No es nada personal, son negocios
Los primeros pasos
El nacimiento de Perhimpunan Indonesia
Mano dura
Japón, esa nación herida
¡Es el petróleo, estúpidos!
En dos días, seré comida para los peces
¿Amigo o enemigo?
Las semillas del odio
Le odio, pero no quiere decir que te ame
Independientes por la gracia de Nos
Que vienen los británicos
La espiral violenta
La batalla de Surabaya
Negociemos
Linggadjati
Raymond Westerling, el franquista de las Célebes
Los malos acuerdos generan malas soluciones
La invasión
Negociación de buenos oficios
Madiun
Yo no voy a ser Salvador Allende
Julianos aislados
... y Sukarno comenzó su meccano
La invención de un líder mundial
La misa-romería de Bandung
Enero de 1949 desarrolló una severísima epidemia de acúfenos en la costa oriental del Canal de la Mancha; tan frecuente e intensa fue la sarta de críticas y presiones que recibieron los flamencos a causa de las flamencadas que estaban perpetrando en sus colonias. La Haya quedó literalmente sepultada debajo de una montaña de resoluciones de la ONU de ésas que no sirven para mucho. Para capear el temporal, los uileminos escogieron a lo más presentable que tenían, Jan Herman van Roijen, para entonces ya ex ministro de Exteriores, hábil diplomático obviamente; y que no dejaba de ser un señor que se había declarado opuesto a la Segunda Acción Policial. Lo primero que hizo Roijen fue irse al Consejo de Seguridad y decir que los presos iban para fuera. En un mundo en el que los relatos sobre la insalubridad y crueldad de las prisiones asiáticas eran moneda común, La Haya necesitaba cauterizar el relato de que estaba matando lentamente a los líderes del independentismo indonesio a base de haberlos arrojado a un agujero lleno de basura donde un vietnamita gritón los obligaba a jugar a la ruleta rusa a hostias (Cimino, me debes una).
Algunas semanas antes, el 4 de septiembre de 1948, la reina Guillermina había decidido abdicar. Como quiera que quería una monarquía en trocitos más pequeños, abdicó en nombre de su hija Juliana. Juliana era más joven que su madre (obviedad); pero lo era un poco más allá de lo meramente obvio. Juliana Emma Luisa María Guillermina de Orange-Nassau, la nueva reina Vodafone, había cagado su meconio en 1909; esto quiere decir que apenas había convivido con el pasado colonial neerlandés efectivo; no, desde luego, en su edad adulta. Van Roijen, que tenía muy claro que el camino que estaban señalando los estadounidenses (y los australianos) era el que era, la convenció de hacer una declaración pública favorable a la independencia. El 7 de enero, los neerlandeses le comunicaron a los detenidos en Bangka que eran libres de moverse por toda la isla. Así se lo dijo al Consejo de Seguridad. Algo que le sirvió para quedar como Caganchoen Almagro, ya que, semanas después, pudo saberse que a los presos no se les había cambiado el régimen en lo absoluto, y que seguían enjaretados en sus celdas. A Roijen no le quedó otra que ir al Consejo de Seguridad a pedir disculpas.
El tiempo corría en contra de los antiguos uileminos, ahora julianos. Los Estados Unidos querían resolver aquella cuestión now and forever, y decidieron impulsar una resolución incontrovertible de la ONU (si es que eso existe en el planeta Tierra, claro). El 28 de enero de 1949, en efecto, vio la luz la Resolución 67 (quedaban, pues, apenas dos asuntillos hasta el 69), patrocinada por una extraña coalición formada por Estados Unidos, China, Cuba y Noruega, que fue aprobada tan sólo con la abstención de los de siempre (Francia).
La resolución era durilla. Le daba a los julianos seis semanas para constituir un gobierno federal provisional. Apenas diez meses para constituir una asamblea constituyente. Y un año y medio, lo más tardar, para transferir la soberanía de la nación. Todos los prisioneros políticos debían ser puestos en libertad de inmediato. El gobierno republicano sería restaurado y el KNIL se debería retirar de Yogyakarta e inmediaciones. La Comisión de Buenos Oficios se convirtió en la UNCI, United Nations Commission for Indonesia. La UNCI auditaría las elecciones y supervisaría todo el proceso de traspaso de soberanía. En un cambio que tiene mucha más importancia de la que parece, se acordó que la UNCI no tuviese la característica de su antecesora de que todas sus decisiones debían ser unánimes. Estando como estaba compuesta por EEUU, Australia y Bélgica, esto garantizaba una mayoría angloparlante.
En La Haya, los neerlandeses hicieron el mismo caso de esta resolución que Pedro Sánchez del consejo de no redactar decretos ómnibus. Ni entregaron Yogyakarta, ni liberaron a los presos. Declararon que Java Central, es decir el territorio que habían conquistado, sería un Estado por sí mismo (controlado por ellos) y anunciaron la convocatoria de unas elecciones cuya Junta Electoral Central presidiría Tezanos en compañía de Álvaro García Ortiz. En febrero, Beel escaló los temas. Sin siquiera informar a la UNCI, que para los neerlandeses venía a ser como el cuarto de las escobas, anunció en febrero que los neerlandeses estaban dispuestos a entregar la soberanía el 1 de abril de 1949, es decir más de un año antes de la fecha tope que se les había fijado.
Parece ilógico, pero no lo es. Los católico-militares julianos eran conscientes de que la descolonización era inevitable; pero querían controlarla ellos. No querían las zarpas de la ONU en el tema. Así que se inventaron ese gesto al mundo (estoy haciendo lo que pedís); pero, en realidad, se trataba de un proceso controlado por ellos, que se realizaría mediante unos debates controlados por ellos, y con la República ilegalizada y sus dirigentes todavía presos.
Aquello, sin embargo, colapsó. Y la razón fue una muy clara. Todo el montaje de la “independencia sí es no es” que había diseñado Beel se basaba en poder decir que los indonesios estaban de acuerdo con el proceso. Para ello, hacía falta que los Estados federados, los que habían quedado fuera del ámbito de la República, mantuviesen su sintonía con la metrópoli. Lejos de ello, sin embargo, decidieron romperla. El doctor Ida Anak Anung Gde Anung, rey Gianyar (donde cae Bali), que era primer ministro de la denominada Indonesia Oriental, o el sultán Hamid II de Borneo occidental (Syarif Abdul Hamid Alkadrie), pasaron muy rápidamente de aliados pro neerlandeses a contrarios enfrentados. Exigieron que tanto la ONU como Sukarno estuviesen en el ajo. La Haya, pues, quedó cada vez más aislada, tanto en el exterior como en el interior.
La guerra entre neerlandeses e indonesios se prolongó hasta agosto de 1949. Finamente, volvió a producirse una situación parecida a la de la Primera Acción Policial. Teóricamente, los julianos eran dueños de Java y de una parte significativa de Sumatra; pero eso era más teórico que práctico porque, en realidad, más allá de la frontera de las ciudades más o menos pobladas, no controlaban el terreno. En la Indonesia Vaciada no podían ni ir al baño. Sudirman, a pesar de estar ya muy enfermo, supo organizar con eficiencia una guerra de guerrillas que le permitió a los indonesios recuperar buena parte de los territorios que habían tenido que abandonar después de Renville. El mayor enfrentamiento armado se dio el 1 de marzo de 1949, y culminó con la recuperación de Yogyakarta por los indonesios. En realidad, perdieron el control de la ciudad muy pronto; pero la primera acción tuvo un indudable valor moral. En aquella batalla, por cierto, se destacó muy particularmente un militar rutilante llamado Suharto.
A pesar de las muchas protestas por parte de Naciones Unidas, Indonesia quedó enjaretada y vedada para la auditoría mundial, Los neerlandeses se las arreglaron para poner disculpas mil que, en la práctica, impidieron que misiones de observadores internacionales pudiesen llegarse al archipiélago para comprobar dónde seguía habiendo enfrentamientos, y de qué calidad. Esto permitió desarrollar acciones de violencia elevada. En la primera mitad de 1949 se produjo una cifra de bajas que resulta muy difícil de adverar, pero que con seguridad fue muy elevada. Se habla de algo menos de 50.000 muertos entre los íncolas; pero ésas no dejan de ser cifras de contraste poco menos que imposible. Las bajas totales de la Segunda Acción Policial podrían ser unas 100.000.
Estamos hablando de una situación internacionalmente muy inestable que, por lo tanto, tenía que reequilibrarse de alguna manera. En abril de 1949, Dean Acheson, titular del Departamento de Estado estadounidense, se reunió con Dirk Stikker, titular de la cartera de Exteriores en el gobierno juliano. Stikker, que venía de la empresa privada (había sido director de la Heineken) era un político liberal que, por lo tanto, cuando menos personalmente no tenía las adherencias neocoloniales que entonces eran bastante comunes en la derecha católica. Estaba en Nueva York para participar en las conversaciones fundacionales de la OTAN, una organización de la que Países Bajos ha sido siempre socio dedicado. Una semana antes, el Consejo de Seguridad, buscando una salida practicable al problema indonesio, había aceptado la propuesta de La Haya de generar una negociación entre los Estados federados para dibujar la transición. Acheson tenía el encargo de Truman de convencer a los julianos de que agregasen a la República a aquella mesa; algo que los neerlandeses, obviamente, no querían, porque entonces sería otra mesa.
La situación, sin embargo, no era propicia para La Haya, que se enfrentaba a un problema. La creación de la OTAN venía a suponer la generalización de ayuda militar estadounidense a sus Estados coligados. Y eso quiere decir que, ahora, Washington tenía un triunfo más con el que presionar, ya que, si Países Bajos se obstinaba en no seguir las indicaciones de la ONU en el proceso de descolonización, entonces la ayuda militar específica para el país podría retrasarse. Esto era un problema porque a finales de los años cuarenta, y éste es uno de los elementos fundacionales más importantes de la OTAN, la URSS tenía la intención de desplegar una estrategia de empuje hacia el oeste en Europa; estrategia que no le salió bien, entre otras cosas, porque Mao Tse Tung, con su manía de convertirse en el líder del comunismo asiático, acabó desestabilizándole sus intereses orientales. Esto, sin embargo, todavía no había pasado. Ahora, lo que parecía estar claro era que, al calor de la pujanza electoral del Partido Comunista en países como Francia o Italia, Stalin tenía una partida que jugar en Europa, y por eso Europa tenía que armarse. Los Países Bajos no eran una excepción; necesitaban un ejército nacional que defendiese sus fronteras europeas; pero eso era imposible mientras que el KNIL estuviese de Erasmus en la otra punta del mundo.
La situación hace pensar que lo más lógico hubiera sido que La Haya se plegase y buscase algún tipo de entente con sus socios internacionales. Pero ya os he dicho que nunca hay que infravalorar la terquedad de un uilemino. En el tablero indonesio, Países Bajos, al fin y al cabo ellos mismos un territorio relativamente poco productivo, se jugaban mucha pasta. Juzgaron que no podían dar un paso atrás, y no lo dieron. Así pues, Stikker le vino a decir a Acheson que, no sólo no estaban de acuerdo con liberar a los presos; es que, si no se les dejaba manos libres en sus colonias, lo mismo se planteaban no entrar en la OTAN.
La amenaza no le hizo mella a Acheson. Como ya os he descrito en el párrafo anterior, el responsable de la diplomacia estadounidense sabía bien que la situación objetiva le daba a La Haya menos triunfos de los que decía tener en su mano. Así las cosas, lo que hizo fue maniobrar para encontrar algún punto de acuerdo, hasta que le arrancó a Stikker un pacto: liberación de los presos a cambio de que éstos aceptasen participar en la mesa redonda tal y como la organizaban los neerlandeses, y garantizasen un alto el fuego. O sea, les dejaban hablar, pero siempre y cuando el moderador fuese Cintora. En estas circunstancias, Países Bajos se convirtió en Estado fundador de la OTAN.
Unas cuatro semanas después, el 7 de mayo, en el hotel des Indes de Yakarta, las delegaciones neerlandesa e indonesia comenzaron a reunirse bajo la atenta mirada de la UNCI. Los tres elementos fundamentales eran: Merle Cochran, el diplomático estadounidense especializado en asuntos indonesios; Van Roijen, que era el jefe de la delegación neerlandesa; y Mohammed Roem, más conocido como El Orejas (buscad una foto suya en internet y veréis por qué), que había sido ministro de Interior en el gobierno republicano pero, sobre todo, había estado tanto en Linggadjati como en Renville.
Aquella reunión comenzó con la lectura de un comunicado por Roem, en el que Sukarno y Hatta se mostraban de acuerdo con las condiciones de decretar un alto el fuego y comenzar una mesa redonda. Van Roijen, por su parte, anunció que, en esas circunstancias, el gobierno de la República podía regresar a Yogyakarta, el ejército dejaría de combatir y La Haya cesaría en la creación de Estados federados competidores de la República unitaria. Así pues, Indonesia vivía su tercer acuerdo descolonizador, el conocido como acuerdo Roem-Van Roijen; un acuerdo, pues que no deberías aspirar a pronunciar con un polvorón en la boca.
Aquello, sin embargo, era Van Roijen. Una buena demostración de lo caótica que era la gestión del tema colonial en los Países Bajos es que éstos permitiesen la presencia en las negociaciones de un diplomático cuya apertura de miras en el tema no se correspondía en lo absoluto con la de su gobierno. Aquello, en efecto, fue un poco como enviar a García Margallo a negociar en nombre de Pedro Sánchez. En el gobierno de la colonia, Beel era tan de otro punto de vista que, cuando conoció los términos del acuerdo, y muy consciente de que, en la situación internacional que había, no podría dar marcha atrás, dimitió. En La Haya, Sassen, ministro de Ultramar, también dejó su cargo. Por supuesto, el otro gran agraviado era el general Spoor, quien seguro tenía la sensación de que había ganado una guerra para nada. Pocas semanas después, lo pagó con una ida de patata que se lo llevó por delante.
El 6 de junio, Sukarno estaba de vuelta en su palacio presidencial de Yogyakarta. El primer asunto del que debía ocuparse el presidente era un asunto interno. Durante la Segunda Acción Policial, la muy numerosa (y comercial) minoría china residente en Indonesia había olido el negocio y se había aplicado a avituallar a los neerlandeses. Los indonesios, que siempre tuvieron su punto racista contra los chinos (un poco como los alemanes con los judíos, puesto que se hacían muchas pajas mentales con las enormes riquezas que estarían amasando los amarillos a costa del país, y tal), terminaron por cogerles un gato de la hostia. Por lo tanto, con la recuperación por la República del control de Yogyakarta, los chinos comenzaron a temer que se les hiciese un pogromo pemuda, por así decirlo. El sultán de la provincia, Hamengkubuwono IX, Hami para los amigos, hizo un llamamiento a la calma. Aún así, cuando unos 30.000 soldados neerlandeses se marcharon de la zona, 40.000 chinos se fueron con ellos. Sin embargo, no hubo asesinatos.
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