viernes, septiembre 04, 2026

Restauración (2): Las veleidades del serranismo

 




 


El huevo Káiser
Las veleidades del serranismo
El príncipe se pone burro en Viena
Los Borbones parias
Francia, siempre Francia
La varienta inglesa
Enredados en la sotana
Manifiesto y grito
La reconciliación con el monspensierismo
El convenio de Cannes, y su fracaso
La alternativa carlista
La Gorda como problema
Un imbécil destapa la Gürtel de la reina
Las tribulaciones económicas de la no-Corona
De Salamanca a Cuba
El enigma Serrano
La monarquía española, en riesgo de olvido
La solución, militar, por supuesto


El renacer de la idea de un Hohenzollern al frente de la corona de España no podría haberse producido sin el apoyo, siquiera por omisión, de cierto progresismo hispano, sinceramente preocupado por la deriva que estaba alcanzando la República. Ahora, además, la idea de Leopoldo había sido enriquecida con una alternativa: Federico Carlos, tercer hiio del príncipe Antón de Hohenlohe, y hombre curtido en muchas batallas. Para muchos españoles, Federico Carlos era un poco como un Obélix que había penetrado la apretada falange francesa, haciendo que sus centuriones volasen por los aires.

El proyecto de nuevo diseño de una candidatura alemana para España fue, sobre todo, defendido por Manuel Rancés y Villanueva. Fue hombre activo en la revolución de 1854, y miembro de la mayoría parlamentaria posterior que comandaba Martínez de la Rosa. Hombre de larguísima carrera diplomática, defendió los intereses de España en Río de Janeiro, Berna, Frankfurt, los ducados de Nassau, Hesse-Darmsdadt y Baden, Viena, Munich o Stuttgart. Cuando cayó la monarquía borbónica, lo nombraron embajador en Londres y luego en Roma. Era marqués de Casa Laiglesia pero, sobre todo, era un personaje especialmente admirado y seguido en el progresismo español. Una especie de Monedero, aunque bastante más presentable.

Los franceses pronto hicieron seguimiento estrecho de sus movimientos, conscientes de que, habiendo sido ya uno de los elementos fundamentales de la candidatura de Sigmarinen en 1870, ahora estaba reproduciendo su papel. En sus informes, los franceses lo acusan de corrupto, cosa que no tendría por qué ser falsa, porque el buen marqués siempre estuvo a la penúltima pregunta. Sin embargo, tampoco hay que descartar que todo sea propaganda negativa. Rancés tenía un buen compañero en Juan Antonio de Rascón Navarro, vizconde de Lagasca, hábil polemista cincelado en la oposición a la monarquía desde los cíceros del periódico El clamor público; y que había sido ennoblecido como conde de Rascón por el rey Amadeo. El tercer gran conspirador sería Manuel Becerra, el de la plaza. Éstos eran los más veteranos; pero el partido prusiano tenía otros miembros más jóvenes y fogosos, como el marqués de Sardoal, Ángel José Luis Carvajal y Fernández de Córdoba, que era yerno de Manuel de la Concha (que fue alcalde democrático de Madrid y luego sería ministro de Alfonso XII).

El gran apoyo mediático de la candidatura prusiana era el que podemos considerar el segundo periódico de España: El Imparcial. Efectivamente, en un Madrid en el que todo el mundo reconocía que La Correspondencia era el Lo País que todo el mundo leía en los cafés, El Imparcial era un poco la alternativa de aquéllos a los que el primer periódico se les quedaba corto. El periódico había sido fundado y era dirigido por un joven político de la Unión Liberal, Eduardo Gasset y Artime. Sobrino que era del general Serrano, tenía todos los ganchos para sostenerse en la política del sexenio, y de hecho fue ministro de Ultramar en el gobierno de Ruiz Zorrilla, aunque se marchó en 1872. En febrero de 1873, cuando sus compañeros del Partido Radical votaron a favor de la República, él se apartó de ellos. A partir de ahí, puso su periódico al servicio de la idea de que España debía superar el trauma amadeísta y hacer un segundo intento; es decir, que debía mantener la forma monárquica, pero no con un Borbón. Gasset era un hombre, por lo demás, a quien el alejamiento del poder ministerial y los conciliábulos parlamentarios que importaban acabó por pasarle factura, pues no siempre sus planteamientos fueron realistas. Llegó a defender, por ejemplo, el regreso de Amadeo de Saboya que, verdaderamente, era para hacérselo mirar. Dato importante: Gasset era un decidido partidario de la unión ibérica.

Todo esto se fue ventilando a base de viajes más o menos discretos a Berlín de los “conspiradores”; sin embargo la propia evolución de la República hizo todo aquello imposible, hasta que llegó el (casi siempre mal interpretado) episodio del general Pavía. En términos generales, la intervención del general se vio con muy buenos ojos en Europa (cosa lógica, pues para eso precisamente fue para lo que se hizo, entre otras cosas). La llegada al gobierno del general Serrano le daba de repente a España una vitola de normalidad que hizo que muchas cancillerías se planteasen iniciar relaciones diplomáticas normales con una España que, por así decirlo, regresaba al redil (o al brete, dirán otros). La relativa normalización de la situación y las perspectivas de que Berlín podría iniciar unas relaciones normales con Madrid hizo que en los cafetines de la capital, y en otras capitales de Europa, se volviese a hablar de una solución Hohenzollern para la movida. Rancés es el hombre del momento; todo el mundo quiere comer con él, todo el mundo que puede enseña la pantalla de su móvil para demostrar que lo tiene adjuntado en el Whatsapp.

La gran jugada de los alemanes había sido cambiar de candidato. Federico Carlos, entendámoslo, era un candidato mucho más potable que Leopoldo. Insisto en que tenía en toda Europa fama de gran comandante de tropas, de héroe de mil batallas, de Sadowa a Le Mans. En un país como España, que si estaba como estaba era por una necesidad percibida de mayor orden contra el caos (la famosa frase de Castelar: “la próxima república habría que hacerla con mucha más Guardia Civil”), ese tipo de perfil era de gran valor.

Los rumores se intensificaron cuando se extendió la noticia de que Berlin quería cambiar a su embajador en Madrid. El ocupante de la sede era Julius von Cannitz und Dallwitz, barón Cannitz, que fue enviado en un paquete de Amazon a La Haya; fue sustituido por un hombre del entourage estrecho del propio Von Bismarck. Uno de esos tipos que cuando dices su nombre completo parece que estás en una rave: Melchior Hubert Paul Gustav Grat von Hatzfeldt zu Wildenburg, conde de Hatzfeld.

Hatzfeld llegó a principios de mayo de 1874 a Madrid, en medio de un montón de hablillas que trataban, de alguna manera, de decodificar aquel nombramiento. Se decía que sólo estaría unos diitas, como Estela Reynolds. Llegó, claramente, con la instrucción de Von Bismarck de meterse a la sociedad madrileña en el bolsillo. Y lo cumplió. Muy lejos de la imagen habitual de los prusianos como gente austera y seca, Hartzfeld abrió sus salones y, sobre todo, frecuentó los de otros, derrochando sonrisas, remoquetes y simpatías allí donde iba. Se podría decir que enamoró a los grandes salones de Madrid, que casi cada tarde querían tenerlo entre sus visitantes. Al parecer, además, el astuto embajador alemán tentó al gobierno español, prometiéndole al general Serrano la venta, a buen precio, de las armas que los alemanes conservaban de las incautaciones hechas a los franceses. Una ayuda que el gobierno necesitaba como el comer para poder retener las avanzadas de la guerra civil.

Alguien, o tal vez sólo la mala suerte, sin embargo, se estaba moviendo para tratar de emponzoñar las relaciones entre España y Alemania. Aquel verano de 1874, las fuerzas gubernamentales sufrieron un grave revés en su lucha contra los carlistas en el monte Muro, acción que provocaría la muerte del general Manuel de la Concha. En su retirada, las tropas gubernamentales pasaron por la villa de Abárzuza y la quemaron hasta los cimientos. Como represalia, los bildutarras embrionarios apresaron a un grupo de personas, les hicieron un juicio rápido y las fusilaron. Entre esas personas estaba Luis Fernando Alberto Schmidt, un prusiano de 45 años que había combatido al pérfido francés y había recibido por ello la Cruz de Hierro de primera clase. Con el tiempo debió darse cuenta de que era medio subnormal, porque el caso es que se hizo periodista. Fue corresponsal bélico de varios periódicos. El 30 de junio, como digo, en Estella, los carlistas lo fusilaron junto con otra gente; aunque, en su descargo, hay que decir que no sabían que era un corresponsal.

Los alemanes, y sobre todo aquellos alemanes del siglo XIX, no habían nacido para componendas. Aunque vivas en tiempos en los que 140 ahogados no le importan a nadie, debes entender que, para los prusianos de 1874, un solo muerto ya los ponía de muy mala hostia. La Prensa alemana fue tan hostil en la exigencia de represalias inmediatas que el gobierno ordenó el envió de varios barcos de guerra a la costa cantábrica. Sin embargo, Bismarck le había dejado claro a sus almirantes que debían pasearse, pero no hacer nada.

Sin embargo, luego vino lo del Albatros. Un día, un bote de remos alemán se acercó a las costas de Zarauz, aparentemente para comprobar el calado en aquella zona. De forma inesperada y sin aviso previo, una patrulla carlista le recetó una cerrada carga de fusilería desde la playa. El típico ayvalahostia qué hacen esos ahí, de toda la vida. En el bote cayeron dos hombres exangües, y otros tantos se hicieron pupa de diversa consideración. La Albatros, que era la fragata de donde procedía el bote, salió a aguas abiertas en cuanto el bote regresó y, una vez en situación adecuada, procedió a bombardear Zarauz (acción por la que está por ver que el PNV gobernante en Zarautz, siempre tan dado a exigir a los demás que pidan perdón, le haya reclamado reparación a los germanos).

En una decisión no muy común, el gobierno de Madrid decidió abordar aquella crisis con transparencia. La Prensa tuvo acceso, y publicó, a toda la documentación emitida por parte española, fuese su origen el Ministerio de Marina, la alcaldía de Guetaria, o cualquier otro departamento. La documentación hacía obvio que los carlistas podían perfectamente haberse metido los fusilitos por el culo, porque no estaban siendo amenazados; pero también se venía a demostrar que el gesto de los alemanes había sido excesivo; que esas cosas, o no se hacen, o se hacen habiendo recabado el oportuno placet. El tema, sin embargo, tenía su aquél para los gubernamentales, porque la cosa es que el bombardeo alemán había echado a perder el asedio de Guetaria por los carlistas. Pero ahí residía también parte del problema, pues muchas personas, sobre todo los ingleses y franceses, se sintieron con fuerza moral para defender la idea de que Alemania estaba interviniendo en la guerra española.

Ésta era la clave: “¿no sería que el astuto Bismarck estaba construyendo una escalera que terminase en algún tipo de alianza militar entre los gubernamentales españoles y los alemanes contra los carlistas; alianza que sería la semilla del desembarco de la casa real alemana en la corona de España?

Bismarck, además, sabía que este tipo de oferta tenía una ventaja más: una ventaja personal. A veces, hoy en día, cuando se visitan las redes sociales o las barras de los bares, se escucha a mucha gente hablar como si Pedro Sánchez fuese una novedad en la Historia de España. Se habla, como digo, como si la figura de un hombre político apegado, no a unas ideas, sino a la misma idea del poder, fuese nueva. Ese hombre a quien le da igual ocho que ochenta, Juana que su hermana, puesto que tiene la clarividencia de leer una determinada situación social que deriva en un nivel de apoyo para su persona que, en palabras de Donald Trump, apenas decaería aunque se presentase en la Quinta Avenida y matase a diez personas a tiros delante de todo el mundo.

Ocurre, sin embargo, que este fenotipo de político, en realidad, ha existido siempre. Sánchez no es sino el último eslabón de una larga cadena de mierda. Y uno de esos eslabones es Serrano, el general bonito.

No por casualidad, Antonio Cánovas odiaba africanamente a Serrano. No lo hacía por republicano, sino precisamente por todo lo contrario. Un hombre como Cánovas no podía soportar a un hombre como Serrano porque entendía que no era republicano, ni monárquico; no era belicista ni pacifista. No era nada de nada. Serrano era, en afortunada frase de un diplomático de Franco décadas después, otra cosa. “Yo no soy franquista”, decía José Félix de Lequerica; “soy carguista”. Eso era Serrano: carguista o, mejor, poderista. Porque todo lo que le interesaba era el poder personal. Se había apuntado a una revolución sobre la que tenía muchas dudas por el simple hecho de que la alternativa, que era La Señora Borbona, le planteaba todavía más dudas si cabe. Pero lo más probable es que comenzase a pensar desde el primer día de la revolución acerca de la forma de prevalecer respecto de sus conmilitones y los políticos que habrían de ser los leucocitos del nuevo régimen; y es un hecho que lo consiguió. Ahora, en la República pos Pavía, estaba en la misma situación que Pedro Sánchez: al frente de un gobierno endeble y con una base no muy clara; pero con todos los resortes del poder para consolidar su pervivencia personal, fuera ésta en un régimen republicano, monárquico o mediopensionista. Y la idea de los alemanes de transar una solución dinástica propia para España a cambio de aplastar la rebelión carlista le encajaba, digámoslo claro, como picha en culo.

Lo que buscaba Serrano era hacerse perdonar la interinidad con que había llegado a la presidencia del gobierno tras las convulsas jornadas vividas por la República. Para ello lo que necesitaba Serrano no era tanto la victoria de la opción alemana, como la división de la cuestión dinástica en tantas piezas como fuese posible. Por aquellas mismas fechas, los espías franceses en Madrid reportaban a París que Serrano estaba participando en conversaciones con los que, en aquella segunda mitad del año 1874, comenzaron a cebar la idea de que la reina de España debía ser la infanta María Luisa Fernanda; es decir, la vía Montpensier. Serrano, pues, no era germanófilo. Era serranófilo.

Aquel año de 1874, sin embargo, Bismarck pasó a desmentir públicamente varias veces el interés alemán por una candidatura Hohenzollern. No cabe dudar de que tenía algunas terminales haciendo cositas; pero, aparentemente, estaba cada vez más convencido de que una operación como aquélla fracasaría como fracasó Maximiliano en México. El canciller dejó que la gente hablase y se hiciese pajas más que nada porque era consciente de lo histéricos que se ponían con la idea los franceses. Pero todo parece indicar que apenas gastó dinero comprando voluntades y, desde luego, nunca llegó a pensar que la candidatura alemana de 1874 pudiese llegar a algo. En ese sentido, quien se convirtió en su principal propagandista fue Serrano; interesado, como digo, no tanto en que la idea de un rey de España Hohenzollern cuajase, como que la cuestión dinástica quedase en el alero, para, mientras los hunos y los hotros discutían entre ellos, poder seguir él en la Moncloa.

A ver qué o vais a creer. Para plagio, el Manual de resistencia de las narices.



Recreación actual de Antonio Cánovas
y José Alcañices, duque de Sesto. Los dos
principales baluartes de la causa borbónica.

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