martes, abril 09, 2024

Curso de arriano upper-intermediate (y 6): Eudoxianos, apolinarianos y pneumatomachi

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Eudoxianos, apolinarianos y pneumatomachi




Ya estamos prácticamente al final del curso de arriano upper-intermediate. En este punto, acaricias ya el diploma que, desde luego, te estás ganando con la paciencia que derrochas leyendo estas mierdas. Aún, sin embargo, nos queda alguna que otra cosita que tratar para terminar de apuntalar conocimientos.

Empecemos por el eudoxianismo. Obviamente, este nombre deriva de Eudoxio. Hablamos de un armenio del que sabemos que su padre fue martirizado. Fue discípulo de Luciano Mártir; pero la cosa no debió de penetrarle mucho, porque lo cierto es que pronto se hizo arriano; fue todo un Jorge Verstrynge de la Fe, puesto que fue, en distintas etapas, arriano, semiarriano y aeciano. En  algún momento algo posterior al 330, fue hecho obispo de Germanicia, en Siria, puesto que ocupó hasta que, en el 357, se trasladó a la bulliciosa Antioquía. Según Nicéforo, Eudoxio estaba de visita en occidente, viendo al emperador, cuando le llegaron noticias de que el obispo Leoncio de Antioquía las había espichado. Entonces, Eudoxio le pidió la baja al emperador, pretextando que tenía que volver a su ciudad de origen; pero en realidad salió cagando leches hacia Antioquía, donde se presentó diciendo que el emperador lo había designado para ser obispo. Luego se trasladó a Constantinopla al frente de dicha sede, hasta su muerte en el 370.

Eudoxio fue un propagandista acérrimo del arrianismo, por así decirlo, más avanzado. Más que aeciano o eunomiano, su visión de la inferioridad total del Hijo sobre el Padre lo convertía en un visionario radical de las ideas anomoeanas. En Seleucia 359 fue condenado sin ambages por los semiarrianos. Mientras tanto, en Antioquía Eudoxio trabajaba a favor de Aecio y, de hecho, convocó un sínodo tan sólo para restablecerlo en el diaconado. Bautizó en el año 367 al emperador Valente antes de salir en expedición contra los bárbaros; ceremonia en la que le arrancó la promesa de que perseguiría a los católicos nicenos.

Hablemos ahora de los apolinarianos. En puridad, hay tres herejías que normalmente se conectan con el nombre de Apolinar, todas ellas relacionadas con la Encarnación. La primera de ellas nos dice que el Hijo de Dios adquirió un cuerpo mediante la conversión de la sustancia divina en sustancia humana. La segunda dice que lo que pasó en la Encarnación fue que las dos sustancias se mezclaron. La tercera nos dice que el Hijo adquirió un cuerpo humano, pero no un alma humana, que fue sustituida por la naturaleza divina. Ésta última herejía admite dos subherejías: en la primera, ni un adarme del alma humana fue asumido por el Hijo; en la segunda, el Hijo sí que adquirió la llamada “alma sensible” pero no el “alma racional”; Jesús pues, sufriría como un hombre, pero pensaría como Dios. Una especie de divinidad trans, pues.

Todos los apolinarismos, pues, niegan, en alguna manera y con alguna intensidad, la humanidad de Jesús. El apolinarismo es hijo de la evolución del pensamiento cristiano (que se acuna en la gnosis, y hace crisis en el maniqueísmo) tendente a pensar lo humano como imperfecto y pecador; por lo tanto, para poder garantizar, por así decirlo, la perfección del Hijo, el creyente se ve impelido a retirarle todo o parte de su humanidad. Diferentes autores llaman a los apolinarianos synusiastae, polemianos, o tropitae. También se los conoció como dimoeritae, a causa de la división que hacen del alma sensible y el alma racional.

