viernes, octubre 23, 2026

El cabreo (18): L’affaire de Bretagne

El retrato que encabeza esta serie
es una reinterpretación moderna
de Luis XV, obra de Copilot.


Café y alfabetos
El bulo real
La canción sifilítica
Esa cosa llamada jansenismo
Cuando la Iglesia decide no servir ni para lo poco que sirve 
El conflicto de los niños
… y Mauchaut se bajó los pantalones (para colmo, delante de un cura)
La Enciclopedia
La riqueza del Estado
El debate fiscal
¿A cuánto ascenderá el déficit público?
El follón de los jesuitas
Pelea de gallos ilustrados
El caso Calas
El rey está empalmado
La mujer más odiada de Francia
La otra mujer más odiada de Francia
L’affaire de Bretagne
El mundo nuevo de Maupeou
Libelos a favor y en contra
Beaumarchais, en escena
El rey ha muerto, que se joda el rey
Viva el rey, mientras no suba el pan
La guerra de la fariña
Luz y taquígrafos
El hombre que trató a los franceses como adultos
Entre la ilusión romántica y el realismo
Vous vous êtes donné la peine de naître, et rien de plus
Escritores calaveras
El cardenal y su amigo mistabobo
Versiones
La reina de las vajillas y las pajillas
De toros y de osos
Mirabeau abre la lata de Göbels
El abad especulador
El escándalo Norman 
Todo empezó con unos cuernos
Los notables
La caída de Calonne
Cállate, Borbón
El rey sordo
La declaración de 3 de mayo
Au revoir, parlement
La maduración lenta borbónica aviva el gen PNV
Un cartel en la puerta de la reina
La mala suerte
Necker retrasa la revolución francesa
Unas elecciones son más difíciles de lo que se cree
Tres, dos, uno...
Las lágrimas de un rey


 

Al maquinar la nueva cercanía entre París y Viena de la que formó parte el matrimonio de María Antonieta y el Delfín de Francia, Choiseul también había diseñado el conocido como “pacto de familia”, por el cual Francia y España se convirtieron en aliados estrechos. El pacto de familia ofrecía a los franceses la capacidad de volver a ser poderosos como en el pasado; y también presentaba ventajas para Madrid, estando como estaban los españoles preparando un enfrentamiento con Inglaterra cuyo principal motivo eran las islas Malvinas; a las que, como decía Unamuno de Vascongadas/Euskadi, sólo los tontos llaman Falklands.

Choiseul cumplió el pacto realizando movimientos de tropas, en la esperanza de que éstos fuesen más que suficientes para que Inglaterra pidiese tiempo muerto. Londres, sin embargo, había probado su superioridad naval en la guerra de los siete años y, consecuentemente, no se mostró muy impresionada.

Éste fue, de hecho, el principal conflicto que acabó con la suerte de Choiseul y lo mandó fuera del gobierno e incluso al exilio. El duque, un gobernante, digamos, a la antigua usanza, era un hombre dominado por la necesidad de conservar, o más bien recuperar, el prestigio mundial de Francia. Estaba dispuesto a sacrificarlo todo en ello. Pero no así Terray. El inspector de las Finanzas francesas era más consciente que nadie de lo descojonada que había quedado Francia, económicamente hablando, tras la guerra. Por ello, en las reuniones del Consejo Real, se dedicó a decir que aquella guerra podría ser muy necesitaría para los intereses de Francia; pero que, al mismo tiempo, era imposible de pagar.

Luis XV fue colocado, básicamente, entre dos posiciones enfrentadas. Por qué no se decidió por apoyar a Choiseul, yo creo que está bastante claro. No sólo es que su amante estuviese contra él; es que lo que estaba contra los designios del duque era la más mínima racionalidad. El rey Borbón sabía bien lo mucho que se había tensado la cuerda con el pueblo francés cuando, terminada la guerra de los siete años, los impuestos extraordinarios y provisionales levantados para financiar el esfuerzo bélico siguieron ahí. No quiso arriesgar una nueva provocación.

Que el rey tomase una decisión racional y positiva para los franceses, sin embargo, no evitó la principal consecuencia de todos estos movimientos palaciegos, colocados en un exacto medio entre un programa de La Sexta y otro de Telecinco. Los franceses terminaron con todo aquello convencidos de que Versalles era un pútrido agujero negro donde los hombres y las mujeres que decían estar todo el día trabajando para el bien común, en realidad se pasaban todo el día follando, cazando, haciendo el conas y mirando por sus estrechos intereses personales. De la mano de aquel rey tan voluble y que al tiempo hacía una interpretación tan radical de sus poderes absolutos, la Corte francesa se hundió en un descrédito del que, en mi opinión, ni siquiera convirtiéndose en una elite electiva como la republicana ha conseguido recuperarse.

Tras la salida de Choiseul, los franceses, de hecho, no eligieron campeón, sino todo lo contrario. El deporte nacional pasó a ser atacar a Maupeou y a Terray, a los que se vino a unir Emmanuel Armand de Vignerot du Plessis de Richelieu, duque de Agénois hasta que su padre murió y desde entonces, denominación con la que debéis trazarlo en los libros de Historia, duque de Aiguillon. Desde el 6 de junio de 1771, Aiguillon fue nombrado ministro de Asuntos Exteriores, formando con Maupeou y Terray una especie de triunvirato borbónico.

Antes de la llegada de Aiguillon, sin embargo, Maupeou había dado su gran golpe de efecto, en enero de 1771. Un golpe de efecto que se consideró en su momento, y yo creo que se sigue considerando historiográficamente hablando y con justicia, como un auténtico golpe de Estado desde el Estado.

Retrocedamos unos diez años, y abandonemos las felices calles de París para movernos hacia las feraces costas de Bretaña. En aquel momento, diversas instituciones locales, lideradas por el parlamento de Rennes, decidieron resistirse a la imposición de una serie de nuevos impuestos, por considerar que, por así decirlo, dicha imposición conculcaba sus competencia autonómicas. Louis-René de Caradeuc de La Chalotais, a quien ya conocéis si estuvisteis atentos en clase cuando hablamos de los jesuitas, era el fiscal general del parlamento de Rennes, y en su condición de tal lideró la resistencia. Frente a él se colocó, precisamente, D’Aiguillon, pues el futuro ministro, en ese momento, era gobernador (delegado del gobierno diríamos hoy) en Bretaña.

D’Aiguillon jugó fortísimo contra el parlamento. El conflicto generó el acostumbrado tsunami de panfletos y libelos, pero se podría decir que el gobierno central fue contra los miembros del parlamento con todo lo que pudo, y más. A mitad de la década, en 1765 pues, la mayoría de los viejos miembros del parlamento había dimitido; y La Chalotais, de hecho, estaba en el maco; lo cual no fue ninguna buena noticia para los centralistas, pues lo convirtió en un mártir, y los escritos que real o supuestamente conseguía hacer en la cárcel y pasar al exterior se leían con fruición.

El asunto fue escalando geográficamente. París se llenó de panfletos que hablaban del conflicto bretón, normalmente no en muy buenos términos respecto del gobierno de Versalles. Luis XV decidió que estaba hasta los cojones. El 3 de marzo de 1766, convocó una sesión del parlamento de París, en la que refirió a sus miembros en términos tan duros que dicho discurso ha pasado a la Historia como “la sesión de la flagelación”.

En realidad, ese discurso, lo que marca, es el punto más elevado del absolutismo. Porque lo normal es que los reyes absolutos no pronuncien con palabras su poder; pero Luis sí lo hizo. Dijo: “yo no le debo explicaciones a nadie. El poder soberano reside en mí, y sólo en mí. Todos mis tribunales [sic] derivan su autoridad de mí mismo, y el poder legislativo me pertenece en exclusiva, sin divisiones ni dependencias”. El discurso de la flagelación lo lee Pedro Sánchez y se corre.

Como os he dicho, no es normal en la Historia, aunque pasa a veces, que un rey absoluto hable de su poder absoluto con esta claridad. Luis XIV, rey que a su manera fue bastante más poderoso que su hijo y que se creía la polla de Montoya, nunca se expresó en términos parecidos.

Y fue, sobre todo, un discurso sorprendente, que dejó a todo el mundo pijarriba. Los franceses lo conocieron pronto, porque el discurso circuló en forma de panfleto de forma profusa; algo que viene a sugerir que el rey Borbón, con esa capacidad innata que tiene su familia de no enterarse de qué van verdaderamente las cosas, estaba totalmente orgulloso de lo que había dicho (y de lo que iba a hacer).

Sin embargo, insisto, esto le pasaba al Borbón porque los leonoritos tienen cierta tendencia genética a desconectarse de la realidad. Pero la realidad está ahí. Contra lo que puedas pensar y tal vez te ha vendido tu profe de Historia del instituto, el despotismo ilustrado no era un régimen político aceptado por sus súbditos. Porque el hombre europeo, desde que ha regido sus destinos colectivos por sistemas inspirados en el cristianismo (y ésta es la gran deuda que incluso los no creyentes tenemos con él), ha desarrollado un rechazo esencial al despotismo y la tiranía. Desde los primeros reyes alto medievales, los europeos han tenido claro que, como sociedad, tenían derecho a ser gobernados bajo un esquema de mínimos equilibrios.

El discurso del rey Luis XV, efectivamente, fue rápidamente acusado de ir contra la ley natural. Una ley natural que dice que el hombre es libre, y, aunque en su libertad decida someterse al poder de uno o de varios, no por ello renuncia a su libertad.

Este discurso, de hecho, era tan fuerte, y estaba tan enraizado en la conciencia de los franceses, que incluso alguien tan poco dado a entender las technicalities de la vida como Luis XV se dio cuenta de que tenía que recular. Llamó a su presencia a D’Aiguillon y le ordenó reinstaurar en sus funciones plenas al parlamento de Rennes. Acto seguido, como buen Borbón que era, se puso a buscar un culpable que no fuese él; y lo encontró en el propio gobernador de Bretaña, al que acusó de haberse excedido en sus funciones.

D’Aiguillon, viéndose convertido en el polichinela de una más de las cagadas de un Borbón, exigió que, cuando menos, se lo juzgase en la Cámara de los Pares. El juicio se celebró en Versalles y fue bastante parecido a los de Stalin un par de siglos y medio después. Varios testigos acusaron al gobernador de Bretaña y a dos miembros de una comisión de investigación, Jean Charles Pierre Lenoir y Charles Alexandre de Calonne, de haber conspirado para envenenar a La Chalotais. Finalmente, el 27 de junio de 1770, el rey emitió un lit de justice por el cual el juicio quedaba parado, y se prohibía seguir hablando del tema.

El parlamento de Rennes, sin embargo, no levantó el pie del acelerador. De D’Aiguillon se habían dicho cosas muy jodidas en el juicio, argumentó; y eso había que aclararlo. Y si resultaba condenado, pues bien estaba. Esto generó en full throttle lo que se conoció como l’affaire de Bretagne.

Que fue lo que provocó que Maupeou tuviese que actuar.


Como anexo a este post, aquí os ofrezco mi traducción del discurso de la sesión de la flagelación. ADN borbónico en estado puro:

Lo que ha ocurrido en mis parlamentos de Pau y de Rennes no concierne a los demás parlamentos; he actuado respecto de estos dos tribunales según lo exigía mi autoridad, y no tengo que rendir cuentas a nadie por ello.

No tendría que dar más respuestas a tantas protestas que se me han dirigido sobre este asunto si su confluencia, la falta de decoro de su estilo, la temeridad de los erróneos principios invocados y el uso deliberado de definiciones nuevas para caracterizarlos, no pusieran de manifiesto las consecuencias perniciosas de ese sistema de unidad [se refiere a la actuación unificada de los parlamentos] que ya he proscrito, y que se pretende establecer como principio al mismo tiempo que se pone en práctica.

No permitiré que se forme en mi reino una asociación que transforme el vínculo natural de los mismos deberes y de las obligaciones comunes en una confederación para la resistencia, ni que se introduzca en la Monarquía un cuerpo imaginario que sólo podría perturbar su armonía.

La magistratura no constituye un cuerpo ni un orden separado de los tres órdenes del Reino [se refiere a los tres Estados].

Los magistrados son mis oficiales, encargados de cumplir en mi nombre el deber, verdaderamente de origen real, de administrar justicia a mis súbditos; función que los vincula a mi persona y que los hará siempre dignos de mi consideración.

Conozco la importancia de sus servicios. Por tanto, constituye una ilusión [en el sentido de lo que hoy llamaríamos bulo] destinada únicamente a quebrantar la confianza mediante falsas alarmas, imaginar la existencia de un proyecto para destruir la magistratura y atribuirle enemigos junto al trono. Sus únicos y verdaderos enemigos son aquellos:

que, en su propio seno, le hacen adoptar un lenguaje contrario a sus principios;

que le hacen decir que todos los parlamentos forman un solo y mismo cuerpo distribuido en varias clases;

que ese cuerpo, necesariamente indivisible, es parte esencial de la Monarquía y constituye su fundamento;

que es la sede, el tribunal y el órgano de la Nación;

que es el protector y depositario esencial de su libertad, de sus intereses y de sus derechos;

que responde ante ella de ese depósito y sería culpable si lo abandonara;

que es responsable de todas las partes del bien público, no sólo ante el Rey sino también ante la Nación;

que es juez entre el Rey y su pueblo;

que, como guardián respectivo, mantiene el equilibrio del gobierno reprimiendo por igual los excesos de la libertad y los abusos del poder;

que los parlamentos cooperan con el poder soberano en el establecimiento de las leyes;

que pueden, en ocasiones, liberarse por su propio esfuerzo de una ley registrada y considerarla legítimamente inexistente;

que deben oponer una barrera infranqueable a las decisiones que atribuyen a una autoridad arbitraria y que califican de actos ilegales, así como a las órdenes que alegan haber sido obtenidas por sorpresa;

y que, si de ello resulta un conflicto de autoridad, tienen el deber de abandonar sus funciones y renunciar a sus cargos sin que sus dimisiones puedan ser aceptadas.

Pretender erigir en principio novedades tan perniciosas supone injuriar a la magistratura, desmentir su institución, traicionar sus intereses y desconocer las verdaderas leyes fundamentales del Estado; como si fuera posible olvidar:

que sólo en mi persona reside el poder soberano, cuyo carácter propio es el espíritu de consejo, justicia y razón;

que únicamente de mí reciben mis tribunales su existencia y su autoridad;

que la plenitud de esa autoridad, que ellos ejercen únicamente en mi nombre, permanece siempre en mí y que su ejercicio jamás puede volverse contra mí;

que sólo a mí pertenece el poder legislativo, sin dependencia ni participación de nadie;

que únicamente por mi autoridad los oficiales de mis tribunales proceden no a la formación de la ley, sino a su registro, publicación y ejecución, estando facultados únicamente para presentarme observaciones como corresponde a buenos y útiles consejeros;

que todo el orden público emana de mí y que los derechos e intereses de la Nación, que algunos se atreven a presentar como un cuerpo separado del Monarca, están necesariamente unidos a los míos y descansan únicamente en mis manos.

Estoy convencido de que los oficiales de mis tribunales nunca perderán de vista estas máximas sagradas e inmutables, grabadas en el corazón de todos los súbditos fieles, y que rechazarán las influencias extranjeras, ese espíritu de independencia y esos errores cuyas consecuencias no podrían contemplar sin que su lealtad se sintiera alarmada.

Las protestas o amonestaciones serán siempre recibidas favorablemente:

cuando sólo respiren la moderación que caracteriza al magistrado y a la verdad;

cuando el secreto preserve su decoro y su utilidad;

cuando este procedimiento, tan sabiamente establecido, no se transforme en libelos,

donde:

la sumisión a mi voluntad se presenta como un crimen;

el cumplimiento de los deberes que he prescrito se presenta como motivo de oprobio;

se supone que toda la Nación gime al ver sus derechos, su libertad y su seguridad próximos a perecer bajo la fuerza de un poder terrible;

y se anuncia que los vínculos de la obediencia están a punto de romperse.

Pero:

si después de haber examinado estas protestas y de haber mantenido mis decisiones con pleno conocimiento de causa, mis tribunales persistieran en negarse a someterse a ellas, en lugar de registrar las leyes por expreso mandato del Rey, fórmula utilizada para expresar el deber de obediencia;

si pretendieran anular por sí mismos leyes solemnemente registradas;

si finalmente, cuando mi autoridad se hubiera visto obligada a desplegarse en toda su extensión, osaran todavía luchar contra ella mediante resoluciones prohibitivas, oposiciones suspensivas o procedimientos irregulares de abandono del servicio o de dimisión,

entonces la confusión y la anarquía sustituirían al orden legítimo, y el escandaloso espectáculo de una contradicción rival de mi poder soberano me obligaría a la triste necesidad de emplear todo el poder que he recibido de Dios para preservar a mis pueblos de las funestas consecuencias de tales empresas.

Que los oficiales de mis tribunales mediten, pues, atentamente lo que mi benevolencia aún quiere recordarles;

que, escuchando únicamente sus propios sentimientos, hagan desaparecer toda idea de asociación, todo sistema nuevo y todas esas expresiones inventadas para acreditar las ideas más falsas y peligrosas;

que, en sus resoluciones y protestas, se mantengan dentro de los límites de la razón y del respeto que me es debido;

que sus deliberaciones permanezcan secretas;

y que comprendan cuán indecente e indigno de su condición resulta prodigar invectivas contra los miembros de mi Consejo a quienes he encargado mis órdenes y que han respondido tan dignamente a mi confianza.

No permitiré que se menoscabe en lo más mínimo ninguno de los principios consignados en esta respuesta.

Esperaría encontrarlos en mi Parlamento de París incluso si pudieran ser desconocidos en los demás; que nunca olvide lo que ha hecho tantas veces para mantenerlos en toda su pureza y que la corte de París debe dar ejemplo a los demás tribunales del Reino.

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