Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over
La lucha duró cinco días. El 6 de mayo, Von Oven declaró que la república de los soviets de Munich había caído. Atrás quedaban más de 600 muertos (233 soldados del Ejército Rojo, 335 civiles y 38 miembros de los Freikorps). En las semanas por venir, caerían unos 400 comunistas y comunistoides más.
A esto siguió un auténtico rosario
de juicios en la persona de miles de comunistas y socialistas. Leviné fue
condenado a muerte y consecuentemente fusilado en la prisión de Sadelheim.
Gustav Landauer y Rudolf Egelhofer fueron asesinados por los Freikorps. A Toller le cayeron cinco
años.
Es importante entender la
influencia que tuvo la revolución de Baviera, no tanto en el surgimiento, como
en el acunamiento del nazismo. Se trató
de una revolución mal diseñada; en realidad, no estuvo diseñada en lo absoluto.
La lanzaron una serie de personas que no tenían ni puta idea de praxis, ni
revolucionaria ni de nada más; todo lo que hicieron los comunistas fue (un poco
como en la guerra civil española) tratar de tomar el mando a mitad de partido
para enderezarlo como es debido y convertirlo en una auténtica revolución.
El golpe de Munich viene a ser
como si en España un día diesen un golpe de Estado de izquierdas, ellos solos,
los habituales miembros de la caterva de cejudos que firman los rimbombantes
manifiestos que publica Lo País; y montasen un gobierno con Almodóvar de primer
ministro, Víctor Manuel de ministro de Economía y Karmele Marchante de ministra
del Interior. La cosa salió como salió y, para cuando los revolucionarios
profesionales trataron de enderezar la cosa, colocaron a gentes como el doctor
Lipp, que estaba mucho mejor sumergido en una bañera de litio.
Este régimen, que inicialmente
tomó un matiz unicornial, bajó al nivel del suelo mediante el gesto de asesinar
a los miembros de la Sociedad Thule. Y ése fue su gran error. Las gentes de
izquierdas muy particularmente, pero desde luego también las derechas liberales
y parlamentarias, nunca entienden un principio fundamental que, lo confesaré
aquí para que quede claro, es el bajo continuo de esa melodía barroca que son
estas notas: el fascismo nunca mete
un penalty. Cada vez que el fascismo mete un penalty, son los políticos
parlamentarios los que no han querido pararlo.
El fascismo, efectivamente, es
como ese agua cabrona que inunda la gotera y extiende el mal olor por toda la
casa. Si la cañería está bien mantenida, nunca la sufrirás. Esto quiere decir
que, si tienes una gotera, en el fondo es culpa tuya. Por esto es tan importante, en las sociedades políticas del
siglo XXI, mantener un aseado sistema de equilibrio de poderes, y buscar
soluciones prácticas y adecuadas a problemas como la inmigración, huyendo de
discursos “aquí no pasa nada”, “contamíname”, y esas gilipolleces. La cañería
tiene que estar bien mantenida.
El asesinato de los miembros de la
Thule y, en general, la deriva de la republiqueta de los soviets bávaros hacia
un esquema comunista de libro, fue la primera grieta por la que comenzó a
colarse el fascismo alemán. No porque los nacionalsocialistas acaparasen la
reacción, pues entonces no existían. Sino porque aquella experiencia giró de
forma estructural a la sociedad bávara hacia la derecha. Y no sólo hacia la
derecha: hacia una forma de derecha que no le hacía ningún asco a las
soluciones “de orden”. Baviera se convirtió en un Estado anticomunista, anti
republicano y en buena medida anti democrático. Era el lugar ideal para que un
desclasado como Adolf Hitler acabase residiendo; y sus cervecerías eran los
lugares de Alemania más propicios para sus primeros discursos.
Hitler, en realidad, ya estaba
allí. Hasta entonces, lo más importante que había hecho en la vida era haber
estado adscrito a la séptima compañía del primer batallón de reemplazo, una
unidad con base en Munich.
Hitler nació a las seis y media de
la tarde del 20 de abril de 1889, en la segunda planta de un hostal llamado Gasthof zum Pommer, en la ciudad
austríaca de Branau an Inn. Fue bautizado como católico. Era el cuarto hijo del
matrimonio entre Alois Hitler y Klara Poelzl, él de 58 años, ella de 21. Los
tres hermanos de Hitler, Gustav, Ida y Otto, murieron antes de cumplir los tres
años. Aunque llegarían dos hermanos más: Edmund, que nació en 1894 y murió a
los seis años; y Paula, que vivió hasta 1960.
Una de las cosas que se suelen
decir de Hitler es que no se llamaba Hitler. Eso es sólo medio cierto. Quien no
se llamaba Hitler al nacer era su padre. Alois Hitler, natural de la
Waldviertel, una zona agrícola austríaca, había sido bautizado Alois Schicklgruber;
lo cual, como comenta con sorna Ian Kernshaw en su biografía del dictador
alemán, supuso inicialmente un grave problema al pueblo germano, pues gritar
muy seguido Heil Schicklgruber! no
es, que se diga, muy fácil. Alois fue el único hijo de Maria Anna Shicklgruber,
que tenía 42 añazos cuando lo parió. María Anna era madre soltera; el espacio
del padre, en la partida de nacimiento de Alois, está en blanco. Es decir, la
madre, o ni siquiera sabía quién era el padre (pendón) o no quería que se
supiese (lo tuvo con un vecino casado, que es la opinión que me parece más
lógica y que, como veremos, abonan los hechos).
En 1842, Maria Anna Schicklgruber
se casó con Johann Georg Heidler, un apellido que en Austria se solía deletrear
Hitler o Huttler.
Los historiadores están
básicamente de acuerdo en que si Heidler se casó con María Anna, es porque era
el padre de Alois. Sin embargo, a la muerte de su madre, Alois no se quedó con
su presunto padre, sino que se fue a vivir con un hermano de éste, Johann
Nepomuk Heidler, quien lo adoptó como un hijo verdadero. El 1 de enero de 1877,
de hecho, Alois registró a Johann como su padre; ése fue el momento en que
cambió su nombre por Alois Hitler.
Alois Hitler hizo carrera como
proveedor del ejército imperial austro-húngaro, con un salario bastante
decente. Se retiró en 1895, con 39 años de edad, con una pensión bastante
generosa.
El problema de Alois es que era un
vividor follador. Tuvo muchas aventuras y tres esposas por el camino. En 1864
se casó con Anna Glasl, que le llevaba 14 años pero tenía pasta. En 1880 la
pareja se separó legalmente, aunque no se divorciaron. Para entonces, Alois ya
estaba liado con una empleada de hogar de 19 años llamada Franziska, Fanni,
Matzelberger. El 6 de abril de 1883 falleció Anna Glasl, y ese mismo año, en
julio, Alois y Fanni se casaron. Tuvieron dos hijos: Alois junior y Angela.
Fanni murió de tuberculosis muy pronto, en agosto de 1884.
Alois, sin embargo, cuando su
mujer Fanni todavía estaba enferma ya había comenzado a frotar velcros con
Klara Poelzl, que era medio prima de él y que había sido contratada como
enfermera de Fanni. El 7 de enero de 1885, Alois, que entonces tenía 47 años,
se casó con Klara, que tenía 24.
Adolf Hitler parece haber tenido
una infancia feliz que impulsó una forma de ser inicialmente expansiva. En la
escuela primaria recibió buenas notas y, dato importante, era muy popular entre
los demás alumnos. Desde niño comenzó a leer los libros de Karl May, un
escritor alemán que se hizo de oro publicando novelas del oeste americano.
Aquello lo fascinó, por lo que lo que más le gustaba era jugar a indios y
americanos, asumiendo normalmente el papel de indio. Con los años, sin embargo,
fue construyendo una montaña de agravios respecto de su padre, que se estaba
convirtiendo en un alcohólico. Hitler acabaría por escribir que nunca amó a su
padre.
Igual que le ocurrió y le ocurre a
muchos chavales, la transición a la escuela secundaria fue devastadora para
Hitler. En la escuela de Linz perdió completamente su carisma. Dejó de ser el
centro de atención. Sus notas comenzaron a ser del montón.
Alois Hitler murió repentinamente
el 3 de enero de 1903. En 1905, según relató el propio Hitler, su madre le
permitió dejar la escuela. Tenía 16 años. Entonces vivía en Linz. Se dejó el
pelo largo, el bigote, vestía ropas de moda, normalmente negras u oscuras; era,
pues, la imagen de un bohemio. En el otoño de 1906 conoció a August Kubizek,
que fue su único amigo de juventud. Según relató Kubizek, en aquel entonces
Hitler era un joven lleno de sueños, normalmente relacionados con el arte.
Quería ser pintor, o arquitecto. Sabía que para poder llevar a cabo esos sueños
resultaba fundamental lograr el ingreso en la Academia de las Artes de Viena;
algo que no era nada fácil dado que, como en aquellos tiempos se creía en el
esfuerzo personal, para entrar había que pasar unas pruebas muy exigentes.
Hitler, según Kubizek, no tenía relaciones con mujeres. Únicamente parece que
se colgó de una jovencita de Linz, Stefanie Isac, a la que escribió poemas de
amor que nunca le envió. De hecho, nunca le habló.
La muerte de su madre fue, sin
duda, un momento traumático para Hitler. El 18 de enero de 1907, Klara fue
diagnosticada de cáncer de mama, lo que la llevó a la mesa de operaciones para
una mastectomía. Aquel mismo año, en septiembre, su hijo se presentó al examen
a la Academia de las Artes de Viena. Pasó el primer examen, pero cateó los
siguientes. El director de la academia le sugirió que estudiase para
arquitecto. Hitler, sin embargo, no podía llevar esos planes a cabo por carecer
de Abitur, es decir, el certificado
de haber superado su educación secundaria. Mientras pasaba esto, el cáncer de
Klara Hitler avanzaba. Su hijo regresó a Linz para cuidarla, pero ella murió pronto,
el 21 de diciembre 1907.
