martes, septiembre 01, 2026

Ensayos soviéticos: la KGB, después de Stalin (y 4): El descubrimiento de la profilaxis y el problema Solzhenitsyn

Raspogonim, razlampasim
Igual, o sea distinto
Viaje a la dureza
El descubrimiento de la profilaxis y el problema Solzhenitsyn 


Un dato que no tiene nada de aleatorio en toda esta movida es que las nuevas generaciones de la KGB, empezando por Shelepin y Mediochastny, vinieran del Komsomol. En todo partido político, y desde luego en los comunistas, las organizaciones de juventudes son siempre las más monolíticas y, por decirlo de alguna manera, más puramente ideológicas. Cuando Nikita Khruschev le ganó el pulso a Malenkov (y a Beria) y decidió iniciar un mandato como secretario general basado en la denuncia del estalinismo, aquellos comunistas soviéticos que creían en Stalin se refugiaron en las juventudes. En primer lugar, buena parte de los nostálgicos del estalinismo eran los que no lo habían vivido; y si hay que explicarte los porqués de este fenómeno, entonces es obvio que tú tampoco lo viviste. En segundo lugar, el estalinismo planteaba un cursus honorum comunista que era relativamente fácil de seguir, salvo que por el camino te acusaran de saboteador, claro; y muchos miembros de las juventudes no tenían muy claro cuál podría ser el futuro del Partido en manos del Gordo Cabrón. Así las cosas, el Komsomol se convirtió en el primer caldero donde se cocía el discurso conservador, relapso al cambio. Y la infestación de la KGB desde las juventudes no hizo sino extender la mancha.

Semichastny mismo tenía una visión muy estalinista de la lucha contra la oposición. Para él, opositores no eran sólo los que intentaban imprimir libelos contra el régimen. Eran también todas las  personas que hoy llamaríamos desfavorecidas; las personas sin trabajo, sin demasiado futuro; porque esa situación les podía colocar en contra de la revolución.

Apoyándose en esas ideas, en sus informes el director de la KGB insistía, con argumentos diversos, en la idea madre de que el ambiente social soviético se había deteriorado de forma muy significativa desde la llegada de Khruschev. Y terminó por conseguir lo que buscaba: en 1963, se añadieron seis artículos al Código Penal que, de nuevo, introducían nuevas formas de crimen contra el Estado, endureciendo las penas.

A partir de ese momento, la lucha contra la disidencia, o si se prefiere los crímenes contra el Estado, se basaba en las siguientes referencias del Código: artículo 64 (huir del país o negarse a volver); artículo 70 (propaganda anti soviética); artículo 72 (grupos organizados anti soviéticos o impulsando acciones contra el Estado); artículo 142 (violación de las normas de separación entre Iglesia y Estado); artículo 190 (componer o circular textos contra el Estado soviético y su sistema social); y artículo 227 (infracción de los derechos de los ciudadanos mediante ceremonias religiosas, como el bautismo).

En realidad, el verdaderamente nefando era el artículo 70. En un país como la URSS, donde el tema pruebas objetivas como que no lo tenían demasiado claro, la redacción voluntariamente genérica de la legislación permitía meter en ese saco casi a quien se quisiera. Según la propia KGB, entre 1957 y 1985, es decir durante los mandatos de Khruschev, Breznev, Andropov y Chernenko, se realizaron 8.124 juicios por actividades anti soviéticas. Eso es uno cada día y ocho horas, contando festivos. La inmensa mayoría de estos actos judiciales se produjeron amparados en los artículos 70 y 190 del Código.

Estas cifras son oficiales; lo cual quiere decir que, obviamente, tienen truco. En primer lugar, el truco de que son mentira. Están dejando de sumar cosas que tendrían que sumar. Y el truco de que, en todo caso, metodológicamente no están teniendo en cuenta todas las situaciones por las que una persona es privada de su libertad a causa de haber cometido un crimen. En la URSS, efectivamente, no hacía falta pasar por un tribunal para estar enjaretado. Otras fuentes han estimado el volumen total de estos actos en unos 13.250, y, ojo, sólo para el periodo 1959-1974.

