Igual, o sea distinto
Viaje a la dureza
El descubrimiento de la profilaxis y el problema Solzhenitsyn
Un dato que no tiene nada de aleatorio en toda esta movida es que las nuevas generaciones de la KGB, empezando por Shelepin y Mediochastny, vinieran del Komsomol. En todo partido político, y desde luego en los comunistas, las organizaciones de juventudes son siempre las más monolíticas y, por decirlo de alguna manera, más puramente ideológicas. Cuando Nikita Khruschev le ganó el pulso a Malenkov (y a Beria) y decidió iniciar un mandato como secretario general basado en la denuncia del estalinismo, aquellos comunistas soviéticos que creían en Stalin se refugiaron en las juventudes. En primer lugar, buena parte de los nostálgicos del estalinismo eran los que no lo habían vivido; y si hay que explicarte los porqués de este fenómeno, entonces es obvio que tú tampoco lo viviste. En segundo lugar, el estalinismo planteaba un cursus honorum comunista que era relativamente fácil de seguir, salvo que por el camino te acusaran de saboteador, claro; y muchos miembros de las juventudes no tenían muy claro cuál podría ser el futuro del Partido en manos del Gordo Cabrón. Así las cosas, el Komsomol se convirtió en el primer caldero donde se cocía el discurso conservador, relapso al cambio. Y la infestación de la KGB desde las juventudes no hizo sino extender la mancha.
Semichastny mismo tenía una visión muy estalinista de la
lucha contra la oposición. Para él, opositores no eran sólo los que intentaban
imprimir libelos contra el régimen. Eran también todas las personas que hoy
llamaríamos desfavorecidas; las personas sin trabajo, sin demasiado futuro;
porque esa situación les podía colocar en contra de la revolución.
Apoyándose en esas ideas, en sus informes el director de la
KGB insistía, con argumentos diversos, en la idea madre de que el ambiente
social soviético se había deteriorado de forma muy significativa desde la
llegada de Khruschev. Y terminó por conseguir lo que buscaba: en 1963, se
añadieron seis artículos al Código Penal que, de nuevo, introducían nuevas
formas de crimen contra el Estado, endureciendo las penas.
A partir de ese momento, la lucha contra la disidencia, o si se prefiere los crímenes contra el Estado, se basaba en las siguientes referencias del Código: artículo 64 (huir del país o negarse a volver); artículo 70 (propaganda anti soviética); artículo 72 (grupos organizados anti soviéticos o impulsando acciones contra el Estado); artículo 142 (violación de las normas de separación entre Iglesia y Estado); artículo 190 (componer o circular textos contra el Estado soviético y su sistema social); y artículo 227 (infracción de los derechos de los ciudadanos mediante ceremonias religiosas, como el bautismo).
En realidad, el verdaderamente nefando era el artículo 70.
En un país como la URSS, donde el tema pruebas objetivas como que no lo tenían
demasiado claro, la redacción voluntariamente genérica de la legislación
permitía meter en ese saco casi a quien se quisiera. Según la propia KGB, entre
1957 y 1985, es decir durante los mandatos de Khruschev, Breznev, Andropov y
Chernenko, se realizaron 8.124 juicios por actividades anti soviéticas. Eso es uno
cada día y ocho horas, contando festivos. La inmensa mayoría de estos actos
judiciales se produjeron amparados en los artículos 70 y 190 del Código.
Estas cifras son oficiales; lo cual quiere decir que,
obviamente, tienen truco. En primer lugar, el truco de que son mentira. Están
dejando de sumar cosas que tendrían que sumar. Y el truco de que, en todo caso,
metodológicamente no están teniendo en cuenta todas las situaciones por las que
una persona es privada de su libertad a causa de haber cometido un crimen. En
la URSS, efectivamente, no hacía falta pasar por un tribunal para estar
enjaretado. Otras fuentes han estimado el volumen total de estos actos en unos
13.250, y, ojo, sólo para el periodo 1959-1974.
A todo esto hay que unir el hecho de que la KGB de
Semichastny tenía por costumbre, y con un orgullo mal disimilado en sus
informes, de multiplicar lo que denominaba medidas “profilácticas”.
Semichastny, en efecto, inventó años antes el argumento de Minority report,
y le adjudicó a la KGB la capacidad de adivinar la producción futura de
acciones delictivas, lo que le permitía extender acciones profilaxis que
impedían dicha acción delictiva por el método de cagarle la vida al pobre proto
delincuente. De estas medidas profilácticas sólo entre 1967 y 1974, hubo más de
120.000. Una cada 34 minutos, incluidas madrugadas, domingos y fiestas
de la banderita.
¿Cuál era el fulminante de la actuación profiláctica de la
KGB? Normalmente, se trataba de el conocimiento de que la persona investigada
había tenido contacto con extranjeros (y por contacto con un extranjero valía,
por ejemplo, ser botones de hotel y haber estado medio minuto dentro de la
habitación de un huésped entregando el servicio de habitaciones); o ser
sospechoso de “intenciones traicioneras” o de manifestaciones políticas fuera
de la tesitura. La profilaxis normalmente se realizaba en el centro de trabajo
y adoptaba la forma de una inocente advertencia; pero era una advertencia de la
que normalmente se enteraba todo dios que se tenía que enterar; motivo por el
cual la vida del advertido daba un giro de noventa grados a partir de aquel
día. Por lo demás, si la KGB consideraba que el apelado resultaba ser
reincidente, se le podía remitir a los tribunales. Pero eso sólo ocurrió unas
150 veces en ocho años, y lo magro de la cifra nos deja bien claro el miedo que
la KGB tenía de remitir los casos a jueces y fiscales; lo cual sugiere que era
muy consciente de que sus actuaciones se estaban produciendo en un entorno de
pruebas cero y arbitrariedad infinita.
Cuando Yuri Andropov accedió al mando de la KGB, en la
segunda mitad de los sesenta, heredó el gusto de Semichastny por la profilaxis.
Esto quiere decir que este hombre, que según el mito era un secreto admirador
de occidente y una especie de Gorvachev adelantado (lo cual ya es difícil, pues
ni siquiera Gorvachev fue lo que la gente cree que era Gorvachev), en realidad
fue un hombre que le cogió el gusto a las medidas casi absolutamente basadas en
el albedrío de quien las aplicaba. Andropov, de hecho, hizo de la profilaxis la
estrategia preferida de la KGB, probablemente porque se dio cuenta de que era
el único ámbito que le quedaba a la policía política donde podía actuar sin
correr el riesgo de toparse con un fiscal o un juez que quisiera hacer su
trabajo razonablemente bien.
El 11 de octubre de 1972, Andropov y el fiscal general
Rudenko presentaron un informe al Comité Central sobre el funcionamiento de la
policía política que es, básicamente, un informe sobre la profilaxis. En estas
páginas, Andropov defiende sin ambages la oportunidad y eficiencia de estas
medidas, y se chulea de haber desmantelado, entre 1967 y 1972, nada menos que
3.096 grupos opositores y 13.602 miembros de los mismos. Esto significa que
esas personas no habían sido arrestadas, sino que habían sido convocadas a una
entrevista con un agente de la KGB que les habría “explicado lo erróneo de sus
posiciones”; aunque tampoco hay que ser muy listo para imaginar que hubo alguna
otra cosa que también les explicaban, como lo fácil que es sufrir un accidente
por ejemplo. Andropov hablaba de que los grupos desmantelados lo habían sido en
Moscú, Sverdlovsk, Tula, Vladimir, Omsk, Kazan, Tiumen, Ucrania, Letonia,
Lituania, Bielorrusia, Moldavia y Kazajstán. Es decir: buscaba convencer de que
la URSS se enfrentaba a un peligro organizado, y extendido.
Todo el mundo estaba contento con la profilaxis, porque no
sólo controlaba la eclosión de grupos de oposición, sino que lo hizo reduciendo
el número de arrestos. La KGB, en efecto, había descubierto que, en el fondo,
es más útil acojonar a la gente que acusarla; máxime en un país que parecía
empeñado en multiplicar los derechos de los presos y detenidos.