La muerte de Klara Hitler fue
devastadora para su hijo por dos razones. La primera, moral, porque perdió a la
única persona a que la realmente amaba en el mundo, y no la recuperaría, y eso
con reparos, hasta el episodio de Geli Raubal, muchos años después. Y aún en ese
caso yo creo que se puede decir que fue más Geli quien amó a Hitler que Hitler
quien amó a Geli. La segunda razón es que la muerte le dejó una modesta
herencia que le permitió esquivar la que era su decisión más lógica en ese
momento: subirse las bragas y ponerse a buscar un medio de vida y una carrera
personal; en su lugar, prefirió dedicarse a ser un bohemio, algo que sin duda
ayudó para cincelar su carácter retraído y vengativo (porque los bohemios,
querido amigo, por lo general son bastante peor personas de lo que nos quieren
hacer creer).
En efecto, el 12 de febrero de
1908, Hitler regresó a Viena, donde residiría más de cinco años. Tenía en el
bolsillo 1.000 coronas de su herencia, más 50 coronas que le correspondían de
pensión de orfandad. El 20 de abril de 1913, cuando alcanzó los 24 años de
edad, tuvo una pedrea más, de 824 coronas, procedente del fideicomiso de su
padre.
En marzo de 1908, Hitler se reunió
de nuevo con amigo August Kubizek, en un piso que le tenía alquilado a una
mujer llamada María Zakery. Según Kubizek, en aquel entonces Hitler leía más
que un monje budista y estaba escribiendo una obra de teatro inspirada, cómo
no, en la mitología alemana.
En el verano de 1908, Kubicek se
recetó unas largas vacaciones con sus padres, porque al parecer comenzaba a
estar hasta los huevos de Hitler. En septiembre, Hitler quiso aplicar de nuevo
para la Academia, pero esta vez ni siquiera llegó a examinarse porque lo
consideraron poco apto. Aquello causó una profunda depresión en aquel
chavalote, que en relativamente poco tiempo había perdido la popularidad de que
gozó en la escuela, el amor de una madre y el mínimo respeto de las
instituciones educativas. Cuando Kubizek regresó al piso en otoño se encontró
que Hitler no estaba allí.
El principal problema para el
joven Adolf era que ya había metido su vida en un carril del que no formaban
parte los trabajos, digamos, formales. Ya era muy tarde para él si quería
diseñar una carrera personal al estilo de las que se daban en la época; como
ser funcionario, por ejemplo. Su incapacidad de entrar en los esquemas normales
le llevó incluso a regatear el servicio militar obligatorio. Durante algo más
de medio año vivió en un apartamento en el número 22 de la Felberstrasse,
básicamente gastándose sus ahorros. El 22 de agosto, tuvo que mudarse a un
apartamento mucho más barato, en la Sechshauserstrasse; pero dejó la habitación
medio mes después. Pasó luego mes y medio sin hogar conocido. El que terminaría
por ser uno de los hombres más poderosos de su época, y de la Historia, se
convirtió en un sin techo.
En octubre de 1909, Hitler recaló
en una especie de asilo para hombres sin hogar. En esa época aceptó trabajos
sin cualificación: limpiar nieve, maletero en la estación de tren, cosas así. En
el albergue conoció a un desempleado llamado Reinhold Hanisch, quien
describiría a Hitler como “alguien absolutamente incapaz de organizar su propia
vida”. Hanisch lo convenció para que le pidiese dinero a sus parientes para
poder comprar elementos de pintura y dibujo, y que se dedicase a pintar
postales que Hanisch vendería.
Desde 1909 hasta 1913, Hitler
viviría en otro albergue, en la Mendemannstrasse, en un barrio obrero llamado
Brigittenau. Quienes convivieron con él allí lo describieron como un tío
palizas y solitario, que cada vez que opinaba de algo, en realidad, pontificaba
sin aceptar enmiendas de nadie. O sea, lo que hoy llamamos un troll. Aquellos
primigenios testigos de la vida de Hitler dejaron dicho que odiaba a los
socialdemócratas, a los sindicalistas y a los jesuitas; pero no recordaban
haberle escuchado una mala palabra sobre los judíos. Su vida, por lo demás, era
extremadamente austera: nunca bebió, nunca fumó, y mostraba un total desinterés
hacia el sexo opuesto. Kubizek siempre negó la homosexualidad de Hitler; según
él, su desinterés por el sexo provendría de un miedo cerval a contraer sífilis.
En su época en este albergue,
Hitler hizo entre 400 y 600 pinturas y dibujos. Se estima que, en 1910, a base
de venderlos, había estabilizado sus ingresos en unas 50 coronas al mes. En esa
época Johanna, la tía de Hitler, normalmente conocida como Hanni, le regaló
3.800 coronas, lo que mejoró lógicamente su posición.
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