viernes, abril 24, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (27): Dawes el salvador

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Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over


La noche del golpe, Hitler no sabía literalmente qué hacer ni por dónde tirar. Era bastante evidente que no había contado con encontrarse al gobierno derechista bávaro en contra y, sobre todo, la tenuidad de Ludendorff le decepcionó muy profundamente. A partir de ese momento, las cosas como son, Adolf Hitler dejó de pensar en el ejército alemán como un aliado incondicional de su movimiento, y comenzó a desarrollar una desconfianza permanente hacia el alto mando militar germano que permanecería ahí hasta su muerte.

Finalmente, y ante la falta de alternativas, aceptó colocarse al frente de una marcha bastante modesta, unas 2.000 personas, que atravesaría Munich en la mañana. De alguna manera, consiguió que Ludendorff lo acompañase. La idea era llegar hasta el Ministerio de la Guerra y tomarlo bajo control; pero en el centro de la ciudad, concretamente en la Residenzstrasse, la marcha se encontró con un fuerte dispositivo de la policía bávara, al mando de Michael von Godin. Hubo dos minutos de tiroteo que generaron 16 muertos entre los manifestantes y 4 entre los policías.

Hitler iba del brazo de Von Sheubner-Richter, quien resultó mortalmente herido por una bala. En su caída, arrastró al líder del NSDAP, que se dislocó un hombro. Un médico lo cogió, lo metió en un coche y lo sacó del teatro del enfrentamiento, algo que fue bastante criticado en su momento. Hitler se justificó diciendo que había aceptado marcharse porque creía que Ludendorff había muerto.

Poco tiempo después, un Hitler en huida se presentó en el domicilio de un rico amigo suyo, Ernst, normalmente conocido como Putzi, Hanfsaengl. En ese momento, coqueteaba con la idea de suicidarse o huir a Austria (que, las cosas como son, vienen a ser opciones casi equiparables). Por la razón que fuese, sin embargo, no se movió, puesto que fue arrestado el 11 de noviembre. Teniendo en cuenta el perfil ideológico del gobierno bávaro, no descarto en modo alguno que el líder nacionalsocialista recibiese mensajes más o menos clandestinos convenciéndole de quedarse quieto, con el argumento de que, aunque su detención, juicio y condena eran ya cosas hechas, debía valorar el hecho de que la probabilidad era muy alta de que fuesen lo suficientemente tenues como para permitirle continuar su vida política.

Hitler fue trasladado a la fortaleza de Lansberg, a unos 40 kilómetros de Munich, donde acabaría por cumplir su condena y escribir su obra Mein Kampf. Por cierto, que los doctores que lo reconocieron al entrar en la prisión diagnosticaron que tenía criptorquidia, es decir, que el huevo derecho no le bajaba.

En Berlín, lo que más preocupó y cabreó a partes iguales fue que Ludendorff hubiese coqueteado, y quién sabe si participado, en el golpe. Lo de Hitler lo daban por descontado. Stresemann y su gobierno conocían bien al personaje, conocían de sobra la pasión con la que defendía la necesidad de repetir la experiencia mussoliniana en Alemania; pero, por decirlo así, lo que no esperaban era que una vaca sagrada del ejército alemán hubiese podido pensar en unirse a la locura bávara.

A todo ello hay que unir, como ya he apuntado, que en Renania estaban comenzando a florecer los partidos y los movimientos separatistas; grupos de personas que hacían actividades culturales y políticas para las que siempre parecían tener financiación sobrada. El hombre que se erigió en gran portavoz del separatismo renano fue Hans Dorten, un próspero empresario que creó la Unión Popular Renana, que reclamaba un esquema de autonomía para la región, aunque eran muchos los que sospechaban que su objetivo final era la independencia. Algunos independentistas incluso no se cortaban en defender la integración de Renania en Francia. El 21 de octubre, un grupo de separatistas liderado por Leo Deckers tomó el ayuntamiento de Aquisgrán, y proclamaron una república renana.

En todo momento, estos rebeldes recibieron armas del otro lado de la frontera. Esta transferencia de recursos bélicos fue especialmente intensa en Renania-Palatinado, donde la presencia militar francesa estaba al mando del general Georges de Metz. El 24 de octubre, el propio De Metz presionó al parlamento regional para que proclamase la independencia. El 26 de octubre, el Alto Comisario francés para la zona, Paul Tirard, anunció que los separatistas habían llegado a controlar Coblenza, pero que las tropas francesas la habían recapturado. El 14 de noviembre estalló otra revuelta separatista, esta vez en Aegidienberg; ésta tomó los perfiles de una pequeña guerra civil, ya que a los grupos de separatistas se enfrentaron otros de patriotas alemanes. En los enfrentamientos que se produjeron hubo 120 muertos. Los franceses se vieron obligados a emplazar en la zona a un fuerte destacamento de soldados marroquíes.

En términos generales, las revueltas separatistas renanas se encontraron frente a una mayoría de compatriotas que consideraban que toda aquella Agenda 2030 era un puto invento de los franceses y, en consecuencia, les pusieron la proa. De hecho, el movimiento fue tan fuerte que hasta los franceses fueron capaces de verlo y comprenderlo. Así las cosas, a partir de mediados de noviembre, París cambió de táctica. Se dio cuenta que ir por la vida de reivindicación de la alternativa KAS y la Renania Herria era una ful; que era mucho mejor jugar la baza del PNV y exigir un Estado federado con amplias competencias. De esta manera, pensaban los franceses como piensan los del PNV, podremos seguir mangoneando las riquezas de la región mientras los pringaos de Berlín pagan las pensiones.

El 28 de noviembre, Joseph Matthes, el líder de la Liga Independentista Renana, anunció que el movimiento separatista renano podía considerarse disuelto; automáticamente huyó de Alemania, exiliándose, cómo no, en Francia. Cuando el país cayó en manos de Alemania, Matthes, que trabajaba de periodista en París, fue deportado a su país de origen. Moriría en el campo de concentración de Dachau.

Al día siguiente de la declaración de Matthes, las tropas belgas emplazadas en Duisburgo desarmaron a las unidades independentistas.

El 13 de noviembre de 1923, el gobierno francés y el belga llegaron sorpresivamente al acuerdo de nombrar un comité internacional de expertos financieros que investigase la capacidad de pago alemana. El movimiento no fue casualidad y fue provocado, en realidad, por Estados Unidos. Del otro lado del Atlántico, efectivamente, llegaron noticias de que el gobierno de la Casa Blanca estaba dispuesto a promover la constitución de préstamos internacionales en favor de Alemania. Esto abrió la posibilidad de que el país comenzase a rendir efectivamente los pagos que hasta ese momento había fallado, lo que lógicamente despertó el interés de los franceses.

El 30 de noviembre, la Comisión Interaliada de Reparaciones acordó la formación de dos comités distintos. El primero, y más importante, tenía como función valorar la capacidad de Alemania de atender los pagos de las reparaciones. Era un comité de diez expertos al frente de los cuales se situó un respetado banquero estadounidense: Charles Dawes, que presidía la Central Trust Company. Dawes tenía como principal asesor a otro hombre de negocios estadounidense, Owen Young.

El Comité Dawes, como fue conocido, tenía dos representantes por aliado. Estaban los británicos Sir Robert Kindersley y Sir Josiah Stamp; por Francia, Jean Parmentier y Edgar Allix; por Bélgica, Maurice Houtart y Émile Franqui; y, por Italia, Alberto Pirelli y Federico Flora.

El segundo comité era más pequeño, sólo cinco expertos, y su función era estudiar la forma de equilibrar el presupuesto alemán y recuperar la confianza en el marco. Su presidente era el financiero estadounidense Henry Robinson, que presidía el First National Bank de Los Ángeles, y estaba formado por Reginald McKenna (R. Unido), Laurent Attalin (Francia), Albert Janssen (Bélgica) y Mario Alberti por Italia.

Alemania recibió la creación de estos dos comités con una nueva crisis de gobierno, ya que el segundo gobierno Stresemann cayó el 23 de noviembre. El canciller había introducido una moción de confianza en el Reichstag y, huero del apoyo socialdemócrata, la perdió. Ebert solicitó de Stresemann que siguiese en la oficina mientras trataba de pensar cómo coño labrar un nuevo gobierno.

Ebert tuvo que multiplicar las iteraciones. Lo primero que hizo Ebert fue consultar con el SPD si formaría parte de una nueva gran coalición, y en qué condiciones. Pero los socialdemócratas, que habían salido muy escaldados de lo de Sajonia y Turingia, le contestaron al presidente que tenían mucha plancha. En el otro punto de la tesitura, el DNVP dijo que sólo entraría en un gobierno si tenía un perfil marcadamente derechista. Finalmente, Ebert decidió encargarle al líder de Zentrum, el católico Wilhelm Marx, la formación de un nuevo equipo colorao.

Marx se convirtió el canciller alemán el 30 de noviembre, al frente, una vez más de un gobierno que nacía en minoría; es decir, un gobierno que dependía, única y exclusivamente, de que los socialdemócratas no le votasen en contra. En ese momento nada lo hacía presagiar; pero lo cierto es que Marx acabaría por convertirse en el canciller que más tiempo estuvo en el cargo (en varias trancas) en todo Weimar. Es, por lo tanto, el hombre que probablemente personifica mejor la república de Weimar; y el hecho de que muchas personas dizque expertas no lo conozcan ya te lo dice todo de lo que saben de la república de Weimar.

El primer gabinete Marx no podía inventar la rueda, así pues se apoyó en la exigua minoría de tres partidos que venía gobernando con Stresemann. El DVP puso dos miembros. El primero fue Stresemann, a quien Marx convenció para que permaneciese como ministro de Exteriores; y el segundo Karl Jarres, que además de ministro del Interior fue vicecanciller. Zentrum tenía tres miembros: el propio Marx, el eterno Heinrich Brauns en Trabajo y Johannes Fuchs, ministro de los Territorios Ocupados. El DDP, por último tenía tres miembros: Otto Gessler (Defensa), Rudolf Oeser (Transporte) y Eduard Hamm (Asuntos Económicos). Ministro de Justicia fue Erich Emminger, miembro del BVP. Hans Luther, independiente, pasó de ministro de Alimentación y Agricultura a ministro de Finanzas. Y, finalmente, otro independiente: Gerhard von Kranitz, tomó el ministerio vacante de Alimentación y Agricultura.

Lo primero que hizo Marx, en su discurso de investidura el 4 de diciembre, fue abogar por la restauración de la ley de poderes especiales de la que se había beneficiado Stresemann. Marx quiso demostrar claramente que estaba dispuesto a utilizar lo comprometido de la situación, e incluso su situación de minoría, en su beneficio. Así, en su discurso, y a pesar de saberse un canciller que le debía su permanencia en el puesto a la anuencia de la izquierda, dejó muy claro que era totalmente renuente a profundizar en los derechos de los trabajadores. Esa afirmación colocó en una situación desabrida al líder socialdemócrata Philipp Sheidemann, que tenía que tomar posición al día siguiente. Cuando habló, el portavoz del SPD vino a decir que las diferencias ideológicas de su partido con el canciller eran profundísimas, pero que compartían en objetivo de disciplinar la economía alemana. Vino a reconocer, pues, que había un bien mayor que se debía conservar. El día 8 de diciembre, una nueva ley de poderes especiales fue aprobada con 313 votos a favor y 18 en contra. Evidentemente, un resultado de ese tipo habría sido imposible de no haber apoyado la votación los socialdemócratas.

Pasadas las fiestas, el 15 de enero, Charles Dawes estaba en París y, algunos días después, tanto él como su conjunto polifónico se trasladaron a Berlín. El financiero estadounidense quedó totalmente impresionado por los alemanes. Lo estaban esperando con un cerro de carpetas llenas de documentación; y a cada pregunta que hacía le contestaban con prontitud, exhibiendo gráficos y documentos precisos sobre cada tema.

La primera conclusión a la que llegó Dawes fue que el gobierno alemán tenía un margen de incremento de impuestos de unos 4.000 millones de marcos. Asimismo, consideró que gestionando mejor la red ferroviaria alemana se podían aflorar 2.500 millones más al año. Esto sería posible mediante la transferencia de la red pública a un consorcio privado controlado por los acreedores aliados. Esta corporación emitiría bonos por valor de 11.000 millones apalancados en un colateral formado por una hipoteca sobre los activos de la red ferroviaria. Dawes consideraba que las industrias alemanas podían securitizar deuda por valor de unos 5.000 millones de marcos más. Otra conclusión a la que llegó el financiero estadounidense era que la ocupación del Ruhr debía terminar inmediatamente, porque cualquier plan de recuperación económica alemana exigiría, para funcionar, una total soberanía sobre el sistema productivo. 

Como os será fácil adivinar, el gobierno alemán se mostró más que encantado con estas conclusiones preliminares.

El 10 de febrero, el Comité Dawes le presentó sus primeras conclusiones a Raymond Poincaré, en París. El primer ministro francés le vio dos problemas a lo que le estaban contando: no estaba de acuerdo con la idea de que la estructura ferroviaria en Renania debería regresar inmediatamente al control alemán; y, por supuesto, no estaba en condiciones de asegurar que la ocupación franco-belga del Ruhr fuese a terminar. Poincaré, pues, no decepcionó. Pero los mejor informados sabían que eso podía ser farfolla. Francia estaba a las puertas de unas nuevas elecciones en las que Poincaré habría de enfrentarse a Eduard Herriot, el líder radical socialista, que estaba a favor de una salida del Ruhr. Las presiones sobre el primer ministro eran muchas en el sentido de flexibilizar su posición.

El 22 de enero, además, había llegado a Downing Street Ramsay MacDonald, quien había querido, además, conservar el ministerio de Exteriores en sus manos. MacDonald enseguida dejó claro que simpatizaba con los análisis de Dawes, dándole todavía más oxígeno al gobierno alemán.

A Alemania las cosas le empezaban a ir bien. Pero a Hitler le iban muy mal. Estaba a las puertas de ser juzgado, y tenía una enorme sensación de fracaso. En esas horas, le confesó a Alois Maria, el sicólogo de Landsberg: “He tenido suficiente. No puedo más. Si tuviese un revólver, me dispararía”.

Efectivamente: en el momento más bajo de la vida de Adolf Hitler, cuando sentía que había fracasado, Alemania comenzaba a ver la luz al final del túnel; estaba superando a la híper inflación; la opinión pública internacional cada vez era más contraria a la ocupación del Ruhr; había conseguido captar el interés de los prestamistas internacionales; y todo ello abría la posibilidad de lograr un arreglo en el tema de las reparaciones sin descojonar la economía ni empobrecer a los alemanes.

Es por esto que ir por ahí diciendo que el tratado de Versalles trajo a Adolf Hitler es algo que, sin dejar de ser verdad, en realidad es mentira.

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