jueves, septiembre 03, 2026

Restauración (1): El huevo Káiser




 


El huevo Káiser
Las veleidades del serranismo
El príncipe se pone burro en Viena
Los Borbones parias
Francia, siempre Francia
La varienta inglesa
Enredados en la sotana
Manifiesto y grito
La reconciliación con el monspensierismo
El convenio de Cannes, y su fracaso
La alternativa carlista
La Gorda como problema
Un imbécil destapa la Gürtel de la reina
Las tribulaciones económicas de la no-Corona
De Salamanca a Cuba
El enigma Serrano
La monarquía española, en riesgo de olvido
La solución, militar, por supuesto


Alboreando la octava década del siglo XIX y más allá, España bien podía decir de sí misma esa frase castellana, que yo escuché tantas veces en mi infancia, que formula: “estoy como Quevedo; ni subo, ni bajo ni estoy quedo”. España era una nación que, literalmente, no era capaz de encontrarse el culo con las dos manos. El experimento llamado I República pronto mostraría sus vergüenzas. Es curioso cómo cierta historiografía española, siempre tan atenta a buscar responsables terceros de las desgracias de las etapas que les gustan; ésa que sostiene que la guerra civil española del siglo XX se explica exclusivamente por la tenuidad de las potencias democráticas y la ayuda recibida por Franco de las potencias fascistas; esa historiografía, digo, casi nunca dice nada de la I República. Esto es así, probablemente, porque en la I República es imposible encontrar más culpable del colapso que ella misma. La idea de la Restauración monárquica y borbónica es una idea que la alta nobleza española nunca abandonó,y por eso practicó una extraña forma de resistencia pasiva al rey Amadeo a base de bailar; pero con eso no se construye un cambio de régimen. El cambio de régimen que llamamos Restauración (sobre el cual escribí una pequeña introducción hace trece años, cuando la verborrea de este blog era más limitada) fue, como la guerra civil y el franquismo, el resultado de una sociedad que terminó harta del cambio. Que terminó, en afamada frase de Estanislao Figueras, “hasta los cojones de todos nosotros”.

La llegada de la Restauración, sin embargo, no fue automática. Fue, si lo queréis ver así, un proceso de pre Transición. Igual que en el franquismo costó mucho cabildeo y mucho mamoneo convencer a Franco de que confiase en el jovencito Juan Carlos, el de la griega, la llegada al trono del desgraciado Alfonso XII, a la postre uno de los reyes más queridos de la Historia reciente de España (o de la Historia de España a secas, si admitimos la tesis de los estechitos según la cual el país no existe nada más que desde la Pepa); la llegada, digo, no fue nada fácil. Aquí pretendo contaros alguna cosa sobre el tema, con especial atención al que yo creo que fue el factor fundamental, que era el factor internacional (por de pronto, podéis calentar motores aquí, aquí, o aquí).

De todos es sabido, y de hecho ya lo hemos contado, que el origen del conflicto más importante del siglo XIX después de las invasiones napoleónicas, es decir la derrota de la orgullosa Francia frente a la potencia prusiana naciente, fue la candidatura de Leopoldo de Hohenzollern-Sigmarinen a la corona de España.

El emperador Napoleón III, casado además con una española que le dictaba buena parte de las ideas que acunaba en su cabeza, nunca entendió ni aceptó la idea de la candidatura de los prusianos para resolver el cada vez más complejo sudoku español. Para París, la llegada de un Hohenzollern al palacio real de Madrid no suponía otra cosa que situar al enemigo en el patio de atrás de Francia. Una España emitiendo a la frecuencia de los alemanes tendría la primera consecuencia de que cualquier ambición francesa a las orillas del Rin debería quedar abandonada. En Berlín se argumentaba que eso no era así, pero con debilidad. Bismarck siempre defendió la idea de que el príncipe Hohenzollern era medio bonapartista (pues una de sus abuelas era una Murat). Pero aquello, la verdad, no se lo creía nadie. Bismarck, de hecho, identificando a Murat con el bonapartismo, demostraba no conocer demasiado a Murat. 