A todo esto hay que unir el hecho de que la KGB de Semichastny tenía por costumbre, y con un orgullo mal disimilado en sus informes, de multiplicar lo que denominaba medidas “profilácticas”. Semichastny, en efecto, inventó años antes el argumento de Minority report, y le adjudicó a la KGB la capacidad de adivinar la producción futura de acciones delictivas, lo que le permitía extender acciones profilaxis que impedían dicha acción delictiva por el método de cagarle la vida al pobre proto delincuente. De estas medidas profilácticas sólo entre 1967 y 1974, hubo más de 120.000. Una cada 34 minutos, incluidas madrugadas, domingos y fiestas de la banderita.

¿Cuál era el fulminante de la actuación profiláctica de la KGB? Normalmente, se trataba de el conocimiento de que la persona investigada había tenido contacto con extranjeros (y por contacto con un extranjero valía, por ejemplo, ser botones de hotel y haber estado medio minuto dentro de la habitación de un huésped entregando el servicio de habitaciones); o ser sospechoso de “intenciones traicioneras” o de manifestaciones políticas fuera de la tesitura. La profilaxis normalmente se realizaba en el centro de trabajo y adoptaba la forma de una inocente advertencia; pero era una advertencia de la que normalmente se enteraba todo dios que se tenía que enterar; motivo por el cual la vida del advertido daba un giro de noventa grados a partir de aquel día. Por lo demás, si la KGB consideraba que el apelado resultaba ser reincidente, se le podía remitir a los tribunales. Pero eso sólo ocurrió unas 150 veces en ocho años, y lo magro de la cifra nos deja bien claro el miedo que la KGB tenía de remitir los casos a jueces y fiscales; lo cual sugiere que era muy consciente de que sus actuaciones se estaban produciendo en un entorno de pruebas cero y arbitrariedad infinita.

Cuando Yuri Andropov accedió al mando de la KGB, en la segunda mitad de los sesenta, heredó el gusto de Semichastny por la profilaxis. Esto quiere decir que este hombre, que según el mito era un secreto admirador de occidente y una especie de Gorvachev adelantado (lo cual ya es difícil, pues ni siquiera Gorvachev fue lo que la gente cree que era Gorvachev), en realidad fue un hombre que le cogió el gusto a las medidas casi absolutamente basadas en el albedrío de quien las aplicaba. Andropov, de hecho, hizo de la profilaxis la estrategia preferida de la KGB, probablemente porque se dio cuenta de que era el único ámbito que le quedaba a la policía política donde podía actuar sin correr el riesgo de toparse con un fiscal o un juez que quisiera hacer su trabajo razonablemente bien.

El 11 de octubre de 1972, Andropov y el fiscal general Rudenko presentaron un informe al Comité Central sobre el funcionamiento de la policía política que es, básicamente, un informe sobre la profilaxis. En estas páginas, Andropov defiende sin ambages la oportunidad y eficiencia de estas medidas, y se chulea de haber desmantelado, entre 1967 y 1972, nada menos que 3.096 grupos opositores y 13.602 miembros de los mismos. Esto significa que esas personas no habían sido arrestadas, sino que habían sido convocadas a una entrevista con un agente de la KGB que les habría “explicado lo erróneo de sus posiciones”; aunque tampoco hay que ser muy listo para imaginar que hubo alguna otra cosa que también les explicaban, como lo fácil que es sufrir un accidente por ejemplo. Andropov hablaba de que los grupos desmantelados lo habían sido en Moscú, Sverdlovsk, Tula, Vladimir, Omsk, Kazan, Tiumen, Ucrania, Letonia, Lituania, Bielorrusia, Moldavia y Kazajstán. Es decir: buscaba convencer de que la URSS se enfrentaba a un peligro organizado, y extendido.

Todo el mundo estaba contento con la profilaxis, porque no sólo controlaba la eclosión de grupos de oposición, sino que lo hizo reduciendo el número de arrestos. La KGB, en efecto, había descubierto que, en el fondo, es más útil acojonar a la gente que acusarla; máxime en un país que parecía empeñado en multiplicar los derechos de los presos y detenidos.

Entre las medidas profilácticas se encontraban algunas que llevaban a la privación de libertad de la persona objetivo, dado que, si bien no se la metía presa, sí se la podía ingresar en un siquiátrico. Hoy tenemos perfectamente asumido (me refiero a la mayoría, claro) que en la URSS, sobre todo de Breznev, o deberíamos decir de Breznev-Andropov, se produjo el ingreso de muchas personas que estaban perfectamente sanas, por la vía de identificar sus posiciones políticas como delirios paranoides (si quieres leer una historia sobre este asunto, date un paseo por aquí). De hecho, esto del uso de la siquiatría como una herramienta penal es un asunto que, desde la perestroika, parece no haber tentado a muchos de los estudiosos rusos, que sin embargo sí se han ocupado con pasión de los estudios relativos a la evolución del sistema penal. Se trata pues de una práctica que no se observa con comodidad con ojos locales, algo que puede estar relacionado con el hecho de que existen algunos indicios de que el uso de los sanatorios para meter opositores fue una acción que no siempre contó con el consenso de los altos dignatarios de la Unión. Incluso durante la vida de la URSS, personas del ámbito académico se destacaron por protestar contra esas prácticas ante el Comité Central; e incluso esas protestas consiguieron la liberación de las personas afectadas, como le ocurrió al genetista Zhores Alesandrovitch Medvedev.

De lo que no cabe duda es de que la KGB de Andropov sometió a vigilancia muy estrecha a todos los disidentes importantes. Sin embargo, y esto es algo en lo que también he entrado en unas notas específicas sobre la figura de Andropov, da la impresión de que, sobre todo con el paso de los años, don Yuri, probablemente por desarrollar una híper sensibilidad hacia las cosas que se decían y publicaban en occidente, comenzó a desarrollar una tendencia clara hacia la matización de las medidas contra los disidentes, tratando de que las medidas represivas lo fueran menos. Esto se concretó en medidas como los exilios a lugares más o menos razonables (como Sakharov, que fue exiliado a Gorky); o la expulsión del país, como en el caso Solzhenitsyn.

En realidad, el caso que marcó a la KGB, y a la URSS, de por vida, fue el caso Solzhenitsyn. Yo creo que, si hay que definirlo de una manera, se trata de un caso en el que todos los escenarios que hasta entonces había manejado la cúpula soviética, relacionados con disidentes interiores, se vieron superados por la realidad. Los hombres fuertes del comunismo soviético, a mediados de los años sesenta del siglo pasado, estaban en una situación relativamente cómoda. Como digo, no manejaban escenarios en los que disidentes internos fuesen a crecer lo suficiente como para dañarlos (tenían una confianza inacabable en la profilaxis); y, así las cosas, esperaban que los grandes ataques que les llegarían vendrían del exterior. Pero, claro, los ataques del exterior eran difíciles, porque estaban muy pobremente documentados; y, en segundo lugar, en occidente el Partido Comunista contaba, y cuenta, con un alegre ejército de gonzalomirós y antoniomaestres que prestan su voz y su pluma, ellos dicen que porque son sus creencias y no hay por qué no creerles, no tanto para la defensa del sistema soviético, sino para el descrédito de sus enemigos (y, para muestra, repásese el lector lo que la intelestualidá europea dijo, y sigue diciendo, de los libros escritos por disidentes soviéticos como Viktor Andreyevitch Kravchenko). El relativo mantenimiento del prestigio de la URSS casi hasta la llegada de la perestroika no se entiende sin el concurso de estos fellow travellers.

Era, como digo, un sistema que había funcionado bien. Incluso durante el estalinismo. Mientras haya un Louis Fisher, o un Juan Pablo Sartre, a disposición para escribir sus memeces, el comunismo soviético sabía que tenía una agarradera bastante sólida para su supervivencia; con críticas, sí. Pero, ¿quién coño le cae bien a todo el mundo?

Este esquema cuasi idílico, sin embargo, lo rompió una nueva generación de opositores, de la que los tres principales elementos fueron: Andrei Dimitrievitch Sakharov, físico nuclear; el director de la revista literaria Novyi Mir y poeta, Alexander Trifonovitch Tvardovsky; y el novelista Alexander Isayevitch Solzhenitsyn.

La URSS, esencialmente, cometió un error que es, de hecho, el mismo error que cometió la segunda república española. En la II Repu, un político que verdaderamente se sentía por encima del bien y del mal porque tenía un concepto encomiástico de sí mismo se fue un día a las Cortes y declamó: “España ha dejado de ser católica”. Lo hizo defendiendo un artículo de la nueva Constitución republicana, el 26. En otras palabras: Azaña consideraba que el perfil religioso de una sociedad se puede cambiar, o eliminar, con la aprobación de un artículo constitucional. El mismo tipo de error cometió la URSS, considerando que lanzando una política abiertamente hostil a la religión, ello provocaría el fin de la religión misma. Este concepto, un tanto naïf y excesivamente sobrado, estalló en la persona de Alexander Solzhenitsyn. Solzhenitsyn era una persona de intenso perfil religioso. De hecho, era un radical tradicionalista; tanto, que sus críticos en Rusia han dicho muchas veces de él que, para él, la solución de futuro para Rusia era su pasado; ya que tendía a tener una imagen idílica de la Rusia pre revolucionaria.

Alexander Solzhenitsyn era un hombre muy cercano a la célebre tríada de conceptos defendidos por el conde Sergei Ugarov en la primera mitad del siglo XIX: ortodoxia, autocracia y nación.

Sin embargo, que un hombre con un perfil personal como ése se acabase por convertir en el mayor luchador por la libertad lo dice todo de la URSS como sistema, y de su nula capacidad de renovación. Solzhenitsyn no era eso que podríamos denominar un creyente en la democracia. La suya era una ideología muy impregnada de los pensamientos y planteamientos filosóficos de la iglesia ortodoxa que, las cosas como son, no es la Iglesia del mundo con la cintura más flexible; así pues, la suya no era una lucha, como podría ser la de Sakharov, que buscase el avance de la URSS hacia mecanismos de representatividad social y libertades públicas. Pero, sin embargo, a causa del ciego sistema represor soviético, de sus extremadas crueldad y falta de visión, Archipiélago Gulag, Un día la vida de Ivan Denisovitch y el resto de las formulaciones literarias del escritor se convirtieron en grandes manifiestos en favor de la libertad que los ciudadanos de la URSS no podían disfrutar.

Los defensores de la URSS y, en general, los que despliegan hacia la misma una calculada tibieza, suelen recordar el dato de que, cuando el Archipiélago Gulag se hizo famoso en todo el mundo, en la URSS, de haber sido leído el libro, se habría convertido en una obra anacrónica por superada. Efectivamente, para cuando Solzhenitsyn hizo que el mundo entero conociese la existencia del Gulag, el Gulag, desde algunos puntos de vista, algunos de ellos muy importantes, había dejado de existir. Pero, ¿acaso eso es algo tan importante? ¿Acaso, entre el dato de que los hechos contados en la novela, repugnantes e inhumanos, fueron ciertos; y el hecho de que en alguna medida ya no eran así, debiera haber pesado más el segundo argumento? La decisión de la Academia Sueca, que tampoco sabemos, y no sé si sabremos, en qué medida estuvo impulsada desde fuera y por quién; la decisión, digo, de otorgarle a Solzhenitsyn el Nobel de Literatura, convirtió su testimonio en intemporal. Por lo demás, el autor sabía muy bien que estaba frotando toneladas de sal en una gran herida abierta cuando venía a recordar en su libro la gran traición que había supuesto el Gulag; pues, por definición, si un sistema penitenciario nació alguna vez para tratar de elevar al hombre descendido a las profundidades del crimen social, ése es el sistema marxista. Y la obra venía a apuntar el hecho palmario de que el sistema penitenciario marxista, no es que hubiese fallado en su objetivo, es que lo había olvidado y se había apuntado, de hecho, al objetivo contrario; convirtiendo sus cárceles en unos de los lugares más repugnantes del mundo.

La novela Un día en la vida de Iván Denisovitch fue publicada en Novyi Mir. Presenta la odisea de un único hombre, agricultor, que se resiste a quebrarse ante los actos degradantes que sobre él cometen sus carceleros. La novela, aparentemente, no fue mal recibida por los lectores soviéticos, por cuanto en la misma el autor, él mismo víctima del Gulag hasta la desestalinización, se centra más en la descripción de la capacidad humana de resistencia que en la del sistema represivo que busca quebrarle el alma. Pero esta realidad cambió claramente en el Archipiélago Gulag, una novela en la que los hombres dan un paso atrás para hacer que sea el sistema en sí el verdadero protagonista.

Archipiélago Gulag tuvo muy pocos partidarios en la URSS. Al sistema, obviamente, no le gustó por lo que representaba de denuncia de un sistema, al fin y al cabo, soviético. Al público en general tampoco le gustó, por estar hablando de hechos del pasado (para muchos soviéticos, hacer una novela en 1974 sobre el Gulag provocaría el tipo de reacción que hoy tendrían lectores de izquierdas en España hacia una novela sobre la ETA). Y, por último, a los grupos reformistas del régimen, los que habían impulsado el final del imperio económico de la NKVD y del Gulag, tampoco les gustó, puesto que la interpretaron como un obstáculo para sus planes.

Todo esto, sin embargo, dejó de interesar cuando Solzhenitsyn se convirtió en un escritor internacional. La inquina con que el comunismo occidental mejor organizado en ese momento: el francés, se lanzó contra él, fue oro molido para la difusión de su libro y de sus opiniones. Los comunistas occidentales se lanzaron contra él con saña. Convirtieron la argumentación de que, en realidad, estaba denunciando una situación que en la URSS ya no se producía, o no se producía del todo, en la típica acusación de fango y mentira. Para Solzhenitsyn, aquello fue oro. Luego salió en la televisión francesa diciendo que el comunismo mundial no había dicho su última palabra; que se avecinaba un baño de sangre de grandes proporciones; e incluso opinó que ocurriría en Camboya. Meses después, los hechos le daban la razón.

La URSS no había podido terminar con Solzhenitsyn. Desde el primer momento en que los escritos de aquel hombre comenzaron a darle problemas, el Politburo tuvo claro que no podía resolver el tema a la antigua usanza. Que si, un suponer, el escritor resultaba muerto algún día en un extraño accidente de tráfico, el remedio acabaría por ser peor que le enfermedad. Por eso decidieron sacarlo del país, para que por lo menos no pudiese contaminar la opinión pública interior; y, como ya he comentado, le encargaron a sus hordas de opinión sincronizada occidental que se cargasen al personaje.

El caso Solzhenitsyn, sin embargo, dejó un hondo calado en la URSS y, por mucho que él personalmente fuese un personaje rancio y de ideas apolilladas, hay que reconocer que a él se deben buena parte de los tímidos pasos democratizadores que se dieron en el sistema. Sin el escándalo de Archipiélago Gulag, por ejemplo, no se pueden entender las reformas que acabaron con los tiempos en los que la KGB daba, por así decirlo, un “servicio integral”, investigando, interrogando, juzgando, condenando, metiendo en prisión y, en un momento dado, incluso fusilando, sin intervención de nadie más. De no haberse sentido los altos dirigentes soviéticos sometidos al escrutinio de la opinión pública mundial, algo por lo que hicieron mucho más las páginas de Solzhenitsyn que las visitas de Nixon, eso no habría pasado; porque en aquel monte, todas las cabras, y no digamos los cabrones, tiraban para el mismo sitio.

Desde marzo de 1953 hasta el año 1991, es decir cuando el sistema soviético estaba ya fibrilando por mucho Sintron que tomase, un departamento especial de la Fiscalía General del Estado encomendado de la vigilancia de la KGB tenía que ser informado de cada caso que abría la policía política; los fiscales, entonces, abrían un caso paralelo. Las personas condenadas o sus familias, además, tenían derecho (aunque nunca me olvidaré de recordaros que era normalmente un derecho formal, no real) a apelar a los fiscales cualquier decisión anterior. No obstante, como digo, incluso desde dentro de la URSS fueron frecuentes las protestas por los incumplimientos continuados y severos de la propia legislación soviética.

En ese estado de control teórico esperaban los máximos dirigentes soviéticos mantener el sistema en general, y la KGB en particular, durante los siguientes siglos. El asunto, como sabemos, muy bien no les salió.

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