Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over
El día 21 de octubre se produjo en Sajonia la situación que se produciría apenas unos años después en la localidad aragonesa de Jaca. Heinrich Brandler, el líder del KPD, decidió que, tras los últimos movimientos del gobierno de Berlín, lo mejor era dejar la revolución para otro día. Sin embargo, esta decisión no llegó a ser comunicada a un grupo de comunistas de Hamburgo que seguían al dirigente Ernst Thälman. El 23 de octubre, Thälman se convirtió, pues, en el capitán Galán de la Historia de Alemania, pues comenzó una revolución en la ciudad hanseática, convencido de que al mismo tiempo estaba ocurriendo lo mismo en otros puntos del país. Evidentemente, las fuerzas de represión no tuvieron que distribuirse, sino que se centraron en Hamburgo; en apenas un día habían dejado 21 revolucionarios, 17 policías y 61 civiles tumbados en la morgue. Pero la revolución había sido sofocada.
El 27 de octubre, el gobierno
decidió ir más lejos. Un fuerte contingente militar, puesto al mando del
general Müller, se dirigió a Sajonia para deponer al gobierno del land. Muchos
historiadores han destacado, y siguen destacando, que el gobierno de Sajonia
era “perfectamente legal”. Algo que yo no les discuto, aunque personalmente
dudo de que fuese moralmente legal, puesto que se había puesto a favor de la
revolución contra el gobierno legítimo y “perfectamente legal” de Berlín con
bastante más que las palabras.
Los miembros del ejecutivo sajón
ni siquiera se plantearon contestar a la enorme demostración de fuerza que
tenían delante. El día 30 de octubre, Zeigner dimitió como primer ministro; al
día siguiente, se nombró un gobierno compuesto exclusivamente por socialdemócratas;
lo cual es una buena demostración de cómo este partido, tras la fusión con el
USPD, iba a pelo y a pluma sin problema. Eso sí: los poderes del primer
ministro, Alfred Fellisch, estaban seriamente constreñidos por un nuevo
Comisario del Reich, que era miembro del DVP (Rudolf Heinz).
En Turingia la movida fue menos
problemática para Berlín. El ejército echó a todos los comunistas del gobierno
local con todavía menos resistencia. El gobierno, por otra parte, mató dos
pájaros de un tiro. Sofocó la rebelión socialcomunista; pero, al tiempo, al
ocupar dos territorios de la Alemania central con sus fuerzas armadas, puso
mucho más difícil la marcha sobre Berlín con la que soñaba Adolf Hitler. De
hecho, en mi opinión fue la imposibilidad de repetir la jugada de Mussolini la
que llevó al austríaco a concluir que tenía que dar un putsch.
El único problemilla que tenían
las órdenes de Stresemann es que eran inconstitucionales. En ningún punto de la
Carta Magna de Weimar, ni siquiera en el flexible artículo 48, dice que el
primer ministro de Berlín pueda deponer de esa manera gobiernos regionales, ni
ocupar militarmente las regiones. Los dos gobiernos depuestos lo eran por razón
de sólidas mayorías en sus cámaras regionales.
Evidentemente, quien quedó más
sonado con todo aquello fue el SPD. Es evidente que los socialdemócratas tenían
sus propios problemas con lo que estaba pasando; ahora se daban cuenta de que
su fusión con el USPD había sido un movimiento poco meditado, en el que había
faltado un análisis a fondo de las consecuencias que tendría eso que llamamos
la unidad de la izquierda. Pero, además, había otro factor, en el que tenían
toda la razón. Stresemann se había mostrado extremadamente duro con unos
gobiernos, el sajón y el turingio, que habían tenido la idea de incluir a
comunistas en su seno; pero permanecía sin hacer gran cosa respecto del avance
de las cosas en Baviera, donde se había producido un gravísimo golpe a la
democracia con el nombramiento de Kahr como plenipotenciario. Así las cosas,
los socialdemócratas comenzaron a exigir en el Reichstag que Berlín actuase
contra Baviera como había hecho con Turingia y Sajonia. Stresemann, sin
embargo, sabía, como lo sabía Von Seeckt, que el ejército de Lego que había quedado
como resultado de los acuerdos de Versalles no tenía medios para abordar esa
operación.
En consecuencia, el 2 de noviembre
Robert Schmidt, Wilhelm Sollmann y Gustav Radbruch, que si habéis estado
atentos en clase deberíais ya saber que eran los tres miembros socialdemócratas
del gobierno Stresemann, se fueron a verle y le dijeron que mejor fuese
ministra su puta madre. Stresemann apenas reaccionó al tema, nombrando a Karl
Jarres ministro del Interior en lugar de Sollmann. Pero era evidente que la
Gran Coalición había perdido el Gran.
De hecho, sin los socialdemócratas
en el machito, la principal argamasa que mantenía unido aquel gobierno, que
eran los poderes especiales concedidos a la persona de Stresemann, habían
quedado en papel mojado, pues los socialistas no le iban a dejar ejercerlos.
Más aún: se hizo evidente que los socialdemócratas preparaban una moción de
censura, que prácticamente no podían perder.
A pesar de tan negros
presentimientos, en Munich el trío Kahr-Seisser-Lossow estaba empezando a estar
un poco hasta los cojones de Adolf Hitler. Los hombres que gobernaban Baviera
de manera incontestada cada vez eran menos proclives a arriesgarlo todo en una
marcha sobre Berlín que, con Turingia y Sajonia ocupadas por el ejército, era
misión imposible.
En realidad, el fondo de la
cuestión era que los intereses de Kahr y de Hitler eran divergentes. Ya habéis
tenido varias pruebas en estas notas de que Hitler no quería ni oír hablar del
secesionismo bávaro. Sin embargo, eso es precisamente lo que quería Kahr: la
restauración de la monarquía y la secesión de Alemania. Lossow estuvo en Berlín
a principios de noviembre y se vio con Seeckt, quien le vino a decir que
sacaría los soldados de donde hiciera falta, pero que si Baviera se rebelaba,
la rebelión sería sofocada como Tito en Jerusalén. Lossow volvió a Munich y, el
3 de noviembre, dejo claro que una marcha sobre Berlín no era posible. El día 6,
Kahr se reunió con una serie de jefes de unidades paramilitares bávaras, y les
dijo que el gobierno del land no apoyaría rebeliones dirigidas a tumbar la
república de Weimar.
Hitler tuvo rápida notaría de esas
palabras. Y, obviamente, no le gustaron. Aquello sonaba a que Kahr había
decidido jugar la baza de la negociación política con Stresemann para lograr
una secesión pactada de Baviera; se quería, pues, hacer un Rufíán. Así que
pidió una entrevista con el hombre fuerte del land, quien no quiso verlo. La
negativa de Kahr fue la última gota que colmó el vaso de la paciencia de
Hitler, y terminó por lanzar el llamado Golpe de la Cervecería. Un golpe que,
por lo tanto, y esto lo tenéis que tener presente, no tenía como primer objetivo derribar al gobierno de Berlín, algo
que yo creo que Hitler sabía que no tenía fuerzas para conseguir. Su principal
objetivo era retratar a la derecha bávara gobernante y, si posible, arrastrarla
a apoyar un golpismo que no le gustaba.
En las últimas horas de la tarde
del 8 de noviembre, Kahr estaba a punto de comenzar un discurso ante diversos
altos funcionarios bávaros y otros elementos importantes de la sociedad local,
en la Bürgerbräukeller de Munich. Hitler decidió presentarse en el acto
llamando a la marcha sobre Berlín, tratando con ello de que el establishment conservador bávaro no
tuviese otro remedio que hacerle caso.
A las ocho y media, el edificio
estaba totalmente rodeado por los camisas pardas de las SA. En ese momento,
Hitler, llevando un revólver cargado y acompañado por dos fornidos
guardaespaldas, entró en el salón de la cervecería, que estaba puto petada. Kahr
estaba hablando. Hitler se subió a una silla, levantó la pipa, disparó una bala
hacia el techo y gritó: “La revolución nacional ha comenzado. Este local está
bajo el control de 600 hombres fuertemente armados. Nadie puede salir”.
Kahr, Seisser y Lossow fueron
conducidos, a punta de revólver, a una habitación contigua. Con ellos estaba
Ernst Pöhner, ex jefe de la policía de Munich, y uno de los elementos que
habían acompañado a Hitler en su aventura. Dentro de la habitación, Hitler le
dijo al trío de la bencina que los mataría uno a uno, y después se mataría a sí
mismo, si no apoyaban la marcha sobre Berlín; y si algo nos enseña la Historia es que, cuando Hitler decía que se pegaría un tiro, no hablaba a humo de pajas. En ese punto, Kahr y Lossow le
dijeron al austríaco que estaban con él; lo cual abre la eterna duda histórica,
nunca del todo aclarada, de si verdaderamente lo hicieron por su propia
voluntad, o solamente para seguirle el juego.
Hitler estaba histérico y fuera de
sí. Si lo que Kahr estaba intentando era mentirle para tranquilizarlo, lo consiguió. En cuando la
sistólica le bajó de diez y medio [no, no me he equivocado; de la diastólica ni hablamos], Hitler se puso a organizar las cosas. Le
“ofreció” a Kahr el puesto de regente de Baviera; pero trató de colocar sus
peones: Pöhner de primer ministro y Ludendorff de jefe de las fuerzas armadas.
Para poder tener todas las cartas en la mano, le ordenó a uno de sus hombres,
Max Erwin von Sheubner-Richter (quien en muy poco tiempo se convertiría en el
mártir de aquel golpe) para que fuese a buscar a Ludendorff y lo trajese a la
birrería.
Tras hacer todos estos apaños,
Hitler y Kahr regresaron al podio de la sala, donde todo el mundo estaba
esperando, más que nada porque los camisas pardas no les dejaban marcharse.
Hitler pronunció un corto discurso en el que vino a decir que o al día siguiente
la revolución había triunfado, o todos estarían muertos. Siempre se le dio muy bien motivar a la gente.
Cuando el austríaco estaba
hablando, Ludendorff se presentó en la cervecería. Le dijo a Kahr, Seisser y
Lossow que él estaba a favor de la idea general
de Hitler de colgar de un pino a los “delincuentes de noviembre”; pero que
le sorprendía muchísimo que se hubiera pensado en él para dar la cara y
comandar las fuerzas armadas; lo que viene siendo el típico "si yo te entiendo, pero entiéndeme tú a mí" de toda la vida. Ludendorff, quien como muchas de las personas cuyo oficio consiste en enviar a otros a la lucha en el fondo era un cobarde, trataba de colocarse en la
posición típica de propietario de comunidad de vecinos, siempre dando por culo
con que lo de su descansillo hay que arreglarlo, pero negándose a ser
presidente y a arrimar mínimamente el hombro.
La clave de toda la cuestión,
clave que fue fundamental durante el juicio contra Hitler, es la actitud del
trío. Hitler declaró ante los jueces que Kahr, Seisser y Lossow se sumaron a la
revolución sin ambages. Algunos testigos declararon, de hecho, que los tres,
como Pöhner, hicieron otros tantos cortos discursos en los que aseguraron dicho
apoyo. Kahr, sin embargo, siempre dijo que sí, que había hecho y dicho todas
estas cosas; pero más que nada porque le estaban apuntando con un arma. Más
aún: Ludendorff acabaría declarando que todo el putsch fue una sorpresa para
él, porque no tenía ni puta idea de que Hitler tuviese pensado hacer nada.
A las 10,30 de la noche, algunas
unidades de las SA estaban teniendo en enfrentamientos con unidades del
Ejército a unos kilómetros, y Hitler decidió ir allí. Dejó en la cervecería a Ludendorff controlando a Kahr, Seisser y Lossow. Por lo tanto, en ese momento
Hitler pensaba que Ludendorff estaba con él; cosa que evidentemente no es
cierta, puesto que el general, en cuando los nazis doblaron la esquina, le dijo
a sus tres prisioneros que podían irse a tomar por culo de allí cuando
quisieran. Ya libre, Kahr comenzó a usar sus poderes para sofocar el golpe hitleriano. El mismo gobierno bávaro informó al de
Berlín; aquella noche, el presidente Ebert concedió al general Von Seeckt
poderes totales sobre Baviera. Seeckt hizo público un manifiesto en el que
contaba todo eso y le dejaba claro a los soldados destinados en Baviera que
su obligación era colgar a los SA de los huevos.
Kahr huyó de Munich con todo su gobierno, a Regensburgo. Desde allí hizo público un manifiesto, que se distribuyó
por todo Munich; más un mensaje radiado a las dos y media de la mañana. Informó
de que todo lo que había dicho de que apoyaba a Hitler había sido coña; que le
habían obligado a punta de pistola a decir esas cosas. Y anunció la
ilegalización inmediata del NSDAP y de sus organizaciones paramilitares.
En realidad, para entonces daba
igual. Desde la medianoche del 8 de noviembre, Hitler tenía claro que su
iniciativa había fallado. Había fallado, no tanto porque sus fuerzas eran
incapaces de presentar una resistencia efectiva contra las de Berlín; algo que
yo creo que él sabía. Sino porque había fracasado totalmente a la hora de
arrastrar a la derecha gobernante ultranacionalista bávara hacia el lado
oscuro. En realidad, tenía que ser así. En política, siempre estamos hablando
de liderazgos, no de ideología. Es lo que nunca entienden los que sólo votan y
trolean en X. La política no va de llevar a término unas ideas; sino de liderar
el poder, y conservarlo. Hitler nunca valoró debidamente el hecho de que, de
haberse unido Kahr, Seisser y Lossow a su iniciativa de la cervecería,
automáticamente habrían admitido el liderazgo incondicional del Führer. Y esto
es algo mucho más importante que las diferencias sobre el secesionismo bávaro,
o cualquier otra que pudieran tener. Von Kahr, que había llegado al gobierno de
Baviera y se había convertido en el gran portavoz de esta región tan importante
para Alemania ante el gobierno de la república, no veía la necesidad de tener
que colocarse, en apretada falange, detrás de un tipo sanguíneo que no admitía
que en su presencia se eligiese otra salsa distinta de la que a él le apetecía
para aliñar la ensalada. Si os fijáis, estos hechos cincelan con claridad la
Historia del NSDAP. Casi ninguno de los políticos de importancia antes de la
eclosión seria del nacionalsocialismo en la política alemana logró sobrevivir a
dicha eclosión: Von Papen y Von Schacht son, quizás, las dos excepciones más
claras. Pero no olvidéis que Von Papen se pasó los últimos años de su vida
temiendo que Hitler lo fusilase, o lo asesinase en cualquier esquina oscura.
Los grandes lugartenientes de
Hitler: Himmler, Göring, Göbels, Bormann, Ribentropp, Hess, son muy distintos
entre ellos. Pero todos ellos se parecen en una cosa: aceptaban de manera
absolutamente incondicional, perruna, el liderazgo de su Führer. Todos ellos
eran conscientes de que, de cuestionarlo, el mismo Hitler que los amaba (porque
a muchos de ellos los quería sinceramente) ordenaría matarlos. Más que amó
Hitler a Röhm, no amó a ningún otro nazi. Y, cuando entendió que tenía que
llevárselo por delante, lo hizo.
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