A todo esto no ayudaba el hecho, que por otra parte es bastante más que normal, de que las negociaciones habían sido muy secretas. En realidad, se puede decir que sólo hubo tres personas que estuviesen puntualmente informadas de cada avance o retroceso: el general Juan Prim; Práxedes Mateo Sagasta; y Eusebio de Salazar y Mazarredo, que fue el hombre seleccionado por Prim para hacer de mandadero. El embajador español en Berlín, Juan Antonio Rascón; y el de París, Salustiano de Olózaga, fueron informados, pero con cuentagotas. Se enteraron de aquella Historia más o menos lo que se entera Marlaska de lo que pasa en la frontera.

La principal decisión de Madrid fue mantener a París completamente fuera de todo. Esto fue una desgracia desde el momento en que el tema fue publicado por algunos periódicos y pasó, por lo tanto, al conocimiento público. Napoleón se sintió agraviado y engañado; Olózaga comenzó a hacer viajes casi constantes a las Tullerías de los cojones para explicarle a Napoleón que el general Prim siempre había contado, desde el inicio, con que la operación debería recabar la aprobación francesa. Pero, dos cosas. La primera, a los franceses no les vale nunca con una solución que ellos aprueben; lo único que les vale es una solución plenamente francesa. Y, dos, los franceses nunca le creyeron, entre otras cosas porque uno siempre tiende a pensar que los demás son tan cabrones como uno mismo; y eso: callarse y engañar, es lo que los franceses habrían hecho, sin duda, de estar en la piel del general tarraconense. Napoleón acusando a Olózaga de no estar siendo totalmente sincero es como un italiano acusándote de biscotto.

Todo el mundo en Francia, no sólo el emperador, concluyó, por lo tanto, que Madrid y Berlín estaban labrando un biscotto anti francés. Esta convicción acabó por ir más allá de la propia candidatura; y es por eso que la retirada de la misma no paró la guerra, como no la paró el hecho más que evidente de que los franceses tenían todas las boletas para perderla.

Más allá de los siempre exagerados terrenos del orgullo, lo cierto es que Napoleón tenía en este asunto, como dicen muchos vascos, el rabo de paja. El problema no era tanto que estuviese en contra de la solución prusiana, sino que no tenía alternativa. La suya era la posición del perro del hortelano: no le gustaba Hohenzollern; no le gustaba Fernando de Coburgo; no le gustaba la República. En el fondo, lo que le gustaba era lo que habían pretendido, ciento y pico de años antes, los Borbones: comerse España, y a tomar por culo ya. No toda la culpa es suya. La deriva semi-democrática del Imperio, que puso al frente del gobierno a Ollivier, hizo que, en realidad, la clase política francesa le pasara al empe por la derecha. Émile Ollivier, en buena medida un hombre sin partido si lo queremos decir al modo moderno, nombró ministro de Exteriores a Agénor de Gramont décimo duque de Gramont. El actual duque de Gramont, Antoine o mejor deberíamos decir Toñito, no tiene ni 30 años, así pues resulta difícil saber de qué palo va. Pero su tatara tatara abuelo sí que sabemos de qué iba. El duque de Gramont era un belicista de la hueva. Uno de esos tipos que viven convencidos de que cada vez que un ejército francés pisa un campo de batalla, allí se caga la perra. El tipo de personas a las que Guderian arreó un zasca monumental. Gramont quería la guerra porque, como buen francés gilipollas, estaba convencido de que la ganaría por la gracia de Dieu.