Apolinar, natural de Laodicea en Siria, hijo de un presbítero, fue alumno del sofista Epifanio, y fue elevado al obispado de Laodicea en el 362. Era amigo de Atanasio de Alejandría y, por lo tanto, común enemigo de los arrianos. Según Sozomeno, otro obispo de Laodicea, Georgius, lo apartó de la comunión por su amistad con Atanasio; y fue esta decisión, aparentemente una cacicada, la que lo cabreó y le alimentó la rebeldía que acabaría en secta herética.

Apolinar comenzó por adoptar partes de la creencia arriana, pero, sin embargo, quería mantener la idea de la divinidad del Hijo; es decir, no quería ser tan arriano. Sin embargo, tratando de garantizar, por así decirlo, la divinidad de Jesús, fue como llegó a la conclusión de que el Hijo de Dios no quería ser hombre, porque ser hombre es algo sucio y pecaminoso (y él lo debía de saber bien pues, según algunas versiones, sus buenas juergas se había corrido de joven). Por ello, fue como maquinó el trampantojo teológico de eliminar de Jesucristo todo o parte de Humanidad, y sustituirlo por el Logos. Convirtió a Jesús en algo así como una IA, para entendernos.

Hay que decir que no está claro que esta doctrina fuese realmente desarrollada por Apolinar. Su amigo Atanasio (tal vez a causa de esa amistad) se la atribuye a los arrianos. Destacó, claro, lo muy en el aire que una creencia así deja los sufrimientos de Cristo en la cruz. Según Gregorio Nacianceno, Apolinar, quizás presionado por las contradicciones de su ideología, enseñaba que la carne de Jesús había sido suya desde el principio de los tiempos; que, consecuentemente, el cuerpo humano que fue crucificado en el Gólgota había descendido desde los Cielos; y que ese cuerpo había pasado por los órganos de la Virgen tamquam per canalem, es decir, sin la menor intervención de la madre. En otras palabras: se cargó la Encarnación, es decir, tratando de solventar un problema, creó otro mayor.

Apolinar, cuyas ideas siempre fueron combatidas por los arrianos, fue condenado en un sínodo celebrado en Roma en el año 373, junto con un discípulo suyo llamado Timoteo. Los edictos de Teodosio contra las herejías se ocuparon también del apolinarismo, y no precisamente para hacerle regalos de Navidad. El apolinarismo, sin embargo, presentaba muchos elementos atractivos para ciertos cristianos. Por ello, se lo considera en el origen de la herejía antidicomarianita (que no te tienes que estudiar para este curso).

Por último, te quiero hablar de los macedonios o pneumatomachi. Esta secta es conocida como “los adversarios del Espíritu Santo”, que yo creo que es un planteamiento que vas a pillar enseguida. Macedonios o macedonianos, en realidad, los hay de dos tipos: los que niegan que el ES sea divino; y los que lo niegan sin más como persona de la Trinidad.

Macedonio, el nombre que usualmente se conecta con los pneumatomachi, era, en realidad, un semiarriano con carné. En el año 360, cuando Atanasio estaba sufriendo uno de sus exilios, un obispo del Bajo Egipto, Serapión, le pidió ayuda contra los pneumatomachi; y es por el relato que dejó Atanasio de la movida que sabemos que la secta había surgido en ese tiempo.

En realidad, la creencia no es totalmente nueva. Desde el minuto uno del arrianismo había habido arrianos afirmando que el Joligós era una persona de gran dignidad, pero no divina; algo así como un ángel. Los gnósticos, por ejemplo los valentinianos, se referían al Hijo y al Espíritu Santo como eones, algo así como presencias energéticas; y muchos concebían al Espíritu Santo como una especie de energía difusa por todo el Universo. La conversión de muchos arrianos al catolicismo niceno, en realidad, afectó sobre todo a sus ideas sobre el Hijo, porque el arrianismo, de hecho, se centra en esa figura. Esto hizo que muchos católicos ex arrianos, en realidad, fuesen pneumatomachi, pues muy a menudo les preguntaban poco acerca de qué pensaban de la Paloma.

Como consecuencia, el principal vivero del macedonianismo fue el ejército de sacerdotes y laicos semiarrianos que, como se ha contado en estas notas, decidió, ante la presión de los arrianos radicales, pasarse a la ortodoxia nicena, en el 366. Como acabo de decir, muchos de ellos se pasaron a la ortodoxia abrazando la divinidad del Hijo, pero conservando sus reservas acerca de la del Joligós.

Como ya os he contado, Macedonio era un semiarriano. Sus amigos arrianos lo habían colocado en el obispado de Constantinopla, donde se inclinó hacia el anomoeanismo. Cuando arrianos y semiarrianos se enfrentaron, optó por los segundos, y los primeros lo depusieron (360). Años después, en tiempos de Valente, se planificó un concilio de reconciliación en Tiro. Pero entonces fue cuando Eudoxio bautizó al emperador, lo llevó a su coleto, y consiguió que prohibiese dicha reunión. Pero, como ya os he contado, el semiarrianismo, que era el arrianismo con más agarraderas, estaba herido de muerte. La divinidad del Hijo cada vez se cuestionaba más; y eso es lo que dejó el espacio para el macedonianismo: aquéllos que querían luchar un día más todavía tenían la oportunidad de atizarle al Espíritu Santo. Macedonio, que para entonces se había convertido en el semiarriano más famoso de su tiempo, fue considerado el jefe de la herejía; aunque cierto es que algunos autores llaman a los pneumatomachi como maratonianos, no porque tuviesen mucho fondo sino en recuerdo de Maratonio, obispo de Nicomedia, que les dio mucho cuartelillo.

En el ya famoso concilio de Constantinopla, los macedonianos fueron invitados para labrar una reconciliación. No sabemos muy bien quién fue y lo que pasó; pero sí sabemos que dicha reconciliación fue imposible; razón por la cual el concilio apostó a ful por el Credo niceno, dejando nulo espacio para las reflexiones diferentes.

 

Bueno, con estas informaciones que te he facilitado en estos cinco capitulitos, creo que tienes suficiente para poder convertirte en un arriano upper-intermediate. Por de pronto te diré que esta condición se adquiere tan sólo por llegar a este punto de la lectura. Si la perspectiva te intrigaba, te diré que no: no hay examen. La verdad, no puede haberlo. La herejía, que no es otra cosa que pensar distinto, es un hecho que surge de la libre reflexión del hereje. Una libre reflexión no se puede encerrar en la faja de unas preguntas que tienen respuestas acertadas y otras, no. Así pues, si quieres ser arriano upper intermediate, lo serás. Y no hay nada que yo pueda hacer para impedirlo.

A modo de resumen, me limitaré a expresarte lo que yo veo. El arrianismo es la reacción de una serie de miembros de la creencia cristiana hacia la excesiva complicación de la teología. Tal y como yo lo veo, en la evolución del cristianismo se producen dos hechos paralelos y coadyudantes. El primero tiene que ver con la creencia en sí. El cristianismo adquiere muy pronto, tan pronto como las andanzas y escritos de Saulo de Tarso, la conciencia de que debe distinguirse de la religión hebrea; y de que, para distinguirse, lo que tiene, por encima de todo, es la persona de Jesús, su peripecia, y la aparente incongruencia nacida del hecho de que, siendo Dios Todopoderoso, dejó que unos tipos lo cogieran, lo torturaran, lo crucificaran y lo mataran. Los primeros cristianos sabían que un hebreo nunca admitiría postrarse ante un Dios así; como tampoco lo admitirían otros muchos creyentes del mundo, como los vikingos. De hecho, la mayor parte de los creyentes de la Historia, lo que han tenido es un Dios que es un cachobestia que puede con todos, no un nenaza que parte panes y muere por los demás. Así las cosas, el cristianismo sabe, desde su minuto dos, que lo que tiene que hacer es desdibujar al Padre, y poner en el primer plano al Hijo, y a su corresponsal en la Tierra ahora que se ha ido, es decir, el Espíritu Santo.

La segunda cosa que pasa es mucho más terrenal. Esa cosa que pasa, como ya os he escrito muchas veces, es que la Iglesia descubre que puede, debe incluso, ser un business model. El modelo, en realidad, estaba trazado. Ya en el Templo de Jerusalén había una estancia que sólo el sumo sacerdote podía visitar. Una estancia en la que nadie sabía lo que pasaba; pero el hecho es que, a cambio de visitarla, el sumo sacerdote, por lo general, vivía como Dios. El camino, pues, estaba trazado: formula un Misterio. Un Misterio que nadie pueda entender. Luego declama que tú si lo entiendes, porque a tí te ilumina el Espíritu Santo. Y luego empieza a cobrar por ello porque, de alguna manera, te acabas de convertir en el acomodador de la Eternidad.

En la Iglesia ortodoxa nicena, como digo, confluyen estas dos realidades: la necesidad de destacar teológicamente al Hijo, y la oportunidad de negocio que ello comporta. Y los arrianos son, de consumo, aquéllos que discuten teológicamente la primera tendencia; y ponen en peligro la segunda, a base de dominar obispados.

El arrianismo, sin embargo, fracasó. Fracasó, tal y como yo lo veo, por cuatro razones.

La primera razón estriba en que es una teología negativa. El arrianismo niega determinados esquemas de pensamiento. De esta manera, como ya he comentado, se condena a ser carne de escisiones y escisiones de escisiones. A mediados del siglo IV, cuando debiera haber presentado una apretada falange, aquello era un círculo de Podemos.

La segunda razón es que traicionó su esencia, que era la simplicidad. Atacar la Trinidad, el Dios Uno y Trino y todo eso, es algo muy eficiente porque es muy intuitivo. Una cosa no puede ser una cosa y tres cosas a la vez. Con su evolución y sus escisiones, sin embargo, el arrianismo comenzó a desarrollar sus propios sistemas teóricos, la mayoría de los cuales no tenían nada que envidiarle al Credo niceno. No puedes ir por la vida diciendo “he venido a simplificar” y ser, a la postre, más complicado que la hostia en verso.

El tercer problema fue el hecho, palmario, de que en la ecuación de las luchas religiosas del siglo IV, el poder temporal tiene un papel fundamental. La Iglesia ortodoxa podía demostrar, ante un emperador, unidad. Los ortodoxos se pasaron los 60 años cruciales de la lucha contra los arrianos defendiendo el mismo Credo, sin cambios. Lo siguen rezando hoy, de hecho. Esa estabilidad era oro molido, y sólo era cuestión de tiempo que llegase un Teodosio que se diese cuenta, y concluyese que aquellos tipos eran los que le podían garantizar estabilidad y pasta. Los arrianos, que en el minuto 30 de la primera parte tenían al Imperio comiendo de su mano, llegaron al minuto 90 derrengados y pidiendo la hora. Y les metieron un penalty en el descuento.

Cuarta y última razón: el creyente propende a la disciplina. Para que los arrianos hubiesen ganado la partida, habría hecho falta que los ciudadanos del Imperio hubiesen sido más amantes de la libre especulación y de la reflexión. La oferta ortodoxa: tú obedéceme y olvídate de todo, que ya te garantizó yo la Vida Eterna, les iba de cojones.

Hicieron falta unos cuantos siglos más; siglos de elaboraciones intelectuales, de lecturas y de debates, para que la voluntad de libre interpretación resurgiese. Pero ésa es, literalmente, otra historia.

1 comentario:

  1. Buenas

    Tras terminar el curso de arriano (voy algo atrasado en lecturas) me queda una duda tonta: ¿Se sabe a que teología se adhería la iglesia visigoda pre-Recaredo? ¿Eran semiarrianos, de alguna de las ramas duras o tenían su propio esquema? ¿O es otra cosa (de tantas) que no sabemos de ellos?

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