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Todos estos materiales mantenían en secreto la identidad del hombre que estaba meciendo la cuna del escándalo, es decir, Voltaire. El escritor era bien consciente de que si por algo era conocido en toda Francia (y sigue siendo, de hecho, su principal característica) era por su temperamento anti religioso. Si aparecía, su objetivo de que el Tribunal des requêtes, una especie de Corte real de casación, acabase por estudiar el caso y repeler la sentencia del Parlamento de Toulouse, estaría totalmente perdido.
Este despliegue de discreción, que seguro que le costó lo suyo a un hombre tan amigo de la luz pública como Voltaire, tuvo su recompensa. En junio de 1764, el tribunal aceptó el caso. Si bien, usando también de su cuota de discreción, la Corte no tomó una decisión pública hasta el 9 de marzo de 1765; es decir, dejó claramente que pasara el tiempo para intentar que bajase el suflé. La sentencia final rehabilitó completamente a Jean Calas y declaró que todos sus presuntos cómplices eran inocentes. El rey le concedió a la familia una pensión de 36.000 libras en concepto de reparación por el error.
Para cuando la sentencia llegó, para ser más exactos desde el momento en que ya estuvo en la Corte, Voltaire apareció como demiurgo de la casación. Ya no tenía nada que temer y, como os he dicho, le gustaba mucho la notoriedad; notoriedad que, además, en este caso se merecía sin ambages. Todo este asunto, además, inspiró una de sus mejores obras, Traité sur la tolérance; una obra que se sigue reeditando a día de hoy y que podéis encontrar fácilmente por tres o cuatro pavos. En este libro, Voltaire trata de quintaesenciar el caso Calas llevándolo a un terreno más general. No se trata tanto, o no sólo, de hacer justicia a alguien que la merece; como de entender la importancia de que un sistema judicial, un sistema político, una sociedad al fin y al cabo, se rijan por el principio general de tolerancia.
Voltaire comienza su obra recapitulando el caso Calas. Es la primera vez que lo hace con su propia voz y pudiendo usar de la fina, y a veces no tan fina, ironía que sus admiradores querían y sus enemigos temían. El caso Calas, viene a decir, es el último ejemplo de muchos que se pueden observar en los cuales la Humanidad se ha dejado llevar por el fanatismo religioso.
El punto importante del libro está en el momento en que Voltaire explica la teoría de que el fanatismo religioso, además de ser algo cuyas consecuencias (muerte, tortura, robo) son moralmente reprobables, resulta ser un cáncer para las naciones. Voltaire nos dice que la experiencia de Grecia, de Roma, del Imperio Otomano, de China y de Japón, demuestran hasta qué punto las naciones que permiten la libertad de pensamiento logran florecer y progresar. En contraste, Voltaire se burla de la católica Europa, donde todavía hay sacerdotes que excomulgan a los pulgones que se comen las cosechas. El libro prácticamente termina con la admonición “debemos mirar a cualquier hombre como nuestro hermano”; frase que está cargada de toda la capacidad irónica de Voltaire, pues no deja de afirmar el primer principio de la religión que está criticando.
El Traité es la primera obra de madurez de Voltaire; y su tono es lo que me hace escribir que, en mi opinión, hay una experiencia personal aquí que tal vez alguien quiera algún día contar en un libro o una película. Porque para mí es evidente que a Voltaire, el caso Calas le cambió la vida. Hasta el Traité, su literatura, de gran mérito porque era un escritor muy notable, es una literatura provocadora y libertina. Voltaire, que ponía a parir a los mundanos, era, desde algunos puntos de vista, tan sólo un mundano más, sólo que más radical que la media. A partir del caso Calas sus páginas pierden la frescura de un Bad Bunny, que enamora a los suyos pero a base de cantar calorías vacías, para convertirse en un Moustaki; un bardo que, cada vez que canta, sube el pan. Sus escritos ganan en eso que se llama fuerza moral; es a partir de ahora cuando, realmente, Voltaire comienza a hacer aportes significativos al giro de pensamiento que está a punto de producirse.
Curiosamente, el Traité fue publicado casi al mismo tiempo que el Dictionnaire philosophique del mismo autor. Dado que en esta segunda obra Voltaire se despacha a gusto contra la religión, y que además la campaña de márquetin se la hizo el parlamento cuando condenó el libro a ser quemado el 19 de marzo de 1765, esta segunda obra se leyó mucho más que la primera. Sin embargo, es el tratado sobre la tolerancia la obra que tuvo finalmente una mayor capacidad de influencia.
A partir de ahí, además, Voltaire tuvo claro que tenía una labor que afrontar como campeón de las causas perdidas y última esperanza de los desfavorecidos. Abrió, por ejemplo, una campaña contra la condena in absentia de la familia Sirven, y consiguió fue fuesen exonerados en noviembre de 1771. Asimismo, está el caso de François-Jean Chevalier de la Barre, condenado por blasfemia y sacrilegio en 1765. Estando en Abbeville, se cruzó por la calle con una procesión que llevaba el Sagrado Corazón, y por lo que sea no se destocó. Enseguida se comenzó a decir que había vandalizado una cruz. La policía registró su dormitorio y encontró allí una copia del Dictionnaire philosophique. Lo condenaron a sufrir la mutilación de la lengua para luego ser decapitado, y ser quemado en una pira junto con el libro de Voltaire. El escritor protestó vivamente, aunque no consiguió salvar a La Barre; todo a lo que se avino el tribunal fue a librarle de lo de la lengua.
Estos tres casos: Calas, Sirven y La Barre, convenientemente publicitados por Voltaire, tuvieron la consecuencia de generar miles de conversos en Francia contra la intolerancia religiosa. Sin prisa, pero también sin pausa, la Iglesia Católica comenzaba a olfatear la que vendría a ser la tónica de su vida en el siglo XIX y sobre todo el XX: ellos, acostumbrados a saltar al campo con un 3-0 a su favor en el marcador antes de empezar, comenzaban a vivir partidos en los que se podían dar con un canto en los dientes si conseguían empatar en el minuto 95, y de penalti injusto. Por eso es tan importante entender la contemporaneidad de todos estos hechos con la expulsión de los jesuitas. Una sociedad, la francesa, cada vez se mostraba menos proclive a aceptar el liderazgo sotanudo.
El anticlericalismo francés tiene elementos muy suyos. Es un error identificar movimientos contra el clero en diferentes países y épocas, porque aunque la consecuencia sea la misma, los orígenes no necesariamente lo son. El anticlericalismo francés tiene elementos muy particulares que le nacen del hecho de que, como estamos viendo en estas notas, buena parte de la oposición a la Iglesia oficial francesa proviniese de los jansenistas, que en realidad eran gentes más meapilas que aquéllos a los que criticaban. El anticlericalismo español está más enraizado en la pérdida de la ilusión y la moral colectiva que se produce en el Siglo de Oro; tiene un tono, por así decirlo, más centrado en los propios curas. El anticlericalismo francés, no obstante, puesto que tiene sus primeros impulsores en gentes que están escandalizadas por las cosas que se hacen en el día a día de Francia, tiene un matiz que, a mi modo de ver, es muy importante a la hora de explicar por qué hablamos hoy de una revolución francesa y no de una revolución española, inglesa, holandesa o austríaca: la crítica de la doble moral católica, que dice perseguir cosas que, sin embargo, le permite a los poderosos.
Ésta es una polémica tan vieja como el mundo, y plenamente actual. ¿Puede quien propugna, y en ocasiones impone, una determinada vida morigerada, vivir una vida personal lujosa, prostibularia o fiestera? El cura que te dice “no harás más fornicio que en el matrimonio”, ¿puede después visitar un burdel? El hombre que te cuenta con lágrimas en los ojos la historia de San Martín entregando su capa, ¿puede luego vivir en un casoplón en El Viso? El hombre que te dice que su divisa en la vida es tener poco y dar mucho, ¿puede luego tener una caja fuerte llena de joyas? La mujer que condena con los peores dicterios al rentismo inmobiliario, ¿puede después compartir tálamo con quien posee inmuebles innúmeros?
En la Francia del siglo XVIII, estas incómodas preguntas terminaban, más pronto que tarde, en un terreno muy concreto: la vida de los reyes.
Los españoles, sobre todo desde que nos gobiernan los Borbones, que históricamente hablando son una manada de mandriles en celo, nos hemos acostumbrado a saber que nuestros reyes tiran absolutamente a todo lo que se mueve. Incluso nuestro rey extraño y prestado, Amadeo de Saboya, tenía a su amante bien colocada en un palacete al principio de la Castellana; y bajando a follar en su calesa por la calle de Alcalá era cuando Pepe Alcañices, dueño del palacete emplazado donde hoy está el Banco de España, escenificaba su rechazo total de aquel monarca impuesto por Prim haciendo que el servicio cerrase los batientes de todas sus ventanas al paso del italiano.
Los españoles, sin embargo, siempre hemos tendido a ser comprensivos con estas cosas. Nuestra reacción al escándalo que ofreció la Iglesia en los siglos XV y XVI no fue hacernos protestantes, sino comenzar a pasar de los curas de una u otra forma. Esto nos llevó a tener esta moral laxa que nos caracteriza; España es un país en el que la gente, mientras no se gaste para ello el dinero de todos, puede follar hasta con una cabra si le apetece. Los franceses, sin embargo, están hechos de otra pasta. Su jansenismo esencial les lleva a no comprender esas cosas; y es por eso que tienen esa relación de admiración y odio extrañamente mezclados con los reyes de sus dinastías, que tienen muchos, que se han dedicado a biselar el sable en modo experto.
La primera consecuencia de este orden de cosas es que, en la segunda mitad del siglo XVIII, las hablillas sobre los dimes y diretes de la Corte de Versalles eran deporte nacional. Todo el mundo en París decía saber algo sobre lo que pasaba en el Parc-aux-Cerfs, un área del palacio versallesco donde, se decía, el rey tenía encuentros de una noche con jovencitas que recién estrenaban el litro.
Aquello, como digo, no era rechazo. Al rechazo moral jansenista, por lo general, se imponía ese sentimiento más primario, nacido del hecho de que, in illo tempore, un rey no era sino el más cacho burro de la manada, según el cual el rey debe tener amantes. Una cosa que, además, es consecuencia directa del hecho de que, entre reyes y nobles, el matrimonio era un business; no te casabas con la mujer que amabas, sino con la que traía la dote adecuada. Así las cosas todo el mundo, los casados incluso, asumía que, a la hora de pasar una buena noche, tenía lógica no buscarla en el tálamo de un hombre, o de una mujer, que no nos gustaba.
De hecho, los franceses del siglo XVIII tenían endiosado y considerado el epítome del súper-rey en la figura de Enrique IV, que no sé si lo sabéis pero ya os digo yo que muy fiel en el matrimonio no fue. Durante mucho tiempo, pues, los franceses admitieron que en la Corte de sus reyes hubiese una mujer ostentando el título de Maîtresse en titre.
Para cuando murió madame de Pompadour (15 de abril de 1764) las cosas, sin embargo, habían cambiado.
Para empezar, los rumores de palacio se habían convertido en materia de manipulación política. Ministros y secretarios habían aprendido que una forma de fortalecer a sus pares, y debilitar a sus enemigos, era difundir historias sobre acciones y querencias que hasta entonces habían permanecido en un entorno más privado.
El primer aprovechamiento, digamos, comercial, de este tipo de informaciones se produjo con la publicación de una novelita titulada Tanastès, y debida a la pluma de Marie Madeleine Bonafon, que estaba al servicio como camarera de Catherine-Éléonore-Éugenie de Béthisy de Mézières, princesa de Montauban y esposa de un habitual de Versalles, Charles de Rohan-Rochefort.
La novela ha sido re editada. Pero no os voy a mentir: mejor haríais buscando una edición que esté bien editada por un experto con muchas notas al pie, porque lógicamente la crema del buñuelo se hace difícil de encontrar por parte de un lector de hoy en día, no inscrito en los asuntos que se cuentan en el texto. Para un parisino de la segunda mitad del siglo XVIII, el libro es claro, que diría Jardiel Poncela, como el caldo de un asilo; pero no para nosotros.
El libro se publicó en 1745 y esconde bajo seudónimos a los personajes reales de la Corte versallesca; pero cualquier contemporáneo de la acción no hubiese tenido problema en identificarlos. Tanastès es rey de los Zarimois (Luis XV, rey de Francia). Es descrito con una personalidad doble, tipo doctor Jeckyll. En su parte mala, por así decirlo, es un déspota que hace constante exhibición de sus usos tiránicos; toma tres concubinas seguidas. La tercera de ellas lo acompaña a una guerra, pero a causa de su ambición acabará muriendo. En ese momento el rey se queda sin pliegues para su sable; y la reina, que en el ínterin ha caído en las garras de un grupo de sacerdotes ultra conservadores, se niega a cohabitar con él. En el baile para celebrar el matrimonio del delfín, el rey conoce a una cuarta concubina (la Pompadour) con la que accederá a una vida algo más virtuosa.
La información que aporta el libro es muy precisa, y de hecho ya os la he dado. Las tres primeras amantes del rey eran hermanas, las hijas del marqués de Nesle. La tercera de ellas, la duquesa de Châteauroux, Marie Anne de Mailly-Nesle, a quien Bonafon da en la novela, con bastante mala baba, el nombre de Ardentine, de hecho acompañó al rey al frente durante la guerra de sucesión austríaca.
La publicación de la novela escandalizó a Versalles. El 27 de agosto de 1745, pocas semanas después de la publicación, su autora fue detenida e ingresada en La Bastilla. Allí fue interrogada personalmente por el teniente general de la policía de Paris, Claude Henri Feydeau de Marville. A éste la detenida le declaró que los materiales de su libro habían sido las hablillas de palacio. Marville tenía serias dudas de que aquella mujer fuese la autora del libro; sin embargo, según todos los indicios, lo era, puesto que no era la primera vez que escribía. En todo caso, estuvo algo más de un año presa, y sólo cuando su salud empeoró de forma preocupante fue trasladada a un convento en Moulin, donde estuvo doce años más.
Sea como sea, el método consistente en escribir una roman a clé, es decir, una historia de personajes reales ocultos bajo nombres inventados que hay que descifrar, se puso de moda tras el éxito de Tanastès. Aquel mismo año otro autor, que podría ser Antoine Pecquet, publicó Mémoires secrets pour servir a l'histoire de Perse. Pecquet era eso que hoy llamaríamos un alto funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores. Su obra repasaba la Historia de Europa en los treinta años anteriores. Conoció seis ediciones pero, además, lo curioso es que las claves (correspondencias de nombres) se vendieron aparte y, además, ofreciendo identidades distintas. Hay que entender que este libro tiene más de 200 personajes citados, a lo que hay que unir que las ubicaciones también estaban cambiadas. Pecquet situaba la obra en Asia aunque en realidad estaba hablando de Europa, así que había que saber que Persia era Francia, Japón, Inglaterra, Kabul, Hannover, o Lahore, Sajonia. Luis XV, denominado en el libro Cha-Sephi, es retratado como un tipo atractivo pero vago hasta las trancas, incapaz de gobernar un país a base de andar siempre persiguiendo faldas y cazando elefantes en Botswana.
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