lunes, agosto 31, 2026

Ensayos soviéticos: la KGB, después de Stalin (3): Viaje a la dureza

Raspogonim, razlampasim
Igual, o sea distinto
Viaje a la dureza
El descubrimiento de la profilaxis y el problema Solzhenitsyn

Las cosas como son, se daba la circunstancia de que la KGB tenía en su cúpula al tipo ideal para recuperar los tiempos de la represión. Vladimiro Semichastny era un tipo al que le iba esa marcha más que a un tonto un lapicero. Regresó, pues, a la vieja tradición hostiadora de la KGB con una sonrisa en los labios. Desde el Komsomol, Semichastny llevaba diciendo que el Partido lo que tenía que hacer era ponerse serio con sus enemigos. Y ahora se lo encargaron a él.

En plena canícula de 1962, el Comité Central recibió un informe realizado por una comisión de siete expertos. Estos siete hombres sabios eran: Shelepin, Semichastny, Pyotr Inanovitch Ivashutin, un tal Zakharov (que podría ser Matvei Vasilievitch Zakharov, que era militar, pero no miembro de la KGB), Vadim Stepanovitch Tikunov, Roman Andreyevitch Rudenko (fiscal general) y otro Mironov, que yo creo que era el también militar Nikolai Milhailovitch Mironov.

El tema central de este informe era elaborar una serie de propuestas para que la URSS pasara a ser más efectiva en la lucha contra sus opositores. Se planteaba la posibilidad de que los desórdenes públicos pudiesen escalar. Los siete expertos, sin embargo, tampoco querían ser exagerados. En términos generales, llegaron a la conclusión, por otra parte cierta, de que en todas las medidas del Comité Central y del gobierno que ya habían sido aprobadas en algún momento y estaban vigentes había tralla suficiente como para aplastarle los huevos a cualquiera que se moviese. La comisión, por lo tanto, estuvo muy lejos de recomendar cambios radicales, sino algunas medidas de ajuste. Se propusieron, por lo tanto, algunos cambios en alguno de los órganos administrativos ligados a la seguridad. Quizás la medida más importante fue la creación, por parte del MVD de la Federación Rusa, de unidades de reserva que serían usadas, en caso necesario, para proteger edificios públicos, infraestructuras de comunicación, etc.

El texto del comité de sabios era, por así decirlo, el informe oficial, políticamente correcto podríamos decir; y, precisamente por eso, era cualquier cosa menos alarmista. Sin embargo, más o menos al mismo tiempo que se elaboraba ese informe colectivo, Semichastny, quien como ya hemos visto era de la partida, elaboró otro informe personal que tenía un tono bastante diferente. En el informe Semichastny había muchas referencias a desórdenes en diferentes lugares de la Unión de los que el informe oficial no decía nada; su tono, por lo tanto, era mucho más realista, es decir, alarmista. Autores rusos que han podido leer ese informe, sin embargo, no pocas veces han bajado el suflé. Han indicado que, en realidad, las cifras que aportaba el autor en el mismo tampoco eran tan graves, sobre todo teniendo en cuenta las grandes dimensiones del país sobre el que versaban los datos. En consecuencia, no pocas veces se ha pensado que este informe es un ejemplo más de típica literatura burocrática soviética, en el que un departamento, en este caso la KGB, pinta las cosas lo más negras que puede, para así justificar nuevas adscripciones presupuestarias a su favor.

Sea como sea, el Presidium del Comité Central aprobó una serie de nuevas medidas que deberían ser aplicadas por Semichastny, como jefe de la KGB; y por Rudenko en su condición de fiscal general. A la KGB se le autorizó una oferta de empleo público de 400 agentes, que se dedicarían a la contrainteligencia en las diferentes repúblicas. El plan de reforzamiento de las capacidades de investigación fue sólo parcialmente explicado a las autoridades regionales y locales; la gran parte del operativo fue conocida sólo por los miembros del Politburo y los altos responsables de la política policial. Entre otras cosas, los dirigentes regionales nunca supieron una palabra del reclutamiento de los nuevos 400 agentes.

Tras haberse puesto en marcha esta movida, Semichastny preparó unas instrucciones secretas para su personal de la KGB. Explicaba en dichas instrucciones el jefe de los policías que había llegado el momento de intensificar la lucha contra “las demostraciones de hostilidad hacia la Unión Soviética”. El tono del informe, por lo demás, estaba lejos de ser catastrófico; era casi encomiástico. Semichastny, al fin y al cabo un aparachik que prácticamente había nacido en un coche oficial, sabía bien que en la URSS se llevaban muy mal los ejercicios católicos tipo “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”. La persona que se avenía a reconocer errores en su operativa, lo único que hacía era hacerse acreedora de un cese fulminante y de un envío de chupatintas en cualquier republiquita de mierda o en alguna esquina ignota de Siberia. Así las cosas, el director del KGB se mostraba muy satisfecho de las mejoras que se habían registrado en la productividad de la KGB desde el famoso congreso de 1956; sobre todo, decía, en la aplicación de “medidas profilácticas”. Consciente de que los discursos autosuficientes tenían el problema de no justificar los cambios, reconocía, eso sí, que algunas oficinas de la KGB se habían relajado demasiado.

La idea que se quería transmitir con verdadero interés era que la disidencia no era algo que se pudiese tomar a chirigota. Los miembros de la policía política no podían olvidar que, en los años inmediatamente anteriores, en la URSS se habían vivido ataques a edificios, destrucción de la propiedad pública, así como incluso ataques a algunos dirigentes. La mayoría de las personas que habían hecho esas cosas eran meros criminales, argumentaba Semichastny; pero no estaban solos, porque no se podía negar la presencia, en esas movidas, de antiguos colaboradores con los alemanes y, sobre todo, de fanáticos religiosos.

Muchos de esos, digamos, profesionales del disturbio, habían terminado en la cárcel. Pero, claro, resulta que ahora, en la URSS, los términos de prisión se cumplían y, cuando se cumplían, pasaban cosas tan raras como que el prisionero salía de la cárcel. La KGB decía haber detectado que muchos de estos activistas que habían salido del maco ahora se desplazaban hacia el sur de la Unión; e, incluso, sospechaba que habían tenido algo que ver con el caos de Novocherkask.

Ante el hecho, para él obvio, de que los opositores cada vez eran más y se organizaban mejor, Semichastny se quejaba de que en la KGB cada vez hubiera más gente complaciente que pasaba de hacer su trabajo. Citaba el caso de que las grandes empresas de fabricación militar tenían sus propias agencias de contrainteligencia; pero que el resto de las grandes industrias, que eran muchas, confiaban en la KGB para ese tipo de vigilancia preventiva. Sin embargo, por lo general ya nadie hacía esa labor, por lo que el país estaba expuesto a que un día algún cabrón sabotease una factoría de gran tamaño. Los agentes no hacían su trabajo y tampoco buscaban soplones de calidad; y el obvio resultado era que la KGB estaba ciega y sorda. En realidad, si hemos de creer a su director, la KGB se había dejado ir de tal manera que ni siquiera la más básica de sus labores, que era el seguimiento de los opositores que salían de la cárcel, se realizaba. En el caso de algunos de ellos, por desconocer, hasta desconocían sus paraderos.

Destilando cierta nostalgia por el estalinismo, que no hemos de reprocharle porque cierto es que todo jefe de policía, aunque no lo diga, preferiría serlo en un régimen estalinista antes que en cualquier otro, Semichastny se quejaba de la falta de colaboración. La KGB ya no controlaba el MVD, y eso hacía que el ministerio hiciese lo que le pareciese. O sea, más o menos el típico "desde que murió Romanones, todo el mundo hace lo que le sale de los cojones", pero en versión soviética. Lo más importante era que no compartían información. La KGB estaba convencida de que el MVD tenía información sobre muchos de los que llamaba “elementos antisociales”; pero esa información no le llegaba.

