión que todos tenemos pero que, por así decirlo, tiene que ser suficientemente intensa, cosa que no siempre pasa. O sea, en términos que podáis entender: la Fuerza tiene que ser intensa en ti (y es que yo siempre he pensado que la fábula de Star Wars es agustinismo reciclado, y que los midiclorianos son una metáfora de la Gracia del Sagrado Corazón de Jesús; pero esta discusión nos llevaría demasiado lejos del tema).

El jansenismo, al concluir que la Gracia del Joligós no podía ganarse (pues no puede meter triples quien no sabe jugar al baloncesto; es decir, no puede ganar la Gracia quien sólo sabe pecar), se acercaba peligrosamente al protestantismo. Y eso, en Francia, un país que había tenido ya que reducir esa presión a base de apiolarse hugonotes en fase Ciclón B, era un problema gordo. 

La Iglesia galicana envió a luchar contra los jansenistas a su mejor y más apretada falange: los jesuitas. Los soldados de Dios franceses se apoyaban sobre todo en las inteligentes elaboraciones de El Gordo Cabrón, es decir, Tomás de Aquino (no es coña: le tenían que rebajar algunas mesas para que le entrase la panza); porque Tommy, las cosas como son, es el principal y más sólido baluarte, en los terrenos de la alta teología, de la idea de que el hombre no es tan imperfecto como parece; que el conflicto entre Razón y Fe puede resolverse sin necesidad de asesinar a ninguna de las dos; y que, consecuentemente, el hombre es dueño de su salvación, siempre y cuando trate de no follarse gallinas, se confiese y comulgue y tal y tal (por tal y tal, entiéndase: no se olvide de aportar pasta al cepillito). Los jesuitas, qué duda cabe, tenían una gran ventaja, y es que, sin negar todo eso de que este mundo es un valle de lágrimas y tal, propugnaban cierto margen de joie de vie. Los jansenistas, sin embargo, propugnaban el abandono de las cosas del mundo y la vida ascética. Eso sí, nunca se constituyeron en orden o tendencia definida; y no pocos de ellos, de hecho, rechazaban ser apelados de jansenistas preferían verse a sí mismos como católicos que estaban haciendo las cosas bien.

En el siglo XVIII, en todo caso, el jansenismo había perdido momento. Se había convertido más en un modo de vida que otra cosa; como el veganismo. Los “modernos” jansenistas tendían a ser sacerdotes, normalmente de base, y burgueses urbanos, que decidían vivir vidas austeras y lo más simples posible. En jansenismo, sin embargo, pronto se convirtió, también, en un cierto posicionamiento político. Por lógica, dentro de la sensación general de escándalo que provocaba entre los franceses la vida muelle de Versalles y las constantes violaciones de la recta moral que hacían los reyes y sus parciales, resultaba muy fácil confundir el jansenismo con esa militancia anti monárquica.

El Parlamento de París, que como ya os he explicado debéis ver más como un Tribunal Supremo, se reunía en el Palais de la Cité, en la isla de la Cité, muy cerquita de Nôtre-Dame; en realidad, en el mismo sitio donde hoy está el Palacio de Justicia. Tenía una Gran Cámara donde se reunían los magistrados más distinguidos. Luego tenía cinco Chambres des enquêtes, que en 1756 quedaron reducidas a tres, y una chambre des requêtes. Todos los magistrados eran fijos y no podían ser despedidos (aunque sí exiliados, como veremos en estas notas); de hecho, como ya os he dicho la condición de parlamentario tendía a ser hereditaria, y se podía llegar a adquirir. En total, tenía unos 250 miembros, alrededor de los cuales pululaban centenares de empleados, que se organizaban en una especie de asociación conocida como basoche. A todo esto hay que añadir el enjambre de cientos de abogados que, como hoy en día, pululaba por el edificio del Parlamento para presentar y defender sus casos. En total, se ha estimado que el complejo entramado legal gestionado en este grupo de edificios venía a implicar a unas 40.000 personas.

¿Por qué sacamos ahora el tema del Parlamento? Pues por la simple razón de que el jansenismo, a mediados del siglo XVIII, se había convertido en una práctica, más que creencia, propia de personas de la burguesía media y alta; y esto hacía que estuviese notablemente presente en el parlamento, aunque sólo sea por la relativa elevada densidad de profesores de Derecho que eran, al tiempo, jansenistas en diversos grados de intensidad.

El enfrentamiento había surgido en 1713, cuando la potente influencia del rey francés le había arrancado al Papa una bula, la Unigenitus. Esta bula, como os he dicho a petición de Luis XIV, declaraba heréticas casi todas las proposiciones del libro Reflexions morales sur le Nuveau Testament, obra de Pasquier Quesnel. Los jansenistas apelaron al parlamento para que se posicionase contra la bula e impulsase un concilio galicano. Aquello abrió un enfrentamiento abierto entre appellants, es decir, partidarios de la apelación al concilio; y constitutionnaires, es decir, partidarios de la constitución de la Iglesia descrita por la bula.

El truco de la movida es que las bulas papales, básicamente como consecuencia de la desconfianza mutua que habían construido la Iglesia galicana y el headquarters romano en Trento, no eran de aplicación en Francia hasta que no eran sancionadas por el rey mediante edicto real, edicto que debía ser registrado en el parlamento. En 1714, el parlamento registró la Unigenitus, aunque lo hizo con la salvedad de que para ser eficiente debía ser aceptada por todo el obispado francés. Los titulares de diócesis más pro jansenistas, sin embargo, se negaron a dar dicha aprobación. Como consecuencia, los jansenistas, con toda la razón en mi opinión, clamaron que la bula no era artículo de fe para los franceses. [Si te chirría esto de que una verdad proclamada por el vicario de Cristo en la Tierra pueda ser de aplicación para unos católicos pero no para otros, es que todavía no has entendido que estamos hablando de un business model. Y mira que te lo he explicado...]

Otra cosa que pasó en el segundo cuarto del siglo XVIII fue que el jansenismo comenzó a abandonar las plantas altas de las casas burguesas. El tema tiene su lógica. Los puntos de vista maniqueos o seudo maniqueos siempre han sido muy atractivos para las personas humildes, dado que ofrecen una explicación bastante sólida del hecho de que su vida sea una puta mierda (lo es porque el mundo entero es una puta mierda). Así, desde una iglesia entonces bastante modesta de París, la de Saint-Médard, en el Quartier Latin (faubourg de Saint-Marcel, algo así como una Entrevías en la época), el jansenismo comenzó a irradiar hacia otros barrios modestos de la ciudad y hacerle pandán al tipo de feligreses que solían votar a Más París.

François de Paris, diácono en el oratorio de Saint Magloire y jansenista hasta las cachas, fue el “cura obrero” del jansenismo; murió en 1727 tras haber dedicado su vida a vivir entre los más desfavorecidos, dando ejemplo. Durante su funeral en Saint-Médard, una viuda lo tocó mientras rezaba para que se curase su brazo paralizado y, según se relataba, al instante comentó a lanzar la bola de béisbol con más fuerza que Jacob Misiorowski. En las semanas posteriores, otras personas relataron curaciones milagrosas tras haber tocado la tumba de Paco el Parisino. Louis-Antoine de Noailles, que era entonces el arzo de París, nombró una comisión para que investigase los milagros; comisión que, en sus primeras conclusiones, venía a decir que lo mismo eran ciertos y todo. Aquel año, sin embargo, Noailles, que no era jansenista pero les tenía cierta simpatía, fue sustituido, en un movimiento al que yo creo que Versalles no debió ser ajeno, por Charles-Gaspard-Guillaume de Vintimille du Luc, a quien Dios decía cada noche “Luc, soy tu padre”; un sacerdote totalmente alineado con la Unigenitus. Este nuevo arzobispo se planteó hacer una limpieza de jansenistas; y ahí fue donde se encontró con el parlamento. París, por otra parte, se llenó de panfletos, la mayoría clandestinos, entre los que destacaban las Nouvelles ecclésiastiques, una hoja clandestina que editaban los jansenistas, y que se leía como churros. Era, por hacer un símil con el tardofranquismo, el Mundo Obrero de su época, sólo que incensado.

El 27 de enero de 1732, el gobierno, en una decisión muy cuestionable, decidió cerrar la iglesia de Saint-Médard. Los sacerdotes no se opusieron; pero el vecindario sí que la lio parda. Y, sobre todo, como demostración bastante clara de que los Borbones no estaban leyendo bien el partido, el cierre de Saint-Médard provocó que en sus tapias apareciese colgado un poema clandestino que se tiene por el mayor ataque a la monarquía en el siglo.

De par le roi

défense à Dieu
de faire miracles
en ce lieu

Esto es: Por orden del rey/se le prohíbe a Dios/hacer milagros/en este lugar.

Os podrá parecer una letrilla inocente. Pero es una carga de profundidad que te cagas, por mucho que tardase setenta años en estallar. Cerrando Saint-Médard, interpreta el epigrama; cerrando un lugar escogido por Dios para traer algo de bienestar para los peor parados por la vida, lo que están haciendo los Felpudos es abrogarse el monopolio de Dios, sobre quien mandan. El monopolio del bienestar. Ésa es la interpretación positiva. Porque la negativa es que lo que estaban haciendo los leonoritos era dejar claro que el bienestar de las personas que tenían que sudar mierda para conseguir cada día una hogaza de pan y alguna verdura les importaba una puta mierda.

No estamos, pues, en el momento procesal en el que la gente se pregunta para qué coño quiere un rey. Pero sí estamos en ese momento previo en el que la gente comienza a preguntarse si el rey está cumpliendo con su parte del contrato firmado con sus súbditos.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario