lunes, febrero 23, 2026

Indonesia (19): La invasión


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En dos días, seré comida para los peces
¿Amigo o enemigo?
Las semillas del odio
Le odio, pero no quiere decir que te ame
Independientes por la gracia de Nos
Que vienen los británicos
La espiral violenta
La batalla de Surabaya
Negociemos
Linggadjati
Raymond Westerling, el franquista de las Célebes
Los malos acuerdos generan malas soluciones
La invasión
Negociación de buenos oficios
Madiun
Yo no voy a ser Salvador Allende
Julianos aislados
... y Sukarno comenzó su meccano
La invención de un líder mundial
La misa-romería de Bandung

 

 

La entrada de los Países Bajos e Indonesia en una senda de incomprensión y enfrentamiento tuvo efectos devastadores para eso que todos, o casi todos queremos, que es la implantación de soluciones pacíficas y pactadas. El principal resultado de ese proceso fue la caída política de Sjahrir, probablemente el político indonesio que más había puesto personalmente en el proceso y que, por lo tanto, acabó pagándolo. La República quedó en manos de personas con menos escrúpulos que él; personas, podríamos decir trayéndonos el tema a nuestros tiempos, más sanchistas; más tipo Manual de resistencia: no es no, y se hará lo que se tenga que hacer. El proceso quedó básicamente en manos de Sukarno, lo cual, luego lo veremos, no es sino una forma de decir que se preparaba la llegada de Suharto. Sjahrir entró en una situación personal complicada y sufrió dos derrames cerebrales, que le obligaron a dejar Indonesia.

Mientras todo eso ocurría, los neerlandeses abordaban lo que habitualmente se conoce como Primera Acción Policial. En el verano de 1947, los Países Bajos tenían 100.000 efectivos militares emplazados en Java y Sumatra. Sobre el papel, la república les sobrepujaba: 195.000 efectivos sólo en Java y en Sumatra que eran el centro del TNI (Tentara Nasional Indonesia, Ejército Nacional Indonesio), además de 168.000, podríamos decir, “combatientes informales”. Cualitativamente hablando, sin embargo, el tema ya no estaba tan claro. El TNI apenas tenía carros de combate o medios de transporte. La Marina se había improvisado con pequeños buques no militares, y la aviación contaba apenas con algunos aparatos que habían sido abandonados por los japoneses. O sea, eran un poco como el cañón de Gila, ése que "no dispara, pero acojona".

A las once de la noche del 20 de julio de 1947, Huib van Mook, vicegobernador general de aquellas tierras en nombre de su majestad la Uilemina, hizo sonar la bocina de la Primera Acción Policial; aunque, en realidad, la mano que mecía la cuna era la de Spoor, pues para entonces los militares habían tomado el mando completo de todo o de casi todo. La primera orden de Spoor fue enjaretar a todos los líderes locales que estuviesen en Yakarta. Los neerlandeses ocuparon, por lo demás, los servicios públicos, que llevaban dos años siendo gestionados por la República.

La estrategia neerlandesa era una invasión en toda regla, y es por ello que eso de Acción Policial es uno más de los eufemismos que han ido creando sucesivas capas freáticas de licenciados en Historia que han ido elaborando sus muy documentadas memeces sobre este tema. La idea de Spoor era consolidar un control total de las grandes ciudades, para así tener, por así decirlo, el culo seguro; a partir de ahí, columnas motorizadas irían partiendo hacia diversos puntos del interior de las islas, extendiendo el control real neerlandés sobre el terreno hasta hacerlo total o casi total. Una estrategia, pues, que, en esencia, no ha cambiado desde los tiempos de Alejandro.

Los soldados fueron instruidos con la típica orden de portarse bien con la población local; pero eso y casi nada es lo mismo, puesto que la propia naturaleza de las operaciones, en las que columnas militares se emplazaban en lugares donde, por así decirlo, estaban ellos y sólo ellos, favorecía, por así decirlo, la iniciativa personal.

El tema funcionó bastante bien en principio. Apenas unos días después de haber comenzado las operaciones, los neerlandeses podían estar más que satisfechos del territorio que habían conseguido controlar. Fueron, obviamente, a por las zonas de plantación más importante, los pozos de petróleo, el carbón y las escasas zonas industriales. En Java, el avance se hizo con el control de gran parte de la isla. Al inicio de la acción, los neerlandeses controlaban apenas seis centros urbanos (Medan, Padang, Palembang, Yakarta, Semarang y Surabaya); pero días después habían multiplicado ese control por quince, y dominaban una extensión que era tres veces la de los Países Bajos. Y, de nuevo, hay que entender que fue una operación quirúrgica con la calculadora en la mano: tres cuartas partes de la capacidad productiva indonesia había cambiado de manos. Así pues, el objetivo fundamental de la acción se había cumplido: como os he explicado, Países Bajos era entonces un país tan al borde de la quiebra como lo pudiera ser la España del gasógeno y el racionamiento (que ya sé que os cuentan las penurias económicas de la posguerra como si sólo hubiesen ocurrido en España; es una más de las pamemas que os intentan colar). Con la recuperación de “sus” colonias, o por lo menos de la parte mollar de las mismas, ese problema no es que estuviese solucionado, pero digamos que estaba en vías de solución (imaginad a Franco recuperando la isla de Cuba, o Perú).

Esto, claro, tenía un perdedor claro, que era la República. Sukarno había perdido la mitad de los habitantes que algún día estuvieron bajo su embrionaria administración; y, lo que es peor, había perdido toda posibilidad de hacer que las migajas que le quedaban se pudieran estructurar como un Estado mínimamente viable desde el punto de vista económico. Sin embargo, de nuevo las afirmaciones son matizables. El control neerlandés sobre los territorios que ocupaba, que también es cierto que le bastaba para controlarlos económicamente, que era lo que de momento le interesaba, era un control más leve de lo que parece. Los uileminos, en realidad, casi nunca se alejaban de las grandes avenidas de transporte (carreteras y líneas ferroviarias) y de los centros neurálgicos más importantes. Matemáticamente hablando, la gran proporción de los territorios que decían controlar, en realidad no la controlaban. Eran selvas, bosques y zonas pantanosas en las que no entraba un blanquito ni a lavarse los pies. Por así decirlo, pues, los neerlandeses controlaban la Giralda; pero ni pisaban Kansas City.

El general Spoor tenía una obsesión: Yogyakarta. Consideraba que esa ciudad era la zona cero de la resistencia indonesia, y consideraba que el gran mensaje que los neerlandeses tenían que enviarle a los aceitunados era su total destrucción. De hecho, bautizó esta operación estratégica como operación Catón porque consideraba que debía hacer lo mismo que propugnaba este orador cuando dijo aquello de delenda est Carthago. En su violenta forma de pensar, tenía razón. Yogyakarta era la Java Central, y la Java Central era Yogyakarta. Allí, Sukarno hacía de las suyas. Allí, los grandes propagandistas pemuda, los de avanzar sin transar de toda la vida, Sudirman y Bung Tomo, acaparaban los altavoces con sus mensajes encendidos.

En La Haya se seguían los avances de la Primera Acción Policial con interés. Lanzar la invasión no había sido fácil. Los socialistas no veían nada clara la acción, y sólo la apoyaron cuando se les garantizó que la República sería formalmente respetada. En cuanto a los católicos, buscaban obtener la demostración de fuerza que necesitaban para demostrarle a las derechas holandesas que tenían capacidad de gobernar. Como siempre ocurre en una gran coalición o incluso en una coalición a secas, cualquier acción importante genera ganadores y perdedores. El gran perdedor de la Primera Acción Policial fue, sin duda, el PvdA, que se hubo de enfrentar a una cierta sangría de militantes por lo que consideraban un belicismo incompatible con su ideología.

Este problema: el de neerlandeses del PSOE de toda la vida pasándose a Podemos, influyó directamente en la operación Catón pues, en esas circunstancias, los socialistas no podían ni soñar con permitir una masacre o la eliminación física de gran parte de una ciudad. Sin embargo, como suele pasar, en Indonesia las cosas se veían de otra forma. Los neerlandeses a pie de obra cada vez estaban más radicalizados e incluso Van Mook, que en los años anteriores se había mostrado tan conciliador y comprensivo con los planeamientos locales, llegó a insinuar que si tenía que dar personalmente la orden de arrasar Yogyakarta, la daría. Los neerlandeses en Indonesia estaban literalmente hasta los huevos de los aceitunados de los cojones. Y tenían un aliado importante: la reina Guillermina, quien cada vez estaba más preocupada por lo que consideraba el extremismo indonesio.

Estaba, sin embargo, la trump card de Sukarno: el descrédito internacional de los Países Bajos. Desde el minuto uno de la invasión, tanto Londres como Washington comenzaron a enviar mensajes a La Haya, en plan ¿tú te has pensado bien lo que estás haciendo?; y ofreciéndose para mediar en el conflicto. Pero, las cosas como son, después de las espantadas que habían dado ambos en diversos lugares de Asia terminada la guerra mundial, sus mierdas tampoco es que fuesen muy creíbles y, por su parte, la República no les hizo ni puto caso, también porque estaba en una filosofía de cuanto peor, mejor.

En verdad, los activistas indonesios no tenían nada que esperar de Estados Unidos. Era la gran potencia ganadora de la guerra del Pacífico que les había dejado tirados. En realidad, el tema tiene su cierto elemento de comprensión. Estados Unidos no podía entrar en Indonesia como entró en Filipinas, encargándose en la práctica de todo, porque Filipinas era, colonialmente hablando, un piso vacío; pero Indonesia, no. Esto, sin embargo, los hombres del nacionalismo indonesio, y no digamos ya los islamistas o comunistas, ni tenían por qué entenderlo ni, consecuentemente, lo entendían. Para ellos, EEUU era ese actor con poder para poner las cosas en su sitio, pero que no lo había hecho por una extraña mezcla de pereza, respeto por presuntos derechos coloniales previos, y una comprensión de la situación y circunstancias del teatro asiático manifiestamente mejorable. La impresión, en efecto, es que Estados Unidos ganó una guerra en un teatro que, literalmente, no conocía geopolíticamente hablando. No volvería a cantar ese bingo.

Otro factor importante era que el comunismo, de repente, era importante. En primer lugar, cada vez estaba más claro que, en el reparto formal, y también en el informal, del mundo que se había producido tras la segunda guerra mundial, Iosif Stalin consideraba que Asia tenía que ser uno de sus patios traseros, por mucho que, finalmente, se convirtiese en el principal teatro de la Guerra Fría. En segundo lugar, el comunismo posbélico vivía su mejor momento en Europa (un dato que olvidan los licenciados en Historia que consideran que Franco estuvo en un tris de caer después de que Alemania se rindiese). Tanto en Italia como en Francia, los comunistas tocaban el poder con la punta de los dedos. En Dinamarca, Noruega, Finlandia y Bélgica ya pisaban moqueta. Una buena parte del belicismo uilemino tiene que ver con la necesidad percibida por las fuerzas más conservadoras de mostrarse duras y capaces, para presentar un frente claro al avance comunista en un país donde había que hacer tres o cuatro mamadas para poder comprarse medio kilo de carne picada.

De momento, la cosa era poco importante: los comunistas tenían el 10% del Parlamento; tenían, pues, una fuerza parecida a la que tiene hoy VOX en el Congreso español; pero los tonos y las urgencias con que se habla de ello desde según qué posiciones ideológicas os pueden dar una buena medida de cómo se percibía la presencia de los diablos rojos en la ecclesia uilemina. Las semanas inmediatamente anteriores a la Primera Acción Policial fueron, de hecho, las semanas en las que en Washington hubo personas con dos dedos de frente que se empezaron a dar cuenta de que, en Yalta, el tonto a las tres Franklin Delano Roosevelt había hecho demasiadas concesiones a cambio de cosas que ahora no parecían tan valiosas, como la creación de la ONU (Coque, friega los cubos que ya huelen) y la entrada de la URSS en la guerra del Pacífico. Ahora se daban cuenta los analistas del Departamento de Estado de que Stalin no era tan buena persona como los inocentes negociadores de Yalta habían creído, y que no sólo había creado su cinturón de países satélite, sino que estaba desplegando una taimada estrategia para hacerse con todo el jardín europeo. Estrategia en medio de la cual, según las facultades de Políticas, lo que debería haber hecho habría sido descabezar a Franco para devolverle el país a Juan Negrín, que era un señor, como todos sabemos, rabiosamente anticomunista. Por eso estaban tan dispuestos a resolver el sudoku indonesio a cualquier costa. Su jugada, desde luego, no era la independencia; era reforzar la posición de uno de los pocos peones que les quedaban en Europa donde la amenaza comunista parecía todavía controlable. Eso, más el Plan Marshall, que lógicamente fue la herramienta más eficiente contra el comunismo, ya que el comunismo, por definición, lo que quiere es gobernar sobre un ejército social de pordioseros.

Washington, sin embargo, tenía que actuar con cuidado. La actitud de La Haya se lo ponía muy difícil. En los Países Bajos había una importantísima cuota de opinión pública que era muy radical en la cuestión colonial. Muchos neerlandeses consideraban que aquel archipiélago era suyo; que todo lo que tenían de bueno aquellos aceitunados: las carreteras, las líneas de ferrocarril, los servicios postales que funcionaban; todo, digo, se lo debían a ellos. Que, por lo tanto, allí lo que tenía que ocurrir es que volviesen ellos, y punto. Países Bajos era, en ese momento (y es algo que suele pasar; mirad Cataluña, sin ir más lejos), el lugar menos indicado para juzgar a los Países Bajos. Estados Unidos quería apoyarlos para colocarlos en la senda en la que finalmente se colocaron; pero tenía que hacerlo con el tacto de una pluma, porque la causa anticolonial indonesia ganaba adeptos en el mundo (y en las Naciones Unidas) por momentos. La reflexión en la Casa Blanca, pues, fue que lo que había era que construir un proceso de independencia pactado, en el que Países Bajos viese respetados sus derechos y obtuviese dividendos suficientes como para justificar una boca cerrada, y cuyo resultado final fuese un archipiélago decantado del lado occidental de la Guerra Fría, capaz pues de presentar, junto con Japón y Australia, una contraoferta a la oferta representada por la URSS, China e Indochina. Aunque no estaba acostumbrada, Indonesia se convirtió en tema de discusión internacional.

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