La experiencia allí donde se habían producido incidentes no movía precisamente al optimismo. Cada vez que se produce un hecho preocupante, para la policía hay dos grandes vías de actuación: la inteligencia, es decir, la captura de información sobre lo que tienen preparado los líderes de los disturbios; y el trabajo sobre el terreno, es decir, la actuación de la presencia policial en las calles. Los informes de la KGB, aparentemente, apuntaban a que, allí donde se habían producido disturbios, estos dos ámbitos habían quedado básicamente desconectados. El resultado más importante fue, obviamente, que las fuerzas sobre el terreno acabaron por encontrarse como pollo sin cabeza sin saber realmente cómo actuar ni contra quién.

Como consecuencia de todo esto, Semichastny concluía que, desde luego, la KGB tenía que seguir siendo eso por lo que todos la conocemos, es decir, la CIA soviética; la red de espías que defendía a la URSS en el mundo; pero que, al mismo tiempo, tenía que centrarse también en la problemática interior.

Como ya os he dicho, resulta un tanto difícil juzgar todo esto. En términos generales, la inmensa mayoría de los analistas que he conseguido leer considera que la URSS nunca estuvo en peligro real de ser tumbada por sus opositores, mucho menos en los años sesenta, que es cuando Semichastny estaba escribiendo sus instrucciones. En este sentido, cabe trazar un paralelismo, muy marcado, entre la URSS y el franquismo. Ambos fueron regímenes que, por razones divergentes, pudieron decir que las posibilidades de sus opositores eran completamente nulas; y, por eso mismo, ambos fueron regímenes que, al fin y a la postre, fueron desmantelados por todos aquéllos que, desde dentro del propio régimen, llegaron a la conclusión de que era lo mejor que se podía hacer. En buena medida, las apelaciones de Semichastny de la KGB en los años sesenta no eran sino argumentos inflados por estas autoridades y por el Politburo breznevita para justificar sus políticas de represión. Leónidas Breznev, ya lo he escrito muchas veces, era un estalinista de libro; en el fondo, le jodía no poder aplicar el estalinismo en toda su extensión. Pero trató de equilibrarlo con un discurso interior muy que viene el lobo, que le permitió mantener toda su estructura represiva bien engrasada.

También se ha destacado, en algunos casos, que las instrucciones de Semichastny, en realidad, estén escondiendo una realidad profunda: la división interna dentro de la KGB. Aquí caminamos entre las sombras, porque los testimonios son muy pocos y la documentación tampoco habla con claridad. Pero lo que sí parece cierto es que en los años sesenta, con la llegada de Shelepin y de Semichastny, que no olvidemos eran productos típicos del Partido (del Komsomol); esta llegada, digo, unida al hecho de que pronto consiguieron el nihil obstat para abordar una muy fuerte ampliación de plantilla que siguió a una reducción anterior, cambió muchas cosas en la casa. Toda una generación anterior de agentes quedó diezmada y cada vez peor valorada; mientras que los despachos se llenaban de jóvenes promesas que no venían del ámbito policial sino, normalmente, de las instituciones puramente políticas del Partido. Es una interesante pregunta especulativa plantearse hasta qué punto el informe Semichastny no será un informe defensivo, diseñado para contrarrestar a aquéllos que, desde fuera pero sobre todo desde dentro de la KGB, estarían repitiendo que aquellos nuevos cachorros comunistas lo estaban haciendo como el culo. El tema tiene su lógica. Quizá presionado por el hecho de la vieja guardia superviviente, que tal vez estaría argumentando que los disturbios eran, en realidad, consecuencia de la mala actuación de la KGB, Semichastny necesitaba una URSS seriamente rodeada de enemigos dispuestos a todo, que serían los responsables de tanto caos. 

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