En un proceso que ya os he contado, el embajador francés en Berlín, Vincent Benedetti, una vez instruido por Gramont, se hizo el encontradizo con el káiser en el parque de Ems. Al parecer, la entrevista empezó bien, pues Benedetti sugirió del rey alemán una declaración pública de que la casa real alemana no trataría de tomar la corona española. Sin embargo, como el káiser le dijera que una cosa era la renuncia de Sigmarinen y otra muy distinta una declaración pública tan humillante, Benedetti, que tenía el nihil obstat de su jefe Gramont para mostrarse sin ambages como un puto francés, parece que le comenzó a hablar al káiser un poco como un aristócrata le hablaría a un tonelero; y el rey lo mandó a la mierda. Lo que siguió fue una especie de recogida de hilo por parte de Francia, pero siempre matizada porque la grandeur es la grandeur; lo que le permitió a Bismarck realizar la filtración a la Prensa humillante para la Francia que ya conté en el enlace referido. Tras dicha filtración, los franceses montaron en cólera. El embajador en Madrid, Edouard Henri Mercier de Lostende, barón de Mercier de Lostende, de hecho tomó la calesa al palacio real, donde expresó dicha indignación en los términos más franceses que encontró.

Para la discusión histórica siempre quedará la pregunta, que es una de las muchas que se plantean sobre este personaje, de qué era lo que quería Prim. Mi idea particular es que esa solución perfecta de la que hablaba el general, y que se llevó a la tumba, no tenía que ver con Prusia ni con Francia, y por supuesto tampoco con la solución amadeísta. La idea de Prim era básicamente Portugal.

La clase política que surgió de la Gloriosa del 68, geminada en progresistas y demócratas, quería a Fernando de Coburgo, que era el padre del rey Luis I y había estado casado con la reina María II. El proyecto venía de antiguo. Dos años antes de la revolución, Salustiano Olózaga estuvo en negociaciones con Fernando O'Lawlor y el marqués de Ahumada, Francisco Javier Girón y Aragón, ambos mandaderos del general O'Donell, el único político español que da decimal, para tratar de impulsar una sustitución de Isabel II por Fernando de Coburgo; según parece, querían un rey de España “que comiese garbanzos”, que es una forma de expresar hasta qué punto Isabelinchi se había alienado de sus súbditos o ciudadanos. No fue sino el fracaso de la vía portuguesa lo que avivó la candidatura italiana, bien del duque de Aosta o el de Génova, es decir, hijos del rey Víctor Manuel. Cuando éstos también dijeron que no, Prim, que se estaba quedando literalmente sin pista, y por ello muy presionado por las circunstancias, tuvo, ante el hecho de que Francia, como os he dicho, era un poco perro del hortelano, que pensar en la casa real prusiana.

Hay que profundizar un poco en las sutilezas del tupido entramado de matrimonios y alianzas dinásticas para entender algo que no se dice muy a menudo, y es que la candidatura Hohenzollern-Sigmarinen tenía ciertos compases de fado. La mujer de Leopoldo de Hohenzollern era María Antonia de Braganza-Coburgo, normalmente conocida como la infanta Antonia de Portugal; es, pues, como si hablásemos de, un suponer, un miembro de la casa real danesa que estuviese casado con la urdangarina. Asimismo, la hermana de Leopoldo, Estefanía, estaba casada con quien, con los años, sería el rey Pedro V de Portugal. Por último, Luis I, el mayor de los hijos de Fernando de Coburgo, estaba también emparentado con las casas centroeuropeas al haberse casado con María Pía de Saboya (que lo mismo se casó con ella porque la pareció prometedora la rima de su apellido).

Yo creo que Prim pensaba que el futuro de España estaba en la unión ibérica. Al general le parecía extraordinariamente atractiva la fusión con un país que tradicionalmente había mantenido una especial sintonía con Inglaterra. Es muy posible que Prim estuviese pensando en dar un giro histórico en el perfil diplomático de España, buscando con ello lo que ya había tenido durante la invasión napoleónica: el (siempre cuestionable) apoyo inglés. El artista y correveidile español Sinibaldo de Mas, uno de los pioneros de la fotografía en nuestro país y probablemente el más cerrado defensor de la idea de la unión ibérica, fue uno de los grandes avales de la candidatura de Hohenzollern. De hecho, existen indicios de que en España el pan iberismo sobrevivió a Prim, tomándose pues el reinado de Amadeo de Saboya como lo que fue, es decir, un paréntesis bastante chusco.

Mientras España, tras la marcha de Amadeo, se embarcaba en ese experimento de Quimi Cefa político que conocemos como I República, y que habría de terminar en reacción exógena, en Europa las cosas tampoco estaban claras. Otto Eduard Leopold von Bismarck-Schönhausen, príncipe de Bismarck y duque de Lauenburgo, es decir, Otto Fürst von Bismarck, Graf von Bismarck-Schönhausen, Herzog zu Lauenburg, estaba personalmente convencido de que Francia volvería a declararle la guerra a Prusia. Sabía bien que París no acepta fácilmente paces perdedoras; y, de hecho, consideraba que 1874, que era el momento estipulado en la paz tras Sedán para que Francia le abonase a Prusia un fuerte plazo de las reparaciones de guerra, sería utilizado como la excusa para regresar a las hostias.

Para cauterizar esta herida antes de que comenzase a supurar es por lo que Berlín maquinó lo que normalmente se conoce como la triple entente o sistema de los tres emperadores. Bismarck realizó una serie de inteligentes contactos con el zar Alejandro II de Rusia y con Paco Pepe el austríaco para aislar a Francia. La triple entente se consolidó en dos pactos simultáneos. El 6 de mayo de 1873, prusianos y rusos firman un pacto; mientras que el 6 de junio Francisco José y Alejandro firmaron un pacto personal, al que se adhirió tres meses después Guillermo I.

Estos pactos se alcanzaron en apenas dos años. Bismarck estaba muy pendiente de los avances del legitimismo en Francia, que le hacían temer que el país se embarcase en un belicismo macroniano. Asimismo, los alemanes querían trufar Centroeuropa de estabilidad diplomática y militar ante el miedo que les provocaba la declaración de la república en España y, sobre todo, su deriva. En realidad, que en España las cosas evolucionasen tan mal no les preocupaba mucho. Pero como sabían que la otra gran pulsión francesa, junto con el legitimismo, era la revolución, se planteaban qué podría pasar si algún día esos ecos revolucionarios tomaban el país vecino. Bueno, no se lo preguntaban mucho, ya que la Historia de los principios de aquel siglo ya les daba la respuesta.

Bismarck no sólo tenía repulsión hacia la República española; sino que estaba especialmente interesado en demostrarla. La gran oportunidad le llegó el día en que una fragata alemana, la Friecich Karl, apresó a un barco español, el Vigilante, que habían embargado los cantonales cartageneros (este episodio lo trato también aquí). Los que hayáis leído las notas cartageneras sabréis que el gobierno de Madrid declaró todos los barcos con bandera roja (bandera del cantón) como piratas y, por lo tanto, autorizó su apresamiento. Bismarck ordenó a las publicaciones oficiales alemanas dejar bien claro que aquel gesto no suponía apoyo alguno de dicho gobierno al de Madrid, es decir, a la República.

Los alemanes trataron de blindar el status quo europeo mediante la triple entente; pero, en otro movimiento colateral, también decidieron resucitar la candidatura Hohenzollern para el trono de España. Guillermo Morphy y Férriz de Guzmán, conde de Morphy, uno de los hombres importantes del entorno de Alfonso de Borbón (fue su gentilhombre de cámara y, más tarde, su preceptor) estimaba por entonces, ya con cierta clarividencia, que la República acabaría colapsando y que, por otra parte, el carlismo carecía ya de fuerza para imponerse en toda España. Sin embargo, consideraba que la tormenta perfecta que podía hacer de Alfonso un paria eterno entre las casas nobles europeas era que la República se empeñase en tardar en caer, provocando un proceso del tipo de la Comuna de París y generando, con ello, la legitimidad de una actuación alemana en pro de la estabilidad europea; acción que, en lugar de colocar al Borbón en el trono, colocaría a un Hohenzollern. El fondo de la cuestión seguía siendo el mismo: un rey español alemán casado con una Braganza. La semilla de la unión ibérica.

Ésta fue, siempre, la sorpresa del huevo Kinder. Bueno: del huevo Káiser.

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