viernes, marzo 20, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (9): El nacimiento de un Führer


 


Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over

 

Adolf Hitler siempre fue un nacionalista panalemán. Ya los primeros testigos que hablaron con él recién llegado a Viena le escuchaban hablar en ese sentido. Según confesó él mismo, los dos políticos que más le influyeron se caracterizaban por su perfil fuertemente nacionalista: Georg von Schörener, líder del Partido Pan Alemán; y Karl Luegen, líder, en aquella época, del Partido Social Cristiano bávaro. De Schönerer sacó Hitler la idea de la unificación de todos los territorios habitados por personas germanoparlantes, germen obvio de la Anchluss. Schönerer, por lo demás, era rabiosamente antisemita. Y tenía dos elementos más, estéticos esta vez, que le gustaron a Hitler: uno, llamarse Führer, jefe; otro, ser saludado con el grito Heil. Lueger, por su parte, era el alcalde de Viena, y tenía unas excelentes habilidades retóricas, así como una especial habilidad a la hora de crear eslóganes cortos y eficientes. Admirar a Lueger le ayudó a Hitler a valorar, en su día, a Josef Göbels.

Durante su estancia en Viena Hitler, a juzgar por los testimonios de otros y el suyo propio, desarrolló un odio radical hacia los socialdemócratas. Sin embargo, ese odio no le llevó al extremo de negarles toda validez. Hoy en día hay bastante consenso en el sentido de que el futuro líder del fascismo alemán se fijó mucho en las estrategias de propaganda usadas por el SPD, que en ese momento verdaderamente era el grupo a la vanguardia del márquetin político; así como su predicamento entre las masas de obreros.

Hitler siempre quiso eso: quería fundar una organización política que tuviese la capacidad de galvanizar y enamorar al obrero, sin tener que contarle movidas marxistas. Quería cautivar con mensajes ultranacionalistas, combinados con un populismo carismático al estilo de Lueger. Quería, por lo tanto, romper los clichés de la política según los cuales el que es de derechas es de derechas y el que es de izquierdas, de izquierdas. Los años por venir serían un terremoto político-social cuyo tsunami sigue recorriendo el mundo a día de hoy.

El primer Hitler, sin embargo, no era rabiosamente antijudío, a pesar de que el antisemitismo es una convicción hondamente arraigada en Alemania desde muchas décadas antes de su nacimiento. Ciertamente, el Hitler de Viena parece haberse sentido muy tentado por panfletos y literatura varia sobre el arianismo (que no arrianismo), al que es lógico entender que llegó a través de su ultranacionalismo y su admiración por la mitología germana. Por lo tanto, lo más probable es que se convenciese primero de la importancia de la raza aria, y después del peligro judío como una consecuencia de lo anterior (en otra esquina de este blog ya te he contado que los primeros “teóricos” de la superioridad aria, como la Blavatsky, ya incluían en su teórica el concepto de razas aberradas que labraban la perdición de las razas perfectas).

En mayo de 1913, Hitler, que tenía 24 años, decidió abandonar Viena. Como os he dicho, ese año recibió el ingreso del fideicomiso de su padre. Así que, en compañía de un estudiante de Farmacia llamado Rudolf Häusler, decidió irse a vivir a Munich.

Aparentemente, en la época de su traslado las autoridades austríacas estaban buscándolo porque, como os he contado, había regateado el servicio militar obligatorio. Esto es lo que yo creo que justifica que, inicialmente, Hitler se registrase en Baviera como apátrida, aunque luego reconoció su nacionalidad austríaca. La policía austríaca finalmente se presentó en su apartamento de Munich y lo conminó a ir a Salzburgo, en febrero de 1918, a explicar su actuación. Hitler se presentó ante la administración austríaca alegando que en 1909 era una persona sin información ni medio de vida, y aparentemente sus explicaciones resultaron convincentes. Además, consiguió ser considerado no apto para el servicio a causa de una pequeña dolencia pulmonar.

El propio Hitler dejó escrito que los meses de Munich, antes de estallar la Gran Guerra, fueron los más felices de su vida. Vivía en casa de un sastre, Joseph Propp, en el número 34 de la Schlessheimerstrasse. Llevaba una vida solitaria en la que seguía pintando postales para venderlas.

En agosto de 1914 estalló la guerra. Según el propio Hitler, en agosto le escribió una carta al rey Luis III de Baviera presentándose voluntario para el Ejército alemán, y al día siguiente recibió la autorización. Esto, sin embargo, es bastante poco probable.

Aparentemente, Hitler intentó presentarse voluntario el 5 de agosto de 1914, pero no fue dirigido a una caja de reclutas hasta diez días después. El 1 de septiembre fue adscrito al 16 regimiento de infantería de reserva, normalmente conocido como el regimiento List, por el nombre de su comandante, el coronel Julius List.

La mayor parte de la guerra la consumió Hitler en el frente occidental, con funciones de correo que llevaba mensajes entre la Plana Mayor y la línea de fuego. Nunca participó en la guerra de trincheras; pero es un hecho que muchos de los soldados que cumplieron su función cayeron bajo las balas enemigas.

Adolf Hitler nunca fue un soldado al uso. No pedía permisos. No recibía cartas de casa. Nunca contaba su vida previa cuando charlaba con otros soldados. Cuando la pandilla de colegas se iba a frotar a los burdeles, él no les acompañaba. Se ha dicho que durante la guerra tuvo algo con una mujer francesa llamada Charlotte Lobjoie; pero hoy en día esta historia no suele pasar de la categoría de inventada.

Los testimonios sobre la motivación de Hitler son divergentes. Algunos soldados de su regimiento dirían en años posteriores que tenía una posición relativamente cómoda en la que no hacía gran cosa. Sin embargo, mandos directos suyos como el teniente coronel Friedrich Petz ponderaron su capacidad de trabajo y su disponibilidad. La historiografía tiende a calcular la mediana de estos testimonios, defendiendo la idea de que fue un soldado eficiente, sin llegar a ser especialmente valiente o productivo. En diciembre 1914 ganó la Cruz de Hierro de segunda clase, y la de primera clase en agosto de 1918. Ésta última se la dieron por recomendación de un oficial llamado Hugo Gutmann que, cosas de la vida, era judío.

El hombre que comandaría sobre millones de alemanes, sin embargo, no fue capaz de obtener mando alguno sobre terceros durante toda la guerra. A lo más que llegó fue a Gefreiter, un estatus que le concedía cero mando sobre otros, y que se otorgaba por escalafón más que por méritos.

Hitler se dejaba ver casi siempre en compañía de otro correo llamado Ernst Schmidt. Un tercer correo, Hans Mend, declararía en 1939 que ambos compañeros estaban encajando enchufe entre ellos. Llegó a decir que Schmidt era la putilla de Hitler, aunque no deja de ser un solo testimonio; eso por no mencionar que aquellos rudos soldados alemanes bien pudieron interpretar como homosexualidad lo que era desinterés por las mujeres, que no es exactamente lo mismo. De hecho, a mí personalmente me parece que lo más probable es que Hitler fuese eso que hoy llamamos un incel. Mend fue juzgado en 1940 por dos delitos de abuso sexual, y murió en la prisión. Lo que sí parece claro es que fue en el Ejército donde Hitler terminó por desarrollar su amor por los perros. Adoptó a un fox terrier al que bautizó Fuchsl.

El Adolf Hitler que recuerdan sus compañeros era comedido y con elevado nivel de autocontrol. Únicamente perdía los papeles cuando alguien delante de él afirmaba que Alemania iba a perder la guerra.

El 18 de octubre de 1918, cerca de Ypres, Hitler quedó ciego durante un tiempo tras un ataque de gas mostaza, y fue trasladado a un hospital militar en Pomerania. Allí fue donde un pastor luterano informó a Hitler, el 10 de noviembre, de que había ocurrido una revolución en Alemania, que el káiser se había ido y que ahora el país era una república.

En el relato de su propia vida que construyó Hitler, ese momento hospitalario se convirtió en el momento en que decidió meterse en política. La mayoría de los historiadores, sin embargo, considera que eso es otra inventada. Hitler estaba en Munich el 21 de noviembre de 1918, momento en el que no mostró indicio alguno de motivación política. En ese momento, su prioridad era permanecer en el Ejército el mayor tiempo posible, para seguir mamando de la teta, ya que era un hombre sin oficio ni beneficio; un político average, pues; sólo que a él no se le ocurrió falsear su currículo. Lo asignaron a una unidad de desmovilización del regimiento List; 40 marcos al mes o, dicho de otra forma, menos da una piedra. En diciembre, lo destinaron a ser guarda de un campo de prisioneros en Traunstein; donde, por cierto, coincidió con su presunta putilla, Ernst Schmidt.

Según Hitler, no regresó a Munich hasta marzo de 1919;  Traunstein, sin embargo, fue desmantelado más de un mes antes, por lo que es claro que mintió; probablemente para otorgar dramatismo a su regreso, haciéndolo coincidir con el asesinato de Eisner. Fue destinado a una unidad de desmovilización en Lothstrasse, una unidad donde existía un soviet constituido; soviet con el que no parece que Hitler tuviese problema alguno.

Resulta muy difícil saber qué hizo Hitler durante las semanas que duró la experiencia del gobierno revolucionario bávaro. En Mein Kampf, le dedica más espacio al precio de las aceitunas sin hueso que a la revolución de Munich; lo que se ha tomado como un indicativo más que probable de que el regimiento en el que estaba encuadrado no hizo nada, ni a favor, ni en contra de los hechos. La única cuasi evidencia de lo que hizo o no hizo es una foto que hizo Heinrich Hoffmann, que terminaría siendo el fotógrafo oficial de Hitler, durante el funeral de Eisner; foto en la que aparece un soldado muy parecido al futuro Führer, lo que medio confirma que estuvo en dicho funeral; pero más allá, fin de la cita.

Sabemos que el 3 de abril, en medio del proceso de democratización de las unidades del Ejército, los soldados del regimiento donde estaba Hitler lo eligieron como enlace o delegado. Esto, se ha señalado muchas veces, no podría haber pasado de ser Hitler el rabioso anticomunista que terminó siendo. El 13 de abril, es decir, el día del golpe del Domingo de Ramos, Hitler instruyó a sus camaradas para que se quedasen en el cuartel. El 15 de abril, en medio de la radicalización comunista de la segunda república de Munich, se presentó a las elecciones de representante del batallón. Quedó segundo, así que fue nombrado vice representante. De nuevo, este estatus no le habría sido concedido por sus compañeros si hubiese mostrado una total hostilidad hacia el comunismo.

Lo siguiente que pasó es que cuando el régimen comunista colapsó, rápidamente Hitler se adhirió al Reichswehrgruppenkommando IV que se formó el 11 de mayo de 1919, al mando del general Arnold von Möhl, encargado de hacer valer la ley marcial en Baviera. En ese punto, Hitler denunció a todos sus camaradas pro soviéticos.

En otras palabras: si yo tuviese que escribir el guion de una peli sobre los tiempos de Hitler tras la guerra, dibujaría a un personaje con ideas anticomunistas embrionarias, en realidad más dominadas por el ultranacionalismo que otra cosa, y que, sin embargo, cuando se produjo la revolución en Baviera, quizás por juzgarla más sólida de lo que realmente fue, y por temor a represalias, decidió aparentar apoyarla, aunque en realidad su actitud fue más bien de wait and see. Demasiado cobarde como para explotar y apuntarse a los Freikorps, y con el objetivo de tener buena información y controlar el proceso, decidió estar presente en los soviets y otros órganos de decisión de su regimiento; pero, sin embargo, en el momento en que vio claro que la situación pasaba a estar dominada por aquéllos que más comulgaban con su forma de pensar, se quitó la careta y se aplicó a ayudarlos; aunque sin implicarse él físicamente, pues nunca fue persona a la que le gustase participar en sorteos donde se estuviesen rifando hostias.

El 9 de mayo, Hitler fue integrado dentro de un pequeño grupo encomendado de investigar el comportamiento de los soldados de su regimiento; claramente, para entonces la reacción anti revolucionaria confiaba en él. A él, además, le vino de perlas, pues le ayudó a mantenerse en el ejército, como quería.

El jefe de información y propaganda del Comando IV era el capitán Karl Mayr; Mayr había recibido importantes fondos destinados a crear labores de propaganda entre los soldados para ganarlos a la buena causa. Mayr se fijó rápidamente en Hitler; es evidente que el soldado Hitler, que en la escuela había sido extremadamente popular y que en el ejército había conseguido ser votado por sus compañeros, ya tenía para entonces cuando menos parte de las habilidades retóricas que luego dominó. Mayr lo convirtió en soplón y en especialista en propaganda; es decir, si estuviésemos hablando de comunistas, en comisario político. Además, se le envió a un cursillo de adoctrinamiento político, que tuvo lugar en junio en la universidad de Munich.

En aquel cursillo, Hitler escuchó a conferenciantes como el historiador Karl von Müller y su cuñado, Gottfried Feder, un economista de fuertes convicciones pangermanistas. Feder era un constante propagandista contra el agio, que consideraba la herramienta de los judíos para esclavizar al resto de la Humanidad.

Escuchando a Feder, el 6 de de junio de 1919, Hitler, según su propio testimonio, entendió los hechos económicos por primera vez (lo cual quiere decir que se tragó todo el discurso anticapitalista del conferenciante). Al joven soldado austríaco, la forma en la que el economista ligaba los peligros del capitalismo con la conspiración judía mundial le pareció brillante.

Tras la conferencia, algunos de los 400 miembros de la audiencia, entre ellos Hitler, se quedaron hablando sobre lo que habían escuchado. En la distancia, Müller los observó. Al rato, se fue a ver al capitán Mayr, y le dijo: “¿Es usted consciente, capitán, de que entre sus estudiantes tiene usted a uno que ha nacido para hablar en público?”

Ese día, Hitler tenía 30 años. Pero el Führer acababa de nacer.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario