jueves, marzo 19, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (8): El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena


 


Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over

 


La lucha duró cinco días. El 6 de mayo, Von Oven declaró que la república de los soviets de Munich había caído. Atrás quedaban más de 600 muertos (233 soldados del Ejército Rojo, 335 civiles y 38 miembros de los Freikorps). En las semanas por venir, caerían unos 400 comunistas y comunistoides más.

A esto siguió un auténtico rosario de juicios en la persona de miles de comunistas y socialistas. Leviné fue condenado a muerte y consecuentemente fusilado en la prisión de Sadelheim. Gustav Landauer y Rudolf Egelhofer fueron asesinados por los Freikorps. A Toller le cayeron cinco años.

Es importante entender la influencia que tuvo la revolución de Baviera, no tanto en el surgimiento, como en el acunamiento del nazismo. Se trató de una revolución mal diseñada; en realidad, no estuvo diseñada en lo absoluto. La lanzaron una serie de personas que no tenían ni puta idea de praxis, ni revolucionaria ni de nada más; todo lo que hicieron los comunistas fue (un poco como en la guerra civil española) tratar de tomar el mando a mitad de partido para enderezarlo como es debido y convertirlo en una auténtica revolución.

El golpe de Munich viene a ser como si en España un día diesen un golpe de Estado de izquierdas, ellos solos, los habituales miembros de la caterva de cejudos que firman los rimbombantes manifiestos que publica Lo País; y montasen un gobierno con Almodóvar de primer ministro, Víctor Manuel de ministro de Economía y Karmele Marchante de ministra del Interior. La cosa salió como salió y, para cuando los revolucionarios profesionales trataron de enderezar la cosa, colocaron a gentes como el doctor Lipp, que estaba mucho mejor sumergido en una bañera de litio.

Este régimen, que inicialmente tomó un matiz unicornial, bajó al nivel del suelo mediante el gesto de asesinar a los miembros de la Sociedad Thule. Y ése fue su gran error. Las gentes de izquierdas muy particularmente, pero desde luego también las derechas liberales y parlamentarias, nunca entienden un principio fundamental que, lo confesaré aquí para que quede claro, es el bajo continuo de esa melodía barroca que son estas notas: el fascismo nunca mete un penalty. Cada vez que el fascismo mete un penalty, son los políticos parlamentarios los que no han querido pararlo.

El fascismo, efectivamente, es como ese agua cabrona que inunda la gotera y extiende el mal olor por toda la casa. Si la cañería está bien mantenida, nunca la sufrirás. Esto quiere decir que, si tienes una gotera, en el fondo es culpa tuya. Por esto es tan  importante, en las sociedades políticas del siglo XXI, mantener un aseado sistema de equilibrio de poderes, y buscar soluciones prácticas y adecuadas a problemas como la inmigración, huyendo de discursos “aquí no pasa nada”, “contamíname”, y esas gilipolleces. La cañería tiene que estar bien mantenida.

El asesinato de los miembros de la Thule y, en general, la deriva de la republiqueta de los soviets bávaros hacia un esquema comunista de libro, fue la primera grieta por la que comenzó a colarse el fascismo alemán. No porque los nacionalsocialistas acaparasen la reacción, pues entonces no existían. Sino porque aquella experiencia giró de forma estructural a la sociedad bávara hacia la derecha. Y no sólo hacia la derecha: hacia una forma de derecha que no le hacía ningún asco a las soluciones “de orden”. Baviera se convirtió en un Estado anticomunista, anti republicano y en buena medida anti democrático. Era el lugar ideal para que un desclasado como Adolf Hitler acabase residiendo; y sus cervecerías eran los lugares de Alemania más propicios para sus primeros discursos.

Hitler, en realidad, ya estaba allí. Hasta entonces, lo más importante que había hecho en la vida era haber estado adscrito a la séptima compañía del primer batallón de reemplazo, una unidad con base en Munich.

Hitler nació a las seis y media de la tarde del 20 de abril de 1889, en la segunda planta de un hostal llamado Gasthof zum Pommer, en la ciudad austríaca de Branau an Inn. Fue bautizado como católico. Era el cuarto hijo del matrimonio entre Alois Hitler y Klara Poelzl, él de 58 años, ella de 21. Los tres hermanos de Hitler, Gustav, Ida y Otto, murieron antes de cumplir los tres años. Aunque llegarían dos hermanos más: Edmund, que nació en 1894 y murió a los seis años; y Paula, que vivió hasta 1960.

Una de las cosas que se suelen decir de Hitler es que no se llamaba Hitler. Eso es sólo medio cierto. Quien no se llamaba Hitler al nacer era su padre. Alois Hitler, natural de la Waldviertel, una zona agrícola austríaca, había sido bautizado Alois Schicklgruber; lo cual, como comenta con sorna Ian Kernshaw en su biografía del dictador alemán, supuso inicialmente un grave problema al pueblo germano, pues gritar muy seguido Heil Schicklgruber! no es, que se diga, muy fácil. Alois fue el único hijo de Maria Anna Shicklgruber, que tenía 42 añazos cuando lo parió. María Anna era madre soltera; el espacio del padre, en la partida de nacimiento de Alois, está en blanco. Es decir, la madre, o ni siquiera sabía quién era el padre (pendón) o no quería que se supiese (lo tuvo con un vecino casado, que es la opinión que me parece más lógica y que, como veremos, abonan los hechos).

En 1842, Maria Anna Schicklgruber se casó con Johann Georg Heidler, un apellido que en Austria se solía deletrear Hitler o Huttler.

Los historiadores están básicamente de acuerdo en que si Heidler se casó con María Anna, es porque era el padre de Alois. Sin embargo, a la muerte de su madre, Alois no se quedó con su presunto padre, sino que se fue a vivir con un hermano de éste, Johann Nepomuk Heidler, quien lo adoptó como un hijo verdadero. El 1 de enero de 1877, de hecho, Alois registró a Johann como su padre; ése fue el momento en que cambió su nombre por Alois Hitler.

Alois Hitler hizo carrera como proveedor del ejército imperial austro-húngaro, con un salario bastante decente. Se retiró en 1895, con 39 años de edad, con una pensión bastante generosa.

El problema de Alois es que era un vividor follador. Tuvo muchas aventuras y tres esposas por el camino. En 1864 se casó con Anna Glasl, que le llevaba 14 años pero tenía pasta. En 1880 la pareja se separó legalmente, aunque no se divorciaron. Para entonces, Alois ya estaba liado con una empleada de hogar de 19 años llamada Franziska, Fanni, Matzelberger. El 6 de abril de 1883 falleció Anna Glasl, y ese mismo año, en julio, Alois y Fanni se casaron. Tuvieron dos hijos: Alois junior y Angela. Fanni murió de tuberculosis muy pronto, en agosto de 1884.

Alois, sin embargo, cuando su mujer Fanni todavía estaba enferma ya había comenzado a frotar velcros con Klara Poelzl, que era medio prima de él y que había sido contratada como enfermera de Fanni. El 7 de enero de 1885, Alois, que entonces tenía 47 años, se casó con Klara, que tenía 24.

Adolf Hitler parece haber tenido una infancia feliz que impulsó una forma de ser inicialmente expansiva. En la escuela primaria recibió buenas notas y, dato importante, era muy popular entre los demás alumnos. Desde niño comenzó a leer los libros de Karl May, un escritor alemán que se hizo de oro publicando novelas del oeste americano. Aquello lo fascinó, por lo que lo que más le gustaba era jugar a indios y americanos, asumiendo normalmente el papel de indio. Con los años, sin embargo, fue construyendo una montaña de agravios respecto de su padre, que se estaba convirtiendo en un alcohólico. Hitler acabaría por escribir que nunca amó a su padre.

Igual que le ocurrió y le ocurre a muchos chavales, la transición a la escuela secundaria fue devastadora para Hitler. En la escuela de Linz perdió completamente su carisma. Dejó de ser el centro de atención. Sus notas comenzaron a ser del montón.

Alois Hitler murió repentinamente el 3 de enero de 1903. En 1905, según relató el propio Hitler, su madre le permitió dejar la escuela. Tenía 16 años. Entonces vivía en Linz. Se dejó el pelo largo, el bigote, vestía ropas de moda, normalmente negras u oscuras; era, pues, la imagen de un bohemio. En el otoño de 1906 conoció a August Kubizek, que fue su único amigo de juventud. Según relató Kubizek, en aquel entonces Hitler era un joven lleno de sueños, normalmente relacionados con el arte. Quería ser pintor, o arquitecto. Sabía que para poder llevar a cabo esos sueños resultaba fundamental lograr el ingreso en la Academia de las Artes de Viena; algo que no era nada fácil dado que, como en aquellos tiempos se creía en el esfuerzo personal, para entrar había que pasar unas pruebas muy exigentes. Hitler, según Kubizek, no tenía relaciones con mujeres. Únicamente parece que se colgó de una jovencita de Linz, Stefanie Isac, a la que escribió poemas de amor que nunca le envió. De hecho, nunca le habló.

La muerte de su madre fue, sin duda, un momento traumático para Hitler. El 18 de enero de 1907, Klara fue diagnosticada de cáncer de mama, lo que la llevó a la mesa de operaciones para una mastectomía. Aquel mismo año, en septiembre, su hijo se presentó al examen a la Academia de las Artes de Viena. Pasó el primer examen, pero cateó los siguientes. El director de la academia le sugirió que estudiase para arquitecto. Hitler, sin embargo, no podía llevar esos planes a cabo por carecer de Abitur, es decir, el certificado de haber superado su educación secundaria. Mientras pasaba esto, el cáncer de Klara Hitler avanzaba. Su hijo regresó a Linz para cuidarla, pero ella murió pronto, el 21 de diciembre 1907.

La muerte de Klara Hitler fue devastadora para su hijo por dos razones. La primera, moral, porque perdió a la única persona a que la realmente amaba en el mundo, y no la recuperaría, y eso con reparos, hasta el episodio de Geli Raubal, muchos años después. Y aún en ese caso yo creo que se puede decir que fue más Geli quien amó a Hitler que Hitler quien amó a Geli. La segunda razón es que la muerte le dejó una modesta herencia que le permitió esquivar la que era su decisión más lógica en ese momento: subirse las bragas y ponerse a buscar un medio de vida y una carrera personal; en su lugar, prefirió dedicarse a ser un bohemio, algo que sin duda ayudó para cincelar su carácter retraído y vengativo (porque los bohemios, querido amigo, por lo general son bastante peor personas de lo que nos quieren hacer creer).

En efecto, el 12 de febrero de 1908, Hitler regresó a Viena, donde residiría más de cinco años. Tenía en el bolsillo 1.000 coronas de su herencia, más 50 coronas que le correspondían de pensión de orfandad. El 20 de abril de 1913, cuando alcanzó los 24 años de edad, tuvo una pedrea más, de 824 coronas, procedente del fideicomiso de su padre.

En marzo de 1908, Hitler se reunió de nuevo con amigo August Kubizek, en un piso que le tenía alquilado a una mujer llamada María Zakery. Según Kubizek, en aquel entonces Hitler leía más que un monje budista y estaba escribiendo una obra de teatro inspirada, cómo no, en la mitología alemana.

En el verano de 1908, Kubicek se recetó unas largas vacaciones con sus padres, porque al parecer comenzaba a estar hasta los huevos de Hitler. En septiembre, Hitler quiso aplicar de nuevo para la Academia, pero esta vez ni siquiera llegó a examinarse porque lo consideraron poco apto. Aquello causó una profunda depresión en aquel chavalote, que en relativamente poco tiempo había perdido la popularidad de que gozó en la escuela, el amor de una madre y el mínimo respeto de las instituciones educativas. Cuando Kubizek regresó al piso en otoño se encontró que Hitler no estaba allí.

El principal problema para el joven Adolf era que ya había metido su vida en un carril del que no formaban parte los trabajos, digamos, formales. Ya era muy tarde para él si quería diseñar una carrera personal al estilo de las que se daban en la época; como ser funcionario, por ejemplo. Su incapacidad de entrar en los esquemas normales le llevó incluso a regatear el servicio militar obligatorio. Durante algo más de medio año vivió en un apartamento en el número 22 de la Felberstrasse, básicamente gastándose sus ahorros. El 22 de agosto, tuvo que mudarse a un apartamento mucho más barato, en la Sechshauserstrasse; pero dejó la habitación medio mes después. Pasó luego mes y medio sin hogar conocido. El que terminaría por ser uno de los hombres más poderosos de su época, y de la Historia, se convirtió en un sin techo.

En octubre de 1909, Hitler recaló en una especie de asilo para hombres sin hogar. En esa época aceptó trabajos sin cualificación: limpiar nieve, maletero en la estación de tren, cosas así. En el albergue conoció a un desempleado llamado Reinhold Hanisch, quien describiría a Hitler como “alguien absolutamente incapaz de organizar su propia vida”. Hanisch lo convenció para que le pidiese dinero a sus parientes para poder comprar elementos de pintura y dibujo, y que se dedicase a pintar postales que Hanisch vendería.

Desde 1909 hasta 1913, Hitler viviría en otro albergue, en la Mendemannstrasse, en un barrio obrero llamado Brigittenau. Quienes convivieron con él allí lo describieron como un tío palizas y solitario, que cada vez que opinaba de algo, en realidad, pontificaba sin aceptar enmiendas de nadie. O sea, lo que hoy llamamos un troll. Aquellos primigenios testigos de la vida de Hitler dejaron dicho que odiaba a los socialdemócratas, a los sindicalistas y a los jesuitas; pero no recordaban haberle escuchado una mala palabra sobre los judíos. Su vida, por lo demás, era extremadamente austera: nunca bebió, nunca fumó, y mostraba un total desinterés hacia el sexo opuesto. Kubizek siempre negó la homosexualidad de Hitler; según él, su desinterés por el sexo provendría de un miedo cerval a contraer sífilis.

En su época en este albergue, Hitler hizo entre 400 y 600 pinturas y dibujos. Se estima que, en 1910, a base de venderlos, había estabilizado sus ingresos en unas 50 coronas al mes. En esa época Johanna, la tía de Hitler, normalmente conocida como Hanni, le regaló 3.800 coronas, lo que mejoró lógicamente su posición.

En agosto de 1910, Hitler denunció a Hanisch por estafa. Su compañero de albergue decía haber vendido un dibujo de Hitler del parlamento austríaco por 10 coronas, mientras que Hitler sostenía que había cobrado 50. De alguna manera, Hitler consiguió probar los cargos, puesto que Hanisch fue condenado a siete días de arresto. Probablemente pensó que con eso había terminado la cosa, pero no es así. En 1936, la Gestapo lo detuvo bajo la acusación de estar difundiendo historias falsas sobre el Führer; la acusación de fango y bulo que es tan común entre los fascistas. Fue encarcelado. El 4 de octubre de 1937, tuvo un extraño apechusque en la celda, porque el caso es que lo encontraron muerto.

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