miércoles, abril 22, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (25): Pintan Renten (o sea, bastos)

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Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over


Van den Buck era una persona mentalmente inestable que, de hecho, nada más publicar su libro y comenzar a cosechar éxito con él, comenzó a experimentar alucinaciones y a recluirse en una vida casi sin contacto con la gente. Había desarrollado una intensa manía persecutoria, en la que veía pruebas constantes de que el gobierno lo estaba espiando. A su estado mental no ayudó nada que estuviese enfermo de sífilis. Acabó en el sanatorio Grunewald de Berlín. Allí, el 30 de mayo de 1925, y teniendo apenas 49 años, se reventó los sesos con un revólver. Atrás dejaba su best seller, que lo fue incluso en el tiempo de la híper inflación, cuando la gente bastante tenía con encontrar un rulo de chope; y otro libro más interesante, publicado en 1905, que es una Historia del pueblo alemán.

En septiembre de 1923, el gobierno británico estaba ya totalmente convencido de que cualquier solución adecuada al tema de las reparaciones pasaba por alcanzar algún tipo de acuerdo con Francia. Por ello, Baldwin resolvió verse cara a cara con Poincaré. Se vieron en la tarde del día 19 durante dos horas, en la embajada británica en París. Todo lo que salió de esa reunión fue una nota de prensa en la que se decía que ambos primeros ministros habían alcanzado “puntos de vista convergentes”. Y punto pelota.

La entrevista había tenido un objetivo: valorar si existía alguna posibilidad distinta del abandono incondicional por parte de Alemania de la resistencia pasiva; y el resultado fue evidente en el sentido de que no. Conocedor de dicho resultado, Stresemann asumió que Alemania debía ceder. Reino Unido había ido todo lo lejos que podía; el siguiente paso, que es que se pusiera activamente del lado de Alemania, resultaba implanteable. Además, financiar las cajas de resistencia de los trabajadores renanos que se quedaban en casa estaba costando 40 millones de marcos-oro diarios; una cifra que, de alguna manera, venía a avalar la teoría de Poincaré, en el sentido de que Alemania no pagaba porque no quería.

El 24 de septiembre, Stresemann convocó a su gobierno, a diversos líderes parlamentarios y a representantes sociales, sobre todo empresariales, de la cuenca del Ruhr; para explicarles a todos su visión de que estaba sonando la hora de que Alemania se bajase los pantalones. Tras las oportunas explicaciones, recibió el nihil obstat de la mayoría de los presentes; lo cual, en todo caso, no quiere decir, necesariamente, que estuviesen de acuerdo.

Dos días después, el 26, el gobierno lanzó un comunicado a toda la sociedad alemana anunciando el fin de la resistencia pasiva; lo que la nota describió como “la amarga necesidad de cesar el conflicto”.

Stresemann no era ningún tonto y sabía bien que aquel gesto por parte de Alemania era enormemente arriesgado y le iba a provocar enormes problemas interiores. En realidad, eran tres problemas: la derecha bávara, que lo calificaría de nenaza; la izquierda radical y sus bastiones de Sajonia, Turingia y Hamburgo, que lo motejaría de traidor y afloraría su descontento por la crisis económica; y los movimientos que ya estaban haciendo los franceses en Renania para alimentar un movimiento secesionista renano.

En Baviera, efectivamente, la gente salió a la calle para manifestarse contra el final de la resistencia pasiva. Eugen von Knilling, el primer ministro del land, declaró el estado de emergencia y nombró a Ritter von Kahr como comisionado general del land, con poderes dictatoriales. La rebelión de Kahr estaba sólidamente apoyada en el ejército. Junto con él estaba el general Otto Hermann von Lossow, que era el jefe militar en Baviera; y el coronel Hans Ritter von Seisser, que era el jefe de la policía bávara.

El 27 de septiembre, Knilling telefoneó a Stresemann para tratar de convencerlo de que otorgarle poderes casi omnímodos a Kahr era lo mejor que se podía hacer para poder controlar la fortísima reacción que había provocado en el land el fin de la resistencia pasiva renana. Stresemann, sin embargo, era de otra opinión. Para él, y hay que decir que el suyo era un punto de vista más que probablemente acertado, el nombramiento era una provocación para el gobierno de Berlín; pues todos los poderes que se le habían concedido al comisionado podían ser usados para mantener el orden en Baviera, o para impulsar un golpe de Estado. La respuesta del primer ministro fue decretar un robustecimiento de los poderes del ministro de Defensa, Otto Gessler; quien, asimismo, los delegó en el general Von Seeckt.

Kahr, mientras tanto, no perdía el tiempo. Declaró ilegales en Baviera a las formaciones paramilitares socialdemócratas, y ordenó la expulsión del land de todos los judíos que no tuviesen la nacionalidad alemana. Von Seeckt contraatacó ordenándole a Kahr el cierre e ilegalización del Völkischer Beobachter, es decir, el periódico del NSDAP. Kahr no le hizo ni puto caso. Entonces Seeckt acudió a Von Lossow para que ejecutara la orden y, como quiera que el general también se negó, lo destituyó. Lo sustituyó por el general Friedrich Sigmund George Freiherr Kress von Kressenstein, un veterano de la Gran Guerra que moriría al final de la década; pero Kahr se negó a darle el mando efectivo.

Adolf Hitler, para entonces, llevaba meses himplando en las cervecerías muniquesas que quería realizar una marcha de Berlín como la marcha sobre Roma de Mussolini. Esto lo decía, en parte, porque, como ya os he comentado, Mussolini había conseguido convencer al mundo de que su marcha había sido un movimiento incontestable que nadie había podido parar; cuando eso no es exactamente lo que había pasado. Esto, sin embargo, tampoco supone necesariamente motejar a Hitler de loco. Probablemente, el líder nacionalsocialista sabía bien que la tenuidad del ejército italiano contra la marcha de Roma había tenido un motivo (la actitud de Víctor Manuel); pero pensaba que algo así ocurriría en Alemania, ya que todo parecía indicar que muchos elementos del ejército se negarían a marchar contra una gran manifestación ultranacionalista que pretendiese tomar Berlín.

En 1923, el NSDAP tenía una cifra de militancia bastante modesta: 55.000 miembros. Pero el dato realmente importante es que 47.000 de éstos se habían apuntado precisamente en aquel año de 1923. Además, el 2 de septiembre, en Nürmberg, tres organizaciones paramilitares (las SA nazis, el Bund Oberland o Liga Oberland, y la Bund Reichskriegsflagge o Liga de la bandera de la guerra imperial) habían acordado ponerse bajo las órdenes de Hitler. A partir de ese momento, Hitler disponía de medios humanos suficientes para tomar el control de Baviera y luego marchar hacia Berlín; o eso creía. El general Ludendorff se había mostrado más que simpatizante con la idea; ahora sólo le quedaba convencer al triunvirato formado por Kahr, Seisser y Lussow. Por supuesto, otro que estaba presente en Baviera era el eterno capitán Hermann Ehrhardt.

Stresemann era un hombre de orden. No debéis olvidar que procedía de un partido de centro-derecha, salpimentado con posicionamientos e ideas de corte conservador. Por lo demás, en la Alemania de 1923 cada vez quedaban menos demócratas en la práctica; todo el mundo parecía tener claro que estaban sonando tiempos en los que el objetivo mayor de obtener estabilidad y, sobre todo, poder contrarrestar a las fuerzas revolucionarias que amenazaban al Estado, le daban a dicho Estado toda la razón si decidía fortalecerse más allá de lo que un esquema racional de equilibrio de poderes aconsejaría. La república de Weimar fue construida desde el primer momento, y esto es algo que la distingue de las Constituciones más modernas, con mecanismos en su interior más que suficientes para poder virar la democracia hacia esquemas más dictatoriales. Y el primer ministro lo sabía.

Ante el gravísimo riesgo que suponía la revolución bávara: primero, de escisión del territorio de Alemania; segundo, de efecto contagio, Stresemann comenzó a pensar en la necesidad de lanzar una ley de poderes, o Ermächtigungsgesetz, que trasfiriese cuotas de poder desde el parlamento hacia su persona. El problema fue que Stresemann no quería esos poderes especiales sólo para luchar contra el ultra nacionalismo. Quería, también, tratar de poner orden en la gravísima crisis económica; y lógicamente lo hacía desde sus planteamientos empresariales.  Consecuentemente, decidió usar sus poderes para incrementar la jornada laboral; momento en el cual los socialdemócratas pusieron pie en pared.

Aquello firmó el acta de defunción del gobierno; gobierno en el que, hay que recordarlo, había ministros socialistas. El 3 de octubre, Stresemann dimitió. El presidente Ebert ni siquiera se planteó un cambio de caballo, y le conminó a negociar la formación de un nuevo ejecutivo. Stresemann negoció con el SPD, y finalmente acordó mantener la jornada de ocho horas, a cambio de que los socialistas no le hicieran ascos a sus nuevos poderes.

Así las cosas, el segundo gobierno Stresemann fue otra gran coalición, y empezó a currar el 6 de octubre. En realidad, era prácticamente el mismo gobierno que había cesado. Sólo tenía tres cambios: el independiente Hans Luther reemplazó al socialdemócrata Rudolf Hilferding como ministro de Finanzas; Hans von Raumer (DVP) dejó el Ministerio de Asuntos Económicos en manos del independiente Josep Koeth; y, por último, otro independiente, Gerhard von Krantz, reemplazó a Luther como ministro de Alimentación y Agricultura.

Con los poderes garantizados por la nueva ley, Stresemann inició una reforma cambiaria que tenía por objetivo cerrar la vía de agua de la híper inflación. El 15 de octubre publicó un decreto gubernamental que creaba un nuevo banco de reserva, llamado el Banco Alemán Hipotecario o Rentenbank. El Rentenbank fue autorizado para emitir una nueva moneda, que de forma poco imaginativa sería conocida como Rentenmark, subdividida en 100 Rentenpfennings, que reemplazaba al viejo Papiermark o marco de papel. El mayor valor facial que se emitió fue 100 marcos renten.

El truco del rentenmark es que su valor estaba referido al valor del oro, y usaba como colateral de garantía una especie de hipoteca nacional constituida sobre todos los activos agrícolas, comerciales e industriales del país. En realidad, era todo farfolla, pues la razón de ser de todo crédito hipotecario es que quien lo suscribe lo reembolse; pero aquel crédito no lo iba a reembolsar nadie, puesto que no dejaba de ser un crédito en el que acreedor y deudor eran la misma persona; Alemania se debía a sí misma.

El truco del almendruco, sin embargo, funcionó. La emisión de estos nuevos marcos suspendió en seco la impresión de moneda, y los rentenmarks, a pesar de estar basados en una referencia casi poética, fueron ampliamente admitidos como medio de pago. Esto, sin embargo, no esconde el hecho de que una parte fundamental, tan fundamental que era absolutamente necesaria, en el éxito de la nueva moneda, era que el Estado alemán recortase su gasto; pues si no lo hacía, tarde o temprano el nuevo marco habría de entrar en la misma espiral expansiva en que había entrado el viejo.

Así las cosas, el 27 de octubre el gobierno publicó un decreto específico sobre la reducción del cuerpo de funcionarios; una norma en la que se autorizaba a las administraciones a despedir hasta el 25% de sus trabajadores en los dos siguientes años. Esto generó un efecto dominó con consecuencias brutales. En julio de 1923, había 180.000 desempleados en Alemania; en diciembre eran un millón y medio. Se subieron los impuestos y, por lo demás, Stresemann se hizo un Pedro Sánchez pues, tras haber prometido que no tocaría la jornada de ocho horas, la incrementó.

El 23 de octubre, una libra esterlina varía 250.000 millones de marcos de papel. La situación era obviamente insostenible. La salida al ruedo del rentenmark se fijó para el 15 de noviembre. Para pilotar toda esta operación, el gobierno designó al que había sido propietario del Banco Nacional de Darmstadt, el doctor Horace Greely Hjalmar Schacht (que acabaría sentado en el banquillo de Nürmberg). Schacht, flamante Reichswährungskommisar o comisionado de la nueva moneda, lanzó los rentenmark como estaba previsto el 15 de noviembre, con una emisión de 3.200 millones.

La cuestión obvia era: ¿cuántos marcos de papel valía cada rentenmark? Inicialmente, el cambio se fijó en un billón de marcos de papel por marco renten; buscando un cambio internacional de aproximadamente 4.2 marcos renten por dólar.

Schacht era un técnico. Además, le habían dicho, como es lógico, que la prioridad era estabilizar la inflación. Pero en una estabilización de estas características siempre hay perdedores. En términos generales, aquellos trabajadores por cuenta ajena sin fuerza de negociación suficiente para arrancar de sus empleadores una adecuada adaptación al nuevo sistema, salen perdiendo. Barruntándose las cosas, la izquierda de la izquierda llevaba ya unos tres meses dando bastante por culo; pero ahora, cuando se anunciaron los planes y las tasas de cambio, las organizaciones de izquierdas decidieron montarla parda en sus bastiones de Sajonia, Turingia y Hamburgo.

El líder del KPD, Heinrich Brandler, fue quien decidió que la revolución, que contaba con el apoyo moscovita desde agosto, debía comenzar en la Alemania central. El KPD entró en los gobiernos turingio y sajón, con la intención de hacer la revolución desde dentro, llamando a la lucha a los 160.000 miembros de los conocidos como Centenares Rojos o Rote Hunderstschaften.

El 10 de octubre, tres miembros del KPD fueron invitados formar parte del gobierno sajón, dominado por el SPD, al mando de Eric Zeigner; un socialista que en todo momento había defendido que, en lugar de participar en el gobierno Stresemann, lo que tenía que hacer el SPD era confluir con los comunistas. Sin embargo, tanto en Sajonia como en Turingia, a los comunistas se les negó el ministerio del Interior, que era lo que buscaban para tener el control sobre las armas.

Conocedores de la situación, Otto Gessler, en Berlín, dio poderes totales al comandante de las tropas en Sajonia, general Alfred Müller. Asimismo, prohibió los Centenares Rojos y los periódicos comunistas. A continuación, cesó al ministro del Interior de Sajonia para controlar la policía directamente.

El 19 de octubre, el gobierno Stresemann anunció públicamente el envío de tropas a Sajonia para defender al Estado alemán del avance de rebeldes de ultraderecha desde Baviera. Obviamente, el primer ministro se estaba haciendo un Bolaños. Todo era una puta mentira, pero, ¿cómo reconocer públicamente que en Sajonia había estallado un golpe de Estado revolucionario ejercido por el KPD y el SPD, cuando éste último partido estaba sentado en el consejo de ministros?

Incongruencias como éstas pasan factura. Una razón más, pues, para pensar que Hitler no cayó del cielo.

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