Entre las medidas profilácticas se encontraban algunas que
llevaban a la privación de libertad de la persona objetivo, dado que, si bien
no se la metía presa, sí se la podía ingresar en un siquiátrico. Hoy tenemos
perfectamente asumido (me refiero a la mayoría, claro) que en la URSS, sobre
todo de Breznev, o deberíamos decir de Breznev-Andropov, se produjo el ingreso
de muchas personas que estaban perfectamente sanas, por la vía de identificar
sus posiciones políticas como delirios paranoides (si quieres leer una historia sobre este asunto, date un paseo por aquí). De hecho, esto del uso de la
siquiatría como una herramienta penal es un asunto que, desde la perestroika,
parece no haber tentado a muchos de los estudiosos rusos, que sin embargo sí se
han ocupado con pasión de los estudios relativos a la evolución del sistema
penal. Se trata pues de una práctica que no se observa con comodidad con ojos
locales, algo que puede estar relacionado con el hecho de que existen algunos
indicios de que el uso de los sanatorios para meter opositores fue una acción
que no siempre contó con el consenso de los altos dignatarios de la Unión. Incluso
durante la vida de la URSS, personas del ámbito académico se destacaron por
protestar contra esas prácticas ante el Comité Central; e incluso esas
protestas consiguieron la liberación de las personas afectadas, como le ocurrió
al genetista Zhores Alesandrovitch Medvedev.
De lo que no cabe duda es de que la KGB de Andropov sometió
a vigilancia muy estrecha a todos los disidentes importantes. Sin embargo, y
esto es algo en lo que también he entrado en unas notas específicas sobre la
figura de Andropov, da la impresión de que, sobre todo con el paso de los años,
don Yuri, probablemente por desarrollar una híper sensibilidad hacia las cosas
que se decían y publicaban en occidente, comenzó a desarrollar una tendencia
clara hacia la matización de las medidas contra los disidentes, tratando de que
las medidas represivas lo fueran menos. Esto se concretó en medidas como los
exilios a lugares más o menos razonables (como Sakharov, que fue exiliado a
Gorky); o la expulsión del país, como en el caso Solzhenitsyn.
En realidad, el caso que marcó a la KGB, y a la URSS, de por
vida, fue el caso Solzhenitsyn. Yo creo que, si hay que definirlo de una
manera, se trata de un caso en el que todos los escenarios que hasta entonces
había manejado la cúpula soviética, relacionados con disidentes interiores,
se vieron superados por la realidad. Los hombres fuertes del comunismo
soviético, a mediados de los años sesenta del siglo pasado, estaban en una
situación relativamente cómoda. Como digo, no manejaban escenarios en los que disidentes
internos fuesen a crecer lo suficiente como para dañarlos (tenían una confianza
inacabable en la profilaxis); y, así las cosas, esperaban que los grandes
ataques que les llegarían vendrían del exterior. Pero, claro, los ataques del
exterior eran difíciles, porque estaban muy pobremente documentados; y, en
segundo lugar, en occidente el Partido Comunista contaba, y cuenta, con un
alegre ejército de gonzalomirós y antoniomaestres que prestan su voz y su
pluma, ellos dicen que porque son sus creencias y no hay por qué no creerles, no tanto para la defensa del sistema soviético, sino para el
descrédito de sus enemigos (y, para muestra, repásese el lector lo que la intelestualidá
europea dijo, y sigue diciendo, de los libros escritos por disidentes
soviéticos como Viktor Andreyevitch Kravchenko). El relativo mantenimiento del prestigio de la URSS casi hasta la llegada de la perestroika no se entiende sin el concurso de estos fellow travellers.
Era, como digo, un sistema que había funcionado bien.
Incluso durante el estalinismo. Mientras haya un Louis Fisher, o un Juan Pablo
Sartre, a disposición para escribir sus memeces, el comunismo soviético sabía
que tenía una agarradera bastante sólida para su supervivencia; con críticas,
sí. Pero, ¿quién coño le cae bien a todo el mundo?
Este esquema cuasi idílico, sin embargo, lo rompió una nueva
generación de opositores, de la que los tres principales elementos fueron: Andrei
Dimitrievitch Sakharov, físico nuclear; el director de la revista literaria Novyi
Mir y poeta, Alexander Trifonovitch Tvardovsky; y el novelista Alexander
Isayevitch Solzhenitsyn.
La URSS, esencialmente, cometió un error que es, de hecho,
el mismo error que cometió la segunda república española. En la II Repu, un
político que verdaderamente se sentía por encima del bien y del mal porque
tenía un concepto encomiástico de sí mismo se fue un día a las Cortes y
declamó: “España ha dejado de ser católica”. Lo hizo defendiendo un artículo de
la nueva Constitución republicana, el 26. En otras palabras: Azaña consideraba
que el perfil religioso de una sociedad se puede cambiar, o eliminar, con la
aprobación de un artículo constitucional. El mismo tipo de error cometió la
URSS, considerando que lanzando una política abiertamente hostil a la religión,
ello provocaría el fin de la religión misma. Este concepto, un tanto naïf y
excesivamente sobrado, estalló en la persona de Alexander Solzhenitsyn.
Solzhenitsyn era una persona de intenso perfil religioso. De hecho, era un
radical tradicionalista; tanto, que sus críticos en Rusia han dicho muchas
veces de él que, para él, la solución de futuro para Rusia era su pasado; ya
que tendía a tener una imagen idílica de la Rusia pre revolucionaria.
Alexander Solzhenitsyn era un hombre muy cercano a la
célebre tríada de conceptos defendidos por el conde Sergei Ugarov en la primera
mitad del siglo XIX: ortodoxia, autocracia y nación.
Sin embargo, que un hombre con un perfil personal como ése
se acabase por convertir en el mayor luchador por la libertad lo dice todo de
la URSS como sistema, y de su nula capacidad de renovación. Solzhenitsyn no era
eso que podríamos denominar un creyente en la democracia. La suya era una
ideología muy impregnada de los pensamientos y planteamientos filosóficos de la
iglesia ortodoxa que, las cosas como son, no es la Iglesia del mundo con la
cintura más flexible; así pues, la suya no era una lucha, como podría ser la de
Sakharov, que buscase el avance de la URSS hacia mecanismos de
representatividad social y libertades públicas. Pero, sin embargo, a causa del
ciego sistema represor soviético, de sus extremadas crueldad y falta de
visión, Archipiélago Gulag, Un día la vida de Ivan Denisovitch y
el resto de las formulaciones literarias del escritor se convirtieron en
grandes manifiestos en favor de la libertad que los ciudadanos de la URSS no
podían disfrutar.
Los defensores de la URSS y, en general, los que despliegan
hacia la misma una calculada tibieza, suelen recordar el dato de que, cuando el
Archipiélago Gulag se hizo famoso en todo el mundo, en la URSS, de haber
sido leído el libro, se habría convertido en una obra anacrónica por superada.
Efectivamente, para cuando Solzhenitsyn hizo que el mundo entero conociese la
existencia del Gulag, el Gulag, desde algunos puntos de vista, algunos de ellos
muy importantes, había dejado de existir. Pero, ¿acaso eso es algo tan
importante? ¿Acaso, entre el dato de que los hechos contados en la novela,
repugnantes e inhumanos, fueron ciertos; y el hecho de que en alguna medida ya
no eran así, debiera haber pesado más el segundo argumento? La decisión de la
Academia Sueca, que tampoco sabemos, y no sé si sabremos, en qué medida estuvo
impulsada desde fuera y por quién; la decisión, digo, de otorgarle a
Solzhenitsyn el Nobel de Literatura, convirtió su testimonio en intemporal. Por
lo demás, el autor sabía muy bien que estaba frotando toneladas de sal en una
gran herida abierta cuando venía a recordar en su libro la gran traición que
había supuesto el Gulag; pues, por definición, si un sistema penitenciario
nació alguna vez para tratar de elevar al hombre descendido a las profundidades
del crimen social, ése es el sistema marxista. Y la obra venía a apuntar el
hecho palmario de que el sistema penitenciario marxista, no es que hubiese
fallado en su objetivo, es que lo había olvidado y se había apuntado, de hecho,
al objetivo contrario; convirtiendo sus cárceles en unos de los lugares más
repugnantes del mundo.
La novela Un día en la vida de Iván Denisovitch fue
publicada en Novyi Mir. Presenta la odisea de un único hombre,
agricultor, que se resiste a quebrarse ante los actos degradantes que sobre él
cometen sus carceleros. La novela, aparentemente, no fue mal recibida por los
lectores soviéticos, por cuanto en la misma el autor, él mismo víctima del
Gulag hasta la desestalinización, se centra más en la descripción de la
capacidad humana de resistencia que en la del sistema represivo que busca
quebrarle el alma. Pero esta realidad cambió claramente en el Archipiélago
Gulag, una novela en la que los hombres dan un paso atrás para hacer que
sea el sistema en sí el verdadero protagonista.
Archipiélago Gulag tuvo muy pocos partidarios en
la URSS. Al sistema, obviamente, no le gustó por lo que representaba de
denuncia de un sistema, al fin y al cabo, soviético. Al público en general
tampoco le gustó, por estar hablando de hechos del pasado (para muchos soviéticos,
hacer una novela en 1974 sobre el Gulag provocaría el tipo de reacción que hoy
tendrían lectores de izquierdas en España hacia una novela sobre la ETA). Y,
por último, a los grupos reformistas del régimen, los que habían impulsado el
final del imperio económico de la NKVD y del Gulag, tampoco les gustó, puesto
que la interpretaron como un obstáculo para sus planes.
Todo esto, sin embargo, dejó de interesar cuando
Solzhenitsyn se convirtió en un escritor internacional. La inquina con que el
comunismo occidental mejor organizado en ese momento: el francés, se lanzó
contra él, fue oro molido para la difusión de su libro y de sus opiniones. Los
comunistas occidentales se lanzaron contra él con saña. Convirtieron la
argumentación de que, en realidad, estaba denunciando una situación que en la
URSS ya no se producía, o no se producía del todo, en la típica acusación de fango
y mentira. Para Solzhenitsyn, aquello fue oro. Luego salió en la televisión
francesa diciendo que el comunismo mundial no había dicho su última palabra;
que se avecinaba un baño de sangre de grandes proporciones; e incluso opinó que
ocurriría en Camboya. Meses después, los hechos le daban la razón.
La URSS no había podido terminar con Solzhenitsyn. Desde el
primer momento en que los escritos de aquel hombre comenzaron a darle
problemas, el Politburo tuvo claro que no podía resolver el tema a la antigua
usanza. Que si, un suponer, el escritor resultaba muerto algún día en un
extraño accidente de tráfico, el remedio acabaría por ser peor que le
enfermedad. Por eso decidieron sacarlo del país, para que por lo menos no
pudiese contaminar la opinión pública interior; y, como ya he comentado, le
encargaron a sus hordas de opinión sincronizada occidental que se cargasen al
personaje.
El caso Solzhenitsyn, sin embargo, dejó un hondo calado en
la URSS y, por mucho que él personalmente fuese un personaje rancio y de ideas
apolilladas, hay que reconocer que a él se deben buena parte de los tímidos
pasos democratizadores que se dieron en el sistema. Sin el escándalo de Archipiélago
Gulag, por ejemplo, no se pueden entender las reformas que acabaron con los
tiempos en los que la KGB daba, por así decirlo, un “servicio integral”,
investigando, interrogando, juzgando, condenando, metiendo en prisión y, en un
momento dado, incluso fusilando, sin intervención de nadie más. De no haberse
sentido los altos dirigentes soviéticos sometidos al escrutinio de la opinión
pública mundial, algo por lo que hicieron mucho más las páginas de Solzhenitsyn
que las visitas de Nixon, eso no habría pasado; porque en aquel monte, todas
las cabras, y no digamos los cabrones, tiraban para el mismo sitio.
Desde marzo de 1953 hasta el año 1991, es decir cuando el
sistema soviético estaba ya fibrilando por mucho Sintron que tomase, un
departamento especial de la Fiscalía General del Estado encomendado de la
vigilancia de la KGB tenía que ser informado de cada caso que abría la
policía política; los fiscales, entonces, abrían un caso paralelo. Las personas
condenadas o sus familias, además, tenían derecho (aunque nunca me olvidaré de
recordaros que era normalmente un derecho formal, no real) a apelar a
los fiscales cualquier decisión anterior. No obstante, como digo, incluso desde
dentro de la URSS fueron frecuentes las protestas por los incumplimientos
continuados y severos de la propia legislación soviética.
En ese estado de control teórico esperaban los máximos
dirigentes soviéticos mantener el sistema en general, y la KGB en particular,
durante los siguientes siglos. El asunto, como sabemos, muy bien no les salió.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario