Raspogonim, razlampasim
Igual, o sea distinto
Viaje a la dureza
El descubrimiento de la profilaxis y el problema Solzhenitsyn
Las cosas como son, se daba la circunstancia de que la KGB tenía en su cúpula al tipo ideal para recuperar los tiempos de la represión. Vladimiro Semichastny era un tipo al que le iba esa marcha más que a un tonto un lapicero. Regresó, pues, a la vieja tradición hostiadora de la KGB con una sonrisa en los labios. Desde el Komsomol, Semichastny llevaba diciendo que el Partido lo que tenía que hacer era ponerse serio con sus enemigos. Y ahora se lo encargaron a él.
En plena canícula de 1962, el Comité Central recibió un
informe realizado por una comisión de siete expertos. Estos siete hombres
sabios eran: Shelepin, Semichastny, Pyotr Inanovitch Ivashutin, un tal Zakharov
(que podría ser Matvei Vasilievitch Zakharov, que era militar, pero no miembro
de la KGB), Vadim Stepanovitch Tikunov, Roman Andreyevitch Rudenko (fiscal
general) y otro Mironov, que yo creo que era el también militar Nikolai
Milhailovitch Mironov.
El tema central de este informe era elaborar una serie de
propuestas para que la URSS pasara a ser más efectiva en la lucha contra sus
opositores. Se planteaba la posibilidad de que los desórdenes públicos pudiesen
escalar. Los siete expertos, sin embargo, tampoco querían ser exagerados. En
términos generales, llegaron a la conclusión, por otra parte cierta, de que en
todas las medidas del Comité Central y del gobierno que ya habían sido
aprobadas en algún momento y estaban vigentes había tralla suficiente como para
aplastarle los huevos a cualquiera que se moviese. La comisión, por lo tanto,
estuvo muy lejos de recomendar cambios radicales, sino algunas medidas de
ajuste. Se propusieron, por lo tanto, algunos cambios en alguno de los órganos
administrativos ligados a la seguridad. Quizás la medida más importante fue la
creación, por parte del MVD de la Federación Rusa, de unidades de reserva que
serían usadas, en caso necesario, para proteger edificios públicos,
infraestructuras de comunicación, etc.
El texto del comité de sabios era, por así decirlo, el
informe oficial, políticamente correcto podríamos decir; y, precisamente por
eso, era cualquier cosa menos alarmista. Sin embargo, más o menos al mismo
tiempo que se elaboraba ese informe colectivo, Semichastny, quien como ya hemos
visto era de la partida, elaboró otro informe personal que tenía un tono
bastante diferente. En el informe Semichastny había muchas referencias a
desórdenes en diferentes lugares de la Unión de los que el informe oficial no decía
nada; su tono, por lo tanto, era mucho más realista, es decir, alarmista. Autores
rusos que han podido leer ese informe, sin embargo, no pocas veces han bajado
el suflé. Han indicado que, en realidad, las cifras que aportaba el autor en el
mismo tampoco eran tan graves, sobre todo teniendo en cuenta las grandes
dimensiones del país sobre el que versaban los datos. En consecuencia, no pocas
veces se ha pensado que este informe es un ejemplo más de típica literatura
burocrática soviética, en el que un departamento, en este caso la KGB, pinta
las cosas lo más negras que puede, para así justificar nuevas adscripciones
presupuestarias a su favor.
Sea como sea, el Presidium del Comité Central aprobó una
serie de nuevas medidas que deberían ser aplicadas por Semichastny, como jefe
de la KGB; y por Rudenko en su condición de fiscal general. A la KGB se le
autorizó una oferta de empleo público de 400 agentes, que se dedicarían a la
contrainteligencia en las diferentes repúblicas. El plan de reforzamiento de
las capacidades de investigación fue sólo parcialmente explicado a las
autoridades regionales y locales; la gran parte del operativo fue conocida sólo
por los miembros del Politburo y los altos responsables de la política
policial. Entre otras cosas, los dirigentes regionales nunca supieron una
palabra del reclutamiento de los nuevos 400 agentes.
Tras haberse puesto en marcha esta movida, Semichastny
preparó unas instrucciones secretas para su personal de la KGB. Explicaba en
dichas instrucciones el jefe de los policías que había llegado el momento de
intensificar la lucha contra “las demostraciones de hostilidad hacia la Unión
Soviética”. El tono del informe, por lo demás, estaba lejos de ser
catastrófico; era casi encomiástico. Semichastny, al fin y al cabo un aparachik
que prácticamente había nacido en un coche oficial, sabía bien que en la
URSS se llevaban muy mal los ejercicios católicos tipo “por mi culpa, por mi
culpa, por mi gran culpa”. La persona que se avenía a reconocer errores en su
operativa, lo único que hacía era hacerse acreedora de un cese fulminante y de
un envío de chupatintas en cualquier republiquita de mierda o en alguna esquina
ignota de Siberia. Así las cosas, el director del KGB se mostraba muy
satisfecho de las mejoras que se habían registrado en la productividad de la
KGB desde el famoso congreso de 1956; sobre todo, decía, en la aplicación de
“medidas profilácticas”. Consciente de que los discursos autosuficientes tenían
el problema de no justificar los cambios, reconocía, eso sí, que algunas
oficinas de la KGB se habían relajado demasiado.
La idea que se quería transmitir con verdadero interés era
que la disidencia no era algo que se pudiese tomar a chirigota. Los miembros de
la policía política no podían olvidar que, en los años inmediatamente
anteriores, en la URSS se habían vivido ataques a edificios, destrucción de la
propiedad pública, así como incluso ataques a algunos dirigentes. La mayoría de
las personas que habían hecho esas cosas eran meros criminales, argumentaba
Semichastny; pero no estaban solos, porque no se podía negar la presencia, en
esas movidas, de antiguos colaboradores con los alemanes y, sobre todo, de fanáticos religiosos.
Muchos de esos, digamos, profesionales del disturbio, habían
terminado en la cárcel. Pero, claro, resulta que ahora, en la URSS, los
términos de prisión se cumplían y, cuando se cumplían, pasaban cosas tan raras
como que el prisionero salía de la cárcel. La KGB decía haber detectado que
muchos de estos activistas que habían salido del maco ahora se desplazaban
hacia el sur de la Unión; e, incluso, sospechaba que habían tenido algo que ver
con el caos de Novocherkask.
Ante el hecho, para él obvio, de que los opositores cada vez
eran más y se organizaban mejor, Semichastny se quejaba de que en la KGB cada
vez hubiera más gente complaciente que pasaba de hacer su trabajo. Citaba el
caso de que las grandes empresas de fabricación militar tenían sus propias
agencias de contrainteligencia; pero que el resto de las grandes industrias,
que eran muchas, confiaban en la KGB para ese tipo de vigilancia preventiva.
Sin embargo, por lo general ya nadie hacía esa labor, por lo que el país estaba
expuesto a que un día algún cabrón sabotease una factoría de gran tamaño. Los
agentes no hacían su trabajo y tampoco buscaban soplones de calidad; y el obvio
resultado era que la KGB estaba ciega y sorda. En realidad, si hemos de creer a
su director, la KGB se había dejado ir de tal manera que ni siquiera la más
básica de sus labores, que era el seguimiento de los opositores que salían de
la cárcel, se realizaba. En el caso de algunos de ellos, por desconocer, hasta
desconocían sus paraderos.
Destilando cierta nostalgia por el estalinismo, que no hemos
de reprocharle porque cierto es que todo jefe de policía, aunque no lo diga,
preferiría serlo en un régimen estalinista antes que en cualquier otro,
Semichastny se quejaba de la falta de colaboración. La KGB ya no controlaba el
MVD, y eso hacía que el ministerio hiciese lo que le pareciese. O sea, más o menos el típico "desde que murió Romanones, todo el mundo hace lo que le sale de los cojones", pero en versión soviética. Lo más
importante era que no compartían información. La KGB estaba convencida de que
el MVD tenía información sobre muchos de los que llamaba “elementos antisociales”;
pero esa información no le llegaba.
La experiencia allí donde se habían producido incidentes no
movía precisamente al optimismo. Cada vez que se produce un hecho preocupante,
para la policía hay dos grandes vías de actuación: la inteligencia, es decir,
la captura de información sobre lo que tienen preparado los líderes de los
disturbios; y el trabajo sobre el terreno, es decir, la actuación de la
presencia policial en las calles. Los informes de la KGB, aparentemente,
apuntaban a que, allí donde se habían producido disturbios, estos dos ámbitos
habían quedado básicamente desconectados. El resultado más importante fue,
obviamente, que las fuerzas sobre el terreno acabaron por encontrarse como
pollo sin cabeza sin saber realmente cómo actuar ni contra quién.
Como consecuencia de todo esto, Semichastny concluía que,
desde luego, la KGB tenía que seguir siendo eso por lo que todos la conocemos,
es decir, la CIA soviética; la red de espías que defendía a la URSS en el
mundo; pero que, al mismo tiempo, tenía que centrarse también en la
problemática interior.
Como ya os he dicho, resulta un tanto difícil juzgar todo
esto. En términos generales, la inmensa mayoría de los analistas que he
conseguido leer considera que la URSS nunca estuvo en peligro real de ser
tumbada por sus opositores, mucho menos en los años sesenta, que es cuando
Semichastny estaba escribiendo sus instrucciones. En este sentido, cabe trazar
un paralelismo, muy marcado, entre la URSS y el franquismo. Ambos fueron
regímenes que, por razones divergentes, pudieron decir que las posibilidades de
sus opositores eran completamente nulas; y, por eso mismo, ambos fueron
regímenes que, al fin y a la postre, fueron desmantelados por todos aquéllos
que, desde dentro del propio régimen, llegaron a la conclusión de que era lo
mejor que se podía hacer. En buena medida, las apelaciones de Semichastny de la
KGB en los años sesenta no eran sino argumentos inflados por estas autoridades
y por el Politburo breznevita para justificar sus políticas de represión.
Leónidas Breznev, ya lo he escrito muchas veces, era un estalinista de libro;
en el fondo, le jodía no poder aplicar el estalinismo en toda su extensión.
Pero trató de equilibrarlo con un discurso interior muy que viene el lobo, que
le permitió mantener toda su estructura represiva bien engrasada.
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